Isabel Seton, la biografía: 23 – Un brocado de oro

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Volveré mi mano contra ti,
purificaré en el crisol tus escorias,
y te desprenderé de toda ganga.
Is 1, 25

Si pues el Sr. Flaget, al dejar Francia en julio de 1810, no había podido traer a América a las tres Hijas de la Caridad, cuya llegada esperaba el Sr. David, con todo, no volvía solo. Le acompañaba un nuevo sulpiciano, que se había hecho distinguir ya en su país por su carrera brillante, que había abandonado brus­camente. Gabriel Bruté de Rémur era hijo de un abogado en el Parlamento de la Bretaña. De muy niño había visto de cerca las escenas trágicas de la Revolu­ción, ya que las salas del palacio de justicia de su ciudad natal albergaban el tri­bunal de sentencias arbitrarias y sin apelación. La morada de los Bruté de Rémur estaba contigua al palacio de justicia, lo que no impedía que el abogado escondiera entre sus muros mismos a sacerdotes refractarios a los que de inme­diato ayudaba a evadirse.

Pasados los días del terror, el joven Gabriel emprende sus estudios de medi­cina, primero en Rennes y luego en París. Tiene por condiscípulo y amigo a René Laénnec, y trata al mismo tiempo con el abate Tesseyre, a quien ayuda voluntariamente en sus obras de caridad. En 1802, Gabriel Bruté que se clasifica como primero en el concurso general de medicina, se ve distinguido con el premio Corvisart. En este mismo concurso, René Laénnec obtiene el segundo puesto. Al año siguiente Gabriel Bruté de Rémur es doctor en Medicina. Napoleón ha pues­to los ojos en él. Le hace ofrecer un puesto de todo punto interesante en uno de los hospitales de París. El joven se niega. Bruscamente abandona la carrera mé­dica en la que se le prometen todos los éxitos. Pide y obtiene su admisión en la Compañía de San Sulpicio. Allí reanuda otros estudios y adquiere en pocos años una cultura teológica amplia y profunda. Ordenado sacerdote en 1808 vuelve a Rennes en calidad de profesor del Seminario Mayor y entra en contacto con los hermanos Lamennais que apelan, si se presenta el caso, a su erudición. Sin embargo, él no cesa de pensar en las misiones lejanas. En 1810, se encuentra con el Sr. Flaget, durante la corta estancia que efectúa en Francia el obispo pre­conizado de Bardstown. Pide y obtiene la autorización de partir para el Nuevo Mundo. Tiene 31 años cuando llega a América. Veintitrés años más tarde, será designado para fundar en Indiana, la nueva diócesis de Vincennes. «Es el hombre más sabio de América», dirá de él John Adams, el segundo presidente de los Estados Unidos.

El juicio que tiene sobre él el Sr. Flaget, unos meses tan sólo después de .;u arribo a Maryland, merece ser citado a causa de la luz que proyecta sobre ciertos hechos desconcertantes a primera vista: El piadoso y modesto Sr. Bruté había atraído la atención de todo el mundo y ganado los corazones de todos aquellos que se le acercaban: conserva todavía su carácter y espero, con la gracia de Dios, que él no hará más que ganar a medida que sea conocido. Temo, sin embargo, su imaginación que le lleva siempre a querer encontrar la perfección en todo lo que le rodea y a suponerla en todas partes donde no está él en persona. Sus ideas verdaderamente extravagantes son para él una fuente de dolor espiritual y corporal, y de disgusto. La carta donde se dan tales precisiones está dirigida -II Sr. Garnier, con fecha del 15 de septiembre de 1810. Es cierto que la imaginación y la fogosidad del Sr. Bruté de Rémur velarán, incluso a los, ojos de sus coher­manos, su verdadera fisonomía, y darán origen a serios malentendidos.

Notablemente inteligente, de una asombrosa rapidez de pensamiento, aquel hombre va a encontrar una insuperable dificultad para expresarse correctamente en la lengua inglesa. Durante años, deberá recurrir a la ayuda de una secretaria bastante aguda para comprender su pensamiento, bastante familiarizada con am­bas lenguas para no traicionar ese pensamiento.

Esa secretaria será la Madre Seton. Una ayuda espiritual de una calidad ex­cepcional así como de una envergadura poco común le es deparada con este hecho por la Providencia desde entonces hasta su marcha para la eternidad.

El Sr. Bruté de Rémur vino a efectuar en Emmitsburg una estancia relativa­mente corta durante el verano de 1811. Se atrajo inmediatamente la estima de las Hermanas de San José, a pesar de la forma inverosímil de expresarse. De prime ras, la Madre Seton le propone darle unas lecciones de inglés. La imitación de Cristo les servirá de libro de ejercicio. De la traducción al comentario no habrá distancia. Los cambios de opinión en el plano sobrenatural, harán nacer rápida­mente entre la superiora americana y el teólogo francés una amistad profunda. En 1812 tan sólo, es verdad, vendrá el Sr. Bruté de Rémur a ayudar al Sr. Du­bois en Emmitsburg. Pero desde el verano de 1811, la Madre Seton presiente cl apoyo sólido que encontrará en tal consejero. Muy pronto, por su lado, el Sr. Bra­té otorgará a la Madre Seton la confianza que ella merece y sabrá dar al joven instituto lo mejor de sí mismo.

