Historia general de la C.M., hasta el año 1720 (73. Misioneros de China)

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Author: Claude Joseph Lacour, C.M. · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1731.

Fue escrita por el Sr. Claude Joseph Lacour quien murió siendo Superior de la casa de la Congregación de la Misión de Sens el 29 de junio de 1731 en el priorato de San Georges de Marolles, donde fue enterrado. El manuscrito de l’Histoire générale de la Congrégation de la Mission de Claude-Joseph LACOUR cm, (Notice, Annales CM. t. 62, p. 137), se conserva en los Archivos de la Congregación de París. Ha sido publicado por el Señor Alfred MILON en los Annales de la CM., tomos 62 a 67. El texto ha sido recuperado y numerado por John RYBOLT cm. y un equipo, 1999- 2001. Algunos pasajes delicados habían sido omitidos en la edición de los Anales. Se han vuelto a introducir en conformidad con el original.


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San Vicente de Paúl
San Vicente de Paúl

LXXIII. Misioneros de China

Lo que constituía la mayor parte de las noticias contenidas en las cartas del sr. Bonnet era lo que se aprendía de algunos misioneros enviados al vasto imperio de la China, como ya se ha dicho, el difunto sr. Wáter, en su carta del 1º de enero de 1705 ya había señalado algunas circunstancias, de las que se había enterado él mismo por las cartas de los srs. Appiani y Mullener, con fecha del 5 de octubre de 1703. El primero tenía una fiebre doble terciana, sin embargo trabajaba con su compañero en el vicariato de Mons. obispo de Rosalie, conocido en otro tiempo con el nombre del abate de Lyonne que estaba en Roma, y luego en París, donde asistió a la apertura de la tumba del sr. Vicente. Han sufrido diversas persecuciones por parte de los gobernadores, de los prefectos de milicia y de sus subdelegados, sin ser abandonados de Dios, que había bendecido sus trabajos. Hacían su residencia ordinaria en una casita, en la ciudad de Chung-King-fou, donde había una iglesita u oratorio dedicado al gran emperador del cielo. El sr. Appiani no había tenido cuidado al permitir la inscripción del cielo mismo, según la costumbre de los Chinos, condenado después en Roma como supersticioso, él que se unió tan estrechamente al cardenal de Tournon para la condena de todas estas ceremonias.

Los pueblos y burgos circunvecinos, continúa el sr. Wáter, les han construido otras dos habitaciones en el campo, con cañas de junco o paja. Un ermitaño pagano había entrado en sus catecúmenos, y les ofrece el templo que él servía, para construir una iglesia. Esta nueva cristiandad está compuesta de unas cien personas tan sólo, todas muy fervientes y pacientes, educadas por estos señores en la sencillez y pureza de las costumbres de los primeros cristianos; han tenido el consuelo de ver a ocho niños bautizados antes de su muerte, y a un anciano morir detestando el culto a los ídolos que él había adorado siendo joven, y muy contrito. Se veían entonces en paz en el ejercicio de su ministerio, y una gran puerta abierta a la predicación del Evangelio, pidiendo con insistencia hombres virtuosos y celosos para ir a ayudarles en sus trabajos.

Desde 1704, Théodore Pedrini partió de Italia, vino a Francia y fue luego a embarcarse en Brest con un hermano para América, de allí pasó a las Manilas, luego a China, adonde llegó felizmente. El papa Clemente XI, sabiendo las desavenencias que enturbiaban las relaciones de los misioneros de diversas órdenes en China, a propósito de las supersticiones de los Chinos, que algunos pretendían que eran solamente honores civiles, y por consiguiente tolerables, tomó la resolución de enviar en calidad de legado a latere, al Señor Charles-Thomas Maillard de Tournon, originario de una familia ilustre del Piamonte, a quien hizo a este efecto patriarca de Antioquía y luego cardenal. Los trabajos y la muerte santa de este gran hombre son conocidos de todos. Cuando llegó a China, hizo al sr. Appiani, sacerdote de la Misión el honor de escogerle para intérprete en la corte del emperador. Y ocupó mucha parte en las penas y fatigas de este ilustre legado. Soportó la carga de siete cadenas a causa de su firmeza. Fue cargado con siete cadenas a causa de su firmeza en la fe, de su obediencia a la Santa Sede, y transferido así de Pekin a Macao, con dieciséis satélites. El mandarín al condenarle se sirvió de estos términos extraños: Tú querrías vivir y tú no vivirás; morir y no morirás; quedarte ahí y no te quedarás; marcharte y no te marcharás. Expresiones que son ambiguas y de las que nadie entiende nada, señalando sin embargo que este malvado juez estaba animado de un furor exacerbado contra este buen sacerdote. Le volvieron a llamar de la prisión de Macao a la de Pekin y luego se contentaron con mantenerlo a la vista sin encadenarle, no concediéndole libertad para escribir ni para recibir ninguna carta. Se hace mención de las persecuciones de este buen servidor de Dios en las memorias de los Señores de las Misiones extranjeras, presentadas en Roma a favor del señor Charles Maigrot, obispo de Comon quien, el primero, por un mandato episcopal, se había declarado jurídicamente contra las ceremonias de los Chinos.

