Nuestra casa de Troyes tuvo el dolor de perder el 20 de agosto de 1742, a su querido superior, el Sr. Jean-Pierre Plagniard, nacido en Lyon el 12 de febrero de 1693, y recibido en el seminario de la misma ciudad el 19 de julio de 1710. Fue una pérdida muy considerable pues este buen misionero, joven aún, de una salud incluso fuerte y robusta, lleno de celo, regular piadoso en situación de prestar en el ministerio de la palabra con abundancia, podía aún dar largos y excelentes servicios. Sólo llevaba un año en esta familia afligida, pero había comenzado ya a consolarla, por su aplicación a restablecer lo espiritual y lo temporal que había sufrido en extremo en los años precedentes. Muy decidido en los asuntos presentes de la Iglesia, perfectamente sumiso a las decisiones apostólicas, conocido incluso como tal por un celo que ni el respeto humano ni las dificultades más grandes debilitaron nunca, su prudencia no obstante, su rectitud, su buen corazón, le habían adquirido la confianza pública, de donde se esperaba los mejores éxitos. Pero Dios, cuyas disposiciones son siempre justas y adorables, le ha querido recompensar llamándole a sí desde el principio de su carrera. Fue atacado de un mal que los médicos no han podido nunca caracterizar; por muy ligero que fuese este mal en su origen, una vez que se sintió atacado, se dijo herido de muerte.
El 18, se hizo llevar a su habitación por quien le velaba; trabajó en arreglar sus cuentas, y en poner en orden todos sus asuntos. Su corazón siempre obediente y sumiso quiso parecerlo en este último momento. Dictó para su superior general una carta breve como lo exigía su debilidad pero en la que, en pocas palabras, imploraba su bendición y sus oraciones, le protestaba con su respeto y sumisión, y le aseguraba su perfecta resignación a la voluntad del Señor. » El hombre propone, Dios dispone. Nada más verdadero en mi caso escribía. Pronto sabréis que Dios ha dispuesto de mí. Os pido vuestras oraciones para el tiempo y para la eternidad. ¡Por qué no haber servido mejor a la Congregación! Sin embargo, sometido a la voluntad del Señor, me muero tranquilo y contento. Encargaos, por favor, de decírselo a mi querida madre».
El lunes 20, a las cinco de la mañana, sin que se viera ningún accidente extraordinario, quiso que se le hicieran las oraciones de la recomendación del alma; «ya que, decía él, ha llegado la hora». Respondió a todo con mucha piedad, hizo repetir tres veces, en las letanías, los nombres de sus santos patronos, y de san Vicente, nuestro bienaventurado Padre. Luego pidió la imagen de nuestro divino Redentor en Cruz, y no pareció más ocupado que en el deseo de reunirse con él en el cielo, repitiendo a menudo las palabras del Apóstol: Cupio dissolvi et esse cum Christo.Quiso recibir la bendición del más antiguo de sus cohermanos, representando con ella la de su superior general. Su pequeña familia le pidió también la suya. Recogido a los ojos de Dios, se la dio en un espíritu de humildad; luego los abrazó a todos con una ternura que, comunicándose a todos, les hizo derramar lágrimas, solo él manteniéndose bastante firme para consolarlos con los sentimientos de su piedad y de su religión. Fue entonces cuando encargó a uno de sus cohermanos que nos dijera que el moría muy sumiso a la Iglesia. Testimonio que creyó deber hacer más grande todavía renovándole en presencia de muchos virtuosos amigos del exterior, y pidiendo que, en la tarjeta que se distribuiría en las sacristías, se incluyera que él había estado siempre perfectamente sumiso de espíritu y de corazón a las decisiones de la Iglesia, en particular a la constitución Unigenitus.
El Sr. Plagniard había sido siempre un hombre honrado, alejado de la bagatela, decidido para el bien; prudente como se ve en su dirección, sus discursos y sus consejos; piadoso con sencillez ; con un gran respeto de cuanto pertenecía a la religión ; trabajador en el santo ministerio que ha ejercido por largo tiempo en las misiones con un éxito que respondía a su celo. Digno hijo de san Vicente, no podemos acabar mejor su elogio que constatando que sentía por él una gran devoción, la que se ha visto en sus asiduidad en invocarle, en su fidelidad en imitarle, en su celo de extender su culto, en su atención en dar a conocer sus milagros, habiendo tenido lugar muchos movimientos en todos los aspectos, no sólo en la construcción de los procesos para la canonización de este gran siervo de Dios, sino en todas las ocasiones en que podía procurar su gloria. –Anciennes Relations, p. 438.







