Isabel Seton, la biografía: 09 – Rumbo a lo desconocido

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Yo soy el Señor tu Dios que remueve el mar y hace bramar sus olas…
Yo he puesto en tu boca tus palabras.
Yo te he escondido a la sombra de mi mano.
Is 51, 15

El 2 de octubre de 1803, un gran velero The Shepherdess (La Pastora), a punto de partir para el continente europeo, levaba anclas en e1 puerto de Nueva York. Los marineros se afanaban sobre el puente del navío, tirando de los cordajes, maniobrando de consuno los cabrestantes y las poleas, soltando las velas inmensas que se henchían ya bajo el soplo del viento. Con chillidos agudos, cor­moranes, golondrinas de mar y gaviotas se perseguían, evolucionando en torno a la gran gavia y a la cangreja. En el embarcadero se agitaban los pañuelos. Lentamente el barco remolcado por una chalupa de potentes remos que movían al compás rudos marineros, se deslizó por el estrecho canal a lo largo de la es­tación de la cuarentena.

Todos los niños que jugaban en el jardín público de The Battery acudieron a situarse en el muelle más próximo para ver pasar el barco que singlaba hacia tierras lejanas, tan lejanas que se confundían, en su imaginación infantil, con el país de los sueños. En primera fila dos chiquillos de seis y medio y cinco años, se apretaban contra una adolescente, y una jovencita que tenía de la mano a una nena de tres años. Bill, Ricksy y Kate Seton habían venido con sus tías Enri­queta y Rebeca para enviar un último beso a sus padres y a su hermana mayor que habían embarcado, hacía poco, en I a Pastora, a fin de alcanzar Italia. Con todos sus ojos, los tres pequeños miraban ahora al navío que avanzada balan­ceándose, gracioso, sobre las olas. Cuando llegara a su altura ellos podrían distinguir fácilmente, desde su observatorio, las queridas siluetas que agitaban ya sus manas en dirección suya.

Apoyada en la batayola, Isabel Seton al lado de Guillermo escrutaba por su parte los, muelles de The Battery. Mantenía en su mano, como señal convenida, un pañuelo de seda roja, a fin de ser más reconocible de lejos.

Y, de repente, los pequeños estallaron en sollozos. Habían reconocido entre los pasajeros, en medio de la marinería, a su papá, a su mamá y la frágil silueta de su hermana mayor de 8 años, Ana María, que les hacía grandes gestos. En su entusiasmo de ver pasar tan cerca de ellos el velero de altos mástiles habían olvidado por un instante su dolorosa separación. Ahora, veían bien que el navío, deslizándose a lo largo de Staten Island, se dirigía hacia el faro de donde, tras un breve momento de parada, se iría hacia alta mar, hacia lo desconocido, lle­vando más lejos de ellos, cada minuta, a aquellos de quienes jamás hubieran creído en su experiencia totalmente nueva poder estar separados un día.

Bill, e1 primero, acababa de comprobar lo que representaba concretamente el bello viaje del que se le había dicho que su padre tenía necesidad. Esta noche, su mamá no le besaría, como lo hacía cada noche, ni mañana, ni al día siguiente… Aquello era demasiado para su corazón de seis años. El se dejaba llevar de su inmensa tristeza. Fuertes sollozos le sacudían cortándole por momentos la respiración. Se sofocaba. Cerca de él, Ricksy y Kate lloraban, agarrándose a las faldas de Rebeca. Enriqueta y su hermana, dominando su propia emoción, apre­taron en las, suyas las manitas de los niños y los condujeron a casa.

El viaje que debía conducir a Isabel y Guillermo hasta el puerto italiano de Liorna, había sido decidido en el curso de las semanas precedentes. Mm Seton declina tan rápidamente, había confiado Betty a su amiga Julia Scott, que no se puede guardar ninguna esperanza de ver restablecida su salud. Ambos lo sabían. Era la suerte común de una parte de los Seton: ¡qué se podía prácticamente con­tra una herencia de este género, frente a un mal implacable del que la medicina ignoraba casi todo? Sólo restaba una cosa posible: dar al enfermo un sosiego mo­ral, psicológico, condescendiendo con sus, últimos deseos por exhorbitantes que fueren, como lo son a veces, precisamente en los tuberculosos, durante las últi­mas crisis de la enfermedad.

