Jean Batault (¿¿¿-1735)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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La insistencia del Sr. Duchesne, sacerdote de la Misión, vicario apostólico en Argel para tener a su lado a un cohermano, y el temor de verle sucumbir bajo el peso, determinaron al Sr. Bonnet, superior general, a enviarle en 1711 al Sr. Batault con el hermano Berchon. Veamos en qué términos el superior general anunciaba su partida en su circular  del 1º de enero de 1712. » El Sr. Duchesne encontrándose solo en Argel y habiendo estado a opunto de morir el año pasado de una fuerte fiebre que le obligó a confiar sus poderes a un  religioso, nos ha pedido un compañero en sus trabajos y y un cohermano prudente y virtuoso para consolarle en la muerte, y le hemos dado  al Sr. Jean Batault ; le hemos juntado al nuestro hermano Josepf Berchón, ya que siendo dos sacerdotes, uno de ellos para hacer la visita a Túnez y otros lugares de su distrito, no conviene que el otro se quede solo, sin  ayuda y sin consuelo. Tal vez más tarde nos veamos obligado a añadir dos sacerdotes para hacer dos residencias, una en Túnez y la otra en Argel; pero esto no está definido aún «.

El Sr. Duchesne había encontrado en realidad en el Sr. Batault al cohermano prudente y virtuoso que deseaba. Por eso, cuando más de veinte años después el Sr. Batault sucumbió en sus trabajos apostólicos, el superior general Sr. Bonnet, anunciando esta muerte a toda la Congregación, le tributó en su circular del 11 de abril un justo homenaje, que vamos a citar casi completo en esta carta :

» Ésta, decía del Sr. Bonnet,  es una pérdida bien importante la que ha tenido la Congregación, y en la que he sido muy sensible: es la muerte del Sr. Jean Batault, nacido en Auxey (diócesis de Autun), el 28 de marzo de 1676, y recibido en el seminario  en París, el 27 de abril de 1699. Era ya subdiácono, y se había comportado en el seminario de Autun, bajo Mons. el obispo de Amiens, con tanta piedad y exactitud, que este prelado ha dicho varias veces  al Sr. Bigos (superior del seminario de Amiens) que había sido el ejemplo de todos los demás seminaristas. Comienzos tan hermosos le ganaron la estima y la amistad de los señores de San Sulpicio que eran sus directores, de manera que habiéndoles descubierto el plan que tenía de retirarse del mundo, le ofrecieron recibirle ; pero Dios le había destinado a nosotros, como bien lo ha hecho ver la conducta edificante que ha llevado en la Congregación.

«Uno de nuestros señores sacerdotes, que la ha visto de cerca y le ha estudiado bien  durante el seminario, me asegura no haberle visto hacer nunca, durante sus dos años de probación, ninguna falta deliberada, de manera que los más críticos no hallaban ningún defecto exterior que reprender en él. Apenas hizo los votos, cuando la muerte súbita de un hermano le dejaba una mujer joven y tres hijos con negocios muy embrollados, le puso en una situación bastante dura; pues la viuda y otros parientes habiéndole pedido que fuera a arreglar  sus asuntos, sin lo cual ella se volvería casar, lo que arruinaría  a sus hijos, los superiores del Sr. Batault no creyeron conveniente concederle el permiso de hacer este viaje, y Dios quiso incluso que la negativa no fuera por entonces  acompañada de todo lo que podía suavizarla y hacerla gustar. Sin embargo, el joven misionero se recuperó pronto su primera tranquilidad, después de que reflexionó que hay con mucho diferencia  entre lo que niños deben a un padre y a una madre, y lo que se puede deber e unos sobrinos y a una cuñada.

«El mismo año de sus votos, fue enviado con el Sr. Fray, para comenzar la fundación de Vannes, donde,  durante nueve años, ha cumplido con edificación los oficios de regente, de procurador y de asistente. Dos de los superiores que tuvo en esta casa, y otros dos de los señores cohermanos que estudiaron la teología allí, en calidad de seminaristas externos, le han demostrado que mucho antes de su muerte que era el regente y el director más cumplido que habían visto. Laborioso, vigilante, celoso por la formación de los jóvenes eclesiásticos, y que era querido y respetado, aunque no los halagaba en sus faltas; es que era de un carácter de espíritu tan dulce, tan pacífico, tan insinuante, tan prudente y tan humilde, que se ganaba la confianza no sólo de sus cohermanos y de los seminaristas, sino también de los externos, eclesiásticos y laicos. Por ello fue llorado universalmente por Mons. el obispo de Vannes, por los señores del clero por toda la ciudad, cuando se marchó para pasar a Argel.

» Cuando se creía a punto de entrar en esta última ciudad, su barco, fue atacado, tomado y llevado a Livorno, lo que no le impidió volverse a hacer a la mar  cuando pudo, para dirigirse al lugar  de su destino aunque le hubieran robado todo lo que tenía hasta los libros y sus papeles. Una vez en compañía del Sr. Lambert Duchesne, hoy nuestro decano, se dedicó con toda la asiduidad imaginable  al estudio de las lenguas que le era necesario entender y hablar para instruir, consolar y confesar a los pobres esclavos cristianos de diferentes naciones, y lo ha hecho durante veintidós años con todo el celo y toda la caridad conveniente a un hijo del bienaventurado Vicente de Paúl, no distinguiendo nunca entre el día y la noche ni entre los esclavos sanos y los enfermos, ni siquiera entre las enfermedades contagiosas, sino estando siempre al servicio de todos, sin consideraciones con sus propias incomodidades, a no ser que le obligaran a guardar cama indispensablemente.

