Jean Martin (1620-1694) (Capítulo IV)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Noticias de los Misioneros · Translator: Máximo Agustín, C.M.. .
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Biografias PaúlesXIII. De su amor a Dios y de su gran caridad.

Para ofrecer una idea general de las numerosas virtudes de este siervo de Dios, procede comenzar por la reina de todas ellas que es la caridad y el amor a Dios ya que hace a las otras agradables a Dios y merecedoras a sus ojos.

Aunque pretendiera mantener oculto a la vista de los hombres este fuego del amor de Dios que consumía su corazón, no pudo sin embargo ocultarlo lo suficiente para que no se le escapara alguna chispa, sobre todo mientras se hallaba en oración o en el altar, celebrando los divinos misterios; o también cuando hablaba de Dios en sus conversaciones familiares; en estas circunstancias dejaba brillar en su rostro un no sé qué de sobrehumano y una especie de llama que traicionaba el incendio de su corazón. En su última enfermedad, al oír tan sólo hablar de Dios, su corazón se llenaba de gozo y lo demostraba exteriormente rogando a los asistentes que hicieran por él actos de amor de Dios.

Sus palabras también, sobre todo las que pronunciaba a la conclusión de las conferencias y de las repeticiones de oración y que conservaban todavía todo el fervor adquirido en la meditación, parecían rasgos inflamados que penetraban del amor por Dios a los que las oían. Los eclesiásticos de la Conferencia le escuchaban con tanto placer, a causa del fruto que sacaban de sus palabras que aunque hubiera en la conferencia personajes de una gran ciencia y de los primeros de la corte romana, preferían que fuera él quien concluyera la conferencia para no verse privados de de los sentimientos de devoción que sus palabras difundían en los corazones de sus oyentes. Sus cohermanos igualmente tenían tanto gusto de oírle que durante sus últimos años inclusive, cuando el cierre pectoral y de garganta estorbaban la palabra y le impedían ser oído, no se saciaban nunca de escucharle. Por más que se excusó y pidió a los superiores mayores que le reemplazaran para las conferencias alegando que no podía ya hacerse oír, no pudieron resolverse a ello y sus cohermanos, mientras pudiera hablar, no quisieron a otro ya que encontraban un provecho espiritual demasiado grande en sus charlas de piedad.

El amor que el Sr. Martín profesaba a Dios no se limitaba a probar consuelos interiores y a pensar en dios y hablar de él, se mostraba sobre todo en las obras, pues en ello consiste el verdadero y sólido amor de Dios, y en primer lugar se esmeraba en evitar todo lo que podía de alguna manera desagradar a Dios; y ponía en ello tanto cuidado, que no sólo evitaba las faltas graves sino hasta las más ligeras y menores imperfecciones. En cuanto a las faltas graves, la opinión común y constante de los que han conocido a fondo su interior es que ha estado exento siempre de ellas, y que ha conservado pura y sin mancha, durante toda su vida, su inocencia bautismal, es lo que declaró una persona que había oído varias veces su confesión. No existe dificultad en creerlo, sobre todo si se tiene en cuenta que entró muy joven en la Congregación, es decir a la edad de dieciocho años, y que mientras había permanecido en el mundo, además de la bondad de su carácter, su inclinación a la piedad, desde su más tierna infancia, la buena educación de sus padres y de sus maestros, había tenido, dado su temperamento delicado, una salud bastante débil y había sufrido mucho, como lo hemos dicho al comenzar el primer libro, de la cabeza y del estómago; y la enfermedad del cuerpo debilita de ordinario el fuego de la concupiscencia, que es el escollo en el que la juventud acaba naufragando. A partir del momento en que entró en la Congregación, es cosa cierta que trabajó constantemente en evitar las menores imperfecciones; ya que abstenerse de pecados mortales, o incluso veniales, deliberadamente, es cosa común en la congregación, hasta en los más imperfectos.