Pero, Guillermo no soñaba sino con el cielo azul de Italia, con los pequeños valles arbolados, verdegueantes y floridos de Toscana. En Italia había pasado los años más bellos de su juventud. Allí había dejado unos amigos fieles, Antonio y Feline Filicchi. Antonio se había casado en 1794, el mismo año que Guillermo. Había tomado por esposa a Amabilia Baraaazzi, que le daría siete hijos. Era un hombre cultivado. Antes de asociarse en los negocios con su her­mano Feline, había estudiado Filosofía en Pisa, luego Derecho en Roma. Había obtenido el doctorado en ambos derechos y, de hecho, se había visto distingui­do con una misión oficial que por un tiempo le había conducido a Milán. Ac­tualmente, estaba de nuevo en Liorna con su mujer y sus hijos. Allí trabajaba en concierto con su hermano Felipe, un año mayor que él. Competente en los negocios comerciales y bancarios, Felipe había llegado repetidas veces a tomar contacto directo con el joven Estado de América. Allí había conocido a los presi­dentes Washington v Adams. Feline era con quien se había embarcado Guiller­mo para volver a EE.UU. en 1878. Al año siguiente, el joven italiano de vein­tisiete años había encontrado en Boston a María Cowoer a quien haría pronto su esposa, llevándosela con él a Europa. Con María Cowner, los Seton encon­trarían en Liorna un poco de América. Felipe, como su hermano, era un exce­lente latinista. Hablaba además corrientemente el inglés, el francés, el español.

Eran aquellos unos amigos incomparables cuales tal vez Isabel y su marido no habían encontrado jamás en la sociedad neoyorquina. Guillermo no cesaba ya de hablar sobre este tema.

Con el mismo entusiasmo hablaba de los monumentos históricos, de los sun­tuosos «palazzi» de Toscana y de Venecia. Describía las obras maestras de arte religioso cuales eran, a través de toda la península, las iglesias católicas de las que la joven América no podía tener ni idea. Se veía ya admirando can Betty las maravillas que sus amigos europeos le habían hecho descubrir antaño. Juntos, gustarían el placer de ver los monumentos famosos, las esculturas y las pinturas de los grandes maestros del renacimiento italiano. Juntos, realizarían a lo largo de las costas encantadoras del Mediterráneo magníficos paseos. Betty descan­saría contemplando, el mar tan intensamente azul y los pliegues ondulados de las colinas verdegueantes donde surgían a veces las lanzas de los cipreses o los quitasoles de los pinos, cuya sombra se extendía, con un azul oscuro, sobre los viñedos a las praderas. Ella probaría allá frutas desconocidas, sentiría el perfume embriagador de flores que jamás había visto. Y Guillermo, en aquel clima de paraíso terrestre, recobraría, poco a poco, las fuerzas de que tenía necesidad para triunfar del mal que le minaba.

Isabel escuchaba a su marido forjar los sueños más dorados, sonriendo a unas esperanzas cuya vaciedad ella sabía. Pero había conocido que allí había para ella una última dulzura, una última dicha humana que ella no se reconocía el derecho de frustrar.

De común acuerdo habían decidido entonces hacer este viaje de largo tra­yecto y tan desprovisto de las condiciones de seguridad, de comodidad y de ra­pidez que hoy conocemos. Apenas el proyecto tan excepcional se divulgó en la familia y entre las amistades de los Seton, un «tolle» general se levantó contra ellos. Hacía falta estar loco para intentar semejante aventura, sobre todo en aquel período de perturbación política europea, cuando el viejo continente veía enfrentarse una vez más, en mar y en tierra, a Inglaterra y Francia.

