Isabel Seton, la biografía: 12 – Anunciación

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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No temas, que yo te he rescatado,
te he llamado por tu nombre, tú eres mío…
porque tienes gran precio a mis ojos,
eres valioso y yo te amo.
…no temas, que yo estoy contigo.
Is 43, 1-5

Así pues, el 28 de diciembre de 1803, Isabel Seton se halla sola con la peque­ña Ana en el Viejo Continente. No tiene 30 años todavía. Está viuda. Su marido, al morir, solamente le ha dejado deudas inherentes a la quiebra de la empresa comercial en la que había colocado toda su fortuna. De los cuatro hijos más pequeños, dejados en América, Isabel no tiene noticias desde el día de su sali­da, 2 de octubre último, es decir hace casi tres meses. Y cuando se embarcó con Guillermo y Ana María en The Shepherdess, su última hijita, Bec, estaba triste­mente enferma. Nada de cablegramas en esa época, ni siquiera de correo asegu­rado regularmente por los navíos cuya salida y llegada eran con frecuencia aleatorias.

Para volver, ahora, a su país le es necesario aguardar a que The Shepherdess, fondeado en el puerto de Liorna, esté presto para hacerse de nuevo a la mar: la fecha de esa salida permanece imprecisa.

De no ser por la amistad tan llena de delicadeza de los Filicchi, la soledad y melancolía hubieran sido deprimentes para la madre y la hijita de 8 años. Pera desde la noche de las exequias, Antonio y su mujer Amabilia instalaron en su casa oficialmente a Isabel y a Ana, que viene a ser para todos, desde entonces, Anina.

-¡Oh, Ma -hace notar la niña, usando espontáneamente ella también el diminutivo italiano para hablar a su madre- cuántos amigos nos ha dado Dios en este país extranjero, ya que todos son amigos nuestros incluso antes de co­nocernos!

A este cálido afecto que la rodea, Isabel es sensible. Los Filicchi -escribe ella con destino a su cuñada Rebeca- hacen todo lo que pueden por facilitarme las cosas, y les parece que en ello no hacen nunca bastante. Desde el día en que dejamos la casa no hemos encontrado más que bondad, incluso por parte de los criados y de los extraños.

La joven mujer está asombrada por la universal simpatía que ella encuentra, sin darse cuenta de que su porte, de una heroica sencillez, provoca la admiración de aquellos de quienes ha venido a ser la huésped siempre amable y discreta. Pues ella lleva el peso de su aflicción con verdadera nobleza. No hace de ella un misterio, pero tampoco la ostenta. Parece que vive a la letra el consejo que daba san Pablo a los cristianos de Tesalónica: «No andéis tristes como esos otros que no tienen esperanza. ¿No creemos que Jesús murió y resucitó? Pues también a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, se los llevará con El» (I Tes 4, 13-14).

Esa actitud profundamente cristiana en un miembro de una iglesia disidente no deja de asombrar a los católicos italianos que se acercan cada día a la joven americana. Y es para menear la cabeza y murmurar, según la mentalidad de la época: «Si no fuera hereje, sería una santa». Más que todos los demás, los Filicchi están sorprendidos de una vida interior que, prácticamente, anima todas las re­acciones, guía el comportamiento de la viuda de Guillermo Seton. El, a quien habían conocido unos años durante la época de su juventud, les había parecido un hombre honorable y ciertamente cabal, pero indiferente a toda práctica reli­giosa. Ninguna cuestión -al parecer- se le había planteado en este dominio con ocasión de las estancias, bastante prolongadas sin embargo, que había efec­tuado en países esencialmente católicos.

El caso de Isabel es muy diferente del suyo. De buenas a primeras y sin pre­meditación alguna, las relaciones que se establecen entre ella y las dos familias Filicchi se sitúan en un plano espiritual y religioso. Ella no puede privarse de considerar con un interés apasionado la forma de vivir de los católicos, en cuan­to tales. Ellos, profundamente marcados, sin saberlo, por los prejuicios de su tiempo y de su país, no se resignan a ver fuera de la Iglesia Católica, a una mujer que vive con tal intensidad la enseñanza del Evangelio. El drama que va a desarrollarse para Isabel, y que ya se encuentra en marcha desde los primeros días de enero de 1804 ha de ser repuesto en su contexto histórico, tan diferente del nuestro, para que no queden escandalizadas nuestras formas de ver actuales. Los primeros años del siglo XIX están mucho más próximos a las Guerras de Re­ligión -si no en el tiempo, al menos en los espíritus- que al Concilio ecuménico Vaticano II. Constatación objetiva de un hecho histórico, cargado además de consecuencias, que no habrá que perder de vista, so pena de falsear los datos de un problema que va a revelarse tan delicado y tan doloroso. No es cuestión, en­tonces, de hermanos separados -disiuncti dice el Concilio con más delicadeza todavía- que buscan, por una y otra parte, entablar un diálogo, con el reconoci­miento leal de errores personales o colectivos que deplorar, de valores positivos que descubrir incluso allí donde no ha sido guardada la verdad por entero. Para los católicos del Viejo Continente apenas existen al margen de los fieles más que tres categorías de personas: los herejes, los cismáticos y los paganos. En cuanto a los miembros de las iglesias reformadas de América, engañados, muchos, por la confusión que existe entre libertad religiosa e independencia política, per­sisten en mirar a la Santa Sede y todo lo que se relaciona con ella, como una potencia extranjera de la que es necesario librarse a todo precio. Algunos, más raros, por estar metidos en una dialéctica apasionada, no dudan en considerar a los «papistas» como puntales del Anticristo.

