Jesús trabaja como el Padre

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Autor: Antonino Orcajo .
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El designio de Dios se realiza en la acción. Tal modo de concebir la voluntad divina ha de entenderse bajo la triple perspectiva, trinitaria, cristológica y antropológica. El hombre es objeto preferencial de la obra de Dios y de Jesús, revelada en la creación y en la encarnación del Verbo. Las presentes enseñanzas sobre el trabajo guardan ese carácter unitario que le da la dignidad del hombre, «hecho a imagen y semejanza» de Dios, y son fruto del estudio de la Escritura, de la teología tradicional y de la experiencia. La experiencia, como ya se ha explicado, implica un conocimiento y amor de la obra de Dios uno y trino, así como un compromiso con los hombres pobres y marginados que pueblan el mundo. La consideración del trabajo provoca en Vicente de Paúl una teología de las realidades temporales y de la praxis que le han merecido el justo título de «el Santo de la acción».

I. «Dios trabaja incesantemente»

La conferencia del 28 de noviembre de 1649 a las Hijas de la Caridad comprendía gran parte de la argumentación teológica y experiencial de Vicente de Paúl en favor del trabajo. El fin de la charla es animar a todos al cumplimiento de una obligación impuesta por voluntad expresa de Dios y que ayuda al hombre a autorrealizarse. Para ello, comienza presentándonos a Dios en incesante trabajo desde toda la eternidad: «trabaja continuamente, continuamente ha trabajado y trabajará». Estos tres niveles de la acción divina nos introducen en el misterio de Dios en sí mismo y en el hombre.

a) Trabajo de Dios dentro de sí mismo

«Dios trabaja, desde toda la eternidad, dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialogar, y ese amor mutuo ha producido eternamente el Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribuidas todas las gracias a los hombres».

No es intención del Santo darnos, en esta breve explicación, un curso académico sobre las misiones y operaciones divinas tal y como las aprendió en los manuales de Pedro Lombardo y de santo Tomás de Aquino. Simplemente extrae de la ciencia teológica los principios básicos que van a regular su acción espiritual y apostólica. El diálogo en el amor, principio operador de la eterna generación divina, establece las pautas de comportamiento entre las tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, entre Dios y el hombre, y de éste con su prójimo.

El diálogo en el amor es la vía que recorre Vicente de Paúl para mediar por la paz, la justicia y la unión entre todos los hombres: ricos y pobres, poderosos y débiles; recurre a papas, reyes y ministros, sirviéndose siempre del diálogo. No son las armas de la subversión ni de la violencia, sino del amor, las que él emplea para la construcción de la ciudad terrena.

La presentación de la Trinidad, como imagen perfecta de trabajo y de comunión de vida, es ofrecida sobre todo a las comunidades comprometidas con la misión y caridad de Jesucristo. Tal presentación del misterio trinitario no es original de san Vicente; otros muchos fundadores de congregaciones religiosas se adelantaron a él.

«Vivan todas unidas, sin tener más que un solo corazón y una sola alma, a fin de que por esta unión de espíritu sean una verdadera imagen de la unidad de Dios, ya que su número representa a las tres Personas de la Santísima Trinidad. Le pido para ello al Espíritu Santo, que es la unión del Padre y del Hijo, que sea igualmente la de ustedes, que les dé una profunda paz en medio de las contradicciones y de las dificultades que necesariamente tendrán que existir alrededor de los pobres».

La exhortación va dirigida a Ana Hardemont, superiora de una comunidad agitada por las diferencias sicológico-temperamentales de sus miembros y por las exigencias del servicio de los pobres. Las relaciones entre las tres divinas Personas revelan los cauces de respeto, de libertad, de amor y de comunión por donde han de discurrir las relaciones intercomunitarias y la evangelización de los pobres. La experiencia enseña que, cuando la convivencia fraterna funciona mal, el servicio de los pobres sufre detrimento.

La alusión al Espíritu Santo, unión del Padre y del Hijo, manifiesta la necesidad de impregnarse de su fuerza para poder dialogar con y en el amor. Sin la presencia del Espíritu no es posible una buena relación interpersonal ni un esmerado servicio.

b) Trabajo de Dios fuera de sí mismo

«Dios trabaja además fuera de sí mismo en la creación y conservación de este gran universo, en los movimientos del cielo, en las influencias de los astros, en las producciones de la tierra y del mar, en la temperatura del aire, en la regulación de las estaciones y en todo este orden tan hermoso que contemplamos en la naturaleza, y que sería destruido y volvería a la nada si Dios no pusiese en él sin cesar su mano».

