«El espíritu de Dios inspira dondequiere». De cuando en cuando se sirve Dios comunicar su espíritu á las almas sencillas y humildes, pero dóciles a sus inspiraciones, para hacerlas instrumento de portentosas maravillas. El hermano José Génin es una prueba de este aserto.
I
El Hermano Génin nació el día 13 de Mayo de 1823 en la aldea de Foulcrey, diócesis de Nancy; fue bautizado el mismo día de su nacimiento, y recibió en el bautismo el nombre de José. Nacido bajo los auspicios de María, en el mes consagrado a su culto, y colocado desde la cuna bajo el patronato. de San José, se mostró siempre reconocido á lo que se complacía en llamar fineza misericordiosa de la divina Providencia. Adivinaba en esta doble coincidencia una garantía de su salud y su piedad y recibía con este recuerdo una dulzura incomparable.
Su padre, José Génin, y su madre Catalina Chretien, no poseían otra fortuna que sus manos y un pequeño huerto, cuyo producto servía para el sostenimiento de la casa. En la imposibilidad de poder dar a sus hijos bienes de fortuna, consagraron todos sus afanes á procurarles los bienes del cielo.
De la casa paterna sacó el futuro Hermano de la Misión la fe sencilla y sólida que había de dar con el tiempo tan gran impulso á su virtud. Cuando llegó a la edad de poder ayudar a sus padres con el trabajo de sus manos, la sencilla vida del campo fue para él una nueva escuela, en la cual aprendió a ver á Dios en sus obras. El espectáculo de la Naturaleza le preparaba insensiblemente á la vida de unión con Dios, que fue más tarde el consuelo y alegría de su alma.
En la primavera de 1842, estando para cumplir dieciocho años, partió para París en compañía de su hermano mayor. Con la recomendación de un amigo entró como hortelano en el convento de Religiosas del Calvario, calle de Cherche-Midi. Allí era donde Dios le había de mostrar sus caminos.
Las buenas Religiosas advirtieron inmediatamente, con mucha edificación suya, la piedad del joven hortelano, y de esto dieron parte al Procurador de los sacerdotes de la Misión, Sr. Mauriac, que era entonces su director espiritual. Poco después, José Génin fue recibido en la Congregación de San Vicente de Paúl, en calidad de Hermano coadjutor.
II
No es fácil pintar el júbilo santo que experimentó nuestro joven cuando fue admitido para tomar parte en los ejercicios de la casa central, y no sabía cómo dar gracias á Dios por ello.
Pasó el tiempo de la prueba y de su postulantado en la casa de campo de Chantilly, en donde continuó su primer oficio de hortelano. El 20 de Junio de t843 recibió el hábito de Hermano coadjutor y destinado a la sacristía, dende tenía por compañero al Hermano Roque, que ha dejado perpetua memoria de su sencillez admirable, de su amabilidad y de su bondad.
Después de tres meses le fue preciso dejar esta ocupación á causa de una enfermedad, e ir a reponerse a la casa de la Misión de Valfleury, diócesis de Lyon. Allí tuvo la dicha de hacer los votos el 21 de Junio de 1845, el día de la fiesta de San Luis Gonzaga, cuya memoria le fue siempre muy grata. El mismo año el Hermano Génin volvió á la casa de París, y fue colocado en la portería, oficio delicado, en el que estuvo cuatro años. En el 1888 la debilidad de sus fuerzas le obligó a pasar a la enfermería, en donde, hasta el último día, no Cesó de ocuparse con feliz éxito de la obra de las Misiones, que eran su sueño dorado.
Los años de su noviciado fueron como la pauta de toda su vida: años de fervor, de vida ejemplar y de confianza en Dios. Durante su enfermedad, la oftalmía de que era aquejado le causaba los más agudos dolores, y se creyó que los ojos se afectarían de una manera irremediable; sólo él no perdió las esperanzas. «Yo sé—decía él—por qué medio puedo curar», y rezaba su Rosario con una piedad y una constancia, que admiraba a todo el mundo. Atribuyó á la Virgen su curación, y toda la vida la profesó los sentimientos tiernos de una piadosa devoción y de un vivo reconocimiento.
Desde el tiempo de su noviciado tuvo nuestro Hermano Génin el más ardiente amor por la familia de San Vicente y sus obras, que fue el sostén de su piedad y de su celo.
