Isabel Seton, la biografía: 10 – Las «cárceles» de San Leopoldo

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
Tiempo de lectura estimado:

Mis proyectos no son vuestros proyectos,
vuestros caminos no son mis caminos
-oráculo del Señor-
Como se alza el cielo sobre la tierra
mis caminos superan vuestros caminos,
mis proyectos rebasan vuestros proyectos.
Is 55, 8-9

Alzóse la aurora del 19 de noviembre, bañando en su suave luz la costa abierta en valles de la Toscana. En el carillón, quince veces repetido, el Ave María, -pues «hay en la ciudad siete parroquias, siete conventos de varones y uno de mujeres»,Liorna se despierta. The Shepherdess, cuyo casco se mece ligeramente sobre las aguas calmas del puerto, espera recibir órdenes de atra­cada. En su «Viaje de un francés a Italia, hecho en los años 1765 y 1766», es­bozó Delalande un cuadro pintoresco del puerto toscano y de las construcciones que lo rodeaban entonces.

Hay un fuerte cerca de la ciudad, del lado de Pisa, dos torres edificadas sobre unas rocas, rodeadas del mar por todas partes y poco distantes una de otra: la primera se llama Mazzoco, es blanca y es la más elevada de las dos: allí se guarda la pólvora. Bajo el cañón de esta torre se obliga a hacer la cuarentena a los bajeles que llegan de Levante. En la segunda, que es mucho más baja, huy una fuente de agua manantial donde van a repostar los marineros, por ser la de Liorna bastante mala.

Frente a estas torres hay otra dentro del mar que es la del faro; su forma semeja la de dos torres que estuvieran una sobre otra: está construida hacia el la­zareto y uno de los bastiones del rompeolas, en la punta del malecón de rocas que tiene casi una milla de largo.

En el camarote que se dispone a dejar, después de siete semanas de travesía, Isabel cierra los baúles. Pronto -ella lo sabe- su medio hermana Guy Car­leton -no tiene aún 20 años- acogerá en el muelle a los viajeros de América. Pronto ella conocerá también a los amigos de Guillermo: Antonio y Felipe Fi­licchi y María Cowper y Amabilia Baragazzi. Emocionada, impaciente por su nueva instalación que será de tanta importancia para su marido, ella aguarda la señal de la campana de a bordo. Y de pronto advierten: un barco procedente ­del muelle llega al abordaje. Ella se precipita sobre el puente. Guy Carleton acaba exactamente de franquear la pasarela que ha sido echada entre los dos navíos. Y ella se lanza para estrechar en sus brazos al joven a quien no ha vuelto a ver desde la muerte de su padre. Pero ¿cómo? ¡Guy Carleton vacila, retrocede! ¿No reconocerá ya a su media hermana? Y de repente entre ambos se interpone un policía intimando a Isabel esta orden inesperada: «¡No toque!». Desconcertada, ella se detiene a su vez con mirada interrogante. Y ante todo, ¿quién es ese hombre? Y ¿con qué derecho viene él a impedir a una ciudadana de América acercarse a uno de los miembros de su propia familia?

Rápidamente van a explicarse las cosas. Con el velero The Shepherdess ha llegado a Liorna la noticia de que una enfermedad mortal y terriblemente con­tagiosa, la fiebre amarilla, hacía estragos en Nueva York en el momento en que el navío dejaba las costas americanas. El servicio de sanidad de Toscana se ve obligado, por este hecho, a actuar con extrema prudencia. Y entre los pasajeros de La Pastora, el señor Guillermo Magee Seton presenta señales inequívocas de mal estado de salud. ¿Quién sabe si no es portador del germen mortífero? La decisión tomada, pues, es irrevocable: antes de desembarcar en territorio tosca­no, Guillermo Seton, su mujer Isabel Bayley y su hija Ana María deberán que­darse en el lazareto de Liorna cuarenta días completos. Que ellos tomen, pues, los equipajes que han de seguirles al lazareto y se mantengan prestos a dejar The Shepherdess para subir a otro barco. Hasta ese momento se les pone entredicho formal de establecer contacto con quien fuere. Desde este instante quedan ya sometidos a la ley inflexible de la cuarentena.

