Isabel Seton, la biografía: 25 – ¡Que venga tu Reino!

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Diremos aquel día: «ahí está nuestra Dios»
de El esperamos la salvación.
El es el Señor en quien esperamos.
Haya júbilo y alegrémonos
porque El nos ha salvado,
porque la mano del Señor
reposa sobre esta montaña.

Is 25, 9-10

Kitty y Rebeca son mis más preciados tesoros; Guillermo y Ricardo están todavía en la montaña, pero el corazón de Guillermo no late sino con la esperanza de un puesto en la marina. Ese puesto ha sido efectivamente solicitado por inter medio del Sr. Brent de Washington, pero parece que será difícil de obtener… Mi Ricardo es atraído siempre por la perspectiva de estar a la cabeza de una granja, pero no sé cómo va a poder resistir a la violencia de la corriente que arrastra a todos nuestros jóvenes…

En cuanto a Rebeca, ninguna mejora en su debilidad, aunque sufre mucho menos. Kit es una niña encantadora que se desarrolla bien…

Así se expresa Isabel en la carta dirigida a Julia Scott el 1° de diciembre de 1814; el mayor de los muchachos acaba de cumplir 18 años, el segundo tiene más de 16. Ambos dan prueba de una falta de madurez alarmante. Dos años más tarde, su madre se esforzaba en interpretar en buena parte su infantilismo. Son tan inocentes como si tuvieran cinco años menos. Ha comprendido desde enton­ces, que sería inútil engañarse a este respecto. Mi mayor inquietud en la vida -ha terminado por confesar- son mis pobres hijos.

¿El amor apasionado que Guillermo cree sentir por la carrera de oficial de marina, es en él otra cosa que un capricho por la aventura, un deseo juvenil de recorrer el mundo? De todas formas, con ser el gran adolescente que es, no tiene la formación requerida para verse confiar desde ahora un puesto que decidirá su futuro. La Madre Seton ha hablado a menudo con el Sr. Bruté de Rémur, tanto de las preocupaciones lancinantes que le causará el porvenir de sus hijos como de las proposiciones reiteradas de los Filicchi, cuya morada, como le ha asegura­do reiteradas veces Antonio, estará siempre dispuesta a acoger a sus hijos como asimismo fue acogida antaño la viuda de Guillermo Magge con su hija mayor.

Ahora bien, hacia la Navidad de este año de 1814, el Sr. Bruté de Rémur se propone embarcarse para Francia. Diversas razones le impulsan a tomar esta decisión. Volver a ver a su madre que no es, ya muy joven. Traerse a América los libros de su biblioteca,, cuya falta es perjudicial a su apostolado. Puntualizar, de viva voz, con sus superiores, ciertos problemas inherentes al cargo de director en los colegios Santa María de allende el Atlántico. Traerse, finalmen­te, si es posible, algunos misioneros suplementarios, cuya necesidad se hace sen­tir sobre el terreno. ¿Por qué no aprovechará la Madre Seton esta ocasión ex­cepcional que se presenta para enviar a Guillermo a Europa? El podría hacer allí, por unos meses o por algunos años, una pasantía en la casa comercial de los Filicchi. El muchacho tiene necesidad de conocer otros horizontes que los del Monte Santa María y del convento de San José. ¿A quién confiárselo con mayor seguridad que a los amigos fieles cuyo elogio ha hecho tantas veces Isabel a los Sulpicianas de Maryland?

Prevenido, Guillermo da inmediatamente su conformidad. El está dispuesto a embarcarse, como lo hizo su padre a su edad para iniciarse, en Toscana, en los negocias comerciales y en la vida del mundo. Una dificultad queda, sin em­bargo. En las condiciones políticas europeas actuales, es vano esperar que pueda haber lugar a un cruce de cartas entre América e Italia, antes de la salida pro­yectada. Buscan una solución. Se cree haberla encontrado. Guillermo llevará una carta de su madre para Antonio Filicchi. Desde su arribo a Francia, él la hará llegar a Italia y esperará, para emprender la última etapa de su viaje, una res­puesta que, desde allí, no podrá tardar en obtener. ¿Cómo dudar, después de tan­tas promesas por su parte, de que Guillermo sea recibido por los Filicchi con los brazos abiertos en su casa de Liorna?

El mes de enero de 1815, el joven, radiante de alegría con el pensamiento de salir de los límites estrechos del Valle, se pone en camino hacia Baltimore con el Sr. Bruté de Rémur. Su madre, sin embargo, lo ve partir no sin un íntimo desgarramiento y una excesiva inquietud. ¿No va a decepcionar terriblemente Guillermo a sus amigos de toscana? Poco dotado, sin personalidad, orgulloso para colmo, ¿cómo va a reaccionar él en un medio tan diferente de aquel en el que siempre ha vivido? ¿Tendrá suficiente capacidad para ocupar un puesto, por pequeño que sea, en el negocio comercial de los Filicchi? Isabel devana ya en su pensamiento todos los riesgos a los que su hijo se va a encontrar expuesto. Su corazón maternal se interroga y se condena. Ella no tenía que haber dejado embarcarse a Guillermo. Pera Guillermo no se ha embarcado todavía. La noticia de la Paz de Gand, firmada en diciembre de 1814 no llegó a los Estados Unidos hasta 1815. Ningún velero está de partida para Francia. Isabel se agarra ahora a la idea de buscar, de encontrar para su hijo una situación que le guardaría más próximo a ella, en América, al menos. El Sr. Dubois la disuade a intentar nuevas gestiones ya que Guillermo ha expresado el deseo de ir a Europa, es preciso respetar ese deseo. Consultados Mons. Carroll y Mons. de Cheverus, dan un parecer semejante. Guillermo partirá, pues. Embarca el 27 de marzo con el Sr. Bruté de Rémur, a bordo del navío americano The Tontine, que se hace a la vela hacia Burdeos, hacia la Francia monárquica en la que reina en­tonces Luis XVIII. Vencida Napoleón, reducido a la impotencia, hará pronto un año, y refugiado en solitario en la isla de Elba, los emigrantes de ayer pueden levantar de nuevo la cabeza y volver a una Francia donde la Restauración ha rendido su poder a los Borbones. Así se piensa entonces en Estados Unidos.