¿Quién se extrañaría, entonces, de que el paso de la comunión episcopaliana a la religión católica se encuentre impedido, en sólo el plano social, por una inex­tricable red de dificultades inconcebibles en nuestra época?

Las insinuaciones de los Filicchi, por leales y bienintencionadas que fueran, no dejan de parecernos por otra parte precipitadas y hasta indiscretas. El 3 de enero de 1804, Isabel anota en su diario con destino a Rebeca:

Estoy terriblemente acosada por estos caritativos romanos que desearían -dicen- que tanta bondad se haga todavía mejor por una conversión. A este efecto, se han tomado la molestia de conducirme a su sacerdote mejor formado, el P. Plunkett, que es irlandés… Ella confiesa que, a decir verdad, estaba muy deseosa de escuchar su conversación, y que, hasta el presente, sigue en términos amistosos con todos.

Es evidente que, si se piensa que Guillermo Seton murió el 27 de diciembre, es decir, ocho días antes exactamente, los Filicchi no han perdido su tiempo para «tratar de ganarse» a Isabel en un asunto de tal importancia. Pero no es menos evidente que ella se presta gustosa a su intervención. Parecería incluso que su actitud, como su inclinación a la vez secreta e irresistible, la lleva incansable­mente a ese plano. Aunque los Filicchi hubieran guardado ante la joven ameri­cana la mayor reserva, ella no se hubiese privado, personalmente, de abrir bien los ojos para ver vivir a los católicos, para comparar su comportamiento con el de los protestantes, para reflexionar, plantear preguntas, sacar conclusiones. Aho­ra bien, la familia que la recibe en Liorna es una de esas familias que hoy llamaríamos militantes. Nada de formalismo en casa de Antonio y de Amabilia Filicchi. Convicciones profundas, una fe inquebrantable, activa, irradiante. Si ha impresionado a los Filicchi el sentido sobrenatural de que ha dado pruebas Isa­bel desde el día en que The Shepherdess arribaba al puerto toscano, ella ha des­cubierto, por su lado, con una admiración semejante, la caridad, la bondad, la paciencia, la delicadeza de que se encuentra impregnada toda la vida de sus amigos de Italia.

En ambos hogares -el de Felipe y el de Antonio- se da la misma inteli­gencia, la misma armonía, la misma expansión humana y espiritual. Entre Anto­nio y Amabilia que tienen ya dos hijos al menos en ese tiempo, reina una intimidad donde la vida de fe no es extraña, la intimidad misma que Isabel hubiera deseado tanto compartir con Guillermo todo a lo largo de sus nueve años de vida conyugal y de la que no tuvieron experiencia común hasta la víspera de su separación terrestre.

La amistad que se traba, profunda y definitiva, entre los Filicchi y la viuda de Guillermo Seton se funda en una estima recíproca. Ahora bien, porque de una y de otra parte las realidades sobrenaturales tienen indiscutiblemente la primacía, el lugar de encuentro privilegiado ha de situarse necesariamente en el plano espiritual.

Cuando Isabel deja Liorna por unos días, a partir del 9 de enero, para acompañar a Amabilia hasta Florencia, Antonio le dirige estas líneas:

Su querido Guillermo fue el primer compañero de mí juventud. Usted ha ocupado ahora su puesto. Su alma es todavía más querida a Antonio, y lo será siempre. Que Dios todopoderoso esclarezca su espíritu y fortifique su corazón para ver y para seguir, en lo que concierne a la religión, el camino más seguro y más verdadero que conduce a la vida bienaventurada. Yo iré a buscarla, es preciso que yo la encuentre en el paraíso, si está escrito que la inmensidad del océano ha de extenderse pronto entre nosotros. No cese, entretanto, de orar, de llamar a la puerta. Confío en que nuestro Redentor no permanecerá sordo a la humilde oración de un ser que le es tan querido…