La noticia cayó sobre Isabel como un mazazo. La joven mujer querría al menos explicarse. ¿No tiene ella la posibilidad de probar, ella, la hija del Dr. Bay­ley que la enfermedad de la que su marido está afectado no tiene nada de común con la fiebre amarilla? La fiebre amarilla es un mal que no perdona, es verdad. Pero es un mal que tampoco se prolonga. ¡Es un mal fulminante que se llevó a su padre en menos de ocho días! ¡En el supuesto de que Guillermo estuviera atacado de fiebre amarilla en una semana habría sucumbido! Pero ¿para qué tales razonamientos? Isabel se topa aquí -ella bien lo ve- con una consigna impla­cable contra la que sería vano sublevarse. A millares de millas de su país, ex­tranjera, no le resta otra cosa que preparar a Guillermo para la horrible decepción.

Y mientras vuelve a ganar, aterrada, su camarote, en el barco vecino es­talla repentinamente una alegre charanga. Una orquesta de la ciudad ha venido, según la costumbre, a dar la bienvenida a los viajeros extranjeros que desembar­can. Suena alegremente el Hail Columbia, seguido pronto de melodías americanas, las mismas que Bill, Ana María y Kate tenían costumbre de cantar en Nueva York, marcando el compás con sus pies y sus manos. Semejante evocación, en tal momento, tritura literalmente el corazón de Isabel. De no dominarse, ella se pondría a sollozar desatinadamente con su cabeza sobre la litera… Pero ¡no! Hay que «hacer frente» una vez más: en una situación tan imprevista, tan de­primente, Guillermo y Ana María no tienen otro apoyo que a ella, Ella debe sostener su ánimo.

Aquella noche, no obstante, a fin de sentirse menos sola, prosigue para Re­beca su diario de viaje: Si vieras a la «hermana de tu alma» sentada, bajo cerro­jos, en el rincón de una prisión inmensa, no podrías ya dormir, Rebeca… Hay una mirilla estrecha protegida por una doble reja de hierro: por allí debo llamar, si necesito algo, al soldado de guardia, cubierto con un tricornio, armado de un largo fusil… Todo eso, porque temen el terrible contagio que creen hemos traído con nosotros de Nueva York…

¡Una prisión! Eso era, en efecto, el lazareto toscano de San Leopoldo cuyas edificaciones -fortaleza abandonada- se levantaban a unas tres millas en el extremo oriental del rompeolas que protegía la entrada del puerto.

Un plano manuscrito «de la ciudad y del puerto de Liorna» fechado en 1782, y conservado en la Biblioteca Nacional de París, sitúa exactamente el emplazamiento del Lazareto de San Leopoldo sobre los arrecifes de que está bordeada la costa entre Liorna y Antignano. La palabra carceri que dobla, en otro mapa, la de Lazareto concuerda con la descripción que hace de la miserable enfermería el diario de Isabel3.

El lazareto merece verse también -anota, por su parte, Delalande-. Se compone de varios grandes cuerpos de edificio bañados por todas partes de los aguas del mar: allí se secuestra con gran cuidado y allí se ordena hacer la cuarentena a las personas que llegan de Levante; durante ese tiempo se exponen sus mercancías bajo los hangares. El señor Grosley cuenta que en su viaje corrió el riesgo de ser encerrado allí por haberse acercado demasiado.

Efectivamente, en el tomo II de su obra intitulada Observaciones sobre Italia de dos caballeros suecos, editado en 1764, Grosley consagra, a su vez, una pá­gina a las temibles «carceri» de las que guarda el peor de los recuerdos.

A la izquierda de este puerto (de Liorna) hay un lazareto aislado y cerrado por grandes fosos de agua viva. La curiosidad me expuso allí a un accidente que hubiera podido ser funestísimo. La comunicación continua de Liorna con todos los lugares de Levante y del África, donde reina casi siempre la peste, arroja allí a menudo bastimentos atacados o fuertemente sospechosos de contagio. Bajo sospecha, se confina sus equipajes en el primer recinto del lazareto; el se­gundo es para los atacados, para los que traen síntomas, en fin para aquellos en los que se manifiestan en la cuarentena, de suerte que este segundo recinto es un verdadero hospital de apestados.

Yo lo ignoraba cuando, solo y sin haberme informado, me presenté en el la­zareto adonde no había llegado sino con mucha dificultad, a través de un labe­rinto de fosos y de fortificaciones. En el primer recinto me encontré gente de la que algunos me saludaron, retrocediendo, y haciéndome señal de que no me acer­cara a ellos.