El Sr. Martín era tan cuidadoso de conservar su corazón puro y limpio de toda apariencia de falta que los ojos más observadores no han podido nunca descubrir en él nada que se pudiera calificar con fundamento de pecado venial; no obstante se acercaba frecuentemente al sacramento de la penitencia con vivos sentimientos de dolor y de contrición. Conviene traer aquí el testimonio que un sacerdote de la Misión ha dado de la inocencia de vida del Sr. Martín: «He tenido la suerte, dice, de oír su confesión general que quiso hacer durante el retiro, y a partir de su más tierna infancia, con el fin, decía él, de prepararse a la muerte. Oh Dios, ¿debo decirlo? su vida ha sido tan inocente y tan pura que puedo afirmar que ha permanecido siempre virgen y no me cabe la menor duda de que sea del número de los que siguen al Cordero por todas partes por donde va; su conciencia no era menos delicada en todos los demás puntos. Ah, qué grande es el Sr. Martín, no creo que haya pecado nunca mortalmente; en sus primeros años ha tenido maestros buenos y piadosos, y podía decir al entrar en la Congregación: «Ego autem in innocentia mea ingressus sum; entré con mi inocencia. Todos sabemos la vida que ha llevado desde entonces». Son las palabras de este sacerdote. No contento con evitar todo pecado que hubiera podido hacerle menos agradable a Dios, el Sr. Martín buscaba también con todas sus fuerzas hacerlo todo para agradar a dios más. Y hemos visto en el primer libro todo lo que hizo por extender su reino y probar su gloria; comenzó, casi inmediatamente después de entrar en la Congregación, a entregarse a los trabajos apostólicos en las misiones, no siendo aún más que clérigo, y continuó durante cincuenta y cinco años y cuatro meses que fue misionero, trabajando sin interrupción por el amor de su Dios. este amor ha sido el único fin que le ha hecho actuar en todo lo que ha hecho, y , y podemos verlo claramente, no sólo en el cuidado que ponía en ofrecer cada mañana a Dios todas sus acciones del día y renovar su intención al comenzarlas, en elevar a Dios al sonido del reloj ya que entonces se levantaba su bonete y hacía una breve oración jaculatoria pata ofrecer a Dios sus obras; pero uno puede llegar a convencerse más todavía por la prontitud que ponía en huir de todo lo que podía atraerle la estima de los hombres, sabiendo bien que todo el honor que uno se atribuye se lo roba a Dios. Como consecuencia de la gran fama que tenía en el Piamonte, cada vez que se terminaba una misión, los principales del lugar querían acompañarle en varias millas de distancia, a veces hasta el lugar de la misión siguiente, o hasta Turín. Para evitar estos cortejos y estos aplausos elogiosos, se escapaba de noche y a pie cuando podía. Una vez, entre otras, quiso huir de Carmagnola de un modo parecido para evitar esta ceremonia, y salió pues de la casa a media noche y se dirigió hacia la puerta de la ciudad; pero el cuerpo de guardia tenía orden del gobernador de no dejarle salir sin avisar; le abrieron pues la primera puerta , pero no la segunda, bajo pretexto que no se encontraba la llave, y de esta forma se quedó encerrado entre las dos puertas, donde hubo de esperar hasta por la mañana, en medio del invierno y con un frió riguroso. Durante ese tiempo, los principales de la ciudad prepararon sus caballos y se pusieron en orden para acompañarle. Pero estos cortejos, cuando no podía evitarlos, eran para él una verdadera mortificación, y tenía por costumbre de pararse de vez en cuando para pedir a estos señores que se volvieran, diciendo que no quería ninguna gloria para sí y que no reclamaba más que la de Dios. Se tenía tal estima de él en el Piamonte que los primeros gentilhombres de esta Corte consideraban como un gran honor verle y hablarle; pero él, por su parte, para huir de esta gloria mundana, no iba casi nunca a visitar a los grandes personajes; no lo hacía más que por pura necesidad, y hasta fue preciso una vez que uno de los sacerdotes de su Congregación le llevara como por la fuerza para visitar a un prelado en una circunstancia que parecía favorable a las funciones de la Misión. Para que el Sr. Martín apareciera en los palacios, era preciso que viera en ello, hasta la última evidencia, la necesidad y la gloria de Dios. Aunque tuviera tantas obligaciones con la casa del marqués de Pianezza, se mantenía tan lejos de ella, lo mismo que de los palacios de sus hijas, que una de éstas, interrogada un día por un sacerdote de la Misión, que iba a Roma, si no tenía algún recado particular para el Sr. Martín, que había sido superior en Turín por más trece años, le respondió que no había conocido más que muy poco al Sr. Martín, y además por su fama tan sólo. El Sr. Martín no actuaba así por falta de agradecimiento, ya que cuando el marqués de Pianezza, hastiado de la Corte, se retiró del mundo para entrar en el Convento de los Padres Agustinos descalzos de Pianezza, no dejó de ir a llevarle todos los testimonios posibles de su gratitud y de su entrega, si bien estos trámites pudieran causarle ante los Señores de la Corte. Y en Roma, donde tuvo ocasión de servir a tantos príncipes por las misiones dadas en sus tierras, y a tantos prelados en los retiros, cuántos honores no habría podido granjearse en sus cortes! Pero estaba tan lejos de de buscar los homenajes del mundo, que sentía horror a las casas de los grandes y no aparecía por allá casi nunca. Hablaremos todavía más de esto, en el capítulo de la humildad, de su distanciamiento de los honores del mundo. Que sea suficiente aquí mostrar que en todas sus acciones no buscó nunca más que la sola gloria de Dios, pues el único amor de dios era el móvil de todo lo que hacía.