Así, pues, es como con extraordinaria fortuna, van a poder ser puestas a estu­dio las reglas, discutidos los problemas -particulares y generales- intentadas las experiencias, dentro de una atmósfera de libertad de espíritu y de tranquilidad. Entre el nuevo Superior y la Madre fundadora es posible el diálogo, al que las Hermanas mismas podrán ser asociadas. La dilación prudente de Mons. Carroll produce ahora sus frutos.

Un hecho se impone, desde el comienzo, a todo examen atento: incluso antes de tener en sus manos las reglas copiadas en la casa madre de las Hijas de la Caridad de París, la joven comunidad había hecho suyo el espíritu de esas re­glas. Desde el primer ensayo de vida común en Baltimore, en 1808, la espirituali­dad del Sr. Vicente había inspirado todas las decisiones asumibles lo mismo que la forma de vivir, de organizarse, de darse a las obras de misericordia como a la oración. Es por lo que Isabel se complacerá en subrayar más de una vez que no había ninguna disonancia entre los textos primitivos, a los que podían referirse ahora, y el espíritu que marcaba a la Comunidad.

El acento, sin embargo, se ponía, aquí o allí, de forma diferente. Si el nuevo Instituto nacido en los Estados Unidos pensaba como antes de ser eventualmente abrazadas todas las obras a las que se dedicaban en Europa las Hermanas de San Vicente de Paúl, no había de seguir siendo menos la primera de las obras confiadas a las Hermanas de América la enseñanza y la educación de la juventud, especialmente de la juventud femenina. La primera casa abierta en Baltimore y cuya existencia se proseguía en Emmitsburg, estaba destinada ante todo a las hijas de la clase acomodada. Incluso desde que había nacido en el Valle -con la admisión de las niñas del pueblo- la primera escuela parroquial de los Estados Unidos, las Hermanas de San José seguían recibiendo en mayor número pensio­nistas cuyas familias asegurasen la escolaridad y cuya educación debería preparar lo que naturalmente llamaríamos hoy cuadros (sociales). Las Hijas de la Caridad daban, personalmente, la prioridad a las niñas indigentes, a los enfermos, a «nues­tros amos los pobres». La educación, la enseñanza de las niñas no venía sino a continuación, en la medida en que esa forma de apostolado permitía, en suma, dispensar a los desheredados con el pan del cuerpo el de la inteligencia. Sin duda la Madre Seton verá, en vida, abrirse los primeros orfelinatos confiados a sus hijas. La obra de educación simple y pura seguirá siendo el primero de los fines apostólicos perseguidos por su instituto. Y esto como consecuencia de unas ne­cesidades que se mostraban diferentes entonces en la vieja Europa o en la joven América.

Por real que fuera tal divergencia no era, en absoluto, como para impedir la unión proyectada, en tanto que esa unión aportaría a las hijas de la Madre Seton, para el presente y el porvenir, una ventaja de gran precio: el de encontrar una congregación femenina unida a unos sacerdotes o religiosos cuyo fundador era el mismo que el suyo. Las Hijas de la Caridad podían reivindicar con el mismo título que los Sacerdotes de la Misión la paternidad del Sr. Vicente. Un mismo espíritu animaba a las dos sociedades por él fundadas. Lazos estrechos las unían. Que la pequeña comunidad de Emmitsburg fuera incorporada canónicamente a la gran familia vicenciana y quedaría asegurada para su futuro una garantía de fuerza y de estabilidad. Los sacerdotes de la Misión no han llegado todavía a los Estados Unidos. El primer grupo no desembarcaría hasta 1816, para responder a la llamada de Mons. Dubourg, precisamente quien en tal fecha, ocupará la sede episcopal de Nueva Orleans, en la Luisiana, convertida desde 1803 en uno de los Estados Unidos Americanos 1.

1. La Luisiana descubierta por los franceses en el siglo acvii, había formado parte del dominio colonial francés antes de convertirse en uno de los Estados Unidos de América en el momento en que Bonaparte la cedió a los Americanos en 1803. Es lo que explica que la ciudad de Nueva Orleans hubiera sido provista de sede episcopal desde 1793.

Era evidente, por otra parte, que, por el hecho mismo del fin propio perse­guido por la sociedad fundada por el Sr. Olier, el cargo de Superior eclesiástico frente a las Hermanas, solamente podía ser confiado temporalmente a uno de los miembros de la Compañía de San Sulpicio. Muchos incidentes diversos hacían, a decir verdad, bastante complejo el problema de la unión inmediata de las Hermanas de América y de las Hermanas de Francia en el momento del nom­bramiento del Sr. Dubois.

Mons. Carroll no quiere precipitar nada tampoco en este terreno. Mons. de Cheverus, consultado, se mantiene personalmente en reserva. En cuanto al Sr. Du­bois no ve ninguna necesidad de «sobreponerse a la Providencia». El está situado mejor que cualquiera para emitir un juicio objetivo sobre el joven instituto como sobre cada uno de sus miembros, ya que es el único, entre aquellos señores de San Sulpicio, que está en contacto directo con la Comunidad, en Emmitsburg mismo, que se le acerca diariamente, que ve vivir a las Hermanas, el único que sorprende las reacciones que suscitan su presencia y su apostolado entre los ha­bitantes del Valle.