Uno podría extrañarse en buena ley de ver con qué insistencia intenta An­tonia Filicchi llevarse a Isabel al buen redil. El actúa en verdad cual un hombre que, de pie sobre el puente de un sólido navío, arrojara el bote de salvamento

a aquél cuya frágil embarcación cree ver hundirse al mismo instante. Le parece un mal momento para discutir o para tergiversar: ¡se trata para él de actuar con rapidez! Ahí está, sin duda, el error de perspectiva de Antonio Filicchi: creer en peligro inminente a todos aquellos que no se encuentran, como él, en la bar­ca insumergible de Pedro. La rectitud de su intención, al menos, es indiscutible. Su desea de compartir con la mujer de Guillermo -cuyo recuerdo sigue siendo para él querido- el mayor de los tesoros que posee, la verdadera fe, le dicta una conducta que nuestra época juzgaría prematura. Pero parece, por otra parte, que, sin saberlo tal vez, le guía una intuición profunda y segura. En el pensamien­to de Dios tiene él, efectivamente, un papel que desempeñar, un giro decisivo que cautive la vida de Isabel. Porque ella está hecha de tal forma que no hay paliativo humano que pueda aliviar su tristeza presente: sólo los consuelos de orden espiritual pueden reconfortarla. Antonio lo comprende. Por lo tanto ¿cómo no iba a plantearse, en ese terreno, necesaria y dura, la cuestión crucial de la división de los cristianos?

Apenas ha acabado la joven mujer de redactar las cartas que han de anun­ciar a su familia y a sus amigos de América la muerte de Guillermo, cuando ya los Filicchi, deseosos de procurarle un alivio, han decidido hacerla visitar la ciudad de Florencia. Sustraerse a tal insinuación sería indelicadeza. Isabel parte pues, con Amabilia. Helas a ambas en la rica ciudad donde se alzan, a cada una de las riberas del Arno, los palacios suntuosos y las obras maestras de arte, cuales son la catedral, el bautisterio, las basílicas, las iglesias, los museos. Para una americana de 1804, el descubrimiento del arte medieval es una sorpresa inesperada que sucesivamente la extraña y la maravilla. El número de las igle­sias es síntoma de la vitalidad religiosa de la ciudad. Pero la riqueza misma de los santuarios no dejan de recordar a Isabel las advertencias más bien acerbas que el Rvdo. Hobart le había hecho al respecto antes de su salida de Nueva York. Para él, tal fausto desplegado en los templos del Señor parecía estar en desacuerdo con la mentalidad protestante.

Falta de una cultura histórica y artística que la joven América hubiera tenido mucha dificultad en dar, Isabel no escogerá la majestuosa belleza de la catedral a del bautisterio de vasta cúpula, no se detendrá a detallar las finas esculturas que hacen de sus puertas una joya. Pero ella consigna sus impresiones respecto a su visita a la basílica de la Annunziata las cuales son algo bien diferente de unas impresiones de arte.

El domingo 8 de enero, a las 11, fui con la Sra. Amabilia a la basílica de la SANTISSIMA ANUNZIATA. Habiendo pasado a1 otro lado de un cortinaje, vi cientos de personas arrodilladas: pero la penumbra de la capilla alumbrada tan sólo por las velas de cera colocadas en el altar y por una pequeña ventana situada en alto cubierta por una tela de seda verde, daba de primeras a todo lo que veía un aspecto muy impreciso, mientras que aquella especie de música, dulce y lejana, que transporta el espíritu hasta sugerirle un pregusto de las ale­grías celestes, despertó en mi alma, en un segundo, todo lo que le es sensible, todo lo que le es querido. Olvidando la presencia de la Sra. Amabilia y de todo lo que me rodeaba, caí de rodillas en el primer sitia libre que encontré, y me puse a llorar acordándome de todo aquel tiempo -¡cuánto tiempo!- en que había sido extranjera en la casa de mi Dios, y de la tristeza acumulada que me había separado de ella. No necesito decirte -estas líneas están destinadas también a Rebeca- que recité con toda mi alma nuestro querido oficio, en la medida al menos que mi turbación me permitía recordarlo. Cuando dejó de tocar el órgano y se acabó la misa, hicimos el recorrido de la basílica. La belleza del techo con artesonado esculpido e incrustado de oro, los altares cargados de oro, de plata y otros adornos preciosos, los cuadros cuyo tema es siempre un tema sagrado y la cúpula donde se encuentran representadas diferentes escenas sacadas de la Sa­grada Escritura, todo aquello no se puede concebir a través de una descripción; no más de lo que se puede concebir el encanto que fue el mío, cuando vi hom­bres de edad, señoras ancianas, mujeres jóvenes y toda clase de gente arrodilla­dos unos al lado de otros sin ninguna distinción, en torno al altar, sin prestarnos más atención a nosotras y a los demás visitantes que si no estuviésemos allí.

Al otro lado de la iglesia, otra capilla ofrecía un espectáculo idéntico. Se estaba celebrando allí igualmente la misa, y yo seguía a la Sra. Filicchi andando de puntillas, incapaz de mirar en torno mío, a pesar de que todas aquellas gentes estaban tan sumidas en sus oraciones a en la recitación del rosario que el pasa de una extranjera les dejaba bien indiferentes.

