Isabel Seton, la biografía: 27 – Una comunión más y luego la eternidad

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Derramo el agua sobre el suelo sediento
los raudales sobre la tierra reseca.
Derramaré mi espíritu sobre tu linaje
mi bendición sobre tu descendencia.
Crecerán como la hierba bañada de agua
como las alamedas al borde de los ríos
Is 44, 3.

En la primavera de 1819, Catalina Seton marchó, como cada año, a pasar unas semanas al borde del río Monacy, en Carroll Manor, que frecuenta también a título de amigo, Mons. Maréchal. Ella ha dejado sin temor el Valle, pues la salud de su madre parece suficientemente restablecida para no causar ya, mo­mentáneamente, serias inquietudes. Kate se complace entre sus amigos en el be­llísimo sitio donde se yergue la vasta mansión que los acoge. Ella goza de los paseos a caballo, gusta de mezclarse, cuando llega el domingo, con los cam­pesinos que se reúnen entonces, no para asistir a la misa, pues no hay celebrante habitual, sino para escuchar una lectura espiritual y orar en común, de rodillas. Los católicos blancos y negros se codean entonces en una auténtica fraternidad.

Escribiendo a Emmitsburg, Catalina diseña para su madre bonitos croquis de estas asambleas dominicales, sencillas e irradiantes. Cambia, igualmente, una frecuente correspondencia con Julia Scott. Este año Julia sueña con casar a Ca talina. Te aseguro que no tengo prisa en tomar compromisos serios, le replica la joven, durante los corrientes del mes de junio. Nada le da prisa mientras su ma­dre esté allí, sobre todo… En realidad, Kate entrará a los 40 años en las Her­manas de la Misericordia de Nueva York para morir allí nonagenaria en 1891. De vuelta a la Montaña, envía una vez más a Julia, el 19 de junio de 1819, el parte de salud de la Madre Seton:

Mamá parece bien y está bien, con el espíritu tranquilo y alegre, sobre todo después de haber recibido noticias de Guillermo… A continuación del mensaje de su hija, Isabel ha añadido: ¡Qué dichosa, dichosa soy! La escritura revela, sinembargo, un estado de agotamiento que no está en absoluto de acuerdo con el optimismo de Kate. Las últimas noticias de Guillermo son buenas -dice ella. ­Una carta fechada el 12 de diciembre, venía del Ecuador. Will se había embarca­do el verano anterior para la navegación de altura que había anunciado. La Ma­dre Seton conocía entonces tal estado de fatiga que casi se había alegrado al sa­ber que la salida del barco que iba a zarpar hacia el sur no dejaría a Guillermo la posibilidad de venir hasta Emmitsburg. No volver a ver a su hijo, era, a decir ver­dad, un último sacrificio que ella aceptaba por él. Pero que la viera, él, tal como ella estaba entonces, tan próxima a la muerte -creía ella- he ahí lo que, final­mente, era dichosa de evitarle.

El 2 de octubre de 1818, escribía a Julia: Guillermo ha salido para tres años de navegación a bordo del «Macedonian», y hasta el Cabo Hornos tal vez. Esta­ba, pues, bien acabado. Jamás volvería ya ella a ver a su hijo mayor… Ahora bien, mientras la fragata bordeaba las costas de Virginia, se había levantado una tempestad con tal violencia que unas averías, sobrevenidas al barco habían obli­gado al comandante a atracar en el puerto de Norfolk para una semana al me­nos. Guillermo había tenido tiempo de alcanzar Baltimore, luego Emmitsburg a donde había venido a sorprender a su madre.

Nuestro Guillermo ha llegado, ¡qué alegría hemos tenido! -escribe en segui­da Isabel a Elena Wiseman. Cinco meses más tarde, ella hablaba todavía, en una carta dirigida a Julia, de la sorpresa que semejante visita, con la que no contaba ya, le había causada.

