Jean-Baptiste Farjat (1670-1741)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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El 23 de noviembre de 1741, la Congregación tuvo una verdadera pérdida, en la persona del Sr. Jean-Baptiste Farjat, superior de la casa de Lyon y visitador de la provincia. Hombre enfermo hacía tiempo, no es fácil comprender cuánto sufría habitualmente. Su celo no obstante le había llevado a emprender sus visitas, a pesar de todo lo que había que temer por la fatiga del viaje.

Acostumbrado a sacrificarse por el bien, él desoyó los consejos de tratamiento que le daban, y no tardó en experimentar lo que le habían hecho temer. Desde su llegada A Béziers, se vio obligado a declarar su gran fatiga.

Aunque abrió la visita, no obstante al día siguiente la fiebre le agarró tan vivamente que le redujo al lecho, sin cesar de atormentarle durante treinta días. Al cabo de ese tiempo disminuyó y se abrigaron buenas esperanzas; pero una recaída se lo llevó el día dicho, hacia las cuatro de la tarde. El primer día de su recaída los médicos le juzgaron herido de muerte; se sometió con mucha resignación al decreto del soberano dueño de nuestros días. Se preparó al momento terrible de la muerte por la recepción de los sacramentos  de la Iglesia, y por los actos interiores de la piedad que había animado todas sus acciones durante el curso de su vida.

Nacido en Lyon, en la parroquia de Nuestra Señora de la Plâtriére, el 19 de octubre de 1670, el Sr. Jean-Baptiste Farjat había sido recibido en el seminario de la Misión en la ciudad, el 5 de agosto de 1688.

Notre-Dame-de-la-Plâtrière, el 19 de octubre 1670, el Sr. Jean-Baptiste Farjat había sido recibido  en el seminario de la Congregación de la Misión en la misma ciudad, el 5 de agosto de 1688. Su vocación fue señalada al amor de la fe y de la religión. Hijo único de padres muy ricos, despreció todas las ventajas de las que habría podido presumir a favor de una sucesión opulenta, y se consagró sin reserva al Señor. Desde un principio en el seminario, su vocación fue puesta a una peligrosa prueba, por una enfermedad que le obligó a volver a la familia, para restablecer su salud. Si hubiera habido algo de humano en su sacrificio, este accidente le habría hecho perder la voluntad de consumarlo; la vida regular le habría parecido superior a sus fuerzas, y se habría hecho el plan de un estado más cómodo en el mundo. Pero su resolución formada por la gracia y fundada en los grandes motivos de la religión, se fortaleció en las circunstancias mismas que habrían podido debilitarla naturalmente. Recuperada la salud, volvió sin demorarse a su vocación, y hasta la muerte la ha preferido a todo. Sus padres quienes por el testamento le [280] habían asegurado 1 100 libras de renta, le habían también asignado un aumento de más de 1000, para disfrutarlas en cualquier momento que se saliera de la Congregación: tentación para una alma débil, pero cuya fidelidad no flaqueó un momento en nada. Este aprecio inviolable a su estado había producido en él  el celo de formarse en las virtudes que le son propias y llenarse de su espíritu. Todo en él seguía a uno de esos buenos y antiguos misioneros, cuya vida sencilla y ferviente estaba en tan grande edificación.

De su fidelidad a Dios nacía una perfecta sumisión a su Iglesia. Hombre netamente decidido sobre los asuntos del tiempo, estaba atento a manifestar sus sentimientos para la edificación común; teniendo por costumbre decir que no podía comprender cómo había espíritus presuntuosos y tercos hasta el punto de no someterse a decisiones tan claras y tan legítimas como las que proscriben los errores de Jansenio y de Quesnel. La virtud que parecía más sensiblemente en él era la amable sencillez tan recomendada en el Evangelio. Sus discursos por lo demás, aunque sencillos eran claros, sólidos, llenos de fuerza y de unción. En el ejercicio del santo ministerio no tenía a la vista más que la conversión de los pecadores, la santificación de los justos, la instrucción de unos y de otros. Por eso Dios ha bendecido siempre su celo, sus cuidados y sus trabajos.

En todas las diócesis donde ha trabajado, en especial en las de Lyon, de Béziers y de Meaux, se había adquirido la fama de buen predicador y de obrero verdaderamente apostólico, por los grandes frutos que ha producido en el campo y en los seminarios. Mons. el obispo de Béziers le estimaba tanto que le remitía muchos asuntos de su diócesis, y el Sr. Farjat los manejaba a satisfacción de todo el mundo, con el discernimiento y la habilidad que le daba un gran sentido y el estudio asiduo de las leyes eclesiásticas y civiles. De allí le vino la reputación de hombre muy inteligente, de un excelente consejo y cuyas luces eran tan seguras que las comunicaba buena y sencillamente. A esta confianza universal, Mons. el cardenal de Bissy no tardó en unir la suya una vez que tuvo al Sr, Farjat como superior de las misiones de Crécy. Le envió varias veces a una célebre abadía de su diócesis para devolver a la sumisión a algunas personas imbuidas de los nuevos errores; el Sr. de Charency entonces vicario mayor de Su Eminencia en Meaux, y hoy obispo de Montpellier, continuaba, aun después de su elevación al episcopado, dándole señales de consideración y de estima. Mons. de Beauveau, arzobispo de Narbona, quería retenerle en su diócesis, y no consintió en su salida más que por la consideración que la conducta de la Providencia, que le obligaba a pasar a Lyon, era una justa recompensa  de su mérito, y un mayor bien al que cualquier otro interés debía ceder.

La Congregación que veía de más cerca su manera de dirigir, le veía también, y con justicia, cono a un visitador atento, muy vigilante, muy exacto, que sabía perfectamente dar cuenta del estado de su provincia y que, en los males y en las dificultades, sabía lo mejor hallar expedientes y remedios ; bastante humilde para no ver mal que se pensara distinto de él y que se cambiaran en la necesidad sus arreglos, bastante juicioso no obstante para no proponer más que los buenos para seguirlos, y que habrían contribuido al mayor bien, si la ejecución no hubiera estado a veces impedida por la diversidad de los intereses humanos que se sustituyen de vez en cuando insensiblemente, en las cabezas, en lugar de la santa indiferencia, que debería reinar siempre.

Desde entonces, resulta fácil ver las grandes cualidades  de la conducta del Sr. Farjat. La discreción y la precisión se hallaban en todas sus palabras. La justicia y la caridad dominaban en sus procedimientos. Se le rinde universalmente el testimonio que no hablaba nunca en desventaja de nadie, ni siquiera de aquellos  de quienes tenía menos motivos de estar contento. Era de un secreto impenetrable; los que no entraban en sus razones, y cuya curiosidad era un tanto impaciente, le culpaban de exceso en este punto: es fácil juzgar que tenía razón. No se determinaba por poca importancia que tuviera la cosa sino después de reflexionar bien, después de consultar a los que estimaba hábiles y experimentados, después de prever bien las consecuencias de su empresa. La ecuanimidad de su humor aumentaba esta confianza de la que era tan digno. En el tiempo y en la circunstancia en que se le hablara, respondía siempre con dulzura y con bondad, sin rechazar nunca  a nadie ni dirigirse a él en un tono alto y animado, ni siquiera con aquellos que le resistían.

Podía en lo personal, procurarse sus comodidades, muebles agradables y graciosos; pero empleaba su renta en limosnas. Por un lado satisfacía las necesidades de su familia religiosa; distribuía el resto en el seno de los menesterosos. Amaba tan tiernamente a los pobres que no contento con darles liberalmente durante su vida, los asiste aún después de su muerte; pues además de la suma de 900 libras que mandó  dar por su heredero a las tres casas de las Hijas de la Caridad de Lyon ha añadido después sobre su patrimonio una renta anual de 150 libras para los pobres  de la parroquia donde había nacido.

Infatigable en el trabajo estaba continuamente ocupado en cumplir sus empleos por sí mismo, entrando en los detalles de los asuntos de la casa pues, decía,  obligado  a responder de todo a Dios y a mis superiores debo entrar en el conocimiento de todo. Varias personas, y sobre todo sus padres, le decían que sus debilidades y sus antiguos servicios le daban derecho a pedir descanso. » Dios no quiera, respondía; yo no he venido a la Misión para tomar descanso, sino para merecer el de la otra vida por el sacrificio de todo lo que puedo hasta el completo agotamiento de mis fuerzas «. En estas disposiciones tan generosas y en el ejercicio actual de las funciones que le estaban confiadas es donde ha tenido la dicha de consumar sus días: misionero verdaderamente digno de ser llorado, por la vida santa que ha llevado constantemente y por los buenos servicios que ha prestado a la Compañía.

Sucedida su muerte en Béziers, donde había servido tan dignamente a la diócesis y a la religión, ha producido en el clero lleno de estima y de gratitud para con este querido difunto  los sentimientos del más sincero dolor. Los Srs. vicarios generales, varios canónigos de la colegial y cantidad de virtuosos eclesiásticos, lo han testimoniado asistiendo a su entierro, que el Sr. abate de Gajet, vicario general, ha querido celebrar en la capilla del seminario. –  Anciennes Relations, p. 390.

 

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