Dos líneas evocarán este recuerdo en los Dear Remembrances. ¡Qué densas en su brevedad!:

primera visita a la iglesia de la .4rrnourtCIATION (sic) en Florencia – – – ¡oh, Dios mío, – – – Tú solo puedes saber!

Lo que retiene preferentemente de su visita a la iglesia del convento de los Oratorianos, aborrecida desde entonces, es la actitud de un joven sacerdote que estaba abriendo su pequeña capilla con un rostro serio y recogido como si su alma hubiera penetrado delante de él. Y comenta: Mi alma le hubiese seguido a gusta. Allí debía haber la más bella armonía, pero por la noche solamente, y ninguna mujer podía ser admitida.

Siempre con Amabilia, se traslada en coche a los jardines de Boboli. Las amplias y múltiples salas que la hacen admirar en el palacio de verano de María Luisa, viuda del que fue Príncipe de Parma, rey de Etruria y rey de Toscana de 1801 a 1803, evocan para ella «la soberbia de Salomón y su inquietud de espíritu».

En cuanto a Ana María, ella se extraña ingenuamente de que la reina sea una mujer como las demás, reconocible únicamente por el número impresionante de séquito que la rodea.

Las colinas verdegueantes, los campos cultivados que se extienden a ambos lados de la carretera, llevan invariablemente el pensamiento de Isabel hacia la campiña de América y hacia los que -allá lejos- ignoran todavía lo que ha pasada en Liorna y en Pisa, y que Guillermo ya no está. Apoyado el rostro en el cristal del coche que vuelve a ganar Florencia, la joven mujer contiene con dificultad sus lágrimas y se esfuerza por sonreir a sus huéspedes que ponen tanto cuidado en procurarle el solaz físico necesario. Ciertamente, ella se lo agradece, pero ella prefiere aún a los paseos esta velada del domingo en que sus amigos, invitados a la ópera, la han dejado sola en su habitación con la pequeña Ana junto a un buen fuego. Juntas, la madre y la hija recitan el oficio, y, lejos de las miradas extrañas, dejan correr sus lágrimas sin freno.

Papá querido está alabando a Dios en el cielo -dice Anina- y yo no debe­ría llorar, pero yo piensa que es natural ¿no, mamá?

Haber podido traer a Ana María -subraya Isabel- es una de las mayores gracias que me han sido concedidas, y eso por muchas razones.

A partir del lunes, Amabilia les lleva a ambas a los Uffizi. Guillermo le había hecho una descripción tan entusiasta de aquellas galerías de arte que Isabel queda un tanto decepcionada. Las recientes campañas francesas en Italia han causado, es verdad, entre las obras de arte de Florencia, como en tantas otras ciudades, irreparables daños. Pero la joven mujer se detiene con complacencia ante los cuadros que representan al «Redentor a la edad de doce años -una Madona­y el Bautista de muy joven». Las estatuas de bronce le parecen magníficas. Con­fiesa no obstante -detalle pintoresco y revelador de una época y de una civi­lización- que ella, una americana, no se atrevió a mirar de frente aquellos «desnudos».

De una a otra sala, ella va de sorpresa en sorpresa. Jamás ha visto tal profu­sión de objetos curiosos y antiguos. Y mientras contempla, examina, admira, su garganta se anuda dolorosamente con el pensamiento obsesivo de Guillermo que le había prometido llevarla personalmente a los Uffizi: «Sola -confiesa ella­ no pude gozar de todo aquello sino a medias».

La visita de los palacios, de los museos, de las galerías de arte no la en­cuentra, sin duda, indiferente. El diario destinado a Rebeca no deja de mencio­narlo, y los detalles, finamente anotados aquí y allí, son una prueba de que Isabel no se contentó con una ojeada superficial. Pero manifiesta que la visita a los santuarios tiene mucho más atractivo para ella. Monumentos históricos al igual que los palacios, donde se encuentran reunidas tantas, y a veces más, obras de arte que en los museos, las iglesias ejercen sobre la joven americana una irresistible fascinación. Pero esa fascinación es de otro orden.

He ido a la iglesia de San Lorenzo -anota también aquel lunes, 9 de enero- y fui presa allí de un sentimiento de dicha tan intensa que me acerqué al altar mayor hecho de piedra y de los más preciosos mármoles. Junto aquel altar, se siente invadida de pronto de un ardor íntimo que se apodera de ella por entero, mientras le viene espontáneamente al espíritu el primer versículo del Mag­nificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». Luego otra reminiscencia bíblica la hace evocar «las ofrendas que David y Salomón presentaban al Señor, cuando fue consagrado a su santo tem­plo y santificado para su servicio todo lo que el arte y la naturaleza tenían de más rico y de mayor valor».