XIV. Su celo por la salvación de las almas.

Quien ama verdaderamente a Dios no se contenta con dedicarse por entero al servicio de su bien amado, trata también de ganarse a la mayor parte posible de imitadores de su amor, y por eso se entrega a ganar almas para Dios para aumentar su gloria. Esto hacían los Apóstoles, según decía san Pablo: Charitas Christi urget nos, la caridad de Jesucristo nos apremia, y es lo que deben hacer todos los hombres apostólicos y los verdaderos misioneros. Por poco que examinemos la vida del Sr. Martín. Este hombre verdaderamente apostólico, veremos que desde el momento en que entró en la Congregación hasta sus últimos años, ha sido empleada toda en al servicio de las almas. Y aún antes de ser misionero, y desde su infancia, trataba con sus charlas familiares de llevar a la piedad a las gentes de su casa y a sus compañeros, como ya hemos visto. Uno vez en la Congregación, , comenzó, siendo sólo clérigo, a ir de misión, y sin poder confesar ni predicar, disponía a los penitentes para la confesión; les enseñaba primero los principales misterios de la fe y los excitaba a la contrición y al firme propósito, luego les daba un papelito, con el que se presentaban al confesor y eran admitidos al punto y confesados con mayor prontitud; ya que una vez que se sabía que habían sido instruidos por el Sr. Martín sobre lo necesario, no había preocupaciones. Esta costumbre de hacer examinar e instruir a los penitentes por un clérigo antes de presentarse en el confesionario duró por algún tiempo en las misiones, sobre todo en la región de Génova, y sirvió de gran ayuda a los penitentes y gran alivio para los confesores. Una vez ordenado de sacerdote, comenzó a ir a misiones y a predicar, y continuó esta función durante toda su vida, con excepción de los años en que fue superior de la casa de Roma, pues entonces las ocupaciones importantes anejas a este oficio le obligaron a guardar la casa. No obstante, no estaba ocioso y se entregaba tal vez con más provecho todavía para los fieles en servir a todos los eclesiásticos que llegan continuamente a esta casa, bien para los retiros, bien para las conferencias sobre las materias eclesiásticas, bien por último para enseñar las ceremonias y las demás ciencias sagradas, y más aun para adquirir el espíritu eclesiástico en la pensión establecida en esta casa. en todas sus predicaciones como en las demás funciones parecidas, su único fin era buscar la gloria de Dios y la salvación de las almas. Si bien tenía un espíritu muy elevado y rico en bellos conceptos, que habría podido halagar a los oyentes con pensamientos propios para llamar su curiosidad, pero el se dedicaba a ser muy familiar y a servirse de comparaciones populares para adaptarse al auditorio, y se servía de expresiones propias de la región para hacerse comprender de los campesinos más sencillos. Tales eran el celo y el fervor con los que anunciaba la palabra de Dios que muchos decían que no habían oído nunca a un hombre hablar de Dios a un hombre con tanto fuego y elevación que parecía ser un san Pablo cuando predicaba. Realizaba tantos movimientos en el púlpito que bajaba de ordinario bañado en sudor, con la sotana empapada incluso en mitad del invierno; de manera que en Garessio una mujer se colocó por devoción debajo del púlpito. A fin de recoger como perlas las gotas de sudor que caían de la frente del Sr. Martín. Pero lo admirable de esta ocasión fue la exclamación de la hija pequeña de esta piadosa mujer la que, hallándose al lado de su madre, se puso a decirle: «Madre, madre, ¿no veis esa bonita paloma que está sobre los hombros del Sr. Martín?» Por esto, sin duda, llegó a decirse que el Espíritu Santo le inspiraba lo que tenía que decir en el púlpito.

