«Que el santo consuelo de Nuestro Señor esté en todos nosotros, escribía san Vicente el 23 de marzo de 1653, para soportar con amor las incomparables pérdidas que la Compañía acaba de sufrir en dos de sus mejores súbditos, de los que uno es el Sr. Lambert…; el otro es el Sr. Guérin, superior de la casa de Annecy, del cual Mons. el obispo de Ginebra me habla muy positivamente con las lágrimas en los ojos y el dolor inexpresable del corazón, son sus palabras. En efecto, Dios ha bendecido siempre la conducta y los trabajos de éste su servidor para satisfacción del interior y del exterior de la familia. Ha muerto el seis de este mes, tras nueve días de enfermedad«.1
Ésta es la carta que el Sr. Charles, sacerdote de la casa de Annecy, había escrito a san Vicente el 14 de marzo de 1653, sobre la muerte edificante y las virtudes del Sr Jean Guérin:
Yo os he enviado, hace ocho días, la noticia de la muerte del Sr. Guérin, nuestro muy querido y digno superior, quien no ha sobrevivido más que cuatro o cinco semanas al Sr. Gurlet. Parece que, en esta última enfermedad, éste haya querido dar a entender al Sr. Guérin que no tardaría en seguirle, por haberle preguntado varias veces si estaba lista para partir con él; a lo cual le agobiaba con frecuencia y fuerza, como si no hubiera querido irse sin llevarle decía incluso que vendría a buscarle.Están sepultados uno al lado del otro en la iglesia de Nuestra Señora de Annecy. He creído deber juntar aquí una breve noticia sobre las virtudes que hemos observado en nuestro querido cohermano. Como se practica en caso parecido en la Compañía, tuvimos ayer noche una conferencia sobre este asunto con el Sr. Huitmille y nuestro Hermano François, y se dijeron cosas notables y de gran edificación.
Me parece no obstante que nosotros que le hemos tratado frecuentado de continuo, durante largo tiempo, no hemos sabido apreciar sus virtudes y sus perfecciones tan bien como lo han hecho los externos más añejados de su compañía; sea porque la demasiado cercana proximidad nos haya impedido admirarlos como ellos; sea que la frecuente comunicación y el conocimiento unos de otros perjudique mucho la estima que se debería hacer del bien, se encuentre donde se encuentre. Veamos algunos rasgos de las virtudes de nuestro difunto superior.
La humildad y la sencillez compañeras inseparables, el fundamento y las guardianas de las demás virtudes, se han manifestado notablemente en él, a los ojos mismos de los externos que les han servido de edificación. Se podía advertir esta sencillez hasta en los menores detalles, en sus ropas y en la elección de los objetos de piedad. Se había comprado un día unas medallas para enriquecerlas con indulgencias; me sorprendí mucho al verlas, pues no valían una perra chica, que es la moneda más pequeña.
Esta sencillez brillaba de forma manifiesta en su conversación; fueran de la cualidad que fueran las persones con quienes hablaba, decía su pensamiento y sus sentimientos con toda ingenuidad, como los tenía en el corazón, sin ninguna duplicidad o disimulo, ni rebuscamiento o afectación de palabras; lo que impresionaba mucho a quienes le conocían lo que aumentaba su estima y su admiración. Monseñor de Ginebra mismo me decía últimamente que había advertido en él cierto espíritu de sencillez en particular durante las visitas de su diócesis donde había tenido el honor de acompañarle. Añadía también que a la sencillez de la paloma, el Sr. Guérin unía, como habla el Evangelio, la prudencia de la serpiente que le hacía hablar cuando y como convenía, teniendo mucho cuidado en examinar cuáles podían ser las consecuencias de sus palabras.
Esta sencillez le llevaba también a no ver en las cosas más que a Dios, hacia quien tendía con una gran pureza de intención, sin siquiera tener en consideración el buen ejemplo que se hubiera podido dar a las criaturas haciendo el bien delante de ellas. Me acuerdo a este propósito, que haciéndole la comunicación de mi interior un día, le decía que hubiera estado bien hacer ciertas cosas para la edificación del pueblo, y él me respondió al instante que no había que no había que atender de ninguna forma a eso, sino ir directamente hacia Dios, hacer todas sus acciones únicamente por él, sin pararse en las buenas intenciones conformes a la verdad, pero menos perfectas y más peligrosas.