«Más quiero morir—escribía él —que dar un motivo de disgusto a esta segunda madre que me ha recogido con tanta ternura». Las reglas del estado que había escogido eran para él socorro venido del cielo; en ellas divisaba el espíritu del mismo San Vicente. Cuantas veces leía en este libro, su semblante se iluminaba con un rayo de luz interior.
El día que profesó quedó grabado profundamente en su corazón, y gustaba traer a la memoria este día feliz en que se había entregado todo á Dios para siempre, bajo los auspicios y la tutela de Nuestra Señora de Valfleury, á quien tomó por testigo de sus juramentos. Ha dejado escritos los sentimientos que esta acción, una de las más grandes de su vida, produjo en su corazón. Son verdaderamente patéticos.
«Llamado—escribía él–por la gracia de Dios á la familia de San Vicente de Paúl, y habiendo resuelto y jurado vivir en ella según las reglas de la Compañía, y de guardar fielmente los votos que he hecho en presencia de Nuestro Señor sacramentado durante la Misa del día 21 de Junio de 1845, á la vista de Nuestra Señora de Valfleury, por este acto me he consagrado al servicio de Dios en nuestra Congregación para toda mi vida. Todos los días, durante la Misa, yo renovaré mis votos, y por la mañana me diré: como el obrero se pone a disposición de su amo, yo me pongo a la disposición de Dios; en su casa; pues, debo cumplir mi tarea y ganar mi jornal. Animo, pues, ¡alma mía!; trabaja, no pierdas el tiempo, porque es grande el jornal que te espera a la tarde.
Añadiré además: ¿Quieres agradar a Dios en este día? Trabaja, pues, sufre y aguanta. Tres cosas hay en el mundo que nadie debe estorbármelas: la hora del rezo, el tiempo de sufrir y las horas de trabajo en las ocupaciones propias de mi vocación; y esta dicha estará a mi disposición en todas partes y en todo tiempo».
Cada alma, según el testimonio de San Pablo, recibe diversas gracias. La gracia singular en el alma del Hermano Génin fue, sin duda, la del recogimiento interior y la vida espiritual, íntima y habitual con Dios; pero en su exterior la virtud más sorprendente fue la de su celo apostólico para procurar por los medios que están a su alcance la gloria de Dios y la salud de las almas. El Hermano Génin tenía el verdadero sentimiento del bien. Él dejo escapar de su boca una palabra que retrata admirablemente el ardor de su celo: «El mayor castigo que Dios puede imponer a un alma—decía—es quitarla los medios de trabajar en el bien». Este es el retrato de cuerpo entero del Hermano Genin.
No pretendemos enumerar uno por uno los recursos que él hizo llegar a las misiones, y más particularmente a aquellas que se daban por los miembros de la Congregación o en las que se ocupaban las Hijas de la Caridad. Los detalles están escritos casi en cada página de los ANALES DE LA MISIÓN, y sobre todo en el corazón de aquellos que él socorría tan liberalmente y que de las más remotas comarcas le apellidaban el Hermano bienhechor.
Los donativos le venían un poco de cada parte, y se agrandaban sus recursos gota a gota. Alguna vez, sin embargo, cuando las necesidades eran más apremiantes, algunas limosnas considerables le hicieron ver el dedo de Dios y le animaron en su obra, que no se sostenía sin dificultades y que sólo su espíritu de fe era capaz de hacerle continuar con perseverancia invencible. Un día se presentó una señora desconocida al ventanillo de la portería que servía el Hermano Génin, y se informó en pocas palabras de las necesidades de los Misioneros en el extranjero; con esto terminó la visita, ella se retiró y el Hermano se volvió á su bufete á continuar su trabajo. Poco después, volviendo los ojos a la ventanilla, reparó que la persona desconocida había dejado allí un paquete; fue a ver qué era, y se encontró un sobre con esta inscripción: «Para el buen Hermano Génin «. Contenía el sobre una suma considerable. Se puso de rodillas delante de su crucifijo y dio gracias a Dios humildemente por el socorro que le acababa de enviar para las Misiones. El empleo de estos recursos estaba destinado de antemano. De todas las Misiones de Abisinia, China, Persia y del Líbano se hacían sin cesar peticiones de socorros al buen Hermano, junto con acciones de gracias por sus atenciones. Nosotros nos vemos precisados a citar solamente algunos pasajes más importantes.