Desde la salida del secretario del Sr. Flaget para Kentucky, la vida de las Hermanas de San José había tomado su curso normal. La borrasca, en lugar de desarraigar una obra tan frágil todavía, parecía haber permitido a sus raíces hacerse más profundas y más fuertes. Un recobro de vitalidad había sido su conse­cuencia. Precioso índice del espíritu sobrenatural tanto de la Madre Seton como de sus hijas. Que la Madre Seton fuera calificada con preferencia a toda otra para permanecer a la cabeza del instituto era para el Sr. Dubois igual que para Mons. Carroll la evidencia misma. Sus antecedentes la señalaban a los ojos de las familias de las alumnas como una mujer de gran experiencia, bien al corrien­te del delicado problema que provocaba, en el interior de un país protestante en su conjunto, el catolicismo americano. El hecho de que fuera madre de fa­milia y persistiera en considerar sus deberes hacia sus hijos como imperiosos y primordiales, le atraía entre sus compatriotas las más sólidas simpatías. ¿Resulta, pues, a propósito, en este preciso momento, suscitar de nuevo el problema de la unión de la comunidad a la Compañía de las Hijas de la Caridad? Mons. Carroll no ve su necesidad. Consultado a su vez Mons. de Cheverus responde a la Ma­dre Seton en estos términos: Comparto la opinión del Sr. Dubois respecto a la oportunidad para vuestro establecimiento de permanecer independiente de las Hermanas de la Caridad y de continuar siendo simplemente una casa de educa­ción para las jóvenes.

La cuestión sigue todavía pendiente al fin del verano del mismo año. Prueba, esta carta dirigida por Isabel a Mons. Carroll, con fecha del 9 de septiembre de 1811:

Usted sabe, mi venerado Padre, todo lo que ha pasado, desde mi primera unión con esta casa hasta el momento presente: tentaciones, pruebas y todo… Actualmente, dejo todo a los pies de Aquél a quiere adoro, abandonando toda con sideración y también todos mis intereses en sus manos de usted, que es su repre­sentante, a fin de que decida de mi suerte.

Las reglas propuestas, son idénticas casi, a las de las Hermanas de Francia» según el manuscrito original. Yo no he tenido jamás un pensamiento que estu­viera en desacuerdo con ellas, tan lejos como mi pobre capacidad pueda juzgar, en observarlas de cerca. Las constituciones propuestas han sido discutidas por nuestro reverendo director y veo que hace respecto a ellas unas observaciones en lo que concierne a mi situación. Pero, ciertamente, no se trata de considerar a una persona en cuanto tal, cuando está en causa el bien general. Vd. sabe que estoy dispuesta a hacer todos los sacrificios que son compatibles con mis pri­meros deberes, inherentes a mi cualidad de madre. Suplicaré al P. Dubois que tenga la bondad de no ocultar nada de mis disposiciones, pues las conoce bien. Ciertamente -por cuanto yo pueda conocerme a mí misma- esas disposiciones le son conocidas, como lo son de Dios.

Tomando a su cuenta la imagen de simple y total disponibilidad expresada en el Salmo 123, 2, había afirmado anteriormente a George Weis: Tengo las manos y los ojos levantados a la espera de la adorable voluntad. La única palabra que tengo que decir a cada cuestión es: «yo soy madre», a cualquiera que sea lo que la Providencia espere de mí, dado que sea compatible con esta cláusula, yo digo AMÉN a todo.

El 11 de septiembre, sin embargo, Mons. Carroll le dirige una larga misiva que es un evidente preludio a la aprobación oficial de las reglas mismas. Es para él una especie de confusión -afirma ante todo el arzobispo- tener que sancionar definitivamente una regla de vida religiosa, gracias a la cual almas consagradas, en gran número podrán marchar por el camino de la auténtica perfección. Esta aprobación, la dará, no obstante, y la da desde ahora, con la condición, sin em­bargo, de que las constituciones que él tiene ante sus ojos, habiéndoselas enviado el Sr. Dubois, sufran las modificaciones sugeridas por el Sr. Dubois mismo.

Mons. Carroll no oculta, por otra parte, su real satisfacción de saber que, aquellos señores de San Sulpicio han encontrado afortunadamente una solución sobre todos los puntos importantes en que se hubiera podido tener una divergencia de opinión. Pues, en lo concerniente a los detalles de una vida de comu­nidad que dependen precisamente, no sólo del superior de la comunidad, sino más todavía de la Madre Superiora, el arzobispo deja a quien tenga derecho el cui­dado de decidirlo, con su mayor confianza -asegura él- de que no ha de faltar la luz del Espíritu Santo.

Instruido por las experiencias pasadas, atribuye la máxima importancia al punto siguiente: que se otorgue a las Hermanas, no solamente en general, sino a cada una en particular, todo lo que se requiera para la tranquilidad de su con ciencia, supuesto, sin embargo, que tal amplitud no cause ningún perjuicio a la vida de comunidad. Este punto -insiste él- deberá quedar explícitamente de­terminado.

Que no hubiera, por lo demás, otros vínculos que los de la caridad entre las Hermanas de San José y la Compañía de San Sulpicio, a Mons. Carroll le parece una afortunada determinación. Los intereses de aquella compañía, como su administración y su gobierno, son una cosa, los de la comunidad de las Hermanas de Emmitsburg, son otra. Confundirlos o simplemente someterlos a un único con­trol, no podría ser más que una fuente de inconvenientes par una y otra parte. Y el arzobispo precisa su pensamiento: Ninguno de los miembros de la Com­pañía de San Sulpicio -aparte de vuestro superior inmediato- que resida cerca de ustedes, ha de inmiscuirse en el gobierno o en los asuntos de la comunidad, de no ser el superior del Seminario de Baltimore, en casos excepcionales y muy raros, pero la Compañía en cuanto tal, no.