Y ahora Will está lejos, en la lejanía, tan lejos, bogando por el Pacífico. Mi amor por ti -le escribe ella- no tiene ni quicio ni medida y no puede quedar satisfecho sino con la eternidad. Oye el grito que brota del alma de tu madre, tú a quien amo tanto, y cuida de lo que es más querido que ella misma millares de veces. Pues no es tanto el peligra de las tempestades, el riesgo de los naufra­gios lo que teme para «su querido pirata», son los peligros y los riesgos donde tal vez, su alma, se aventura. Ella ha gritado tantas veces su tristeza a Mons. de Cheverus, y él, como antaño san Ambrosio a santa Mónica, ha sabido dirigirle las únicas palabras de confortación que podían apaciguar su angustia: ¡Querida hija! él no la verá ya en esta vida, es verdad. Pero yo tengo la confianza de que él estará un día con usted en el cielo. El hijo de tantas lágrimas y de tantas ora­ciones no puede perderse.

También son buenas las noticias de Liorna. Lo eran, al menos, cuando el 8 de marzo de 1819 escribía Antonio: Tu inmenso Ricardo sigue muy bien. El me satisface plenamente en el dominio moral y religioso. Poco a poco, irá adquiriendo -yo lo espero- personalidad. Está contento de estar conmigo, y ve va a esforzar por hacerse útil en una casa comercial. Enseña el inglés al más pequeño de mis hijos.

Las cartas de Ricardo, no obstante, van siendo cada vez más raras. El año 1820 trae al corazón de la madre las más vivas inquietudes. Ni una sola misiva le llega de Italia desde hace seis meses. El 2 de julio, ella suplica a Juan Hickey que tenga una intención especial por Guillermo y por Ricardo: Usted ruega -así espero-, por mis pobres, tan pobres, tan queridos muchachos. Mis lágrimas co­rren, por ellos, cada vez más de prisa, día y noche.

El 23 de julio, es a su hija mayor misma a quien grita su ansiedad: ¡Guillermo!, ¡Guillermo!, ¡Guillermo! ¿Es posible que el grito de mi corazón no alcance el tuyo? Ya llevo tu nombre bienamado ante el tabernáculo y lo repito a guisa de oración, vertiendo raudales de lágrimas que Dios sólo comprende… Perderte aquí, durante unos años de una vida tan colmada de amargura, no es más que la heren­cia común; pero amarte como yo te amo y perderte por siempre, ¡oh, qué inde­cible angustia!

¡Con qué impaciencia espera ella desde ahora los lejanos correos! ¿Cuántas veces durante sus noches de insomnio, no atraviesa ella en pensamiento los océa­nos, para juntarse a Guillermo sobre las aguas del Pacífico, a Ricardo en la costa del Mediterráneo?

Durante el mes de agosto, el Sr. Bruté de Rémur predica el retiro anual a la comunidad de San José. Tan sencillas son las relaciones desde ahora entre el predicador y la Madre que, con su propia mano, escribe él las directrices que desea verla seguir durante el mes que viene. Que compruebe los avisos dados por Juana de Chantal a las superioras de sus monasterios, pues son completa­mente válidos también para las superioras de los demás institutos femeninos. Ahora bien, la Madre Seton debe acordarse de que es fundadora, responsable ante Dios, por consiguiente, de las almas que le están confiadas. Pero que consi­dere, a su vez, como voz de Dios las órdenes y consejos dados a ella por el su­perior de la comunidad. Que se abandone a la gracia del momento presente y que trate, en cuanto de ella dependa, de obtener el espíritu que animaba a san Francisco de Sales y a Santa Juana Fremiot de Chantal. Ese espíritu, especifica el Sr. Bruté de Rémur, era el mismo que el de San Vicente de Paúl. La Madre Seton, debía, además, velar sobre su comportamiento, pues ella era el punto de mira de todos, evitar siempre las palabras duras o bruscas, ejercer su autori­dad con una firmeza impregnada de dulzura. Así es, concluye el prudente direc­tor, como atraerá la confianza y el afecto de las Hermanas y podrá conducirlas por el camino que lleva a Dios.

¿Es la fatiga causada por el retiro que ella ha querido seguir con su ardor acostumbrado? ¿Es el fuerte calor del verano o la preocupación lancinante que le causa el silencio insólito de Ricardo, los peligros que puede correr Guillermo? Lo cierto e5 que el 24 de agosto, la Madre Seton confiesa a la Sr. Cha­tard que está al cabo de sus fuerzas para seguir ocupando su puesto en medio de la comunidad pero, siempre -precisa ella- con tanto ánimo como alegría.