Penetré sin obstáculos en el primer patio del segundo recinto, cuyo pasadizo estrictamente custodiado siempre, no lo estaba entonces. Llegando al segundo pasadizo encontré allí un centinela que me gritó que me alejara, y que, viendo cómo me acercaba, se puso a saltar y a brincar como un loco o como un tipo que sintiera cosquillas… Yo me retiré y conté mi percance en una de las primeras casas de Liorna. Todo el mundo se estremeció y me hicieron saber que si, querien­do forzar la entrada, mi ropa hubiera tocado lo más ligeramente el postigo o la del centinela, me habría condenado a pasar ipso facto dentro de una de las celdas del último recinto y a hacer allí cuarentena en medio de los apestados afectados y convictos cuyo receptáculo era aquel.

Se experimenta, al leer este relato, qué terror inspiraba entonces a los via­jeros la sola perspectiva de una reclusión en San Leopoldo. La descripción dada por estos autores de fines del siglo XVIII permite, por otra parte, darse cuenta de los dos accesos de que se disponía para penetrar en los edificios del lazareto. Un muelle daba directamente sobre el mar: allí se hacía desembarcar a los via­jeros sospechosos, sin que ellos hubieran tenida necesidad de posar su pie en el desembarcadero del puerto, mientras que otra salida -la que había violado im­prudentemente el señor Grosley- ponía en comunicación la enfermería con tierra firme.

Se concibe fácilmente la angustia que oprimió el corazón de Isabel cuando hubo comprendido adonde la conducía, con Guillermo y Ana María, la embar­cación que se alejaba del navío The Shepherdess, del puerto y de la ciudad. Jamás podría olvidar ya esta jornada del 19 de noviembre de 1803.

Vacilante, anonadado, Guillermo se había instalado en el pequeño velero que cabeceando y saltando como una canoa, le conducía, a él y a los suyos, al lugar de su reclusión. Después de una hora al menos de maniobra se encontraron al sur de la ciudad, ante la mole sombría y lúgubre de la fortaleza cuyos muros enormes, agarrados a la roca, parecían hacerse uno con ella, sumergirse con ella en el mar.

A1 arribo de la embarcación, había sonado una campana, a la manera de un toque de agonía. Unas tras otras, se habían bajado unas cadenas con un chirrido siniestro. Se habían cruzado palabras sin fin entre los marineros y el dueño del interior, a quien todos llamaban con un tono de respeto el Capitano, antes de que se hubiera permitido a los tres pasajeros extenuados poner pie en el de­sembarcadero. Entonces se encontraron solos sobre el arrecife de roca, frente a aquel hombre desconocido que les atisbaba de lejos. Apareció un guardia que debía conducirles al interior del edificio y miraba con espanto a aquellos hués­pedes indeseables, manteniéndose lo más lejos posible de sus personas, indicán­doles con la punta de su bayoneta la dirección que debían tomar.

La pequeña Ana temblaba. En cuanto a Guillermo, se tambaleaba como si estuviera a cada instante a punto de desplomarse. Y aunque hubiera ocurrido eso -concluye melancólicamente Betty- nadie hubiera osado tocarle.

No obstante, una feliz sorpresa esperaba a los Seton en aquel verdadero lugar de detención. En el cuerpo del edificio reservado al Capitano se les había antici­pado María Cowper, la mujer de Felipe Filicchi. Alertada desde el primer instan­te de la nueva prueba que pesaba sobre sus amigos de América, se había hecho conducir a gran trote de su atelaje hasta la entrada del lazareto que comunicaba a pie llano con los arrabales de la ciudad. Sentada cabe una ventana guarne­cida de sólidos barrotes, acechaba anhelante le llegada de Guillermo, de Isabel y de Ana María. Ella hubiera querido estrechar entre sus brazos a la joven mujer y a la niña. Solamente le estaba permitido mirarlas desde lejos y gritarle algunas palabras. De una y otra parte se intercambiaron señales de amistad a falta de largas frases. Luego el guardia, implacable, se llevó consigo a los Seton hasta el comienzo de una tosca escalera de piedra. Ellos subieron sus veinte peldaños para encontrarse al fin en el lugar que les estaba asignado: una pieza inmensa y fría con la bóveda tan alta que a Isabel le evocó en seguida la Iglesia de San Pablo de Nueva York. Un pavimento de ladrillos. Paredes desnudas rezumando humedad. Una ventana que da sobre el mar y otra, más pequeña, con vista a un pasillo estrecho. En cuanto al mobiliario, era de lo más rudimentario.