He aquí lo que clarifica singularmente la situación, tanto que hasta Mons. Ca­rroll quiere subrayarlo: de él es, en última instancia, de quien depende toda co­munidad establecida en su diócesis. En cuanto a la situación excepcional de la Madre Seton, ella exige efectivamente que se tome en consideración. Por el mo­mento, el obispo piensa apoyarse en los principios generales fundados en la jus­ticia y en la gratitud. Dicho de otro modo quiere que se atengan al statu quo. Habrá tiempo de reconsiderar el problema cuando unas nuevas circunstancias lo obliguen. Entretanto, desea con todas sus ansias el día en que sean puestas en vigor las constituciones, pues, hasta ese momento, es difícil a las Hermanas dar los pasos ordinarios, no teniendo todavía para comprometerse a ello resuelta­mente un camino bien trazado. Por fin, asegura a la Madre y a sus hijas sus ora­ciones para que se desarrolle la obra tan importante de la educación que será y deberá ser por mucha tiempo todavía su obra principal, v siempre su obra de predilección.

Y precisa su pensamiento sobre este punto: «Un siglo, al menos, ha de pasar, antes que las necesidades v las costumbres de este país reclamen o tan solo con­sientan admitir obras de caridad que se ejercerían para con enfermos y exigirían cierto número de Hermanas fuera de nuestras grandes ciudades. Es por lo que necesitáis considerar el quehacer de la obra de educación como un fin arduo, caritativo, inherente a las obligaciones de vuestra vida religiosa».

Con toda evidencia, Mons. Carroll desea ver a la comunidad de Emmitsburg guardar su autonomía, no solamente frente a los Sulpicianos, sino también fren­te a las hijas de la Caridad del Sr. Vicente. El explicitará su pensamiento en una carta escrita el 17 de septiembre de 1814: El proyecto que quería que la funda­ción de Emmitshurg se hiciera una sola con la sociedad de San Vicente de Paúl fue pronto abandonada providencialmente, por razones que surgieron del hecho de la distancia, de las costumbres, de las maneras de vivir diferentes en los dos países, Francia y los Estados Unidos.

Ya el 17 de octubre de 1811, Mons. Flaget mismo confiesa en una carta es­crita al Sr. Bruté de Rémur que teme ahora, más que espera -en las circuns­tancias actuales- la llegada de las Hermanas de Burdeos. Valdría más -dice- informarlas, si hay tiempo todavía, de la poca esperanza que hay de dedi­carse aquí a los hospitales; y si, una vez prevenidas, ellas desean venir, no ten­dríamos nosotros nada que reprocharnos.

En realidad, al fin del año 1811 las conversaciones entabladas para la fusión quedan suspendidas. Así mismo, las tres Hermanas francesas reciben de Napoleón la negativa sobre la autorización reaqerida para alcanzar América. Por circunstancias, como por la opinión motivada del arzobispo de Baltimore, la Providen­cia había llevado a la Comunidad de Emmitsbure a tomar existencia propia. Más tarde, cuando el Instituto haya dado prueba en los Estados Unidos de una vita­lidad tan pujante como fecunda, el proyecto abandonado por una cuarentena de años, volverá a tomar cuerpo y será llevado hasta su realización.

Si las primeras hijas de la Madre Seton guardaban su título personal de Her­manas de la Caridad de San José no profesaban menos a San Vicente y Luisa de Marillac un culto enteramente filial, impregnado de gratitud. El gran santo de Francia y su colaboradora -que no estaba aún beatificada- seguían siendo sus patronos, así como el modela a quien gustosas se comparaban. Pronto, además, van a poder leer todas, en su propia lengua, la vida del Sr. Vicente y de la Seño­rita Le Gras, traducida en atención a ellas, por la Madre Seton misma. El espíritu vicenciano había presidido la elaboración de las reglas destinadas a las Hermanas americanas. Allí quedará inscrito entre líneas.

El 17 de febrero comienza el retiro. Su predicador es el Sr. Dubois. El explica a las Hermanas que las reglas, aprobadas, quedarán a prueba durante un año entero. Pasado ese plazo, las Hermanas serán admitidas a pronunciar sus votos.

Menos de seis semanas más tarde, la más joven de entre ellas pronunciaba, sin embargo, sus votos en su lecho de muerte. Era Sor Anina Seton. Hubiera cumplido 17 años el mes de mayo siguiente.

El verano de 1811 había señalado para la joven un cambio tan decisivo como brutal. Dos cartas habían llegado, una después de otra, a Emmitsburg durante el mes de junio. La una, de Nueva York, venía de María Post. Anunciaba la muerte súbita del tío de Guillermo Bayley, en cuya casa Isabel había pasado con su her­mana, los años más dichosos de su infancia. La otra llegaba de la Guadalupe. Después de un silencia de diez meses, Carlos Dupavillon daba parte a la Madre Seton de sus esponsales con una joven encontrada en su isla lejana.