¿Ignoraban entonces los Seton los peligros a que iban a exponerse? Y ¿qué les sucedería si The Shepherdess fuera capturado por la flota francesa? Y aunque ellos evitaran ese peligra, ¿cómo iba a soportar una travesía de muchas semanas un hombre cuyo estado de salud requería ya entonces tantos miramientos? ¿Có­mo reaccionaría en el caso de que el velero debiera resistir una tempestad en pleno océano? ¿Qué juicio cabal había en exponerse a tantos azares para correr tras una quimera?

Pero Isabel no era una mujer que se dejara quebrantar por el qué dirán. Su decisión la había tomado con conocimiento de causa, después de haber sopesado lúcidamente los riesgos y las ventajas. Nadie la haría volverse ahora de aquello que estimaba ser para ella un deber dictado por el amor a su Guillermo. De se­guro que no minimizaba su precio, ni el sufrimiento. ni las renuncias que de ella derivarían.

Para soportar la tormenta que quisiera aplastarnos, escribe a Isa Sadler, no hay más que un medio: tratar de elevarse por encima de ella. Guillermo ha tenido de nuevo fuertes crisis desde que te ví. Todos dicen que es una presunción, que es casi una locura emprender nuestro viaje. Pero tú sabes que nosotros tenemos otra manera de ver las cosas. El día de la partida está fijado para el sábado. Todo está dispuesto; todo está a bordo. Querida Isa, ponemos todas nuestras es­peranzas en Aquel que es nuestra Fuerza, y mi alma está agradecida porque cier­tamente, dado que tenemos tantas razones para abandonar nuestras, esperanzas terrestres, debemos sin duda ninguna buscar nuestro reposa en lo alto. ¡Es po­sible, tal vez que nos hayamos reunido para no ser separados jamás! Acojo esta promesa con una fe sólida y ardiente, en ella me apoyo y todo esta bien. Sí, apo­yarse en la misericordia de Dios. ¡Que El te bendiga como te bendice mi alma y te eleve por encima de las tristezas y de los sufrimientos en que tu alma se debate tanto tiempo! Querida, querida Isa, mi corazón se estremece dentro de mí, y no puedo sino decirte: coge a menudo a mis queridos en tus brazos y, si he podido causarte pena en lo que sea, no de les que su recuerda venga dos, veces a tu pensamiento. Sé que eso no sucederá, pero me parece ahora como si estu­viera en mi último momento frente a todos aquellos a los que amo.

Este sufrimiento punzante de separarse -¿por cuánto tiempo?- de Bill, de Ricksy, de Kate y de Rebeca, Isabel quiere callárselo a Guillermo, Pero le tor­tura su corazón de madre. Bec, su última pequeña, no tiene más que catorce meses y su salud, precisamente, no deja de causar serias inquietudes desde hace al­gunas semanas. Los Post habían aceptado recibir en su hogar al frágil bebé y esto era, al menos para Betty, una doble seguridad. Junto a María, la chiquitina no quedaría privada de ternura, mientras que su tío podría seguirla atentamente en el Plano médico. A su cuñada Rebeca le había confiado sus dos muchachos y Catalina. No era cuestión para ellos, sin embargo, de quedarse en la casa de Staten Street. Isa Maitland, que debía tanto a los Seton les acogería con Enri­queta y Cecilia en su Propia morada. Por este lado también Isabel podría quedar sin temor. Junto a «su hermana del alma», los niños continuarán viviendo dentro de una atmósfera apacible, impregnada toda de lo sobrenatural, como su madre había querido, desde siempre, para ellos. En cuanto a su primogénita. Ana Ma­ría, había tenido la inspiración providencial de llevársela con ella a Europa. A los ocho años, la muchachita, despierta precozmente a la seriedad de la vida, sería para su madre una compañía preciosa y para su padre un rayo de sol que esclarecería los días, a veces interminables, de la travesía.