Si se tiene en cuenta que el Hermano Génin observaba rigurosamente el precepto del Evangelio que dice: «no sepa tu mano izquierda el bien que hace tu mano derecha, por los detalles que aducimos se deducirá fácilmente la inmensa obra que llevó á cabo.
Puede preguntarse a la Misión en Persia, por ejemplo, si ha experimentado una necesidad ó algún sufrimiento á los cuales no haya enviado oportunamente socorro.
Carísimo Hermano, escribía un Misionero de Urmiah: el 4 de Diciembre será un día de piadoso recuerdo para mí; de suerte que cuando yo abrí vuestra carta y supe por ella que en este día me habíais girado una letra de 500 pesetas para edificar una capilla á San José, no quedé menos alborozado que sorprendido. Creo que el bendito San José se cuidará de recompensaros esta buena obra».
En el 1874 se trataba de instalar una imprenta y escuelas, y el Hermano Génin fue el que proporcionó los recursos.
En el 1876 el Sr. Cluzel le escribió: «Vuestra carta está llena de caridad que se manifiesta por las obras. Seáis bendito y estimado por el gran bien que estáis haciendo».
En el 1887 otro Misionero de Persia le dirigió estas líneas: «Desde hace muchos años, bien lo sé, nuestra pobre Misión caldaica ha recurrido frecuentemente a vos, y vuestra ingeniosa caridad ha encontrado siempre medios de socorrernos». Y casi siempre en la misma carta seguía otra súplica en demanda de recursos para construir una iglesia y una capilla de 2.000 pesetas cada una.
Obras más costosas aún que la construcción de las iglesias no agotaban la caridad del Hermano Génin. En el 1883 un Misionero de Urmiah le escribía: «Con las limosnas que ha recogido vuestro celo caritativo hemos terminado la catedral. A vos ha sido, querido Hermano, a quien la Madre de Dios sugirió la sublime idea de llevar á cabo obra tan grandiosa, en la cual nosotros no pensamos sino después de mucho tiempo; ella ha bendecido vuestra generosa resolución. La suma recolectada por vos desde el comienzo se creyó suficiente, y en efecto, con ella se ha concluido». Seguía otra petición para una capilla de las Hijas de la Caridad en Khosrova, para reemplazar la que se arruinaba. Se pensó primero hacerla de adobes, y después de ladrillo, negocio de siete a ocho mil pesetas, cuya suma no tardó mucho el Hermano Génin en recoger. No era éste, empero, el único objeto de su solicitud, porque hacía muy poco había llegado de Persia una carta con una nota que decía «Se ha comenzado en Urmiah la construcción del hospital, gracias a los recursos proporcionados por el Hermano Génin».
Además de las iglesias, la catedral, los hospitales y las escuelas. El Delegado apostólico, Vicario apostólico en Persia, escribía el 6 de Abril de 1884: «El establecimiento debe ser completo; me bastarán de 10 a 12 000 pesetas para este edificio, teniendo en cuenta la compra de una casa cuyo solar me es necesario. Yo os pido mucho, ya lo sé, mi querido Hermano Génin; pero los resultados ¿no serán proporcionados a los sacrificios? Bástame baberos comunicado mis designios; a vos toca ahora mover los corazones y buscar en nuestra Misión una hermosa celda para la eternidad».
Además se presentó a los ojos del Prelado otra obra de caridad; era ésta una escuela de primeras letras y establecer un pequeño Seminario: «Puede ser, mi caro Hermano, que seáis vos la voz de que Dios se sirva para reunir las limosnas que nos ayudarán a dar de comer y vestir a estos amados niños. ¿No podríais obtener algunos títulos de renta que bastase a sostener un alumno huérfano, un maestro de escuela ó un seminarista?».
Otras súplicas no menos apremiantes llegaban de otras Misiones: «Os escribo—decía un Misionero de Massawah, el Sr. Delmonte—de parte del Vicario de Abisinia. He tenido noticias de las limosnas que habéis recogido para nuestro Seminario de Abisinia. ¡Oh! ¡Que Dios bendiga vuestro celo y vuestra caridad! Sí, mi caro Hermano, éstos serán los tesoros espirituales que os proporcionarán una eternidad de dicha. Muchos jóvenes querrían entrar en el Seminario; vuestro celo será el que les haga afortunados procurándoles la entrada».