En cuanto al sr. Mullener, Mons. obispo de Rosalie decía de él que era casi parecido en alma y cuerpo a San Franisco de Sales. Experimentó la asistencia particular de Dios, prometida por Nuestro Señor a sus apóstoles, de ponerles en el espíritu y en la boca lo que debían decir, cuando se les hiciera comparecer ante los tribunales de los jueces de la tierra; sostuvo por la verdad de nuestra santa religión, ante un solo hombre, cincuenta interrogatorios, y en otra ocasión 46, sin cortarse nunca, ni decir nada reprensible, según las leyes del imperio, ni siquiera hacer nada indigno de un predicador celoso del Evangelio; y por una firmeza así fue desterrado del reino.

Escribía todo esto al sr. Wáter de Batavia, añadiendo que el sr. Pedrini no había podido todavía entrar en China, estaba en las islas Manilas con buena salud; que temía mucho sin embargo que, siendo de débil complexión, se muriese de cansancio por el camino. El Papa escribió un breve de Roma al sr. Appiani para animarle en sus sufrimientos, felicitarle por su constancia en la fe y exhortarle a perseverar hasta la muerte. Se enviaron las copias de este breve a las casas de la CM, y le sr. Bonnet destacaba que había algún parecido con la Exhortación de san Cipriano al martirio. De Pekin, fue llevado en prisión a Canton, más cerca del mar, por la parte de Macao, y de allí escribió al general, el 3 de diciembre de 1711, diciendo que cinco años de cárcel no habían debilitado, por la gracia de Dios, su cuerpo ni su espíritu; él parecía siempre contento y lleno del espíritu apostólico.

El sr. Mullener regresó de China y se mantuvo oculto en Cantón; salió de allí para ir a servir a los pobres, tanto cristianos como paganos en las montañas del Su-Tchuen, provincia de la China, donde el sr. Appiani había trabajado antes de su encarcelamiento. El sr. Pedrini fue de las Minilas derecho a Pekin, donde fue muy bien recibido en la corte por el emperador, porque era organista en el mundo y tocaba muy bien los instrumentos, cantando con osadía y buena gracia aires chinos a base de viola y clavecín; de lo que el sr. Bonnet hace esta juiciosa reflexión: Hemos de pedir a Dios que estos pequeños talentos, que poco tienen de apostólicos, sirvan de medio para introducir la fe, y que este querido cohermano, que se halla en esta corte en un estado bien diferente del nuestro, sea igualmente otro que aquel en el que se había colocado al sr. Appiani, y que los tres eran misioneros en una situación bien diferente, como lo advierte el propio sr. Appiani, en una carta y después de él el sr. Bonnet. Ellos no pierden nada del espíritu de la Misión, y que él se sirva del crédito que tiene ante el príncipe para preparar las vías a otros obreros que nos piden insistentemente. Los misioneros de Italia pensaban que podían enviar a algunos; pero el general quiso, como dijo, ir con la brida en la mano y esperar a que los diferendos de la religión se acabasen del todo, aparte de que los buenos súbditos se encontraban útil y santamente ocupados en Europa y otras partes.