Habían echado por tierra un colchón para Guillermo y en él se tendió, in­capaz de probar ni el vino ni los huevos… ¿Dónde estaban, pues, nuestros jara­bes, nuestra mermelada de grosella, nuestras pociones que debía tomar él a bordo cada hora? Yo había oído decir que el lazareto era un lugar de lo mejor acon­dicionado que había para enfermos, y no había traído nada…

Nada de común entre el lazareto de Liorna y aquél que había intentado orga­nizar el Dr. Bayley en Staten Island. Por deficiente que fuera la estación de la cuarentena neoyorquina, parecía a los ojos de Isabel una enfermería confortable en comparación de la que encontraba aquí. Se diría más bien una leprosería del Medievo, un malatería, como decían entonces, con todo lo que tal vocablo en­cerraba de inhumano. El terror era allí dueño. Preservarse del contagio venía a ser el primero de los objetivos perseguidos, a veces el único. ¿Quién iba a preocuparse del bienestar de los enfermos, de su curación posible, cuando, ade­más, se estaba todavía tan indefenso frente a las enfermedades más graves, más mortíferas?

Y ahora que cae la tarde en aquel lugar de desolación, Isabel, instalada mal que bien ante la mesa, trata de puntualizar lúcidamente. Examinando la extraña y lúgubre enfermería, ha descubierto una alcoba, una especie de reducto en comunicación con la inmensa pieza. Se refugia allí por un instante y, arrodillada en el suelo deja correr sus lágrimas sin freno. Luego, muy pronto, se repone: Guillermo y Ana María tienen necesidad, más que nunca, de su Presencia, de su cariño, de su energía. La chiquilla, desconcertada de primeras, no tardó en recobrar su ardor, la vivacidad de su edad. Una cuerda que arrastraba por tierra cerca de los equipajes abiertos convirtiose entre sus manos en una comba de saltar. Ella la hacía dar vueltas, encontrando, de un solo golpe. el medio de distraerse y de calentarse. Con la noche, efectivamente, había caído sobre los reclusos un frío glacial, penetrante. Isabel misma, habiendo utilizado para cubrir a su marido y a su hija todas las prendas de abrigo que se hallaban en las cajas, estaba tiritando. Por fortuna, sus libros la habían seguido. Y su escritorio. Ella se felicita ahora de no haberlos dejado en el puerto de Liorna. Con sus libros, con su pluma y papel, se sentía menos sola. Ella puede expresarse, puede, de alguna manera, tomar contacto con aquellos a quienes ama y de los que, a la vez, la separan millares de millas y las murallas de una prisión…

Sin embargo, María Filicchi Cowper, habiendo tomado conciencia de la ins­talación irrisoria del lazareto, no había permanecido inactiva desde su visita. Por sus cuidados, habían sido llevados a las Seton unos Paquetes que contenían una substanciosa comida, los objetos de primera necesidad que hacían absolutamente falta en el lazareto. Ahora Guillermo está dormido. La niña también. La llama de la bujía vacila bajo las ráfagas del viento.

Me duelen tanto los ojos -anota Betty- a fuerza de llorar, a causa del viento y de la fatiga, que debo cerrarlos y mantener mi corazón en alto.

Ella no se decide, con todo, a dejar la pluma: Confío en que Dios que ha dado a mi pobre enfermo la fuerza para soportar una jornada tan penosa tendrá cui­dado de él. El es verdaderamente nuestro todo -había escrito ya ella-. Y pro sigue: Si hubieras visto a la pequeña Ana, con sus brazos apretados en torno a mi cuello, en el momento de su oración, mientras sus lágrimas corrían, precipitadas, ¡cómo la habrías amado! Para dormirla, le leí unos versículos sobre la confianza en Dios. Ella me dijo: «Mamá, ¡si papá fuera a morir aquí! Pero Dios estará con nosotros». Dios está con nosotros y si nuestros sufrimientos abundan, sus consuelos sobreabundan también. Si el viento -dicen aquí que jamás vieron se­mejante tempestad en esta época del año-, si el viento casi extingue mi luz y sopla en la chimenea con un ruido de trueno, no es sino por su mandato… Si las circunstancias que nos han conducido a esta situación de semejante desam­paro, no estuvieran guiadas por su mano, sí, nuestra situación actual sería ver­daderamente miserable. Durante esta hora, precisa, Guillermo acaba de tener un acceso de tos tan violento que le ha provocado un esputo de sangre, lo que resulta para él una causa de agitación, una causa de abatimiento también, por más que él trate de disimular. ¿Qué diremos? Es la hora de la prueba. Que el Señor nos sostenga en ella y nos fortifique en ella. Volver sobre el pasado entra­ña la angustia. Apresurémonos a avanzar hacia la meta y la recompensa.

