Isabel Seton, la biografía: 05 – Trato de hacer frente

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas
y les vienen alas como a las águilas.
Corren sin cansancio
y marchan sin fatiga.
Is 40, 31

Desde hacía ya más de ocho años, el eco de los acontecimientos políticos del Viejo Mundo, llegaba a los Estados Unidos de América, donde suscitaba a veces acerbos comentarios. La joven e hirviente república permanecía a la escucha. La Revolución francesa y la perturbación que entrañaba, acababa de rebasar demasiado rápidamente las fronteras de Francia. Las consecuencias internacio­nales que se seguían en Europa, ya no podían dejar indiferentes a los americanos mismos.

Frente a la coalición que pronto amenaza a la nación francesa, Washington ha decidido que los Estados Unidos guarden su neutralidad. Esa actitud está en la línea misma de la independencia, tan cara y tan recientemente conquistada por las antiguas colonias inglesas. Los navíos mercantes que portan el pabellón de las trece estrellas, continúan, efectivamente, asegurando el lazo entre América y las agencias europeas, comprendidas entre ellas las agencias de Francia. Eso, sin embargo, no sin correr grandes riesgos. Prueba, el incidente del convoy de trigo procedente de Nuevo Mundo, que sólo por la intervención armada del almirante Villaret Joyeuse pudo arribar al puerto de Brest, a pesar de la barrera que le oponía arbitrariamente la flota inglesa. El hecho se sitúa en 1794, el año mismo en que se constituía en Nueva York, la sociedad «Seton, Maitland y Cía».

La política de Napoleón, sucediendo a la del Terror, Directorio y Conven­ción, no era sino agrandar hasta el paroxismo la tensión europea, causando los más serios perjuicios al comercia internacional que acaba precisamente de tomar su impulso entre América y Europa. Se presiona a los Estados Unidos desde fines de 1797. La tormenta que sube por el horizonte hace cernerse pesadas ame­nazas sobre la empresa donde se encuentra comprometida toda la fortuna de la familia Seton.

Cuando Guillermo Magee, después de una jornada de trabajo en las oficinas de la firma comercial, regresa por la noche a la pequeña mansión de Wall Street, la ansiedad traiciona a menudo su rostro. Betty no se engaña. Pero ¿no es prematuro dejar a la inquietud roer la dicha de la vida familiar? Guillermo no es, por otra parte, el primer responsable de la empresa. El optimismo de su padre, su larga y preciosa experiencia son cosas que dan seguridad frente a las incer­tidumbres actuales. Además, es permitido esperar que acaben las agitaciones europeas, y que todo, finalmente, volverá al orden. Al menos, es lo que desea el corazón de Betty.

Espera entonces el nacimiento de su tercer hijo. Una alegría que hace cantar el corazón de la joven mujer, mientras ve crepitar en la chimenea los haces de chispas del leño que se consume, esparciendo en derredor su calor dulce y re confortante. Fuera, hiela, cosa que no tiene nada de extraño en Nueva York, en el mes de enero.

Sin embargo, un día de ese mes de enero, el Sr. Seton, en el umbral de la casa de Stone Street, se despide de un visitante a quien acababa de recibir. Mien­tras le vuelve a conducir hasta su coche, se resbala en la escarcha y cae pesada mente. Se le levanta. Se le conduce a su casa. El médico, avisado, no descubre afortunadamente ninguna fractura. Una conmoción, quizás, pero nada serio. Eso es lo que se piensa, al menos, y el Sr. Seton, personalmente, cuenta con ponerse en pie rápidamente.

Pasados los primeros días de inquietud, parece que pueden tranquilizarse. Guillermo, sin embargo, el hijo mayor, guarda una sorda ansiedad. De hecho, la tuberculosis que le mina, le hace extremadamente impresionable. Guillermo se deprime rápido. Betty que querría quitarle toda causa de preocupación, lo sabe. Pero, en marzo, es, ella quien recibe de su amiga una llamada angustiosa. El ma­rido de Julia Scott, muy joven todavía, acaba de ser arrebatado, repentinamente al cariño de los suyos. Julia la «sombrita de nada», no tiene tampoco resistencia. Este golpe, al herirla, la arroja en una especie de desesperación. Betty se lo confiesa a Isa Sadler: si no se sostiene a Julia en estos días de prueba, se puede efectivamente temer lo peor.

