Identidad de la Misión Vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José María Ibáñez, C.M. · Year of first publication: 1987 · Source: Vincentiana.
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Vicente de Paúl no se contentó con dar ejemplo de celo misio­nero a los sacerdotes de la Misión. Tampoco se limitó a exhortar­les para que el interés por las misiones orientara su actividad apos­tólica. Tuvo también la preocupación de proporcionarles una doc­trina y una técnica referente al objeto, al contenido y a la estrate­gia dinámica de las misiones «del interior» o parroquiales. Todos estos elementos constituyen, lo que se podría llamar hoy, la iden­tidad de la misión vicenciana. Identidad que traduce el sentido genuino de la misión: ser plenamente evangelizadora. Ello signi­fica que la misión se centra en suscitar una conciencia y una viven­cia cristiana en los misionados, en introducirlos en un proceso per­sonal y comunitario de conversión. Para conseguirlo, los misione­ros utilizan aunadamente tres grandes medios por los que se rea­liza la única misión de la Iglesia: la proclamación del mensaje cris­tiano y la instrucción en «los misterios de la fe» por la catequesis, la celebración de los sacramentos, el testimonio del compromiso socio-caritativo. En la terminología de hoy ello se relacionaría con la pastoral evangelizadora, celebrativa y servicial. En otros térmi­nos, la misión vicenciana consiste en evangelizar a la parroquia para que celebre la fe y la viva en la caridad creadora de justicia, en favor de los pobres.

Sentido de la misión vicenciana: continuar la misión de Cristo

Para descubrir el sentido de la misión vicenciana, es preciso insertarla en el movimiento de la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.

En la Iglesia toda misión tiene su origen en la sabiduría y en el amor del Padre. Por esta voluntad del Padre, los hombres son asociados a la misión del Hijo y del Espíritu Santo. La acción misio­nera es la obra de las tres personas, que convocan y asocian a los hombres para salvar a los hombres.

Jesús, enviado del Padre, inauguró por su encarnación, muerte y resurrección la obra concebida y querida por el Padre, y los após­toles, a quienes eligió, deben continuarla (cf. Jn. 6.70; 13; 18; 15,16-19; Lc. 6,13; Hech. 1,2.24). Porque les ama, como su Padre le ama. (Jn. 15,19), les confía la obra que el Padre le encargó. «Como tú me enviaste al mundo, dice a su Padre, así yo les envío al mundo» (Jn. 17,18; 20,21). Todo bautizado debe continuar esta misión de Jesús.

Atento a esta realidad bíblica, Vicente de Paúl refiere la misión vicenciana a la misión de Cristo y quiere realizar la evangelización, a través de la misión, en el espíritu de Jesucristo. De ahí que la actuación evangelizadora de Jesús sea el criterio y el punto de refe­rencia de la acción evangelizadora vicenciana. Por eso dice a los misioneros el 6 de diciembre de 1658:

«Sí, Nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que El hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros. Tenemos muchos motivos para humillar­nos en esto, al ver que el Padre eterno nos asocia a los desi­gnios de su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que dió esto como señal de que era el Hijo de Dios y de que el Mesías, que se esperaba, había llegado. Tenemos, pues, con­traída una gran obligación con su bondad infinita, por haber­nos asociado a Él en esta tarea divina y por habernos esco­gido entre tantos y tantos otros, más dignos de este honor y más capaces de responder a El que nosotros». Y concluye: «nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias».

Anteriormente, el 17 de mayo de 1658, ya había manifestado ante sus misioneros: «La Compañía», a través de las misiones, ha tratado de imitarle (a Jesucristo), no solamente haciendo lo que el vino a hacer a la tierra, sino además haciéndolo de la misma forma que El lo hizo». La misión vicenciana se inserta, pues, en el dina­mismo de la misión de Cristo y constituye una forma concreta de evangelización en la acción evangelizadora de la Iglesia.

1. Destinatarios de la misión vicenciana: la masa de gentes bautizadas, las pobres gentes del campo

Cuando comparte su fe y su experiencia con los sacerdotes de la misión, Vicente de Paúl pretende que éstos sepan claramente lo que ha intentado e intenta con la fundación de la Congregación de la Misión: organizar en la Iglesia de Dios una «Compañía que tenga por herencia a los pobres y que se entregue totalmente a los po­bres». «Una Compañía animada por el espíritu de Dios y que se conserven en las obras de este Espíritu». «Como Cristo debe hacerse agradable al Padre y útil a la Iglesia». Por eso les declara: «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegido para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es accesorio». Y les añade: debemos, «emplear el resto de nuestra vida en la salvación de los pobres».

La insistencia de Vicente de Paúl en señalar que los destinata­rios de la misión vicenciana son preferentemente, no exclusiva­mente, «las pobres gentes del campo», se arraiga en la visión que él tiene de Cristo y de su misión y en la realidad social de su tiempo, en la que quiere hacer presente la fuerza salvadora del Evangelio. Por eso desplaza su actividad misionera no simplemente hacia los más abandonados sino hacia la vida real de las personas, ya que la sociedad rural de entonces constituye el 80% de la población. Lo que Vicente de Paúl intenta con este desplazamiento misionero, es devolver a la Iglesia algo que ésta había perdido: el sentido de los pobres. Y ello porque los pobres constituyen para él, como para Jesús, el punto referencial clave del evangelio y por consiguiente el auténtico lugar social de la evangelización para la Iglesia.

El auténtico lugar social y determinante para Vicente de Paúl, desde el que Jesucristo evangeliza, son los pobres. Yendo a los pobres, Vicente encuentra el evangelio de quien fue enviado a los pobres. Por eso éstos constituyen para él el lugar social y privile­giado, antes que ningún otro, para continuar la misión de Cristo, promover la fe, la vida cristiana, las líneas de acción-eclesial y cons­truir el reino de Dios.