Tal es Isabel Seton en su primera noche de cuarentena, tal permanecerá du­rante las cuatro semanas en cuyo transcurso se sucederán para ella esperanzas y agonías. A las tentaciones de descorazonamiento responderán siempre arranques de confianza y de fe hacia Dios cuyo verdadero rostro presiente ella, a veces, a través de la dolorosa noche que, en su infinita sabiduría, El ha impuesto al alma trémula de la esposa, de la madre, purificándola como el orfebre depura el oro en el crisol. Sencilla, directa, Isabel asiente, aunque no comprenda. Ella sabe so­lamente en quién ha puesto su confianza. Ella cree con toda su alma que Aquel no la abandonará.

Las páginas de su valioso diario -¡benditas sean!-, permitirán seguirla por ese áspero camino hasta la meta adonde el Señor la guía sin que ella lo sepa. Vencida por la fatiga, la joven mujer, instalada a su vez, no sabemos dema­siado cómo, se sume en un pesado sueño. Las campanas del Angelus que la des­piertan al amanecer del domingo 20 de noviembre vuelven a ponerla brutalmente frente a la realidad.

Las olas de un mar encrespado irrumpen contra los roquedos y los paños de muros del lazareto, asestando sin parar sus golpes de ariete gigante contra las piedras chorreantes, retumbando con estruendo en un haz de espuma cuya altura alcanza a veces el nivel de la ventana. Sobre el alma de Isabel irrumpe al mismo tiempo una ola de angustia de tal violencia que la oración le resulta casi impo­sible. Esta noche lo confesará ella en su diario. Será para precisar, sin embargo, inmediatamente después: Pero me repuse y comprendí que aquello era hacer ofensa a Aquel que es mi único amigo, mi único Recurso en mi miseria y que era rechazar de mi alma el único consuelo que podía recibir. Pidiendo el perdón y la fuerza, recobré la paz y con un rostro relajado y alegre pregunté a Guiller­mo qué haríamos para comer.

Poco a poco, además, va a organizarse la vida. Gracias a los Filicchi, un viejo doméstico de confianza, Luis, viene a presentarse desde este domingo a Isabel. Para ir en ayuda de la Signora, Luis aceptará de buen grado compartir con los Seton la incómoda y dura reclusión. Un guardia descorre, a golpe de martillo, el cerrojo de la puerta vecina: allí es donde se instala el viejo italiano presto a acudir a la primera llamada, de día y de noche, bajando y volviendo a subir sin cansarse los veinte escalones de piedra, revelándose, además, como óptimo co­cinero.

El lunes 21, los Filicchi hacen llevar, una vez más, para el enfermo un ver­dadero lecho, provisto de somier, de un buen colchón, de amplias cortinas que serán, en las condiciones presentes, más que un adorno a la moda una protección efectiva contra las corrientes de aire o contra el humo del pobre fuego de leña que sirve para preparar las comidas o para caldear un poco la estancia excesiva­mente espaciosa.

El Capitano ha querida, por su parte„ hacer preparar para la Signora Isabel y la Signorina Ana María, dos tarimas que harán las veces de catre, a decir verdad bastante rudimentarias, pero que al menos evitarán a la niña y a su madre el con tacto con el enladrillado húmedo de que apenas las preserva el excesivamente delgado colchón de marinero. La situación -confiesa Isabel- es al fin sopor­table. Generosamente, en todo caso, ella ha decidido sacarle su partido.

En tanto que lo permita el estado de su marido ha establecido para ella y para Ana María un reglamento donde tienen su lugar la oración, la lectura de la Sagrada Escritura y el trabajo escolar de su hijita. Por otra parte -anota el diario- aquí no hay dificultad para saber la hora, ya que hay cuatro campanas que tocan no solamente las horas sino las medias y los cuartos.

El 22 de noviembre un médico, el Dr. Tutilli, es autorizado, al fin, para ir a ver al enfermo, y su visita, por breve que fuera, parece devolver a Guillermo, con una débil esperanza, una ligera recuperación de fuerza y vitalidad. Los Filicchi van también a llevar diariamente el alivio de su sonrisa y de su fiel amistad. Por su parte el bueno de Luis se ha procurado, Dios sabe cómo, un ramillete de flores frescas que coloca con alegría en la pieza de paredes des­nudas: jazmines, geráneos, violetas… Y la joven mujer tiene que confesar sen­cillamente en su diario que está decididamente reconciliada con los cerrojos y barrotes y hasta con el soldado de guardia cuyo paso escucha martillar sorda­mente el suelo del corredor.

