Isabel Seton, la biografía: 08 – La fiebre amarilla

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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El almendro está en flor
La langosta saturada.
La alcaparra da su fruto.
Pero el hombre se va
hacia su eterna morada…

Elesiástico 12, 5-6

El mes de julio va a conducir una vez más a Staten Island, junto al Dr. Bayley, a Isabel y a sus hijos. Ana María, Bill y Ricardo están tan contentos de partir para Tompkinsville, de encontrar allí, la campiña, las flores, los campos de tré bol, la playa, sus roquedales y sus conchas, que Betty tiene buen trabajo en calmar a su gente menuda en el momento de partir, tanto más cuanto que Re­beca no la puede acompañar. En cuanto a Guillermo, llamado a Baltimore en viaje de negocios., no se le juntará en Staten Island hasta más tarde.

El recuerdo de la alegre llegada a Tompkinsville había de grabarse, sin em­bargo, para siempre en la memoria de Isabel. Ella evocará, muchas veces, la ima­gen de los niños, retozando en la pradera, persiguiéndose a gritos en torno a los montones de heno, luego apiñándose en torno a ella para recibir su porción de fresas que una amiga acababa de traerle para la merienda. ¡Cómo se derritió mi corazón de agradecimiento, confiesa ella, por Aquél que es el Dador de todas las cosas!

Apenas efectuada la instalación, la vida se organiza. Paseas y giras son allí objeto de elección, pero los niños no dejarán tampoco de proseguir su tra­bajo escolar bajo la dirección atenta de su madre.

Menos ocupada que en Nueva York, Isabel encuentra tiempo para consa­grar dos horas por día al estudio de la Biblia. ¿No le hace falta compensar con la lectura y la meditación personal las predicaciones del domingo de las que se ve privada, no sin sensible disgusto, por la fuerza de las cosas?

Cuida de decirme el tema del sermón, escribe a su cuñada, no existe distan­cia cuando se trata de las almas y con seguridad la mía está con la tuya, fidelísi­mamente. Pienso en los viajes de San Pablo, en Rebeca, en E. H., hasta sin estar con ellos. Aquí el grato día del reposo dominical no existe para mí.

Mientras mira a sus tres mayores recrearse alegremente u ocuparse de la pequeña Kate a quien ella amamanta todavía, a pesar de que la infante tiene ya diez meses largos, la joven mujer se une habitualmente can el pensamiento a aquellos de quienes no desearía estar separada, aunque sólo fuera por un brazo de mar: Ocho kilómetros, efectivamente, separan «The Battery Park» del nor­deste de Staten Island. En tiempo despejado, y gracias a unos catalejos, Isabel puede distinguir, desde la residencia de Tompkinsville la casa de State Street, incluso constatar si las contraventanas están abiertas o cerradas.

Sin nostalgia, no obstante, aprovecha estos meses de calma, de gran res­piro, teniendo ese don tan raro de saber acoger las alegrías más pequeñas como las más grandes, al paso que las encuentra en su camino. En eso encuentra el secreto de la valentía, de la serenidad, para acoger a su vez el fastidio y las in­quietudes que siguen siendo, a pesar de todo, una porción de su pan de cada día. Unas veces es la salud de su marido, que hace renacer en ella las peores ansiedades. Otras veces el porvenir que le parece agobiante, ya que bien pen­sadas las cosas, será preciso renunciar a la situación que el señor Curson, cl abuelo de Guillermo, le proponía en Baltimore.

Por otra parte, en lo más fuerte de los calores del verano, las barcos de emigrantes vierten sus lamentables cargamentos de hombres, de mujeres., de niños. Extenuados de miseria y de fatiga, después de semanas de penosa travesía, en unas condiciones a veces inhumanas, ellos son presa señalada para todas las enfermedades. Y las marismas tan próximas a Nueva York ven multiplicarse durante los calores, los mosquitos, de los que nadie sabe aún, ni siquiera el Doctor Bayley, que son ellos precisamente los portadores del virus mortal de la fiebre amarilla.