«Nuestro Señor, comenta a sus misioneros, fue enviado por su Padre a evangelizar a los pobres. Pauperibus evangelizare misit me. Pauperibus, ¡a los pobres! ¡Padres, a los pobres!, ¡como, por la gracia de Dios, trata de hacerlo la pequeña Compañía!».

«¡Qué gran motivo para que nuestra pequeña Compañía se llene de confusión al ver que no ha existido ninguna otra compañía, pues esto es inaudito, que haya tenido la finalidad de hacer lo que Nuestro Señor vino a hacer al mundo: anun­ciar el evangelio a los pobres solamente, a los pobres abandonados…».

«Así pues, padres y hermanos míos, nuestra herencia son los pobres. ¡Qué dicha, padres! ¡Hacer aquello por lo que Nues­tro Señor vino del cielo a la tierra…! Continuar la obra de Nues­tro Señor, que huía de las ciudades y se iba a las aldeas en busca de los pobres… ¡Hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer al mundo!: ¡Que haya una Compañía, y que ésta sea la de la Misión… instituida especialmente para eso, yendo de acá para allá por las aldeas y villorrios, dejando las ciudades, como nunca se había hecho, yendo a anunciar el evangelio sola­mente a los pobres!»

Por lo que se refiere a los campesinos no se puede dudar de que ellos constituyen para Vicente de Paúl preferentemente y masi­vamente el mundo de los pobres. Pero sabemos que no fueron para él los únicos pobres ni a los que únicamente misionaron los sacer­dotes de la Congregación de la Misión. Interesa indicar ahora que para Vicente de Paúl los pobres, incluso en una sociedad como la suya en la que el 80% de sus habitantes pertenecen al mundo rural son aquellos sobre los que se ejerce un bloqueo, un abandono social y religioso. Por eso nos parece que los destinatarios de la misión vicenciana son esa masa de hombres y mujeres marginados de y por la sociedad, de y por la Iglesia. Y ello porque, ayer como hoy, la misión vicenciana tiene la preocupación de que la evangeliza­ción en la Iglesia no se limite a una pastoral de «delectos», sino que llegue a la masa de bautizados que, no se puede olvidar, forma parte de la Iglesia Pueblo (de Dios) y para el pueblo. Otra cosa es que la pastoral de la misión utilice los medios y facilite las condi­ciones para que esta masa pueda responder a la llamada de la con­versión y se comprometa a vivir cristianamente.

2. Objetivo de la misión vicenciana: «hacer efectivo el evangelio»

La misión vicenciana tiene un objetivo fundamental: ‘Predicar el evangelio», «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesu­cristo, decirles que el Reino de Dios está cerca y que ese reino es para los pobres».

Continuar la misión de Jesucristo, no se reduce al anuncio de la palabra de Dios. Este anuncio, por el contrario, incluye toda la vida que nacerá de ella en la fe y en el amor, todas las realidades sacramentales donde la gracia continuará desarrollándose. Su cul­minación se encuentra en la Eucaristía celebrada en memoria del Salvador, de la caridad vivida en toda su profundidad, de la justi­cia. Jesucristo es a la vez palabra de Dios y justicia que culmina en el amor más desinteresado en favor de todos los hombres y de todo el hombre.

Para saber qué es evangelizar, vicencianamente hablando, oiga­mos a Vicente de Paúl cuando dice:

«Evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñarles los misterios necesarios para salvarse, sino realizar las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evan­gelio».

Alguien podría estar tentado de interpretar este texto diciendo que evangelizar es hacer las acciones eclesiales del anuncio de la palabra de Dios, de las celebraciones cultuales, de las acciones de la caridad. Semejante interpretación nos dejaría con un esquema de lo que es una Iglesia de cristiandad: una Iglesia sólo de la Pala­bra, de los Sacramentos, de las obras de caridad. Lo positivo de esta interpretación de la evangelización está en que destaca unas acciones, que no pueden faltar en una acción evangelizadora. Lo que está ausente en esta concepción son los signos integrantes de la evangelización: Jesús no se conforma con el anuncio del men­saje, con lo sacramental, el perdón, sino que busca el signo, la acción que lo acredite. (Cf. Mc. 2,1-12; Le. 4,16-22).

Es cierto que este texto de Vicente de Paúl está pronunciado en una Iglesia en estado de cristiandad. Pero se requiere, en razón de la fidelidad, descubrir la inspiración creadora que subyace y permanece viva en el texto, y cómo hacerla intelectualmente válida y sociológicamente significativa en el mundo de hoy.

Hoy sabemos que para encarnar y «hacer efectivo el Evange­lio» en un mundo siempre nuevo, se requiere mirarse continua­mente en este evangelio, que salva a los hombres y anuncia el men­saje de la intervención divina, para poner fin a sus miserias. Y ello porque el evangelio, y en consecuencia la evangelización, es la «fuerza de Dios para salvar a todo el que cree» (cf. Rom. 1,16-17). El anuncio a los pobres de la Buena Noticia del Reino de Dios, obje­tivo de la misión vicenciana, es la manifestación de la justicia y de la misericordia, que caracterizan el ejercicio de la realeza de Dios; es la expresión liberadora de todas las esclavitudes del hom­bre actual. No hay evangelización al margen de las expectativas de las esperanzas del hombre. Y sólo hay evangelización cuando se da el encuentro y la coherencia entre la palabra esperada por el hombre y la Palabra ofrecida por Dios.