El Sr. Dubois, sin embargo, desea que se aproveche el período de vacaciones escolares para dar comienzo a una nueva construcción, no lejos de White House. Que la casa es demasiado pequeña, es un hecho: nadie piensa en negarlo. La Madre Seton, no obstante, no es de la opinión de ver comenzar inmediatamente los trabajos. El Sr. Dubois insiste. La Madre cede. Los obreros llegan. A pesar de una tos persistente, de jaquecas y náuseas, ella ha de ir a supervisar, de tiempo en tiempo, la marcha de los trabajos. El Sr. Dubais, que no ha comprobado la gravedad de su agotamiento, se la recuerda en ocasiones. ¿Y no acaba de insinuar precisamente el Sr. Bruté de Rémur que la voz del Sr. Dubois es para ella la voz de Dios?

Nuestro buen superior me ha enviado en medio de los obreros y para respon­der a su deseo he tenido que escalar una pila de maderos. No me sentía bien y el viento era vivo…

Unos días más tarde la Madre debe guardar cama, abatida por una fuerte fiebre. Su estado llega a ser inquietante, como escribe el Sr. Bruté de Rémur a Antonio Filicchi. Pero ella permanece en una gran calma. Quisiera que se ocupen de ella lo menos posible. A quien le pregunta:

-¿Cómo está, Madre? -Blandamente, responde. Si es que no es:

-Muy blandamente…

Ella trata de seguir, desde su lecho, en cuanto es factible, el ritmo de la casa prestando atención al tañido de la campana. Una Hermana está cerca de ella, que le ayuda a rezar y le hace cortas lecturas a media voz. Ella no puede ya evitar las dispensas, pero puede ofrecer al Señor su sufrimiento y su agotamien­to. Se quiere fiel hasta el último instante en hacer todo lo mejor que se pueda y de la mejor manera, con las demás, si no como las demás. Hace escrúpulo de reposar sobre un colchón comprado hacía poco para Rebeca. Se la obliga a acep­tarlo y ella lo encuentra demasiado mullido. El Sr. Bruté de Rémur ha de tran­quilizarla sobre este punto. Se trata aquí, no de una falta de mortificación, sino de un acta de sumisión. Se ve perdida. Es dichosa. ¿No había confesado ella a Juan Hickey, unas semanas antes: ¡Oh, si yo pudiera estar en los últimos, accesos de tos y sentir las ansias del sufrimiento, las últimas, rompiendo los muros de mi prisión, cuál sería mi alegría! ¡El pensamiento de irme a casa, llamada por so VOLUNTAD! ¡Qué transporte!… Yo no temo a la muerte la mitad que a mi horren­do yo.

Que llegue, entonces, ese último día, el que la permitiría entrar «en casa», como ella misma dice, como la había dicho antes el gran místico renano, Juan Taulero, cuyas obras ella jamás ha leído, sin embargo. «Entonces, dice Taulero, llega el amable día cuando Dios quiere llevaros a Casa. ¡Oh, hijos míos, entonces El recompensará vuestra ignorancia y vuestras tinieblas; El os tratará como un padre, os consolará y, a menudo, hasta os hará gustar, antes de morir, lo que hará vuestras delicias y moriréis entonces en gran seguridad!».

Así será para Isabel el paso del tiempo a la eternidad. ¡Si es este el camino de la muerte -explicará ella, unos días antes de irse- nada puede ser más apa­cible, más dichoso! Y si he de restablecerme, ¡qué dulce me será también reposar en los brazos del Señor! Jamás he sentido más vivamente la presencia de nuestro amado Señor, que desde esta enfermedad. Es como si El se estuviera de continuo junto a mí, corporalmente, para reconfortarme, alegrarme, y animarme, durante las horas de sufrimiento, agotador y penoso. Algunas veces, la dulce Virgen Ma­ría, también parece acariciarme con ternura… Pero te vas a reír de mi imagina­ción, concluye la Madre, con destino a Sor Cecilia O’Conway, que recibía emo­cionada, aquella confidencia.

Hacia la mitad de septiembre, el Sr. Dubois estima prudente hacer aprove­charse a la Madre Seton del sacramento de los enfermos. En realidad, si su esta­do sigue siendo estacionario, ella se ha debilitado tanto que a cada acceso de tos que la sacude dolorosamente, se puede temer que sea efectivamente el último. El domingo, 24 de septiembre, el Sr. Bruté de Rémur está en el confesonario en la Iglesia de San José. Bruscamente, alguien se acerca y llama. Es una Hermana que acude de White House.