¿Cuál iba a ser la reacción de Ana María? Es, ante todo, para ella, como un golpe inesperado que la anonada y que su madre, demasiado fácilmente quizás, quiere interpretar como un acto de fría razón, a la verdad poco en proporción con el carácter y la edad de la adolescente. Mi Ana -confía ella a Julia Scott el día 10 de julio-, ha sufrida esta prueba con la conclusión razonable y calma que no podía ser sino una feliz liberación de perder un corazón que no tiene siquiera conciencia de su propia inconstancia. El joven Dupavillan a quien ella había dado su loquillo corazoncito, ha encontrado, a su vuelta, en su familia y en sus dominios a alguien que le ha atrapado y le ha hecho perder el ansia de disponer de toda para su retorno hacia mi querida. Pues bien, ¡todo es mejor así! Doy gracias de verla quedar tranquilamente conmigo, pues temía la separación -por corta que hubiese sido- y haya renunciado a la imprudencia de trabar relaciones tan joven y con tan poca experiencia.

No parece cierto que un razonamiento tan sabio, tan docto, tan conforme so­bre todo con los secretos deseos de su madre, sea el razonamiento de Anina. Una vez más, Isabel proyecta sobre su hija mayor su propia forma de juzgar y de sentir. Extraño espejismo por el que su ternura inquieta y orgullosa se deja seducir sin que tenga siquiera conciencia de ello. Demasiado pronta para tomar sus de­seos por realidades, en lo concerniente a Anina, la hija de su alma, ¿no se engaña en cuanta a los verdaderos sentimientos que bullen aún en el corazón de la adolescente?

Anina está tan tranquila como el gato en su rincón -escribía a Julia Scott en el mes de octubre de 1811-. Se han calmado todos los torbellinos de su sensibi­lidad. No ha recibido cartas de Carlos desde que te escribí, es decir, desde el 20 de julio, toma la cosa fríamente, apaña nueces, frutos secos, participa en todos los juegos de las pensionistas de casa y parece haber abandonado todo a Aquél que sabe mejor que nosotros… Parece -dice su madre- que no se atreve a afirmar de todas maneras que la aventura quede cerrada definitivamente, como ella hu­biera deseado. ¡Es verdad -prosigue- que su querido puede volver en el mo­mento que ella menos .re lo espere!

El superromántico Sr. Babad, personalmente, veía terminarse la aventura de otra suerte. Nada de cartas a Carlos -escribía a la Madre Seton en el mes de enero de 1811-. Y le comentaba el silencio del joven: así habían sucedido las cosas para Enriqueta. La dolorosa decepción que ella había experimentado del abandono de su novio voluble, Andrés Bayley, la había inducido tan rápidamente hacia el Señor que no había tardado en ganar su eternidad… A situación pare­cida -concluía el Sr. Babad- Dios reservaba, tal vez, desenlace parecido. Isabel no había atribuido, sin embargo, importancia a la siniestra conclusión, que nada justificaba entonces razonablemente. Ella hubiera tenido más bien tendencia a apoyarse, temiéndola mucho, en la fidelidad del amor que Carlos Dupavillon daba a Anina.

Sea de ello lo que fuere, apenas habían transcurrido unas semanas desde la fatal noticia, cuando la joven en una brusca media vuelta descubre de súbito una vocación religiosa. Acaba de cumplir 16 años. ¿Quién le ha dictado esa nueva decisión? ¿Las circunstancias? ¿El enfado? ¿La influencia de su madre? ¿La gra­cia de Dios? Un hecho es cierto: Mons. Carroll y el Sr. Dubois no han puesto su veto a la entrada de la nueva postulante en el convento de su madre. Y son hombres de juicio y de buen sentido.

Otro hecho: Una vez admitida entre las Hermanas de San José, Anina parece encontrar de nuevo la paz interior, el equilibrio, la alegría. ¿El amor de su madre se había mantenido siempre por delante de su amor, verdaderamente auténtico, a Carlos Dupavillon? ¿O bien su verdadera vocación era fielmente una llamada segura a la vida religiosa? ¿Quién puede decirlo? Físicamente ella está ya gra­vemente atacada, sin que nada parezca descubrirlo. Suponiendo incluso que su sufrimiento profundo, con la noticia de los esponsales de Carlos, hubiera podido acelerar para ella la crisis final, es necesario admitir que desde 1810, aún sin saberlo nadie, la tuberculosis minaba a la adolescente entonces mismo, cuando ella parecía respirar salud. El mal hereditario de los Seton, sin duda ninguna. Pero aún cuando ciertamente Ana María no hubiera estado predispuesta a tal enfermedad, hubiese sido maravilla, habida cuenta de la higiene y de la asepsia de la época, que una niña de 9 años, que había compartido durante varias semanas -¡y en qué condiciones!- la habitación donde su padre se moría de tisis, no hu­biera quedado contagiada. También Enriqueta, tal vez, había muerto de tubercu­losis, y las dos jóvenes estaban siempre juntas en Emmitsburg.

De ese mal que la mina, Ana María, sin embargo, nada sospecha todavía ca este mes de julio de 1811. Con la misma fogosidad, la misma juvenil pasión que ponía el año pasado en perseguir el amor humano, se lanza ahora por el camino de la perfección, de la austeridad del noviciado. Se acabó el tiempo en que se complacía descifrando en secreto las notas en las que Carlos le confesaba su ternura. Se acabó el tiempo en que por parecer más elegante, más a la última, la joven se aplicaba a procurarse un talle fino. Ana María se quiere ahora entre las más generosas de las Hermanas de San José. Participa con ellas en las, comi­das de la comunidad. ¡No importa si lo ordinario es más frugal o más abundante que lo de las pensionistas! Toma su turno de aguadora, su puesto a la orilla del río cada uno de los días de colada. ¿Y la fatiga? La quiere ignorar. El alegre ardor que la impulsa oculta el exceso de los esfuerzos que se impone. Las cartas mismas que escribe a sus amigas de ayer proclaman la alegría de su corazón.