Duros momentos para el oficial de Sanidad, que desde el amanecer debe asegurar su servicio en el puesto y afrontar cada día el peligro del contagio. Ricardo Bayley que tiene sus cincuenta y seis años ha gozado durante toda su vida de una excelente salud. Que conozca un momento de fatiga, durante el mes de julio, en medio de su labor agobiante, nada tiene de anormal. Betty admira a su padre cuya dedicación a los enfermos no tiene más pareja que su compe­tencia de especialista. Ella le oye levantarse tempranito y partir para el lazareto. Debe estar allí para la visita médica de los que arriban, curar a los enfermos, to­mar todas las medidas de aislamiento y de cuarentena de lo que tantas vidas hu­manas dependen prácticamente. Pasa allí jornadas enteras, no se le ve más que a la hora de la comida, ¡y apenas!, en la casa de Tompkinsville que una clausura severa aisla totalmente de la parte de la isla reservada a los enfermos de lazareto. Al menos Isabel se esfuerza por hacer para su padre esas horas, breves en de­masía, tan sedantes como es posible. Por él se pone gustosa al piano, sabiendo cuánto le agrada escucharla. Pero sucede que él se duerme de golpe en su silla, tan falto está entonces de sueño.

Obsesionada por las escenas dolorosas, cuyo relato hace a veces, cuyos dra­mas adivina nada más percibir más allá del recinto reservado, las idas y venidas de las enfermeras al depósito, Betty conoce, también ella, como escribe a Rebeca, noches de insomnio. Querría acompañar a su padre, compartir con él el peligro, aliviarle un poco su carga, tan pesada. De ello no hay cuestión posible: sus hijos la reclaman. Por ellos, si no por ella, sería una imprudencia culpable exponerse hasta tal punto.

El 9 de agosto, un barco irlandés arriba al puerto. La jornada del 10 es pe­sada para el Dr. Bayley. La tarde le parece más suave. Sentado junto a la ventana del comedor deja vagar su mirada sobre el mar y sobre los campos de trébol donde el sol poniente despide irisaciones de topacio, sugiere haces de púrpura. Unas, nubes permiten esperar un poco de frescor. Llueve en alguna parte. Un arco iris se despliega de súbito por encima de la bahía. Repetidas veces el doctor llama a su hija: ¡Aquel espectáculo merece la pena! ¡Qué venga a admirarlo con él! Allá abajo, el puerto ofrece su animación acostumbrada. Las llamadas de los pilotos, los gritos de los estibadores llegan, difuminados, con el ruido de las olas que baten los acantilados, o se rompen sobre las piedras del embarcadero.

¡Qué agradable vivir aquella tarde! Ricardo Bayley tiene, en sus rodillas, a su nietecita Kate. Ella tiende sus manos hacia el vaso que se encuentra sobre la mesa y el abuelo feliz hace beber a cucharadas a la nieta que le llama: ¡Papá! ¡Papá! Betty se pone al piano. Su padre canta entonces. Ella le siente distendido, alegre incluso. Ella querría prolongar sin fin aquellos instantes de paz tranquila. Hay en la voz del doctor un calor desacostumbrado, que deja en el corazón de Betty una verdadera dicha. Pero cae la noche. Es preciso acostar a los niños. El doctor debe pensar también en tomar el descanso indispensable: ¡su noche será tan corta!

La mañana del 11 de agosto, él parte hacia el lazareto, como las otras ma­ñanas. Ayer, antes de dejar el puerto, había dado órdenes precisas para que los pasajeros enfermos, del navío irlandés, fueran separados de los otros, y puestos aparte todos sus bagajes. Ahora bien, cuando llega aquella mañana, es para en­contrar estacionados en una pieza, cuya ventilación es muy escasa en medio de fardos y de cajas a los llegados de la antevíspera, equipajes, emigrantes, todos en mezcolanza…

Desconcertado un momento, el doctor se precipita en medio de aquellos hom­bres, de aquellas mujeres, de aquellos niños que le miran con sus ojos esquivos, porque la mayor parte de ellos están ya heridos de muerte. ¿Por qué las órdenes dadas ayer no han sido ejecutadas? ¿Acaso en la precipitación de un desem­barco difícil no habían sido comprendidas? El Dr. Bayley siente hervir en él una sorda cólera. Despreciando toda prudencia en su indignación se olvida de tomar las precauciones que le son habituales, de poner en su rostro la máscara protec­tora. Si hay tiempo todavía, quiere que se separe a los menos tocados de los otros. Quiere… Pero bruscamente se detiene incapaz de dar nuevas directrices. Le parece que su cabeza da vueltas. Las náuseas retuercen su estómago. Se re­cobra, sin embargo, dice lo que tiene que decir y vuelve a tomar el camino de su residencia.