Ahora bien, el 26 de febrero de 1815, un mes antes que The Tontine se haya hecho a la mar, Napoleón desembarca, rodeado de un puñado de hombres -se­tecientos soldados- entre Cannes y Antibes. En el espacio de 20 días, el irrisorio ejército alcanza París… Pero el 18 de junio es Waterloo. El 3 de julio, en el momento en que el emperador, definitivamente vencido, sueña embarcarse para la libre América, cae en manos de los ingleses; el 15 de julio es su salida para Santa Elena. Allí morirá en menos de 6 años, el mismo año que Isabel Seton.

La noticia del restablecimiento del imperio llega a Baltimore en la segunda quincena de mayo. ¿El navío que lleva a Guillermo y al Sr. Bruté de Rémur hacia Francia, en donde acaba de reavivarse el incendio, ha tocado ya la costa? El Sr. Dubois cree deber suyo avisar a la Madre Seton de la nueva fase en que han entrado los acontecimientos políticos europeos. Mi espíritu está literalmente clavado en ti, día y noche, noche y día…, escribe ella a su hijo, sin saber si su mensaje le llegará jamás.

Por fin, después de unas semanas de angustia, se entera de que The Ton­tine, a pesar de una travesía peligrosa, ha atracado sano y salva en el puerto de Burdeos. No obstante, el período al que la historia dará el nombre de los «Cien días», no es una época favorable para la arribada a Francia de un sacer­dote y de un joven extranjero. Todos los proyectos abrigados por la Madre Seton y el Sulpiciano, en lo concerniente a Guillermo, se muestran totalmente irrealizables. Desde su llegada a Francia, el joven es confiado a las manos de un protector menos comprometido que el Sr. Bruté de Rémur. El Sr. Preudhom­me, pasajero de The Tontine, lleva a Guillermo a su propia hermana, la Sra. de Saint-Césaire, en Marsella. Los Saint-Césaire están en relación con el Sr. Pa­rangue que conoció antaño al padre de Guillermo Seton y que se encargará de hacer pasar al joven a Italia. Por Niza y Génova, Guillermo alcanza Toscana. Ninguna carta ha podido precederle, en las condiciones presentes. Llega a Liorna en los corrientes del mes de agosto, cuando Luis XVIII ha vuelto a tomar ya su puesto en Francia, a la cabeza del país. Se presenta en casa de Antonio, La casa está vacía. Antonio y los suyos, han dejado Liorna para pasar el verano en Lucca. Felipe Filicchi y su mujer, María Cowper, acogen al muchacho cortés­mente, pero sin el calor afectuoso que él se esperaba. Aquella llegada imprevista, de un pasante que no esperaba, contraría al hombre de negocios. Los úl­timos empleados que ha tomado en permanencia no le han causado más que dis­gustos. Encuentra para el hijo de Isabel un alojamiento en la ciudad. Antonio, sin duda, hubiera actuado de modo diferente. Antonio está ausente…

Puesta al corriente de la odisea de su hijo, la Madre Seton ha compartido entre la alegría de saberle todavía con vida, los remordimientos de haber po­dido mostrarse, par fuerza de las cosas, indelicada frente a sus amigos queridos, y la inquietud respecto a la situación en que se encuentra Guillermo, menos segura y menos cómoda de lo que ella había esperado. En largas misivas, expre­sa a los Filicchi sus excusas, su gratitud y la confianza que les guarda; sin em­bargo, en unas líneas donde la ternura femenina es demasiado evidente, multi­plica para su hijo, las protestas de aquella ternura angustiosa y los consejos en demasía prolijos. Con una impaciencia febril, espera las cartas, a decir verdad muy raras, del ausente, y se complace en describir la alegría que trae a Emmitaburg todo correo proveniente de Europa.

Gustosa, prosigue, sin embargo, la redacción de una especie de diario espi­ritual, tal como el Sr. Bruté de Rémur la ha comprometido a ello antes de dejar América.

Víspera de Pentecostés de 1815 –al pie de la Montaña Santa María, de donde se precipitan caudales de recuerdos con el rocio silencioso y diurno que aporta al mundo entero un transporte de alegría- tal como, lo dicen las palabras de nuestro prefacio. El Dios de nuestros corazones ve qué deseos, qué recuerdos, qué realidades se suceden en el mío, este día de fiesta, con esos suspiros ine­narrables hacia aquella LUX BEATISSIMA que va a penetrar tan íntimamente el corazón de todos los fieles. Usted comprende perfectamente: la esperanza de que estará en el altar y que recibirá allí de la paloma mística el olivo de la paz o bien de que si está todavía prisionero en el arca, ella le consolará con sus dones, tal esperanza hace desbordar en el alma de la pobre Madre de América torrentes de santos deseos en favor suyo, durante este tiempo de gracia.