Visita igualmente, y no sin experimentar una especie de vértigo, la capilla funeraria de los Médicis, donde las estatuas de granito de los soberanos, con la cabeza coronada de oro, sostienen en la mano el cetro de un efímero poder.

Si consiente en acompañar a sus amigos a la ópera -aquella noche del lunes todavía- es únicamente porque Guillermo le había repetido infinidad de veces su desea de que escuchara al famoso tenor Giacomo Davide. Según la costumbre toscana de la época, los Filicchi se presentan allí enmascarados. Como extranjera, Isabel aparecerá con sombrero y velo. Por otra parte, hay allí tal oscuridad -explica ella- que apenas si puedes distinguir a la persona que está a tu lado. «En aquella audición, en todo caso, no encontró ningún placer, a pesar de los esfuerzos que hizo por interesarse en ella. ¿Falta de cultura musical por su parte, tal vez, o mediocridad del concierto? ¿Quién puede decirlo? Mi Guillermo había deseado tanto que escuchara a ese Davide –confiesa ella- que traté de encontrar placer en ello, pero no hubo ni una nota siquiera que me tocara el corazón».

A1 día siguiente los Felicchi la conducen a Santa Maria Novella, luego al palacio Pitti. La suntuosidad de la mansión regia, el despliegue fastuoso de las riquezas que descubre allí, apenas la impresionan. Todo se ha reunido para hacer del palacio Pitti un modelo de elegancia y de gusto: tal es el parecer de los en­tendidos. En cuanto a mí, no puedo juzgar… Solamente una obra de arte -to­davía allí- es capaz de detener su atención: Hay un descendimiento de la cruz, casi de tamaño natural. La expresión de María, al pie de la cruz, mostraba de veras que el hierro de la lanza había penetrado en su propio corazón, y había tal contraste entre las sombras de la muerte extendidas sobre su expresión angus­tiada y la paz celeste del querido Redentor, que parecía que los dolores de El habían caído sobre Ella. ¡Qué duro me fue alejarme de aquel cuadro! Durante las horas transcurridas desde que lo vi, me sucedió, a menudo, cerrar los ojos y volver a verlo en la imaginación. Había también una pintura que representa a Abraham e Isaac. Era tan expresiva que parecía que tenían que percibirse hasta los latidos del corazón del patriarca.

Es tal su emoción, al contemplar las escenas bíblicas, que le es imposible contener por completo las lágrimas. Se felicita de ver a los que la acompañan detenidos, un poco más lejos, por otra obra maestra. Habría sido con Rebeca con quien la hubiera gustado pasar allí largos ratos delante de los lienzos que la cautivan y la conmueven por su inspiración misma: Querida hermana, ¡qué alegría hubieras tenido de ver aquello!

La visita al museo de anatomía y de historia natural, adonde la guían, el miércoles, sus amigos, lleva muy naturalmente su pensamiento hacia aquel cé­lebre cirujano que fue su padre, el Dr. Bayley. También allí, el realismo de la exposición de la sala de anatomía no estará lejos de chocar con el sentido de las conveniencias sociales que le ha sido inculcado. Pero de un vuelo, con un buen sentido humano y sobrenatural a la vez, su espíritu equilibrado puntualiza sanamente: Era humillante y penoso de ver, sí, pero ¿no era, al fin, «la obra de la mano todopoderosa» del Creador? Las salas de historia natural, por el con­trario, la detienen largos ratos. Un mes y más -declara ella- no sería excesivo para contemplar todo a satisfacción, y sería una cosa magnífica si su cuñado, el Dr. Post, pudiera hacer con ella tan apasionante visita.

En unas líneas, anota también que vio la academia de escultura -verosí­milmente el Bargella- y visitó el jardín botánico.

Apenas está de vuelta en Liorna, se presenta al capitán O’Brien. ¿Está fijada ya la fecha de salida de The Shepherdess? Isabel se entera con cierta decepción de que el navío no se hará de nuevo a la mar antes de la mitad de febrero. Un mes durante el cual -ella lo sabe bien- no podrá abstenerse de acompañar a Amabilia por las iglesias de la ciudad, ni tampoco substraerse a las discusio­nes que suscitarán en toda ocasión Antonio y Felipe. Ella se enfrenta a su argu­mentación con una sonrisa maliciosa, un tantico irónica, pareciendo, a veces, di­vertirse con interés intempestivo que manifiestan sus amigos respecto a su sal­vación eterna. Pero cuando ella está sola de nueva en su habitación con Anina, la asaltan preguntas candentes que es incapaz de eludir. Esas preguntas se las plantea directamente a la madre la propia hija:

Mamá, ¿hay católicos en Nueva York? Mamá, ¿podríamos ser católicas no­sotras?