Vicente de Paúl enseña que Dios creó el mundo de la nada —ex nihilo—. No entra en discusiones filosóficas ni arriesga conceptos dualistas o panteístas sobre la creación, pero concibe la creación como algo continuo, no acabado, y en movimiento perfectivo por la acción del Espíritu. La obra del universo -kosmos- expresión de la belleza y poder divinos, no responde a un hecho estático, sino dinámico. No sólo quiso Dios dar principio a todo el universo, sino que lo mantiene con el influjo de su Palabra creadora (cf. Jn 1,1-4).

Nuestro admirador de la belleza y orden resplandecientes en el kósmos no se plantea cuestiones relativas a la autonomía terrena, pese a las grandes revoluciones físicas y astronómicas que se dieron ya en su tiempo y que pusieron en entredicho la autoridad de la Escritura, el dogma de la creación y cierta antropología ligada a éste. Los nombres de Bacon, Galileo, Copérnico, etc., representan la ciencia moderna, que da al traste con la buena fe de tantos cristianos e incluso de la Iglesia jerárquica que ve en la Biblia una fuente de saber científico. Vicente de Paúl, abierto a los nuevos descubrimientos, consulta a renombrados astrólogos antes de dar una contestación a compañeros preocupados por los eclipses de sol y otros cambios atmosféricos. Sea cual fuere su actitud frente a las revoluciones físicas y astronómicas, además de las filosóficas, creadas a partir del Renacimiento, sobre todo por Descartes, encaja perfectamente en su mentalidad el criterio siguiente: «Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía… Pues, por la pro- pia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte… Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece… Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida».

Vicente de Paúl tampoco plantea cuestiones relacionadas con el problema ético-social del ecosistema. Si teme los horrores de la guerra se debe a su preocupación por la paz y el bienestar temporal de los hombres, no por la alteración ecológica que suponen los trastornos bélicos; le hacen sufrir las guerras porque asolan los campos y no permiten cosechar ni sembrar.

La fórmula «si Dios pone o retira su mano», expresión favorita del Sr. Vicente, no significa intromisión en las leyes de naturaleza, sino providencia divina sobre el universo creado.

c) Trabajo de Dios con cada una de las criaturas

«Además de este trabajo general, Dios trabaja con cada uno en particular; trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en su tarea, con la hormiga, con la abeja, para que hagan su recolección, y esto incesantemente y sin parar jamás».

El texto citado hace destacar el valor concreador del trabajo humano, valor que ha sido justipreciado recientemente por los documentos del Vaticano II: «Los hombres y mujeres, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulta provechoso y en servicio de la sociedad; con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que cumplan los designios de Dios en la historia».

Para Vicente de Paúl, los trabajos artesanales, modestos y oscuros prolongan la acción creadora de Dios, lo mismo que la técnica o el arte cooperan a la construcción de la ciudad terrena. El Santo tiene una concepción del mundo cualitativa, existencial y transformante; él no se considera un espectador de la belleza y orden del universo, al estilo franciscano, sino un actor contribuyente a la historia humana; por tanto, con visión utilitaria del kósmos, con dedicación a cubrir las necesidades de los hombres y a prolongarles la vida. El hombre —imago Dei— recibe el mando de Dios sobre todas las cosas para dominarlas y hacerlas producir: ésta es su vocación en el mundo.          

A la pregunta «por qué Dios trabaja», la respuesta vicenciana es clara y tajante: «Por el hombre, por el hombre solamente, por conservarle la vida y por remediar todas sus necesidades. Pues bien, si un Dios, soberano de todo el mundo, no ha estado ni un solo momento sin trabajar por dentro y por fuera desde que el mundo es mundo, y hasta en las producciones más bajas de la tierra, a las que presta su concurso, ¡cuán razonable es que nosotros, criaturas suyas, trabajemos, como se ha dicho, con el sudor de nuestras frentes».

A la luz de esta doctrina se comprende mejor lo que dijimos más arriba comentando a san Ireneo: «la gloria de Dios consiste en que el hombre viva». Nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos. No quiere la muerte de nadie, sino que todos se salven (cf. Jos 3,10; Dt 32,40; Sal 36,10; Mt 19,16-19; Jn 6,17; Rm 6,23).

