Isabel Seton, la biografía: 04 – Mi hogar muy mío

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
Tiempo de lectura estimado:

La gracia de una esposa alegra a su marido,
y su ciencia le reconforta.
La mujer silenciosa es un don del Señor,
la dueña de sí misma no tiene precio.

Sir 26, 13-14

Los Seton habitaban junto a Hanover Square una amplia mansión, el 61 de Stone Street, una de las calles más frecuentadas de la ciudad. Y la casa misma era una de las que abrían habitualmente su puerta a los huéspedes más ilustres. Los Jay, los. Livingston, los Hamilton eran recibidos allí como amigos. El anti­guo obispo de Autun, Talleyrand, cuyo nombre se había hecho tristemente célebre desde el comienzo de la Revolución francesa, frecuentaba como familiar la man­sión de los Seton.

Los días de recepción, había en los accesos de Hanover Sqzaare un ruidoso vaivén de caballeros que echaban pie a tierra, y un atasco de sillas de manos, de donde las elegantes, de bucles hábilmente realzados en sus cabezas, se desprendían con mil precauciones desplegando delicadamente sus faldas vaporosas. Sirvientes adiestrados se mantenían en el umbral prestos a abrir una portezuela, o asir las riendas que les abandonaba la mano finamente enguantada de un caballero.

La joven señora Seton tenía desde ahora su puesto en aquellas reuniones o en aquellas veladas mundanas, y los amigos de su suegro se declaraban en­cantados de su belleza, de su gentileza. Cuando ella hacía su entrada en el salón, graciosamente apoyada en el brazo de su marido, un murmullo de admira­ción estremecía la concurrencia. El, alto, distinguido, cabellos empolvados de blanco, en traje de terciopelo o de seda. Ella, pequeña, fina, castiza, dejando deslizar ligeramente sobre las alfombras su traje de cola que realzaba el brillo de las joyas de gran precio que ella llevaba con sencillez. Pareja encantadora, cabal, feliz, cuya dicha íntima irradiaba el rostro, sugería el menor gesto.

¡Qué lejos quedaban para Betty los días tan dolorosos de los años preceden­tes, y cómo se esfumaba entonces el recuerdo de las horas de pesada soledad que, no ha mucho, la aplastaban! ¡Ahora tenía un hogar y una familia! A decir verdad, no era todavía la intimidad de un hogar verdaderamente de ella, ya que las circunstancias habían obligado a la joven pareja a permanecer por unos meses en la casa de los Seton. Y, ciertamente, la vida de una familia numerosa como aquella, bastaba para crear un ambiente lleno de animación, hasta fuera de los días de brillantes recepciones.

Este año de 1794, la mesa de familia reúne todavía, en torno a Guillermo y Ana María Seton, a siete u ocho niños, al menos. Isa es un poco más joven que Betty, Rebeca no tiene aún quince años. María, Carlota, Enriqueta, son jovencitas que se encargan de hacer, con los muchachos, una ruidosa y perpetua animación, que no dejan de hacer recordar a Isabel la vida que ella y su hermana María, habían conocido y compartido en Nueva Rochela, en casa del tío Guiller­mo Bayley.

Pero, ¿qué importan ahora a la joven mujer aquellos placeres juveniles, aque­llas explosiones de risa, aquellas carreras alocadas? Un mundo nuevo se abre para ella: el amor conyugal ha transformado a la joven de ayer, Betty encuentra en este amor, en este intercambio de amor leal y limpio, la realización de sus aspiraciones más profundas, más imperiosas, más legítimas también. Se deja in­vadir por una felicidad que la transfigura. Polarizada sobre «su Guillermo», parece incluso que la joven mujer, no está ya en disposición, por el instante, de posar sobre los seres que la rodean la mirada objetiva a que está acostumbrada.

Más dotada, quizás, que sus jóvenes cuñadas, se ha beneficiado, de seguro, de una cultura superior a la suya. Bajo este punto de vista ha recibido más de lo que reciben las jóvenes americanas de su tiempo. De esta superioridad, ella toma claramente conciencia, y no descubre al primer contacto, el valor profundo de las medio hermanas de su marido. Rebeca misma, con quien tantas afinidades comunes se revelarán pronto, Rebeca que llegará a ser para ella, la confidente, la hermana más profundamente amada, no es todavía a sus ojos más que una adolescente casi insignificante, mal pulida, en todo caso, y cuyas cualidades, pien­sa Betty, con un juicio precipitado, han quedado incultas y no se han desarrolla­do. De todas maneras es Guillermo quien, presente o ausente, ha venido a ser el polo de su vida. Lo demás, en estos primeros meses, no tiene más valor a sus ojos, humanamente al menos, que dentro de la irradiación de su amor.