Isabel le ve sentarse como de costumbre a la mesa donde se sirve el té. Ad­vierte sus facciones desechas. El parte otra vez, esperando por un instante haber extrangulado el mal. Breve ilusión. Tiene que detenerse, y en el muelle se des ploma sobre un tablón de madera. Su hija que, desde la ventana, seguía con sus ojos su marcha vacilante, lanza un grito de espanto. A sus órdenes, un hombre lo levanta y conduce a pasos cortos al doctor hasta casa. En el umbral, él bal­bucea que sus piernas han desaparecido de repente bajo él. En su mirada febril, Isabel lee un abatimiento sin nombre, un verdadero terror.

Apenas se le tiende en el lecho se obnubila en el delirio. ¿Para qué sirve engañarse? La fiebre amarilla, la terrible enfermedad se ha abatido sobre el hom­bre que consagró años de su vida a buscar su origen, sin poderlo encontrar, des plegó sus fuerzas para intentar poner a raya sus estragos sin obtener el resultado esperado. A su vez, está vencido. Comienza para él, la larga, la terrible agonía a la que tan a menudo ha asistido impotente como era, para atenuar su horror a sus pacientes. A pesar de los cuidados que le prodiga con su yerno, el Dr. Post, un joven médico amigo, su estudiante de antaño, él sabe que está perdido. Cuan­do abre sus ojos, cuando recobra la conciencia, es para decir a Betty que tiene entre la suya la mano ardiente de su padre: «Todos los horrores llegan hija mía, yo los siento venir».

Avisada, al mismo tiempo que su marido, María ha acudido con él. Betty no deja de estar día y noche a la cabecera de su padre. Ella comparte la agonía que no puede aliviar, viendo impotente por su parte a aquel padre, a quien ama apasionadamente, retorcerse en dolores que nada puede calmar.

Oh Rebeca mía, garrapatea a prisa en una pequeña nota, si en esta hora no su­piera hacia quién mirar ¿cómo podría soportarlo?

Pero otra angustia más íntima, más punzante, la acongoja: ¿cuál será la suerte eterna de su padre? Una noche en que debió aceptar dejar un momento su puesto cerca del moribundo, ella no se contuvo más. Teniendo en sus brazos a la pequeña Kate, recorre a grandes pasos la azotea de la residencia. ¿Si Dios aceptara la vida de su nena por la salvación de su padre? Cree deber suyo hacer al Señor el sacrificio más desgarrador que puede concebir una madre. Ella no tiene todavía esa mirada purificada que le permitiría presentir, si no ver, que tales sacrificios no pueden venir de nuestra iniciativa: basta con aceptar cuando Dios los pide. Proponérselos a El, ¿no sería poner en duda, al fin, su infinita mi­sericordia y el valor infinito de la redención de Cristo? ¡Pero está tan sola en su desarrollo! Si Dios rechaza su ofrenda, heroica y a la vez temeraria, escucha su oración tan plena de solicitud filial.

En el decurso del tercer día de agonía, mientras está sentada junto al lecho donde su padre se debate, él se vuelve hacia ella diciendo: «Es la mano de Dios quien guía todo esto». Era la primera vez que Isabel le oía hablar del Señor. El repitió varias veces: ¡Cristo Jesús mío, ten piedad de mí!, confiará ella más tarde.

El lunes 17 de agosto los sufrimientos parecen redoblarse, luego, por la tarde a las dos y media, una especie de calma sucede a la agitación. A tientas el mori­bundo ase por última vez la mano de su hija, se vuelve hacia ella y da el pos­trer suspiro.