Las primeras misivas de Europa no debieron llegar a Isabel sino en septiem­bre u octubre. En ese mismo momento, el estado de Rebeca acaba de exigir una nueva separación. Se dicen tantas maravillas respecto a un especialista de Filadelfia que Isabel se ha decidido al fin a enviarle a su benjamina, Bec, además, encontrará allí a Sor Rosa y a Sor Susana. A decir verdad, Julia Scott ha hecho todo por obtener de su amiga que le confíe a su hija enferma. Ella misma ha venido hasta el Valle, con su carruaje y cochero particular, con la intención de llevar consigo a la chiquilla. Las dos amigas se habían anticipado una verdadera fiesta al verse de nuevo. No se habían vuelto a encontrar desde hacía trece años. Julia acababa de perder, aquel otoño de 1815, a su hija, bruscamente arrebatada al cariño de los suyos, después de tan solo un mes de matrimonio. ¡Cuántas cosas tendrían que decirse Isabel y Julia! Un funesto retraso del correo priva a ambas de la alegría esperada. Mientras. Julia llega, Rebeca ya no está en Emmitsburg. Otro carruaje ha partido conduciéndola a Filadelfia, menos de tres horas antes. Los dos atelajes han debido cruzarse, sin saberlo, en el camino. Julia está deso­lada. Le es imposible, ese día, prolongar su visita. Es preciso que deje Emmits­burg dentro de una hora. Pero volverá. Ella se lo promete a Isabel. Una pro­mesa que no podrá cumplir jamás. Esta hora de intimidad entre las dos amigas es la última que ellas conocerán aquí abajo.

Por otra parte, Rebeca debe alojarse en el orfelinato de Filadelfia. La niña no conoce a «Tía Julia» más que por las cartas. Ha suplicado a su madre que la deje junto a Sor Rosa y Sor Susana por la que ya ha sido cuidada. Julia comprende las razones invocadas. Ella promete al menos ganarse el afecto de la hija de su amiga, yendo a verla al orfelinato, haciéndola salir lo más posible.

Este mismo otoño, Ricardo ha dejado, a su vez, Emmitsburg. Está en Bal­timore, temporalmente. De sus cinco hijos, una sola permanece junto a la Madre Seton: Catalina, que acaba de alcanzar sus 15 años. Isabel acecha ahora cada día la llegada de los correos demasiado raros para su ternura. Las noticias recibidas de Filadelfia no son ni buenas ni malas. Bec ha conocido a «Tía Julia», que la lleva en carruaje para visitar en la ciudad o sus alrededores inmediatos todo lo que pueda interesar a un niño de 13 años que no puede ya ni correr ni andar. En cuanto al tratamiento no aporta ninguna novedad. El especialista ha acabado por confesarse impotente ante el mal. Se ha limitado a prescribir para la chi­quilla el uso de un corsé de madera.

Antes del fin de noviembre Rebeca está de vuelta en el Valle. Unos días más tarde, el Sr. Bruté de Rémur desembarca en Baltimore. Trae a la Madre Seton un voluminoso correo de Liorna y de Nueva York. Cartas de Guillermo y de los Filicchi. Cartas de María I’ost y de Isabel Sadier. Pero apenas está de vuelta el Sr. Bruté de Rémur, espira Mons. Carroll a sus 81 años, el 3 de di­ciembre. Ese día la Iglesia celebra la fiesta de San Francisco Javier, uno de lo~ primeros compañeros de San Ignacio de Loyola, uno de los primeros misioneros de la Compañía de Jesús.

En una carta fechada el día 26 de diciembre de 1815, el Sr. Maréchal, que, menos de tres años más tarde, será el segundo sucesor de Mons. Carroll en la sede metropolitana, da parte a sus amigos de Francia, tanto del retorno de su co­hermano, como de la muerte del arzobispo:

Todos los temores respecto al excelente Sr. Bruté, se han desvanecido de súbito. Este digno cohermano ha llegado afortunadamente a Nueva York des­pués de una travesía de veintinueve días. Parece no haber sufrido, en absoluto, todas las aventuras que ha corrido. Está lleno de vigor y de salud. Después de haber dedicado unos días a sus amigos se ha puesto a la cabeza del Colegio de Baltimore al que no puede dejar de ser extremadamente útil por la variedad de sus conocimientos literarios y de su prodigiosa actividad.

…la religión ha tenido en este país una pérdida inmensa en la persona de Mons. Carroll, arzobispo de Baltimore, que Dios ha retirado de este mundo al comienzo de este mes. Sus últimos momentos han sido tan edificantes como había sido de útil su vida a la Iglesia… Y el Sr. Bruté de Rémur anota: Se le trasladó en procesión al Seminario, cantando el MISERERE por las calles y siguiendo el arzobispo Naele con mitra y báculo. Una multitud inmensa. Los protestantes mismos no han podido negarle el homenaje que demandaban sus virtudes ecle­siásticas y civiles.

La muerte del arzobispo de Baltimore afecta profundamente al corazón de Isabel. Ella pierde, al perderlo, un amigo, un consejero, un padre. Uno de sus biógrafos relata esta anécdota que vale más, a este respecto, que largos comentarios: En el descanso de una lección de catecismo en Emmitsburg, una chiquilla confesaba, cierto día, a la Madre Seton:

-Madre mía, he encontrado en mi catecismo la palabra benignidad, pero yo no sé lo que eso quiere decir.

Y la Madre le responde simplemente:

-Mira a Mons. Carroll y verás lo que quiere decir la palabra benignidad.