Y, sin embargo, encantadora, delicada, con aquella nota de seriedad, de equilibrio, de armonía que le es propia, ha conquistado rápidamente el afecto y la estima de la familia Seton, de su suegro, sobre todo, que la trata por igual que a sus propios hijos, y hasta tendrá para la mujercita de su Guillermo una secreta predilección. Le manifiesta una confianza conmovedora, hecha de sen­cillez y de abandono. Y no duda poner entre sus manos cartas de familia que ha escrito personalmente y que le son particularmente queridas. Unas líneas tra­zadas igualmente por su mano, las acompañan:

«Tú eres la primera de mis hijos -le confiesa- a quien se las hago leer». Y le pide que esa lectura la haga con respeto, con delicadeza, porque ha puesto en ellas lo más íntimo de sí mismo. Encontrarás profundamente marcado en ca­da una de esas cartas el afecto paternal que he experimentado siempre por mi querido Guillermo, tu marido: esa te gustará. Pero si te manifiesto que ese afec­to jamás ha cesado de crecer desde entonces, pienso que cada una de las páginas donde hablo de él, te será doblemente querida. Que podáis largo tiempo, muy largo, gozar juntos de toda bendición, es el deseo sincero de vuestro padre lleno de afecto por vosotros y que os ama.

A tales sentimientos, ciertamente, Betty no es insensible. ¡Se siente como «en su casa» en el hogar de los Seton! Y, sin embargo, ¡cuán natural es que aspire a encontrarse sola con su marido en una casita que sea verdaderamente la suya, que pueda ella amueblar, arreglar según los gustos de Guillermo y los suyos. Donde su intimidad esté más a seguro, donde su mutua ternura pueda expresar­se con más espontaneidad! Esa dicha, Betty iba a conocerla pronto. Una sola línea de sus Dear Remembrances basta para contarlo: «20 años, Mi HOGAR muy mío».

Este hogar era una casita alquilada en Wall Street, no lejos de la galería de muebles de Duncan Phyffe, que había de recibir más de una vez la visita de los jóvenes Seton, próxima igualmente a la Tontine Coffee House.

¡Mi HOGAR muy mío! De esta dicha, Betty no se priva. Pero, mientras cuel­ga las cortinas, en las ventanas, mientras extiende sobre la mesa el mantel fina­mente bordado, mientras prepara los dos cubiertos, o dispone graciosamente un ramillete, una dicha más profunda aún brota de la intimidad de su ser y fluye ahora por cada uno de los instantes de su vida de joven esposa. Porque otra vida ha nacido en ella: Betty sabe que pronto, dentro de unos meses, conocerá la alegría única de la maternidad. Su amor por Guillermo llega a ser con esto más vibrante, más intenso, si aún es posible.

Este mismo año, su suegro ha dejado la situación que ocupaba en el Banco de Nueva York, para asociarse a un hombre de negocios de Londres con objeto de crear una importante firma comercial; la cual llevará el nombre de «Seton, Maitland y Cía». Es una empresa de envergadura que quiere asegurar un cam­bio comercial permanente entre América y el Viejo Continente, y que dispone a este objeto de sus propios navíos. Intereses comunes la ponen en relación, no solamente con la ciudad de Londres, sino con numerosos y lejanos puertos: Ham­burgo, en Alemania; Liorna, en Italia; Barcelona y Málaga, en España. Los ve­leros singlan igualmente hacia otros puntos del Nuevo Mundo: las islas de Santa Cruz, y de la Martinica, situadas en comarcas menos alejadas sin duda, pero cuyo desarrollo ha sido más lento que el de los Estados Unidos, y que se desig­nan bajo el nombre de Indias Occidentales.

Guillermo Magee y su hermano Jaime se unieron a su padre para esta aven­tura comercial, de dimensiones casi insólitas para la época.

Todas las esperanzas eran permitidas, entonces, en lo concerniente al im­pulso, al desarrollo y a la prosperidad de la empresa. Nada de preocupaciones financieras que preveer, en la casita de Wall Street. Los deseos de Betty, apenas se expresan, pueden ser colmados. Cuando, terminadas sus horas de trabajo, Guillermo vuelve a su hogar, puede gozar con toda tranquilidad de la dicha que allí encuentra: calma, confort, descanso junto a la que él ama.

Sin duda se encuentran obligados uno y otra, a aparecer aquí o allí, en el de­curso de las recepciones que se les imponen por el hecho de su situación social. Sin duda frecuentan también, y no sin placer, el teatro de John Street. Pero realmente parece, a fin de cuentas, que prefieren más esas noches de dos, donde nadie viene a turbar la dicha apacible de su intimidad.

El ha traído de Cremona uno de los Stradivarius que ha fabricado con sus propias manos el gran maestro italiano. Tocar el violín es un relajamiento que él ama. Betty no deja de escucharle, admirando cándidamente su «virtuosismo», aunque él no haya llevado jamás muy lejos sus estudios musicales. A continua­ción, ella se pone al piano. A no ser que ambos, sin duda, interpreten juntos una de las piezas de sus compositores favoritos. Sosiego de la noche, armonía de dos corazones que vibran al unísono, y que para expresar su mutuo amor en­cuentran mejor que palabras: o la música o el silencio.