Su humildad le llevaba hacerse todo a todos, a mostrarse benévolo y amable para con todos. Un día que se hallaba en una huerta donde se podaban árboles, enseñó con afabilidad y hasta quiso demostrar cómo proceder. Esta virtud de la humildad era el sólido fundamento sobre el que había establecido todas las demás virtudes cristianas, particularmente las que eran más propias a su vocación.
Se advertía en especial en él una caridad y un celo por la salvación de las almas, tan sostenidos que, fuera de los tiempos de interrupción marcados por nuestras reglas, no podía permitir que se cesara de trabajar en las misiones. Por eso, habiendo caído en el delirio durante los últimos días de su enfermedad, no cesaba de hablar de misiones que había que hacer en Ginebra donde los herejes, decía él, le habían dicho que le esperaban. Algo parecido le había sucedido hace unos seis años en una misión que daba en invierno en nuestras montañas; decía en su sueño que Ginebra estaba convertida, que Mons. había hecho su entrada en ella, y hablaba de su esperanza de ir pronto allí a celebrar la santa misa. Cuando podía tener alguna relación de los grandes frutos que Dios operaba en los países extranjeros, las leía con un corazón emocionado; y le corrían las lágrimas de los ojos con lo que manifestaban bien la alegría y el contento de su alma. Se sentía dispuesto, si la obediencia se lo hubiera indicado, a ir a Berbería, a pesar de su avanzada edad y de sus numerosas debilidades. Le he oído decir que siendo escolar con los R. P. Jesuitas, él se habría presentado para ir a China, al Japón, al Canadá, etc., si hubieran querido llevar con ellos a otras personas.
Su celo era tan desinteresado como ardiente. No quería en efecto más que la gloria de Dios. No buscándose de ninguna manera a sí mismo, poco le importaba por quién se lograba; hasta el punto que, cuando uno de los eclesiásticos que trabajaban con nosotros en las misiones había tenido éxito en algún trabajo, él se alegraba más que si hubiera sido él mismo u otro de la Compañía.
Este celo verdadero iba acompañado de las demás virtudes, sin las cuales, o no puede durar, o se convierte en inútil al menos para la gloria de Dios. Tenía una gran paciencia para soportar las penas, los trabajos que se han de hacer para ganar almas; y sé que estando en misiones continuó los catecismos, las predicaciones, las confesiones, aun con un gran mal que le incomodaba en extremo; lo cual no le impedía tampoco tomar siempre y en todos las cosas lo peor para él, como si gozara de salud. Esta paciencia estaba seguida de una gran mansedumbre; virtud que no cesaba de recomendarnos, ya que la acritud, decía él, no puede más que indisponer y alejar a los penitentes.
Su celo no brillaba menos en su cargo de superior. Tenía un ardiente deseo del bien y de la perfección de sus súbditos, entre los que se esforzaba por hacer florecer el espíritu de la Compañía, las principales virtudes que la caracterizan, y sobre todo una perfecta obediencia a las reglas. Todas estas virtudes le habían conciliado la estima y el afecto de todos; y ello se ha visto por el dolor que toda clase de personas han sentido y expresado en su muerte, como también los Srs. eclesiásticos que las personas religiosas, y las buenas hermanas de la Visitación, que durante el curso de su enfermedad han rezado mucho por su intención y le han asistido en muchas cosas. Los seglares mismos han mostrado un pesar parecido, y hace poco un pobre campesino que venía de la parte de una gran familia de la comarca a preguntar y traerle algo de carne, se echó a llorar nada más enterarse de su muerte, con tanto dolor como si fuera su propio padre
Sería demasiado largo extenderse más en particularizar las otras virtudes de nuestro querido difunto, en contar las demás penas, fatigas, trabajos que sobrellevado por el amor de Nuestro Señor Jesucristo. Termino diciendo que sus funerales han sido extraordinarios por razón de la presencia de Mons. de Ginebra, el Sr. conde de Sales, de un buen número de Srs. canónigos de la catedral, de los Srs. ordenandos reunidos para el caso; y cantidad de eclesiásticos de la diócesis, al enterarse de su muerte, han celebrado la santa misa por el descanso de su alma. En el amor de nuestro Señor y de su santa Madre, tengo el honor de ser, Señor, vuestro, etc.
FRANÇOIS CHARLES,
I. p. d. I. M.