Una vez arregladas estas cuestiones primordiales. Betty había tomado, con un firme tranquilidad, las disposiciones que le imponía una ausencia lejana cuya duración le era del todo imprevisible. Los muebles mismos de su hogar habían sido transportados a la casas de las amigas. El mobiliario de los niños a casa de los Maitland y los Post. Lo que le había parecido más precioso, lo más perso­nal, sobre todo su mesa de trabajo, su piano, un cuadro de Cristo, se lo había dejado a la familia Hobart, testimonio indudable de una confianza particular. Luego había preparado los baúles, los cajones que habían de seguirles a Italia. Más tarde, en los Dear Remembrances, evocará estos preparativos de partida que le semejaban un preludia de unos desarraigos más definitivos.

a los 29 años, fe en nuestro viaje a Liorna, seguridad de que todo se convertirá en bien…

— gran alegría de embalar todos nuestros objetos de valor para ven­derlos diciendo alegres el ADIÓS (á Dieu, en francés), a cada objeto que no será más mío

— un millar de esperanzas secretas de separación del mundo, en Dios…

— besos depositados en la crucecita de oro sujeta a la cadena de mi reloj, la cuál me había regalado mi padre

— Apretones y resoluciones, amándola totalmente coma el símbolo de mi capitán y Dueño a quien debería seguir tan valientemente…

— levantarse a las cuatro de la mañana

— pensamientos que se elevan por encima de las nubes, corazones abrazados ante el sol naciente. Te Deum

— …lágrimas de Rebeca y las mías ante nuestra imagen de crucifixión, – nues­tras plegarias a media noche—himno del sol poniente, y lágrimas silencio­sas de ardiente aspiración a la verdadera vida…

— partida — tan plena de esperanza en Dios, y miradas hacia nuestro «hogar» de eternidad…

Todo, pues, había sido previsto, sopesado, organizado, para lo mejor en las coyunturas presentes. Ahora, ella se iba a la buena de Dios, a bordo de un gran velero, que acababa de pararse frente al faro, antes de lanzarse pronta, a toda vela, rumbo a lo desconocido.

Enrique Seton había querido acompañar a su hermano hasta el momento en que el navío saliera a alta mar. Isabel estaba ya sentada, ante la mesa cuyas patas, estaban fiadas sólidamente al suelo, para trazar con destino a sus, queridos un último mensaje, con una escritura grande, utilizada para que sea legible a los niños de seis y de cinco años. Rápidamente escribe estas pocas líneas en las que vuelca toda su ternura maternal:

Mi querido Guillermo, tú sabes cuán, tiernamente te ama tu madre, y cuánto desea verte bueno. Espero que lo seas, particularmente respecto a tu querida ma­drina Rebeca. Soy dichosa de que vayas a clase y de que hagas progresos tan rápidos para agradar a tu querido papá que te envía mucho cariño v muchos besos. La querida Ana hace otro tanto y también tu madre.

Mi querido Ricardo mío, tu madre te ama más de lo que ella te puede decir, y espera que seas un buen muchacho y prestes mucha atención a lo que te dice tu querida madrina. Ella hará todo lo que pueda por hacerte feliz. Si me amas sé bueno con tu pequeña Kate, porque, si no eres buena con ella, eso dará mu­cha pena a tu mamá. No te olvides, Ricksy mío, de pedir por nosotros todas las noches y todas las mañanas, que tu padre y tu madre queridos pedirán también ellos a Dios que te bendiga y haga de ti un buen muchacho. Papá y tu hermana te envían un beso.

Isabel quiere dejar también a Cecilia algunas normas, a Cecilia a quien ella ama casi por igual que a sus propios hijos, ya que desde hace cinco años ha ocu­pado junto a ella el puesto de una verdadera madre.