La muerte mencionada no es sólo espiritual, engendro del pecado, también es temporal, producto de las guerras y del hambre. Entendido el trabajo como voluntad de salvar la vida del pobre, Dios no es hostil a la obra liberadora de sus hijos. El mensaje vicenciano «no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo». Trabajo y religión van conjuntados en la acción y doctrina del seguidor de Jesús, que, a diferencia de tantos ideólogos, vive comprometido con los necesitados y aplica medidas prácticas para salvarles de una muerte segura y degradante.

II.- Jesucristo también trabaja

La segunda reflexión sobre el trabajo recae en la persona de Jesús. De las dos partes en que se divide la vida del Salvador, la primera, «desde el nacimiento hasta los treinta años, la emplea trabajando con el sudor de su divino rostro, para ganarse la vida; la segunda, que comprende los tres últimos años, la gasta predicando unas veces en el templo, otras en las aldeas, sin descanso, para convertir al mundo y ganarlo para Dios su Padre». El Hijo afirma de sí: «Mi Padre trabaja y yo también trabajo»(Jn 5,17); «las obras que yo hago me acreditan como enviado del Padre» (Jn 5,36). Jesús patentiza la voluntad salvadora de Dios trabajando como cualquier hombre.

La encarnación y redención manifiestan el plan salvífico de Dios. La encarnación es un sí definitivo a la obra creada: Cristo está en el comienzo, medio y fin de la historia del mundo. La redención corona las enseñanzas del Reino, de un Reino de justicia y de amor, de paz y de fraternidad, de comunión de unos con otros. La muerte y resurrección de Jesús hace anhelar a toda la creación la liberación total y la gloria prometida: «De hecho, la humanidad otea impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios…; esta misma humanidad abriga una esperanza, la de verse liberada de la esclavitud a la decadencia, para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8,19-21).

a) El ejemplo de san Pablo

El testimonio del apóstol Pablo, seguidor auténtico de Jesús y constructor de comunidades cristianas, tiene una fuerza excepcional, pues se ganó la vida con el trabajo de sus manos, sin ser gravoso a nadie, y ordenó a los fieles que si alguno no quería trabajar, tampoco comiera (cf. 2 Ts 3,8-10) (14). Las palabras del Apóstol resultan conmovedoras en la despedida de los efesios: «No he deseado dinero, oro ni ropa de nadie; sabéis por experiencia que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. En todo os he hecho ver que hay que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,33-35). La ayuda a las iglesias necesitadas forma parte de su programa apostólico (cf. 2 Cor 8). Enseña, finalmente, a practicar el amor en la acción caritativa, pues «somos realmente hechura de Dios, creados, por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios nos asignó de antemano que practicásemos»(Ef. 2,10).

Con tal exhortación se invita al hombre a agradar a Dios en todas las cosas, a buscar su gloria, fin supremo de la creación. El cristiano ha de tener en cuenta este consejo de san Pablo: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10,31). Esta conducta configura al cristiano con Cristo, primogénito de toda criatura, pues «en él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, y por su medio Dios reconcilió consigo el universo, después de hacer la paz con su sangre derramada en la cruz» (Col 1,16-22). El trabajo, por tanto, realizado en Cristo y por Cristo, no rivaliza con el poder divino, sino que lo glorifica y enaltece.

III. El trabajo después del pecado

El relato de la creación, conjugado indistintamente según la doble redacción, sacerdotal (cf. Gn 1,26;2,4) y yahvista (cf. Gn 2,4-25), fundamenta la apología del trabajo. El hombre, antes y después del pecado, está sujeto a la ley universal del trabajo. Nadie escapa de este mandato del Creador, que nos quiere colaboradores en la obra de sus manos. Si es cierto que, en las circunstancias actuales, el trabajo resulta duro y penoso, por el esfuerzo que exige al cuerpo, sin embargo, no hay que considerarlo como un castigo, sino como consecuencia del pecado en el mundo. De todas formas, el trabajo implica una obediencia que glorifica a Dios, autorrealiza al hombre y sirve de ayuda al necesitado (15). Esta triple argumentación teológica la apoya Vicente de Paúl en la autoridad de santo Tomás de Aquino.

a) El trabajo, glorificación de Dios

«Hay que trabajar primeramente por agradar a Dios, que pone su alegría y sus delicias en vemos ocupados en un mismo fin».