Poco a poco se suaviza la consigna, muy ligeramente sin duda, pero al fin se les permite a los reclusos hablar con los Filicchi sin estar separados por una reja severa. Son admitidos en el umbral mismo de la puerta y bajo la estricta vigi­lancia del Capitano pueden conversar un momento con los Seton. Breve ilusión de una libertad recobrada: que Guillermo inicie, animado por la conversación, el menor movimiento de más y el largo bastón del Capitana le llamará fríamente al orden. Isabel evoca entonces las visitas de su infancia al parque zoológico de Nueva York: ¡Es exactamente como cuando íbamos a ver los leones! Los leones en jaula de los que nunca se desconfía demasiado… Pera ahora los leones son Guillermo y Ana María, y lo es también ella, Betty…

A pesar de los barrotes la hijita se revela como una excelente alumna: lee, escribe, plantea importantes cuestiones con una seriedad, a veces, por encima de su edad. Pero no por eso deja de ser menos una niña saltarina que siente gusto por jugar, por saltar a la comba, por acunar con amor una muñeca de trapo que le han regalado. «Es un placer verla», anota alegremente su madre. Guy Carleton ha recibido, a su vez, la autorización de hablar con su media hermana, de pie sobre los peldaños de la escalera, y sus visitas, por breves que sean, aportan a la joven mujer, como a su marido, un momento de feliz dis­tracción.

Por otra parte, no tarda en establecerse entre Isabel y el Capitano una corrien­te de simpatía. Hombre honrado, si los ha habido, maltratado por la vida y cuyo puesto, en la hora actual, nada tiene de encantador. Se cree obligado, en su espontaneidad, a dirigir una pequeña exhortación moral a sus pensionistas. A sus labios acude a menudo una expresión que Isabel no le había escuchado hasta ahora: le bon Dieu. Isabel transcribe estas palabras en francés y verosímilmente en francés es como conversa de ordinario con el Capitano. ¡Le bon Dieu! El hombre de cabellos blancos, de rostro curtido, en cuyos rasgos se lee una especie de resignación, llega muy pronto a las confidencias:

– ¡Yo tenía una mujer! ¡Yo la amaba! Sí, ¡yo la amaba! ¡Oh!, ella me dio una hija de la que me recomendó tuviera mucho cuidado y luego… ella murió. Ese recuerdo, evidentemente, le retiene aquí de un modo singular junto a Isabel y Guillermo, que parece por momentos tan próximo a su fin. Su mirada, bañada en lágrimas, va de uno a otra:

– Si Dios le llama, ¿qué podemos hacer nosotros? Y ¿qué quiere usted, señora?

Comienzo a sentir simpatía por nuestro Capitán -anota brevemente la joven mujer, después de haber referido palabra por palabra su conversación-.

En cuanto al Capitano, él se siente atraído, con toda evidencia, hacia aque­llos americanos que, lejos de abatirse frente a una situación casi desesperada, mantienen día tras día el dominio de sí mismos y la serenidad. Locuaz, como lo son a menudo los italianos, no puede abstenerse, unos días más tarde, de evocar ante Bettv, a dos pasos del lecho donde yace Guillermo presa de un violento ac­ceso de fiebre, las escenas trágicas de que ha sido testigo.

– ¡En esta misma pieza, he visto sufrir a la gente! Mire, ahí estaba tendido un americano v reclamaba un cuchillo para poner fin a su agonía. Allí donde se encuentra el lecho de la Signora, un francés, en su delirio, quería a toda costa darse un tiro y murió en medio de sus angustias.

¡Tales evocaciones no tenían, claro está, nada de reconfortante! Isabel, sin embargo, sabe escuchar la larga charla del Capitano. Por un instante le viene la idea de reprochar a su carcelero la inhumana reclusión de la que se puede presumir con harta certidumbre que ha de ser fatal a Guillermo. No ha transcu­rrido una semana y los papeles están ya cambiados. Ya no es el Capitano quien sostiene la energía de la joven mujer, es ella quien la arrastra en su propia es­tela, más alto, más cerca de Dios. Ella consigna por escrito la conversación que tuvieron ¡untos el 25 de noviembre:

El Capitano dice:

– Todas las religiones son buenas. Hacer a los demás lo que quisieran que ellos hagan contigo, ahí está toda la religión y el único punto que cuenta.

– Dígame, querido Capitán, ¿considera usted ése como un buen principio, solamente, o también como un mandamiento?

– Yo tengo respeto por el mandamiento, señora.