Desde fines del año 1815, el Sr. Bruté de Rémur, que había esperado per­manecer en el Valle, a donde había sido asignado por sus superiores desde 1812, se ve obligado a asumir en Baltimore el cargo de Director del Colegio Santa María. Este nombramiento ha sido explícitamente querido tanto por el Sr. Tessier como por el Sr. Maréchal. Es una ganancia para Baltimore. Es una pérdida para Emmitsburg. El Sr. Dubois no es el único en sufrirla. La Madre Seton recibe con pena ese cambio. La distancia, sin embargo, bastante mínima para un buen jinete, no impedirá al Sr. Bruté de Rémur presentarse a menudo de Baltimore en Emmitsburg a fin de proseguir junto a la superiora de las Hermanas de San José, su papel de prudente consejero. Pues, mejor que ningún otro, ha comprendido el temperamento tan rico y a veces tan complejo, de la Madre Seton, tan ardiente, súbito, resuelto, leal y generoso. Sabe pacificarla cuando una ansiedad excesiva la turba respecto a sus hijos, o cuando se inquieta de no poder, dado su estado de salud precaria, seguir con puntualidad la regla que ella exige a las demás. A1 sentirse comprendida, Isabel se expansiona en el mejor sentido del término, adquiriendo al mismo tiempo más flexibilidad frente a aquéllas de las que está encargada. Ella experimenta cada vez más el íntimo sosiego que puede ir em­parejado con la aridez interior, la prueba exterior. Ricardo acaba de regresar a Emmitsburg a comienzos del año 1816. Ninguna situación se determina todavía para él. La perspectiva proyectada un instante, de ver a su hijo asociado a un negociante mayorista de ultramarinos, parecía a Isabel inaceptable, tan marcada sigue, sin saberlo, a este respecto, por los prejuicios de su época. Sería, piensa ella bien sin razón, una especie de desprestigio para un Seton, ejercer tal profe­sión. Ella teme por Ricardo, que no tiene capacidad ni más madurez que su hermano, los peligros de una gran ciudad protestante y, al mismo tiempo, ella sueña con verle en manos de una situación de armonía con la sociedad de que forma parte toda su familia en Nueva York. Daddy-Dick, el gran muchacho, tiene, de todas formas, prisa por dejar el Monte Santa María y el convento de San José, a pesar del apego que tiene a su madre. Quiere ir, como su hermano mayor, a probar suerte por el vasto mundo.

Ahora bien, en esta misma primavera de 1816, el estado de Bec se hace crítico. La chiquilla conoce horas de sufrimiento intolerable. Impotente para ali­viarla, su madre se ingenia para distraerla, pasa largas horas a su lado, le cuenta historias, pide a Julia Scott la muñeca que ella desea… Un tumor enorme se ha formado a la altura de la cadera. Cuando llega a manifestarse, la niña no puede ya soportar ninguna posición en su cama. Día y noche, su madre la sos­tiene en sus rodillas, entre sus brazos. Ayudada por Sor Susana, ensaya en vano, todos los remedios capaces de atenuar el dolor lancinante de Bec, que languidece.

En el mes de mayo, cierto Lucas Tierman, se ofrece recibir a Ricardo en Baltimore y a iniciarle en los negocios en su propia casa. El se va. Catalina lo encuentra pronto allí. Muy dotada para la música, ella podrá perfeccionarse en Baltimore más fácilmente que en Emmitsburg. Hecho notorio: frente a la despedida de su segunda hija para Baltimore, Isabel no presenta las objeciones que había acumulado seis años antes cuando había dejado allí a Ana María.

Para los tres ausentes, mantiene un nuevo diario donde consigna el progreso del mal que va a llevarse a Rebeca, y la subida flechada del alma de su benja­mina a la que llamará desde ahora «mi hija de eternidad». Pues la chiquilla da pruebas de un asombroso valor en los sufrimientos martirizantes que no le dejan ya casi tregua durante cinco largos meses. Rebeca sabe que no sanará y que pronto se irá como se han ido sus jóvenes tías Enriqueta, Cecilia y su hermana mayor, Anina. La tuberculosis la fulmina como fulminó a aquellas, bien que baja una forma diferente. A los 13 años, sonríe a la muerte que llega simple­mente, sin horror. Una lectura acaba de enseñarle que en la resurrección de los cuerpos, la «sutileza» les permitirá moverse de forma maravillosa sin ser deteni­dos por ningún obstáculo. Maliciosamente, ella hace una aplicación práctica de su nuevo conocimiento teológico al caso del Sr. Bruté de Rémur. Aprovechando el período de vacaciones escolares, el infatigable misionero ha emprendido, en efecto, una correría apostólica por una región que le obliga a circular sin cesar a pie. ¡Qué agradable y útil sería para él -escribe la niña- estar ya desde ahora en posesión de esa maravillosa agilidad! Ella, Rebeca, debe desplegar toda su energía para permanecer un momento tendida.

-Voy a tratar de quedarme en mi cama -anuncia ella a veces-. Y su madre sabe qué sufrimiento experimenta entonces.

-¿Puedes decir can toda la sinceridad de tu corazón: «Hágase tu voluntad»? -le pregunta ella.

-¡Oh, claro que sí! -responde la chiquilla-; ¡Claro que sí!

Han comenzado para la comunidad los ejercicios del retiro, La Madre Seton, no podrá hacerlos este año. No deja apenas la habitación donde la hija acaba su vida terrestre. Mientras trata de sostener largas horas a Rebeca en sus rodillas -hasta el extremo de quedar ella misma derrengada- acepta, para rela­jarse un poco, que Sor Marta o Sor Inés le haga la lectura, en voz alta, en las obras de Chateaubriand.Es curioso notar, de paso, hasta qué punto permanece sensible Isabel a las páginas románticas del escritor francés, como lo era hace casi veinte años, a las obras de Juan Jacobo Rousseau. ¿Es la comunión con la naturaleza -cuyo heraldo es Chateaubriand-, la descripción —que algunos, sin embargo, juzgaron inexacta y artificial- de las salvajes regiones de América, es la religiosidad, a veces inquietante del autor de René, de Atala, de los Mártires, lo que hechiza a Isabel? ¿Quién puede decirlo? Es difícil hasta para una fuerte per­sonalidad escapar al ambiente de una época. La historia se asombrará -tal vez dentro de unas décadas- al constatar la impronta dejada sobre nuestros contem­poráneos por las conquistas espaciales o simplemente por lo ye-yé.