A una de las jóvenes que trataba poco ha en Baltimore le asegura: «Tengo alma esperanza de que después de haber visto un poquito del mundo y tras de haber experimentado su nonada, vendrás a aquí para terminar tus días con Sor Anina, en la Comunidad de San José…» Y a otra: «Cuando tengas ya bastante del mundo ese, no desespero de verte venir a juntarte a tu monjita, aunque sea indigna de ese nombre». Afirmaciones sinceras, admitámoslo. También en ese plan Ana está falta de experiencia. Está permitido Pensar, en efecto, que las motivaciones de la vocación de Sor Anina se habrían revelado a un examen serio, como una aleación que hubiera sido necesario comprobar antes de admitir a la postulante en el noviciado y a la novicia a pronunciar sus votos. A falta del examen canónico actualmente requerido sabiamente por la Iglesia, sólo el tiempo puede, en un caso como el suyo, servir de criterio, tanto a la interesada como a su entorno, para juzgar la autenticidad de una vocación religiosa. Pero a la hija mayor de la Madre Seton Dios no le dejará tiempo…

En octubre, una racha de gripe pasa sobre Emmitsburg. Ana María y su hermano Guillermo son los primeros atacados. El estado del muchacho se hace pronto alarmante. La fiebre sube. Guillermo es puesto en las manos competentes de Sor Susan en la enfermería del Monte Santa María. Sor Anina está menos afectada que su hermano, pero una tosecilla seca comienza a desgarrarle, por momentos, el pecho. Ana está en el rincón del fuego agotada por la fiebre, y mi Guillermo, en la Montaña, aún peor que ella… -escribe Isabel- que se siente a sí misma consumida física y moralmente. Un nuevo brote de furunculosis acaba por extenuarla. Ella experimenta a su nropia costa, que el cúmulo de unos de­beres tan Pesados como los de fundadora v los de madre de familia, multiplican para ella tanto la fatiga como la ansiedad y las responsabilidades. Y, sin embargo, ella afirma tranquilamente a la Sra. Chatard: Yo digo que Dios nos ama, v jamás he estado más tranquila que durante el tiempo de esas pruebas exteriores. Ella precisa: sus hijos son buenos hijos. Si Dios se los quitase ahora, sabe que están en el buen camino. Su madre no tendría más que seguirlos. Todas las Her­manas -añade- han tenido que pasar a su vez una temporada en la enfermería. El Señor, sin embargo, ha sido bastante bueno para permitir que el trabajo co­rriente se Prosiga. La carta está fechada el 6 de noviembre de 1811. Luego, Anina se repone. Pero continúa tosiendo. Sus mejillas han recobrado los colores. Demasiados colores, bajo sus ojos, demasiado brillantes, se dibuja un cerco azul. Su madre no puede ya desde ahora alejar de su espíritu el presentimiento que la obsesiona. Anina va a seguir a Enriqueta y a Cecilia.

Ya que Mons. Carroll, al dar la aprobación de las reglas, ha estipulado que la superiora actual de San José puede y debe continuar ocupándose de sus hijos, Isabel se ingenia en rodear de cuidados y de ternura a su hija mayor, quien tampoco es juguete de su estado. No es ya cuestión para Anina de seguir con todo su rigor el ritmo de vida de la comunidad. Le es necesario, ahora, para obedecer las prescripciones del médico, aceptar horas suplementarias de sueño, alimentación más substanciosa, dar largos paseos a través del campo. Su madre la acompaña siempre que puede. Ambas parten, a caballo, cabalgando lentamente por el soto a la largo de los arroyos, a través de las praderas. La fronda de los grandes robles es de cobre rojo, llameante. Las hayas se visten de púrpura igual que pavesas. La larga cadena de las Montañas Azules se esfuma en el horizonte.

El pensamiento de Anina y de su madre junta a todos aquellos que ellas han dejado para venir a Emmitsburg, a todos aquellos con quienes querrían compar­tir ahora las alegrías que ellas gozan aquí. ¡Qué lástima que Isabel Sadler y Catalina Dupleix no puedan ver nuestra montaña y sus cielos luminosos; oír el rumor de nuestros telares que giran o el tintineo de nuestra campaña; sonreír, al contemplar la ruidosa desbandada de las alumnas a la salida de clase, después de las horas lectivas. Practicar la equitación sobre viejos caballos del país, que es un remedio soberano contra los reumatismos! Tales líneas son dirigidas a Nueva York, a la hora en que, sin hacerse la menor ilusión, Isabel y su hija afrontan su próxima separación. A menudo, en sus excursiones, evocan la eter­nidad donde Dios las espera y, reunidas para siempre, las colmará de su amor.

