I: LOS CUATRO VOTOS TAL COMO LOS DESCRIBE SAN VICENTE: (obediencia) (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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voca3. Obediencia.
Su enseñanza
Como hacía siempre, san Vicente apela al ejemplo de Nuestro Señor como el motivo primero cuando habla a padres y hermanos sobre la obediencia. Jesús, les dice, obedeció no sólo a María y a José, sino a todos los que tenían autoridad, fueran buenos y malos. Se sometió en todo a la voluntad de su Padre hasta la muerte. De hecho su vida entera fue «un tejido de obediencia».
En las Reglas Vicente dice a los miembros de la congregación que deben obedecer al papa, a los obispos en cuyas diócesis trabajan, y que no deben hacer nada en las parroquias sin contar con el párroco.
Deben también obedecer al superior general «con prontitud, alegría y perseverancia en todo lo que no sea claramente pecado. Con una especie de obediencia ciega deben someter su juicio y su voluntad no sólo a sus decisiones sino hasta a su mera intención. Deben pensar siempre que lo que manda el superior es mejor, y deben someterse a su disposición como la lima en manos de un carpintero.
La misma clase de obediencia se la deben al visitador, a los superiores locales y a otros oficiales subordinados.
Deben también esforzarse por obedecer a la campana como a la voz de Cristo en cuanto la oigan, dejando sin terminar la letra comenzada.
Sus cartas y conferencias muestran que él atribuía a la obediencia una gran importancia’. Dice a Lamberto aux Couteaux: «Soy un hijo de obediencia. Paréceme que si él (el obispo) me dice que vaya al último rincón de la diócesis y permanecer allí el resto de mi vida, lo haría como si me lo mandara el Señor; la soledad o cualquier tipo de trabajo que me diera sería para mí un gusto anticipado del paraíso, pues estaría cumpliendo la dulce voluntad de Dios».
Para Vicente la obediencia exige una renuncia profunda al propio juicio y propia voluntad, y es un aspecto de la llamada general del evangelio a la renuncia a sí mismo en el seguimiento de Cristo.
Para progresar en la obediencia los misioneros deben cultivar el hábito de la «indiferencia, observando la tradicional costumbre de la congregación de «no pedir ni rehusar nada. Pero si creen sinceramente, en la presencia de Dios, que algo les es necesario o, al revés, que algo les resulta perjudicial, entonces expondrán el caso al superior. Cuando hayan hecho esto, mirarán la decisión del superior como una señal segura de la voluntad de Dios, y se quedarán tranquilos.
Para hacer concreta la práctica de la obediencia san Vicente da una serie de normas detalladas en las Reglas Comunes
– Todos se reunirán en el tiempo y lugar señalados para escuchar lo que el superior tenga que decir sobre el orden de la casa; si tienen algo que advertir, háganlo en ese momento;
– nadie dará órdenes a otro ni le corregirá, a no ser que le delegue para ello el superior, o tenga que hacerlo por razón de su oficio;
– cuando alguien haya recibido una respuesta negativa de un superior no acudirá a otro con el mismo asunto sin decirle el hecho y la razón de la negativa;
– aun cuando surja algún asunto legítimo, nadie dejará el trabajo que se le ha confiado sin comunicárselo antes al superior, para que éste pueda encontrar un sustituto si hiciere falta;
– nadie se entrometerá en los trabajos de otro; si se le pide, le ayudará de voluntad; pero si esa ayuda le va a quitar mucho tiempo, pedirá antes permiso al superior;
– nadie escribirá o enviará cartas, o abrirá las que haya recibido, sin el permiso del superior. Cuando alguien escriba una carta, la entregará al superior, para que éste la envíe o la retenga según bien le parezca;
– sin permiso especial o general nadie entrará en la habitación de otro, ni siquiera la abrirá a menos que el otro le invite a entrar; mientras estén dentro se dejará abierta la puerta nadie permitirá a otros, sobre todo si son de fuera, entrar en su habitación sin permiso del superior;
– nadie entrará al lugar señalado para el trabajo de otro (por ejemplo, su oficina) sin el permiso del superior o de quien esté encargado del lugar;
– nadie escribirá libros, ni los traducirá o publicará, sin el permiso expreso del superior generan;
– los hermanos coadjutores no aspirarán a estudiar latín ni a hacerse clérigos; ni aprenderán a leer y escribir sin el permiso expreso del superior generan;
– para mantener buena salud nadie comerá o beberá fuera de las horas de costumbre sin el permiso del superior; los enfermos han de obedecer a los médicos y a los que cuidan de ellos.