Es bien notorio las muchas esperanzas que hizo concebir el retorno a la fe iniciado en Bulgaria hace algunos años; Francia contribuyó generosamente por sus apóstoles y con sus limosnas. Los Hijos de San Vicente de Paúl estaban encargados de la Misión búlgara de Salónica; todas las miradas se dirigían al Hermano Génin. El Sr. Obispo de Bulgaria escribía: «Nos hacen falta escuelas, nos hace falta iglesia»; y añadía estas palabras, que dejan entrever los recursos enviados antes a la Misión de Bulgaria: «Mas vuestra generosa iniciativa, mi querido Hermano, haciéndome tocar la mano de la Providencia, que sabrá suscitar en su día bienhechores que nos ayuden, sostiene mi esperanza».
En efecto, el Superior general mandó a sus Hermanos construir un vasto establecimiento para la educación de jóvenes indígenas destinados al sacerdocio. El Hermano Genin recogió sumas considerables, que sirvieron para dotes de los alumnos del Seminario establecido en los arrabales de Salónica y Zeitenlik.
En 1884, el Ilmo. Sr. Bonetti, entonces Superior de la Misión y después Delegado apostólico en Constantinopla, escribía «No puedo cerrar esta carta sin añadir, carísimo Hermano, una palabra de agradecimiento, por el interés que usted se ha tomado en la Misión búlgara. En efecto, a pesar de una terrible acometida de los cismáticos para apoderarse de las iglesias de los búlgaros católicos, todas han podido ser defendidas y conservadas». De qué manera? El Prelado lo indicaba con una palabra: «Carísimo Hermano, a sus limosnas y a sus socorros es debido el que haya yo podido preservar casi todas las iglesias de la desgracia de que estaban amenazadas».
Atendía á las necesidades habituales de las Misiones del Oriente, y cuando estallaba algún grande contratiempo, más abundantes recursos prodigaban también las manos del Hermano Génin.
«¿Es posible, mi carísimo Hermano? — escribía una de las Hijas de la Caridad de una de las Misiones del Oriente. ¡Cinco mil francos en este tiempo de calamidad! Imposible nos es expresar la alegría que nos ha causado. ¡ Qué bueno es el Señor! Sea mil veces bendito, y también usted, carísimo Hermano. Ya no tendremos envidia al hospital de los armenios; ya no tendremos el dolor de rehusar forzosamente servicios a los miembros dolientes de Nuestro Señor. Vuestro amado hospital les abrirá sus puertas, y nosotras les prodigaremos nuestros cuidados, esperando que ese amado Hotel-Dieu será para un gran número de almas el atrio feliz del cielo.
No podemos siquiera intentar el dar á conocer lo que el Hermano Génin hizo para las Misiones de la China. Era en él cosa ordinaria guardar en sus remesas mil delicadas atenciones acompañadas de donativos, cuya generosidad, insuficiente, por cierto, para tantas necesidades, pero admirable, animaba a los Misioneros.
«Repetidas veces me ha escrito Ud., carísimo Hermano decía un Misionero,—cartas muy gratas, en las que he ad mirado su caridad; yo no pensaba que pudiese haber tanta para con un pobre hombre casi desconocido y como perdido en las extremidades del grande Imperio de la China.
Al presente tenemos en Ki-ngan una residencia casi tan importante como la que tienen nuestros Misioneros de Ning-po ; y además un pequeño colegio que funciona convenientemente, una iglesia dedicada de antemano a Nuestra Señora de las Victorias, que está todavía en construcción. ¿A quién debemos esto? A Nuestro Señor en primer lugar, por cierto, pero también á Ud., muy apreciado Hérmano Génin.
» Para todas las obras de que acabo de hablar no hemos empleado un céntimo de nuestros abonos de la Propagación de la Fe ó de la Santa Infancia; al contrario, con las limosnas de Ud. hemos podido llenar el déficit de las cuentas de nuestra Misión y edificar muchas capillas en los centros de nuevas cristiandades. ¡Ah! Si la China no estuviese tan lejos, vendría Ud. a ver lo que con sus limosnas hemos podido hacer en el Kiang si meridional, lo cual le haría derramar lágrimas de alegría y de consuelo.
Nosotros, de nuestra parte, continuaremos discurriendo por montes y valles en busca de las almas, y Ud. nos ayudará con su industria y su celo a multiplicar las conversiones por medio de las escuelas, los oratorios y las capillas, que son tan necesarias para que la fe se propague y se afiance.
