José Antonio Borja (1790-1894) (Capítulo I)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Year of first publication: 1893 · Source: Anales Españoles, Tomo I, (1893) y Tomo II (1894).
Estimated Reading Time:

I

Hay hombres que sin haber recibido grandes dotes na­turales, sin grandes talentos, sin nada que llame extraordi­nariamente la atención, consiguen, sin embargo, el aprecio, la estimación y aun la admiración y la veneración de cuan­tos tienen la suerte de tratar con ellos. Entre éstos merece ser contado el Sr. Borja, de quien nos proponemos no es­cribir la vida, sino solamente dar alguna idea para consuelo de los que le han conocido y edificación de los que lean es­tas notas. La voz pública y unánime entre los que le trata­ron decía que el Sr. Borja era un santo. Esta reputación se la granjeó luego que entró en la Congregación, y en ella, por espacio de cincuenta y ocho años, no dejó de confirmar con su vida un juicio tan favorable. «Ojalá tuviese la Con­gregación un bosque de Borjas» , decía el P. José Escarrá, gran conocedor del mérito de las personas ; con las cuales palabras quería decir que poseyendo muchos hombres corno el Sr. Borja, la Congregación prosperaría por las bendicio­nes que tales hombres atraerían sobre ella.

Nació el Sr. Borja en Falset, villa de Cataluña, en la pro­vincia y arzobispado de Tarragona, el 3 de Febrero de 1790, de padres honrados y buenos cristianos que conservaban la sencillez de la fe y vivían en una medianía de labradores desahogados. En el bautismo le pusieron los nombres de Antonio José Blas. Además de nuestro Sr. Borja tuvieron sus padres otros hijos, entre los cuales sabemos que uno se llamaba Tomás, otro Juan y una hermana Teresa.

Su padre era compasivo para con los pobres y necesita­dos, socorriéndolos, disimulando y perdonando las inju­rias, como sucedió una vez que oyendo un ruido desusado y sospechoso, a una hora de la noche en que suele reinar profundo silencio, y examinando, armado de un palo, cuál pudiera ser la causa de tan desacostumbrado ruido, descubrió que un vecino suyo, hombre por otra parte que gozaba de buena reputación en la villa, acosado sin duda de la necesi­dad y no atreviéndose a manifestarla por vergüenza porque pasaba por estar suficientemente acomodado, se había intro­ducido furtivamente en su casa con un fin no recto. Viéndose descubierto el desdichado, le suplicó por Dios y por María santísima que le perdonase y no le deshonrase; y así lo ob­tuvo, saliendo libremente y sin que ningún vecino llegase á ser sabedor de lo ocurrido.

Muy poco sabemos de su infancia y adolescencia. Sabe­mos, sin embargo, que fué forzado a tomar las armas y ser­vir en la milicia, y no se comprende cómo pudo ser, pues parece que estaba exento del servicio por ser tan miope que ni aun con el auxilio de los más fuertes anteojos podía conocer una persona que estuviese á cuatro pasos de distan­cia. Esto le proporcionó algunas humillaciones, porque los jefes le destinaron para ranchero, y sin duda los otros ran­cheros, abusando de su bondad, se eximían de las más pe­sadas faenas del oficio, obligándole a él a cumplirlas.

No sabemos si por eso, o por qué otra razón, intentaría evadirse desertando; pero como no podía menos de suceder, fue luego cogido y, según la disciplina militar vigente enton­ces, recibió en castigo cincuenta palos. Esto lo contó él mis­mo alguna vez en conferencia para humillarse; y valga eso, porque de otro modo probablemente no lo sabríamos, como no sabemos tantas otras cosas que sin duda serían muy in­teresantes.