Ni su mujer, ni ninguno de los hijos de su segundo matrimonio se han atre­vido a afrontar la estación de la cuarentena. El servicio fúnebre mismo no deja de plantear un doloroso problema: nadie querrá consentir que sea transportado el cuerpo del difunto a través de la campiña. La tumba está abierta ya en el jar­dín de la residencia, cuando Isabel, que no se ha resignado a tal solución, pien­sa que no es imposible llegar al cementerio sin atravesar la isla. ¿Por qué no se transporta el féretro por mar, utilizando la barca del servicio de sanidad? A esta proposición, Barby, el fiel marino del Dr. Bayley cuya ayuda parece indispen­sable, da su pleno consentimiento. Dos coches en los que algunas personas han tomado asiento esperan el arribo al pie de la colina de Richmond, para empren­der, detrás del féretro, el camino que serpentea hasta la iglesia de San Andrés,a la que rodea el cementerio. El Rev. Moore celebra allí el servicio, mientras que el sacristán se raza por el espanto que le causa el sola nombre de fiebre amarilla. Le sustituirá Barby, ayudado del joven médico amigo de la familia Bayley.

Por lo menos Betty ha logrado ver reposar al lado de los de su madre los restos mortales de su padre, en el pequeño cementerio de Richmond. Pero ¿cómo no evocar, frente aquellos funerales clandestinos, las exequias del señor Seton en las que se apiñaba una muchedumbre de amigos? Sería inverosímil que Betty no quedara impresionada con aquel contraste. Más lancinante era para ella la in­certidumbre de la salvación de su padre. ¡Cuánto la hubiera consolado en esta dura prueba la seguridad objetiva que aporta a los moribundos de la Iglesia Ca­tólica la recepción de los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos! Sin duda el misterio de la salvación de los seres que nos son los más queridos sigue siendo al fin el secreto de Dios. La aceptación voluntaria de los últimos sacramentos queda como una prueba palpable de su última reconcilia­ción con El. La vida del Dr. Bayley no estaba ciertamente exenta de faltas, pero no lo estaba tampoco de dedicación.

«Estaba enfermo y me visitaste», dirá Cristo a sus elegidos. ¿A cuántos enfer­mos, no había visitado el Dr. Bayley? ¿Sobre cuántos no se había inclinada con peligro de la propia vida? Un texto de San Agustín proyecta a este respecto un rayo luminoso de esperanza: «Si alguien dice que ama a Dios y detesta a su hermano, es un mentiroso (Jn 4, 20). Entonces, ¿qué? ¿quién ama a su her­mano, ama a Dios? Necesariamente, él ama a Dios, ama al Amor mismo. ¿Puede amar a su hermano sin amar al Amor? No ama verdaderamente al Amor… No puedes decir: Amo a mi hermano, pero no amo a Dios; lo mismo que mientes si dices: Amo a Dios, cuando no amas a tu hermano, así te engañas si dices: Amo a mi hermano, creyendo que no amas a Dios» (In I Epist. Joan. Tract. 10, 10).

Nos hubiera gustado que Isabel hubiera conocido estas líneas tan consola­doras para apaciguar la ansiedad espiritual que se añadía entonces a su pesada tristeza. Sin duda no dejará de experimentar los elogios que, más tarde, se tri­buten a su padre en el plano profesional. Tales elogios, con todo, seguirán siendo «de otro orden».

«El Dr. Bayley, debía escribir Thacher, murió dejando el recuerdo, tanto de un noble carácter como de un especialista de valer, de un cirujano excelente y audaz, de un hombre capaz de dar rápidamente un diagnóstico, de tomar una de cisión sin vacilar. Siendo un perfecto caballero, honrado, gentil y digno; de una integridad absoluta, y de hecho incapaz de tolerar en los otros una falta de rectitud, inflexible en sus afectos, inexorable en sus antipatías, y que no sopor­taba la contradicción. Era de un temperamento ardiente y, sin embargo, capaz da hacerse frío de golpe: defecto que él reconocía y lamentaba. Sin temor a nada, se mostraba, a veces, un poco parcial hacia ciertos enfermos, pero sabía, sin embargo, ser caritativo si alguien estaba en necesidad».

