Id por el mundo y predicad el Evangelio

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Autor: Antonino Orcajo .
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asdLa quinta y última virtud del seguidor de Jesús se lla­ma «celo por la salvación de las almas». Por estar situada en últi­mo lugar, no es la menos importante, pero sí la más significativa de la vocación misionera. Su despliegue encierra el ejercicio de todas las virtudes anteriores y, en particular, de la disponibilidad,

«[…] para ir no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, si­no por toda la tierra. ¿Para qué? Para abrasar los corazo­nes de todos los hombres y hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor».

Las palabras de Jesús: «He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que estuviera ardiendo!» (Lc 12,49) significan para Vicente de Paúl el celo por la salvación de los hombres. En cualquier caso, ya se refieran a la muerte misma de Jesús, ya al fuego que descenderá en Pentecostés, su aplicación al celo apos­tólico ilustra la doctrina sobre esta virtud fundamental del evan­gelizador.

El celo convierte al creyente en testigo audaz de la muerte y resurrección del Señor y Cristo, le llena de coraje y confianza —parresía— para proclamar el Evangelio a toda la creación.

Los apóstoles «predicaban la Palabra de Dios con valentía y marchaban contentos por haber sido considerados dignos de su­frir ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 4,31; 5,41). Pese a las prohibiciones del Sanedrín, ellos continuaban enseñando. De­cían: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… Nosotros somos testi­gos, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen« (Hch 5,29-32). La obediencia al mandato del Señor: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio» (Mc 16,15), es el testimonio más convincente del amor al Reino y de su irradia­ción entre los hombres.

 

  1. LA CARIDAD Y EL CELO APOSTÓLICO

Lo específico del celo, y lo que le distingue de la caridad —tronco común de todas las virtudes—, es su capacidad para ex­pandir cualitativa y cuantitativamente el Reino de Dios. La etimología de celo —dsélos— designa la ebullición producida por el calor del fuego. Ateniéndose a este significado, aprendido de Francisco de Sales, explica el Sr. Vicente:

«El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil a] prójimo. Celo de extender el Reino de Dios, celo de procurar la salvación del hombre. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es un fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios».

El celo nace y crece en aras del amor a Dios y al prójimo: es la llama más ardiente de la gloria de Dios, el rayo más puro del compromiso apostólico. Sin la referencia al Reino de Dios, no se entiende el celo que pone en movimiento a la caridad: «La cari­dad no puede permanecer ociosa, nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás». Por ser difusiva y comunicativa, ex­tiende sus rayos por todas partes:

«Las buenas o malas cualidades se manifiestan por fuera, y sobre todo la caridad, que es de suyo comunicativa, produce también caridad. Un corazón verdaderamente abrasado y animado de esta virtud hace sentir su ardor. Y todo lo que hay en un hombre verdaderamente comunicativo respira y predica caridad».

 

II.EL CELO POR LA GLORIA DE DIOS Y LA SALVACIÓN DE LOS HOMBRES

Jesús, «corazón caritativo», «fuente de amor humillado en la encarnación y redención», es el Salvador de los hombres y el res­taurador de la gloria del Padre; para eso vino al mundo:

«Mientras vivió Jesús en la tierra, dirigió todos su pensa­mientos a la salvación de los hombres, y sigue todavía con estos mismos sentimientos, ya que es allí donde encuentra la voluntad de su Padre. Vino y viene a nosotros cada día para eso, y por su ejemplo nos ha enseñado todas las virtudes convenientes a su cualidad de Salvador».

Los seguidores de Jesús se abren al celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres prolongando la tarea misma de Je­sús y realizando sus mismas obras de amor al Padre y al prójimo:

«Es cierto que yo he sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. He de amar al prójimo como a imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de suerte que a su vez los hombres amen a su Creador…» .

La caridad cuajada de celo hace suspirar al apóstol por la sal­vación del mundo entero. El viejo Sr. Vicente escribe a uno de sus compañeros:

«No soy capaz de callármelo; es necesario que le diga con toda sencillez que esto (de las misiones) me da nuevos y grandísimos deseos, en medio de mis pequeños achaques, de ir a acabar mi vida en un chaparral, trabajando en alguna al­dea, pues me parece que sería más feliz si Dios me concedie­ra esa gracia».