Continúe, pues, trabajando para la China y particularmente para el Kiang si meridional. Si sobre la tierra no puede Ud. trabajar en nuestra compañía, en el cielo, por lo menos, le prometo que Nuestro Señor le colocará en compañía de los Misioneros de la China».
¡Cuántas capillas, cuyo precio, ordinariamente de 2.000 francos, han pasado desde las manos de los bienhechores a las del humilde Hermano con destino á hacer reflorecer o a fundar en la China una cristiandad!
«Carísimo Hermano—escribía uno de los Vicarios apostólicos de la China: —escribo a M. N… para agradecer el den tan extraordinario que acaba de hacer a mi Misión por medio de Ud. Sus intenciones serán ejecutadas, y se han dado ya órdenes de comprar los materiales para edificar la capilla de San Pedro en la próxima primavera».
«Carísimo Hermano: le hemos tenido presente en nuestros ejercicios, y por mi parte, me acuerdo de Ud. día y noche, estando en casa y yendo de viaje. ¿Cómo podría olvidarle, cuando todo lo que veo aquí y en casa de nuestros neófitos me ha sido enviado por Ud.? Doy continuamente gracias a Dios por la caridad que le ha inspirado en favor de nuestro vicariato. Gracias á la caridad de Ud., el palacio imperial, que estaba todo ruinoso y que tuve la dicha de obtener del Gobierno, se halla en gran parte restaurado. Los cristianos, además, que me aman como a las niñas de sus ojos, han obedecido mis órdenes: más de treinta capillas, muchas de las cuales son verdaderas iglesias, han sido edificadas, otras lo serán dentro de poco tiempo; en el territorio de nuestros nuevos cristianos, gracias a las continuas limosnas de Ud., se han construido ya siete ú ocho, y la de San Pedro lo será en la próxima primavera. Cuando yo llegué, tampoco había escuela alguna, y en este momento tengo más de ciento , así entre los antiguos como entre los nuevos cristianos; finalmente, carísimo Hermano, nuestro vicariato va mejorando cada día».
Esas eran las necesidades de los países infieles, y no eran menores las de otras naciones cristianas en tiempos pasados, pero que habían recaído en el error. Una larga carta del Prefecto apostólico de Siria da testimonio de ello: «Sí, carísimo Hermano—escribía: — a países que han recaído en la barbarie, se trata de suscitar una nueva generación mediante la educación de los niños». Para esas escuelas pedía limosnas el Hermano Génin.
Hablando de la ciudad de Beyruth decía el mismo Prefecto apostólico en 1874: «Hoy día no queda en clase de establecimientos de beneficencia más que el Orfelinato de las niñas, que no tiene dotación alguna. Espero, carísimo Hermano, que será Ud. del número de los que la Providencia habrá escogido para llenar esa laguna.
Más tarde, a vista del magnífico establecimiento edificado por los alemanes para servir de hospital protestante, se conoció la necesidad de erigir un hospital a propósito para recibir a los católicos. Se construyó uno espacioso y magnífico, y al otro día de la inauguración la Superiora de las Hijas de la Caridad, a las que estaba confiado, escribía al Hermano Génin: «Dígnese Ud. aceptar, carísimo Hermano, mi afectuosa gratitud por el bien inapreciable que ha procurado a los pobres de Beyruth. Este hospital es el de Ud., según la expresión de nuestro respetable Prefecto apostólico; por ese motivo tengo el gusto de notificarle nuestra instalación».
Este hospital no era el suyo, como se expresaba la respetable Hermana; era principalmente el de los bienhechores cuyos donativos había solicitado y transmitido; pero ellos y él habían contribuido a aquella obra de una manera propia de un Rey. El Prefecto apostólico, efectivamente, escribía: «Una particularidad de este hospital es que ha sido construido únicamente con el dinero de Francia. Hasta el presente ha costado 222.000 francos, suministrados, en parte, por las diligencias del Hermano Génin, en parte por el Gobierno francés, y en parte por la Obra de la Propagación de la Fe». No extrañaría, a vista de los donativos de que hablamos, que la parte con que contribuyó el humilde Hermano no fuese de ninguna manera indigna de compararse con la del Gobierno francés ni con la de la obra tan apostólica de la Propagación de la Fe.