– ¡Pues bien, Capitán!, ¡pues buen, querido señor! Aquél que ha hecho un precepto de su excelente principio ha dada, ante todo, este mandamiento: ¡Ama­rás al Señor tu Dios con toda tu alma!». ¡No es eso a lo que usted da primacía, Capitán?

– ¡Ah, señora! Sí, ¡es excelente! PERO HAY TANTAS COSAS…

¡Hay tantas cosas! Tantas cosas que sacrificar, tantas cosas que dar. El acen­to del viejo italiano debía de ser más elocuente aún que sus palabras, pues Isabel las consigna en francés antes de comentarlas: ¡Pobre Capitán! ¡El tiene 60 años y declara, con todo, que para dar a Dios lo que El pide son tantas cosas obs­táculos para el alma!

La noche del 29 al 30 de noviembre, se hundió un navío no lejos de la costa. Se encerró a los infortunados náufragos: griegos, turcos, franceses, españoles, en una de las salas húmedas del lazareto. Isabel, olvidando su propia desgracia ex­perimenta hacia ellos una profunda compasión.

Sin colchón, sin ropas. Unos tienen un paletó y no camisa, otros tienen una camisa y no abrigo… Se les ha enviado a todos a una estancia desnuda con una escudilla de agua por todo potaje, hasta que el «Capitano» encuentre tiempo para proveer a sus necesidades.

Fatalista y timorato, como de costumbre, el Capitano se escuda en la consig­na: ¡El nada puede hacer, si no recibe órdenes! Y concluye:

– ¡Paciencia! Y ¿qué quiere usted, señora!

La pequeña Ana María, testigo de aquella inconcebible incuria, establece una comparación entre la situación de los náufragos y la que ella compartía con sus padres: ¡Mamá, nosotros tenemos bien de suerte al lado de ellos! Y además, nosotros tenemos paz. Ellos disputan, se pelean y no hacen más que gritar. A nosotros el «Capitano» nos manda castañas y frutas. ¡ellos no tienen ni siquiera pan! ¡Querida Ana -concluye Isabel- tú verás muchas otras cosas sorpren­dentes al estilo de ésta!

El 30 de noviembre el diario de Isabel hace alusión una vez más a un deshe­redado de este mundo a quien ella se acerca desde su llegada a las siniestras construcciones del lazareto. Es uno de los guardianes empleados en el departa­mento que ocupan los Seton. Incapaces como son de entenderse en su propia lengua, Isabel y el guardián cambian gestos y miradas más elocuentes, a veces, que las palabras. Mostrando sucesivamente su pecho y su garganta con una mímica expresiva el hombre le ha dado a entender que estaba tocado de una de esas enfermedades que no perdonan. Isabel aprovecha una de las visitas del Capitano para hablarle de aquel guardián y decirle su pena por verle en tal estado. Pero el Capitano exclama:

-¡Oh, señora! ¡El está completamente a gusto! Se casó hace dos años con una joven encantadora, encantadora…, de 16 años. Actualmente, tiene dos niños y gana 3 libras y media por día. Es verdad que él debe pasar sus noches en el lazareto, pero por la mañana vuelve a su casa para reunirse allí con su mujer una a dos horas: ¡no le es posible dejar su puesto por más tiempo! Y ¿qué quiere usted, señora…!

¡Padre de los cielos, bueno y misericordioso, -protesta el diario- no permi­tas que un hombre se estime satisfecha y contento can tres libras y media por día, cuando con ese salario irrisorio debe hacer vivir a una mujer y a unos hijos! ¡Oh! haz que me acuerde de ese hombre, cuando yo no tenga suficiente o crea no tener suficiente. El tiene 22 años, su mujer tiene 18… Mi pensamiento se reúne can los dos seres queridos que están en casa: Enriqueta y Bec… He ido hasta el pretil de la escalera con la pequeña Ana para que la hija de nuestro CAPITANO pueda darle la muñeca que ha hecho para ella. La joven tiene un ros­tro amable, y está cogida de bracete a su padre. Ella ha rechazado una petición de matrimonio para poder ocuparse de él. ¡Verles así ha despertado en mí bien de recuerdos! Espero que le sea concedido encontrar de nuevo a alguien a quiera amar y que allí encontrará su recompensa.