Y si el joven se ve obligado a desplazarse a Boston o a Filadelfia, por unos días, por unas semanas, le es necesario llevarse la miniatura de aquélla a la que él llama tiernamente «su mujercita», ya que no sabría pasarse un solo día sin con templar su rostro. Cada día también, y cualesquiera que sean sus ocupaciones, encontrará el medio de dirigirle unas líneas, recordándole en la ocasión que ella está siempre «en su casa» en la mansión de Stone Street. Vete tan a menudo como puedas a casa de mi padre -insiste-.

Las respuestas de Betty a aquél a quien por su parte llama «su queridísimo tesoro», se siguen al mismo ritmo, pero confiesa a Guillermo que, si guarda con tantísimo aprecio su retrato junto a sí, ese retrato le parece «tan melancólico» que no le gusta mirarla en su ausencia.

El nacimiento de su primer hijo va a dar pronto a su amor una dimensión nueva. El dos de mayo de 1795, sentada a su mesa, Betty, que prosigue gustosa con sus amigos de antaño uña abundante correspondencia, acaba de comenzar una carta destinada a Julia Scott. Pero súbitamente ha de dejar la pluma. El bebé que espera precisamente para aquella semana, anuncia su llegada. Al día siguiente, de mañana, Isabel trae al mundo una niñita. La alegría del hogar llega a su colmo. Aquella noche, cuando hayan pasado las horas de emoción, cuando la muñequita con su carita arrugada, duerma todavía en la cuna, junto al gran lecho donde reposa radiante la joven madre de veinte años, Guillermo, tomando sobre la mesa la carta inacabada, anunciará en ella, personalmente, y no sin or­gullo, el dichoso nacimiento de su hija Ana María.

La niña será bautizada en la iglesia episcopaliana de la Trinidad, el cuatro de junio siguiente. Tendrá por padrino al doctor Bayley que no disimula su alegría de ser abuelo, y por madrina a una de las cuñadas de Betty: Rebeca Seton.

Más que nunca, desde que el bebé ha ocupado su puesto en el hogar, su pues­to invasor, como es debido, Betty ama su hogar, y la vida que allí lleva le parece la más bella que hay. Su amiga Isabel Sadler le envía, en esta época, dos cartas entusiastas desde París, el nuevo París republicano adonde la ha conducido su periplo europeo. Gustosamente Betty le responde en la primavera de 1795: Verdaderamente, Señora Sad, es un hecho: vas a bailar el domingo, ¡oh cria­tura «depravada»! Y ¿cómo se podrá comparar el baile y las diversiones con esta tranquilidad, calina, sedante que trae el domingo, el domingo por la noche sobre todo con un marido que balancea sus pantuflas junto a un fuego de carbón y un libro de Blair abierto sobre la mesa? Pero sigamos, ¡ea!; soy una pequeña sal­vaje americana, presumo y no debería hacer alusión a esas insulsas necedades en presencia de una «dama», que en la mayor ciudad del mundo, puede ver el do­mingo por la noche saltar a las rubias «snobs» y, supongo que saltar con las más alegres de entre ellas. Pero, después de todo, lo que hacen ellas puede tener tanta utilidad como lo que hacemos nosotras, y, a mi parecer, el punto esencial de fa religión es la alegría y el equilibrio. Los que marchan en ese sentido están cierta­mente en lo verdadero…

La pequeña Ana María, que tendrá pronto dos meses, viene a ser un bebé adorable cuyos abuelos están locos…

En cuanto a ojos, están más cerca del negro que de cualquier otro color, con una nariz muy chiquita, una boca muy pequeña, hoyitos en las mejillas y en el mentón, una carita rosa, siempre despierta, siempre expresiva. Todo esto es bien interesante de escribir… Su abuelo Bayley te dirá que ve más gracia, más expre­sión, más inteligencia, más deseo de saber en este rostro que en el rostro de cual­quier otro en el mundo y que se puede entretener con este bebé mejor que con ninguna de las mujeres de Nueva York. En resumen, es la verdadera hija de su madre y, puedes estar segura de ello, el orgullo y el tesoro de su padre.

Para esta niña nacida de su carne, Betty desea apasionadamente la verdadera dicha. ¿Es un retorno hacia atrás sobre su vida de infancia frustrada demasiado pronto del amor maternal, privada más de lo que era necesario, de la presencia de su padre, es la situación dolorosa que le es dado a veces ver en torno de ella? Una reflexión desencantada viene a cerrar aquella carta tan alegre, como un nu­blado ensombrece de golpe un cielo luminoso. Así, ciertos seres pequeños han nacido para ser rodeados de ternura, mientras que otros son tratados por aquellos que les han dado la vida con menos cuidados de los que han recibido de la natu­raleza. Pero todo está bien, y, a menudo, aquellos a quienes falta encontrar el co­razón lleno de ternura de una madre o de un padre para abandonarse allí, avan­zan en el mundo henchidos de alegría mientras que el niño a quien sonreía la esperanza, verá ensombrecerse su horizonte a consecuencia de decepciones im­previstas. ¡Ah sí!, ¡así es como vamos! Hay una Providencia que jamás descansa, que jamás se duerme… Pero he aquí que mi marido se pone a bostezar: suenan las diez en el reloj y mis dedos se entumecen de frío…