Se contaba que, un día, uno de sus colegas había venido a pedirle su ayuda para una operación delicada. Fatigado, sobrecargado, el Dr. Bayley se había ex­cusado de primeras, pero, al saber que se trataba de una familia sin recursos pecuniarios, cambió bruscamente de decisión. La preferencia que daba a los po­bres, a aquellos de los que no recibía honorarios, era casi tan notoria como su competencia médica y quirúrgica. Los suyos no habían de olvidarlo jamás, de suerte que una de sus biznietas, María Seton Bayley, convertida por su matri­monio en la Sra. Walter Large, será una de las fundadoras de la Cruz Roja americana, en el condado de Westchester.

Desaparecido el Dr. Bayley, las Seton no tenían razón alguna para perma­necer en Staten Island. Betty se toma el tiempo, con todo, en medio de los do­lorosos preparativos de la marcha, para dirigir al Rev. Moore estas pocas lí­neas: No puedo dejar la isla sin presentar al Sr. Moore, la expresión del recono­cimiento de un corazón lleno de gratitud por la bendición y consuelo que nos ha aportado en estas horas plenas de amargura de nuestra pesada tristeza. Gracias a usted, querido señor, los restos de mi padre querido reposan en un lugar santo y mi único deseo es que se reserve un pequeño lugar a cada lado suyo, para sus dos hijas mayores…

A pesar de que ella confiesa a Rebeca: Mis lágrimas se han agotado, ellas han quedado con todas las agonías que las causaron sobre el entarimado de la buhardilla de Staten Island.

El golpe había sido rudo y brutal para Isabel. Si lo supera es a fuerza de energía. Pero, una vez más, intenta «hacer frente». Ella estará repuesta, afirma, una vez que la fatiga acumulada durante el verano quede eliminada.

De hecho, la fiebre amarilla se apresta a herir, una nueva víctima, muy cerca de ella también: Enrique Sadler, el marido de Isa, cae a su vez, en Nueva York, a comienzos del otoño. Porque, una vez más, la epidemia esparce el terror en la ciudad. El Sr. Sadler era, desde siempre, el gran amigo de los hijos de Betty. Alegre, lleno de amor, y de corazón, había conquistado la confianza de Ana María, de Bill y de Ricksy. Y los pequeños le veían desaparecer tan brutalmente como les había desaparecido su querido abuelo de Tompkinsville. A los seis años, Ana María no puede sino quedar marcada por este doble encuentro con la muerte. Reflexiva, como su madre, se hace más profunda en el plano religioso. Ella asombrará pronto por la seriedad de sus reflexiones y de su comportamiento. En cuanta a Betty, frente al dolor de su amiga, es de las que sabe compartir en el sentido auténtico de la palabra. Esforzándose en sostener a Isa, encuentra nuevas fuerzas para superar su propia tristeza.

Y mientras las iglesias de la ciudad ven disminuir, de domingo en domingo, el número de los asistentes al culto, el número de los que se atreven a salir de sus casas, tan grande es el miedo a la epidemia que prosigue sus estragos, Betty se quiere más fiel que nunca, al oficio dominical y al Sacramento.

El terror de los habitantes de Nueva York, parece tan vivo, escribe a Rebeca, que no deberías venir a la ciudad, si sigues las reglas de la prudencia. Pero, per­sonalmente, yo te digo: ven, querida mía, «continuemos la fiesta», con toda sin­ceridad y lealtad.

En esta época, el joven matrimonio Maitland, vive también horas tan negras que las Seton acogen para el invierno al recién nacido de Isa con su nodriza. En febrero, se conoce el arresto de Jaime Maitland y su encarcelamien to. Si Guillermo y Betty no hubieran tendido la mana a su mujer, desamparada, si no hubieran aceptado proveer ellos mismos a la subsistencia de sus sobrinos, Isa habría conocido, sin duda, con el abatimiento y la miseria, una verdadera desesperación. Pero Betty está allí. ¡Qué importa si el trabajo y las preocupa­ciones vienen a multiplicarse para ella! Mammy Huller por su parte, no está ya para ayudarla, al contrario, ella tiene ahora, por el hecho de su mucha edad, necesidad de cuidados y afecto. Betty se los prodiga. Más aún, se hace junto a la anciana, que, al parecer, no tenía más que unas nociones muy vagas de reli­gión, una catequista tan celosa y persuasiva que Mammy Huller, le deberá la recepción del bautismo, unos días antes de expirar en octubre de 1801.