Con los primeros días de diciembre, acabó el temporal. Pero el frío arrecia intensamente. Imposible, sin embargo, hacer fuego en la pieza sin quedar medio sofocados por el humo. Los náufragos están siempre allí, circulando por los patios del lazareto, medio locos de frío y de hambre, pasando su tiempo en disputar, en jugar a las cartas, vociferantes. La pequeña Ana María tose cada vez más y, a su vez, debe quedarse en su cama de fortuna. Guillermo está abatido. Por dos ve­ces, el Capitano, ingenuamente, ha venido a anunciar a los Seton una noticia que, según él, debe llenarles de contento: se les hace gracia de cinco días de cuarentena y luego de otros cinco. ¡El 19 de diciembre estarán libres! Y, más charlatán que nunca, el viejo italiano, con el deseo laudable sin duda, pero cuán desafortunado, de dar más esperanza a Isabel y a su marido, se pone a enumerar los placeres que encontrarán en abundancia dentro de la ciudad de Pisa, durante las fiestas de Navidad. Paciente, Isabel le escucha hasta el fin, sin mandarlo a paseo, mientras su espíritu se lanza hacia los cuatro pequeños que la esperan tan lejos y que, por primera vez, celebrarán la Navidad sin su madre. Y su mirada se posa, entonces, sobre el lecho de Guillermo y sobre el de Ana María. ¡Los regocijos de Navidad! ¿Qué será de Guillermo, el 25 de diciembre próximo? Más reconfortante es la visita, si se puede emplear este término, que van a hacer a los Seton el Capitán O’Brien y su mujer. Ellos han obtenido, a su vez, la autorización de penetrar en el recinto del lazareto. Desde el patio interior, durante unos instantes que la intensidad del frío no permite prolongar, pueden conversar con Isabel y hacer señales de amistad a Guillermo y a la niña que se aprietan contra la reja de la ventana. Breve y pálida sonrisa, este verse de nuevo.

Pronto el estado de Guillermo se agrava de forma inquietante. Una semana de angustia casi ininterrumpida que la joven mujer pasa por entero a la cabe­cera de su marido, no encontrando siquiera tiempo para poner una línea en el cuaderno del diario. El 5 de diciembre, el Dr. Tutilli, llamado con urgencia, no deja ninguna esperanza. Una abundante y violenta expectoración viene, no obstante, a traer inopinadamente al enfermo un afortunado alivio. Isabel, sin embargo, no se hace ilusiones:

Lluvia y tormenta, -anota de nuevo en el diario, con fecha de 14 de di­ciembre- como casi cada uno de los veintiséis días que hemos pasado aquí. Se vería que tal humedad es peligrosa para una persona con buena salud. ¡Con la enfermedad de mi Guillermo, entonces! ¡Oh!, yo sé bien que allá arriba hay un Dios. No vale la pena, CAPITANO, que nos mire en silencio y que su dedo nos indique: «allá arriba». Si yo pensara que nuestra situación presente es efecto de una voluntad humana en vez de compararme a María Magdalena en lágrimas, como usted me llama tan amablemente, debería compararme a una leona, a una leona presta a poner fuego a su lazareto, si lo pudiera, a fin de llevarme a mi pobre prisionero y permitirle respirar el aire del cielo en un sitio distinto de éste. ¡Tener a un pobre ser que viene a vuestro país para salvar en él su vida, tenerle encerrado durante treinta días entre unas paredes húmedas, en medio del humo y del viento que sopla de todos los rincones, hasta levantar las cortinas que rodean su lecho, que nos penetra hasta la médula de los huesos!… ¡Y ahora, el espectro de la muerte! ¡El tirita con sólo levantarse unos minutos! El debe ir a Pisa por su salud, ¡hoy sus proyectos están muy lejos de Pisa!, pero, ¡oh Padre mío de los cielos! yo sé que estos acontecimientos contradictorios son per­mitidos y ordenados por tu Sabiduría que es la sola Luz. Nosotros, personalmen­te, estamos en la obscuridad, y debemos reconocer que nuestro saber no se requiere para que se haga tu OBRA. Y no debemos perder de vista esa Miseri­cordia infinita que, permitiendo los sufrimientos de nuestro corazón mortal, ha otorgado a nuestras almas una tan grande ocasión de encontrar la dicha y la saciedad para nuestra vida eterna, en la que comprenderemos con seguridad que todas las cosas han concurrido a nuestro bien, pues nuestra firme confianza está en Ti.

Página clave del diario escrito en el lazareto, esta página debía citarse ínte­gramente. Toda hirviente de humana indignación, como impregnada de todo su­frimiento, más allá de toda justicia, está Dios., y su eterna Sabiduría, y su eterno Amor, y porque, como lo proclamó san Pablo: «Todo concurre al bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.