Esos son milagros de la Providencia, inexplicables tanto a los que son instrumentos de ellos, como a los que los han presenciado. El nombre del Hermano José Génin traerá a la memoria de los que han leído la vida de San Vicente de Paúl el de aquel Hermano de la Misión, Mateo Renard, a quien el Santo enviaba a los países asolados por la guerra con limosnas de 20.000, de 50.000 libras, de 10.000 escudos en oro, sin que nadie pensase en inquietarle cuando atravesaba los campos; y el nombre de aquel otro Hermano de la Misión, Juan Parre, que no hizo menores maravillas, y cuyas obras no podía San Vicente referir sin que exclamaciones de admiración saliesen de su corazón y del de las señoras de la caridad, cuyas limosnas había transmitido y distribuido el Hermano Génin no es inferior a ellos si se considera la inmensidad de limosnas que distribuyó a las Misiones lejanas; antes bien les hizo ventaja si atendemos a que es debido a su iniciativa apostólica y a su celo personal el haber reunido aquellos inmensos recursos.
IV
No era el menor motivo de admiración para aquellos entre los cuales vivía el Hermano Génin, el presenciar la imperturbable tranquilidad de su alma y de su proceder, la paz de su semblante, la afabilidad de sus modales, que jamás se desmentía. Aquí hay una especie de heroísmo que, tal vez más que el celo y la abnegación, denota un alma que ha llegado a la santidad. El secreto o el manantial de esto estaba en la plena posesión de sí mismo y en la interior unión con Dios, a la cual el buen Hermano se dedicó toda su vida. Esta práctica de perfección se la había aconsejado su director, Mr. J. B. Etienne, Superior general de la Misión y de las Hijas de la Caridad, a la cual el buen Hermano Génin no dejó de aplicarse hasta su último día.
Todo lo que hablaba de Dios le agradaba. Las lecturas espirituales eran para nuestro amado Hermano una fuente de los más puros deleites. Cuando se dedicaba a ese ejercicio, le parecía que su alma estaba sentada en un festín, y a fin de no perder el fruto de aquella lectura, luego que la había terminado, se recogía y saboreaba lo que le había consolado, y aun muchas veces resumía y comentaba de un modo práctico los pensamientos que más le habían impresionado. En las conferencias de los viernes, en las repeticiones de oración en tiempo de los ejercicios anuales, anotaba en un cuaderno especial todos los pensamientos que podían fomentar su piedad. Se podría escribir un libro con las notas tomadas a vuela pluma y echadas acá y allá en la primera hoja de papel que caía en sus manos. Nada dejaba perder de lo que podía conservar en su corazón el fuego sagrado del divino amor.
No se sujetaba a algún método de oración, dejaba hablar a su corazón, o, para valerme de sus mismas expresiones, empleaba en sus meditaciones el antiguo sistema de San Agustín: «Conózcaos, Señor, á Vos, y conózcame a mí: Noverim te Domine, et noverinz me; conózcaos para amaros más y más; conózcame a mí mismo, a fin de despreciarme siempre más».
La imaginación representa cierto papel en la piedad de nuestro piadoso Hermano; daba un cuerpo á su pensamiento, su estilo figurado y de una marcada originalidad para expresar pensamientos, siempre de mucha confianza en Dios y de caridad, despertaba la atención de todos cuando daba cuenta de su oración.
La recepción de los Sacramentos y la asistencia al santo sacrificio de la Misa ocupaban también un lugar distinguido en su corazón; uno de sus grandes temores que turbaban algunas veces su espíritu, era el de no acercarse a ellos con todas las disposiciones necesarias. No acudía al tribunal de la penitencia sino temblando; pero, terminada su confesión, no tenía palabras para expresar el consuelo que experimentaba, pensando que Dios le había perdonado. Los días de comunión respiraba continuamente la paz y la pureza que Nuestro Señor había dejado en su corazón, corno se respira el perfume de una flor. En el tiempo de la santa Misa se ponía en espíritu sobre la patena del sacerdote para sacrificarse con Nuestro Señor Jesucristo.
Tantas gracias, y gracias tan preciosas, recogidas con tanto cuidado, no podían dejar de producir en el corazón de aquel buen Hermano los más preciosos frutos. Dios se complacía en adornar el alma de aquel fiel siervo con todas las virtudes de su santo estado.