-¡Venga, nuestra Madre se muere!

El Sr. Bruté de Rémur deja allí a su penitente, sale de la iglesia, se agarra al primer caballo que puede encontrar, salta a la silla y parte a galope en dirección de la Casa Blanca. Detrás de él, la Hermana que ha venido a avisarle vuelve a tomar el camino del convento con algunas personas.

El Sr. Bruté de Rémur encuentra a la Madre calmada y serena. Ella le acoge sonriente, relajada. No, no ha llegado para ella todavía el momento de partir «a casa». El Sr. Bruté de Rémur puede irse, con toda seguridad, a celebrar a la parroquia la misa de Nuestra Señora de la Merced. Se marcha, pero terminada la misa, se apresura a volver junto a la enferma.

-Confiésese de todo, en general, Madre- le sugiere él, para recibir una última absolución. Ella lo hace en voz alta, anota el Sr. Bruté. Luego, algunas Hermanas, silenciosas entran en la habitación. Catalina en medio de ellas. La Madre permanece apacible, prosiguiendo con toda evidencia el coloquio último con su Dios. En su mirada luminosa se transparenta su alma. El Sr. Bruté de Rémur le pide que haga un acto de abandono. Ella responde: sí, y con un gesto de la mano refrenda su asentimiento. El le propone renovar sus votos:

-¡Con todo el corazón!, murmura ella.

El le invita a bendecir a su hija Kate y a sus dos hijos ausentes, una vez más. Ella asiente de nuevo y su mirada se vuelve hacia el cielo, más elocuente que las palabras, expresa para ellos su último deseo. A las letanías de los Santos suceden las preces de los agonizantes. A duras penas, Catalina retiene sus sollozos. Estos estallan a pesar de sus esfuerzos, en el momento en que el Sr. Bruté de Rémur pronuncia las solemnes palabras «¡Sal, alma cristiana…!».

Pero no es, todavía, para Isabel el día de la gran despedida. Superada la crisis, recupera vida. Esa misma noche, se entretiene con su director, haciendo la lista de las personas que deberán ser avisadas de su muerte. El pronuncia el nombre del Sr. David. Ella repite a su vez: Sr. David…, y prosigue:

-Será necesario pedirle perdón de todas las penas que le causé.

Ella desea que el Sr. Bruté no deje esa noche la Casa Blanca. Si la crisis de la mañana ha sido superada, puede venir otra que sea la última. Pero el responde tranquilamente:

-Yo no creo que muera usted esta noche. Sin insistir más, ella le deja partir.

La noche, en realidad, es buena. Y la jornada del día siguiente. Contra toda esperanza, lentamente, Isabel parece remontar la pendiente. El 4 de octubre, Kate avisa a Julia Scott: Mi madre ha estado «in extremis», pero ella afortunadamente va recuperándose ahora y tenemos la esperanza de que pronto estará restablecida. Catalina quiere esperar contra toda esperanza. Se da a su madre tres meses de plazo sin más. Es vano hacerse ilusiones a este respecto. Ella es presa a menudo de una sed torturante. Pues bien, una noche, su enfermera le trae una bebida refrescante. Con firmeza, la madre la rehúsa. Se está todavía en la época en que el ayuno eucarístico, riguroso y severo, pide que uno se abs­tenga de todo alimento y de toda bebida, aunque sea un sorbo de agua, a partir de media noche, cualquiera que sea la hora de la comunión matinal. Por una comunión más, Isabel estima como bien poca cosa tener que soportar cinco o seis horas de mayores sufrimientos. ¿Sería pagar demasiado cara tal gracia?

El Sr. Bruté de Rémur -como afirmará el mismo- no puede traerle la co­munión sin quedar profundamente conmovido, tanto irradia entonces el rostro de la madre, tanto se revela en su fisonomía su alegría íntima, en el momento en que él entra en su habitación portando la eucaristía.