En los comienzos, cuando veía una fluencia tan grande para las predicaciones y las confesiones, no escuchando más que a su celo para aliviar a las almas apagando su sed con las aguas de la gracia, no se perdonaba ninguna fatiga ni tenía ningún cuidado por su salud, prolongando sus sermones a veces por una hora y media, no poniendo límites a las sesiones del confesionario, recibiendo a los penitentes a cualquier hora y en cualquier lugar, de manera que no le quedaba un momento para respirar, y no viendo el momento para dar a su cuerpo el alimento y el descanso necesarios. Fue su celo el que determinó en gran parte a los superiores a fijar la duración de los sermones e instrucciones en una hora lo más, y la de las confesiones a ocho horas al día. En su ancianidad, cuando le faltaron las fuerzas, no perdió por esto el deseo de ir a misiones, y apenas hubo cedido el oficio de superior de la casa de Roma al Sr. Pancrazio Gini, cuando le pidió por favor ir a misiones, diciendo que si no podía hacer otra cosa, ayudaría al menos en las confesiones. Como no se lo permitieron, hizo el oficio de confesor ordinario en la casa y, a cualquier hora que se lo pidieran para confesarse, sea que estuviera en su habitación, o estuviera en el coro asistiendo a la misa mayor, partía inmediatamente a donde le llamaban, aunque le costara mucho, sobre todo por el frío durante el invierno; pero sin prestar atención alguna a sus incomodidades una vez que se trataba de socorrer a las almas.

El celo del Sr. Martín no era amargo, áspero ni riguroso, sino tal como el Apóstol lo pide de los verdaderos misioneros y tal como lo deseaba san Vicente en sus hijos. Por su dulzura, en efecto, el Sr. Martín parecía una imagen viva de san Vicente, y todos los que le han conocido confiesan que esta dulzura, esta afabilidad, eran de una naturaleza muy particular en él, de manera que no había pecador tan obstinado, por endurecido que fuera que pudiera resistir al los dos atractivos de su amable caridad. Sus sermones eran fuertes, es cierto, y fundados en sólidas razones tomadas de ordinario de la sagrada Escritura; pero comenzaban con un tono tan afectuoso que enternecían los corazones más duros, los penetraban de compunción y les hacían derramar lágrimas. Detestaba soberanamente la moda de hablar áspero, las expresiones desesperanzadoras, y quería que en el púlpito y mucho más en el confesionario se ganara a los pecadores por la miel de la piedad; es lo que él mismo hacía, y cuando se veía obligado a negar o a diferir la absolución a los pecadores, lo hacía con un tono tan dulce que nadie se retiraba sin verse consolado. Con los sacerdotes y demás eclesiásticos que venían a hacer el retiro se comportaba de maneras no sólo afables y educadas, sino también tan respetuosas y tan humildes, que encantaba sus corazones y los cautivaba a todos. Entre un gran número de rasgos que se podrían citar, no encontramos más que el siguiente, sucedido en Roma. Un doctor en derecho, queriendo ser sacerdote, fue obligado a venir a hacer retiro a la Misión, en virtud del breve de Alejandro VII, que prohíbe bajo pena de suspensión ipso facto recibir las órdenes en Roma o en los seis obispados sufragáneos de Roma sin haber hecho el retiro en la Misión. Pues bueno, este doctor estaba tan opuesto a los misioneros que su sólo nombre le hacía temblar, porque habían llegado a decirle que eran herejes y que uno de ellos había sido quemado recientemente como tal en el campo de flore y otras falsedades parecidas que le habían hecho concebir un horror extremo a los misioneros; además, siendo considerados los misioneros como Franceses, este título solo bastaba para hacérselos detestar, habiendo nacido súbdito español. Fue preciso sin embargo venir al retiro y venir en compañía de aquellos mismos que le habían informado tan mal contra los misioneros y que continuaban todavía calentándole la cabeza. Sucedió muy afortunadamente para él que el Sr. Martín dirigía este retiro y se quedó tan encantado de las maneras dulces y educadas de este buen misionero que decía de vez en cuando a sus compañeros: «¿Son éstos a los que creíais herejes»? No sólo perdió por completo la mala opinión que tenía de los misioneros, sino que les cobró tal afecto que desde entonces formó el proyecto de entrar en la Congregación; regresó poco después a su país, arregló los asuntos de familia, y pasó a Génova, donde pidió y obtuvo su admisión en la Congregación; en ella perseveró trabajando con ardor para la gloria de Dios y reconociendo deber, después de a Dios, la gracia de su vocación a la piedad, a la devoción y a la afabilidad del Sr. Martín.

Por ardiente que fuera su celo por la salvación de las almas, él era no obstante muy discreto y ordenado. Se había entregado con mucho cuidado a aprender y desempeñar bien todas las funciones propias de su Instituto para las que tenía un talento singular. Pero aparte de eso no buscaba ninguna otra, a pesar de que hubiera empresas en los demás religiosos con una finalidad laudable, y él se mantenía dentro de los límites de su estado. no buscaba tampoco dar muchas misiones ni oír muchas confesiones, sino hacerlo todo bien; por eso daba a sus funciones todo el tiempo necesario, y después de trabajar por algún tiempo en las misiones, se retiraba para repasar sus redes y se fijaba algunos días de recogimiento extraordinario.