Aunque te dejo al cuidado de tus amigos más queridos y bajo la protección de tu bienamado Padre de los cielos que se cuida de ti, mi corazón, sin embargo, querría hacerte estos ruegos repetidos y llenos de solicitud respecto a tu fidelidad a esa vida divina, a esa vida cristiana que tú comenzaste a vivir desde muy tem­prano; y a fin de mantenerte con perseverancia en esta línea, tu primer cuidado debe ser trazarte personalmente unas reglas particulares de las que jamás deberás, permitir que nada sobre la tierra venga a desviarte, porque ellas están en relación directa con el deber sagrado que tienes hacia Dios; y si ves que hay obstáculos en tu camino -y sin duda encontrarás muchos, como es la realidad, de todo cristiano que quiere cumplir su deber- persevera, no obstante, con más fervor todavía y sé feliz en llevar parte de la cruz que es nuestro pasaporte y nuestro sello para el reino de nuestra Redentor. La firmeza de tu comportamiento, jamás podrá perjudicarte en el ánima de aquellos que actúan de manera diferente a la tuya, porque todas los que te aman, te respetarán tanto más, y ellos tendrán de ti tanta más estima cuanta perseverancia demuestres tú en lo que sabes es tu verdad.

Nada es, quizás, más revelador del modo cómo concibe Isabel la educación, desde esta época, que estas líneas espontáneas lanzadas prematuramente sobre el papel para una niña de doce años. Ellas permiten, en todo caso, comprender hasta qué punto la primacía de lo espiritual se mantenía en su hogar y en qué atmósfera se bañaba allí la vida cotidiana. Más aún que su bienestar material, más que su desarrollo humano, que ella no desprecia ni descuida, lo que quiere, ante toda para los tres tiernos seres que le estaban confiados, que fueran o no sus hijos, es el sentido sobrenatural de una vida cristiana auténtica e irradiante.

Ha llegado ya la hora de separarse de Enrique Seton. La campana de a bordo ha sonado. Los que no van hasta el fin del viaje, más allá del océano, deben dejar el navío. Y él, sacudido ya por las olas, que corta su proa potente, se lanza hacia el horizonte como un corcel al que aflojan la brida.

Ana María, caída en el suelo por un mareo pasajero ha debido tomar su li­tera. Ya se esfuman en el horizonte las costas de América. Isabel organiza la vida que va a ser la suya durante siete semanas. Y mientras ella va del camarote hasta el puente, del puente al camarote, de Ana María a Guillermo de Guillermo a Ana María, evoca sus más recientes recuerdos: la peregrinación a Staten Island, adonde tuvo que conducir una vez más a sus hijos hasta la residencia del oficial de Sanidad en la que habitaba su madre. Su visita al cementerio de San Andrés, en la colina de Richmond… Su última entrevista con Enrique Hobart, del que llevaba unas letras de consuelo, a decir verdad bastante ampulosas, que él había escrito para ella… El rostro febricitante de la pequeña Bec, a la que había apre­tada entre sus brazos tan tiernamente antes de confiársela a María… La última visión de Bill, de Ricksy y de Kate sollozando en el muelle de The Battery con Enriqueta _y Rebeca, agitando todos sus manos hacia el puente del barco.

Todo estaba acabado. No había escrito ella a Isa Sadler unos días antes. Tú sabes que me voy sin temor porque sabes dónde he puesto mi confianza y cuánto ella se ha afirmado?

Sin temor voluntario, no sin ansiedad, no sin un íntimo desgarramiento.

El capitán de La Pastora que boga ahora sobre la inmensidad del océano, era el capitán O’Brien. Un hombre joven, cortés, que había recibido a bordo, coma a verdaderos amigos, al señor y a la señora Seton. El les desea una travesía tan cómoda, tan agradable como es posible, como se la puede desear a su mujer embarcada, ella también, a bardo del The Shepherdess, con un bebé de dieciocho meses. Con seguridad la presencia de la señora O’Brien, va a ser rara Betty una compañía inesperada. pera las risas y los llantos del bebé, sólo harán para ella más vivo día tras día, el recuerda de los cuatro pequeños que ella ha tenido que dejar allá, y de quienes cada minuto la aleja más. Sin embargo, una vez más quiere «hacer frente». Para su Guillermo que, desde los primeros días, cree sen­tirse revivir, ella quiere estar disponible, preveniente, sonriente siempre. La tra­vesía, por lo demás, se anuncia buena, tan calma y apacible como se la podía desear. Un incidente, no obstante, viene a complicar un poco la vida de Isabel a bordo. Los dos niños, el chiquitín de los O’Brien y Ana María, han cogido am­bos la tosferina. Los accesos de tos que sacuden a ambos no dejan de excitar a veces al hipersensible Guillermo. Pero, al fin, es bien paca cosa, tanta que el gran aire de través, se mostrará pronto como el más eficaz de los remedios.