La eficacia del evangelio debe realizar la construcción del mundo según el plan creador y salvador de Dios; debe liberar a los hombres de todo lo que les impide vivir en la dignidad humana de hijos de Dios y de todas sus opresiones, según la ley de la comu­nión en el amor. Esta ley de la comunión en el amor tiene que defi­nir a la Iglesia y a su acción evangelizadora. La urgencia de la mise­ria humana impone evangélicamente medir la profundidad de las mutaciones inscritas en las Bienaventuranzas, en la Buena Noti­cia. No se puede olvidar que la buena Noticia del Evangelio es buena realidad. Y ello porque, como declara con precisión el fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, «la Sagrada Escritura nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo, habiendo sido enviado al mundo para salvar al género humano, empezó primero a obrar y luego a enseñar o según otra expre­sión suya «la doctrina de Jesucristo hace lo que dice». El anuncio del evangelio, a ejemplo de Cristo, debe hacerse ayer como hoy con acciones y palabras. Las acciones indican que el Reino ha lle­gado ya, y las palabras explican su sentido. La evangelización no es sólo cuestión de explicaciones y saberes, de anunciar verbal­mente una doctrina, sino también y preferentemente de testimo­nio, de vida personal transformada por Cristo desde la que se anun­cia a los demás que pueden cambiar de vida, que es posible reali­zar en el mundo la fraternidad a través de una experiencia huma­nizadora, liberadora y salvadora que comenzó en Jesucristo. Sin testimonio se haría propaganda religiosa, pero no evangelización. Si no van unidos signo y testimonio, sobran las palabras: no hay evangelización. El anuncio del mensaje evangélico es para invitar a los otros a entrar en un proceso de conversión a la fe, a incorpo­rarse a Jesucristo y a esperar inquebrantablemente en el designio amoroso de Dios en favor de los hombres. Evangelizar, en defini­tiva, es para Vicente de Paúl, proponer a los otros vivir la fe y la esperanza que encuentran su expresión concreta en la experiencia de Dios y en el compromiso social. Pero es en esto donde se encuen­tra lo más genuino de la experiencia humano-cristiana y de la doc­trina espiritual de Vicente de Paúl, es decir, su manera de compren­der y de vivir el evangelio. Para él y para sus continuadores, la expe­riencia de Dios termina en compromiso social en favor de los pobres y su causa. Esta es su experiencia evangélica. Esto es lo que intenta transmitir a sus discípulos, de ayer y de hoy, cuando les comunica que «evangelizar es hacer efectivo el evangelio», es decir fermento de humanización, de transformación, de liberación, de salvación en el hombre y en la sociedad. Por eso el objetivo de la misión vicenciana se cifra en «hacer efectivo el evangelio», ser ple­namente evangelizadora.

3. Medios para conseguir el objetivo de la misión vicenciana

La misión vicenciana, en referencia a la actuación evangeliza­dora de Jesús que promueve el servicio evangelizador, liberador y salvador del hombre, desarrolla en interacción recíproca tres grandes acciones por las que se realiza la única misión de la Igle­sia y se verifica el objetivo de la evangelización. Estas tres gran­des acciones, que tienen función de medio respecto al objetivo o finalidad de la misión vicenciana, son: el anuncio del mensaje cris­tiano, la celebración de los sacramentos, el testimonio del compro­miso socio-caritativo.

a – La evangelización por el anuncio de la Palabra de Dios desde la predicación y la catequesis

Vicente de Paúl encuentra a Jesucristo en los pobres y desde éstos anuncia y manda anunciar a los misioneros «la palabra de Dios», la palabra del Reino. En la óptica vicenciana Jesucristo, «enviado al mundo para salvar al género humano», aporta a los hombres la palabra salvadora de Dios, la Buena Noticia.

En referencia a la acción evangelizadora de Jesús, la misión vicenciana evangeliza a los hombres anunciándoles verbalmente esta doctrina salvadora de Jesucristo. Por eso Vicente de Paúl se pregunta y pregunta a los sacerdotes de la Misión ¿para qué predi­car «si no es para llevar al mundo a la salvación?». El núcleo central del mensaje evangélico Vicente de Paúl lo descubre en el evangelio de San Juan: «La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo» (Jn. 17,3). Por eso comenta: «de aquí se puede deducir que los que no conozcan la unidad de Dios, ni la Trinidad, ni a Jesucristo, no tendrán la vida eterna», hoy diríamos la dimensión última de la salvación, es decir la realización de la comunión definitiva con Dios.

Y continúa interrogando a los misioneros:

«¿Hay algo más digno en el mundo que instruir a los igno­rantes en estas verdades, como necesarias para la salvación? ¿No les parece que ha sido una bondad de Dios poner reme­dio a estas necesidades? ¡Oh Salvador! ¡Señor y Dios mío! Tú has suscitado una Compañía para esto, la has enviado a los pobres y quieres que ella te dé a conocer a ellos como único Dios verdadero y a Jesucristo como enviado tuyo al mundo, para que, por este medio, alcance la vida eterna».

Y para estimularles concluye:

«Esto tiene que hacernos preferir esta tarea a todas las ocu­paciones y cargos de la tierra y que nos consideremos los más felices del mundo. ¡Dios mío! ¡Quién pudiera comprenderlo!».

Y ello porque en el pueblo de Dios, es en los hombres, por los hombres, y sobre todo con los más pobres y abandonados, como se debe anunciar y buscar a Dios, su reino y su justicia. «Según el camino ordinario, declara perfectamente Vicente de Paúl, Dios quiere salvar a los hombres por los hombres y Nuestro Señor se hizo hombre para salvarles a todos».

Para anunciar el evangelio e instruir en la doctrina del cristia­nismo, Vicente de Paúl y sus misioneros aplican la estrategia de los actos de la misión: la predicación y la catequesis. Es preciso señalar que para Vicente de Paúl y sus primeros discípulos el evan­gelio no es tanto tal o cual acción, tal o cual palabra evangélicas, sino la persona de Cristo. Acciones y palabras relatadas en el evan­gelio, mucho más que un conjunto de enunciados doctrinales y un catálogo de signos, son para ellos la expresión de una persona viva, de una regla iluminadora de pensamiento, de una actividad pro­ductora de vida, de una comunión con un «misterio de amor», «oculto desde siglos en Dios, creador de todas las cosas» y reve­lado en Cristo (cf. Ef. 3,8-12). Sólo a través de la «incalculable riqueza» de la persona de Cristo se puede interpretar la enseñanza evangélica. Sencilla y rotundamente Vicente de Paúl declara: «la regla de la Misión es Cristo». Semejante indicación es tanto más inspiradora cuanto que «las máximas evangélicas» — el mensaje evangélico — son el eje sobre el que gira la misión y la caridad, la vida cristiana.