XV. De su devoción y de su oración.

Del gran amos que el Sr. Martín tenía para con Dios resultaba esta devoción extraordinaria con la que realizaba cuanto pertenecía directamente al culto de Dios, en lo cual parecía encontrar su centro y todo su consuelo; no haría otra cosa durante todo el día, podríamos decir, que ocuparse en el servicio de Dios y de la Iglesia, sobre todo los días festivos en los que pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia orando, oyendo misas, asistiendo a los oficios divinos, dando conferencias y charlas espirituales. Los días entre semana, aparte de su hora ordinaria de oración que hacía siempre con los demás, o bien, cuando estaba impedido por algún asunto, solo en la iglesia cuando podía, , se elevaba también a Dios a menudo con oraciones jaculatorias, y cuando sus ocupaciones se lo permitían robaba algunos momentos para dárselos a Dios. Ha sabido ocultar tan bien por su humildad las dulces conversaciones y las gracias particulares que recibía en la oración que nunca se podido saber de ellas; mas al ver el gran fervor con el que hablaba de Dios en las repeticiones de oración en uso en la Congregación y el fuego que brillaba entonces en su rostro, se puede juzgar fácilmente cuál debía ser la hoguera de amor que consumía su corazón. Es verdad que no le gustaban esos métodos extraordinarios de oración que están sometidos a las ilusiones y, aún antes de que se prohibieran ciertos libros que las exponían, ya los rechazaba, y quería que los que estaban bajo su dirección no siguieran otro método que el que está en uso en la congregación, y que se llama la meditación afectiva.

Podemos ver la eficacia de sus oraciones y del favor del que gozaban ante Dios por lo que vimos en el capítulo tercero del primer libro, cuando obtuvo de Dios, mediante sus súplicas, la salud suficiente para continuar su viaje de Génova a Roma, la primera vez que se dirigía de París a esta ciudad, no siendo más que clérigo. . Podemos verlo igualmente por la conversión se tantas almas que ha llevado a Dios, pues estas conversiones son debidas más a la eficacia de sus oraciones que a la fuerza de sus discursos y, en efecto, aunque tuviera una gran costumbre de la predicación, no subía jamás al púlpito sin haberse preparado y la preparación consistía en ponerse de rodillas, teniendo delante de él el cuaderno que contenía lo que iba a decir, encomendando a Dios a su audiencia; y tenía la costumbre de decir que para convertir a las almas hay que hablar más de ellas a Dios que de Dios a ellas, y a propósito confesó él mismo una vez que él no había pedido nunca a Dios la gracia de reconciliar a los enemigos sin haberla obtenido.

Por el dato siguiente, mejor todavía que por lo que precede, veremos que trataba con Dios el asunto de de la conversión de las almas, y recibía gracias muy particulares a este efecto. Un día que había vuelto a casa después de un sermón predicado sobre el perdón de las injurias, dijo al hermano que si por la tarde venía alguien para hablarle, que no le despidiera. No tardó efectivamente en presentarse un hombre quien hasta entonces se había obstinado en no perdonar pero que había ido a ese sermón y se había reconciliado. Tenía una gran devoción a la santa mise que no omitió jamás celebrarla todos los días si podía, ayudaba en otra con gran devoción; y el día de Navidad servía a tres seguidas, aun en su avanzada edad. Tenía una gran práctica y conocimiento exacto de las rúbricas y de las ceremonias eclesiásticas, incluso de las más pequeñas particularidades, como del Número de Oro de la Epacta y de todas las pequeñas tablas que están a la cabeza del breviario y del misal. Le gustaba explicar los Salmos, y conocía el sentido más profundo de las lecciones y de los himnos y con frecuencia se ponía a enseñárselos a los jóvenes, y estos hermosos conocimientos le servían para recitar el oficio divino y celebrar los santos misterios con más devoción. En las solemnidades extraordinarias, preveía exactamente todas las ceremonias con el fin de practicarlas perfectamente, y no se fiaba de la experiencia que tenía al cabo de tantos años; mandaba incluso a un clérigo que le enseñase el canto, para no omitir nada, ni siquiera el menor detalle; y en su ancianidad, los inviernos cuando sus manos se encontraban desgarradas por los sabañones y sus rodillas no podían plegarse sin dolor, quería hacer siempre la señal de la cruz y las genuflexiones hasta el suelo sin apoyarse, con lo que ocurría que se caía al suelo, pero no cesaba de seguir y de hacer todas las ceremonias sagradas con su exactitud acostumbrada.