Los cuidados que dar a la muchachita, las gelatinas y los jarabes que preparar para Guillermo, única medicación preconizada por la Facultad para atenuar un poco la tos seca persistente y dolorosa de los tuberculosos, están lejos de quitar a Betty todo el tiempo de que dispone. Ella se aprovecha para consagrar largas horas a la lectura de la Biblia, que se esfuerza por profundizar, iniciando al mis­mo tiempo a Ana María en las riquezas escriturísticas, que ella sabe con certera habilidad poner al alcance de la niña. Ella no se cansa tampoco -y le es una ayuda para su íntima contemplación- del espectáculo único de los ponientes y levantes del sol sobre la inmensidad del océano. Presa de la belleza que ven sus ojos, deja pasar su alma de la admiración al reconocimiento, del reconocimiento a la alabanza.

Habitualmente, consigna para sus amigos, de América, para Rebeca sobre todo, sus impresiones de viaje, manteniendo con destino a su cuñada una especie de diario de a bordo, donde se expresa con su acostumbrada espontaneidad. Cuan do el navío se aproxima a las islas Azores, después de tres semanas de navega­ción, espera el encuentra posible con otro barco que haciendo vela hacia Amé­rica puede llevar las cartas escritas para aquellos y aquellas con los que ella permanece unida por el pensamiento, a pesar de la distancia que no cesa de cre­cer. El 28 de octubre se apresura a escribir a su cuñada:

De hora en hora, esperamos encontrar algún barco al que poder confiar nues­tro correo para América. Estoy segura de que mi querida Rebeca es la primera en desear recibir noticias nuestras. Te escribo, pues, pero cuando sepas que mi querido Guillermo está mejor que mejor cada día, que mi pequeña Ana está bien y que pasa lo mismo en cuanto a mí, no tendré más que decirte. Si osara dejar­me llevar de mi entusiasmo, si buscara expresarlo tanto como la cosa es posible con palabras, un cuaderno entero no bastaría para decirte la prodigiosa alegría que siento contemplando el océano, el salir del sol, o el sol poniente, las no ches de luna clara. Hay otro sentimiento que quisiera compartir contigo y en el que mi alma se pierde por entero: es el amor lleno de dulzura, de paz, que sobre­nada sobre cada momento, sobre cada hora de mi dura prueba. Tú me com­prendes, porque sabes cuán dichosos son los que se apoyan en nuestro Padre de los cielos. Nada de luchas pues, nada de ideas de desánimo. La esperanza, la paz más confiada no han cesado de acompañarme en mi camino, sosteniéndome en medio de peligros tan grandes, de tempestades tan enormes que toda alma que no hubiera tenido a Cristo como roca hubiera estado, verdaderamente, en el terror.

Los Dear Remembrances vendrán una vez más a hacer eco a sus, sentimien­tos expresados entonces:

– libertad y gozo del alma en el mar a través de todo sufrimiento y de toda tristeza… TE DEUM sobre el puente del barco… o contemplación de la luna y de las estrellas…

Ella está con Guillermo y los O’Brien sobre el puente del gran velero en el momento en que, dejando las aguas del Atlántico, el navío se adentra por el es­trecho de Gibraltar hacia el Mediterráneo. De cada lado del brazo de mar que no sobrepasa los 15 kilómetros de ancho, se yergue la mole imponente de un doble macizo rocoso. El espectáculo es de una grandeza sorprendente a la que Betty está lejos de ser insensible. Aquellas altas rocas, ¿no evocan, además, para ella la roca inexpugnable de que acaba de hablar en su carta a Rebeca, tomando una imagen familiar al salmista? Pero le recuerdan también la ruda escalada que todo hombre debe remontar, día tras día, hacia la cumbre de la montaña del Señor. Sin duda, la meditación de la joven mujer ha pasado sucesivamente de una imagen a otra. Porque, la noche siguiente, ella se ve en sueños agarrada a unas rocas enormes, sombrías, de acceso casi imposible. Es preciso, sin embargo, es­calarlas por un sendero cortado a pico. Ella se esfuerza desplegando toda su ener­gía, y ya se ve cerca de la cima. Entonces una voz suena en sus oídos: ¡Vamos, ánimo! Al otro lado, hay una colina verdegueante y sobre la colina un ángel vela por ti.