Pero, como tantas veces ha enseñado el mismo Sr. Vicente, el celo no se pierde en hacer muchas cosas, ni en verlas termi­nadas, ni en desplazarse de un lugar a otro como torbellinos, ni en diluirse en la actividad, donde se corre el peligro de bus­carse a sí mismo en un larvado egoísmo apostólico, sino que consiste en dejarse animar por el espíritu de caridad. En este sentido, Teresa de Jesús, aunque no saliera a predicar por las aldeas, es modelo de celo, pues hizo todas las obras con ar­diente caridad por la gloria de Dios. Y lo mismo Ignacio de Loyola.

  1. a) La salvación integral del pobre

La expresión vicenciana «salvar a las almas», generalizada en los tratados de teología pastoral, responde a una concepción dualista del hombre y a una formulación del celo, que tiene co­mo fin principal salvar a las almas de las penas del infierno. La creencia común de que «fuera de la Iglesia no existe salvación» —extra Ecclesiam nulla salus— estimula el celo misionero y la extensión del Reino. Sin embargo, aunque la salvación se vea bajo una perspectiva espiritual escatológica, el celo por la pro­pagación de la fe se esfuerza en librar al hombre de toda conde­nación temporal y eterna, en promocionarlo como un todo uni­tario llamado a la felicidad.

Servir efectivamente a los pobres entra dentro de las aspira­ciones del misionero, entregado a fondo en la salvación total del hombre, de sus miserias espirituales y temporales. Así entiende él la verdadera religión, pura y sin mancha. San Vicente dice a las Hijas de la Caridad:  «Vuestro amor no es solamente tierno; es efectivo, porque servís a los pobres corporal y espiritualmente. Estáis obliga­das a enseñarles a vivir bien…».

 

III. LOS ACTOS DE LA CARIDAD O LAS MANIFESTACIONES DEL CELO APOSTÓLICO

El celo demuestra el grado de compromiso evangélico. Los actos concretos de la caridad revelan la actitud interior respecto a la consolidación y extensión del Reino de Dios en uno mismo y en los demás. San Vicente reduce a ocho los principales actos de la caridad convertida en celo apostólico:

«[…] 1.º hacer a otros lo que razonablemente querríamos que ellos hicieran con nosotros; 2.º conformarnos con su parecer y aprobarlo todo en el Señor; 3.2 sufrirnos mutuamente sin murmurar; 4.2 llorar con los que lloran; 5.º alegrarse con los que se alegran; 6.º adelantamos en las muestras de cortesía y de respeto; 7.º mostramos de corazón amables y cumplidos con los demás, y 8.º por fin, hacemos todo a todos, para ga­narlos a todos para Cristo».

La lista está tomada del Evangelio y de las cartas de san Pa­blo. Dichos actos tienden a configuramos con Jesús, que dijo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. En esto co­nocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,34-35). La comprensión total del articulado ha de entenderse en la caridad de Jesús para con su Padre y con los hombres y desde la doctrina paulina sobre el Cuerpo Místico.

  1. a) «Hacer a otros lo que razonablemente querríamos que ellos hicieran con nosotros»

Los antiguos discutían sobre la primacía del mandato del amor. Jesús respondió a esta cuestión propuesta por unos farise­os: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamien­to. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo…» (Mt 22,37-40). Según la declaración del Maestro, ambos mandamientos son inseparables y se viven a la par.

El amor a sí mismo dicta la regla de oro del amor al prójimo (cf. Lv 19,18; Rm 13,9; Gal 5,14). Pero ¿cómo ha de amarse el hombre a sí mismo? No se ama el que se cierra a la misericordia divina o el que permanece invulnerable a las desgracias del próji­mo. Para evitar equívocos en la autoestima, Jesús puntualiza que hemos de amarnos como él se amó a sí mismo entregándose a la muerte por nosotros. El amor de Jesús es el testimonio vivo del autoaprecio, la razón y medida de lo que querríamos que otros hi­cieran con nosotros. El que se ama a sí mismo ha de profesar afecto y cariño a los demás:

«[…] Y si tiene estos sentimientos en el corazón, ¿podrá ver a su hermano y a su amigo sin demostrarle amor? De la abundancia del corazón habla la boca (cf. Mt 12,34). De or­dinario, las acciones exteriores son un testimonio de lo inte­rior; los que tienen verdadera caridad por dentro la demues­tran por fuera».