Concluido el servicio militar volvió a su casa, y luego después fue a Tarragona con el fin de proseguir sus estudios para el estado eclesiástico á que aspiraba. Allí vivía en la ciudad y asistía a las clases del Seminario en calidad de ex­terno. Concluidos, o poco menos sus estudios, se decidió, no sólo a ordenarse, sino también a retirarse del mundo y entrar en alguna Religión. Primero solicitó ser recibido en la de San Francisco, en la que no fue admitido, pues, como él mismo contaba después, habiéndole examinado el Guardián y otros dos religiosos, hablaron juntos en secreto por algu­nos momentos y le declararon luego que no le podían reci­bir; «sin duda—añadía el Sr. Borja—porque yo era tan torpe y para tan poca cosa que juzgaron que no serviría para otra cosa sino para comer».

Desechado de una puerta, determinó llamar a otra y fue a Barcelona para pedir que le admitieran en nuestra Con­gregación. Presentóse al Visitador, y después de expresar su pretensión, no queriendo engañar a nadie, les hizo pre­sente todo lo que sabía que pudiera ser algún obstáculo á su recepción, como era la escasez de su talento y, sobre todo, que era muy corto de vista. Le hicieron leer, y todo bien examinado, el Visitador, oído el parecer de los examinadores y consultores, se decidió en favor de su admisión. Efec­tuóse su recepción el día 1º de Septiembre de 1817, contan­do él ya veintisiete años de edad.

En el Seminario confirmó pronto las esperanzas que de él se habían concebido al recibirle. Ya desde entonces res­plandecían en él aquella rectitud ingenua, aquella profunda humildad y aquella viva fe con que á tantas personas había de edificar durante su larga carrera. Como ya tenía concluí- dos los estudios, determinaron los Superiores que recibiese el sacerdocio, a pesar de que todavía no había hecho los san­tos votos, y fue ordenado presbítero el 28 de Marzo de 1819.

Adornado ya con el carácter sacerdotal, se dispuso a ce­lebrar la primera Misa con tanto fervor y devoción que, como enajenado y fuera de sí mismo, le oían la noche ante­rior hablar en tierno soliloquio y repetir muchas veces en su lenguaje catalán: «¡ Borja, creus ú no creus!. Que es como si dijera: «¡Borja, piensa lo que eres , mira la dicha que vas a tener mañana de celebrar el santo sacrificio de la Misa I ¿Es posible? ¿lo crees tú?; y si lo crees, ¿cómo no te deshaces en acciones de gracias?» Tal era la idea de que se hallaba poseído de tan alta dignidad.

Terminados los dos años del Seminario hizo su profesión, con el mismo fervor con que solía hacerlo todo, el día 12 de Septiembre del mismo año 1819. Hechos los votos, no pare­ce que fuese destinado a ninguna casa particular, sino que se quedó en la Casa central de Barcelona, preparándose, sin duda, para las misiones, a las que sólo se había de dedicar algunos años después. Entretanto la divina Providencia le tenía destinado para otra obra no menos agradable a su divi­na Majestad, porque el año de 1821 visitó Dios a la ciudad de Barcelona con uno de aquellos azotes con que suele visitar a su pueblo. La fiebre amarilla, que de cuando en cuando aflige a las ciudades de la costa de España, apareció en dicho año y llenó la población de espanto y terror. Eran tales los estragos que causaba que el Ayuntamiento de la ciudad mandó improvisar un nuevo hospital para recibir en él los atacados de la epidemia, y determinó que ese hospital fuese establecido en la casa de la Misión , y que la Comunidad de Misioneros se trasladase al Seminario con el debido consen­timiento de la autoridad eclesiástica. Allí permanecieron los Misioneros hasta que, terminada la epidemia, la Comunidad volvió á ocupar su antigua casa, desocupada ya de enfermos. Al trasladarse los Misioneros de la casa al Seminario deter­minaron que quedasen en ella tres sacerdotes de la Congre­gación con dos hermanos coadjutores, ya para conservar de algún modo la posesión de la casa, ya también, y principalmente, para servir y asistir a los enfermos. Uno de los tres sacerdotes fue nuestro Sr. Borja, el cual se complacía sobre­manera en ese oficio de caridad, y a él se entregó sin recelo ni reserva, dispuesto á dar gustoso la vida por sus enfermos. Con qué fe y humildad servía á los apestados! Mirando en todos y en cada uno de ellos al mismo Jesucristo, no se pue­de explicar el afectuoso celo e interés con que los asistía. Esta piadosa ocupación duró cinco meses, tanto como duró la fiebre amarilla, cesando ésta del todo y volviendo las cosas a su curso ordinario el 30 de Enero de 1822; y, sin duda por especial protección del cielo, ni el Sr. Borja ni ningu­no de sus compañeros sintió la más mínima novedad en su salud durante aquellos meses.