La práctica modifica la teoría
Aunque san Vicente recomendaba con fuerza la obediencia a todos los superiores, especialmente al papa, era a veces muy persistente en conseguir lo que quería, sobre todo si se trataba de algo vital para el futuro de su compañía. Se mantenía firme en favor de los intereses de su congregación frente a la resistencia por parte de las autoridades, de la política curial o de la inercia burocrática.
Esto aparece con claridad en sus esfuerzos por obtener la aprobación de los votos de la congregación. De hecho consiguió lo que quería. «En Roma», dice, citando al señor de-Sillery «se puede conseguir todo con tiempo y con paciencia». Escribe a Renato Almeras, su negociador en Roma: «Eso es una nube pasajera. Día vendrá en que se mirará a la compañía con buenos ojos y en que los que le pueden hacer el bien tendrán por ella más caridad que la que le tienen ahora».
Llegó incluso a comunicar a Almeras la sugerencia del cardenal Grimaldi de echar mano de algo de dinero para facilitar las negociaciones, pero luego lamentó el haberlo hecho. Agradece a Almeras el haberse opuesto a la sugerencia, y añade: «Le envié esa desdichada sugerencia sólo porque venía del cardenal Grimaldi; le aseguro que estoy muy edificado por su oposición».
«Consiga las bulas a cualquier precio y en la mejor forma posible», escribe a Edmundo Jolly en 1658.
De hecho llegó a considerar el negociar cuidadosamente con las autoridades como una manera de honrar a la providencia. Escribe a Edmundo Jolly a Roma en 1658: «Es usted uno de los pocos hombres que más honran a la providencia de Dios por la previa preparación de remedios contra males previsibles. Le doy gracias por ello con toda humildad, y ruego al Señor que le siga dando luces más y más para que ese proceder se extienda por toda la compañía». También aparece en su correspondencia con Jolly que Vicente quería que él fuese firme en urgir sus peticiones ante la Sagrada Congregación de Propaganda Fide.
Solía también ser muy firme ante los obispos que le pedían cosas contrarias a las prácticas de la congregación (por ej., que los misioneros presentaran cuentas de economía al ordinario del lugar). Diez días sólo antes de su muerte escribe al arzobispo de Narbona, que pretendía el derecho de ver las cuentas y el despedir a los miembros de la congregación del claustro de formadores del seminario: «Estaríamos muy agradecidos a su Excelencia si nos presentara unas condiciones de contrato como las que nos han presentado otros obispos franceses e italianos.
Estabilidad
Su enseñanza
No encontrará el lector un tratamiento detallado de la estabilidad en las Reglas Comunes o en las conferencias de san Vicente que han llegado hasta nosotros, aunque habla a menudo de Cristo que usó las «armas» de pobreza, castidad y obediencia «hasta la muerte», y de la necesidad que tiene el misionero de perseverar «hasta la muerte».
Sin embargo la estabilidad está en el trasfondo de gran parte del pensamiento de san Vicente, de lo que dijo y de lo que escribió acerca de los votos. Le dolía mucho el que abandonaran la congregación algunos de entre los mejores misioneros.
La perseverancia, dice al padre Almeras, es uno de los principales motivos para hacer que los miembros de su compañía tengan votos. En este tema sus convicciones eran muy fuertes. «No hay mejor manera de asegurar nuestra salvación eterna que vivir y morir en el servicio de los pobres en los brazos de la providencia, y en una renuncia total a nosotros mismos en seguimiento de Jesucristo», escribe a Juan Barreau el 4 de diciembre de 1648.