«El Sr. Batault no ha dejado de verse expuesto a los rasgos de la envidia y de la calumnia. No ignoraba quiénes eran los autores de las acusaciones dirigidas contra él; pero él no les devuelto nunca más que bien por mal. Algunos días antes de su muerte, envió a buscar a una persona a quien él había llevado en otro tiempo con éxito por los caminos de la salvación, pero que, habiendo abandonado su dirección, se había extraviado de manera y se había unido a los que sentían poco afecto por su antiguo director ; le hizo una exhortación conmovedora sobre el desorden de su vida, le rogó que entrara dentro de sí y le aseguró que le perdonaba muy sinceramente lo que había dicho y hecho contra él ; y que si por su parte le había dado algún motivo de pena, le presentaba las más humildes excusas. Este particular quedó tan tocado por la generosa caridad con la que el Sr. Batault le habló y la tierna amistad que le demostró abrazándole estrechamente, que después de asistir a sus funerales en los que se encontraron también los cónsules, los capitanes y los comerciantes de diferentes naciones que se encontraron en Argel, él vino a ver al Sr. Duchesne, y le pidió perdón de rodillas por haberse dejado seducir por los sembradores de cizaña, y dio por escrito un testimonio justificativo de la conducta del querido difunto. El R. P. Ildefonso Zorrilla, administrador trinitario, había ya hecho su apología ; ya que después del evangelio de la misa  que tuvo a bien celebrar en los funerales, hizo una especie de oración fúnebre en la que resaltó mucho la  religión del Sr. Batault que le comparó a Nepociano, su celo infatigable por la salvación de las almas, su urgencia por servir a los esclavos tanto de noche como de día, su dedicación hasta llevarlos a la penitencia, a escuchar sus confesiones generales, a hacerles abandonar sus malos hábitos, y por último su grande caridad en hacer o procurar limosnas a los que se hallaban en extrema necesidad.

«Fue el día de Navidad cuando este virtuoso sacerdote, no habiendo podido celebrar más que una misa, y encima con grades dificultades, se vio obligado a regresar a casa y meterse en el lecho, agobiado de varios males complicados e incurables. El 1º de enero se confesó y recibió el santo viático, y al día siguiente la extrema unción; ha estado asistido día y noche,  no sólo por las personas de la familia, sino también por el médico y el cirujano del dey, los cuales le ordenaron todos los medicamentos convenientes, aunque sin éxito. Por último, el 26 de enero de 1735, a las tres de la tarde, dejó esta vida para ir a gozar de otra mejor, como tenemos motivos para presumirlo de la bondad de Dios, y de la virtud de su siervo.

» Había recibido del Señor un juicio sólido, un espíritu justo y metódico con una memoria muy fiel; lo que hacía que sin tener mucha facilidad, ni brillante, hablaba no obstante corrientemente, con orden y claridad, por pocos momentos de reflexión  que hubiera tenido sobre el tema propuesto. Su corazón era excelente y como inclinado naturalmente a agradar; esta inclinación le había vuelto industrioso en diferentes pequeñas obras de mecánica, porque se había dado cuenta de las ventajas y del crédito que podía sacar en beneficio de los pobres esclavos. Dos de entre ellos, llegados a estos países, han testimoniado que no se podía añadir nada a los servicios que les prestaba, ni a la caridad, a la paciencia y al desinterés con los que él se los prestaba.

«Un joven de Nantes, hallándose, hace once años, esclavo en Argel, obtuvo su libertad por la sencilla palabra de nuestro cohermano que prometió tomar las cadenas del joven esclavo, si en un tiempo prescrito no daba al patrón la suma que pedía, y que era excesiva. Escribió luego al Sr. Rhodes, superior de nuestra casa de Vannes, una carta tan patética y tan fuerte, que habiéndose leído públicamente en la Bolsa de Nantes, hizo saltar las lágrimas de los ojos de todos los negociantes y los determinó a dar inmediatamente la suma pedida para el rescate, de manera que muy pronto después el Sr. Le Clerc, este joven esclavo, regresado a Nantes, publicó allí en todas partes la generosidad de su libertador. Tenía una piedad, una regularidad y una modestia del todo ejemplares, y aunque naturalmente melancólico, parecía no obstante siempre el mismo, alegre, y complaciente tal y como conviene a un sacerdote.

» Su obediencia simple y sin retraso ha brillado en particular en dos ocasiones. La primera, cuando se trató de ir a Argel; ya que aunque desde el comienzo de sus estudios, hubiera pedido ser enviado a los países extranjeros, sin embargo le costó mucho para dejar, después de nueve años de una estancia agradable, una ciudad y una casa donde era conocido, amado y estimado, y donde Dios le concedía la gracia de trabajar  útilmente en la salvación de las almas.  La segunda ha sido cuando sus debilidades al multiplicarse en Berbería, creyó poder desear y pedir volver a Francia; mas al ver que este regreso parecía a sus superiores poco conveniente, por el momento, al bien de la obra, les declaró claramente que él no pensaba ya en ello, y que se quedaría de buena gana. Se ha visto también en él una gran prudencia, y es ella la que hacía que el dey le llamaba a menudo al palacio para tener su parecer ; que era oído favorablemente de los principales oficiales de este príncipe, que los Srs. cónsules franceses obraban de acuerdo con él, cuando había que suavizar o romper las cadenas de los esclavos, y que los jefes de escuadra, en sus visitas de las escalas del Levante, le consultaban sobre sus dificultades, enterados de su prudencia y del modo juicioso y mesurado con el que respondía a sus aperturas «.   – Voy. Mémoires de la Congr. de la Mission ; Algérie, t. I., p. 569 et 681.

 

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