– – – corazoncito abierto a las casas divinas que se manifiesta respecto a todo –comentarán más tarde los Dear Remembrances, recordando precisa­mente aquellos propósitos de la hija y su pasión por visitar las iglesias.

En realidad, la dolorosa confrontación con las divisiones acaecidas dentro de la Iglesia de Cristo no deja ya tregua en el alma ardiente y leal de Isabel. ¿Por qué esas divisiones, cuando no hay más que un solo Dios, un solo Cristo, un solo bautismo, como lo afirma San Pablo? ¿No son válidas todas las comuniones cris­tianas? Ella interroga a este respecto a Felipe. Y él, con gravedad, buscando en una lengua que le es menos familiar que a su hermano, las palabras más ade­cuadas para expresar su pensamiento, formula su respuesta de una forma absoluta: – No puede haber más que una sola religión verdadera.

– Oh señor, -redarguye ella- si no hay más que una fe y nadie puede agradar a Dios sin tenerla ¿dónde están, entonces, todas las buenas gentes que mueren fuera de esa fe?

– No sé -responde Felipe- eso depende de la luz de fe que hayan recibi­do. Pero yo sé a dónde van las gentes que pueden conocer la verdadera fe, si oran para tenerla y se documentan al respecto, y que sin embargo no lo hacen.

– Es tanto coma decir, señor, que usted quiere que yo ore, y que me do­cumente, y que abrace su fe -replica Isabel, riendo-.

Y, casi solemnemente, el italiano concluye: – Ore y documentese, es todo lo que le pido.

Las líneas siguientes -escritas con destino a Rebeca- parecen ciertamente ser el comentario personal inmediato de Isabel a aquella conversación: Así pues, mi queridísima Bec, me río con Dios cuando trato de ser seria, y cada día, como me lo ha recomendado ese excelente hombre, repito las palabras del viejo Pope:

No que yo pudiera pensar que había un mejor camino que el que conocía, pero es necesario respetar a cada uno en su propio camino.Tal es, por el mo­mento, la posición de Isabel.

Un hecho es innegable: cualesquiera que puedan ser para su espíritu las pruebas de orden intelectual y doctrinal anticipadas ante ella por Felipe y An­tonio Filicchi, Isabel no puede defenderse del irresistible atractivo que ejerce sobre todo su ser la liturgia católica. Aquellos cuadros, aquellas estatuas, aque­lla luz, aquellas flores, aquellas colgaduras, aquel sonido del órgano, todo aquello precisamente contra lo que Enrique Hobart la había puesto en guardia, despierta dentro de su ser como un eco cuya profundidad la deja personalmente asombra­da. No hay duda ninguna de que las más íntimas fibras de su sensibilidad femeni­na están vivamente afectadas, tanto más cuanto que Isabel como todas las mu­jeres de su generación está marcada por la ola del romanticismo ambiental. ¿No acaba de publicar Chateaubriand, precisamente en 1802, su Genio del Cristia­nismo?

Tal reacción además se inscribe en la naturaleza humana, es normal y buena. «Estamos hechos de tal forma -explica Juan XXIII- que un acorde de órgano, un canto colectivo dulce o grave, acompañado o ilustrado por una letra apropiada y serena (hay música en la palabra), todo concurre a hacer vibrar el co­razón, a alentar un estado de alma en búsqueda de fuerza y de paz» 2.

No es la sensibilidad sola de la joven americana lo que está allí en causa, es su corazón -en el sentido pascaliano de la palabra. Si el contraste que acaba de descubrir entre los templos de Nueva York y las iglesias de Toscana la coa mueve hasta tal punto, es porque ella ha percibido en las segundas lo que, des­de siempre, más o menos conscientemente, buscaba en las primeras: una pre­sencia. Y la prueba de esa presencia ¿no le ha sido dada por aquella multitud, arrodillada sobre las losas de mármol, que proseguía en un silencio exterior un coloquio íntimo con el querido Redentor, vuelto el rostro hacia lo que los ca­tólicos llaman el sagrario?

¿De dónde le vino aquella conmoción de todo su ser que, en la iglesia de San Lorenzo la empujó hasta las gradas del altar mayor, por qué saltó de su co­razón a sus labios aquel versículo del Magnificat, sino porque precisamente al­guien estaba allí que le hablaba al corazón?

La mañana del 2 de febrero, durante la misa de la Candelaria, Amabilia murmuró discretamente unas palabras a su intención: «Cristo está verdadera­mente presente sobre el altar». Hundida la cabeza entre las manos, Isabel trata en vano de contener sus lágrimas. ¡Si esas palabras fueran verdad!

Al paso y medida que transcurren los días, ella experimenta como una cer­tidumbre vital contra la que ningún razonamiento puede actuar. Parece que ella ha hecha suyo el consejo de San Cirilo de Alejandría, que Pablo VI se complace en recordar a los fieles en su encíclica Mysterium Fidei, siguiendo a Santo To­más: «No vayas a preguntarte si es verdad, sino más bien acepta con fe las pala­bras del Salvador, porque siendo El la verdad, no miente».