A propósito, creemos un deber incluir aquí lo que alguien ha dejado por escrito algún tiempo después de su muerte:

«Siempre noté en el Sr. Martín un gran respeto y gran reverencia por todo lo que se refería al culto de Dios, y principalmente a las funciones santas, a las que llevaba un recogimiento poco ordinario y una modestia tan impresionante que llevaba a la devoción a quien le miraba, y he oído decir esto mismo a los demás. Le he ayudado la misa varias veces y tuve siempre ocasión de humillarme, al ver en él un recogimiento tan profundo, bien al revestirse, bien al acercarse al altar; había cierta majestad, y ese exterior imperturbable le acompañaba en todas las funciones sagradas. No recuerdo haberle visto nunca precipitarse en ninguna de las acciones que pertenecen a las ceremonias; conservaba en ellas siempre la misma calma. Ví sobre todo que en la comunión, su rostro parecía tan devoto y tan compuesto que delataba el fuego interior de su corazón. Después de la misas, se mantenía en una postura tan recatada y tan humilde que se veían en exterior los actos que producía su alma, y por lo común hacía media hora de acción de gracias oyendo otra misa o ayudando a veces con tanta humildad y devoción que se le hubiera tomado por un seminarista de los más fervientes. En el oficio divino. La única vista de su recogimiento me penetraba de compunción y devoción. Tan empapado como estaba en los sentimientos de religión, no podía sufrir la menor inmodestia cometida en las ceremonias sagradas. Cuando tenía ocasión de hablar sobre este tema, lo hacía con un gran ardor y gran energía; mostraba con qué modestia y con qué devoción se debían tratar las cosa santas». Son las palabras de este relato y todos los que nos han dejado algunas memorias sobre este siervo de Dios atestiguan que conservaba en las ceremonias y todas las funciones eclesiásticas una majestad, una gravedad, una modestia y una devoción extraordinarias que revelaban en él a un verdadero sacerdote, lleno del espíritu eclesiástico. Recitaba el breviario mientras podía en común con los demás, lo recitaba en su habitación y de rodillas, incluso en su ancianidad.

No se contentaba con hacer exactamente todas las ceremonias eclesiásticas, tenía cuidado también de llevar a los demás a la misma exactitud. Cuando era superior avisaba del menor defecto, de la menor irreverencia que percibía en las funciones santas. No permitía siquiera a los sacristanes que se acercaran al altar mientras se celebraba la misa, tanto para cambiar los cirios como para hacer otra cosa parecida, diciendo que podía ser una ocasión de distracción para el celebrante; y quería que se tomaran todas estas disposiciones antes o después de la misa.

Aprovechaba todas las ocasiones que se presentaban de enseñar a los externos las ceremonias de la santa misa. Por eso durante las misiones hacía repetir, por sí mismo o por otro misionero, las ceremonias de la misa rezada a todos los sacerdotes que reunía para la conferencia espiritual, y cuando había que cantar la misa en misión, quería que antes se examinara a los sacerdotes externos que debían tomar parte en esta ceremonia. En Roma, hacía también repetir las ceremonias de la misa rezada a los sacerdotes de la Conferencia y esto varias veces al año a fin de refrescarles la memoria y corregir los defectos que se hubieran podido deslizar.

Hacía lo mismo con los suyos no sólo en lo que se refiere a la misa rezada, sino también con ocasión de otras ceremonias extraordinarias, como de la Candelaria o de la Ceniza. Un eclesiástico de vida muy ejemplar, anciano ya, hacía mal las ceremonias de la misa, el Sr. Martín para corregirle con toda suavidad y sin que, por así decirlo, el delincuente se diera cuenta, aprovechó varias veces la ocasión de ponerle de diácono en la misa mayor, y un clérigo advirtió que dirigía al celebrante y suplía sus defectos con tanta destreza que los ojos más penetrantes no podían darse cuenta. En muchas otras ocasiones le sucedió hacer lo mismo, de manera que parecía novato, al decir de alguien que le ha conocido y tratado desde que siendo clérigo ayudaba a la misa de san Vicente; parecía novato, digo, para ocultar y suplir los defectos de otro, sobre todo en la iglesia.