Predicación y catequesis, utilizados en la misión vicenciana como medios de evangelizar verbalmente, tendrán valor en nues­tra sociedad en la medida en que anuncien la palabra creadora- salvadora de Dios, la fuerza salvadora del evangelio en la vida real de los hombres. Por eso girarán en torno a dar una importancia mayor al anuncio del mensaje evangélico y a la educación y a la maduración en la fe que a discursos de forma sofisticada y de con­tenidos abstractos. Y porque hemos pasado de una sociedad sacra­lizada a una sociedad secularizada y de una «Iglesia en estado de cristiandad a una iglesia en estado de misión», predicación y cate­quesis tendrán sentido evangelizador en la medida en que presen­ten el servicio liberador que ofrece el evangelio de Jesucristo.

Todos los medios de propagación doctrinal del cristianismo, utilizados en la misión vicenciana, tendrán que presentar a Dios como parte esencial y básica de la construcción interesada de la realidad social y personal del hombre. El hombre de nuestros días sólo logrará abrirse un acceso al auténtico Dios en la medida en que este Dios transcendente pueda ser reconocido como pieza clave, fundamental y necesaria de su construcción social de la realidad. En esta perspectiva admitirá que el hombre ha sido creado a «ima­gen y semejanza de Dios».

La fe-fidelidad para con Dios se ejercita y se realiza existen­cialmente, no meramente con un acto intelectual ni con actos cul­tuales o «religiosos», sino con el comportamiento total y «social» del hombre: el comportamiento con Dios se hace realidad en el com­portamiento con el mundo y con la sociedad. Por esto en la Biblia la «alianza» del hombre con Dios comporta siempre un «código social»: «la primera tabla» de los mandamientos para con Dios reclama la segunda de los mandamientos para con el prójimo. Y la revelación que hace Jesús de la paternidad de Dios comporta una radical exigencia de fraternidad, tal como se presenta en la pará­bola del juicio final (cf. Mt. 25, 31-46).

Un Dios de tal naturaleza ha de presentarse como creador, liberador y salvador de los hombres y principalmente de los más pobres tic esos hombres. Un Dios Señor de todo y Padre de todos lo será en la medida en que exija el sentido último de todo y de todos. Si hubiera algo o alguien que de alguna manera quedara fuera de esta exigencia radical del dominio absoluto de Dios, Dios no sería Dios. Un Dios ciertamente transcendente, pero que se hace presente y se vive en la inmanencia, y que por eso es garante de todo y vale­dor de todos. Se trata, en definitiva, de presentar a un Dios vivo verdadero, es decir a un Dios que tiene un plan sobre el mundo y sobre todos y cada uno de los hombres. Un Dios que se infunde en la historia, pero que no se confunde con ella. Un Dios fiel, sorprendente y comprometido en la historia de los hombres, a quie­nes asocia para la realización de su designio amoroso: que la comu­nidad humana se desarrolle en la dignidad y viva reconciliada y unida  a través de los conflictos y de las tensiones. Pero lo que impide a la comunidad humana y al hombre concreto vivir en la dignidad humana, es la miseria; y lo que impide a la humanidad y a los hombres concretos vivir en la reconciliación y en la unidad, es la injusticia. De este Dios vivo y verdadero se desprende que la Iucha por la justicia constituye una exigencia absoluta del servicio a la fe y que la injusticia o la convivencia con ella puede conver­tirse en obstáculo definitivo que apague la fe, la desfigure o la haga simplemente imposible como fe cristiana. Esta dimensión de la fe, genuina y profundamente vicenciana, tiene que estar presente n el mensaje evangelizador de la misión.