¿Continuación subconsciente de unas reflexiones de la víspera? ¿Sueño pre­monitorio? ¿Quién podría decirlo? En los Dulces Recuerdos, Isabel no se cuidará, sin embargo, de silenciar el hecho. En tres líneas recordará aquel sueño extraño que precede unas semanas solamente al desarrollo, a la vez cruel, imprevisto y magníficamente providencial de las fases más cruciales como también más deci­sivas de su vida. Una cosa es cierta: si el pensamiento de Guillermo se vuelve con euforia a los paisajes de Italia, a la que cada día se acerca un poco más, si él goza anticipadamente de lo que espera ver de nuevo, dejando a su imaginación representarle de antemano los encuentros esperados y la alegría que pronto ten­drá estrechando la mano de los Filicchi al presentarles a «su mujercita» y a su hija mayor, encantadora con los mil bucles de sus cabellos oscuros, el pensamien­to de Betty permanece más habitualmente aplicado a las realidades sobrenaturales. Se diría que, sin saberlo ella, hace de esta larga travesía un retiro preparatorio a su estancia en Italia que se va a revelar tan diferente de lo que sueña Guillermo, mientras ella deja vagar su mirada bajo las aguas intensamente azules del Medi­terráneo, sobre las costas ya columbradas de las islas Baleares, Cerdeña y Córcega.

Ávida de las cosas divinas, Ana María se hace cada vez más una discípula fiel, que su madre puede fácilmente asociar, bien que no tenga aún sus nueve años, a algunas de las lecturas y de las meditaciones que ella prosigue incansa­blemente. Prueba, aquellas frases anotadas en su diario de a bordo del 11 de noviembre: Mi querida Anita lloró mucho sobre su libro de oraciones leyendo el salmo 92, porque yo le había dicho que nosotros ofendíamos a Dios todos los días. Se había puesto a hablar conmigo preguntándome si Dios escribe en su libro nuestras malas acciones como escribe las buenas… La reflexión de la niña, sus lágrimas por el pensamiento de no agradar en todas las cosas a su Padre de los cielos, incitan a Isabel a hacer por su propia cuenta un serio examen de concien­cia. Pero parece que ella lo hace todavía bajo la influencia terrorífica de una re­ligión de temor que pretendía que el pecado ha corrompido la naturaleza humana y se complace, se diría, en poner el acento sobre el abismo abierta entre Dios y los hombres, dejando desventuradamente en la sombra la magnificencia del per­dón otorgado al hombre por su Redentor. Isabel no tiene aún idea del esplendor liberador del misterio pascual, de aquella asombrosa afirmación que la Iglesia Católica no duda hacer suya durante la vigilia santa:

O certe necessarium Adae peccatum, quad Christi morte deletum est! O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!

«¡Oh, en verdad, necesario pecado de Adán que Cristo con su muerte ha destruido! ¡Oh culpa feliz, que ha merecido tener tal y tan grande Redentor!».

Le debilidad, la corrupción de la naturaleza humana persisten en asediar el corazón de la joven mujer, a pesar de la llamada a la confianza absoluta que la persigue, al mismo tiempo, reduciéndola sin cesar a lo más íntimo de sí misma, en debate con un desgarramiento doloroso para el que le parece que no hay re­medio. En su deseo de no negar nada a Aquel a quien llama, no obstante, «su querido Redentor», sin comprender todavía lo que representa en realidad la no­ción total de Redención, se orienta con un esfuerzo excesivo a destruir en ella despiadadamente lo que le parece, sin razón, como incompatible con su subida hacia el Señor.