Se ha dicho anteriormente que el sr. Bonnet pasó la visita a las casas de Bretaña en 1713. Hallándose en Saint-Malo, recibió oportunamente noticias de la China, por la llegada del Dauphin, embarcación de esta ciudad. El sr. Appiani escribía desde su prisión de Cantón el 20 de enero de 1712, diciendo que se servía de un escribano francés de este barco, del que había recibido toda clase de atenciones para entregar sus cartas en Francia y recibirlas de la CM, de la que no había tenido noticias desde el año 1706, todas las que se le escribían eran interceptadas y, él, rodando de prisión en prisión desde hacía siete años, una vez cargado de cadenas en la corte y otras partes, y otras por no haber querido, dice él, vender su conciencia a los placeres de aquellos a quienes todo les parece permitido, uno de ellos encontró cosa mala que este escritor le hablase. Y habiéndole visto, le dijo con mala cara, sabe bien que este hombre está excomulgado, y yo mismo le excomulgaré a usted si continúa viéndole. Llevaba preso en Cantón desde 1710. Añadía que el emperador de China había recibido un breve del Papa, del que él se sentía muy contento. Y que los que deberían apoyar el celo de su santidad, y la buena voluntad del emperador, se servían de su autoridad y de la de sus amigos para revolverlo todo, y sostener las ceremonias chinas. Estas expresiones de un hombre que se encontraba allí son fuertes, y se ve bien sobre quién recaen. Me desespero casi, continúa, de recobrar la libertad. Casi he perdido el uso del brazo izquierdo; con todo no deploro mi suerte, sino solamente el ver la inocencia oprimida, la verdad odiada, la causa de Dios mal tratada y la Santa Sede desobedecida; y una horrible mezcla de Dios y de Belial que tiene por autor a aquellos mismos que estarían obligados a procurar más la gloria de Dios. Esto es lo que me atraviesa el corazón. Luego su extremo deseo, que se le informara sobre la llegada de sus cartas, que estaban en prisión tres, pero en tres lugares diferentes, sin tener el consuelo de verse. Escribía en francés que había aprendido en otro tiempo y, para recibir más fácilmente las cartas de sus amigos, había cambiado de nombre. Este es el hombre firme en la fe y siempre inquebrantable en las persecuciones que ha pasado para atraerle al mal partido.

El general encontró en el mismo paquete cartas de otros dos misioneros. El sr. Pedrini seguía con el emperador, pero en Géhol, en Tartaria, de donde escribía la carta, y decía que aunque hubiera protestado querer obedecer al mandato del cardenal de Tournon y al breve de Papa que lo confirma, el emperador le habría querido tener siempre en su séquito a causa de su música y del talento que tiene en tocar instrumentos. El sr. Bonnet le respondió con muy buen sentido: Vuestra prosperidad me da más miedo que las desgracias de vuestros cohermanos; y decía efectivamente que estaba más necesitado de ser sostenido por una gracia  espiritual, aunque él fuera sabio y virtuoso, para no ablandarse en las delicias. El sr. Mullener escribía desde Sou-Nan-Fou el 11 de agosto de 1712. Allí estaba en medio de 40 pequeños Estados libres, aunque esclavizados en el imperio, y trabajaba en oculto, atreviéndose hace muy poco a construir una pequeña iglesia donde hacía en público las funciones del culto divino: Estos señores, añade el sr. Bonnet, piden siempre obreros y yo les respondo que no podemos arriesgarnos a mandarlos hasta que se sepa a qué atenerse en cuanto a los asuntos de la religión sin comprometerse con nadie.