El Hermano Génin tenía un natural atractivo a la unión con Dios, no amaba al mundo, ni lo había amado jamás. Esa especie de repulsa instintiva contra el mundo la tenía desde sus primeros años; de aquí es que cuando la obediencia le obligó a dejar el oficio de sacristán, en el cual vivía en compañía de Nuestro Señor, para tomar el de portero, donde iba a tener un pie en el mundo, derramó un mar de lágrimas». Lo que decía a Dios en sus interiores coloquios, no es fácil adivinarlo: se representaba los beneficios que Dios le había hecho para darle gracias por ellos; repasaba sus faltas con un corazón humilde, pidiendo a Dios que se las perdonase, se ofrecía en sacrificio a la divina justicia para expiar los pecados del mundo; rogaba por la Iglesia, por la Congregación, por «nuestros venerables Superiores, como él se expresaba, por las Misiones extranjeras, hallando en este santo ejercicio su fuerza, su luz y su consuelo.
Estaba muy contento cuando podía seguir su atractivo por la oración, no estorbándoselo las obligaciones de su oficio. Acostumbraba guardar puerta mientras se decía la primera Misa: aquella era la hora más quieta de todo el día, y de ella se aprovechaba el buen Hermano para satisfacer su amor a la oración. Empezaba por rezar su Rosario, después rezaba un nocturno del Oficio Parvo de la Santísima Virgen y terminaba con las Letanías de San José; y si le quedaba algo de tiempo, lo empleaba en platicar con la Virgen Santísima y con San José; les molestaba alternativamente, como él decía, para obtener lo que deseaba, como que era su hijo. Confiesa que en aquel tiempo recibió muchas gracias.
Tampoco se pasaba la noche sin que le robase algún rato para la oración; cuando despertaba, en seguida su pensamiento y su corazón se dirigían a Dios y a la Santísima Virgen con una breve y fervorosa oración.
Las otras virtudes fluían de su tierna y discreta piedad. Hasta el último suspiro de su vida fue fiel a la práctica de la obediencia, de la cual era hijo, pues el día que profesó prometió a Nuestro Señor el vivir bajo una absoluta dependencia de los Superiores. Y como el ángel de las tinieblas se transforma frecuentemente en ángel de luz, estaba resuelto a no emprender jamás cosa alguna, sin antes pedir el parecer de los que le representaban á Dios sobre la tierra. Un día en que le habían dado orden de que interrumpiese la obra de las Misiones, a la cual estaba dedicado en cuerpo y alma, su corazón quedó muy afectado y su semblante inmutado. Sin embargo, no salió de su boca palabra alguna de crítica ni de amargura. En vista de aquel grande dolor, el sacerdote, al cual había manifestado su pena, le dijo bondadosamente: «Ánimo, amado Hermano; Dios prueba la obra de Ud., porque la aprueba». A estas palabras su pena se desvaneció como por encanto. Más tarde conocía que aquella prueba había sido una de las gracias que había recibido del Señor, porque le había hecho ver, decía él con su acostumbrada humildad, cuán profundas raíces había el orgullo echado en si corazón.
Lejos de gloriarse del bien que se, hacía por su medio, se admiraba de que Dios quisiese servirse de un tan vil instrumento para llevar a cabo sus designios sobre la tierra. Hallándose un día en una reunión de muchos Misioneros, pensaron éstos que le darían gusto manifestándole su admiración y felicitándole de los felices resultados de su celo. El buen Hermano les dejó decir; después, tomando la palabra, les dio con suavidad y franqueza esta respuesta: «Ustedes conocen las obras de San Francisco de Sales; ¿quién de ustedes se entretendría en admirar la pluma que las escribió en lugar de alabar el talento que las inspiró? Pues bien: ved aquí lo que es el pobre Hermano Génin que ustedes admiran: un muy pequeño instrumento en las manos de Dios».
III
Entretanto, el buen Hermano empezaba a sentir el peso de los años, y con él el cortejo de miserias y enfermedades que son su patrimonio inseparable. Estaba viendo que la cruz venía sobre él, y, como verdadero hijo de San Vicente, le hizo buena acogida; para aquella alma generosa, la visita de la cruz era la visita de Nuestro Señor. «La enfermedad —decía él—viene de Dios, y todo lo que viene de Dios viene de la mano de un buen Padre que nos ama y no quiere más que el bien de sus hijos». A pesar de todos sus esfuerzos para vencer la fatiga de su edad, era evidente su decaimiento.. En fin, en el invierno de 1888 una enfermedad del corazón le condujo á la enfermería, en la cual pasó el resto de sus días.