No la he dejado ni de noche ni de día, durante el tiempo que ha durado el exceso de su dolor; me he visto en medio de tales escenas de espanto, que ni tú, ni nadie os podríais hacer una idea. ¡Se acabó! La pequeña Julia partirá la se­mana próxima para Filadelfia donde residirá, ya que tiene allí familia.

Alejada la joven viuda, Betty sabe que se acordará todavía de sostenerla, y le escribe tan frecuentemente como puede. Ella querría, para ayudarla a superar su prueba, hablarle de Dios, a corazón abierto, si se pudiera. Pero el plano sobrenatural no es un plano sobre el que Julia se mueva con facilidad. Discre­tamente, Betty deslizará, por aquí y por allá, una palabra más profunda, conten­tándose, lo más a menudo, con distraer a su amiga, y ayudarla a salir de sí misma, aunque sea contándole tal pequeño infortunio, cuya víctima ha sido Betty.

Quizás no creas en la existencia de los ángeles. Pero pienso poder demos­trarte su realidad, ya por la razón, ya por la santa Escritura, y por la experiencia que de ella he tenido personalmente en la noche del viernes… Pasé, en medio de una tempestad para hacer, con mi hermana, una pequeña escapada al teatro. Salimos cuando estalló el estruendo de un violento trueno, y montamos en nues­tra berlina. Había coches delante, detrás, por cada lado… El cochero nos decía tonterías. Y, para comenzar, una rueda cedió, luego otra. Permanecimos una media hora larga en este plan. ¡Tú sabes cuánto me gustan situaciones de este género! Pero mi ángel guardián, me hizo llegar sana y salva a Wall Street; ¡sin una sola crisis de nervios!

Mi padre, dice ella en la misma misiva, tenía mucho deseo de leer tu carta, pero tú me habías prohibido mostrársela. También le dije que María, tu hija, se había herido la mejilla, que Juan, tu hijo, tenía las paperas y que mi querida pequeña Julia, estaba desconcertada… El dijo que lo había adivinado. Sabía que en el hilo de los días, habías de encontrar muchas dificultades y ha hecho votos para que te sean evitadas en el porvenir, deseando ardientemente que estuviera en su poder aligerarlas o atenuarlas. La última vez que te escribí, tenía que haberte dicho que ni el tiempo, ni la distancia, podían disminuir el interés que él da a todo lo que toca a tu dicha.

En la ocasión, y sin aires de abordarlo, Betty trata, con todo, de abrir a los ojos de su amiga, a quien siente abatida y tan cansada, unos horizontes más am­plios, los únicos donde su ser de ella pueda respirar a gusto.

¡Olvido que el porvenir puede frustrar nuestros planes! Pero, cuando hace brotar pensamientos agradables, me gusta enormemente detener mi pensamiento sobre lo que promete de bueno. Tú sabes que una de las primeras condiciones de la dicha, para mí, es estar satisfecha de Dios hasta el límite de lo posible. La muerte del marido de Julia Scott no había acaecido, por otra parte, sin perturbar al marido de Betty. Tal vez, como era tuberculoso, se ilusionaba más o menos conscientemente: ¡No se muere a nuestra edad! De esta ilusión, le es necesario desprenderse brutalmente. Betty, que acusa una fatiga física bastante seria, por el hecho de su maternidad esperada, debe tensar todas sus fuerzas para ayudar a Guillermo a triunfar de sus secretas angustias. Por otra parte, le es necesario rendirse a la evidencia: la salud de su suegro, lejos de mejorar con los días soleados de primavera, como todos lo esperaban, declina progresiva­mente. El mes de mayo está cargado de inquietud, cargado de preocupaciones, cargado de fatigas. Inquietud, demasiado fundada, ya que el 9 de junio de 1798, el Sr. Seton se extinguía en Stone Street. Tenía 55 años.

Para los suyos, no es solamente el dolor punzante de la última separación, es, propiamente hablando, el hundimiento. Se habían habituado de tal manera, en torno a él, a descansar sobre él en todas las cosas. Su desaparición, cuando parecía que se hubiera podido gozar todavía mucho tiempo de su presencia, dejaba a todos sus hijos desamparados. A la hora en que las dificultades más serias amenazaban la empresa comercial que él había fundado, ¿quién, en efecto, sería de talla para asumir, como él lo hacía, las responsabilidades que se presen­taban, de día en día, más delicadas y más graves? Ni el joven Sr. Maitland, que había tomado por esposa a la segunda de las cuñadas de Betty, Isa Seton, ni Guillermo mismo, tenía la envergadura, la capacidad y la experiencia de aquél, que acababa de serles arrebatado, de aquel hombre de valores excepcionales, a quien se complacían en rendir un homenaje unánime: prueba, las quinientas perso­nas que se apiñaban el día de sus exequias, deseosas de expresar una vez más, tanto su estima, como su afecto cordial hacia él.

En verdad, el golpe era rudo en todos los planos. El puesto dejado vacante por la muerte del padre de familia y del hombre de negocios, era irremplazable. Lúcidamente, Betty puntualiza unos días después de la muerte de su suegro: Con él hemos perdido toda esperanza de fortuna, de prosperidad, de confort, y esta pérdida para nosotros, será irreparable… Nosotros, sus hijos, estábamos habituados a recibir sin cesar su afecto, que nos era tan querido, considerándole como el hombre de nuestra vida.

Muchos años más tarde, escribiendo a su hijo mayor, explicitará su pensa­miento: Para tener una idea exacta de sus cualidades, era necesario haber visto su obra, como marido, como padre, como amigo, como bienhechor. El anhelo de Betty será ver a su hijo parecerse a su abuelo de quien él no ha podido guardar un recuerdo personal, pero de quien tan a menudo, ella, su madre, ha debido hablarle, pues ella concluye: Que este ejemplo se grave en tu espíritu, sin que nada lo pueda borrar. Llevas su apellido, y pido al cielo, con todo el fervor de una esperanza maternal, que lleves sin tacha, ese apellido y le rindas al autor de tus días, tan limpio como él, tu abuelo Seton…

Guillermo, más que los otros todavía, vacila bajo la prueba. Desde que pre­sintió el fin inminente de su padre, quedó herido de desesperación. Hemos pa­sado horas terribles, escribe Isabel a Julia Scott, a partir del 3 de junio, porque mi pobre Guillermo se ha cerrado en una angustia silenciosa. Su temperamento está hecho de tal manera que no admite el alivio de la compasión, sino que envuelve su melancolía en el mutismo de la desesperanza, cosa que no conviene nada a mi solicitud llena de ansiedad por él.

Y, con todo, si Guillermo puede compartir aún con Maitland las responsabi­lidades de la firma comercial es sobre él, en quien, según la tradición fami­liar, recae en concreto la carga de los hijos menores, que la muerte de su padre ha dejado huérfanos, privados como estaban de su madre hace ya varios años. A los dieciocho años, Rebeca es verdad, va a asumir en seguida al lado de Isabel, su papel de hermana mayor, ama de casa; pero quedan María y Carlota, que tienen catorce y doce años. Y, detrás de ellas, Enriqueta, Samuel, Eduardo, Cecilia…

De un día a otro, Betty se ve investida, apenas a los veinticuatro años, de una pesada carga, la de asumir el papel de madre de familia numerosa. En torno a la mesa que Guillermo preside, extenuado, Betty, que ha podido superar tanto su fatiga como su propia melancolía para ocuparse de los otros, contempla a esos niños que han llegado a ser suyos, y cuya mirada confiada se posa ahora en ella. Dentro de unos días, Isa Maitland se llevará con ella a Enriqueta y María, a fin de que las muchachitas pasen los meses de verano en la casita de campo que el señor Seton posee en Bloomingdale, la minúscula «quinta» de Cragdon. Será necesario confiarle igualmente, en el momento del nacimiento esperado, a Ana María, la mayor de Betty, que acaba de cumplir tres años. Eduardo y Samuel partirán a Connecticut, donde se ha podido inscribirlos como alumnos en un colegio dirigido por un clérigo. Duro trasplante para los dos muchachos, tan niños todavía, de los que su tía no deja de admirar «el porte, el encanto, el comportamiento, los modales, que les distinguen de los muchachas de su edad». Aquí, en esta mesa de familia, ambos tenían su puesta marcado, el uno a la derecha y el otro a la izquierda de su padre, que les, llamaba sonriendo y no sin orgullo, «mis pequeños colonos».

Esta morada de Stone Street, Isabel sabía que pronta llegaría a ser la suya. ¡Qué rápidos han pasado los días dichosos de intimidad de Wall Street! 20 años, ¡mi hogar muy mío! ¡Aquel tiempo ya se acabó! Pero Betty, que siente profundamente el sacrificio que se le pide, ni regatea ni se detiene en estériles disgustos: ¿Hubiera podido yo esperarme una vida tan dichosa como aquella que he tenido estos cuatro últimos años?, escribía a su amiga Julia. Confío todo a la misericor­dia de aquél que no abandona jamás a los que ponen en El su confianza.

No puede ser, con todo, cuestión de soñar en acomodarse en la casa de los Seton antes del nacimiento esperado. Después de los duros momentos que ella conoció por junio, después de los consejos de la familia donde fue necesaria tomar rápidamente decisiones concernientes a los hermanos y hermanas de su marido, Isabel hubiera tenido necesidad, ella también, de un poco de calma y de reposo; dado el estado en que se encuentra. Pero la melancolía demasiado pesada que oprime el corazón de Guillermo, y las obligaciones que, al mismo tiempo, estriban en él, para mantener, a pesar de todo, la marcha de los ne­gocios, han rendido a este hombre de salud delicada, de una exigencia ferozmen­te inconsciente. Betty debe estar ahora a su entera disposición, a fin de cumplir, junto a él, el papel de secretaria. A esa tarea suplementaria, ella no se substrae.

Mi pobre Guillermo, me tiene ocupada de continuo en copiar sus cartas de negocio, en clasificar sus papeles, porque no tiene ya ahora un amigo, ni con­fidente, aparte de su mujercita. Su adhesión a su padre era efecto de un afecto único y sin sombra, hasta el punto de que la pérdida de su padre representa para él una de las más duras pruebas que le podían herir. Cuando atraviesan una prueba de este género, la mayoría de los hombres se vuelven hacia sus verdaderos amigos, o se apoyan en los hábitos que les ha dado su vida pro­fesional, para llegar al cabo de su tristeza. Mi marido, personalmente, no puede recurrir, ni a uno ni a otro de esos medios, habituado como está, desde hace mucho tiempo, a no dejar mi compañía, sino para volver a encontrar la de su padre y viceversa. Así, ahora, todo lo ha polarizado sobre la que le queda. Te puedes dar cuenta hasta qué punto me es necesario tratar de hacer frente y so­meterme a todas las exigencias de mi destino. Ciertamente para mí, que amo tantísimo la tranquilidad, y una pequeña familia, es un cambio tan grande haber llegado a ser de un solo golpe, madre de seis hijos más, y verme a la cabeza de una familia tan grande.

Y hay que añadir estas líneas donde se siente aflorar la fatiga y el sufrimien­to que ella trata de superar:

Si no pensara más que en mí, la muerte, o bien una vida donde me alimen­tara tan solo de pan y agua, sería en comparación una suerte dichosa. Pero tú sabes desde cuánto tiempo estoy acostumbrada a ceder, por afecto, respecto a mi marido Guillermo. Y cuando pienso en sus padecimientos y en sus preocupa­ciones bendigo a Dios que me permite compartirlos con él y aligerárselos.

Betty sabía, por experiencia, que según la frase de Weyergans, «un sufri­miento compartido se aligera en la mitad».Toma entonces sobre sí, en el sentido exacto de la palabra, la propia angustia de Guillermo. Aparta a la tarea ingrata de secretaria, la cual acaba de juntar a todas. la otras, largas horas en el decurso de las jornadas, prosiguiendo por la noche, si hace falta, quitando incluso a su sueño y fatigando la vista más allá de toda prudencia.

Ella «hace frente» según su propia confesión con una energía indomable. Pero, obrando así, exige a su organismo más de lo que él puede dar. Por eso, cuando llega el momento de traer al mundo al hijo que ha esperado en tales condiciones, está en el límite de su resistencia. Llamado en su auxilio, el 20 de junio, el doctor Bayley, corrió a Wall Street. Que hubiera estado impedido de venir, y el resultado podía haber sido fatal para la madre. Lo hubiera sido, cier­tamente, para el hijo. Mientras la joven mujer está en lo más extremo, y su estado requiere los cuidados más urgentes, el bebé que acaba de traer al mundo parece incapaz de vivir.

Mi pobre padre -describirá Betty, un mes más tarde- tenía mucha pena de cumplir su tarea, aunque era necesario, para salvarme, el esfuerzo de todos los que allí estaban. Se había perdido la esperanza, en cuanto al querido hijito, y eso durante horas.

Era un sufrimiento de más para la mamá que ya había sufrido tan terrible­mente en su carne. Imposible para ella tornar el reposo que había deseado tanta, pero que el cielo, por buenas razones, como ella quiere creerlo, se lo negaba todavía. ¿Cómo permitirse estar tranquila, distendida, la cabeza apoyada sobre la almohada, cerrados los ojos, cuando muy cerca de ella, el Dr. Bayley luchaba por tratar de hacer respirar al bebé? Mi padre puede decir, con toda verdad, que ha comunicada el hálito de vida a mi hijo. Porque, mientras el pequeño perma­necía inerte, sin respirar, mi padre estaba arrodillado ante él, y pegando su boca a sus labios, se puso a respirar profundamente, o, por mejor decir, a insuflar el aire fuertemente en los pulmones del niño. Y ahora, concluye Betty el 20 de agosto de 1798, el querido, es el más hermoso bebé que se puede ver. Querido con creces por su mamá y no poco, por el hecho de llevar el nombre de Richard Bayley… Ese nombre al que se junta el de Seton, es un nombre que me encanta de veras.

A decir verdad, el mes de agosto, no ha sido muy brillante en el hogar de los Seton. Si el bebé no parece resentirse, por el momento, del peligro que había corrida en el instante de su nacimiento, no sucede lo mismo en cuanto a su madre. Isabel se siente mal, remontando la pendiente: contragolpe normal del exceso de trabajo y de la tensión que ha conocido en los meses precedentes. Exhausta, sufre, también, seriamente de los ojos. Pero le es preciso hacer frente todavía. No ha terminado aún el mes de agosto y malas noticias llegan de Bloo­mingdale: Ana María, ha caído enferma. Guillermo decide partir inmediatamente, pero pretende no ponerse en camino sin Betty. La joven mujer llega a Cragdon, con un bebé de un mes, para instalarse a la cabecera de su hija mayor. Apenas Ana María está fuera de peligro, cuando el estado del pequeño Ricardo da gra­ves inquietudes. Nueva salida precipitada para alcanzar Nueva York, donde con­fiar el niño a los cuidados experimentados de su abuelo.

Pero, mientras Guillermo y Betty se reinstalan en Wall Street con su recién nacido, una epidemia de fiebre amarilla se declara en Nueva York mismo. Esa fiebre amarilla, de la que el doctor Bayley no duda en afirmar que es una de las enfermedades más peligrosas de las que conducen con más seguridad a la muerte; una enfermedad que se parece más a la peste que a la fiebre y cuya evolución, además, es extremadamente rápida. «La fiebre amarilla apenas te daba tiempo de prepararte a la muerte», escribía uno de los primeros Sulpicianos franceses en 1791. «En veinticuatro horas, lo más, todo había acabado». El pánico ha cogido de golpe a los neoyorquinos. Todos los que han podido han huido de la ciudad.

En adelante, no habrá para Betty un instante de tranquilidad. Tres seres que le son queridos en el mundo se ven expuestos al terrible contagio: su padre en primer lugar, por su profesión; su marido, que no puede suspender el trabajo corriente en las oficinas de la casa de negocios; su pequeño Ricardo de quien le es imposible separarse, ya que le amamanta. Cuando el doctor dispone de un mo­mento, hace una breve aparición en casa de su hija. Y Betty no se olvida, cua­lesquiera que sean sus preocupaciones, de hablarle de las molestias de salud de Juan o de María Scott, porque Julia, habitualmente encarga a su amiga una «con­sulta» por correspondencia para el especialista afamado.

Mi padre me encarga especialmente, que te diga que no hay remedios para la tosferina: es necesario que las cosas sigan su curso natural. Te hubiera escrito este consejo él mismo, pero apenas tiene tiempo para respirar; no tiene tiempo de sentarse, fuera de la hora de las comidas.

Y, unos días más tarde, al comienzo de septiembre: Estás ansiosa, estoy se­gura de ello, a propósito de tus amigos de Nueva York, en esta época de horror. Creo, efectivamente, que van a ser los únicos que van a quedarse en la ciudad. El pobre Seton está encadenado por razón de su trabajo y allí donde él está, allí estoy yo con él. Nuestros queridos niños, -los dos mayores-, están fuera de la ciudad con la señora Maitland, y nuestro vecindario está vacío por com­pleto… Nosotros estamos todos perfectamente bien. ¿Por cuánto tiempo? Sólo el cielo lo sabe, porque en nuestra calle hay muertos…, uno de ellos, tres puertas después de la nuestra. No he visto a mi padre en toda la semana: vino tan sólo ayer noche y me dijo que había pasado todo su tiempo en los hospitales o en el lazareto. Viendo a uno que me es tan querido, expuesto hasta tal punto, prefiero infinitamente quedarme en la ciudad, y esto independientemente del hecho de que mi Guillermo esté aquí.

Es verosímil, con todo, que el Dr. Bayley mismo exigiera a Betty la solución más sabia para el bebé, si no para ella. Porque una carta, fechada el 28 de septiembre, está escrita en Cragdon. Pero en Cragdon hay nuevas ansiedades. He ahí que Guillermo debe meterse en cama. ¿Acceso benigno de la terrible epidemia, o simplemente jornadas de fiebre y depresión debidas a la tuberculosis? No hace falta más, en todo caso, para enloquecer a Betty, para ponerla en si­tuación desesperada.

Hubiera respondido en seguida a tu carta, pero mi Guillermo, Mi TODO, estaba entonces afectado por esa fiebre que reina por todas partes. Afortunadamente, sólo fue tocado ligeramente, lo bastante para que yo, quedara espantada con el pensamiento de lo que podía seguirse, tanto más cuanto que estamos en Bloo­mingdale, y que, de hecho, mi padre no le puede curar.

Quizás para animarse a sí misma, como para animar a la amiga, Betty deja resbalar estas palabras en las que corre todo su afecto para «la sombrita de nada», tan querida para su corazón, cual era Julia Scott: ¡Animo, mi amor, y permanece en acción de gracias, por lo que te queda de bien! Es como Betty se esfuerza per­sonalmente por resistir, por resistir serenamente durante aquellas semanas de pe­sadilla. Si la alarma había sido conjurada, rápidamente en lo concerniente a la sa­lud del marido, Betty no deja de verle sin miedo emprender cada mañana el ca­mino de la ciudad. Tiene que confesarlo claramente, desde los primeros días de octubre: Anda de cabeza, consumiéndose de inquietud por su marido y por ~u padre también, quien está constantemente en el hospital de Bellevue, fatigado hasta el extremo… Pero temblar por unos seres amados es todavía un consuelo, cuando se piensa en los que han perdido uno de los suyos: ¿Qué son mis moles­tias, mi amor, comparados con tu melancolía de todos los días? Así termina ella una nueva misiva dirigida a Julia.

La vida que Betty lleva entonces en Cragdon no es, sin embargo, una vida fácil. La casa es demasiado pequeña para las dieciocho personas que habitan jun­tas ya que el matrimonio Maitland se ha visto obligado también él a quedarse allí. Ni siquiera es posible para Betty encontrarse diez minutos frente a su padre, cuando viene por una hora o dos a Bloomingdale. Viviendo en un alerta per­petuo, asaltada sin tregua por los niños de quienes siempre alguno tiene necesi­dad de sus cuidados y caricias, de su presencia, le es necesario renunciar a un descanso que le sería, con todo, indispensable. De nuevo la fatiga se lanza sobre sus ojos, mientras un brote de furunculosis la abate a pesar de toda su energía.

Conoce entonces momentos de semidesánimo y, como en tiempo de su pri­mera infancia, a la hora en que la muerte de su madre había macerado su cora­zón, se pone a soñar con nostalgia en la vida del más allá, la vida bienaventurada, donde toda pena será olvidada, «donde Dios mismo enjugará toda lágrima de nuestros ojos» (Apocalipsis 21, 4).

Sí, incluso yo que soy su madre, se atreve a confiar a Julia, no desearía que­dar sobre la tierra, si estuviera segura de que mis hijos no han de ser privados de la protección de su padre.

Y luego, se rehace. Ana María que se lanza en sus brazos, Bill que se agarra a su falda, Ricksy que le sonríe en su cuna, traen la sonrisa a sus labios, des­piertan la fuerza en su corazón: ¡Claro que sí!, es necesario resistir el golpe, por estos pequeños que son sus hijos, que tienen necesidad de su presencia, de su amor. Porque esos pequeños Dios se los ha confiado para que ella los conduz­ca a El.

Ha llegado el otoño y, con la última estación, cierto alivio. En Nueva York, la epidemia de fiebre amarilla parece conjurada. Es necesario pensar ahora en instalarse en Stone Street, como hubiera debido hacerse dos meses antes. Dejar Cragdon, donde se vivía literalmente unos sobre otros, es, de hecho, un motivo de alegría para Betty. La organización de su nueva morada le es una excelente dis­tracción. Y luego ¿no va ella a poder pasar unas semanas todavía en la casita de Wall Street? Serán las últimas, ¡ea!, pero serán, no obstante, semanas de las que la joven mujer piensa aprovecharse de lleno. En Wall Street, puede volver a encontrar horas de intimidad con Guillermo, hablar sola, a solas con su padre, cuando viene a verla para cortas pero más frecuentes visitas que en Blooming­dale. En Wall Street, Betty encuentra de nuevo asimismo su piano, no sin un suspiro de placer, su querido piano junto al cual el Dr. Bayley fatigado gusta tanto sentarse para escuchar a 5u hija tocar sus melodías preferidas.

Cada día, por otra parte, Isabel debe llegarse a la casa de Stone Street que ha sido necesario volver a su estado, después de la desinfección que dictaba la prudencia a consecuencia de la epidemia neoyorquina. Pintura fresca, nuevos papeles sobre las paredes. Es un vida nueva que va a comenzar allí, y Betty, finalmente, siente que su corazón se dilata a la medida de las nuevas responsabi­lidades que va a poder asumir, así lo espera con un espíritu tranquilo dentro de un ritmo de vida normal.

No es cuestión, claro está, de guardar junto a ella a todos los pequeños her­manos y hermanas de Guillermo. Para Carlota y María, la pensión ha parecido la solución mejor. Han marchado ya la una y la otra a Nueva Jersey mientras Eduardo y Samuel llegaban al colegio de Connecticut. Pero Enriqueta y Cecilia quedarán en casa. Así lo ha decidido Isabel. En cuanto a hacerlas inscribir co­mo externas en una de las escuelas de Nueva York, renuncia igualmente a ello. Con la nieve y la lluvia me darían más fastidio que si las guardo aquí, ha expli­cado ella, siguiendo el deseo secreto de su corazón, cual es el de tomar a su car­go íntegramente la educación de las dos últimas de sus cuñadas, con la de sus propios hijos. Ayudada como está, para las cargas domésticas por una mujer de confianza, Mammy Huller, secundada por Rebeca sobre todo, Betty se da la alegría de organizar el trabajo escolar de los niños. Esta tarea que toma con la seriedad que ella pone en todas las cosas, le permitirá, además, desarrollarse dando lo mejor de sí misma. Haciendo eso, se prepara también, sin saberlo, a las tareas futuras que la Providencia le destina y que le espantarían ahora, si ella adivinara tanto su amplitud, como su peso.

Por el momento, su pequeña clase sólo tiene dos alumnos, su marco es de una flexibilidad extrema. Es necesario contar con las idas y venidas de Ana Ma­ría, y de Bill que, sin más, empujarán la puerta a la mitad precisa del dictado 0 de la lección de caligrafía, de lectura, de cálculo, cuando no serán los gritos de Ricksy que forzarán a la profesora a dejar a los alumnos, los libros y cuadernos para ir a alimentar o a poner en mantillas al bebé. ¡Qué importa!, aquellos son bien pequeños inconvenientes, frente a la confianza alegre que reina de nuevo en la casa.

Betty, por otra parte, está completamente de vuelta de sus prevenciones frente a Rebeca. En las largas y dolorosas semanas que han vivido juntas desde el mes de junio, se han revelado una a otra. Betty se pregunta ahora cómo pudo, durante los primeros años de su matrimonio, desconocer el valor de su cu­ñada. Con todo lo joven que es Rebeca, se encuentra de primeras a la altura de la situación difícil que se le imponía. Serenamente, supo hacer frente ella tam­bién, con tanta energía como delicadeza. Isabel no agota ahora los elogios sobre las cualidades de Rebeca y sobre la formación profunda que ha recibido de su padre que fue su único guía en todas las cosas.

Pero, sobre todo, descubre, con un sentimiento de íntima dicha, que se le ha dada en Rebeca, una amiga, la primera con la que le será posible hablar de Dios. ¡Hablar de Dios! Con su padre, no es cosa que se pueda concebir. No más con Guillermo. Tampoco con Julia Scatt o Isabel Sadler… Una vez en su vida conoció Betty la alegría de poder conversar de las cosas divinas: era en Nueva Rachela, cuando la pequeña Ana Bayley, su prima de siete años, la escuchaba encantada e ingenuamente y le expresaba su alegría de oír hablar del Señor. A decir verdad, no se trataba de verdaderos intercambios. Ahora, Betty y Rebeca podrán, bien a su gusto, conversar de aquello que es prácticamente para la una y la otra lo esencial de su vida. Parque también Rebeca tiene el sentido de Dios, la sed de Dios, y su vida espiritual nada tiene que ver con el conformismo de una religión casi exclusivamente exterior, como lo es prácticamente la de los Seton y los. Bayley. Así pues, aunque Isabel no podía expresarse sino con una ex­trema circunspección, y como a hurtadillas a su amiga Julia, podrá llegar a ser, con Rebeca, el tema de verdadero diálogo, donde la una y la otra, sin el menor respeto humano, podrán revelarse a sí mismas con sus deseos más verdaderos, sus aspiraciones más vitales, ayudándose a marchar juntas por el camino que conduce al Señor.

Y es posible que la joven mujer, en un plan de confianza total, mostrara a su cuñada la oración cuyas palabras vertió, un día, sobre el papel en el momento en que la inextricable red de inquietudes y de dificultades le dejaba apenas bastante tregua para que le fuera permitido sentarse unos instantes a la mesa en silencio: Dios Todopoderoso, autor de toda misericordia, Padre de todos, Tú que conoces mi corazón, y que tienes piedad de su debilidad como de sus errores, Tú sabes que el desea de mi alma es hacer tu voluntad.

Aquel desea, ¿no era también, a fin de cuentas, el único desea de Rebeca? Entre las dos cuñadas se traba una amistad como jamás ellas la han conocido hasta entonces, una amistad, toda espiritual, pero al mismo tiempo, tan fraternal que Betty dirá pronto de Rebeca que es la hermana de su alma.

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