En el mes de septiembre de 1816, Catalina vuelve de prisa al Valle. Unas líneas dan los motivos, brevemente, a Julia Scott: Mi madre deseaba verme aprovechar por más tiempo- las lecciones de mi profesora de dibuja, pero el estado de Rebeca es tan inquietante que yo no podría estar tranquila lejos de casa. Durante los dos meses siguientes, Katty tendrá junto a su madre sobrecargada el papel de secretaria, reemplazándola también de tiempo en tiempo junto a su hermanita. La serenidad de Bec es extraordinaria. La niña confiesa sencillamente el 17 de octubre:

-Actualmente, si el Dr. Chatard me dijera: «Rebeca, vas a .sanar» yo no lo desearía. ¡Oh, no, no, no!. Mi querido Salvador, yo conozco ahora, la alegría de morir joven y de no cometer pecados.

Su único temor es no haber amado bastante al Señor. Su única lamentación, no haber probado sino muy poco su amor. El 2 de noviembre, con una sorpren­dente lucidez ella explica:

-Acabo de presentar a nuestro Señor mi copa. Ya está llena y lista para beber. El va a venir a buscarme.

Antes del amanecer del 3 de noviembre, apoyada su cabeza en la espalda de su madre, Rebeca rendía su alma a Dios.

Unos hechos mínimos, unas coincidencias por lo menos extrañas, que siguen inmediatamente a la muerte de Rebeca, parecen una sonrisa radiante de «la hija de la eternidad». Más fuerte que el dolor de la separación, una paz sobrenatural se expande a través del convento de San José. Bajo el golpe de la noticia que la hiere en plena corazón, Isabel misma permanece fuerte y serena. El Sr. Dubois, que no osa tocar la herida que había abierto en ese mismo corazón la muerte de Anina, hace menos de cuatro años, por miedo «de desesperar a la pobre madre» está maravillado de ver su comportamiento actual.

La madre es un milagro de la gracia divina. Noche y día junto a la hija, su salud no tiene, sin embargo, aires de haber quedado quebrantada. Ella la mantenía en sus brazos, sin verter una lágrima, todo el tiempo que ha durado in agonía, y ocho minutos todavía después de que la hija hubiera rendido su últi­mo suspiro. Mulierem fortem…

Una semana más tarde, una carta de Guillermo, proveniente de Liorna, noti­fica a Isabel otra muerte, la de Felipe Filicchi. Se durmió en el Señor el 11 de septiembre, a la edad de 53 años. Ella hace al Sr. Bruté de Rémur esta confidencia: ¡Si Vd. supiera hasta qué punto he contado con la vida de este amigo, se burlaría de mí! ¡Pero, Dios solo! Soy demasiado dichosa de estar obligada a no tener ningún otro refugio.

Para conducirla a este abandono total, incondicional para con El, hacia el que aspira su alma, Dios hará concurrir desde ahora todas las causas segundas. La muerte de Felipe Filicchi no impide a Guillermo Seton permanecer en Liorna. Pera al leer ella las cartas que recibe de su hijo de 20 años, Isabel adivi­na que no va bien todo para él, incluso junto a Antonio, como ella desearía. El inconstante pasante habla de su retorno próximo a los Estados Unidos., porque -dice él- no tiene la impresión de satisfacer a Antonio. Inquieta, su madre le suplica, en una pronta contestación, que no tome una decisión demasiado rápida, que aguarde, que persevere un poco en su esfuerzo. El 12 de febrero de 1817, sale la otra carta para Antonio: ojalá pueda él tener piedad del hijo y de la ma­dre, aceptar conservar por un momento todavía en Toscana al joven Guillermo… Las noticias de Ricardo no son más brillantes que las de su hermano. Es un encanto de muchacho, escribe a su respecto el Sr. Williamson, que se roza con él cada día. ¡Doloroso eufemismo! De ese «encanto de muchacho» no se sacará ja­más nada de valor. Tal es el tenor del mensaje dirigido a la Madre Seton. Ahora bien, mientras su hijo mayor da vueltas a sus planes para dejar Italia, Ricardo es arrebatado de un entusiasmo súbido para ir a juntarse allí a su hermano.

El no puede, de todas formas., seguir más tiempo en la casa de finanzas del Sr. Tierman. El hijo del Director, que regresa de Europa, va a tomar de nuevo normalmente junto a su padre el puesto que temporalmente se había propuesto al joven Seton.

De nuevo Isabel manifiesta su angustia y su confianza a Antonio. ¿No encon­traría él entre sus amigos de Europa a alguien que pudiera ofrecer un puesto para Ricardo? Pero las perturbaciones políticas no facilitan mucho la marcha de los correos. Los meses que siguen no traen ya ninguna carta de Toscana. Ricardo ha vuelto junto a su madre. Cuenta ya 20 años. No tiene ninguna colo­cación. Y, bruscamente, a mediados del mes de agosto, Guillermo desembarca en Baltimore, sin ser esperado. Llega a Emmitsburg, portador de una carta de Antonio Filicchi para su madre. Ninguna ilusión es posible. El joven de 21 años se ha revelado lo que es: un muchacho sin valía, sin carácter. Antonio Filicchi no ha logrado hacer de él un subsecretario, pues la mano derecha de Guillermo está afectada, encima, por un temblor que no le permite copiar de manera acep­table las cartas de negocios. El ha tratado por otra parte, más de lo, que hubiera parecido deseable, con los jóvenes de la colonia inglesa de Toscana, con detrimen­to de sus convicciones religiosas católicas. En resumen, a pesar de toda la amis­tad que Antonio guarda fielmente a Isabel, y a pesar de su deseo de serle agrada­ble, él ha devuelto a Guillermo, deseándole, si es posible, más sólidos resultados en otra carrera.