El Sr. Martín prestaba los mismos cuidados en lo que se refiere al hábito eclesiástico y la tonsura y quería que todos los eclesiásticos que estaban bajo su dirección sirvieran de modelo a los demás y conservaran la dignidad de su estado. Así pues no permitía a los señores pensionistas llevar el pelo largo, ni el hábito corto en casa ni en la ciudad, ni siquiera cuando llovía y las calles estaban embarradas. Un día que llovía, el abate Fattinelli, no sabiendo si habría conferencia por el mal tiempo, había venido con hábito corto; el Sr. Martín le hizo una suave reprimenda que fue eficaz, y este abate quedó tan edificado que ha querido que se mencione esto, incluso nombrándole en esta historia, para servir de lección a los demás. El Sr. Martín no fue menos fiel en conservar todas las demás prácticas que ha dejado san Vicente a sus misioneros, como descubrirse la cabeza al dar las horas para recordar la presencia de Dios, arrodillarse al entrar en la habitación o al salir para ofrecer a Dios lo que se va a hacer, visitar al Santísimo Sacramento cada vez que salía de casa o entraba, leer todos los días un capítulo del Nuevo Testamento, de rodillas y con la cabeza descubierta, hacer también una lectura espiritual cada día al menos de media hora, invocar a la Santísima Trinidad, por la mañana al levantarse y por la noche al acostarse, para ofrecerle las primicias del día y reconocerla como el último fin de sus obras, invocar el auxilio del ángel de la guarda de las personas y de los lugares donde debía dar la misión y otras parecidas. Pero la práctica que observaba con mayo gusto y más dedicación era el retiro anual que hacía con sus cohermanos durante ocho días completos; y como lo hacía casi siempre por la fiesta de san Denis, el 9 de octubre, que era el día de su entrada en la Congregación, aprovechaba esta ocasión para renovarse por completo en espíritu, como si no hubiera hecho más que comenzar a servir a Dios. Su devoción a la Santísima Virgen era muy grande y se advertía sobre todo en sus fiestas que celebraba con una preparación extraordinaria, y en estos días su devoción se volvía más sensible. Ayunaba todos los sábados en su honor y cuando salía de la casa para tomar el aire se dirigía siempre hacia Santa María Mayor para ofrecer sus homenajes y sus oraciones a la santísima Virgen.

XVI. Su caridad para con el prójimo.

De la gran caridad que el Sr. Martín tenía para con Dios nacía este amor loco que sentía por el prójimo, a cuyo servicio consagró toda su vida, y desde el momento de su entrada en la Congregación hasta el final la consumió entera en provecho de las almas y en el servicio del prójimo, sobre todo de los pobres más abandonados. No hablaremos más aquí sobre lo que hizo por las almas, pues se ha dicho bastante al hablar de su celo.

La reputación del prójimo era tan sagrada que no sólo no se ha oído salir de su boca palabra alguna que pidiera dañar la reputación de quien fuese, sino que no permitía siquiera que los demás lo hicieran en su presencia. Así que cada uno tenía a un defensor seguro de su reputación, dondequiera que el Sr. Martín se hallaba.

Del amor que profesaba al prójimo procedía esta manera de tratarlo, afable y respetuosa, que él tenía con respecto a las personas más sencillas y a los pobres del campo. Sus modales eran tan educados y tan amables que quien conversaba con él quedaba bien impresionado, y muchas personas notables por su piedad y su ciencia le llamaban el revisor de corazones, porque en efecto de todos los que conversaban con él había muy pocos que no quedaran prendidos en los lazos de su dulzura y de su caridad. No se le presentaba una sola ocasión de ayudar a su prójimo, de palabra o por obra, con tal de que estuviera conforme a su Instituto, que no la aprovechase al instante. Incluso viajando, no veía dificultad alguna en detenerse o apartarse del camino para hacer servicios al prójimo, y le sucedió varias veces hacerlos muy importantes, y tenía la costumbre de decir que nunca había perdido el camino sin encontrar a alguien a quien nacer bien, lo que es fácil de creer puesto que no dejaba su ruta sino para volver a alguien al camino del cielo. Su corazón estaba tan lleno de ternura y tan deseoso de de prestar servicio a todos, que era casi un proverbio que el Sr. Martín no sabía decir nunca no; claro que sólo cuando no había algo malo; cuando era superior sabía mantenerse firme en no conceder lo que no podía; pero sus negativas iban acompañadas de tantas gracias que se convertían en agradables, y dejaba a todo el mundo contento. Lo que era de verdad admirable en él era que, estando obligado, como superior, a negar muchos permisos pedidos, a menudo incluso con importunidad, sea por los Srs. pensionistas, sea por otros, que teniendo de continuo en su habitación un flujo y reflujo de gente que venía por un asunto o por otro, aunque estuviera ocupado en asuntos muy serios o en escribir las cartas urgentes, o en preparar sermones para los externos, recibía sin embargo a todo el mundo con calma y tranquilidad como si no tuviera otra cosa que hacer, y los dejaba a todos llenos de consuelo y satisfechos, señal evidente de su gran caridad y de la paz imperturbable que reinaba en su corazón en medio de todas las ocupaciones. En una ocasión, refiere uno, se preparaba para la conferencia que iba a dar a los eclesiásticos externos; varias personas fueron entonces a su habitación para pedirle algo, de manera que él no podía en absoluto entregarse a su preparación; llegué yo también para hablarle de no sé qué, y desde el primer momento, pareció tener alguna dificultad en admitirme, pero cambió enseguida, me escuchó, y dio satisfacción a cuanto yo le pedía. Un portero afirma que ha ido a verle varias veces a deshoras, y aun hallándose en la cama, le ha encontrado siempre con rostro sonriente, escuchándole y respondiéndole con calma, sin mostrarse nunca impaciente por sus numerosos e importantes mensajes.