Con tal exhortación se invita al hombre a agradar a Dios en todas las cosas, a buscar su gloria, fin supremo de la creación. El cristiano ha de tener en cuenta este consejo de san Pablo: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10,31). Esta conducta configura al cristiano con Cristo, primogénito de toda criatura, pues “en él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, y por su medio Dios reconcilió consigo el universo, después de hacer la paz con su sangre  derramada en la cruz” (Col 1, 16,22). El trabajo, por tanto, realizado en Cristo y por Cristo, no rivaliza con el poder divino, sino que lo glorifica y enaltece.

b) El trabajo, autorrealización del hombre

«Dios, al hablar al justo, dice que vivirá del trabajo de sus manos, como si hubiese querido darnos a entender que la mayor obligación del hombre, después del servicio que tiene que hacer a Dios, consiste en trabajar para ganarse la vida, y que bendecirá el esfuerzo que haga…, que no será una carga para nadie, y que lo que él haga servirá para mantener a su familia. Dios promete trabajar con él, y mientras trabaja, bendecirá a Dios».

Destacamos dos aspectos importantes de esta comunicación: 1º  el justo mediante el trabajo se purifica de los propios pecados, pues le sirve de penitencia, embellece en él la imagen y semejanza de Dios trabajador y de Jesús, modelo y fin del universo creado; 2.º la obediencia al mandato del Señor «nos libra de ser carga para nadie y sirve para mantenimiento de la familia». El justo, en efecto, no se debe a sí mismo, sino a los demás; en la medida de esta donación se hace más hombre, más abierto a su condición social y dialogante. El justo recibe este nombre de su estado de laboriosidad, a parte la gracia recibida de Cristo. El injusto, por el contrario, lo toma de su postura ociosa. Mientras que la acción concreadora contribuye a la realización humano-espiritual de la persona, la inactividad envilece al hombre y a la sociedad.

Para Vicente de Paúl, el trabajo no debe confundirse con la pasión consumista que devora a tantos avariciosos y acumuladores de dinero, ni puede matar el ocio —otium– necesario para dialogar con el Dios del «séptimo día». El trabajo no es un «negocio» explotador del hombre, sólo es un medio de vida. Si «todo lo que debemos hacer es trabajar», esto ha de entenderse dentro del plan de Dios sobre la vida del hombre, y no como un fin esclavizante. Acción y contemplación, trabajo y descanso, han de servir para fomentar las relaciones con Dios y con los hombres, pero nunca para destruirlas por el deseo y abuso de las riquezas. Las dimensiones del trabajo, subrayadas por la encíclica Laborem exercens, recuerdan la conducta, si no la palabra expresa, de nuestro infatigable trabajador. Según la encíclica, la dimensión objetiva del trabajo ofrece al hombre la posibilidad de transformar y dominar el mundo. La dimensión subjetiva permite al mismo hombre autorrealizarse y autoexpresarse. Esta última prevalece sobre la primera, pues «el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto: el trabajo está en favor del hombre, y no el hombre en favor del trabajo». Como antes había señalado la Gaudium et Spes, «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene».

El Santo defiende, incluso, el sentido lúdico y festivo de la vida para encontrarse con Dios, consigo mismo y con los hombres a través de la naturaleza, de la oración y de la conversación humana; reniega, sin embargo, de la ociosidad y de la vagancia, vicios condenados por la Escritura (cf. Pro 6,6-11; 24,30-34), y rechaza visceralmente el libertinaje intelectual y moral como contrario al espíritu de trabajo y de solidaridad. Sólo los perezosos se oponen al plan de Dios sobre la Misión y la Caridad:

«¿Quiénes serán los que traten de disuadirnos de las obras que hemos comenzado? Serán espíritus libertinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y, con tal de que haya de comer, no se preocupan de nada más… Serán gentes comodonas, personas que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia en la que se encierran como en un punto, sin querer salir de allí; y si les enseñan algo fuera de ella y se acercan para verla, enseguida se vuelven a su centro, lo mismo que los caracoles a su concha».

c) El trabajo, ayuda para el necesitado

«Hay que trabajar pensando en el servicio del prójimo, que es tan estimado por Dios que cree como hecho a sí mismo lo que se hace para consuelo de los demás».