  1. b) «LLorar con los que lloran y alegrase con los que se alegran»

El consejo paulino contiene dos rasgos de la caridad (cf. Rm 12,15). El Apóstol nos invita a participar de los sentimientos del prójimo, a sentir la compasión —simpatheia— de la que Jesús dio muestras abundantes: sintió lástima de las multitudes (cf. Mt 9,36), resucitó al hijo único de una viuda (cf Lc 7,13), se conmo­vió ante la tumba de Lázaro (cf. in 11,33), lloró por la ciudad de Jerusalén (cf. Lc 19,41). Los pobres y enfermos le gritaban a Je­sús: «Señor, ten compasión».

Jesús participó también del gozo y alegría de las gentes; no fue un «aguafiestas», sino un animador de la familia. Acude con su madre y sus apóstoles a las bodas de Caná de Galilea, donde realiza el primer signo de solidaridad mesiánica (cf. Jn 2,11); asiste a otros muchos convites como invitado de honor; entra en casa de pecadores, a los que llama a la conversión (cf. Lc 19,5); prohibe a sus discípulos que ayunen mientras él permanezca a su lado (cf. Lc 5,34).

Al ejemplo de Jesús hay que añadir el testimonio de san Pa­blo: «¿Quién desfallece, sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre es­cándalo, sin que yo me abrase?» (2 Cor 11,29).

El seguidor de Jesús experimenta el sufrimiento de sus her­manos los hombres lo mismo que su gozo y felicidad, y no «por ostentación, por zalamería, por interés o por afecto natural, sino por esa unidad de espíritu y de sentimiento que vino a traer el Hi­jo de Dios». Por experiencia sabemos que «si Dios tiene compasión de nosotros todos los días, nosotros hemos de tenerla con los demás».

c «Mostrarse de corazón amables y cumplidos con los demás»

El celo es cordial y amable, nos lleva a sentir la amistad de Jesús con sus apóstoles: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15,15). El Hijo de Dios nos previno con el amor de amistad para enseñarnos a «dar pruebas al prójimo de nuestro afecto» con palabras y obras:

«Hemos de demostrarnos el amor mutuo. Hemos de adelan­tarnos a los demás, para ofrecerles cordialmente nuestros servicios y nuestras ganas de complacerles. ¡Cómo me gus­taría demostrarle el cariño que le tengo! Y después de ha­bérselo dicho con los labios, confirmárselo con las obras, sirviendo efectivamente a cada uno y haciéndose todo a to­dos».

He aquí otra muestra del humanismo vicenciano, reservada al trato comunitario: «Nos trataremos con gran respeto, a manera de amigos que se quieren bien y que han elegido una vida en co­mún». La misma conducta ha de inspirar las relaciones con personas ajenas a la comunidad, incluso con los que se oponen a la aprobación de la Congregación de la Misión por la Santa Sede. En 1632 escribe el Sr. Vicente a su destacado en Roma, F. du Coudray:

«Obre usted, por favor, lo más cristianamente que pueda con los que nos ponen trabas. Yo también los veo con frecuencia y cordialmente, como antes hacía; y me parece que no sólo no les tengo ninguna aversión, sino que los honro y quiero más todavía… Yo no creería ser cristiano si no procurase par­ticipar en el utinam omnes prophetarent…».

Veinte años más tarde, el 9 de julio de 1655, escribe de nuevo recomendando caridad y cariño hacia los mismos que ahora se oponen a la aprobación de los votos de la Congregación:

«[…] Eso no me impide que, aunque me hubieran sacado los ojos, los siga estimando y queriendo con el mismo cariño con que aman los hijos a sus padres… Deseo y pido a nuestro Señor que todos y cada uno de los miembros de nuestra Congregación hagan lo mismo».