Cuando la fecha de partida está ya muy próxima para las dos americanas, los Filicchi se empeñan en llevarlas con ellos hasta el célebre santuario de Mo­tenero. Sobre la roca volcánica de una de las altas colinas próximas a Liorna había sido construido en el siglo xtv un monasterio. Los monjes de Vallumbrosa se habían quedado allí, guardianes de la iglesia dedicada a Nuestra Señora de Gracia. Había sobre el altar mayor un cuadro de la Madre de Dios con su Hijo en los brazos. Provenía -se decía- de una isla de Grecia, de donde había sido transportado milagrosamente a Toscana. Un pastor lo había encontrado y, por orden de la propia Virgen, la preciosa pintura había sido llevada al monas­terio de Montenero. Sea lo que fuere de la piadosa leyenda, la iglesia del monas­terio había llegado a ser un lugar de peregrinación muy querido para los tosca­nos. Numerosos eran los peregrinos que se aventuraban por la pendiente escar­pada del camino que accedía al monasterio, después de una larga marcha, úni­camente para arrodillarse un momento a los pies de Nuestra Señora de Gracia.

Los turistas emprendían también gustosos la subida a fin de visitar el viejo monasterio de bellísimas esculturas, pero más aún, quizás, para admirar un panorama que, desde allá arriba, se revelaba magnífico: al oeste, el mar Tirreno; al sur, mucho más allá del valle risueño del Arno, la cadena de los Apeninos; y muy próximas, el puerto y la ciudad de Liorna con sus campanile y campa­narios, sus viejas calles y sus fuentes. Los Filicchi sabían que Isabel no sería indiferente a tal espectáculo, pero si ellos han querido venir al monasterio de Nuestra Señora de Gracia, en este comienzo de febrero de 1804, es como pere­grinos y no como turistas. Ellos tienen una deuda de gratitud muy personal hacia la madona, pues Felipe debe a los monjes de Vallumbrasa haber escapado de un peligro inminente en el momento que la campaña de Italia, dirigida por Bona­parte, había provocado en Toscana sangrientos tumultos políticos. Felipe había encontrado allí mismo un refugio junto a los monjes: si ellos no le hubieran acogido, hubiese corrido el riesgo de la muerte. La peregrinación que tienen costumbre de hacer los Filicchi desde entonces al santuario de Montenero la hacen con la seriedad que ponen en todo lo que para ellos es expresión de su fe.

Entraron en la iglesia del monasterio con Isabel, para asistir a la misa. Lo que iba a pasar en aquel santuario de Nuestra Señora de Gracia, Isabel no había de olvidarlo jamás. Por dos veces encontramos testimonios de ello bajo su pluma, y uno no puede abstenerse de evocar los dos relatos de la conversión de San Pablo, hechos por su propia boca, tal como lo confirman los Hechos de los Apóstoles. En el momento que sigue a la consagración, mientras el sacerdote elevaba sucesivamente la hostia y el cáliz, un joven turista inglés con el que, quizás, Isabel ha cambiado hace unos instantes algunas palabras antes de pene­trar en el monasterio, cree bueno inclinarse hacia ella para hacerla observar: «¡Eso es lo que ellos llaman su presencia real!».

Mi propio corazón -«my very heart»-, cuenta ella, tuvo un estremeci­miento de dolor y de tristeza frente aquella manera grosera de interrumpir su adoración santa, pues todo alrededor nuestro era un silencio absoluto, y muchos, entre los asistente, estaban postrados en tierra. Instintivamente me aparté de él inclinándome sobre las losas y las palabras de San Pablo me acudieron a lo ín­timo del corazón, mientras brotaban mis lágrimas: «Ellos no disciernen el Cuer­po del Señor». Y en seguida pensé: ¿Cómo podían comer ellas y beber su propia condenación por no haberle discernido, si verdaderamente no estaba ALLÍ? Y ¿cómo podría estar ALLí? Y ¿cómo había El insuflado mi alma dentro de mí? Y ¿cómo, y cómo… otras cien cosas de las que yo no sabía nada? Yo soy madre. Por eso el pensamiento de su madre me vino también al espíritu. ¿Cómo estaba El, mi Dios, chiquito bebé, en la primera fase de su vida mortal, en María? Y aquellos pensamientos se fundieron con el pensamiento de mis propios bebés en mi hogar, a los que deseaba cada vez más ver de nuevo.

Aun a riesgo de caer en una repetición de este primer relato todo vibrante de emoción, es preciso citar además las líneas que la Madre Seton, muchos años más tarde, consagrará, en sus Dear Remembrances, a aquel instante privilegiado de su vida.