Para los pobres, tenía las entrañas de la madre más tierna, y en cuanto podía, no dejaba de socorrerlos con limosnas; y cuando el portero le avisaba que había en la puerta algún necesitado, no permitía que se le dejara partir sin alguna limosna. El amor que tenía a los pobres le llevó en sus misiones, y sobre todo en el Piamonte, a instituir la Compañía de la Caridad por medio de la cual se recibían limosnas considerables y él era el primero en depositar la suya; luego recorría las casas o se ponía a la puerta de la iglesia con los oficiales de esta cofradía pidiendo la limosna para los pobres enfermos. Él mismo los visitaba o los hacía visitar por los suyos para aliviar no sólo a su alma, sino también sus cuerpos con limosnas cuando las necesitaban, y esto principalmente en las misiones.

Al acabar este capítulo pondremos lo que ha escrito sobre su caridad con los pobres un misionero que le acompañó durante varios años, en las misiones del Piamonte: «Era muy caritativo para los pobres y sobre todo para los enfermos y moribundos, y los asistía con frecuencia, sobre todo en Turín, adonde les enviaba con gusto a alguno de los misioneros. En casi todas las misiones se preocupaba por establecer la Compañía de la Caridad para el alivio de los pobres enfermos y la de la Doctrina cristiana, y visitaba o mandaba visitar de vez en cuando a estos cohermanos. Nuestro Señor favorecía su celo con abundantes bendiciones. Cuando había que recoger limosnas para establecer la Compañía de la Caridad, él mismo iba a pedir si podía, o hacía al menos que pidieran los misioneros. Por lo común, iba acompañado en estas cuestaciones, no sólo de las damas inscritas en la cofradía sino también de los párrocos o demás sacerdotes del lugar, y de algunos principales seculares. Se recibía todo cuanto se daba, y se tomaba nota de todo lo que se prometía. En algunos lugares, las mujeres y las jóvenes se desprendían de sus collares, de sus anillos, sus cruces de oro o de plata para darlas; e incluso en una ciudad donde había judíos, se llegó a pedir también entre ellos, recibiéndose cuantiosas limosnas, hasta llegar a recoger en algunos lugares hasta dos mil libras. Todos los días, tenía lugar a la puerta de la casa adonde se alojaba, una buena distribución a los pobres, y él hacía algunas extraordinarias, según las necesidades. En ciertos sitios, donde había mucha gente, al hacer con más ganas limosnas después del sermón, hacía colocar a la puerta de la iglesia una mesa en la que se sentaban los oficiales de la Compañía de la Caridad, con un misionero, lo que hacía que las limosnas eran más abundantes; luego, en las cuestaciones, el Sr. Martín solía decir que había que hacer los honores a los postulantes, y daba siempre el primero; una vez incluso, hizo que un misionero pusiera cincuenta doblones en el cesto, y su gesto hizo subir la limosna. En una ciudad donde se hacía la cuestación para la Cofradía de la Caridad, obligada a guardar cama por la fiebre la mujer del gobernador, el Sr. Martín fue verla con los oficiales, y esta señora, aparte de mucha ropa y otras cosas convenientes para los pobres enfermos, dio encima seis doblones, aunque el gobernador por su lado hubiera hecho ya su buena limosna, y muy pronto esta señora se vio libre de la fiebre. Cosa que hizo decir al público que entregando los seis doblones había entregado también su fiebre». Era el relato de ese misionero.

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