Ahora bien, es evidente que el puesto de Guillermo no está ya en Emmitsburg. De nuevo, el joven anticipa su deseo personal de entrar en la marina. Para ob­tenerle un puesto en consonancia con su sueño, si no con sus cualidades, la Sra. Seton va a remover cielo y tierra, multiplicando gestiones sobre gestiones, pisoteando su amor propio y su orgullo natural. Antonio Filicchi, acepta, por otra parte, recibir a Ricardo a prueba y que se venga a Liorna, que intente su suerte. Daddy-Dick, en realidad, es solo un gran chaval, de una inconstancia que desarma. Cuando, sin embargo, es inminente su embarque confiesa que ha gas­tado totalmente el dinero de la pensión que le hace pasar el banquero americano de los Filicchi. No le queda nada más que unos dólares que había ganado para él su hermana Catalina, dando lecciones de piano. Sin hacerle reproches, Isabel y Kate se dan a la búsqueda, para procurarle nuevos fondos. A1 fin del año 1817, Guillermo obtiene su puesto esperado en la marina, y unas semanas más tarde Ricardo se embarca para Liorna. Una carta escrita a fines de febrero de 1818, viene a tranquilizar temporalmente a su madre respecto a él. Por el momento, Antonio Filicchi se declara satisfecho de su nuevo pasante.

Al comienzo del año nuevo, Guillermo ha recibido la orden de unirse en Boston al barco «La Independencia» al que ha quedado enrolado. Sale en fe­brero, asumiendo al mismo tiempo el papel de rodrigón, junto a su hermana Kate, a quien Julia Scott ha invitado a Filadelfia. Salida definitiva, esta vez, como la salida de Guillermo. Pera, ausente, el muchacho está presente siempre en el espíritu y en el corazón de su madre.

Yo me pregunto siempre -escribe ella el 5 de abril- ¿pero por qué ese querido pirata de los mares es para mí lo que hay de más querido? ¿Por qué mi corazón respecto a él, me domina hasta tal punto? He ahí lo que soy incapaz de decir… Me parece, mi Guillermo mío, que me estás más presente que mi propia alma, la tuya y su dulce recuerdo son verdaderamente la verdadera pa­sión de mi alma.

A las cartas de su madre, donde se expresa demasiado a menudo, sin duda, una ternura apasionada, de la que él no capta toda la profundidad, Guillermo res­ponde cada vez más raramente. No deja de ser consciente, por otra parre, de que sus actuaciones responden mucho peor todavía, a la delicadeza no sólo afectiva sino efectiva de la que él es objeto. La situación que le ha obtenido su madre, a precio de tantas penas, en el «Independencia a», no es ya de su gusto. Por sí mismo y sin tener cuenta de las personalidades a quienes la Sra. Seton había tenido que dirigirse para hacerle dar el puesto que ocupa, Guillermo pide su cambio. Quiere dejar Boston y se apaña otro puesto en una fragata que levará anclas más a menudo que el «Independencia».

El 1° de agosto, anuncia a su madre brutalmente que está en vísperas de embarcarse en The Macedonian, y de hacerse a la vela hacia el Cabo Hornos. The Macedonian debe surcar el Océano Pacífico durante dos años. El joven se declara loco de alegría con esta perspectiva y hace una nueva petición de fondos en vista de este viaje de navegación de altura, dando igualmente a entender que tiene necesidad urgente de ropa. Olvidando su propia tristeza, su propia inquietud con esta noticia inesperada, Isabel se pone sin dilación en búsqueda de bien­hechores que puedan ayudarle a encargarse de las expensas necesarias. Mons. de Cheverus cubre personalmente una parte de los gastos. Jamás ya -piensa ella­ volverá a ver a su Guillermo aquí abajo. Ella ofrece por él este último sacrificio.

Ten piedad de una madre -había escrito ella, un día, a Antonio y ruega por ella-, madre tan apegada a sus hijos por razones particulares como son las mías… ¡Yo sacrifico este apego tanto como puedo y El sabe bien, nuestro Dios, que es tan sólo por su alma por lo que me inquieto!

Ahora ella confiesa: Rogar y amar perdidamente, amar perdidamente y rogar es todo lo que la pobre madre puede hacer por sus seres queridos.