Los días se suceden a los días. El otoño hace llamear, una vez más, los robles en torno a la casa. Guillermo debe regresar al comienzo del año siguiente, en enero de 1821. La madre se recupera, esperando que volverá a ver a su hijo mayor. Ricardo, por su parte, junto a Antonio está en seguridad. Cuando le llegue la noticia de su muerte tendrá a su lado a un amigo incomparable, para endulzar su pena. Así piensa la Madre Seton. Y, de repente, llega una carta. Ella reco­noce la letra de Ricardo… Pero el correo viene de América. ¿Por qué? Febril­mente la madre despliega el papel. Ricardo 1-e hace saber que no está ya en Liorna. Ha dejado ya a Antonio Filicchi. Y ahora está en Virginia, en Norfolk, deudor insolvente de un protesto. La carta está fechada el 12 de octubre. El golpe hiere a Isabel en pleno corazón. Ella imagina ya a Ricardo en prisión, desho7­rado, desesperado, abandonado de todos. Con su mano febricitante escribe des­de su lecho al general Harper, suplicándole que acuda en ayuda de su hijo. Es­pera, temblorosa, una respuesta. Y es una carta de Toscana la que llega primero. Antonio Filicchi, ignorante del estado de salud de su destinataria, le hace saber sin componendas que Ricardo no es más capaz de lo que era Guillermo. Tampoco con él ha logrado, al fin, ninguna de las satisfacciones esperadas… Para la madre viene a ser el golpe de gracia. El golpe definitivo del que ya no podrá volverse a levantar. Quiere escribir una vez más a Antonio. Bajo su pluma se agolpan las palabras, sin encontrar nunca su sitio querido en la frase, ella las olvida. Las letras cabalgan unas sobre otras, apenas, legibles. Ultimo mensaje, conmovedor, digno de lástima.

¡He ahí pues, el fruto terrestre de tu bondad y de tu presencia con nosotros! Pero afortunadamente todo está escrito en el cielo. Yo no he vuelto a ver to­davía al muchacho. El me escribió que estaba en Norfolk ere dificultad, habiendo recibido un protesto. Y como yo no sabía entonces nada de lo que tú me has informado después, pensando que él estaba arrestado, tal vez, o algo así, le escribí al general Harper para que tuviera la bondad de ocuparse de él… No para su descargo, querido Antonio, sino por deber maternal.

Durante largos años he rogado solamente por mis hijos, pidiendo a nuestro Dios bendito que hiciese lo que El quiera para ellos y en ellos por el camino de contradicción o de la prueba, dado tan sólo que salve sus almas!… Tan pronto como haya visto a mi desgraciado Ricardo, le escribiré de nuevo, si Dios quiere. La razón de esta carta es que he recibido los últimos sacramentos hace tres se­manas…

Al menos ella quiere repetir a Antonio los frutos apostólicos que comienza a dar en tierra americana «el grano de mostaza que él -el amigo fiel- sembró por la mano de Dios».

Ahora bien, mientras que su madre consumía las últimas fuerzas de su vida en buscar para su hijo pródigo los apoyos seguros, Ricardo, que había salido de apuros, escribía desvergonzadamente al general una carta insolente afirmando con arrogancia que él no tenía que rendir cuentas a nadie en lo que concernía a su salida de Liorna.

El viento de otoño sopla a ráfagas a través del valle. Uno tras otro, los gran­des robles se despojan de sus hojas. El fuego de leña que chisporrotea en la chi­menea, ayuda apenas a entrar en calor a la Madre Seton. Ella no deja ya el lecho. El 18 de noviembre, Catalina escribe a Julia Scott: Mi querida madre está lejos de restablecerse. Los ataques de tos se multiplican. En el pecho aparece un abceso. El agotamiento es cada vez mayor. La enferma no puede ni siquiera alimentarse. Sor O Conway que la rodea de las mejores atenciones, se mueve en torno al lecho a tiempo y a destiempo con una voluntad tan buena como torpe sometiendo a veces a dura prueba la paciencia que la Madre Seton se esfuerza por conservar, a pesar de su debilidad, a pesar de su sufrimiento.

-Madre, ¿necesita algo?… ¿querría tener un crucifijo para que la ayude a pensar en Dios?

-Gracias, mi querida hija, tengo ya un crucifijo sobre el pecho. Y un poco más tarde le explica:

-No se inquiete, mi querida hija, yo trato de permanecer tan íntimamente como puedo en su presencia.