Estos tres señores escribieron de nuevo cartas, a saber: el sr. Appiani. Siempre en la cárcel de Cantón, el 2 de enero de 1713. Había estado enfermo con peligro y luego víctima de diversas enfermedades que le hacían la vida pesada. El sr. Mullerner, de Chung-King-fou, el 12 de agosto de 1713, en la que expresa cómo, a su regreso de Batavia a China, no había podido sin gran dolor ver su iglesia arruinada por los paganos. Había mandado construir otras tres en diversos lugares del Estado, para instruir a los nuevos fieles, teniendo quinientos muy fervientes y entre ellos vírgenes que abrazan con fervor el celibato y cumplen los deberes igualmente que los antiguos cristianos. El sr. Appiani comunicaba en su carta, a propósito del sr. Mullener, que era un verdadero apóstol, y había resuelto para penetrar con mayor facilidad en los lugares de su misión vestirse de faquín o mercero, para instruir y convertir a los infieles más bien que venderles sus pequeñas mercerías que pretendía traficar. El sr. Pedrini escribía también de Géhol que el emperador continuaba honrándole con sus buenos favores y le había confiado el cuidado de tres de sus hijos, de los que el mayor es presunto heredero, y que se veía tan ocupado en matemáticas y en música que apenas podía encontrar algún momento para darnos noticias suyas; favor, dice el sr. Bonnet, que nos haría temblar si no esperáramos que no se dejará deslumbrar, sino que se aprovechará de las ocasiones, como lo ha hecho ya, para el bien de la religión, a imitación de lo que hizo José en la corte del Faraón. El príncipe le eligió para interpretarle la carta de Nuestro Santo Padre el Papa; lo hizo con fidelidad conveniente, lo que no sirvió de poco para hacer al emperador favorable a la religión y dar buenas esperanzas a Roma.

El sr. Appiani fue tratado algo más dulcemente en Cantón; se le quitaron sus cadenas y se le dio la libertad de tomar el aire alguna vez, con permiso de sus guardias; sin embargo, su carcelero le seguía siempre de cerca cuando iba y venía en la ciudad, y sobre todo le molestaban mucho por sus cartas. No dejó de escribir de vez en cuando siempre que tenía comodidad; se sirvió de la de un mercader (31er cuaderno) de Siam quien, salido de Cantón a finales del año 1713, informando al sr. Bonnet sobre el estado de su enfermedad que seguía siempre grave y le debilitaba sobre manera, pero sin alterar sus ánimos. Hablaba del sr. Mullener como de un apóstol y de un verdadero santo que iba disfrazado, a pie, por las montañas, para ganar las almas a Dios, convertir a los infieles y afianzar a los cristianos, diciendo poco, y trabajando mucho sin decir nunca: ¡Ya está bien! El Papa le hizo vicario apostólico y obispo de Myriophyre; pero él no tenía aún noticias y escribía siempre como simple sacerdote misionero. El sr. Pedrini, en medio de su favor se vio reducido al extremo por la violencia de un cólico prolongado; se recuperó gracias a los cuidados del médico del emperador y a la asistencia de los príncipes sus alumnos. El general escribe que lo mejor que hace en la corte es administrar las buenas gracias del emperador en favor de la religión, tanto en proteger a los misioneros en su residencia, como en facilitar la libertad de la predicación, en conformidad con la Santa Sede.

En una carta posterior, el sr. Appiani escribía desde su prisión que temía que el sr. Mullener fuera descubierto por los comisarios imperiales que iban a encontrar al obispo de Pekín con ocasión del praeceptum: Super omni modo, dado en 1716. Le había enviado sus bulas que había recibido en Cantón, rogándole que fuera lo antes posible al prelado más cercano a hacerse consagrar obispo de la provincia para obedecer al Papa, lo que no le impediría llevar la maleta como un correo, seguir a bueyes y tener así ocasión de predicar el Evangelio, debiendo ser un obispo del espíritu de los de la primitiva Iglesia; que en cuanto a él, estaba resuelto a perseverar hasta la muerte en el estado al que Dios ha querido reducirle, aunque sólo había dependido de él librarse, aprovechándose de las ofertas que le habían hecho generosamente capitanes franceses de volverle a Francia.