Jesucristo, enviado al mundo por el Padre para anunciar y realizar este plan salvífico-liberador, es el único y verdadero salva­dor. En el centro de la espiritualidad vicenciana es este Cristo el que está presente. El orienta y anima todo el pensamiento, toda la actividad de la Misión y de la Caridad. Por eso el eje central sobre el que tiene que girar el mensaje evangelizador de la misión vicen­ciana, es Jesucristo. De ahí la insistencia de Vicente de Paúl a los misioneros: hay que ‘Predicar a Jesucristo». Naturalmente, esta expresión «anunciar a Cristo» es una expresión muy densa de sentido y de contenido. Señalemos brevemente, pero con precisión, que ese Jesucristo es Dios -encarnado-en-la-historia. Por esta encarnación, a través de este movimiento de anonadamiento, Jesucristo es un ser histórico, enviado por el Padre para realizar su voluntad de servicio, de transformación, de liberación, de salvación de los hom­bres es y principalmente de los más pobres de esos hombres. Lo que c aracteriza es un «espíritu de caridad perfecta», una «actitud» fundamental de «adoración», de entrega con relación al Padre, de «amor-compasivo y misericordioso» con relación a los hombres. Pero sobre todo el Cristo vicenciano es el salvador, el evangeliza­dor de los pobres. Este Cristo pobre, presente en los pobres, que se dirige preferentemente a los pobres y se declara su evange­lizador, tiene que polarizar la conciencia misionera de los sacer­dotes de la Misión. El lema de la Congregación de la Misión repro­duce el versículo 18 del capítulo 4 del Evangelio de San Lucas: «El espíritu del Señor está sobre mí porque me ungió para evangelizar a los pobres». Este texto, programa mesiánico de la acción libera­dora y salvadora de Cristo, contiene toda la moral, toda la política, toda la mística del mensaje de Jesús de Nazaret referente a los pobres. El anuncio evangélico en la misión vicenciana se tendrá que centrar en el contenido de este programa mesiánico de Cristo. Ese anuncio tendrá que desarrollar temáticamente el contenido de la experiencia humanizadora, liberadora, salvadora que comenzó con Jesús de Nazaret. Experiencia que todavía hoy hay que hacer presente en la sociedad, en la vida real de los pueblos, y de los hom­bres concretos. Lo cual implica explicitar de manera clara y sen­cilla, tanto en la predicación como en la catequesis y la reflexión misioneras, las exigencias de solidaridad con los más olvidados y marginados, las causas que provocan las necesidades más vitales de los desheredados, el porqué de la opción preferencial de Jesu­cristo y de la Iglesia por los pobres, la urgencia de crear una comu­nidad humana, más fraterna y más solidaria al servicio de la pro­moción integral del hombre y de todos los hombres, promotora de reconciliación, de perdón y de rehabilitación. En resumen la misión vicenciana tiene que anunciar verbalmente la fuerza salvadora y liberadora que se encierra en el Acontecimiento y la persona de Jesucristo Salvador, evangelizador de los pobres. Y ello porque el punto de referencia de esta manera de evangelizar se encuentra en la actuación evangelizadora de Jesús y de los apóstoles. En esta referencia los misioneros descubren cómo tienen que evangelizar y «vivir en el espíritu de los servidores del evangelio». En ella cobran conciencia de que la evangelización es proclamación de la fe que actúa en el amor a los hombres (cf. Gal. 5,6; Ef. 4,15). Pero se trata de un amor o caridad que para poder realizarse debe ser creadora de justicia. Los evangelizados, que a su vez quieren y tie­nen que ser evangelizadores, comprenderán y vivirán entonces su filiación divina con relación a Dios y la fraternidad con todos los hombres en favor de los pobres. Y lo harán no separando la causa de Dios y la de Jesucristo de la causa de los pobres, ni la causa de los pobres de la causa de Dios y de Jesucristo. Llegarán a saber entonces que en la Iglesia y en la sociedad todo tendría que orga­nizarse en favor de los pobres. Por estos cauces, nos parece, debería correr el sentido y el contenido de la evangelización vicenciana. Y ello porque todo el esfuerzo desplegado por Vicente de Paúl y sus primeros discípulos en orden a la predicación misionera, de matiz catequístico, giraron en torno a un objetivo: favorecer el desarrollo de la vida de Jesús en la vida de los misionados. Esta óptica les hizo insistir mucho más en el vínculo que une la fe a la caridad. Su predicación se desdobló en un esfuerzo educativo de la fe y en una orientación profunda de la vida. En razón de la fide­lidad a la actuación evangelizadora de Jesús y de los apóstoles, transmitida por Vicente de Paúl a la Congregación de la Misión, la misión vicenciana tendrá que descubrir una nueva conciencia evangelizadora referente a los contenidos de la predicación y de la catequesis misioneras. Esta conciencia la encontramos, perso­nalmente, y así lo hemos señalado, en hacer presente la fuerza sal­vadora del evangelio, de Jesucristo en la vida real de la sociedad y de los hombres de hoy.

b – La evangelización por la celebración de la fe desde los sacramentos y la liturgia

Hoy no es ninguna novedad afirmar que los gestos sacramen­tales han quedado vacíos de sentido para muchos hombres y muje­res que no sienten ninguna necesidad de celebrar su fe. Más aún, incluso no pocos de los que se acercan todavía a recibir los sacra­mentos lo hacen por pura costumbre sociológica o presión social.

Y sin embargo la pastoral sacramental sigue teniendo una pri­macía casi total en el quehacer de la Iglesia. No es exagerado decir que la pastoral celebrativa lleva a ocupar gran parte del tiempo y a centrar la atención y las energías del clero y de la comunidad cristiana.

Naturalmente, si se tiene fe, lo normal es practicarla y cele­brarla en los Sacramentos, de ahí que no se pueda minusvalorar la pastoral sacramental. Pero es igualmente evidente que la insis­tencia unilateral en lo cultual ha llevado a la Iglesia a descuidar la acción evangelizadora. De ahí que la práctica sacramental y cele­brativa se han convertido más en una actividad humana, en la que se pondera más la vida y el estar juntos, que la celebración y la vivencia de la fe. Si no queremos en la Iglesia «sacramentalizar» de manera fácil y por la vía rápida, tendremos que catequizar a los fieles para que comprendan que es solamente la fe la que debe conducirles a los sacramentos.

La misión vicenciana debería evitar, incluso oponiéndose a cier­tas demandas, sacramentalizar de manera ligera y precipitada. Por el contrario tendría que orientar su tarea evangelizadora a conven­cer y persuadir a los misionados de que sea realmente la fe la que les conduzca a participar en los sacramentos. Y ello, porque en la misión vicenciana recibir los sacramentos de la penitencia, de la comunión y, a veces de la confirmación, se hacía después de haber intentado purificar la fe de los misionados y de haber iniciado a éstos en una vida cristiana adulta, es decir después de haber lle­gado a una conversión. Este y no otro era el sentido de las condi­ciones que los misioneros imponían a algunos fieles antes de que recibieran los sacramentos. Algunas de estas condiciones les eran impuestas en razón de las connotaciones sociales que conlleva la vivencia de la fe.

Sabemos que el fundamento de la celebración cristiana es la fe común y comunicativa de los discípulos de Jesús. Y estamos con­vencidos, igualmente, de que cada celebración revela una concep­ción de la Iglesia, una eclesiología podríamos decir, y esto, preci­sémoslo bien, sin que los interesados se den cuenta de ello. Y ello porque toda celebración confiere un rostro a la Iglesia; la celebra­ción es un lugar privilegiado de la manifestación de la Iglesia. Y de una Iglesia donde es dado ver la diversidad más desconcertante. Hasta tal punto esto es cierto, que se puede afirmar: «Dime cómo son tus celebraciones y te diré cómo es tu Iglesia», sobre todo refi­riéndose a la Iglesia local.

Decir que la celebración es la imagen, el reflejo de la Iglesia, significa también que la celebración sufrirá el contragolpe de todos los enfrentamientos y de todas las conmociones que sufre la misma Iglesia. La Iglesia, ligada al mundo por una relación de encarna­ción (cf. Gaudium et Spes, n. 1), no puede escapar de ninguna manera a las sacudidas que agitan la civilización. Y las celebracio­nes, que son imágenes de esta Iglesia, reflejan también los proble­mas de nuestros contemporáneos y son el reflejo de este mundo conmocionado en el que tienen lugar.