Ella tiene todavía placer en escuchar el canto de las escolares que sube a veces hasta su habitación. Pide que se le traiga a las más pequeñas de las niñas y hace que se les dé fruta. Escucha gustosa a las Hermanas que vienen a darle cuenta de su apostolado junto a las alumnas, o a las pobres gentes del pueblo. En su rostro de color de cera, los ojos centellean aun de vida y de entusiasmo. En el curso de la segunda quincena de diciembre, llega Ricardo a Emmits­burg. ¿Se esperaba él encontrar a su madre en tal estado? ¿Comprende que ella se encuentra en sus últimos días? ¿Está lleno de vergüenza o tan solo incons­ciente de la gravedad de la situación? ¿Teme unos reproches, a decir verdad, jus­tificadora? Ni la fiesta de Navidad, muy próxima, ni el estada de su madre le retienen en White House. Al cabo de unos días, se va. Jamás volverá ya al Vallo. Dos años y medio más tarde, morirá él mismo a los 26 años, a bordo del bergantín «Oswego» el 26 de junio de 1823, de una enfermedad contraída a la cabecera de Jehudi Ashmun, un pastor protestante, a cuyo cuidado se había dedicado gene­rosamente.

La Madre Seton ha visto a Ricardo. A Guillermo no le volverá a ver. Su hijo mayor desposará, en 1831, a Emily Prime, una protestante. Y por un tiempo, se alejará de la fe católica. Pero será en la Iglesia católica donde muera el 20 de enero de 1868. De sus siete hijos, uno será prelado y otra religiosa.

Ha llegado Navidad. A la alegría tradicional que trae a White House la fiesta del Nacimiento, se le ha puesto sordina. Si algún cambio ha sobrevenido desde mi última carta -escribe Catalina a Julia Scott el 26 de diciembre de 1820­

El fin es inminente. Sentada en su lecho, sostenida por dos cojines a fin de atenuar la crisis de asfixia, la Madre Seton sólo espera la llamada del Señor. Ha podido comulgar todavía el domingo 31 de diciembre. La última no­che del año se ha acabado. Han sonado ya en el gran silencio las doce campa­nadas de medianoche. La Hermana que vela a la enferma se acerca a su lecho. Le presenta una pócima.

Deje la bebida tranquila —dice con firmeza la Madre-. ¡Una comunión más y luego la eternidad!

Martes, 2 de enero. El Sr. Bruté de Rémur y el Sr. Dubois han llegado ambos, de mañana, a la habitación donde reposa Isabel. Ella recibe de su padre espiritual una última bendición. El Superior de la comunidad le propone renovar el sacramento de los enfermos, si lo desea. El rostro de la moribunda se ilumina con una feliz sonrisa:

-Muy agradecida…, dice con un susurro.

Al comienzo de la tarde todas las Hermanas, silenciosas, y Catalina entre ellas, rodean de nuevo a su Madre. Demasiado fatigada para hablar, incluso a media voz, la Madre Seton deja al Sr. Dubois exponer en su lugar y en su nombre sus últimas recomendaciones.

Lo que quiere es que sus hijas permanezcan unidas conjuntamente como verdaderas Hijas de la Caridad. Luego, que sigan sólidamente fieles, gracias a la práctica de sus reglas.

La Madre tiene un tercer deseo. Ella quiere –dice el Sr. Dubois- que os pida perdón de su parte por todos los malos ejemplos que os ha podido dar, y yo me inclino ante ese deseo. Todas saben bien, sin embargo -añade él-, que ella no ha dado jamás malos ejemplos a consecuencia de las dispensas que le han sido concedidas, ya que, al aceptarlas no hacía otra cosa que someterse tanto a las prescripciones del médico como a las normas del superior mismo.

El Sr. Dubois se dispone a comenzar la ceremonia de la extremaunción. Reves­tido ya de sobrepelliz, ha tomado el ritual. Con un gesto, con una mirada, la mo­ribunda le interrumpe.

-Les agradezco, hermanas mías -articula ella-la bondad que tienen de estar aquí, en este momento difícil.

Luego, recogiendo todas sus fuerzas:

-¡Sean hijas de la Iglesia! ¡Sean hijas de la Iglesia!

Esta última recomendación ha querido pronunciarla ella misma. La repite dos veces. Eco lejano, eco triunfante del grito que ella lanzaba en 1805, en lo pro­fundo de la noche, tan próxima sin saberlo ella, a la radiante luz de su Epifanía: ¡No busco más que a Dios y su Iglesia!