Ella, esta vez, les ha visto a todos marcharse uno después de otro. Dos están ya en la eternidad. Por Anina y Rebeca, la Madre Seton no tiene que temblar. ¿No han encontrado, ambas, a su dulce Redentor? Para Catalina, Emmitsburg sigue siendo todavía el punto de afecto. Pero la joven de 18 años se aleja, cada vez más, del convento de San José. Más personal que sus tres hermanos mayo­res, Kate, si ha oído la llamada del Señor, no responderá a ella sino después de haber experimentado en el mejor sentido de la palabra, la vida del mundo. Es una muchacha de valer, bien dotada, equilibrada. El amor que ella siente por su madre es profundo. Ella la rodeará hasta sus últimos días de una devoción efec­tiva dictada por un afecto filial pleno de delicadeza. Pero Catalina intenta guar­dar, en cuanto a su vida personal, una autonomía que Ana María, su hermana mayor, no había conocido. Julia Scott cuyo hogar está desierto desde la muerte de su hija y el reciente matrimonio de su hijo, se alegra de recibirla en Filadelfi:-i. Kate descubre allí el mundo con un entusiasmo juvenil que sigue siendo siempre de buena ley. En sus cartas, frecuentes, espontáneas, ella tiene a su madre al corriente del nuevo ritmo de vida que es el suyo, bien diferente, por cierto, del ritmo del convento de San José. Con ocasión del aniversario de Washington se dio en Filadelfia un gran baile. Kate recibió una invitación personal. Tuvo un gran deseo de responder. Razonablemente, sin embargo, creyó que sería des­viarse de unas normas recibidas, presentarse tan joven en una fiesta que había de prolongarse toda la noche. Ella, se contentó, pues, con ir a visitar la tarde precedente The Washington Hall, teniendo el placer de ver bailar a los que ya abrían la fiesta. Sus amigos la felicitan por saber dar prueba de tal voluntad. En realidad, la joven permanece atenta a los consejos de su madre. Dispuesta a vivir según su propia vocación, ella comprende por instinto, que no puede con­fiarse, no obstante, a su experiencia limitada. Durante algún tiempo todavía, osci­lará entre una docilidad, demasiado pasiva quizás, y la verdadera conquista de su autonomía en un comportamiento adulto. Escribe también a su madre, respecto a las lecturas: Tengo miedo de fiarme de mí misma; ya no te tengo cerca de mí para guiarme. Pero le da cuenta de las invitaciones que recibe en Nueva York, y toma, por sí misma, la decisión de responder a ellas. o duda en expresar su deseo de tener un poco de dinero, que gastar según sus necesidades y sus gustos. ¡No te puedes imaginar -insinúa ella cándidamente- lo que cuestan las más pequeñas chucherías en una gran ciudad!

A través de las cartas de Catalina, Isabel cree ver revivir la joven que ella fue. Como antaño Betty Bayley, Kate Seton gusta del baile, del tocador, de la lectu­ra. La Sra. Scott dice que me parezco enormemente a ti -escribe ella a su ma­dre-. Solamente que yo no me río tanto como tú te reías a mi edad.

Una pequeña ganancia, cuyo pago coincide con la carta de Kate, permite a Isabel enviarle sin dilación la suma necesaria para su viaje que ella hará por mar, bajo la tutela de Julia. La vida de Nueva York deslumbra un poco a la pensionista de ayer; pero sobre todo la vida de familia que descubre en casa de sus tíos y sus tías es para Kate una revelación. Si los Post la albergan de forma habitual, los Seton, los Craig, los Ogden y los Hoffman la acogen con la mayor gentileza. La puerta de Isabel Sadler, la de Catalina Dupleix le están abiertas. La vieja tía-abuela Charlton, la Sra. Startin misma, olvidando sus agravios fren­te a su madre, tienen a honor invitar a Catalina. Ni siquiera el salón de Enrique Hobart y su mujer queda sin hacérsele familiar, tan es verdad que, desde que su obra ha sido reconocida oficialmente, desde que su instituto ha sido llamado a tomar un orfelinato en Nueva York mismo, la Madre Seton, se encuentra re­habilitada a los ojos de la sociedad neoyorquina. María Post, que ha ido una vez más, en el mes de mayo de 1817, con su marido y su hija mayor a pasar unos momentos a Emmitsburg, no cesa ya ahora de hacer el elogio de White House y de la fundadora de las Hermanas de la Caridad americanas. El testimo­nio que es, en realidad, la vida de su hermana ha sido para María un motivo de reflexión cuyas conclusiones no se ha guardado sólo para sí.

Antes de su segunda estancia en la Montaña, el 15 de abril de 1817, escribía ella a Isabel: Con todas las dificultades y pruebas de las que ha sido abrevada tu vida, continúo pensando que eres más privilegiada que la común de los mortales. Yo creo en una Providencia que conduce todas las cosas y estoy más que segura que tú has sido siempre objeto de su particular solicitud. Ser capaz de estimar las cosas en su verdadero valor no puede ser efecto sino de un espí­ritu bien dirigido, rectamente conducido. Y plegue a Dios concederme a mí y a todos los que lo desean, esa gracia de llegar a ese estado de espíritu que per­mite estar libre en relación a todo lo que es objeto de confusión para todos los que, en el resto del mundo, no han llegado a eso, para actuar como tú actúas. María Post querría, ahora, que todos apreciasen como es debido tanto su lealtad como su alto valor moral. A Enrique Hobart, hecho obispo episcopaliano, no duda hacerle leer tal carta de Isabel. Enrique Hobart -al parecer- no hubiera tenido necesidad de ese testimonio para volverse de sus prevenciones frente a la Sra. Seton, y tal vez, inclusa frente al catolicismo. Sea de esta lo que fuere, Cata­lina Seton no encontrará en casa de él sino delicadeza y benevolencia.

A decir verdad, no es sino con ansiedad como Isabel recibe la noticia de la acogida calurosa, demasiado calurosa en su sentir, que su hija obtiene en Nueva York, en los medios hace poco tan violentamente opuestos al catolicismo. Por razonable y seria que sea Catalina, su madre teme para ella un peligro que no hubiera tenida de permanecer ella en el hogar de los Post, lo que prácticamente era imposible. Pues una confianza recíproca reina desde ahora entre las dos hermanas a las que tantas cosas,, sin embargo, habían separado hasta aquí, una ­confianza tan grande que la Madre Seton no tendría ninguna inquietud de saber a Kate acogida en el hogar de María después de su muerte, lo que ella ve ahora como inminente. María es demasiado leal para no respetar totalmente, para no proteger, llegado el caso, la fe de su sobrina, aunque ella no la comparta.