Ha llegado diciembre, con el frío, la nieve, la escarcha. Anina no deja ya la habitación. Tose cada vez más. Un día de ese mismo invierno, Rebeca se cae corriendo sobre el hielo. Caída brutal, que no parece, con todo, tener, conse­cuencias inmediatas. En realidad, la chiquilla de 9 años no se ha atrevido a con­fesar, que desde esa caída siente un dolor en la cadera que la hace muy penosa la marcha. Deseo de no alarmar a su madre cuyas preocupaciones y fatiga percibe. Miedo igualmente de verse instalada en la enfermería de las Hermanas, para estar bajo la guardia de Sor Susana, en lugar de seguir compartiendo la habita­ción de su mamá. Cuando al cabo de unos meses, descubra el Dr. Post el mal que había ocultado la niña, será demasiado tarde para atajarlo.

El estado de Anina se agrava rápidamente. Como lo había hecho ocho años antes, durante las semanas que precedieron a la muerte de su marido, en Liorna y en Pisa, Isabel consigna día a día las conversaciones que prosigue con Ana María.

Todo el mundo -le dice un día la enferma- va a pensar en Baltimore, que la causa de mi enfermedad es la decepción. Eso es una mortificación para mí, pero nuestro querido Señor sabe bien cuánto se lo agradezco… El sabe cuánto temor tenía de estar obligada a mantener mis tontas promesas. A la verdad siem­pre quedará una duda, sobre ese temor de Anina. De todas formas, ella muestra desde ahora, frente al sufrimiento, una fuerza de alma poco común. Según la terapéutica, entonces en uso, se la introduce en el costado, a guisa de drenaje una mecha de algodón. Ella acepta gustosa la intervención dolorosa de la que confiesa no esperar ningún alivio. Pero ella explica:

-Será mi penitencia por haber apretado mi cintura y buscado tener un talle finísimo como mis compañeras…

Lamenta los disgustos de que ha sido causa para las Hermanas y los malos ejemplos que ha dado a las alumnas, sobre todo charlando en el refectorio… A su madre le pregunta:

-¿Por qué quisieras conservarme? Si mi vida se prolonga un poco, será pre­ciso ciertamente, a pesar de todo, que llegue el fin.

A algunas compañeras de ayer que rodean su lecho les explica:

-¡Ahora sufro realmente! No es como en el tiempo en que meditábamos de rodillas sobre la Pasión de nuestro querido Señor. Deseábamos entonces sufrir con El… Pero cuando se trata de probar el valor de ese deseo, ¡hay una buena diferencia entre la realidad y lo que nos imaginábamos!

Teresa de Lisieux, muriendo a los 24 años de tuberculosis, en la enfermería de un Carmelo, expresará la misma verdad:

-¡Oh, Madre mía! ¿qué significa eso de escribir bellas cosas sobre el sufri­miento? ¡Nada! ¡Nada! Es necesario estar en él para saber lo que valen esos ímpulsos.

Demasiado tarde, la Madre Seton comprueba a veces, que ha podido faltar a la prudencia, dejando a la postulante de 16 años abrazar prematuramente una regla demasiado rigurosa para su edad y su resistencia física. Pero, esta vez, Anina quiere cargar de veras con la responsabilidad de sus actos. Todos los esfuerzos que ella ha hecho durante estos últimos meses, todas las exigencias a las que se ha querido fiel, ella las ha considerado siempre como la respuesta a una llamada del Señor dirigida a ella, personalmente.

A1 fin de enero, el desenlace parece inminente. El 30, el Sr. Dubois lleva a Sor Anina el confortamiento de la Extremaución. En su diario, su madre anotó: Ella recibe los últimos sacramentos con mis sentimientos correspondientes.

Al día siguiente, concedidos todos los permisos, la postulante es admitida a tomar el compromiso que la agregará al Instituto de las Hermanas de la Caridad de San José. Ella expresa una alegría profunda cual es entonces la suya, ya que desde entonces forma parte «de las Hijas de San Vicente de Paúl».

Unas semanas más, su estado permanece estacionario, sin dejar de ser in­quietante.

Hacia el 15 de febrero, Isabel escribe: Es verdad que la hija de mi corazón está a punto de morir. La semana pasada ha estado en un constante alerta, espe­rando en cada uno de los accesos que fuera el último, pero con una alegría, una tranquilidad, una resignación de alma verdaderamente reconfortantes, no sopor­tando ver que se derramase ni una sola lágrima junto a ella… Para todas las que venían a verla tenía algo consolador que decir.

Al comienzo de marzo de 1812, llega a Emmitsburg el Sr. Bruté de Rémur, justo a tiempo para asistir en sus últimos momentos a Anina. Es necesaria la in­sistencia filial de las Hermanas para arrancar unos instantes a la madre de la cabecera de su hija moribunda. El 12 de marzo, cuando se acababa de intro­ducirla en la capilla, junto al santísimo Sacramento, Ana rinde su último suspiro. Después de unos años, Isabel trazará estas líneas pacíficas en las hojas de sus Dear Remembrances:

-¡Velada antes de la muerte de Nina!

-ella cantando «aunque todas las potencias…»

Anina es enterrada el 13 de marzo, en el pequeño recinto con vallado blanco donde reposan ya, a la sombra del roble, los despojos mortales de Enriqueta y de Cecilia. Su madre está allí, de pie, hasta la última de las palabras litúrgicas. Se la oye decir a media voz: «¡Padre, que se haga tu voluntad! «. Pero de retorno a la Casa Blanca, está literalmente hundida. Jamás dolor alguno la anonadó con tal profundidad. El 20 de marzo, escribe a Julia:

-Unas líneas tan sólo del corazón de la madre que ha dejado a su querida hija en el bosque con Enriqueta y Cecilia. Voy bien; justo una vueltecita a la montaña para un paseo. PAZ.