—mi primera entrada en la iglesia de la B.V.M. de Montenero en Liorna, a la elevación un joven inglés a mi lado, olvidando las formas sociales, cuchicheó: «eso es su PRESENCIA REAL», la vergüenza que experimentaba por aquel cuchicheo y el pensamiento súbito, si nuestro Señor no está allí, ¿por qué amenaza el Apóstol

–Cómo puede reprochar de no discernir el Cuerpo del Señor, si él no está presente—cómo aquellos por quienes ha muerto podrían comer y beber su condenación (como dice el texto protestante) si el Santo Sacramento no es más que un trozo de pan?

Dos palabras se destacan a la primera ojeada en esta página manuscrita: PRESENCIA REAL cuyas letras más grandes, más regularmente trazadas que las otras, se ponen de relieve, voluntariamente, mientras que una línea subraya las ocho últimas del texto.

Si hay experiencias capaces de cambiar radicalmente el curso de una vida humana ¿quién no admitirá que la vivida por Isabel en el santuario de Nuestra Señora de Gracia fue una de ellas?

Nota: En su «Viaje de un francés a Italia», Delalande consagró un capítu­lo a la descripción de Florencia. Esa descripción hecha con una verdadera preo­cupación por el detalle, confrontada can el diario de Isabel no deja de esclarecer las alusiones que hace ella, con una simple evocación, a tal monumento, a tal obra maestra de la ciudad florentina.

En la galería de los Médicis se encuentra -escribe Delalande- «la colec­ción más célebre, la más rica y la más numerosa que hay en el mundo de estatuas antiguas, de bronces, de medallas, de cuadros preciosos. El edificio de esa gallerie (sic), que llaman vulgarmente gli uffizi a causa de las oficinas que hay en el piso bajo, tiene uno de los aspectos más seductores».

Sigue luego una enumeración detallada de todas las obras maestras paganas, después las obras maestras de inspiración cristiana, entre las que se citan: «una Sagrada Familia de Rembrandt… Una Virgen, del Corregio, adorando al Niño Jesús acostado ante ella… Una adoración de los Reyes Magos, del caballero Van der Werff… Un cuadrito de Miguel Angel, representando un Cristo en cruz, y, debajo, san Juan y la Magdalena. Está bien diseñado y es de una bella ejecu­ción, las figuras son de casi un pie; está bien conservado… El sacrificio de Abraham de Liviomeus. .. «.

Respecto al Palacio Pitti, Delalande precisa: «Lucas Pitti, gentilhombre flo­rentino, lo hizo construir en 1460. La fachada es de Brunelleschi… En un salón, un bello Cristo, en marfil, de Baldafari… Una Magdalena en cuclillas de Pousin; está diseñada con gracia; su color es verdadero y vigoroso, tan sólo sus sombras son demasiado negras… Un cuadro de Andrea del Sarto, Virgen sobre un pedes­tal y san Juan Evangelista de pie… Virgen y Niño de Andrea del Sarto… Dos Asunciones de Andrea del Sarto… Madona de la fedia, de Rafael, con el Niño Jesús… «.

«El jardín del Palacio Pitti está orientado al mediodía; se le llama Boboli, tiene más de 500 toesas, desde el belvedere (mirador) que es una especie de fuerte situado en la altura, hasta la puerta de san Pedro Gattolini… Ese jardín ofrece la mayor variedad, y hay altozanos y hondonadas, grandes avenidas y pequeños sotos, macizos de flores y céspedes campestres, grutas, fuentes, esta­tuas…».

«El Palacio Ricardi fue construido en 1430 por Cosme…».

«San Lorenzo es la segunda iglesia de Florencia en cuanto a prerrogativas, pero la primera sin réplica por la famosa capilla de los Médicis… El primero de los dos mausoleos según se entra es el de Julián de Médicis, duque de Ne mours, hermano de León X… El segundo es el de Lorenzo de Médicis, duque de Urbino, primo de Clemente VII y padre de Catalina de Médicis… La estatua de la Virgen sosteniendo al Niño Jesús es de Miguel Angel…».

El diario de Isabel ofrece, a su vez, la descripción siguiente de la capilla fu­neraria de los Médicis: Aneja a la iglesia (de San Lorenzo) se encuentra la ca­pilla de mármol, cuya belleza, trabajo y riqueza podrían dejar suponer que hay allí algo que supera los medios humanos, si su cúpula, inacabada, no revelara sus límites. Es la sepultura de la familia de los Médicis. Las tumbas de granito, las coronas de oro ensartadas de piedras preciosas, el conjunto brillante como un espejo donde se reflejan las diferentes tumbas, y los Cosmes, sombríos y terribles que están representados, en tamaño natural sobre las tumbas, con sus coronas y sus cetros, hicieron dar vueltas a mi pobre cabecita, débil, como para creer que, si hubiese estado yo sola allí, jamás hubiera recobrado su sentido.

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