Dios llamó a él el 13 de agosto último como a las once de la mañana, al Sr. Jean-Baptiste Brossier, superior de nuestra casa del seminario mayor de Chartres. Nacido en Rigny, en la diócesis de Langres, el 22 de mayo de 1704, había sido recibido en París en el seminario el 9 de octubre de 1725. Por estas fechas de su nacimiento y de su vocación, se ve que estaba en la flor de la edad y en la fuerza de la edad, y que la Congregación podía consecuentemente esperar que él le continuaría por largo tiempo los excelentes servicios que le prestaba, si una fiebre doble terciana con malignidad no nos le hubiera arrebatado demasiado pronto. Era un sujeto de los más amables y tanto más digno de ser llorado cuanto se veían en él todas las cualidades de un buen misionero y de un excelente superior. Su regularidad ha sido constante desde el momento de su entrada hasta el de su muerte. Buen espíritu, mejor corazón, cabal en toda su conducta, pero enteramente decidido por el buen orden, por el bien, por la huida del mal, por la práctica de todas las virtudes.
Enviado a Versalles durante su seminario, se hizo estimar universalmente y querer por su afabilidad, sus maneras solícitas, su exactitud y su asiduidad en cumplir todos sus deberes. Un gran fondo de razón y de religión era desde entonces el móvil de sus obras, y siempre ha continuado actuando por los mismos principios.
Habiendo hecho muy buenos estudios en el mundo, le destinaron a la teología al salir de su seminario. Le salió bien, como era de esperar de su buen espíritu, de su aplicación y de su sabiduría. En el curso del primer año recibió la tonsura, las cuatro órdenes menores y el subdiaconado, y fue considerado apto para regentar en los seminarios. Destinado para el de Arras, llegó el 19 de octubre de 1728, y ha respondido tan bien a las esperanzas concebidas de él que, uniendo a su capacidad para la instrucción de los eclesiásticos de la diócesis una gran regularidad en sus costumbres y una gran dulzura en sus maneras, se hizo querer y estimar por todos, principalmente de su superior quien descubría todos los días en él la bondad de la elección que había hecho y la justicia de la amistad que sentía por él. Al mismo tiempo tenido por digno del sacerdocio, se le concedieron las dos órdenes que le faltaban. Ordenado diácono en Arras el 2 de abril de 1729, fue hecho sacerdote en Saint-Omer el 16 del mismo mes del mismo año.
Conocido su mérito fuera le atrajo la confianza de varias personas respetables y verdaderamente virtuosas. Su caridad le había hecho el refugio de los pobres y de los indigentes, llevándole a suavizar sus miserias por las ayudas que les daba o que les procuraba.
Tres años después de su regencia en Arras, le pasaron al seminario mayor de Chartres adonde llegó el 2 de febrero de 1732. Ha enseñado la teología durante cerca de siete años con el mismo éxito, algo que no podía fallar, ya que su conducta era la misma, es decir aplicada, laboriosa, regular y afable. Sus maneras eran abiertas y cordiales, él actuaba con mucha rectitud y sencillez; producía encanto su candor, y en todas las ocasiones daba señales de una gran modestia y de una verdadera humildad. Así se atrajo pronto, como lo había hecho en otras partes, la estima y el amor de sus cohermanos, el respeto y la confianza de los seminaristas. Le tenían como a un padre, únicamente celoso por su verdadero bien, y constantemente entregado a formarlos en la ciencia y en la virtud, por sus lecciones, por sus discursos y sus buenos ejemplos. Sucesivamente procurador para la administración de la casa, y asistente del superior, fue siempre un modelo vivo de regularidad en la oración y demás ejercicios de la comunidad. Desde que fue asistente compartió el cuidado de la casa, no actuando en nada sino con la mayor dependencia. Era él quien suplía en las conferencias y en las charlas; quien daba los temas de las homilías que los Srs. seminaristas, aparte de sus estudios de teología y los demás ejercicios del seminario, hacen dos veces al mes, para aprender el modo sólido de componer y de instruir. Aunque se prestara así a todo, y por el bien de los demás multiplicaba de buen grado sus ocupaciones, su trabajo y sus penas, no recortaba nada de su exactitud y de su fidelidad a los deberes comunes, siempre igual a sí mismo, siempre preparado a hacer servicios, sin darse la menor importancia. Tan buenas cualidades le habían preparado para la dirección; por eso Dios habiendo llamado a él al Sr. Mathon, su superior, hombre muy estimable y muy llorado, tardó en poner los ojos en él para ocupar este puesto. Esta elección fue universalmente convenida. Mons. el obispo, los Srs. sus vicarios mayores, todo el clero así como sus cohermanos mostraron su satisfacción y su alegría, pues todos conocían su verdadero mérito.
Se convirtió entonces más particularmente en el padre de los seminaristas y su protector. Su deber era formarlos en la ciencia y en la virtud, a ello se consagró por completo. Sus cohermanos no hallaron ningún cambio en su manera de tratarlos. Su superioridad sobre ellos no pareció darle más que medio para hacerles conocer su ternura y su amor. Daba de buena gana muchas horas de su tiempo para instruir y formar a aquellos que lo necesitaban. Regular en todos los puntos comprometía con dulzura mediante sus palabras, y poderosamente con sus ejemplos, a sus cohermanos a imitarle; y a fin de suavizarles el peso de la regla, iba al encuentro de todo lo que sabía que les iba a agradar, hasta el punto que su deber se lo podía permitir. Si alguno se apartaba de la regla, le reprendía sin altivez ni acritud. Su piedad y su religión para con Dios eran también de las más sólidas. Todos los días celebraba la santa misa con mucho recogimiento y fervor. Se sometía voluntariamente a decirla a las horas más cómodas para los trabajos domésticos. Su caridad hacia el prójimo era de las más sinceras; no se limitaba a demostraciones estériles, pero se hacía conocer por la eficacia de sus obras. Su ternura para los enfermos igualaba a su atención en procurarles generosamente todos los alivios y todos los socorros de los que podían tener necesidad. Sus cohermanos, que se felicitan todavía hoy, no fueron los únicos en experimentarlo: los pobres de fuera le tuvieron igualmente por padre. Sentía tan vivamente sus miserias como si hubieran sido las suyas propias. Los visitaba, los consolaba, los aliviaba con su propio peculio, dando a unos, prestando a otros, sin exigir nunca rigurosamente de éstos lo que les había prestado, sino esperando con mucha paciencia que vinieran ellos mismos a satisfacer su obligación.
Tales son las virtudes que concurrían a formar el carácter del querido difunto que nosotros lloramos.
La Congregación le echa de menos con tanta más justicia, porque se complacía en tenerle como a un sujeto capaz de prestarle los mejores servicios. Su salud era muy robusta y, al parecer, a toda prueba; pero nada se resiste al soberano poder de Dios. Toda la diócesis, alarmada por su enfermedad, ha mostrado su vivo dolor, cuando se ha enterado que al fin la malignidad del mal le había ganado la partida contra todos los cuidados y los remedios que la medicina atenta a su curación había empleado. Ha recibido con edificación todos los últimos sacramentos. El Sr. abate de Pardieu, el más antiguo de los vicarios mayores y sub-decano de la iglesia de Chartres, más respetable todavía por sus grandes virtudes y su ciencia profunda que por sus canas, ha tenido a bien en persona hacer las exequias de nuestro querido cohermano cuyo rostro, según se dice, más agradable todavía en el ataúd que durante su vida, le ha hecho decir que llevaba las señales de un predestinado. – Anciennes Relations, p. 378.