La pequeña clase no deja de funcionar en State Street, con nueve alumnos. Betty no ha declinado el puesto que ocupa siempre, y de manera efectiva, en la sociedad en favor de las viudas económicamente débiles. Ella llega a encontrar tiempo para todo, aunque le sea prometido encima un nuevo nacimiento para el verano de 1802. Me levanto pronto y me acuesto tarde, jamás antes de media noche, lo más a menudo a la una de la madrugada, confiesa ella con una pizca de humor. Tal es mi suerte, y como es preciso que todo el mundo «saque or­gullo» de algo, yo no puedo negar que sea de ahí de donde saco el mío… Hoy he cortado mis dos vestidos y he cosido, en parte, otro; he tomado también todas las lecciones; he recibido durante dos horas la visita de la viuda Veley, que me ha sido confiada. – «Sin trabajo, sin leña, hijo enfermo, etc.». ¿Cómo puedo quejarme entonces, con un fuego que brilla en la chimenea y la luna que brilla, brilla, por encima de mis espaldas y mis queridos que van todos bien, que meten bulla y que danzan? He tocado para ellos durante media hora.

Así pasan los días, las semanas, los meses. Al ver a esta joven mujer darse, sin medida y como jugando, a las tareas que asume, en su hogar, junto a su marido, a sus hijos, fuera, junto a las mujeres desheredadas, ¿quién dudaría a qué profundidad tratan de penetrar las raíces de su vida espiritual, de la que al fin saca su energía, el don de sí y la serenidad? Una nota escrita de su puño, lo deja, con todo, presentir:

Este día bendito, domingo 23 de mayo de 1802, mi alma ha tomado concien­cia por vez primera de la bendición y de la posibilidad de una entrega total de sí y de todas las facultades a Dios. En verdad, este ha sido para mí el DÍA DEL SEÑOR, a pesar de muchas, muchas tentaciones de olvidar mi divina posesión en su constante presencia que se han abatido sobre mí. Pero -¡bendito sea mi amable Pastor!- en esta hora de su mi encuentro reposada en su redil, dulce­mente reposada en las aguas de tranquilidad que han corrido por mediación de su ministro, nuestro maestro bendito. ¡Gloria a Dios por esta gracia indecible! ¡Gloria a Dios por los medios en que nos llega su gracia, y por las esperanzas de gloria que esparce con tanta misericordia sobre su indigna sierva! Oh Señor, ante Ti no puedo tener mérito hasta el momento que sea revestida con la túnica de la justicia por mi bienamado Redentor. El es quien me hará capaz de con­templar la visión de tu gloria.

Ser revestida por el Salvador con una túnica de justicia que vela a sus ojos las debilidades y las faltas de la criatura pecadora que somos, es al fin el ideal más elevado que puede concebir entonces Isabel. Ella no sabe todavía que la redención, puede devolver al hombre caído, a pesar de la caída de Adán, a pesar de sus faltas personales, la pureza total de su alma:

«Aunque vuestros pecados fueran como la escarlata blanquearán, coma la nieve;
aunque fueran rojos como la púrpura, vendrán a ser como la lana».

