Jacinto Ortiz de Zárate

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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P. Jacinto Ortiz de Zárate

01-09-90

Murguía

Anales 90, pg. 529

mso1B2A0El día 1 de septiembre recibimos la noticia del fallecimiento del P Jacinto. Des­pués de unos meses de enfermedad, y sobre todo desde el día que ingresó en el hospi­tal de Santiago, de Vitoria, era previsible el desenlace final, como así ha ocurrido.

El P. Jacinto, hijo de Joaquín y Melchora, nació en Murguía (Alava) el día 11 de septiembre de 1905. Tuvo seis hermanos varones y una hermana. Por aquella época sus padres transmitían la fe a los hijos con toda naturalidad. El P Jacinto recibió den­tro del ámbito familiar los primeros y más sólidos principios de vida cristiana.

En septiembre de 1917, a la edad de doce años, inició los estudios de humanida­des en este colegio del Sagrado Corazón de Murguía. En 1920 prosiguió los estudios en Guadalajara, donde permaneció dos años. Comenzó el seminario interno en Madrid, siendo su día de  vocación el 18 de septiembre de 1922. Emitió los votos perpetuos el día 20 de septiembre de 1924. Cursó filosofía durante tres años, a partir de 1924, en Villafranca del Bierzo (León). Hizo los estudios teológicos en Cuenca y Madrid sucesivamente entre 1927 y 1935. Fue ordenado presbítero en Madrid el día 30 de mayo de 1931.

Concluido el tiempo de formación, recibió diversos destinos. El primero a Oviedo, siendo profesor del seminario desde 1931 hasta 1933. Concluida su estancia en la capital asturiana, fue destinado a Bolivia, permaneciendo en el seminario de Sucre entre 1933 y 1935 y en el de La Paz desde 1935 hasta 1938.

Se libró de los horrores de la guerra civil de España, pero tuvo cine soportar otra guerra, la del Chaco, no menos cruenta, entre Bolivia y Paraguay, de la que guardó vivo el recuerdo durante toda su vida.

Desde 1938 hasta 1961 ejerció el ministerio sacerdotal en Cuba, ocupándose durante veintitrés largos años en diversos quehaceres: clases, parroquia, administración doméstica y provincial, etc., y en distintos lugares, principalmente en La Habana y San Luis.

En 1961 se vio obligado a salir de Cuba, junto con otros muchos misioneros y misioneras, a causa de la revolución castrista. El P Jacinto experimentó una honda amargura y decepción al tener que abandonar a unas gentes y una tierra con la que durante veintitrés años se había sentido plenamente identificado. De las peripecias experimentadas durante su vida en aquel país y sobre todo con ocasión de su partida solía hablar con frecuencia a cuantos le tentaban tirándole de la lengua.

Desde 1961 hasta ayer, día 1 de septiembre del presente año 1990, en que falleció, cuando era trasladado de Pamplona a Murguía, permaneció en esta casa en la que nos encontramos reunidos.

El P Jacinto, durante veintinueve años ha sido una figura insigne por todos conocida lo mismo en la comunidad que en el valle de Zuya.

Amó su vocación vicenciana a lo largo de toda su vida, sin ceder al menoscabo, al desfallecimiento fácil. Fue un misionero de principios inalterables en cuanto a Ia fe se refiere. Esos principios daban consistencia a su visión general de la vida en todas las vertientes: religiosa, congregacional, social y política.

El P Jacinto ofreció su vida en favor de la misión universal de la Iglesia. Desde 1933 hasta 1961 permaneció en América. En 1961 retornó a España obligado por Ios acontecimientos, que no por propia iniciativa.

El P. Jacinto permaneció, a pesar de su edad avanzada, abierto a la curiosidad intelectual. Fue siempre un asiduo lector y un estudioso de muy diversas materias.

Sintió una profunda estima por esta tierra entrañable: pueblos, paisaje, santuarios, y sobre todo por sus gentes.

Desde 1961 hasta cuando le fue posible ejerció con todo esmero el ministerio sacerdotal, ofreciendo a los fieles de este valle la posibilidad de confesarse a cualquier hora del día e incluso de la noche.

Al P. Jacinto se acercaban con agrado todos los misioneros y en particular Ios jóvenes. Sabía provocarlos en la conversación y gustaba que le provocaran a él, introduciendo temas polémicos en la conversación. La ironía y el buen humor coloreaban los altercados dialécticos, sin que jamás la acritud desluciera la faena.

El P Jacinto permaneció en esta casa de Murguía desde 1961, procurando hacer grata la vida a todos y sobre todo evitando molestar en lo más mínimo a los demás a pesar de los achaques y carencias personales. Vivió y se fue en silencio. Su ausencia dejará sentir en esta casa.

Esperamos que el P Jacinto, por la misericordia de Dios, se encuentre ya junto n’ Señor, en el lugar de la luz y de la paz.

Que Santa María de Oro interceda desde la cumbre por nuestro hermano, el P. Jacinto Ortiz de Zárate.

J.I. F. de Mendoza

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