Toda celebración es igualmente expresión del deseo fundamental de estar en comunión. Por eso en la celebración, más que en ningún otro sitio, es donde el hombre nutre su ser social y al mismo tiempo le hace cobrar más conciencia del grupo al que pertenece. La celebración cristiana permite a los hombres reafirmar la importancia de la relación con Dios en la vida y sentir juntos el efecto de esta relación en su existencia. Por eso celebrar la liturgia, celebrar los sacramentos no es solamente dar culto a Dios, a Jesucristo,
sino también y sobre todo es acoger al Señor resucitado y festejar juntos con júbilo el acontecimiento de su salvación en sus vidas.

El acto de celebrar es un acto del hombre. Pero el objeto de la celebración, lo que se celebra, no es la acción del hombre, sino de Dios. En efecto, por medio de gestos, ritos, palabras y cantos en toda celebración se realiza el misterio de la Alianza entre Dios y su Pueblo, entre Cristo y su Iglesia. Por eso el objeto de la cele­bración es siempre Dios, vivo y actuante que interviene en nuestra historia humana para hacer alianza con nosotros. Y el fin de la cele­bración no es otro que la unidad de los hombres en Dios, en Cristo, eso que toda una corriente eclesiológica llama la «comunión».

La celebración, según el querer de Dios, nos lleva a ser uno en El «como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre (Jn. 17,21), porque Dios quiere que «todo sea reconciliado en El» (Col. 1,20). El objetivo de la Nueva Alianza es, por tanto, la comunión de todos los hombres en Dios. La gracia de la celebración, en efecto, con­siste en establecer en comunión a los hombres entre sí y con Dios. Comunicar con Cristo, que nos establece en unión con el Padre y con los hermanos, los hombres, hasta el punto de no formar más que un solo cuerpo con él, tal es el misterio central del cristianismo y hacia el cual tiende toda la vida y toda celebración cristiana. La celebración de la liturgia y de los sacramentos no es otra cosa que un tiempo de intensa comunión de hermanos cristianos con su Señor. Celebrar es reunirse en asamblea cristiana para acoger al Señor, que actúa en nuestras vidas, y entrar juntos en la comunión que nos ofrece.

— La celebración y la vida

Para captar el sentido pleno de la celebración se requiere des­cubrir la relación que tiene con el conjunto de la vida. La celebra­ción es el signo eficaz de que la existencia, por la comunión de vida con Jesucristo, se orienta toda ella hacia el Padre. El vínculo que une la liturgia y la vida es un misterio de comunión. Y se da este vínculo cuando la celebración se constituye en el tiempo fuerte de comunión de una vida entera orientada hacia Dios. Esto significa que debe existir una coherencia entre la celebración litúrgica y la vida. Propiamente hablando, la celebración no celebra la vida, como se dice con frecuencia, sino la presencia activa del Señor en la vida del cristiano. Si la celebración ha de ser exigente de cara a la vida a fin de que ésta sea auténticamente cristiana durante toda la semana y no solamente la hora pasada en la Iglesia, la vida debe ser también exigente con la celebración a fin de que ésta tenga el dinamismo y la vitalidad requerida por cristianos adultos. La litur­gia y la vida están íntimamente unidas si Jesucristo, con el que comulgamos en la celebración, está bien presente en la vida en los demás momentos y actividades de la existencia. En la liturgia se celebra al mismo Cristo a quien se le sigue en la vida.

— La comunión fraterna

En el texto de los Hechos de los Apóstoles, donde se nos describe la primera comunidad cristiana (Act. 2,42), la fracción del pan no es posible ni pensable, si no hay comunión fraterna. Y ello por­que esta fracción del pan es precisamente el signo de que se vive en comunión con Cristo y con los hermanos.

Tenemos así que la «comunión fraterna» es considerada por la primitiva comunidad como condición de autenticidad de la frac­ción del pan. Y nos acordamos que esta comunión fraterna llegó hasta la puesta en común de todos los bienes.

El drama hoy es que, después de siglos de piedad individua­lista, queda reducida esta exigencia de comunión fraterna a la sim­ple necesidad de la ausencia de pecado mortal, llamada el estado de gracia. Se olvida entonces que el signo evangélico del estado de gracia con Dios es el estado de gracia con los hermanos: «El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn. 4,20). Restablecer la comunión fraterna como condi­ción de autenticidad de la celebración cristiana es el punto más importante y más urgente para la coherencia de la liturgia, de la celebración de los sacramentos en la vida.

Se podría decir hoy que no se tiene el derecho de celebrar la Eucaristía si no se está de alguna manera comprometido en el ser­vicio de los hombres, y sobre todo de los más pobres, según las indi­caciones del Evangelio. La unión de liturgia y vida es, en realidad, una cuestión de coherencia entre lo que se celebra y lo que se vive.

Es imposible comprender el lugar que ocupa la Eucaristía en la vida cristiana, si no se comprende primero que esta vida cris­tiana es una vida de amor fraterno. El amor fraterno no es, pues, facultativo o dejado a la buena voluntad de cada uno. Es un ele­mento constitutivo de la Eucaristía come Nueva Alianza. Y este elemento concierne no a las disposiciones del corazón en el momento de la celebración, sino a la manera práctica de vivir la existencia.

El fin de las celebraciones, especialmente de la Eucaristía, es una vida ofrecida a Dios (cf. Rom. 12,1; Fil. 2,17-18; 3,2-3; 4,18) y puesta al servicio de los hombres, es nutrir la existencia con la vida misma de Dios, «que es amor» (1 Jn. 4,16). A este efecto, la unión entre la liturgia, la celebración de los sacramentos y la vida supone que el amor fraterno y solidario está ya practicado en la vida. En ningún caso la liturgia, la celebración sacramental puede ser eva­sión o refugio en lo divino: exige, por el contrario, la vida encar­nada, la vida comprometida en favor de los hombres, la vida en la que se rompen las barreras sociales y se eliminan las divisiones, la vida en la que se trabaja seriamente por la paz, la justicia y la unidad, la vida en la que se busca sinceramente la reconciliación y el perdón.