Considerando la DEBILIDAD y la naturaleza corrompida que serían más fuertes que la gracia, y la enormidad de la ofensa a que me conduciría la menor negli­gencia respecto a ellas, en la angustia de mi alma que se estremecía con el terror de ofender a mi Señor adorado me comprometía hoy solemnemente, mediante la gracia de su Espíritu Santo, a no exponer jamás esta naturaleza, débil y corrom­pida, a la más ligera tentación que me fuera posible evitar; y es por lo que si mi Padre de los cielos NOS REUNE A TODOS de nuevo, me he comprometido a hacer todos los días el sacrificio de todo DESEO, incluso cuando fuera el más INOCENTE, por miedo a que esos deseos me hagan desviar del compromiso solemne y sagra­do que he tomado ahora. Dios mío, por la fuerza de tu Espíritu, fija en mi cora­zón este compromiso. Que la gracia de tu Espíritu Santo, me defienda, me sos­tenga, me guarde de olvidar que Tú eres mi todo.

En verdad es claro que Isabel intenta izarse desesperadamente, como a fuerza de puños, por un flanco abrupto. «¡Vamos, ánimo! Al otro lado hay una colina verdegueante y sobre la colina un ángel vela por ti».

El diario, que continúa, señala una tempestad en el transcurso de la noche del 15 al 16 de noviembre: 16 de noviembre. Tormenta espantosa, rayos, fragores de trueno. Mi alma apoyada en el Todopoderoso Protector, se sentía segura y fuerte en él, mientras que, arrodillada en su presencia, yo temblaba con todo mi ser… Después de haber leído un buen rato y orado largamente me acosté, pero no podía dormir. Una vocecita -la voz de mi Ana que yo creía dormida-, decía con un murmullo: «Venid a mí todos vosotros, almas fatigadas». Dejé mi litera y fui a meterme entre sus brazos. Las sacudidas del barco, el estruendo de las olas, quedó olvidado. Los profundos suspiros, las penas sin descanso, todo se sumió en un sueño reparador y apacible.

Dos días más tarde el 18 de noviembre The Shepherdess arribaba a la vista del puerto de Liorna. Era la hora en la que el sol se ponía por el ocaso desapa­reciendo en el mar. Y, de súbito, de todos los campaniles de la ciudad tan próxima se eleva, un alegre repique, llega hasta el barco cuyos marineros cargan ya las grandes velas. Betty oye sin comprender todavía. Se le explica: es la hora del Angelus y todas las iglesias católicas, tres veces al día, recuerdan cómo «el Verbo se hizo hombre para venir a habitar entre nosotros». Ella jamás lo olvidará.

Campanas del AVE MARIA (sic), cuando entrábamos en el puerto de Liorna, mientras el sol se ponía -anotarán los Dear Remembrances. Y estas palabras pegadas inmediatamente: -plena confianza en Dios-­

Así pues, después de cuarenta y ocho días de travesía, habían arribado al puerto sanos y salvos. Guillermo, aunque un poco febricitante está contento. Ana María salta de alegría, ávida de ver todo, de oír todo lo de este país nuevo que ella descubre con la admiración de sus 8 años. Una noche más que pasar en el camarote del navío, a fin de dejar el tiempo necesario para las formalidades indispensables. Una noche de calma, sin balanceo ni cabeceo, puesto que el bar­co ya está anclado, y mañana será el encuentro con Guy Carleton y la cálida hospitalidad de los amigos de Liorna.

Una vez más, una última vez, Isabel se sienta ante su mesita y prosigue para Rebeca su diario de viaje. Luego, tranquila, se acuesta, y se duerme. Y he ahí que se encuentra de repente, en sueños, dentro de la nave central de la iglesia de La Trinidad de Nueva York, su parroquia. Allí canta a plena voz, y con toda su alma el himno «al querido Sacramento». Cuando abre los ojos, el recuerdo de aquel sueño la llena de felicidad. Dichosa, se entrega alegremente a los últimos preparativos, ya que los pasajeros dejarán en unas horas el navío que les ha conducido al Viejo Continente.

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