Tres años después el Sr. Borja fue enviado a la Casa de Guisona, adonde se dirigió hacia fines de 1824. Allí fue des­tinado á las misiones, ejercitándose en ellas los cuatro años que pasó en dicha Casa. De los libros que se conservan se colige que desde el 21 de Abril de 1825 hasta el 28 de de Ma­yo de 1828 predicó el Sr. Borja las pláticas en 19 pueblos donde misionaron los sacerdotes de dicha Casa. Por aquel tiempo se fundó la Casa de Madrid, y en ella se iba a poner el Seminario interno de la provincia de España, que hasta entonces había estado en la de Barcelona. Los Superiores, conociendo las buenas dotes que en el Sr. Borja se encon­traban, determinaron encargarle la dirección del nuevo Se­minario interno, y llamáronle a Madrid, para donde partió de Guisona el 9 de Agosto de 1828.

No defraudó en este nuevo empleo las esperanzas ni dis­minuyó la buena opinión que de él tenían los Superiores. Si por razones que ignoramos fue segunda vez enviado con el cargo de Superior a la Casa de Guisona, y de ésta, poco después, a la de Reus, también con el cargo de Superior, no tardó en ser de nuevo llamado a Madrid, en donde el puesto de Director del Seminario interno había quedado vacante por todo el tiempo de su ausencia, es decir, por espacio de un año ó poco más. Después de este breve intervalo ejerció tan importante oficio hasta que la revolución vino a inte­rrumpirlo otra vez; y digo interrumpirlo, porque, pasados cerca de veinte años, volvió por tercera vez a desempeñar el mismo cargo, hasta que no se lo permitieron más sus años y sus achaques.

Esta segunda interrupción comenzó el 11 de Julio de 1834, día en que salieron de Madrid los cinco seminaristas que quedaban. Ya el año anterior la revolución había cerrado todos los noviciados de las Órdenes religiosas y Congrega­ciones de varones en España, prohibiendo la recepción de nuevos novicios. Por eso quedaban tan pocos sujetos en nuestro Seminario interno; pero la revolución no quedaba satisfecha con eso y se proponía acabar enteramente con to­das las Órdenes y Congregaciones. Cinco días después de la salida de los seminaristas de la corte, es decir, el día 16 del mismo mes de Julio, sucedió aquel acto atroz de salvajismo en que una turba de sicarios, penetrando en algunos con­ventos de Madrid, quitaron inhumanamente la vida a un gran número de inofensivos religiosos. Nuestra Casa no fue, invadida ni hubo desgracia entre nosotros. Trasladado el Seminario interno fuera de Madrid, el Sr. Borja, que mien­tras lo dirigía se ocupaba también algo en la dirección de las Hijas de la Caridad , se vió ahora descargado de aquel cui­dado, y por disposición de los Superiores se entregó más en­teramente á esta otra ocupación, en la cual se ha granjeado también imperecedera reputación. Poco después de la catás­trofe del 16 de Julio, y no habiendo ninguna seguridad para los nuestros en Madrid, dispusieron los Superiores que los estudiantes pasasen a Francia, adonde ya les habían pre­cedido los seminaristas. El Sr. D. Juan Roca, Visitador, había ido antes a París con el fin de arreglar esas traslacio­nes con el Sr. Salorgne, entonces Superior general de la Congregación. Al despedirse de la Comunidad de Madrid ha­bía indicado el objeto de su ida a París, aplicando al caso las palabras de nuestro Señor á los Apóstoles: Vado parare vobis locum. Por fin el año de 1836 fue suprimida la Congregación, al igual que casi todas las Religiones y Congregaciones en España.