Dichosa en su hogar, Isabel no lo dejará durante sus primeros años de matri­monio. Un viaje la conduce, sin embargo, con Guillermo a Filadelfia, el mes de mayo de 1796. Ana María es confiada a su abuela materna y a sus tías que no quieren más que esmerarse por el bebé. En cuanto al viaje mismo no se presenta sino muy normal en este final del siglo XVIII. Desde antes de la Guerra de Inde­pendencia, un servicio de correo, organizado por Franklin funcionaba, regular­mente, enlazando entre sí las principales ciudades de la costa: Boston, Nueva York, Filadelfia. Cartas y periódicos, -«Gaceta de Nueva York», «Gaceta de Boston», «Gaceta de Baltimore»-, eran puestas en camino de un punto a otro, en días fijos, por dos coches que pronto se ocuparon de coger, con la correspondencia, un número restringido de viajeros. Si los años de guerra habían interrum­pido por la fuerza de las cosas una organización que se demostraba indispensable para el desarrollo del país, todo se había puesto rápidamente en marcha desde el nombramiento de Washington para la presidencia de los Estados Unidos. No sin un legítimo orgullo St. John de Créve Coeur nos hace de ello una des­cripción precisa.

Coches públicos de una construcción sólida, ligera y elegante, establecidos des­de la paz, transportan a los viajeros y las sacas de cartas… Este servicio ordenado y organizado por el Congreso, se hace con mucha exactitud y celeridad. Ese mismo cuerpo acaba de establecer también un enlace de este correo de Alejandría a Pittsburgh. Además de los coches hay diligencias, con suspensión sobre cuatro re­sortes, desde Providencia hasta el nuevo Hampshire, y pronto se las establecerá también desde Nueva York hasta Petersburg, en Virginia, las cuales pasarán por Filadelfia, Baltimore, Alejandría, Richmond. Esta larga cadena de Estados está en­lazada además con un gran número de «paquebotes» que durante casi todo el año transportan las mercancías y a los pasajeros de una ciudad marítima a otra.

Esta carta está fechada el 28 de diciembre de 1786. Es diez años más tarde cuando Isabel y su marido se desplazan a Filadelfia. Nuevas mejoras han sido aportadas sin duda desde entonces a los medios de comunicación.

Que semejante viaje emprendido en compañía de su marido haya sido del gus­to de Betty, nada tiene de sorprendente, tanto más cuanto que la joven mujer debía reunirse allí, con su amiga Julia Scott. De este viaje demasiado breve sin duda, la señora Seton no ha dejado, sin embargo, ningún recuerdo escrito.

Más prolongadas, pero menos lejanas, las estancias en Long Island donde va a pasar los meses, de verano. Es dichosa de encontrar allí la calma, la vida apacible que no turban entonces ni las salidas mundanas, ni las recepciones de ninguna clase, ningún otro quehacer para ella, sino ocuparse de la pequeña Ana María, preparar el «hogar» para la llegada regular de Guillermo, tres veces por semana, esperar las visitas de su padre a menudo imprevistas y siempre demasia­do breves para su gusto. Porque el doctor Bayley acaba precisamente de ser nom­brado, en 1795, Oficial del Servicio de Sanidad en el puerto de Nueva York. Por este hecho, una nueva responsabilidad pesa desde ahora sobre sus espaldas: la de tomar medidas en lo concerniente a la cuarentena eventual a todo navío que arri­be al primer puerto de América. Pues son numerosas las llegadas de emigrantes, y muchos, entre ellos, han podido contraer en el transcurso de largas semanas de navegación, una de esas enfermedades temibles cuyo fulminante y a menudo mortal contagio ninguna vacuna en aquella época permitía evitar.

La primera estación de cuarentena se encontraba en Beldoes Island. En 1799, por iniciativa del doctor Bayley, será trasladada al nordeste de Staten Island, cerca de Tompkinsville. Desde su nombramiento para el Servicio de Sanidad del puerto, el Doctor dispone de una embarcación oficial que le permite desplazarse fácilmente desde la propia ciudad a las diferentes islas que la rodean.

Cuando Betty le ve llegar a Long Island en compañía de Guillermo, son nue­vas encantadoras que se anuncian, ya que en torno a ella van a estar reunidos los seres que le son más queridos en el mundo: su padre, su marido, su hija.

En esta dicha humana, hay ya, sin embargo, una grieta: la salud de Guillermo Magee comienza a dar, durante el año 1796, serias inquietudes. Isabel, que espera el nacimiento de su segundo hijo, no puede defenderse de una sorda angustia.