La Iglesia de Dios, ella la encontró y llegó a ella «no renegando de su pasa­do» -como lo subrayó el Papa Juan XXIII el día de su beatificación, 7 de mar­zo de 1963-, sino más bien como una meta providencial ofrecida a sus estudios, a su oración, a sus obras de caridad, y a la que la disponía la orientación de su vida precedente. Poco a poco, ella se encontró en el seno de la Iglesia Católica; eso fue para ella un enriquecimiento del patrimonio que poseía ya, la apertura de un cofre cerrado que tenía en sus manos, el pleno conocimiento de la verdad total con la que ella había estado en contacto desde su juventud. ¡Qué más cosas puede entonces desear a sus hijas que el que permanezcan verdaderas hijas de esa Iglesia que ella encontró, que la recibió y la colmó!

El 6 de enero próxima, las niñas de White House harán su primera comunión. ¿Quién sabe -le dice el Sr. Bruté de Rémur- si no estará ella todavía aquí para asociarse a esa fiesta, para recibir una vez más el cuerpo de Cristo?

Pera una Epifanía infinitamente más bella y más gloriosa se prepara para ella. Ella la presiente. Ella la desea. Ella la espera, en paz.

Su debilidad apenas la permite pronunciar unas palabras. Pero es dichosa de oír recitar, de vez en cuando, muy cerca de ella, uno u otro de sus textos santos preferidos. Por un momento la Hermana que la vela la oye musitar las primeras palabras de la oración recientemente compuesta por el Papa Pío VII.

¡Que la justísima, la altísima y amabilísima voluntad de Dios sea alabada, cumplida, exaltada, en todas las cosas, por encima de todo y por siempre!

La voluntad de Dios. La Palabra de Dios. El Hija de Dios, Dios mismo entre nosotros, hecha nuestro alimento, ¿no era de lo que ella había vivido? Ahora ella iba a perderse en esa voluntad de amor, gustar los bienes infinitos prometidos y merecidas para nosotros por el «amado Salvador», es decir, ver a Dios cara a cara, contemplarle, amarle, poseerle, comunicar en su vida propia, eter­namente.

Las palabras francesas venían a veces, espontáneamente a sus labios, pues es en esa lengua en la que gustaba rezar. Sor Xavier lo sabe y, lentamente repite a su cabecera las palabras que tantas veces ella ha pronunciado:

 

«Gloire a Dieu aux plus haut des cieux

et paix sur la terre aux hommes qu’il aime…

Nous te louons, nous te béni.ssons, nous t’adorons…

…Toi, qui enléves le péché du monde, reçois notre priére

car Toi seul est Saint, Toi seul es le Seigneur,

Toi seul es le Trés-Haut, Jésus-Christ,

dans la glorie de Dieu le Pére».

«Gloria», himno de alabanza. «Magnificat», canto de acción de gracias:

«Mon áme exalte le Seigneur, exulte mon esprit en Dieu mon Sauveur. …Le Tout-Puissant a fait en moi des grandes choses: saint est son nom. Désormais toutes les générations m’appelerons bienheuheuse».

No había aparecida todavía el alba del 4 de enero de 1821 por encima de las Monta.ñas Azules, cuando el alma de Isabel, con una calma profunda se lanzó hacia la casa del Padre.

El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas.

desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Estas palabras, iban a hacerse realidad un día.

Vendría un día -ya ha llegado para nosotros- en que el Vicario de Cristo, proclamaría bienaventurada, en la Basílica de San Pedro de Roma, a la que, en la pequeña iglesia de San Pedro de Nueva York se había unido por primera vez a Cristo, por la comunión sacramental, el 25 de marzo de 1805.

Juan XXIII escribía el 17 de marzo de 1963:

¡Oh bienaventurada Isabel Seton, que resplandeces desde ahora ante la faz de todas las naciones por tu fidelidad a las promesas del bautismo, mira con ojos de predilección a tu puebla que se gloría de ti como de su primera flor de santidad. Obtenle de Dios la gracia de guardar el patrimonio sagrado de la llamada del Evangelio, la firmeza en la fe, el ardor en la caridad, a fin de que responda con alegría a su vocación particular!

¡Extiende tu protección también sobre la Iglesia entera, ofreciéndole como ejemplo el fuego de generosidad y amor que te impulsó «de claridad en claridad» hasta la presente glorificación!

Fin

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