Si la Eucaristía es el momento más intenso de la vida de la Iglesia, la celebración de cada Eucaristía tendría que ser el signo más claro de la «alternativa» que la Iglesia ofrece a los hombres y a la sociedad en que vivimos. El sentido más profundo de la Eucaristía es la puesta en práctica del amor fiel y liberador del hombre (cf. Jn. 13,34-35; 6,56). Es decir, la Eucaristía es la identificación de vida con Jesús para hacer lo que El hizo y vivir como El vivió: amor al hombre, para hacerle verdaderamente libre y liberador de sus her­manos. He ahí el distintivo de la comunidad creyente. Y el símbolo que lo expresa es la Eucaristía. Sin embargo no hay que idealizar las cosas indebidamente. La celebración de la Eucaristía también puede realizarse donde falta amor y solidaridad de vida, y no sólo en una comunidad ideal y perfecta, a condición de que se intente con sinceridad y realismo intensificar ese amor y esa solidaridad.

La misión vicenciana tendrá que orientarse en esta líneas la acción evangelizadora de la pastoral sacramental, para que sea ver­daderamente la fe la que conduzca a los fieles a los sacramentos y los vivan con todo el compromiso liberador y salvador que se encierra en ellos. De esta manera la celebración litúrgica será la expresión viva de la fe que viven los cristianos cuando celebran y reciben los sacramentos. Y ello porque la celebración de estos sacra­mentos pide a la vida que sea vivida de acuerdo con el designio amo­roso de Dios en favor de los hombres; de acuerdo con la fuerza sal­vadora y liberadora que se encierra en el Evangelio y en la persona de Cristo. Y la vida pide a los sacramentos que sean creídos en la comunión con Dios por Jesucristo en favor de la unidad, la justi­cia, la paz entre los hombres y el compromiso social en favor de los pobres.

c – La evangelización por el testimonio del compromiso social desde la caridad, creadora de justicia

Evangelizar a los pobres desde el servicio caritativo o desde la caridad, creadora de justicia, es lo más genuino y lo más origi­nal de la misión vicenciana. Olvidarlo, sería desconocer el «evan­gelio» de los sacerdotes de la Congregación de la Misión. Hemos indicado anteriormente, que la misión vicenciana, desde los oríge­nes, insiste en el vínculo que une la fe a la caridad. En efecto, es la caridad la que completa y verifica el contenido del anuncio huma­nizador y salvador del evangelio de Jesús de Nazaret. Es la cari­dad la que prolonga y mantiene en la sociedad, a través del servi­cio liberador y a través de la promoción integral del hombre, la fuerza salvadora que se encierra en el mensaje evangélico. Y ello porque evangelizar no significa solamente anunciar verbalmente una doctrina sino transformar la realidad buscando la instaura­ción del Reino de Dios y su justicia. En esta línea de pensamiento, pero en otro registro de expresión y también en otro contexto socio- político, Vicente de Paúl afirma delante de los misioneros: «Si hay algunos entre nosotros que piensan que están en la Congregación de la Misión para evangelizar a los pobres, y no para aliviarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, respondo que debemos asistirlos de todas las maneras, por nosotros y por los demás». El fundador de las Hijas de la Caridad comparte con ellas este mismo sentido de evangelizar, cuando les habla del ser­vicio, es decir de traer vida a quienes les es amenazada o negada y ello porque Dios les ama, les defiende y quiere que tengan vida:

«Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que comportaros con ellos con su mismo espíritu, com­padeciendo sus miserias y sintiéndolas en vosotras mismas en la medida de lo posible, como aquel que decía: Yo soy per­seguido con los perseguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, afligido con los afligidos y enfermo con los enfermos».

El servicio, o de acuerdo con el lenguaje de hoy la pastoral ser­vicial, es el modo propio de evangelizar de las Hijas de la Caridad. Y ello porque el servicio de las Hijas de la Caridad, en cuanto praxis, es decir, en cuanto intenta actuar sobre la realidad concreta de los pobres para transformarla de acuerdo con el designio amoroso de Dios sobre ellos, es una manera de proclamar con hechos la parcialidad, la opción de este Dios que, por serlo de todos, lo es preferentemente de los empobrecidos, explotados, oprimidos, mar­ginados. En el lenguaje de Vicente de Paúl equivale a decir que Dios es el protector de los pobres:

«¿Sabéis, hermanas mías, que me he enterado que esas pobres gentes están muy agradecidas a la gracia que Dios les ha hecho y, al ver que se va a asistirles y que esas Hermanas no tienen más intereses en ello que el amor de Dios, dicen que se dan cuenta entonces que Dios es el protector de los pobres? ¡Ved que hermoso es ayudar a esas pobres gentes a reconocer la bondad de Dios! Pues comprenden perfectamente que es El el que las mueve a hacer ese servicio. Y entonces conciben ele­vados sentimientos de piedad y dicen: ¡Dios mío, ahora nos damos cuenta de que es cierto lo que tantas veces hemos oído predicar, que te acuerdas de todos los que necesitan socorro y que no abandonas nunca a una persona que esté en peligro, puesto que cuidas de unas pobres miserables que han ofen­dido tanto a tu bondad! He sabido incluso por medio de per­sonas que fueron atendidas por nuestras Hermanas, y por medio de otras muchas, que se sentían muy edificados al ver cómo esas Hermanas se preocupaban de visitarles, recono­ciendo con ello la divina bondad y viéndose obligados a ala­barle y darle gracias. Sí, Hermanas mías, las personas que os ven y aquellas a quienes asistíais alaban a Dios y con razón».

