El día de la Natividad de la santísima Virgen nuestra casa real de los Inválidos perdió en la persona del Sr. Jean-Joseph Mancamp a un verdadero misionero lleno del espíritu y de las virtudes de nuestro bienaventurado fundador. Nacido en Pontons, diócesis de Dax, el 15 de mayo de 1663, había sido recibido en el seminario de Cahors el 25 de enero de 1690. En esta familia de los Inválidos este querido difunto era tenido como un buen padre, los oficiales y los soldados le respetaban como a un santo y le habían dado toda su confianza, pues en todas partes se había hecho querer de sus superiores, de sus cohermanos y de los externos por su humilde sencillez, su entera obediencia, su candor, su bondad, y por una santa dulzura que parecía nacida con él. Su mortificación y su ecuanimidad de espíritu eran confiadas; no se le escapaba ninguna impaciencia, ni dejaba aparecer mal humor.
No gustaba otro placer que el de prestar servicio al prójimo. Era exacto en cumplir todas las funciones de la parroquia, asiduo en el confesionario así como en la enfermería del Hotel al lado de los oficiales y de los soldados enfermos. Vino de los primeros de Guyenne al seminario de renovación, allí no sólo fue un modelo de recogimiento y de piedad, sino, lo que hace ver su mortificación, su indiferencia por las cosas de la tierra, y que el deseo de renovarse en el espíritu y en el amor de su vocación, había sido el motivo de su viaje, porque expirados los seis meses se volvió sin haber visitado ninguna de las casas reales, sin haber visto casi nada de lo que atrae a los extranjeros a París. En cuanto carácter distintivo, tenía a ejemplo de nuestro bienaventurado fundador un celo infatigable por la salvación de los pobres del campo; treinta y ocho años consagrados al penoso, pero santo ejercicio de las misiones, nos darían muchos rasgos de celo, de valor y de piedad. Con frecuencia subía al púlpito dos o tres veces al día, confesaba sin descansar, predicaba con fuerza en las iglesias y en las plazas públicas; se le ha visto predicar la Pasión inmediatamente después de haberla cantado entera, llevar él solo el trabajo de una gran misión en el que todos los cohermanos habían sucumbido ; no tomar ningún alivio tras los actos más vivos y más cansinos, y no cansarse en el intervalo de las misiones más que para las funciones de los seminarios a las que se daba por completo. Su salud era muy robusta, pero, al fin, un trabajo tan sostenido, acabó por desgastarle. Al verse retirado de las Misiones, se le llamó a los Inválidos adonde llegó el 11 de enero de 1731. El agotamiento al que se había reducido parecía invitarle a no pensar ya más que en tomar descanso, pero su caridad con sus cohermanos no se lo permitió. Él trabajó como lo hemos dicho.
Sintiendo por fin que sus fuerzas le abandonaban, y que no había esperanzas de curarse, viendo su última hora y siguiendo la preparación con su paz y su tranquilidad ordinarias, recibió los últimos sacramentos el día de la Natividad de la santísima Virgen en presencia de toda la comunidad, y debilitándose poco a poco expiró el mismo día a las dos de la tarde, casi sin esfuerzo y sin agonía. Os le encomiendo a vuestras oraciones y a las de vuestra familia, como a los demás difuntos contenidos en este papel. – Anciennes Relations, p. 101.