En el mes de mayo, se expresa más largamente en una carta dirigida a Elisa Sadler. La imagen de Anina -confiesa ella se impone sin cesar a su espíritu. La gracia excepcional de su forma de actuar, su mirada, que alzaba para dejar transparentar de alguna manera la verdadera luz de su alma en la mía, cosa que era a menudo para ella la única expresión de sus deseos, de sus anhelos -y ahora, soy tan dichosa en pensar que jamás contrarié ninguno de ello- sus sentimien­tos razonables, la rectitud de sus intenciones, afirmadas en tantas circunstan­cias, el orden meticuloso de sus pequeños negocios, y su manera ingeniosa de unir la economía y el buen gusto para vestirse con sencillez y elegancia -había allí siempre para su madre un motivo de alegría, y ahora lo hay de ADMIRACIÓN-, y me parece que jamás he visto o que jamás veré nada que se le pueda comparar. Pobre madre, déjala que te hable, Isabel.

Si tú hubieras podido verla en el momento, en que, arrodillada al pie de su lecho, para calentar en mis manos sus pies fríos, fríos, un día o dos antes de su muerte -Anina vio mis lágrimas, e incapaz de ocultar las suyas, aunque son­reía al mismo tiempo, repetía la pregunta que tan a menudo recordaba:

– ¡VA A SER MI VEZ? ¿POR QUÉ NO ALEGRARTE? ESO NO DURARÁ MÁS QUE UN MOMENTO, Y NOS UNIREMOS DE NUEVO PARA LA ETERNIDAD. UNA ETERNIDAD DE DICHA CON MI MADRE – jQUÉ PERSPECTIVA!

He ahí lo que dijo. Y cuando, en su última agonía, sus labios podían apenas pronunciar una palabra, sintiendo caer sobre su rostro una de mis lágrimas, son­reía y decía a precio de un gran esfuerzo: «¡Ríe, madre!… Jesús» entrecortando sus palabras, pues no podía ya decir dos de seguido…

La pobre madre no debe ya añadir nada ahora; tan sólo, ruega Isabel, pide para ella la fuerza… Créeme, si digo, sin embargo, con toda mi alma: «¡Que se haga tu voluntad!».

ETERNIDAD era la palabra querida de Ana. La encuentro escrita en todo lo que le pertenecía: música, libros, cuadernos, hasta en las paredes de su pequeña habitación, por todas partes, esa palabra.

A1 releer esta carta, escrita en el mes de mayo de 1812, y confrontarla con las páginas del diario redactado los meses precedentes, se percibe que queda un problema.

¡Oh ~I ANA! ¡La hija de mi alma!

– Ella ha recibido los últimos sacramentos, con mis sentimientos… – Jamás contrarié uno solo de sus deseos, uno solo de sus anhelos… Afirmación leal, que desmiente sin embargo la realidad.

¡Pobre madre!… ¡Pobre madre!…

Para los que conocieron entonces’ íntimamente a la madre de Anina, para los que la vieron vivir bajo sus ojos, se plantea ese problema. Sin resolverlo, lo esclarecen estas líneas que el Sr. Dubois dirige al Sr. Bruté de Rémur el 7 de mayo de 1812, en su lengua materna evidentemente, lo que nos permite captar sus matices de golpe:

Dos palabras solamente mi buen Hermanito, no por falta de buena volun­tad sino de tiempo… Continúa escribiendo a San José también, haces bien… En cuanto a la Madre, no halagues. Temo que el único mal que se haya hecho sea ese. Temo que la terrible prueba que ella ha experimentado con el fin de Anina haya sido por detener o reprimir tanto placer como ella tenía en exaltarla -tanto temor de que ella dijera o hiciese algo demasiado humano cuando había «alguien» en la habitación- el pretexto es el temor al escándalo -pero temo no hubiera habido algo más- cien veces he querido sondear esa herida -no fue sino después de algún tiempo que quise tocarla- por lo demás es menester que me guarde de hacer el mal, queriendo hacer el bien. Tengo casi temor de haber halagado para suavizar.

Dios quiera que conozcas un día esta alma… ¡qué paño! Pero como los bro­cados de oro muy ricos y bien tupidos, qué difícil manejarla. E insiste de nuevo con unas palabras añadidas en posdata. Cuando te hablo de la prueba respecto a Anina y de la causa probable, no vayas a tocar esa cuerda de la manera que yo lo hago aquí -eso desesperaría a la pobre madre-. Yo te doy solamente un hilo para salir del laberinto, si lo explotas.

Era necesario, en efecto, que la madre, posesiva aún, sin saberlo, conociera la purificación de un desprendimiento radical. El Sr. Dubois ha sondeado la profundidad de la herida. El no duda, sin embargo, que una vez más, el alma de Isabel salga victoriosa de una de las más rudas pruebas que haya ella conocido jamás. Puede errar un momento, debilitarse a veces, sentir gravitar sobre ella el peso de una agonía más dolorosa que la muerte: jamás regatea con las exigencias de Dios desde que las ha reconocido. El alma de la Madre Seton es como un brocado de oro, pesado y rico y, por eso, difícil de trabajar. Con tal material Dios proseguía, pacientemente, su obra.

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