Casi toda nuestra juventud fue trasladada a Francia; al­gunos fueron a Italia. Del mismo modo muchos de los sa­cerdotes, tanto de la Casa de Madrid como de las otras Casas, hubieron de emigrar. Entonces fueron á Francia los seño­res Juan Roca, Carlos Roca, Escarrá , Cerda, Gros, Coli­na, Coll , Pi, Santasusana y otros venerables ancianos que tanto edificaron con su buen ejemplo y fiel observancia de las reglas, trabajando cuanto podían, unos en la enseñanza, otros en el santo ministerio del modo que les era posible, atendida la dificultad de la lengua, que ignoraban la mayor parte ; e hiciéronse niños para aprenderla escribiendo pláti­cas y sujetándolas a corrección para después sacarlas en lim­pio, aprenderlas de memoria y echarlas al pie de la letra. Aun conservamos algunas de esas pláticas con sus respecti­vas correcciones, como venerandas reliquias de nuestros Pa­dres en Cristo y en San Vicente.

Al Sr. Borja tocó quedarse en Madrid empleado, como hemos dicho, en la dirección espiritual de las Hijas de la Ca­ridad. Esta fue su ocupación exclusiva desde el año de 1834 hasta el de 1854, en que restablecida la Congregación en Es­paña, se restableció igualmente su Seminario interno y vol­vió nuestro Sr. Borja a encargarse de su dirección. Era tal el concepto que de su aptitud para este oficio se tenía, que no pensaron los Superiores en buscar otra persona, por más que los años, y en particular lo delicado de su vista, cada día más débil, podían hacer temer que no podría desempeñarlo ya por mucho tiempo. Este temor no era infundado, pues a la debilidad que en este órgano había siempre sentido se añadía la catarata que se le iba formando en ambos ojos, llegando a quedar del todo ciego unos doce o catorce años antes de su muerte. Esto hizo forzoso darle un descanso que él ni pedía ni apetecía, pero de que se aprovechó con avidez para perfeccionarse más y más en la virtud. No obstante su ceguera, hasta poco antes de su última enfermedad se pres­taba con gusto a predicar á las Hijas de la Caridad y espe­cialmente a las novicias, haciéndoles, siempre que se lo ro­gaban, la plática o conferencia semanal que por sí o por otro les suele hacer el Director.

Lo que no se pudo acabar con él fue que continuase en oír confesiones. Desde que perdió enteramente la vista se abstuvo de ese ejercicio, no obstante que alguno le rogara con instancia que le confesase. No sabemos a punto fijo qué razón tan poderosa tuviese para eso; tal vez fuese porque, por una parte, se tenía por muy ignorante, aunque no lo era, y por otra, siendo de una conciencia sumamente delicada, no querría encontrarse con alguna dificultad que no pu­diera resolver por sí mismo, y como no le era posible con­sultar algún autor de moral, temería faltar al sigilo si lo con­sultase con alguna persona. Sea por lo que fuese, no se pres­tó ya más a oír confesiones.

En este estado pasó los últimos años de su vida en rezar rosarios y otras oraciones, visitar al Santísimo, oír misas y escuchar lecturas espirituales que le hacía un hermano coad­jutor. Por algunos años, aun antes de perder enteramente la vista, celebraba todos los días la misa de Beata Virgine ó de Requiero con el debido apostólico privilegio, hasta que unos tres ó cuatro años antes de su muerte, habiéndosele aumen­tado el temblor de las manos que ya venía padeciendo, le fue del todo imposible continuar celebrando y se redujo a comulgar todos los días, continuando en esta práctica hasta pocos días antes de morir.

Tal es, en compendio, la vida del Sr. Borja, en la cual no se advierten cosas extraordinarias y, sin embargo, no era un hombre ordinario. Había en su persona algo que lla­maba la atención de todos, y bastaba que uno hablase con él una sola vez para que no le olvidase jamás. Qué podría ser ese algo sino el espíritu de que estaba lleno y que al mo­mento aparecía en su continente, en sus palabras y en todo su exterior? De este espíritu queremos hablar ahora, pero no es fácil dar de él una idea completa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *