Luisa de Marillac prolonga su oración al Verbo Encarnado con la meditación del Misterio de la Redención, en el que Cristo, más especialmente todavía, se hace Amor y Don:
«…la Encarnación del Hijo de Dios, según sus divinos designios, por toda la eternidad (era) para la Redención del género humano.»
La Redención es el acto supremo del Amor de Cristo, del Hijo de Dios, hacia el hombre. Juan Pablo II en su Encíclica Redemptor Hominis, habla de ese «misterio tremendo del Amor». Lamisión de amor que el Hijo de Dios vivió en la tierra, la vivió con tal profundidad que le llevó a un total desposeimiento de sí mismo para entregarse a los hombres. Al aceptar su vida, sufrir su Pasión, Cristo
nos revela que su Padre quiere a toda costa abrir a la humanidad el camino de la reconciliación. Viene a buscar al hombre hasta en su pecado, en su rechazo de Dios.
«Tan pronto como la naturaleza humana hubo pecado, el Creador, en el Consejo de su Divinidad, quiso reparar esta falta, y para ello, con un supremo y purísimo amor decidió que una de las tres Personas se encamase, con lo que aparece, aún en la Divinidad, una profunda y verdadera humildad…«
A lo largo de sus ejercicios, Luisa prosigue esta meditación. El 5.0 día lo consagra al Amor de Cristo por el hombre y a su humildad:
«No contento con haberse ofrecido por nuestro rescate, el Hijo de Dios quiso llevarlo a cabo, no viniendo a este mundo como hubiera podido hacerlo, de una manera más en consonancia con su grandeza, sino de la forma más humillante que imaginarse pudiera, para que así, ¡oh alma mía!, tuviéramos más libertad para acercamos a Él…»
La muerte y la resurrección de Jesús son para todo hombre el punto de arranque de una existencia nueva. La Pasión de Cristo lleva en sí un enorme poder de conversión. Asi lo percibe Luisa durante sus ejercicios espirituales de 1632:
«Nuestro Señor ha querido unirse tan estrechamente a nosotros por amor, que Dios su Padre castigó en Él la enormidad del pecado; por lo tanto, nada puede separarme de Jesús si no es el pecado, el cual ha de ser castigado ahora personalmente; para evitarlo, debo unirme fuertemente a Jesús mediante la santa imitación de su vida…»
Al contemplar la muerte y resurrección de Cristo, Luisa desea tomar como modelo de vida a Jesúrs Crucificado. En una de sus meditaciones, escribe:
«…escoger la vida de Jesús Crucificado como modelo de nuestra vida…»
Con frecuencia invita Luisa a las Hermanas a que se adhieran plenamente al Misterio de muerte y resurrección de Cristo. A las Hermanas de Chantilly les recuerda en 1658:
«…no se puede resucitar con Jesucristo si antes no se ha muerto de esa manera (renunciar al mal uso de los sentidos y pasiones)…»
Ana Hardemont está llena de entusiasmo por ir a trabajar y a poder orden en el hospital de Montreuil-sur-Mer. Luisa parece prevenirla contra un activismo exagerado:
«…no olviden la fidelidad que deben a Dios y el cuidado que deben poder en trabajar en su perfección, haciendo todas sus acciones con pureza de intención y deseo de seguir los ejemplos de Jesús Crucificado…»
Luisa presenta a las Hermanas la ascesis como un acto de amor a Cristo muerto y resucitado. La mortificación, esa muerte diaria a uno mismo, actualiza la de Jesús y sigue habiéndoli feCunda en su Cuerpo, que es la Iglesia.
«Ruego a nuestro amado Jesús Crucificado que nos sujete fuertemente a su cruz, para que, unidas estrechamente a B en su santo amor, nuestros pequeños sufrimientos y lo poco que hagamos lo sean con amor y por su amor… «
Los sufrimientos de todas clases: enfermedadas, incomprensiones, criticas, calumnias, se convierten en participación en los sufrimientos de Cristo. Soportarlos en paz, con amor, es un medio de honrar el gran Misterio de la Redención.
«…las he compadecido en todas las penas y dificultades que sé que han tenida Esto es para usted, querida Hermana, una señal del amor que Nuestro Señor le tiene, ya que la ha escogido para que le honre usted en sus sufrimientos. «
Esta carta va dirigida a Sor María Poulet, en Chars, donde la Comunidad está pasando por graves conflictos con el Párroco jansenista. Este ha llegado hasta negar públicamente la comunión a las Hermanas. En Nantes, las Hermanas están sufriendo muchas críticas contra ellas. Su vida consagrada en medio del mundo sorprende y extraña:
«¡Qué consuelo sentiríamos al vemos como el Hijo de Dios, objeto de las acusaciones y juicios de los hombres y enteramente dejadas del consuelo de las criaturast en tal estado es como las veré en adelante, en presencia de Dios, a quien suplico sea tu fortaleza… «
A Nicolasa Georget, que tiane que enfrentarse con las murmuraciones, en Nanteuil, Luisa le escribe en el mismo sentido:
«Mucho he sentido su pena por los diferentes motivos que me comunica, aunque no debemos extrañarnos por todas las murmuraciones que, mintiendo, quieran decir de nosotras, puesto que somos cristianas y, además, Hijas de la Caridad, lo que nos obliga a soportarlo todo, como nos lo ha enseñado ese gran enamorado de los sufrimientos de Jesucristo.— «
A las Hermanas que se inquietan o sorprenden por tantas dificultades como encuentran, Luisa les explica que la vida cristiana es una especie de tensión, de conflicto, entre el así»a las llamadas de la gracia, y el ano»de nuestro egoisma Es ahí donde se encuentra la Cruz:
«…para agradar a Dios no es necesario sentir siempre gozo y consuelo, puesto que el Hijo de Dios hizo la obra de la salvación del mundo en medio de tristezas y dolores, yes muy razonable que si queremos tener parte en sus méritos, nos sobrepongamos y aceptemos los sufrimientos.»
«…el camino por el que Dios quiere que vaya hacia B es el camino real de la Cruz; no dudo de que se deja usted llevar por él de buen grado y alegremente para cumplir su santa voluntad. «
La ascesis, camino real de la Cruz, no puede vivirse si no es con alegría y amor. Luisa de Marrillac llega a utilizar la palabra «suavidad» en carta a Margarita Chétif:
«…Nuestro Señor le habrá hecho gustar la suavidad que las almas llenas de su santo amor experimentan en medio de los sufrimientos y angustias de esta vida. Si así no fuera y se hallare usted todavía en el Calvario, tenga por cierto que Jesús Crucificado se complace en verla allí retirada, y si tiene valor suficiente para querer permanecer en tal lugar, como Él mismo hizo por amor a usted, puede estar segura de que su salida (de ese retiro) será gloriosa… «
En el concepto de Luisa de Marillac, la ascesis no es un conjunto de prácticas o ejercicios más o menos dificilás que denotan una especie de desprecio al cuerpo; es, al contrario, un acto de amor, una plena adhesión a Cristo Redentor. El Bautismo, qué nos hace vivir de la vida misma de Cristo, nos une a su Muerte y a su Resurrección. Meditando el pasaje de la epístola a los Romanos: «Cuantos hemos sido bautizados, en Cristo fuimos bautizados para participar en su muerte», Luisa hace esta observación:
«…esa muerte en la que hemos sido bautizados ha sido causada por el amor que Nuestro Señor tiene por nosotros desde toda la eternidad. «
Y Luisa desea hacer de su vida una respuesta de amor al Amor de Cristo:
«Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y, por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, ya no más pensamientos que en Jesús, en una palabra, ya no más vida que para Jesús y el prói7mo, para que en ese amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama… «
Contempla la muerte de Cristo en la Cruz y esta contemplación le sirve para dar nuevo sentido a la muerte corporal del cristiano, de la Hija de la Caridad. Lejos de ser un castigo impuesto como consecuencia del pecado, la muerte se convierte en un último acto de amor. Bueno es leer y meditar la magnifica carta dirigida por Luisa de Marillac a Juana Dalmagne, a punto de morir:
«Adoro con todo mi corazón la orden de la Divina Providencia que parece querer disponer de su vida; si la santísima voluntad de Dios es que le entregue usted su alma, ¡bendito sea su santo nombrel; bien sabe El el dolor que me causa no poderla asistir en este último acto de amor, que estoy segura va usted a hacer, de entregar voluntariamente su alma al Padre Eterno, con el deseo de honrar el instante de la muerte de su Hijo…
Adiós, querida Hermana, suplico de todo corazón a Jesús Crucificado que la bendiga con todas las virtudes que El practicó en la Cruz… «
En los últimos años de su vida, Vicente de Paúl y Luisa de Marinan se ayudaron mutuamente a hacer ellos también de su muerte un acto de amor. El 4 de é–de 1660, Luisa escribe a Vicente que está enfermo:
«Le pido humildemente perdón, mi muy honorable Padre, por la libertad que me he tomado de enviarle ese Jesús rodeado de espinas. B pensamiento que me representaba a su amada persona en medio de grandes dolores, me inspiró el de que nada podría mitigarlos como ese ejemplo,… «
Seguramente que Luisa repitió con frecuencia la oración que un día escribió al terminar una meditación sobre el evangelio de San Juan:
«Aquí nos tienes, Señor mío, al pie de la Cruz en la que te veo clavado, para que nos atraigas a Ti como lo has prometido. Si no fuera porque tu palabra es todopoderosa, temerla la fuerza de la gravedad de las aficiones terrenas…
Actúa fuertemente uniendo mi amor e tu Muerte, que por tu Amor triunfa de la vida.»
La meditación del Misterio de la Redención lleva a Luisa a una sabrosa y profunda reflexión sobre el Servicio de la Hija de la Caridad.
Por su Encarnación Redentora, Cristo revala al hombre su propia grandeza y le descubre la sublimidad de su vocación, su dignidad de hijo de Dios. San Juan escribe en el prólogo de su Evangelio: «(El Verbo) era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre… dióles poder de venir a ser hijos de Dios». Luisa de Marillac anota:
«…el Hijo de Dios… mediante la ignonlmia de este suplicio (de la Cruz), unió la criatura a su Dios. «
Tanto en su meditación como en su plegada de súplica, Luisa de Marillac deja percibir su profundo deseo de «familiarizar» al hombre con el Misterio de la Redención. ¡Cuántas veces expresa el deseo de que todos los hombres redimidos por la Sangre de Cristo puedan un día glorificarle!
«Tú, Dios mío, que eres tan bondadoso, por los méritos de la preciosIsima Sangre de mi Salvador, ten piedad de nosotras y de todas las almas que se hallen en pecado mortal, para qua por tu misericordia, puedan alabarte etemamenta«
Luisa de Marillac ve el Servicio a los Pobres que desempeña la Compañía de las Hijas de la Caridad como un medio para revelar a Jesucristo al mundo y ayudar a todos los hombres a tomar conciencia de su propia dignidad. La misión de la Compañía se inserta en la misión de la Iglesia, como Juan Pablo II explica en su Encíclica «Redemptor Hominis».
«El cometido fundamental de la Iglesia… es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los.hombres a familiarizarse con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús.»
La revelación del Amor de Cristo se dirige a todos los hombres,A todos los pobres. Nadie puede quedar excluido de ella. Luisa de Marillac escribe al Abad de Vaux, en Angela, algunos meses después de la llegada de las Hermanas a aquel hospital:
«¿No es razonable, Señor, servir a todas las almas que Dios ha redimido?»
La guerra civil de la Fronda causa numerosas víctimas. En 1652, se abre un orfanato en Etampes para acoger en él a todos los niños sin familia. Luisa escribe a Juana Francisca encargada de dicho establecimiento:
«…estoy segura… de que se complace en instruir lo mejor que puede a esas criaturitas redimidas con la Sangre del Hijo de Dios, para que puedan alabarle y glorificarle eternamente.»
Al preparar el reglamento para los Ancianos del Hospicio del Santo Nombra de Jesús, Luisa apunta sus reflexiones:
«…las personas que se retiren a este lugar se verán ayudadas, tanto por las instrucciones que reciban como por el buen empleo que hagan del tiempo, a participar en el mérito de Le vida y muerte de Jesucristo, para su salvación eterna. «
En su meditación, Luisa va más allá de su profunda estima por el hombre, de la viva conciencia que tiene de su dignidad y de la grandeza de su libertad. La contemplación de Cristo Redentor le hace descubrir el misterio del Pobre, cual otro Cristo.
«Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarle e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en alguna lectura he aprendido que nos habla enseñado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su persona, y esto ha penetrado en mi corazón de manera especial y muy Intima. «
Luisa hace referencia al capitulo 25 de San Mateo, en el que vemos a Cristo reconocer como hecho a El mismo lo que se hace «a uno de sus hermanos menores». Y completa su pensamiento en otra oración de aquellos ejercicios del año 1657:
«…ese prójimo toma el lugar de Nuestro Seffor, lo sustituye, por una invención de amor que su bondad sabe y que ha dado a entender a mi corazón, aunque yo no puedo explicarla».
Por eso, con toda verdad y certeza puede Luisa de Marillac decir como Vicente de Paúl:
«Los pobres son los miembros de Jesucristo,— son nuestros queridos amos… «
Luisa mira a la humanidad doliente como una prolongación de la Humanidad doliente de Cristo. El servicio de amor de la Hija de la Caridad es también como una prolongación de la Redención, ya que permite al pobre humillado, anonadado, revivir, resucitar, volver a la vida, ser un hombre liberado de su mal, de su pecado, ser un hombre libre.
Con frecuencia brota desde el corazón de Luisa un cántico de acción de gracias hacia el Señor por haberla llamado a una vocación tan grande y tan bella:
«—¿quiénes somos para haber recibido una de las mayores gracias que Dios pueda conceder a ninguna criatura, cualquiera que sea su condición, enlomar-nos a su servicio, para que, además, queramos vernos libres de toda incomodidad?… «
¡Cuántas veces invita a las Hermanas a que den gracias a Dios por haberlas escogido para servirle en la persona de los pobres!
«…muchos… las envidian por el servicio que prestan ustedes a Dios… Tengan un gran corazón que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios… «
«¡Qué felices son ustedes (por estar empleadas) en el servicio de Dios y de los pobres!… «
«Deben ustedes estar muy reconocidas por las gracias que Dios les ha concedido al ponerlas en estado de prestarle tan grandes servicios… (77)
«Las exhorto tanto como puedo a que consideren el agradecimiento que deben a Dios por el beneficio de su vocación y por tantas otras gracias como han recibido de su mano liberal… «
La fidelidad a una vocación tan grande y tan nueva en la Iglesia requiere por parte de las Hermanas un gran amor a Dios y un profundo deseo de imitar a Cristo Redentor. Al igual que todos los maestros de la vida espiritual, Luisa de Manlac invita a las Hermanas al seguimiento de Cristo:
«No podemos llegar (a la bienaventurada eternidad) si no es siguiendo a Jesús en sus trabajos y sufrimientos… y aún no nos habrfa podido llevar a ella si su perseverancia no le hubiera llevado a El a la muerte de cruz. «
A las Hermanas de Nantes, que continúan luchando con numerosas dificultades y que en 1657 se interrogan sobre la conducta que han de observar, Luisa las alienta a que miren a Cristo:
«¿Qué hacer ante esto, queridas Hermanas? No hay otro camino que el de tener paciencia y ayudarse lo más que puedan con los ejemplos de Nuestro Señor que consumió sus fuerzas y su vida por el servicio del prójimo… «
En la oración, tiempo de contemplación de Cristo Encarnado, de Cristo Redentor, podrán las Hermánas sacar las fuerzas necesarias para desempeñar su servicio, a veces dificil; en ella aprendarán del mismo Cristo a servir a los Pobres. Luisa de Marillac conoce la importancia de la oración: «Una persona sin oración no tiene fuerza ni vigor», dirá Vicente de Paúl en 1688, al comentar el empleo del día.
Todos los reglamentos establecidos por Luisa de MariIlac para los diferentes oficios (reglamentos que son los antecesores de nuestros Proyectos Comunitarios), prevén una hora de oración cada día; ordinariamente, dividida en media hora por la mañana y otra media por la tarde. En sus cartas, Luisa recuerda la importancia de ser fieles al Reglamento.
«¿Qué piensan ustedes, queridas Hermanas, que les pide Dios en reconocimiento por tantas gracias como les concede? Es la fidelidad a su servicio en todos los puntos de su reglamento… «
A María Gaudoin, Luisa le aconseja que aproveche el regreso de una Hermana que acaba de hacer ejercicios espirituales en la Casa Madre, para «renovarse en el espíritu de exacta observancia de las Reglas».
A Francisca Carcireux, Luisa le recuerda la Importancia de «la fidelidad a Dios en la observancia de las Reglas».
Esta fidelidad al reglamanto empeña la responsabilidad de cada una de las Hermanas. Hay que evitar en ella la rigidez que pudiese perjudicar al servicio; pero hay que evitar también la pereza que siempre encontrará razones para descuidar la oración. Con las Hermanas de Richelieu, pone de relieve la prioridad que hay que dar al servicio:
«Suplico a la bondad de Dios que siga concediéndoles sus santas gracias, especialmente la del amor a su vocación, que ustedes reconocerán por la exactitud a sus Reglas, en la medida en que el ejercicio con los pobres enfermos se lo permita.»
A las Hermanas del Hospital de Nantes les señala cómo han de adaptar el reglamento a las necesidades del servicio, al mismo tiempo que les envía una copia de las Reglas.
«…puede ocurrir que haya cosas (en las Reglas), tanto del servicio a los Pobres, como de los ejercicios de nuestras oraciones, que no puedan hacerse a las horas señaladas; pero hay que acomodarse a las costumbres de los lugares, como Sor Nicolasa (la Hermana Sirviente) se lo hará comprender. «
En cambio, en 1657, a las Hermanas de Chantilly que parecen haber descuidado un tanto el tiempo dedicado a la oración, Luisa les recuerda que, para encontrar a Cristo en los Pobres, para saber «dar la vuelta a la medalla», según expresión de San Vicente, es necesario haberse tomado el tiempo de encontrar a Jesucristo en la oración.
«He tenido un gran consuelo al saber que los Pobres están bien asistidos. iDios sea por ello eternamente bendito! No dudo de que al cumplir ese deber, son ustedes también muy exactas en cumplir el de la fidelidad que deben a Dios para la observancia de sus Reglas… «
La oración de cada mañana se prolonga a lo largo del día. El trato con Jesucristo impregna toda la vida de cada una de las Hermanas, su comportamiento, sus actitudes. Esto es lo que explica Luisa de Marillac a Lorenza Dubois, al comunicarle el resumen de la conferencia dada por Vicente de Paúl el 18 de octubre de 1655:
«Una práctica que nuestro Muy Honorable Padre nos enseñó en una de las últimas conferencias que su caridad nos ha dado, le servirá a usted de mucho. És, querida Hermana, la de acostumbramos a mirar a Dios al comienzo de nuestras acciones; hacer un acto de humildad reconociéndonos indignas de hacer dicha acción; un acto de amor, emprendiéndola por su santo amor y ofreciéndosela unida a la acción semejante que su Hijo hizo cuando estaba en la tierra…»(88)
Luisa de Marillac es plenamente consciente de que proseguir la obre de Cristo Redentor junto a los Pobres y revelarles el amor que Dios les tiene, es una tarea superior a las fuerzas humanas; y del mismo modo que ella intenta vivida, invita a las Hermanas a que se dejen invadir por el Espíritu Santo, Espíritu de Cristo.
«—será— conveniente que todas las amilanas las Hermanas pidan, cada una interiormente… la bendición de nuestro bondadoso Dios para actuar según el Espíritu de su Hijo cuando estaba en la tierra, al emprender las obras de caridad que tengan que hacer, o más bien que ese mismo Éspíritu actúe por medio de ellas… «
Luisa de Marilac sabe también que «ningún otro sabrá introducimos como María en la dimenáióñ divina y humanado este Misterio (de la Redención)».
«La Santísima Virgen es quien más deseó esa prueba del amor de Dios que es la Redención. Recurriré a Ella para tener, por medio suyo, el agradecimiento a tan gran bien y el temor necesario para hacer buen uso del mismo. «
Maria dio a Cristo su vida humana, esa vida que El habría de entregar por la salvación de la humanidad; María dio a Cristo su sangre, esa sangre que El derramaría en el Calvario. Luisa implora a María, Madre del Redentor
«Ten compasión, Santísima Virgen, de todas las almas redimidas por el Hijo de Dios y tuyo. Muestra a la Justicia divina los purísimos pechos que le han ofrecido la sangre derramada en la muerte de tu divino Hijo para nuestra Redención, a fin de que el mérito de ésta sea aplicado a todas las almas de los agonizantes para darles una completa conversión… para glorificar a Dios eternamente… «
A María, tan estrechamente asociada a la Redención, Luisa de Manllac pedirá que conceda a la Compañía la fidelidad a la vocación que Dios le ha confiado. Luisa admira la adhesión plena de María al designio de Dios, que ha querido hacer depender de su «Sí» la Encarnación del Verbo y, como consecuencia, la Redención de los hombres. Por eso, pide para todas las Hijas de la Caridad esa misma adhesión a la voluntad de Dios manifestada en su vocación, esa misma disponibilidad para servir a la humanidad doliente y ser las humildes siervas de Cristo en los Pobres. Ese es el sentido verdadero que tiene el acto de Luisa de Manllac en la peregrinación a Chartres, para consagrar la Compañía a la Virgen Santísima:
«…pedí (a la Virgen) para la Compañía esa fidelidad, por los méritos de la Sangre del Hijo de Dios y de Marta… «