La enfermería es una escuela donde la enfermedad, según está escrito, ha de añadir a la virtud el sello de la perfección: Virtus in infirmitate perficitur. Dejemos a nuestro amado Hermano que nos manifieste su Corazón y nos diga los sentimientos que Nuestro Señor le inspiraba en el tiempo de aquella última prueba.
Hemé aquí abatido. ¡Dios sea alabado! Cuatro enfermedades me ejercitan, ya sucesiva, ya simultáneamente. No obstante, todavía puedo trabajar para las Misiones en mi aposento de enfermería; yo puedo orar y meditar, según lo permitan mis pocas fuerzas; eso es un consuelo. Nuestro Señor dijo: «Llevaré el alma á la soledad para hablarle al corazón». Ya estoy en esa soledad; a mí me toca aprovecharme de ella.
Si he hecho algunos servicios en la puerta por espacio de cuarenta y cinco años, también he hecho allí muchas faltas. De cuando en cuando renovaba mi intención de obrar por solo Dios; a pesar de eso mezclaba en mis acciones una infinidad de imperfecciones que pudieron hacerlas desagradables a Dios y tal vez de ningún valor; ahora satisfago y me purifico sobre el altar de la resignación.
¡Qué contraste entre mi estado presente y mi oficio de portero! ¡Guardar la celda, hallarme solo delante de un Crucifijo, de las imágenes de María y de San Vicente! Los primeros días costó algo á mi pobre naturaleza, pero ahora me hallo bien con Dios solo y sus Santos. Nuestras conversaciones son frecuentes; en estas locuciones interiores Nuestro Señor me ha hecho una gracia grande, obligándome, a causa de la enfermedad, a vivir solitario, con lo cual quiere prepararme para morir. Esta verdad me consuela y hace que ame mi soledad; por otra parte, jamás está uno menos solo que cuando está solo con Dios, sus ángeles y sus Santos. Las pruebas de toda clase, los padecimientos que es del divino agrado enviarme, son señales del amor que me tiene; es cierto que Dios trata con rigor a sus amigos de mil maneras».
El piadoso Hermano pasaba sus largas horas de soledad en esos coloquios consigo mismo y con Dios, cuando en la madrugada del 19 de Marzo de 1894 le dio un ataque de parálisis, recibió los auxilios y los consuelos de la Religión, y a las cuatro de la tarde entregaba su alma en manos de su Criador. En las últimas horas perdió el uso de los sentidos: Dios, sin duda, quiso librarle de las agonías de la última hora. El obrero infatigable había llegado al término de su tarea: el Amo le llamaba al eterno descanso con aquellas palabras llenas de esperanza: «Confianza, siervo bueno y riel; tú has sido fiel en todas las cosas: entra en el gozo de tu Señor».
El buen Hermano Génin ha sido arrebatado a su obra tan amada. Pero esa obra no debe morir Con él, porque las necesidades de las Misiones a elite se dedicaba con tanto celo, lejos de disminuir, aumentan cada día.
José Angeli, sacerdote de la misma Congregación, encargado de continuar aquella obra, ha tenido el pensamiento de ponerla bajo el patrocinio del beato Juan Gabriel Perboyre, que amaba aquellas Misiones sobre la tierra y se dedicó a ellas hasta el derramamiento de su sangre. Esperamos que el glorioso mártir querrá constituirse su celestial proveedor.
Las personas que desean alcanzar alguna gracia temporal o espiritual, prometerán al beato Juan Gabriel una limosna para su obra, cada uno según sus facultades, con la seguridad de alcanzarlo, si por otra parte no hay algún obstáculo.
La solución de la deuda así contraída podrá hacerse, o con dirección al Sr. Angeli (rue de Sévres, 95, París), o en manos de los sacerdotes de la Misión o de las Hijas de la Caridad, las más cercanas, los que se encargarán de hacerla llegar al centro de la obra.
Ya el beato Juan Gabriel se ha manifestado muy poderoso para alcanzar las gracias pedidas. Confianza, pues, en su eficaz intercesión; esta confianza será doblemente recompensada, tanto por la gracia obtenida, como por el mérito de la ofrenda hecha en acción de gracias.
Tomado de Anales Españoles, Tomo II, 1894







