LXII. Nuevas provincias, las casas de Polonia
El Papa quiso que esta nueva fundación, lo mismo que los Misioneros que había enviado a Aviñón, dependiese de la provincia romana y del visitador de Italia, hasta que hubo un número suficiente de casas en España, para formar una provincia particular. Los Misioneros italianos viendo por ese lado sus casas multiplicadas, y el visitador pasándolo mal en un país cálido como ése al hacer un trayecto tan largo para las visitas, pidieron que se hicieran dos provincias y que cada una tuviese su visitador. El general no creyó un deber negárselo, pero con el miedo de que estas provincias extranjeras al multiplicarse, el número de personas con voz deliberativa en las asambleas sobrepasara , o al menos igualara, el de los franceses, lo que después hubiera podido causar dificultades. Hizo lo mismo en Francia una nueva provincia de Picardía. Siendo ya suficientes en número las casas de los alrededores de la región para hacer una provincia. Comunicó la noticia de este cambio a la CM en la carta del 1º de enero de 1705.
La última asamblea general, dice, dijo que deseaba que dividiésemos la provincia de Italia en dos, y así lo hemos hecho. Una es la provincia Romana, en la que el sr. Figari es visitador; la otra es la provincia de Lombardía, que comprende las casas de Génova, Turin, Pavía, Bastia en Córcega, Cremona, Reggio y Ferrara. En ella hemos establecido como visitador al sr. Seghino, superior de Pavía. Tienen cada uno siete casas. Teniendo la provincia de Francia alguna más, hemos creado una nueva de Picardía que tiene también siete casas, comprendidas las dos de Normandía que le hemos añadido, nombrando visitador al sr. Germain, superior de Amiens. Esta división subsistió, de manera que, en la CM, hay en este momento seis provincias en Francia, dos en Italia y una en Polonia.
Tenemos, continúa el sr. Wáter, tristes noticias de Polonia. Este reino está minado por diversas facciones de guerras civiles y extranjeras. Varios polacos, descontentos del rey Augusto, eligieron por Rey a Estanislao Leczinski, gran señor del reino y el rey de Suecia ocupaba con sus tropas una gran parte de estas provincias. Me escriben, continuaba el sr. Wáter, que el hambre y la peste comienzan a seguir a esta primera plaga en algunas provincias. Nuestras casas sufren mucho en todo aquel país. Los Moscovitas opuestos a los Suecos realizaron una irrupción por la parte de Vilna haciendo cantidad de prisioneros y, entre otros, a un Misionero de la casa de la CM en esta ciudad; se solicitó enseguida la caridad de las otras casas para contribuir a su liberación. La peste se llevó a varias personas en Prusia, Gran Polonia y Rusia. Esto es lo que escribía el sr. Wáter el 20 de septiembre de 1708: Les recomiendo todas las necesidades de Polonia y en particular las de nuestros cohermanos que son extremas en este momento, habiéndose declarado la peste en la ciudad y en los alrededores de Varsovia, por lo cual nuestros sacerdotes han forzado al sr. Tarlo, visitador de la provincia a retirarse a Presmalia porque se siente ya muy incómodo y temían que la peste se lo arrebatara. Lo que hubiera sido una pérdida irreparable para la provincia.
Un antiguo sacerdote que había servido tres años seguidos a los apestados, se encontró sin capacidad de continuarles sus servicios a causa de su debilidad; un joven sacerdote llamado Pierre-Stanislas Vueis, de edad tan sólo de 37 años, se puso de rodillas ante el sr. Montméjan que dirige la casa; le pidió su bendición para ir a asistir a los pobres enfermos. Dios escuchó sus planes; fue arrebatado por la peste la noche del 3 de agosto último, iba a visitar a los enfermos hasta en los tugurios; se dio la comunión con su propia mano, y murió lleno de fe en los ejercicios de la caridad como los mártires. Otros dos sacerdotes le siguieron en este penoso empleo, el primero de los cuales está ya fuera de combate, y el otro se expone a un evidente peligro. Algunos de nuestros hermanos han sido atacados también; cinco o seis sirvientes han muerto, nuestros señores tienen muchas dificultades en procurar el alivio a los enfermos y ayuda a los sepultureros. Las Hijas de la Caridad han perdido también a sus mejores personas tanto Francesas como Polacas; estas pobres Hermanas han afrontado el peligro con un valor y una intrepidez por encima de su sexo, a las que sólo el amor de Dios pudo inspirar y sostener hasta el fin. Esta plaga de Dios no cesó tan pronto; hizo también grandes estragos en Culm y en Vilna, donde algunos Misioneros murieron de la peste en aquellas casas, como se escribió de París a las casas de la Compañía.
En cuanto al sr. Tarlo, se volvió a Varsovia y continuó ejerciendo su oficio de superior y de visitador de la Provincia. Todos los Misioneros extranjeros y polacos tenían una gran confianza en él; estaba bien lleno del espíritu de la Misión y, aparte de eso, acreditado en el reino, en razón de su ilustre nacimiento. El rey Augusto habiendo recobrado su corona y muerto el obispo de Posnania algún tiempo después, Su Majestad nombró al sr. Tarlo para este obispado, el más importante de Polonia, después del arzobispado de Gniesen. Hizo todas las advertencias posibles a N. S. P. el Papa para que le dispensara de aceptar esta dignidad, y rogó al sr. Wáter que uniera sus buenos oficios a los suyos, a fin de apartar de encima de su cabeza esta terrible carga; no lo logró y fue consagrado obispo. Pero él vivió en el episcopado hasta la muerte, con mucha humildad y sencillez, sin disminuir en nada su estima y afecto por la CM a la que siempre tuvo como a su madre, habiendo pedido por gracia que no se le borrara del catálogo de los Misioneros durante su vida y se le ayudara con los sufragios ordinarios después de su muerte, habiendo tenido cuidado él mismo, por su parte, de hacer otro tanto por los difuntos de la CM de los que se le enviaban las esquelas.