Impresionado por la valía de la Sra. Seton, el Sr. Bruté de Rémur, mucho menos al corriente de la mentalidad protestante que lo estaba Mons. de Cheverus, hubiera querido con gusto exhortar a María, hacia fines del año 1816, a estudiar la doctrina católica, a llevarla a compartir la fe de su hermana. En una carta, donde ella da prueba de un espíritu psicológico avisado, Isabel misma le disuade de proseguir tal gestión. Sería vana.

Su carta a mi hermana sería admirable -escribe ella al Sr. Bruté de Rémur- ­si el primer gran obstáculo de la ignorancia y de la indiferencia más airadas se alzara sobre este punto esencial: ¿Existe una Iglesia verdadera o una falsa Iglesia, una fe justa o una fe errónea? En realidad, ni usted, ni nadie, a menos de haberse encontrado personalmente en esa ignorancia o esa indiferencia, puede concebir su dimensión y su profundidad. Y poniéndome a mí misma, de nuevo por un ins­tante, en el lugar de mi hermana -incluso teniendo en cuenta la gran ventaja que tenía yo sobre ella- par haber sido apasionadamente afecta a la religión cuando ya era protestante, creo que no es su caso, imagino que leo su carta… Levantando los ojos con sorpresa, he aquí la que diría:

¿Qué es lo que este hombre puede realmente decir? ¿Querría decir, acaso, que todos los que creen en Nuestro Señor no están seguros en cuanto a su salva­ción eterna? ¿Si un pobre turco, si un pobre salvaje no tiene la fe, deben ser re probados por ello? ¿Hacen de Dios un ser misericordioso, en verdad, si El debe condenar a sus propias criaturas por esa única razón de que sus padres les pu­sieron en el mundo, de este lado de la tierra o del otro?

Para los que, desde siempre, están habituados a no ver sino las pequeñas cosas que les impresionan exteriormente, como lo son la forma de vestirse y la actitud calma de los cuáqueros, una manera de predicar, dulce y entusiasta en los metodistas, un concierto de voces suaves en los anabaptistas u otras cuchu­fletas de este género, el pensamiento de una f e justa o de una f e errónea, de una verdadera Iglesia a de una falsa Iglesia, no les cruzaría jamás el espíritu, si no es quizás en un caso por ciento. ¡Oh, Dios mío! Mi corazón late y desfallece ante Aquél que está aquí presente en el tabernáculo, mientras le pregunto: ¿Por qué estoy aquí yo? Yo, tomada; ellos dejados.

El Sr. Bruté de Rémur suscitaba, a la vez, un problema delicado y complejo, al que su época no había de dar respuesta adecuada. El bretón de fe robusta Puesta desde su niñez ante el testimonio de sangre que los de su raza no dudaban dar para afirmar aquella fe personal y ancestral, concibe más fácilmente la existencia del odio en los enemigos de Cristo, que la indiferencia práctica frente a tal problema en unas almas de buena voluntad que han recibido el bautismo. La Madre Seton que ha vivido en el medio curiosamente conformista de las co­munidades protestantes de su época y de su país, Presiente más las dimensiones del problema. Ella percibe, como por instinto, que un proselitismo a menudo in­considerado, no tendrá más captación sobre los cristianos separados que la que puede tener la coerción, cualquiera que sea el nombre con que se trate de camu­flarla. El Problema la sobrepasa. Ella lo reconoce. Ella ha recibido de Cristo más que otros. Misterio de la elección divina. Ella no concluye de ahí, sin em­bargo, que los otras estén excluidos de la salvación eterna. Ya no piensa que es necesario, frente a tal misterio, refugiarse en una especie de fatalismo, que se desinteresaría prácticamente de los que se encuentran fuera del redil del que ha hablado Cristo. El Pensamiento sobre los no bautizados, el pensamiento sobre las almas en Peligro de perderse eternamente, se convierte, al contrario, en un verda­dera motivo de angustia.

Oh, si va fuese luz y vida como usted -escribirá al Sr. Bruté de Rémur -uno o dos años más tarde- yo revelaría, rugiría, suspiraría y, al mismo tiempo, yo me callaría hasta que hubiese bautizado un millar y arrancado al infierno esas pobres víctimas. Pues bien, va usted a responderme ¿por qué entonces, señora, vuestro celo no extiende su fuego a través de su pequeña esfera? -Tiene usted razón, pero, reglas, prudencia, sujeciones, opiniones, etc., muros terribles Para un alma ardiente y orgullosa como la mía, pues yo soy semejante a aquel caballo brioso que poseía cuando era niña. Intentaba domarlo haciéndole tirar de una carreta, y la pobre bestia se quedó tan humillada que ni golpes de fusta, ni cari­cias le hicieron ya nada jamás y acabó por perecer, reducido a estado de esque­leto… Pero usted y el Sr. Cooper podrían consumirse por completo, a sabiendas, y, después de estar consumidos, ser enviados todavía vivos a la gloria del Reina. ¡Hasta el momento en que ese Reino venga! Cada día, pregunto a la «bestia» de mi alma, qué hago yo, por ese Reino, en mi pequeña esfera  y no veo otro quehacer que sonreír, acariciar, ser paciente, escribir, orar y esperar, ante El. ¡Oh Dios mío bendito, que venga tu Reino!

Por: Marie-Dominique Poinsenet.
Publicado en CEME, 1977

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