He aprendido a entrar en mí misma, escribe a su amiga Isa Sadler en el de­curso del mes de agosto, he aprendido a conocer mi propio corazón, y trato de dirigirlo por la razón. Este corazón que se hace de día en día más tierno, más sensible, lo que atribuyo en gran parte al estado de salud de mi Guillermo. Esa salud de la que están pendientes todas mis esperanzas, que me conserva en la dicha HUMANA más perfecta o me sumerge en la más profunda melancolía, esa salud no se fortalece por cierta, y pienso, a menudo, que baja enormemente. Pero siempre para mí es un principio firme, tanto porque soy cristiana, como porque soy un ser dotado de razón, no cargar sobre el pensamiento acontecimientos fu­turos que no dependen de mí. Me sucede, desde ahora, que ya no puedo nunca mirar una puesta de sol o pasearme sola, sin que me invada un sentimiento de melancolía. Y si no vuelo bien rápida hasta mi pequeño tesoro, para hacerle lla­mar a «papá» y hacerme abrazar mil veces, no resistiría el golpe. Esta disposición está todavía acrecentada en mí por la espera de otra pequeño ser que compartirá mi suerte, sea ésta una suerte dichosa, o bien, sea lo contrario… Es por lo que, mi querida Isa, he venida a ser «la que mira a lo alto», pues allí está ciertamente el único remedio a la pena de que te acabo de hablar.

El 24 de noviembre de 1796, un niñito hace su aparición en el hogar de los Seton. Se le llama Guillermo. En la intimidad será Bill.

Ninguna nueva inquietud, al parecer, durante este invierno, respecto al padre del niño. En Wall Street, Betty ha vuelto a emprender la vida que es suya en Nueva York, una vida compartida entre su hogar y las salidas de las que no se puede dispensar, vista la situación de su marido.

El no puede eludir ciertas responsabilidades sociales o políticas, multiplican­do con ello las causas de fatiga que él debería evitar.

Isabel, por otra parte, siente también la necesidad de no limitar el don de sí misma a su propio hogar, por querido que le sea. Voluntariamente, así lo hacía ya desde hacía unos años, se junta a otras mujeres de la ciudad, a fin de llevar una ayuda eficaz a los niños sin padres, a las viudas sin recursos. El movimiento ha ganado, poco a poco, un número suficiente de miembros activos e influyentes, para tomar, al final de 1797, una existencia oficial, reconocida por el Estado, y del cual la joven señora Seton es nombrada tesorera, cargo que le será confiado hasta 1804. Así que, cuando se trata de encontrar los fondos necesarios para las necesidades urgentes de la Asociación, Betty estará entre las primeras para or­ganizar una petición, en vistas a obtener del Gobierno la autorización, para lanzar por toda la ciudad una importante lotería que debe reportar 15.000 dólares.

Sin tener cuenta de estas diversas actividades. Isabel conserva, sin embargo, una verdadera necesidad de esas horas privilegiadas de soledad y de silencio que llega, a pesar de todo, a reservarse. Unas líneas escritas a su padre durante un viaje de su marido son significativas al respecto:

Acabo de pasar una de las más encantadoras noches de mi vida. Son ahora las once, y hace siete horas, por así decir, que no he dejado mi silla. Entre los míos, unos están dormidos, el otro está en lejanía. He hecho lectura en un libro donde se trata del gran ser del Altísimo cuya morada es la eternidad. He espigado en él algunos pasajes de los que deseo hacer que se aproveche un día mi hija. ¡Qué pequeño resulta entonces el mundo! ¡Cómo parece esfumarse! ¡Qué calmas y aquietantes las horas pasadas en tal soledad! Ellas están escritas en el plan de Dios para provecho nuestro y su recuerdo permanece. Termino mi noche pi­diendo por ti… ¡La paz sea contigo, padre mío!

La Biblia ha quedado, por otra parte, para la joven mujer, para la joven madre, como libro de cabecera, libro por excelencia cuya lectura jamás podría dejar. Cuando Guillermo está ausente, como esta noche, mientras están dormidos los «dos pequeños tesoros», de los que la mayor, Ana María, se revela, a los tres años, de un carácter «indomable», Betty se inclina con alegría sobre las páginas de la Santa Escritura. Y la lectura que hace despierta en el fondo de ella misma ecos cuya profundidad atrae y espanta a la vez.

A los veinte años, ¡mi HOGAR muy mío!, ha anotado en sus Dear Remembran­ces. Luego, inmediatamente después de ese grito de alegría, sin transición, estas palabras que de primeras nos asombran, nos desconciertan, corren el riesgo de escandalizarnos: – el mundo — esto y el cielo también, ¡imposible del todo!… así cada instante ensombrecido por este temor: Dios mío, si gozo de esto te PIERDO… y con todo ni una idea clara de Aquél a quien perdía, más bien pavor del infierno y de ser excluida del cielo – -.

¿Por qué no reconocerlo sencillamente? Este grito de angustia, a pesar del deseo de Dios que él supone y cuya auténtica expresión es en cierto modo, no da un sonido del todo puro. «El amor perfecto desvanece el temor», afirma san Juan (1 Juan 4, 18). Pero, es necesario subrayarlo, todo lo alimentada que esté de la Escritura, Isabel ha sido educada en las creencias protestantes. Nieta, por su ma­dre, de un pastor anglicano, desciende, por su padre, de hugonotes convencidos, que han preferido desterrarse antes que renunciar a una religión considerada por ellos como la única que era verdaderamente evangélica. ¿Qué tiene de extraño, entonces, que Betty haya heredado la intransigencia excesiva que sobre un pla­no al menos distinto a la religión reformada, la cual en su deseo de salvaguar­dar íntegramente la soberanía de Dios, reduce finalmente a la nada la libertad humana?… Emparentada en este punto con el error del jansenismo, la teología calvinista acaba sus últimas conclusiones en la doble predestinación que querría que la salvación o la condenación de los hombres no dependa finalmente de su amor o de su mérito, sino de la sola determinación preestablecida por Dios sobre cada uno de nosotros. Tal creencia es aplastante de pesimismo. En la Confesión de fe de 1537. Calvino no duda, con todo, en poner el acento sobre la degrada­ción del hombre. Si el hombre no es malo por naturaleza, afirma allí él, lo es en su naturaleza; no Puede por sí mismo sino «permanecer en ignorancia y estar abandonado a toda iniquidad, siendo ciego en su espíritu y depravado en su cora­zón ha perdido toda integridad, sin tener ningún resto de ella».