Por dos razones principales estamos obligados al trabajo: para no ser carga a la sociedad y para ayudar a los necesitados. Ambas razones van juntas, apoyándose la una en la otra. La visión teológica según la cual Dios recibe como hecho a sí mismo lo que se practica con el prójimo es el móvil del trabajo cristiano. Existe una multitud de parados y marginados que esperan el fruto de nuestra labor. Se dice que más de un 80 % de la población, en tiempo de san Vicente, vive a costa de los demás. Los clérigos mismos resultan una carga pesada para el pueblo y un descrédito de la Iglesia, «pues cuando la vagancia y la ociosidad se apoderan de ellos, todos los vicios se les echan encima». Y hasta los frailes mendicantes, aun cuando tengan que pedir por regla, «lo hacen a costa del pueblo». Esto es de lamentable, porque al principio no era así. Pero, al abolirse la costumbre de trabajar con las propias manos…, «ello trajo graves consecuencias, ya que la disciplina doméstica dejó de basarse desde entonces en la austeridad».

Por lo demás, es deseable que todas las comunidades religiosas se autofinancien económicamente y provean a su propio sustento y al de los pobres. El Sr. Vicente lamenta la falta de creatividad y de audacia en las comunidades respecto a esta obligación. En lugar de pedir limosna al pueblo pobre, los religiosos debieran mostrarse generosos con el necesitado, repartiendo no sólo de lo sobrante, sino hasta de lo necesario para el propio sustento. La crítica vicenciana respeta, sin duda, las reglas y costumbres de las Ordenes antiguas, pero su compasión hacia el pobre pesa más que la inveterada costumbre de los frailes mendicantes.

IV. Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres

El conocimiento que tiene el Sr. Vicente de los campesinos, por nacimiento y por experiencia, le obliga a un eterno agradecimiento a los cultivadores de la tierra. También los que se dedican a los quehaceres domésticos, como barrer la casa, hilar, cocinar, etc., forman parte selecta del patrimonio de Jesús trabajador:

«El labrador que vemos tras el arado, cultivando la tierra y sembrando el grano para el alimento de los hombres, cumple con el mandamiento del Señor: «Te ganarás la vida con el sudor de tu frente»» (Gn 3,19).

La agricultura era entonces la fuente principal de riqueza y el sustento de los hombres. El comercio y las pequeñas industrias comenzaban a desarrollarse. Muchas gentes salvaban la vida gracias al esfuerzo de los labriegos. No por eso los campesinos dejaban de ser unos marginados de la sociedad, unos ignorantes y esclavos del campo. Vicente de Paúl les rinde un homenaje justo cuando pondera su sacrificio y religiosidad. El abandono espiritual y material en que yacen suscitan la Misión y provocan constantemente este reproche a sus evangelizadores: «Miserable, ¿te has ganado el pan que comes, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?». San Vicente comenta: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres… Los pobres nos alimentan… Que no pase un solo día sin ofrecérselos al Señor, para que quiera concederles la gracia de aprovechar debidamente sus sufrimientos».

Pese a esta humilde confesión, él no come el pan de balde. Su horario de cada día atestigua que es un trabajador infatigable. De las veinticuatro horas del día y de la noche, tres dedica a la oración y lectura, once al trabajo expreso, el resto lo reparte entre el descanso, la comida y la recreación comunitaria. Toda su jornada está orientada a dar vida a los pobres; continuamente le ronda este pensamiento: «Amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente». 0 bien: «La muerte que nos encuentra con las armas en la mano es la más gloriosa y la más deseable».

El Sr. Vicente entiende su ser-en -el -mundo como un trabajo concreador de la obra de Dios. Con razón podemos aplicarle lo que se ha escrito del hombre en general: «Su capacidad de trabajo, el don de la acción que le ha sido conferido, no sólo cubre su déficit originario, sino que lo despega y libera de los límites que hipotecan crónicamente la acción del resto de los seres vivos. El hombre es un ser carencial al que no le queda más remedio que autocompletarse siendo un ser práxico; a tal fin, está equipado de la capacidad de transformar los condicionamientos carenciales en oportunidades vitales por medio de la praxis».

A la citada reflexión filosófica hay que añadir el dato teológico de la caridad, si queremos comprender el sentido último del trabajo. No es la acción por sí misma el motivo de las actuaciones vicencianas, sino el amor que tiende a cubrir las necesidades propias y ajenas. El ejemplo de Moisés ha de estimular la acción de cuantos han sido llamados a librar al pobre de sus esclavitudes. No obstante las carencias que padecen, ellos nos enseñan la verdadera religión y el agradecimiento humano:

“Estos pobres nos dan sus bienes para esto. Mientras ellos trabajan, mientras combaten contra las miserias, nosotros hemos de ser el Moisés que levanta las manos continuamente al cielo por ellos”.

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