 

  1. EXTREMISMOS DEL CELO APOSTÓLICO

Existen dos vicios opuestos entre sí que apagan la llama de la caridad: el espíritu de acedia y el celo exagerado:

«[…] El primero se insinúa poco a poco en el alma y nos lleva a buscar la comodidad corporal y a evitar el esfuer­zo que exige la virtud, con la excusa de que hay que mirar discretamente por la conveniente conservación del cuerpo, para así estar mejor dispuestos a dar gloria a Dios y ayudar a las almas… El segundo encubre nuestro amor propio y nuestra indignación; y nos empuja a ser ásperos con los pecadores y contra nosotros mismos; también a emprender trabajos que superan nuestras fuerzas o van contra la obediencia, trabajos que nos dañarán el cuerpo y el alma para que luego nos perdamos en la búsqueda ob­sesiva de remedios que nos conviertan en flojos y carna­les».

El diagnóstico sobre la acedia y el celo exagerado es fruto de la experiencia comunitario-apostólica. San Vicente condena el es­píritu de indolencia, de cobardía y de vagancia, lo mismo que el espíritu de perfeccionismo personal y colectivo; aconseja, en cambio, la moderación, la prudencia y el cuidado de la salud co­mo medios necesarios para una eficaz evangelización. Al joven Escart le advierte:

«Resulta fácil pasar en las virtudes del defecto al exceso, convertirse de justo en riguroso… Es verdad que el celo es el alma de las virtudes, pero también es cierto que debe ser un celo según la ciencia sobrenatural; y como los jóvenes care­cen, de ordinario, de esta ciencia experimental, por eso su celo resulta excesivo especialmente en aquellos que tienen cierta aspereza natural».

Entre la acedia y el celo exagerado se sitúa la insensibilidad a la gracia de Dios y a las necesidades de los pobres: «hace que el hombre no sienta ningún afecto ni atractivo por las cosas de la salvación y que no le impresionen las miserias corporales y espi­rituales del prójimo». En el terreno espiritual, los invulnera­bles a la gracia de Dios no sienten interés por el crecimiento del Reino; si van a la oración, no se abren a la acción del Espíritu. En el campo apostólico, no creen en lo que realizan; quedan impávi­dos ante la muerte de los inocentes, las catástrofes del hambre, de las guerras y de las injusticias. Nada les impresiona porque les fal­ta el espíritu de compasión.

 V.LAS BIENAVENTURANZAS CORRESPONDIENTES AL CELO APOSTÓLICO

El celo misionero contiene, al menos, dos formulaciones de las bienaventuranzas. La primera: «Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). Son misericordiosos los que hacen suyos los sufrimientos, penas y preocupaciones de sus hermanos; los que, como Cristo, llevan sobre sus hombros las dolencias de la humanidad (cf. Is 53,4). El cristiano compasivo y misericordioso se asemeja a Jesús, que se compadeció de noso­tros «por estar también él envuelto en flaqueza» (Hbr 5,2). El que sufre, si sufre sin amargura, es hombre verdaderamente misericordioso. El perdón y la misericordia encuentran su expre­sión perfecta en la parábola del siervo despiadado (cf. Mt 18,23­35). La recompensa y felicidad del misericordioso las puso de re­lieve el Señor: «Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…» (Mt 25,34-36). San Vicente, por su parte, comenta:

«[…] Si por ejercer el ministerio de la caridad, algunos tuvie­ran que ir a mendigar el pan o acostarse al lado de una tapia, con los vestidos destrozados y muertos de frío, y en aquel estado le preguntasen a alguno de ellos: «¿Quién te ha pues­to en semejante estado?» —Qué felicidad poder responder entonces: «¡Ha sido la caridad!»».

La segunda bienaventuranza va dirigida a los constructores de la paz: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque a ésos los llamará Dios hijos suyos» (Mt 5,9). Disfrutan de ella los pa­cíficos y, principalmente, los que la construyen día tras día. Los artífices de la paz no se limitan a hablar sino que actúan con obras; la paz que anuncian está encarnada en la vida y doctrina de Jesús: «La paz os dejo, ni paz os doy; y no como la que da el mundo» (Jn 14,27). La paz de Jesús no consiste en treguas entre guerra y guerra, sino en la alianza de amor, sellada con su sangre.

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