Resulta de semejantes premisas que «el hombre puede razonar, conocer, de­terminarse y querer libremente en el dominio de las cosas terrestres (y todavía hay necesidad de un auxilio de, Dios que se llama a continuación, gracia común). Pero respecto a Dios, a su propio destino y a su salvación, el hombre está pri­vado de conocimiento y de libre albedrío. Es la famosa tesis del servil arbitrio donde Calvino tiene la misma posición que Lutero».

Así pues, por mezcladas que hayan podido estar en la Iglesia episcopaliana de la joven América las creencias aportadas por las diferentes confesiones salidas de la reforma, el misterio de la predestinación, capital como ninguno, es presentado en una misma perspectiva, y capaz de conducir al borde de la desespera­ción a un alma prendada de Dios, como la de Isabel.

No se puede negar, bien seguro, que mientras se trata de salvaguardar a la vez la libertad humana y la soberanía de Dios, se plantea un problema delicado. Este problema, la Iglesia Católica no lo ha eludido jamás. Pero, sea que los teólogos pongan el acento con preferencia sobre el libre albedrío y sobre el papel de la voluntad humana, en la salvación, según la posición de los Molinis­tas, o que pongan más el acento sobre la acción divina según la Escuela tomista, la Iglesia pide a sus fieles reconocer que subsiste en este problema algo miste­rioso, que supera los límites de la inteligencia humana, y creer al mismo tiem­po que Dios, que nos ha creado libres, respeta nuestra libertad.

«Es necesario, dice Bossuet, cautivar nuestra inteligencia ante la oscuridad divina (de la gracia), y admitir dos gracias de las que una deja nuestra voluntad sin excusa ante Dios (después del pecado) y la otra, no le permite gloriarse en sí misma».

Así, en condiciones como las suyas, Isabel no ha podido recibir jamás una directiva a la vez tan neta y tan mesurada: impregnada sin saberlo, desde su infancia, de principios erróneos en lo concerniente a la cuestión más importante de toda vida humana: la salvación eterna del hombre, ¿cómo encontrará ella sola, de buenas a primeras, la solución adecuada y la actitud de paz que reconociendo nuestra miseria de criaturas pecadoras, no menoscabe la sabiduría y la bondad de Dios?

Parece claro, por otra parte, que tal cuestión está para Isabel dentro de un contexto histórico que se la hace aún más compleja. Si la mayor parte de los primeros emigrantes de América se exiliaron de su patria a fin de permanecer fieles a sus convicciones religiosas: Hugonotes franceses, Puritanos, Presbiteria­nos, Cuáqueros ingleses, por no citar sino las principales, se debe reconocer que aquellas convicciones religiosas se esfumaron muy rápidamente en la práctica. Apenas la segunda y tercera generación guardan su huella. La lucha política, em­prendida en vistas a obtener para las colonias su independencia frente a Ingla­terra, parece haber relegado a segundo plano toda otra ocupación, durante largos años. Y un hecho no menos importante: al sacudir el yugo de la tutela británica, el joven Estado pretende instaurar sobre el mismo plano de la independencia po­lítica, la independencia religiosa. Prueba manifiesta de que los antiguos colonos quedarán, en su mayoría, impregnados de anglicanismo, ya que la creación de una Iglesia nacional -por tanta limitada y ligada prácticamente a los poderes civiles.-, sustituía en los espíritus a la noción misma de Iglesia universal y por lo mismo católica.

Parecería, además, que la confusión inicial entre comunidad política y co­munidad eclesial había mantenido, entre los ciudadanos de Estados Unidos, la ob­sesión de ver hecho posible el acercamiento, a otra confesión distinta de la suya. El anglicanismo permanecía para los americanos desde entonces como la religión de un pueblo cuyo yugo habían sacudido ellos, y cuyo rey era a la vez jefe político y religioso. En esta misma óptica consideran, al parecer, a la Iglesia católica, cuyo jefe, el Papa, acumulaba entonces la autoridad espiritual y el poder tem­poral, soberano como era de los Estados Pontificios con el mismo título que los príncipes o los reyes. La autoridad de la sede apostólica se presentaba a sus ojos como una entidad extranjera, de la que tenían motivo para desconfiar, co­mo desconfiaban de la corona de Inglaterra.

