Inicios de la Congregación de la Misión en Centro América

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Antonio Conte, C.M. · Year of first publication: 2008 · Source: 30 años en tierras salvadoreñas, Segunda Edición Marzo de 2008.
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Los primeros Misioneros Paúles que llegaron a Centro América fueron los padres Mariscal y Masnou, españoles, y el padre Torres, mexicano. Los dos primeros salieron de París a principios de 1862, pasaron por Inglaterra y se embarcaron en Southampton el 2 de abril, en compañía de las Hijas de la Caridad destinadas al servicio del Hospital de Guatemala, encabezadas por la muy honorable Sor Broquedis, Visitadora, más tarde, de Centro América.

El miércoles 17 del mismo mes llegaron a la isla de Santo Tomás, una de las Antillas, donde les esperaba el P. Crescemcop Torres con Sor Julia y sor Asunción, Hijas de la Caridad que venían de México. Reforzados por este nuevo contingente, Misioneros e Hijas de la Caridad celebraron el Jueves Santo en la única iglesia católica de la isla, a cargo de los Padres Redentoristas franceses. Embarcados de nuevo, llegaron a Colón cinco días más tarde y de alli a Panamá por vía férrea. Diez días de espera en esa ciudad, y de nuevo se embarcaron hacia San José de Guatemala. Nueve días pasaron en aguas del Pacifíco, con escala en los puertos de Puntarenas, Realejo, La Unión, la Libertad y Acajutla. Su llegada a Realejo coincidió con la presencia del Ilustrísimo Sr. Dn. Bernardo Piñol y Aycinena, guatemalteco, Obispo de León y más tarde Arzobispo de Guatemala. Tan pronto como este amable Prelado supo que se hallaban a bordo los hijos e hijas de San Vicente de Paúl, acudió a saludarlos y concertó con el P. Masnou la fundación de una casa de Hijas de la Caridad en su ciudad episcopal.

Los apreciables viajeros llegaron el 10 de mayo a San José. Alli los recibió el Gral. D. Víctor Zabala con tal cortesía y amabilidad que les causó la más grata impresión, después de las mil peripecias y no pocos contratiempos del penoso viaje que habían hecho desde París. Dos días más tarde estaban en la capital guatemalteca. En el camino salieron a recibirlos el Ilustrísimo Sr. D. Tomás Miguel Pineda y Saldaña, refugiado en Guatemala para evadir los vejámenes del gobierno de su patria, el Excelentísimo Señor Arzobispo de la metrópoli centroamericana, Dr. D. Francisco de Paula García Peláez, el Ilustrísimo Sr. Colina, Obispo de Chiapas, numerosos eclesiásticos y seglares y un grupo compacto de señoras de lo más granado de la capital. Al llegar a la ciudad se encaminaron todos a la Catedral, donde el venerable Prelado metropolitano entonö el Te Deum. En seguida, los padres y las hermanas tomaron posesión de las respectivas casas que la culta sociedad capitalina les tenía preparadas.

El hermoso cielo guatemalteco no tardó en oscurecerse un tanto para la familia vicentina. Las obras de Dios, para ser firmes y duraderas, han de pasar por el crisol de la contradicción. Confiados en el poder y la bondad de Dios, Misioneros e Hijas de la Caridad hicieron frente a la situación, y poco a poco vencieron los obstáculos que el enemigo había levantado en su camino.

Sor Broquedis y sus compañeras se instalaron en el hospital que habían de regentar. Los Misioneros tomaron a su cargo el servicio espiritual de dicho establecimiento y la enseñanza religiosa en las escuelas que abrieron las hermanas para la cristiana educación de las clases pobres.

El 27 de Julio de 1863 el P. Feliz Mariscal escribía al Superior General de la Misión que, no obstante los obstáculos que nunca faltan, la obra de San Vicente marchaba viento en popa y que todo hacía esperar un brillante porvenir.

Subió de punto la alegria a mediados de 1865, con la llegada del P. Carlos Jourdain, procedente de la capital del Perú. Con este esfuerzo, los padres pudieron abrir un colegio seminario a instancias del Señor Arzobispo, en el sitio que ocupa hoy la escuela de Medicina (a principios del siglo XX; en la actualidad este sitio pertenece aún a la Universidad de San Carlos de Guatemala, y en él se encuentra el Paraninfo Universitario), contiguo a la Casa Central de las Hijas de la Caridad.

A principios de 1868 regresaba a Europa el P. Mariscal, quien había ido a París para urgir el envío de un refuerzo y lograr volver con un nuevo grupo de Hijas de San Vicente de Paúl, y un hermano coadjutor de la Misión, el Sr. Quintana. Dos naufragios rompieron la monotonía del viaje: el primero en el Atlántico y el segundo en la entrada del Golfo de Fonseca, frente a Amapala. En este puerto, primitivo en demasía, estaban los náufragos cuando recibieron del comandanete de la Unión la siguiente carta, fechada el 17 de septiembre de 1868.

«Habiendo llegado al conocimiento de esta Capitanía que tres hermanas de la Caridad se hallan en Amapala después del naufragio del barco en que venían y considerando que en aquel puerto desprovisto de toda comodidad han de pasar innumerables trabajos, hemos preparado para Uds. una de las mejores casas de nuestra ciudad que con el mayor gusto les abrirá sus puertas. Véngase con toda confianza en la lancha del portador de ésta, don Luis Marconi, y sírvanse aceptar los servicios harto escasos que esta Capitanía les ofrece en nombre del Supremo Gobierno de la Republica del Salvador».

Afectisimo servidor de U. U.
Alejandro Cabrera

Tan caballerosa oferta era providencial, pero apenas llegados a la Unión e instalados en la casa que la culta sociedad de este puerto salvadoreño les había preparado, se desencadenó una de esas tempestades de agua y rayos, propias de los trópicos, que congeló la sangre de aquellas pobres hermanitas, todas jóvenes y ajenas a tan aterradores fenómenos. Para colmo de desgracias, apenas se habían acostado cuando sobrevino un terremoto que llevó a su apogeo el terror de las sin ventura viajeras. Tras el terremoto, el hermano Quintana y una hermana caen gravemente enfermos. ¿Qué partido tomar? ¿Seguir navengando para salir de aquel horno donde peligraba la salud de las hermanas ya sumamente debilitadas por las múltiples amarguras del penosísimo viaje o quedarse en la Unión para atender a los enfermos? Consultados los médicos del puerto, decidieron continuar la marcha. Al fin, llegaron los atormentados viajeros a San José donde los esperaba el P. Claudio Lefay, recién llegado a Centro América. Dos días después ingresaban a la Capital escoltados por la muy honorable Visitadora Sor Broquedis, la superiora del Hospicio, Sor Thouluc, un buen número de hermanas y por los padres Pedro Jouve, Marcelino Méndez, guatemalteco recíen entrado en la Congregación, el hermano Gastón, los alumnos del seminario y un inmenso gentío. Ocho días después de su llegada expiraba el malogrado hermano Quintana, sumiendo en el más amargo luto a la doble familia vicentina.

A mediados del mismo año, Sor Thouluc y tres compañeras partían para la fundación de Quetzaltenango acompañadas del P. Jouve. Atravesaron la Antigua, Chimaltenango, Tecpán, Totonicapán y llegaron a la capital de los Altos, que les abrió sus puertas con señales de gran regocijo. Desde aquella fecha no han cesado las hijas de San Vicente de prestar sus servicios en el hospital de aquella importante ciudad, la segunda de la Republica de Guatemala.

Los años de 1869 y 1873 vieron aumentarse el personal y por ende la alegría de nuestra casa de Guatemala con la llegada de los P.P. Juan Bautista Theilloud y José Vaysse, llamados ambos a desempeñar un papel importantisimo, sobre todo el segundo, ya como Director de las Hijas de la Caridad, ya como Superior de la Casa Misión de San Jacinto y de Alegría en San Salvador.

Hacía pocos años que prestaban sus servicios en el hospital de San Salvador las Hijas de la Caridad, cuando ocurrió el terremoto del 19 de marzo de 1873 que arruinó la hermosa capital salvadoreña. La mayor parte de las hermanas se trasladaron a Santa Tecla mientras Sor Schmidt y Sor Buffe, perdidas entre los escombros, cuidaban a los enfermos y heridos cuya gravedad no permitía trasladarlos a la vecina ciudad.

La revolucion de 1874 cerró el Seminario que regentaban en Guatemala, con tan buenos resultados, los Sacerdotes de la Misión.

Al año siguiente, los Misioneros Paúles establecidos en Popoyán y Pasto, ciudades de Nueva Granada, hoy Colombia, fueron expulsados por el sectarismo, y cuatro de ellos, a solicitud del Administrador Apostólico de la Diócesis de San José de Costa Rica, llegaron a esa ciudad para tomar la Dirección del Seminario Conciliar.

A fines de 1878 los padres Vaysse y Pineda dieron principio a las misiones salvadoreñas.

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