El 16 de octubre de 1658 escribió a dos cohermanos, ambos de la casa de Troyes, que tenían problemas de vocación. Dice a Santiago de la Fosse:
«Cuando pensamos en otro estado, sólo miramos lo que tiene de agradable; pero cuando estamos en él, experimentamos todas sus molestias y todo lo que hay en él en contra de la naturaleza. Por consiguiente, padre, quédese tranquilo; prosiga su viaje hacia el cielo en el mismo barco en que Dios le ha puesto. Así lo espero de su bondad y del deseo que usted tiene de hacer su voluntad». Y a Santiago Tholard le dice: «Si ha permanecido usted en la compañía durante veinte años, podrá seguir todavía en ella otros veinte o treinta más, ya que las cosas no serán más difíciles en el futuro que lo que han sido hasta ahora; y al atarse usted a Dios como los demás, no solo les edificará sino que Nuestro Señor también se atará más estrechamente a usted y será su fuerza contra sus debilidades, su alegría contra sus tristezas y su firmeza contra sus faltas de decisión».
Es evidente que ya en tiempo de san Vicente los misioneros que no trabajaban directamente por los pobres sino en seminarios sentían una cierta inquietud en relación a este voto. Pues aparecía formulado como dedicación a la salvación de los pobres del mundo rural durante toda la vida. En 1654 Vicente responde a una pregunta de Francisco Fournier, y le dice que también los que trabajan en seminarios cumplen su voto, primero, estando dispuestos a trabajar por los pobres a la menor indicación, y, segundo, trabajando por los pobres indirectamente, pues forman a buenos sacerdotes que a su vez trabajarán por los pobres.
En diferentes ocasiones san Vicente habla de varios «enemigos» de la perseverancia en la compañía, especialmente el levantarse tarde, falta de oración y el no practicar la pobreza.
La práctica modifica la teoría
San Vicente se mostraba preocupado porque sus misioneros guardaran la palabra dada. En casos les insistía en no irse de la compañía o en volver a ella. En 1646, en una carta importante a Tomás Berthe le dirige estas elocuentes palabras: «Vuelva, padre, se lo conjuro por la promesa que hizo a Dios de vivir y de morir en la compañía…». Al mes siguiente vuelve a decirle: «Tendré más confianza en usted que antes (si vuelve), pues ya no temeré el perderle, después de haberle visto salvarse de caer en ese peligroso acantilado. Escoja la casa que quiera. Se le recibirá en cualquier parte con los brazos abiertos…».
En otras ocasiones se mostraba satisfecho cuando otros misioneros abandonaban la compañía. Dice al padre Almeras que la marcha de algunos la deberíamos ver como buena para la congregación. En su diario Juan Gicquel describe la reacción de san Vicente (justamente ocho días antes de morir) cuando salió de la compañía Aquiles Le-Vazeux: «Oh, Salvador, qué gracia nos has dado al desprendernos de tal persona, brillante hasta el extremo de ser orgulloso y creído… El padre Vicente repitió varias veces en las reuniones de los cuatro o cinco días siguientes: Hay razones para dar gracias a Dios por habernos librado…».
Es evidente también que se alegró de dejar marcharse a Chrétien Daisne, se mostró más que dispuesto a librarse del hermano Doutrelet, cuya marcha, dice, servirá para que Dios haga «que la congregación sobreviva»‘. Cuando cinco cohermanos abandonaron la congregación en 1642 y dos fueron expulsados, hace la siguiente reflexión en una carta a Francisco Dufestel: «esa clase de gente nos haría más daño en la batalla que nos serviría de ayuda».
Tampoco tenía dificultad, a falta de contar con una razón suficiente para dispensar a un estudiante problemático de sus votos, en sugerir que se le presionase con la esperanza de que cambiara su conducta, pero previendo que acabaría por marcharse.
Como es fácil de suponer, aún era más firme en expulsar a los que aún no habían hecho los votos. «Hemos purgado el seminario una y otra vez», dice a Juan Dehorgny al informarle de que aún quedaban treinta en el seminario interno. Pero más tarde en 1657, da un aviso al director del seminario por ser demasiado duro. Se muestra muy preocupado por que los di-rectores sean realistas en lo que quieren conseguir y de que conduzcan a los seminaristas paso a paso.

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