Hay aquí, sin duda, un esclarecimiento histórico del que es necesaria tener cuenta, si se quiere no justificar totalmente el grito de angustia de Isabel, sino comprenderlo en cuanto puede hacerse. Ella se encuentra aislada, por su mismo deseo de Dios, en medio de una sociedad, cuya religión está constituida, lo más a menudo, por un formalismo bastante superficial. Para ella, por el contrario, la vida espiritual ha tenido siempre una importancia vital. Tan en serio ha to­mado ella las creencias de la Iglesia que es la suya, en la medida en que ha po­dido ser iniciada en ellas, y por tanto el «servil arbitrio» y su conclusión lógica: «unos están predestinados a la salvación, otros a la muerte».

Hay más: Isabel ha escuchado muy realmente una llamada particular del Señor. La unión divina a la que ella se siente convidada, confusamente quizás, pero sin que le sea posible ponerlo en duda, ha hecho nacer en su corazón una necesidad de soledad y de desprendimiento que le parece en contradicción fla­grante con la vida que, prácticamente, está siguiendo. Este sentimiento no es nuevo. Hace ya unos años, cuando aún no encontraba en bailar más que una alegre y sana distracción, sin ninguna reticencia de flirteo o de aventura, una joven como ella no podía defenderse, después del hecho, de un malestar, de una especie de remordimiento… ¿No había en aquello, pensaba, una pérdida de tiem­po pura y simple? Una puerta abierta a su imaginación, cuya loca zarabanda ya no podía luego moderar, ¿sería perfectamente inocente, por otra parte cuando quería recogerse? Pues veía siempre, confiesa ella cándidamente, el rostro de su caballero, cuando deseaba fijar su mirada en sólo Dios. Esta confesión es escla­recedora. No se trata aquí de un temor irracional, inspirado en una interpreta­ción errónea de la Sagrada Escritura, como la de la soberanía de Dios que abo­liría nuestro libre albedrío. Se trata de una delicadeza que no querría sustraer a Aquél, a quien ama por encima de todo, la mirada que pide. Impregnada como está, por completo todavía, de creencias calvinistas; que no están hechas para dilatar su corazón dentro de una confianza luminosa, no siente menos una llama imperiosa hacia una unión divina que la pone secretamente en guardia, no cier­tamente contra el amor, sino contra el apego al amor demasiado humano que no está totalmente purificado.

A pesar de la angustia infundada que la asalta con demasiada frecuencia, Isabel Seton no se ha aventurado en un camino de perdición porque ha encon­trado en su vida conyugal y en la maternidad una alegría desbordante que no es más que la expresión, dichosa y legítima, de la realización de su ser humano. Tal realización está en el plan de Dios. El matrimonio, aunque Isabel lo ignore, es un sacramento instituido por Cristo, la fecundidad de una bendición divina, que, asociando los esposos a la acción creadora de Dios, les permite, según la fór­mula lapidaria de santo Tomás de Aquino, «acabar el número de los elegidos». Por grande que sea y bella la dicha de que goza, no deja menos en el fondo del alma un sentimiento de insatisfacción, que ella toma por un reproche, si no es por una condenación. ¿Quién, en efecto, podría entonces iluminar a la joven de cara a las exigencias de un Dios infinitamente celoso en cuanto infinitamente amado, pero de un Dios que nos ha hecho libres y nos deja obrar libremente? Su abuelo Charlton, el rector de San Andrés, habría sabido discernir quizás, en el alma de Isabel, aquella llamada particular que requería, de su parte, una fidelidad excepcional. Pero ya no está allí. ¿A quién, pues, habría podido en­tonces abrir sus deseos y sus temores? No conocía aún al Rvdo. Hobart… Por otra parte ¿hubiera podido él comprender tales confidencias? Tenemos derecho a dudarlo. Además el «libre examen», como las relaciones ordinarias que exis­tían entre los pastores episcopalianos y los miembros de su Iglesia, no parecen haber facilitado una apertura de este género.

¿Quién, efectivamente, se hubiera atrevido entonces a anunciar en el púlpito, en las parroquias protestantes, esa llamada universal a la santidad que el Con­cilio Vaticano n acaba de volver a esclarecer con tanta insistencia? El pensamiento de un equipo de hogares cristianos, cuyos cónyuges se ayudaran, el uno al otro, a marchar de manera concreta y diaria hacia el Señor, no había pene­trado todavía en los Estados Unidos. En Francia, un siglo y medio antes, san Francisco de Sales, afirmando que la santidad no era de ningún modo privilegio de los religiosos, había presentado aires de innovador. ¡En Francia, en el Viejo Continente, cuya civilización entera estaba informada de cristianismo desde hacía más de un milenio!

Pero, estas aspiraciones tan profundas, no era posible a Betty compartirlas con «su Guillermo». Todo era común entre ellos, excepto lo esencial, excepto aquella sed de Dios, aquella necesidad de Dios que, persiguiendo sin tregua a la joven mujer, la acuciaba, en medio de su dicha y de la cual no podía hablar con aquél a quien, después de Dios, amaba más en el mundo. Guillermo no comprende, dirá ella pronto a su cuñada Rebeca. Y para su corazón era un verdadero descuartizamiento. Sin duda ignoraba que llegaría un día, y no estaba lejos, en que el alma de su marido, en contacto con la suya, iba a abrirse a la gracia divina, y que aquellas horas de alegría sobrenaturales serían al mismo tiempo las del hundimiento de su dicha humana, las de las angustias y del des­garramiento brutal de la separación terrestre. Dios se complace en dejarnos mar­char en la oscuridad de la fe.

De momento, Betty debe aceptar por parte de Guillermo la dolorosa in­comprensión. Pero mientras trata de enseñar a su hija mayor cómo dominar por amor un temperamento violento, autoritario, demasiado pronto a encabritarse en toda ocasión, mientras acuna entre sus brazos, con una ternura duplicada, a su recién nacida a quien una enfermedad ha estado a punto de llevarse, una ple­garia silenciosa brota en ella, cuyo recuerdo le queda vivo muchos años más tarde:

súplicas diarias a Dios, de que tome a quien quiera, o a TODOS, si eso le place, con tal solamente que no le perdamos a El –

Ella ha puesto, ante todo, a sus dos hijos mismos, sus queridos tesoros, en las manos de Dios: – Anina ofrecida un millar de veces y entregada mientras era inocente, con el temor terrible de que viviera y se perdiese – – –

Hay un hecho que no podemos pasar en silencio: Isabel se encuentra enton­ces en debate con un problema vital, si los hay; un problema cuyos límites no puede discernir, ni incluso plantear sus datos de una manera precisa. Es una «noche oscura» ya, donde el espíritu del Señor, bajo la luz de su don de Ciencia, la hace presentir hasta qué punto son caducas todas las dichas humanas, de cara a la eternidad. Una «noche oscura» que decanta su alma de lo que queda de demasiado humano de sus amores más legítimos y más sagrados. Porque no se trata de renunciar al amor conyugal, al amor maternal, al amor filial: ¡a Dios no le place! Se trata de verlos asumidos por un amor que los transciende, dán­doles una dimensión nueva, confiriéndoles desde aquí abajo un valor de eterni­dad. Se trata sencillamente de volver a colocar todo amor humano querido por Dios, en su verdadero puesto respecto a Dios, quien es El mismo el Amor in­creado. Pero para el ser creado y pecador que somos nosotros, tal regulariza­ción no viene de por sí. Es necesario para llegar a ella, aceptar la experiencia de una purificación íntima y a menudo dolorosa. Cómo no sentiría entonces, un corazón humano el punzante dilema: «Dios mío, si gozo de esto» -de una ma­nera demasiado humana, aferrándome a ello, como a un fin-, o te pierdo, -es decir, renuncio al fin de cuentas a esa intimidad divina que Tú me ofreces en la primacía absoluta de tu amor a ti».

Consentir con plena voluntad en una transformación tan radical no es cosa fácil. Dar el salto dentro de una oscuridad liberadora de la fe, supone una gene­rosidad total, una confianza absoluta «en Aquél que sabe todo, que puede todo, y que nos ama».Pero ante la exigencia divina, Isabel está sin guía, sin con­fidente humano. Y no se puede impedir evocar aquí a otra mujer, en debate ella también, con la búsqueda de Dios, y sin encontrar a nadie para ayudarla a com­prometerse deliberadamente en el camino de la unión divina: Teresa de Ávila.

Aquí y allí, hay una llamada apremiante a trepar por el sendero abierto a pico que conduce derecho a Dios. Época, medio, formación religiosa, país, si­tuación, todo difiere hasta el extremo en el contexto humano. Y, con todo, por los dos lados hay una soledad semejante de cara a una llamada idéntica, a una gracia singular, que debe desarrollarse- en maternidad espiritual. Teresa de Ávila, hija de la católica España, no sabe que Dios la destina a devolver a su fervor primitivo la vida de la Orden del Carmelo. ¿Cómo Isabel Seton, la joven y animo­sa americana, bautizada en la iglesia episcopaliana, iba a poder prever que Dios le había asignado la tarea de ser fundadora, ella también, de transmitir su espíritu a cinco Congregaciones religiosas católicas?

Se sabe cuántas luchas íntimas, cuantas oposiciones exteriores debió afrontar la reformadora del Carmelo para responder a la vocación que era la suya. ¿Quién se asombraría de que Isabel Seton tuviera que conocer, ella también «una tempestad de pruebas»?. En la una y en la otra, «una pequeña chispa» ha sido en­cendida por el Señor mismo. Pero, por pequeña que sea, esa chispa tiene en nosotros una gran resonancia, explica Santa Teresa. Si no se extingue por nuestra culpa, comienza a arder en el alma un gran incendio que lanza a lo lejos sus llamas y produce ese inmenso amor con que el Señor abraza a las almas perfec­tas. La voluntad, es verdad, no puede entonces sino dar su consentimiento porque Dios la coge en su ardid.

Este consentimiento, Isabel Seton, como Teresa de Ahumada, acababa de darlo: ¡Que tome todo lo que quiera, tan sólo que no permita que le perdamos a Él!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.