2. Castidad
Su enseñanza
Para entender lo que dice san Vicente sobre la castidad es importante conocer los modelos de pensamiento del tiempo en que vivió. La visión que se tenía de la sexualidad, tal como aparecía expresada en los libros espirituales y en la literatura teológica que tenía a mano san Vicente en la primera mitad del siglo XVII en Francia, era bastante negativa. El jansenismo, con su rigorismo moral y su visión pesimista de la naturaleza humana, empeoró la situación. Aunque san Vicente se opuso a los jansenistas con mucha fuerza, sobre todo después de la muerte de su amigo, el abad de Saint-Cyran, respiraba el mismo aire que ellos. Buena parte de lo que dice a sus misioneros acerca de la castidad tiene un tono negativo, incluso cuando intenta darles una motivación positiva para practicarla.
Para animar a sus hombres, Vicente les advierte que Jesús amó profundamente la castidad, y que deseaba que los corazones de sus seguidores estuvieran llenos de ella. Quiso nacer de una virgen por el poder del Espíritu Santo aun en contra de las leyes de la naturaleza para mostrar la gran estima que tenía de la castidad. Tanto apreciaba esta virtud que aunque permitió que le acusaran falsamente de muchas cosas, nunca permitió que se pusiera en duda su castidad.
Vicente insiste muchas veces ante ellos sobre la importancia de madurar en la castidad, y de usar las necesarias precauciones de prudencia, porque su trabajo en las misiones les obliga a trato continuo con personas de ambos sexos. Trata en sus cartas varios casos que surgían en el trabajo pastoral. Les dice que sean parcos en hacer preguntas sobre cuestiones sexuales en la confesión’, no tocar a las mujeres bajo ningún pretexto, ni siquiera el pulso de una mujer enferma para saber si es el momento de darle los últimos sacramentos; ser particularmente cuidadosos en tierras de misiones, por las diferentes costumbres sexuales de aquellas gentes; no tener mujeres empleadas en nuestras casas.
En las Reglas y en las conferencias añade varias directivas prácticas:
– los misioneros deben tener un control cuidadoso de sus sentidos exteriores (vista, olfato, gusto, tacto, oído), así como de sus sentidos interiores (entendimiento, memoria, voluntad)`; no deben estar nunca a solas con una mujer en tiempos o lugares indebidos;
– al hablar o al escribir a una mujer deben evitar del todo palabras tiernas y afectuosas; y no deben acercarse a ellas demasiado al hablar con ellas o al oírlas en confesión;
– deben beber poco vino y además bien mezclado con agua;
– no deben dirigir a las religiosas; ni deben tener relación frecuente con las hijas de la caridad, ni entrar en sus habitaciones;
– no deben dar misiones a monjas, ni deben recibir cartas de ellas bajo el pretexto de dar consejos necesarios;
– no deben presumir de su castidad.
San Vicente les advierte sobre dos vicios que son enemigos de la castidad: la intemperancia y la ociosidad. Denomina a la intemperancia «la nodriza de la impureza, y anima a los miembros de la comunidad a ser sobrios en el comer y el beber, y contentarse con manjares comunes. Describe la ociosidad como «el enemigo de la virtud, en especial de la castidad, y les recomienda que estén siempre ocupados en algo útil.
Por el lado positivo, la humildad es un medio excelente para adquirir y mantener la castidad. También lo es la oración frecuente al Señor, la Virgen María y los santos.
Los misioneros deben vivir esta virtud en tan alto grado que la gente no pueda tener ni la menor sospecha contra su castidad. Hasta una sospecha injusta producirá un gran daño al trabajo en las misiones; por ello los misioneros deben tomar no ya sólo medios ordinarios sino también extraordinarios para prevenir ese daño. Por ello tal vez sea necesario que se abstengan de hacer alguna obra buena si, en opinión del superior, puede dar ocasión de sospechas en esta materia.
La práctica modifica la teoría
Pero si las Reglas y conferencias tienen un tono bastante negativo, Vicente no muestra lo mismo en su propia relación con mujeres. El interpreta las Reglas modo humano.
Habla con gran ternura acerca de muchas de las mujeres que conoció y con las que trabajó, especialmente la señora de Gondi. Margarita Naseau, Juana de Chantal’, y Luisa de Marillac. Fue amigo Personal de la reina de Francia (Ana de Austria) y de la reina de Polonia (María de Gonzaga) y un colaborador asiduo de muchas Damas de la Caridad. Su correspondencia con santa Luisa sorprende por lo cálida. Le escribe en octubre de 1627: «Le escribo a medianoche, un poco cansado. Excuse a mi corazón si no se muestra muy expresivo en esta carta. Sea fiel a su fiel amante que es el Señor. Sea también sencilla y humilde. Quedo en el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre…». Y en la víspera del Año Nuevo de 1638, le escribe:
«Le deseo un nuevo corazón y un amor totalmente nuevo para Aquél que nos ama incesantemente de una forma tan tierna como si comenzase ahora a amarnos; pues todos los gustos de Dios son siempre nuevos y llenos de variedad, aunque no cambia jamás. Soy en su amor, con un afecto semejante al que su bondad quiere y que le debo por amor a El, señorita, su muy humilde servidor».
En sus cartas se encuentran también muchos consejos prácticos para los que están en dificultades. A un hermano que se quería hacer cartujo para librarse de las tentaciones contra la castidad, le escribe: Le puedo asegurar esto: si usted no es casto viviendo en la congregación, tampoco lo será en ninguna parte del mundo. Le recomienda que evite el trato de la persona que le es ocasión de tentación, y que hable de ese problema con su director espiritual. Escribe a un sacerdote a Saint-Meen, que estaba muy deprimido por pensamientos importunos: «No durará mucho su depresión. Eso es como una negra noche que pasa. El hombre es como el tiempo, nunca permanece invariable… Anima a este sacerdote a hablar con su superior, que es un buen misionero, sabio y virtuoso». Escribe a otro sacerdote asediado por las tentaciones: «No debe sorprenderle el que sufra tentaciones. Es una prueba que Dios le envía para humillarle y suscitar en usted el temor. Pero tenga confianza en él. Le bastará su gracia, con tal de que usted evite las ocasiones… Cultive el hábito de dejar su corazón reposar en las llagas sagradas de Cristo. Ese es un refugio inaccesible al enemigo».
Pero tal vez el caso más sorprendente, aunque pleno de sentido común, es la maravillosa y cálida carta que san Vicente escribió a Jacques Tholard el 1 de febrero de 1640. Es una obra maestra de sentido moral práctico unido a un criterio pastoral comprensivo. Tholard, que fue más tarde visitador de la provincia de Francia y de la de Lyón, se encontró plagado de tentaciones al oír confesiones. San Vicente le escribe:
«Por eso es por lo que los maestros de la vida espiritual piensan que estas cosas que ocurren en la confesión no son pecado en absoluto y no requieren en nuestros días ser confesadas… Sería conveniente que pase usted por encima de esas materias lo más ligeramente que pueda. Es el primer consejo que se da ordinariamente. Y que no se preocupe cuando uno siente demasiado placer. El segundo es que intente apartar los ojos de los rostros y de otras partes del cuerpo del sexo femenino que causan la tentación. Y cuando sucede lo contrario, esté seguro, padre, de que será cuando no tiene usted libertad y su voluntad está debilitada por la fuerza de la tentación. Y no se turbe usted cuando piense que no es así».