El sr. Mullener se fue a Pekín a hacerse consagrar, pero por tres veces se vio en peligro de ahogarse en el río del Su-Tchuen. Se quejaba de que le hubieran propuesto al Papa como obispo y vicario apostólico, diciendo que no se había resuelto a obedecer hasta haber visto que estas nuevas dignidades no le impedirían ser misionero y desempeñar las funciones como hasta el presente; persistía en pedir operarios para ayudarle. Estos señores enviaron con estas cartas una casulla bordada que había sido donada al sr. Appiani, diciendo que no podía hacer mejor uso de ella que consagrándola a Dios, en la tumba del sr. Vicente, con la esperanza de que podría servir en el oficio de su beatificación, a fin de obtener para los misioneros de la China la fuerza de espíritu y el celo de la religión que el sr. Vicente había puesto de manifiesto en medio de las adversidades. Este presente de la casulla iba acompañado de tres pieles de oso de China, de diferentes especies que tienen propiedades para curar distintas enfermedades, las que el sr. Appiani explicaba. En el cantón del sr. Mullener había un príncipe que se disponía a abrazar la religión llamado el príncipe de Tunkunsu, el cual la había recibido favorablemente, añadiendo sus presentes. Dio un terreno y los materiales necesarios para construir una iglesia; le había preparado incluso una morada con muebles, ofreciéndose a surtir su despensa. El sr. Mullener sólo aceptó al alojamiento, no queriendo, dice, poner obstáculos a la predicación del Evangelio. Se lo declaró varias veces a él y a su pueblo que no había venido a otra cosa que a anunciarles el reino celestial y que el mayor regalo que podía hacerle era crearle ocasiones de mantenerle dentro de la ley de Dios. El príncipe le prometió que le escucharía tan pronto como se viera libre de un asunto importante. Los pueblos, a los que el sr. Mullener animaba a abrazar el cristianismo que les predicaba, tenían el ojo puesto en el príncipe, el cual tiene derecho de vida y de muerte, sin estar obligado a recurrir al emperador; pero el príncipe y sus oficiales habiendo diferido dar la audiencia prometida al sr. Mullener, éste dejó allí a dos de sus catequistas para que cuidaran de algunos que, a pesar de todos los obstáculos, se habían hecho cristianos, y él se había dirigido hacia los Estados del príncipe del Su-Tchuen.

El sr. Pedrini había regresado a Pekín con la corte, desde donde escribía el 15 de octubre de 1713 que no se veía exento de tribulaciones, las cuales, si tener el brillo de la prisión y de las ataduras, ni naturalmente la ventaja de la compasión, no dejaban de ser muy sensibles y que si no puede recorrer muchos lugares para predicar el Evangelio, hace no obstante muchos cristianos de una parte y de otra.

Los hijos del emperador continuaban siéndole adictos, y uno de ellos, que había entrado en su habitación, que no tiene más de diez pies, le preguntó sobre el crucifijo que encontró; esto dio ocasión al sr. Pedrini de explicarle los misterios de la religión como lo ha hecho varias veces a los príncipes sus hermanos. Estos señores persistían en pedir obreros, entre otros Mons. Mullener, quien continuaba sus trabajos apostólicos en su territorio; se le habían propuesto dos o tres según su deseo, pero el sr. Couty envió de Roma a París un mandamiento de Mons. obispo de Pekín, que hizo juzgar al sr. Bonnet que, según la prudencia cristiana, había que esperar el éxito de la misión de Mons. Mezzabarba, prelado siciliano enviado hacía poco a la China, por N. S. P. el Papa Clemnte XI, en la misma calidad en que lo había sido en el pasado el cardenal de Tournon. Llegó allí felizmente a comienzos de 1720. El sr. Appiani seguía en su prisión de Canton vigilado a la vista. El sr. Pedrini cayó enfermo y estuvo a punto de perder la cabeza debido a una intriga maligna de la que solo Dios lo sacó, como decía el sr. Bonnet en una carta del 26 de diciembre de 1719. Sin embargo, tras grandes sacudidas y grandes peligros a los que se vio expuesto por la religión, seguía siendo favorito del emperador, preceptor de varios de sus hijos, y por consiguiente siempre en su mano el apartar el mal y favorecer el bien de la religión, como lo escribió él mismo de Géhol, en Tartaria, según el relato del sr. Bonnet en 1720. El sr. Appiani que escribió también, hacía notar que en su prisión de Canton había recobrado algo de libertad de ir y de venir, sirviendo a gusto a todos los misioneros y transeúntes que se mostraban muy satisfechos, como de un hombre que honraba su ministerio.

Mons. Mullener, por su parte, seguía viviendo como un apóstol de los primeros siglos, por sus montañas, trabajando con fruto y bendiciones en la conversión de los infieles, a la espera con santa impaciencia de los operarios que pedía desde hacía tanto tiempo. Todos estos relatos diferentes que van de unos a otros de los tres misioneros en estados tan desiguales uno de otro, hacen honor a la Iglesia y a la CM.

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