Cristo que perdona a María Magdalena, hace mucho más que cubrirla con una túnica de justicia: El la purifica y la transforma, hasta en su ser más íntimo. Isabel está lejos todavía de los horizontes infinitos que le abrirá, pronto, un conocimiento más verdadero de lo que es para los hombres rescatados el amor omnipotente y misericordioso del Señor. Pero lo que ha encontrado ya, y lo que ella considera, con justo título, como el más precioso de los tesoros, sufre in­teriormente de no poderlo compartir con todos aquellos a quienes ama. Si le parece fácil abrir a las realidades sobrenaturales el alma de sus hijos., no en­cuentra junto a su esposo el eco que persiste en esperar. Con los altibajos que son propios de los tuberculosos, Guillermo se aferra desesperadamente a la idea que parece entonces polarizar su vida; llegar a saldar hasta la última, las deudas que le quedan, reanimado, por un momento, cuando se abre para él la puerta de los amigos que le han permanecido fieles. Betty le ve feliz como un niño, en poder frecuentar todavía a algunas familias de la sociedad selecta de la ciudad, vestir su levita de seda y partir, elegante como en los días de prosperidad, para una velada de diversión, mientras que «su mujercita» queda con los niños, su trabajo, sus preocupaciones. La energía que ella despliega, las tareas que asume, Guillermo las encuentra tan normales que no sospecha el grado de he­roísmo que requieren a veces. Con un candor desconcertante, él anuncia a Julia Scott, el 19 de agosto de 1802, el nacimiento de su quinto hijo, la pequeña Re­beca: «Ayer, amiguita mía, tu Isabel comenzó esta carta a las once de la noche y esta mañana a mediodía tengo la alegría de anunciarte que ella ha traído al mundo felizmente una hijita. La madre está tan bien como se puede estar en esta ocasión, mejor de lo que se podía esperar, porque no hemos tenido «ni doc­tor ni ayuda alguna», de no ser que la señorita hizo su aparición un cuarto de hora después»…

Parecía que Guillermo se había olvidado totalmente, ahora, de cómo Isabel a quien él ama, sin embargo, apasionadamente, había rezado tan de cerca la muerte en el momento del nacimiento de su segundo hijo. El bautizo de Re­beca, tendrá lugar el 29 de septiembre, y luego, la vida reanudará su curso…

Isabel no deja de señalar la coincidencia de las fechas: el 17 de agosto de 1801, ella se inclinaba sobre el lecho de agonía donde su padre iba a expirar, el 19 de agosto de 1802, ella tenía en sus brazos al hija que acababa de traer al mundo-: Querida, querida Rebeca, el año pasado, en aquel momento, 3 de la tarde… ¡Eso no tiene importancia! Alguien pensará también en nosotros de esa forma, dentro de unos años…».

Ella está convencida de esto: por queridos y sagrados que sean los recuer­dos, no es al pasado al que hay que volverse, sino hacia el porvenir adonde hay que dirigirse resueltamente: mirar adelante y no atrás.

Dos textos escritos de su mano se pueden poner aquí en paralelo. El uno está fechado el 12 y 13 de septiembre de 1802, y se sitúa por suerte entre el na­cimiento y bautizo de Rebeca. El otro, redactado mucho más tarde, se encuentra consignado en los Dear Remembrances.

Domingo 12 septiembre, tres semanas y das días después del nacimiento de mi Rebeca, he renovado mi resolución de luchar conmigo misma y de esforzar­me por el bien, en todas las circunstancias, de servir a mí querido Redentor y de darme a Dios, par El, totalmente. Las natas, redactadas en estilo telegráfico, se prosiguen al día siguiente: Comienzo de una vida nueva – resumen de las ocupaciones y los deberes que constituyen la parte que El me ha asignado.

Tales son los deseos de perfección de las que Isabel tiende a tomar nota en el momento en que se encuentra invadida por esos deseos mismos. Estarán to­davía presentes en su memoria, siempre tan vivos en el momento en que escriba los Dulces Recuerdos, hasta el punto que no podrá privarse de mencionarlos de nuevo.

Las noches, sola escribiendo, biblia, salmos, con ardientes deseos del cielo ofrenda continua de mi deliciosa A (Ana) y G (Guillermo) y R (Ricardo) y C (Catalina) y la pequeña R (Rebeca), desde su primera entrada en este mundo – temor de su PERDICIÓN ETERNA, preocupación dominante a través de todas las penas a alegrías de una madre.

Tedeum de media noche.

Unión de alma con Rebeca, Enriqueta y Cecilia…

— Confianza en Dios a través de las fluctuaciones de nuestros sufri­mientos y pruebas.

Por eso su alma oscila sin cesar entre el sordo temor de una predestinación temible, cuyo pensamiento viene a atravesarse siempre en su camino, y la con­fianza que la arrastra invenciblemente hacia aquél de cuyo corazón no puede dudar. Hay que convenir en que este problema de la predestinación, tal como se lo presenta la doctrina episcopaliana, la persigue insidiosamente, par ella y por los suyos, pareciendo minar a veces su esperanza. Ella se debate en esto como el pájaro en la red que lo encierra, se desprende de ella un momento, toma su es­cape, para volver a encontrarse prisionera allí. Y es esto precisamente lo que hace trágica su marcha hacia la verdad.

El Rev. Hobart, el joven vicario de la Trinidad, sigue siendo en esta época, su único consejero, su oráculo. Y es él a quien va a confiar ella su abatimiento respecto a su marido. Porque la ilusión ahora ya no es permisible: la salud de Guillermo declina de manera evidente, y la ciencia médica de entonces se de­ clara impotente frente a un mal del que ignora hasta el nombre. Isabel es de­masiado lúcida para engañarse y no puede resignarse a ver hasta el final a su Guillermo desertar de la casa del Señor. Quiere para él, la alegría y la fuerza que ella misma ha descubierto en su encuentro con Dios. Ella quiere para él esa fe viviente que permite volverse con confianza hacia las realidades sobrenaturales en el momento que pueden faltar los bienes más preciosos de la vida terrestre: la vida común, la vida de amor, sellada por ocho años y más de matrimonio. ¿No ha sido su deseo de siempre compartir con Guillermo lo que ella tiene de mejor, su fe? Pero ella jamás ha podido hablar con él de las cosas divinas. No obstante ella no cesa de esperar.

Y un hecho es cierto: durante el verano de 1803 las conversaciones del Sr. Seton con Enrique Hobart, toman otro tono. Es un nacimiento o un renaci­miento de la fe en el alma de este hombre, joven todavía que sabe también que sus días están contados. Con una delicada solicitud, pero con un estremeci­miento de todo su ser, Isabel sigue el encaminamiento de su marido por el sen­dero que conduce al redil donde Cristo espera a todos los suyos. Guillermo lee, pregunta, reflexiona. ¿Sería para él el retorno a «la mesa de familia», a «la comida tomada en común» que es para Isabel la recepción del «sacramento»?

Guillermo ha prometido. en el mes de agosto corriente, ir a la Iglesia con los suyos. El lo ha dicho con una sonrisa amplia, precisa Betty en una nota a Rebeca, y añade: Yo sería tan feliz si él llega a mantener su promesa de buen grado y sin ninguna presión de mi parte. ¡Cuánto desea ella ese día dichoso! ¡Cuánto lo reclama con todas sus ansias en su oración secreta! Y cuando llega al fin, la joven mujer se llena de alegría. Aquella alegría hay que compartirla con el Rev. Hobart, ante todo, tiene que comentarla enseguida con Rebeca.

Le he dicho (a Enrique Hobart), que estas últimas veinticuatro horas eran las más felices que he vivido jamás, que nunca hubiera creído poder esperar, ya que el deseo más ardiente de mi corazón estaba realizado. Querida Rebeca, ¡si tú hubieras visto qué dulce era la noche de ayer! El corazón de Guillermo parecía más próximo al mío, porque estaba más próximo a su Dios. Me dormí a las once de la noche, agotada por completo físicamente, y le dejé a él con el volumen de Nelson entre las manos.

Así pues, aquél a quien ella había dado todo su amor humano, aquél con el que desde el primer instante ella había querido poner todo en común, los bienes espirituales lo primero, ha llegado a ser para ella ahora, el verdadero compañero de eternidad. Su acción de gracias sube alegre y clara hacia su «querido Reden­tor», y, al mismo tiempo, su corazón de carne se estremece porque ella ve cla­ramente que tal unión de su alma con el alma de Guillermo as un preludio de su separación terrestre y que la alegría humana, en adelante, no brillará para ellos largo tiempo.

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