Este servicio, que «hace presente la bondad de Dios ante los pobres», exige que la palabra de Dios, el mensaje evangélico anunciado, sea creíble, lo cual sólo se logra haciendo realidad el contenido de su palabra. Así lo hizo Jesús de Nazaret. Así tra­tan de hacerlo las Hijas de la Caridad y los Sacerdotes de la Con­gregación de la Misión. Y no solamente ellos, también los cristia­nos, evangelizados en la misión y a su vez evangelizadores, en y des­pués de la misión, tendrán que evangelizar viviendo el evangelio en el compromiso social en favor de los pobres y su causa. Para garantizarlo, tendrán que hacer presente en la sociedad, en la vida real de los hombres, principalmente de los pobres, el servicio huma­nizador y liberador de la fe. Una fe que actúa en la caridad: una caridad creadora de justicia (cf. Gal. 5,6; Ef. 4,15). Esta es la signi­ficación que tenía la «Cofradía de la Caridad», erigida en la parro­quia al final de la misión vicenciana.

La caridad vicenciana, creadora de justicia

En la espiritualidad vicenciana a Dios y a Cristo se les ama o se les traiciona en el hombre, en el pobre. Y ello porque el amor a Dios es inseparable del amor al hombre (36). La unidad de ambos amores constituye la «integración de la caridad» vicencianamente hablando. El fundamento de esta integración de la caridad se encuentra en que Jesucristo se caracteriza por un «espíritu de cari­dad perfecta» con relación al Padre y con relación a los hom­bres. Ambos amores son una exigencia constitutiva de la propia noción del amor a Dios. Pero también, e igualmente, del amor al hombre, ya que en la espiritualidad vicenciana no se puede amar a éste sin amar a Dios. Por eso la unidad de ambos amores consti­tuye la integración del servicio de la fe en la caridad creadora de justicia. Esta es, en efecto, la manera vicenciana de comprender y de vivir el evangelio. Pero también constituye, por la misma razón, el centro del sentido y del objeto de la evangelización en la misión vicenciana.

La caridad cristiana es total (cf. Mc. 12,30), es universal (cf. Jn. 15,12), es efectiva o real: «no amemos de palabras y de boquilla, sino con obras y de verdad» (1 Jn. 3,18). Por tanto es una caridad que quiere, busca, inventa y pone los medios para hacer realidad la pro­moción integral de todo el hombre y de todos los hombres. Esto sitúa al cristiano ante el compromiso ineludible con los hombres, le hace vivir la fraternidad con ellos.

La fraternidad cristiana, en razón de la caridad, saca a los cris­tianos de la irresponsabilidad social y de la neutralidad política. Ante las situaciones reales y los problemas de los hombres, princi­palmente de los pobres, intentar ser socialmente irresponsable y políticamente neutro, significa, de hecho, dar por buena o aceptar la dominación, la explotación, la marginación que ejercen unos hom­bres sobre otros. En la práctica la irresponsabilidad social y la neu­tralidad política son un compromiso a favor de los que dominan en la sociedad. Al mismo tiempo es una dimisión de la responsabi­lidad más primaria del hombre.

La fe cristiana no suprime nada de lo que acabo de decir, sino que lleva todo ello a exigencias mayores. Ni Jesús ni su evangelio son neutrales ni dicen, a la vez, de la misma cosa blanco o negro, sino que al decirnos que somos hijos de Dios y, por tanto, herma­nos de todos los hombres, llevan a los cristianos a una muy defini­tiva opción.

Esta opción ha de ser — y así lo ha comprendido Vicente de Paúl y así se lo ha transmitido a sus continuadores — a favor de quienes no están sentados a la mesa del mundo, preparada por el Padre para todos. Estos son los pobres, los marginados, los opri­midos. Dios está a su favor y Jesús asume su causa.

Jesús asume su causa no porque ellos sean éticamente los mejo­res, los más justos, los de mejores sentimientos y comportamien­tos, sino porque Dios ha creado un mundo beneficioso para todos y son ellos quienes no se benefician de ese designio amoroso de Dios, a causa del egoísmo, de la insolidaridad, de la dominación y de la explotación de otros hombres. Y Dios se pone junto a los que son desplazados de la mesa del mundo para luchar con ellos hasta que se sienten con todos en igualdad de fraternidad. Esa es la causa de Dios, esa es la causa de Jesucristo, esa es la causa de los pobres. Pero igualmente la causa de los pobres es la causa de Dios, la causa de Jesucristo. De la misma manera que no se puede separar el amor a Dios del amor al hombre y viceversa, tampoco la causa de Dios y de Jesucristo se puede separar de la causa de los pobres y vice­versa. Nos encontramos aquí con el núcleo de la espiritualidad vicenciana, pero igualmente en la raíz de la fidelidad a la activi­dad misionera. Fidelidad que requiere iniciar a los misionados al amor al Padre y, por él, inseparablemente, al amor al prójimo. La evangelización, vicencianamente entendida, es proclamación de la feque actúa en la caridad en favor de los hombres. Y esta caridad  puede realizarse verdaderamente sin promoción de la justicia. De ahí que la caridad, vicencianamente hablando, sea creadora de justicia.

Conclusión

Ahora podremos comprender mejor la frase de Vicente de Paúl a sus continuadores y discípulos: «Evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salva­ción, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los pro fe­tas, hacer efectivo el Evangelio», es decir vivir la fe en la caridad, creadora de justicia. De una justicia integrada en la caridad. Ahí tendrá que encontrarse ayer como hoy la misión vicenciana. Esa será su actividad evangelizadora, discernida a la luz de Vicente de Paúl, quien a su vez se dejó conducir por la actuación evangeliza­dora de quien fue enviado por el Padre «para evangelizar a los pobres», para «proclamar un año de gracia de parte del Señor». Y porque según el Fundador de la Congregación de la Misión: «No es suficiente que yo ame a Dios, si mi prójimo no le ama», «no es suficiente ser salvado hay que ser salvador como Jesucristo», tendremos que emplear nuestro ser y nuestro esfuerzo para hacerlo realidad.

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