«Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontra-réis vuestro respiro, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).
«La Congregación intenta expresar su espíritu también con las cinco virtudes saca-das de su peculiar visión de Cristo, a saber: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas, de las cuales dijo San Vicente: ‘En el cultivo y la práctica de estas virtudes la Congregación ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues estas cinco virtudes son como las potencias del alma de la Congregación entera y deben animar las acciones de todos nosotros’ (RC II, 14)».(C. 7).
San Vicente practica la humildad muy en serio y habla de ella constantemente. Parece como si tuviera un regusto especial en humillarse y en hablar de la humildad. Reconoce, sin embargo, que en teoría todos dicen que es muy bella la humildad pero a la hora de practicarla no sienten tanto entusiasmo. Según San Vicente, la humildad atrae todas las demás gracias, es el fundamento de la perfección; es fuente de caridad, de paz, de unión, de generosidad y entrega.
1. «El crucifijo, monumento inmortal a la humildad».
San Vicente contempla la humildad de Cristo, ve la humildad del Señor como algo que envuelve toda la vida de Jesús, quien nos dejó como monumento el Crucifijo: «Padres, ¿qué otra cosa es su vida (la de Jesús) osa una serie de ejercicios de humildad? Es una humillación continua, activa, pasiva; él la amó tanto que no se apartó de ella en la tierra; y no sólo la amó mientras vivía, sino incluso después de su preciosa muerte, va que nos dejó como un monumento inmortal de las humillaciones de su persona divina, un Crucifijo, para que lo recordáramos como criminal y ajusticiado, y quiso que la Iglesia nos lo presentara ante los ojos en ese estado de ignominia, muerto así por nosotros… ¡Salvador mío! ¡Hasta dónde llevaste el amor a esa virtud! ¿Por qué te entregaste a ese envilecimiento supremo? Porque conocías la excelencia de las humillaciones la malicia del pecado contrario, que no sólo agrava los demás pecados, sino que hace viciosas las obras que de suyo no son malas, e incluso las buenas y hasta las más santas». (XI 485-486).
2. «Con la humildad vendrán lo demás bienes».
En las Reglas Comunes San Vicente nos señala el camino de la humildad y las tres condiciones que exige esta virtud a los misioneros:
«Pensemos… que con la humildad se consigue el cielo, al que suele elevarnos el amor a la propia abjección, guiándonos de virtud en virtud como por etapas hasta alcanzarlo». (RC II, 6).
«Esta humildad que con tanta insistencia nos recomendó Cristo de palabra y de obra, y para adquirir la cual la Congregación ha de emplear todas sus fuerzas, exige tres condiciones: La primera es creerse con toda sinceridad merecedor del desprecio de los demás; la segunda, alegrarnos de que los demás vean nuestras imperfecciones y por ello nos desprecien; la tercera, si el Señor hace algo a través de nosotros o en nosotros, ocultarlo, si se puede, movidos por la conciencia de nuestra nada. Si no se puede, atribuirlo todo a la gracia de Dios y a los méritos de los otros. Este es el fundamento de toda la perfección evangélica, y el núcleo de toda la vida espiritual. Al que posea esta humildad, le vendrán todos los bienes junto con ella. Al que no lo tenga, aun lo que tenga de bueno se le quitará, y se verá agitado por una angustia continua». (RC II, 7).
3. «La humildad, contraseña de la Congregación de la Misión».
Decididamente San Vicente quiere que sus misioneros sean sincera y profundamente humildes, pero quiere que la Congregación en cuanto tal también lo sea. Por eso la humildad debe ser la contraseña de la Congregación de la Misión, la consigna del misionero:
«Los apóstoles hicieron un símbolo, no sólo para estar de acuerdo en la fe, sino también para distinguir a los cristianos de los judíos y de los infieles, de forma que, cuando se les preguntaba ¿tú qué eres?, ellos respondían: Credo in Deum; credo in Jesum Christum. Hermanos míos, si nos fuera posible tomar hoy la humildad como el sello de un misionero, de forma que se distinguiera más por esa virtud que por su nombre entre los demás cristianos y sacerdotes, ¡qué gracia tan importante nos haría nuestro Señor para nuestro estado! Pidámosle que cuando nos pregunten sobre nuestra condición, nos permitan decir: Es la humildad. Que sea nuestra virtud. Si se nos dice ¿quién va? La humildad. Que sea ésta nuestra contraseña». (XI 491).
- San Vicente dice, y así lo vemos en su vida, que la humildad no impide la generosidad, el dar lo que uno tiene: ¿La humildad me ha impedido desarrollar los dones que Dios me ha dado? ¿El trabajar y hacer bien las cosas me han impedido el ejercicio de la humildad?
- ¿Qué formas de humildad son las más convincentes hoy en el ámbito en el cual vivo?
Oración:
Salvador mío, llénanos de los afectos que te han humillado tanto, que te han llevado a preferir el oprobio a la alabanza: llénanos del afecto que te hacía buscar la gloria del Padre por medio de tu propia confusión.
Concédenos que empecemos desde ahora a rechazar todo lo que no sea tu honor y nuestro menosprecio, todo lo que pretende la vanidad, la ostentación y la propia estima; que procuremos realizar desde ahora actos de verdadera humildad; que renunciemos de una vez para siempre al aplauso de los hombres engañados y engañosos, a la vana imaginación del éxito de nuestras obras; y, finalmente, Señor mío, que aprendamos a ser humildes de corazón, por tu gracia y tu ejemplo». (XI 495).






