LIII. Movimiento de los misioneros Italianos
El visitador de la provincia de Italia que se había retirado con sus diputados unidos a los Polacos, persistió en su protesta de no reconocer al general elegido en la última asamblea, y estos señores pretendían que no se había tenido libertad, como lo mandan las constituciones. El papa Inocencio XII tuvo conocimiento en Roma. Se deseaba que todos los generales de orden y de Congregación fijaran allí su residencia. Además se temía en Francia la ruptura, y el Señor Cardenal de Janson dijo al sr. Pierron que la Misión de Italia hacía honor a la de Francia, desempeñando varios ministerios y que convenía servirse de toda clase de medios para impedir que se separara. El sr. Pierron resolvió enviar a Roma a una persona de confianza para trabajar este asunto y para ello puso los ojos en el sr. François Wáter, por entonces superior de Amiens, indicado al parecer por el sr. Hénin, segundo asistente, que lo hacía casi todo y que tenía en gran estima a este su compatriota por ser los dos de Artois. Era hombre prudente y de buen sentido, alto y bien formado como persona, pero sin usar muchos modales. Se le asignó por compañero al sr. Denay, hombre de calidad, originario de Lorena, que era muy educado y sabía cómo vivir. Éste estaba ya al parecer tentado a dejar su vocación; se negó a seguir al sr. Wáter a Roma, y habiéndose retirado a su región, donde se le concedió un beneficio, el sr. Wáter eligió por acompañante, al pasar a Lyon, al sr. Bernard, todavía joven sacerdote, y partieron los dos para Roma, adonde llegaron en 1698.
El sr. Pierron les comunicó todo esto a las casas de la CM en una carta del 10 de abril de 1699, diciendo: Yo les he dado a conocer, hace algún tiempo, que parecía que los italianos y polacos querían como encarecer so pretexto que el rey había disminuido de alguna manera la libertad en nuestra elección, habiendo indicado a la asamblea que deseaba que se eligiera a uno de sus súbditos para superior general, y que para apaciguarlo todo hemos enviado a Roma al sr. Wáter. No transcurrieron 15 días en Roma cuando Nuestro Santo Padre el Papa, después de mandar examinar la dificultad de nuestros Misioneros italianos y polacos por Mons. Radolovich, arzobispo de Chieti, secretario de la Congregación de los Obispos y Regulares, después fue cardenal, para darle la información, de lo que este prelado dio cuenta, Su Santidad declaró que nuestra elección se había hecho legítimamente. Podemos añadir aquí al relato del sr. Pierron que, al parecer, el Papa había sentido en un principio pena; pero Mons. el cardenal de Bouillon, que se encontraba entonces en Rome, encargado de los asuntos de Francia intervino en éste por parte del Rey, recordando al Papa que la elección de los Soberanos Pontífices no deja de ser legítima, aunque las coronas tengan por costumbre presentar varias exclusiones y que sería peligroso si Su Santidad quisiera obligar a los Misioneros italianos obedecer al general francés que el Rey no se inclinara a querer sustraer a los religiosos franceses de los Generales italianos.
El Papa, continúa el sr. Pierron, mandó decir a los Misioneros romanos por dicho Arzobispo que quería que me reconociesen por superior general y me obedeciesen, en esta calidad, como a mis predecesores; y Su Santidad mandó que se les reiterara por parte de Mons. el cardenal Albani, secretario de los Breves apostólicos. Fue más tarde papa, con el nombre de Clemente XI. Y finalmente, para quitar toda dificultad a nuestros misioneros italianos, se dignó responder a la carta que yo tuve el honor de escribirle por un Breve del 17 de marzo último, cuya dirección dice: A nuestro querido hijo Nicolas Pierron, superior general de la Congregación de la Misión. Este es su tenor: Mí querido hijo, salud y bendición apostólica. Hemos dado señales bastante evidentes de nuestra caridad apostólica, siempre que se ha presentado la ocasión, de la estima que Nos profesamos a vuestra Congregación y con qué benevolencia paterna la amamos a causa del excelente mérito hacia la Iglesia de Dios. Por lo cual vos podéis fácilmente conjeturar con qué dolor de nuestro corazón nos hemos enterado de que esta concordia fraterna de los espíritus que, por la gracia de Dios, ha estado en vigor hasta hoy en vuestra Congregación, se ha disminuido por algunas dificultades sobrevenidas a causa de vuestra elección al generalato. No obstante, esta solicitud de nuestro espíritu no se ha visto poco aliviada al conocer el deseo común y muy laudable de conservar la paz y mantener la unión que nuestros queridos hijos, los visitadores de las provincias de Italia y de Polonia nos han manifestado con sus humildes oraciones, en nombre de sus provincias; a como también hemos estado muy bien informado de que, por vuestra parte, lejos de haber recurrido directa o indirectamente a ningún apoyo humano para ser elevado a la dignidad de general, habéis resistido, por el contrario, por vuestra humildad verdaderamente sacerdotal, con todas vuestras fuerzas, para que este pesado cargo no fuera colocado sobre vuestros hombros, hemos resuelto proveer (22º cuaderno) benignamente a este asunto; y con el fin de apartar toda ocasión de dificultad y turbación, si algún defecto se encontrara en vuestra dicha elección o que se pudiera decir, estimar y pretender que hubiese habido alguno, Nos suplimos, en cuanto hubiere necesidad, a todos y cada uno de ellos. No dudamos que todos los súbditos de la Congregación se sometan pronto y voluntariamente a nuestra actual voluntad apostólica una vez que tengan conocimiento de ella. Los misioneros de Francia, como ya se ha visto, siempre habían demostrado sumisión, no obstante, según el deber de nuestro oficio, os exhortamos con toda fuerza que os entreguéis a animar a los que están bajo vuestra dirección no tanto de palabra como con buenas obras, en lo que ya habéis trabajado por vosotros mismos para que vivan de una manera digna a de la vocación a la que son llamados, con toda humildad y mansedumbre, siendo cuidadosos en conservar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz. Os deseamos a vos, nuestro muy querido hijo, y a toda vuestra CM que la clemencia divina os sea siempre favorable, y os damos con todo el afecto nuestra bendición apostólica.
Tal es el Breve del papa Inocencio XII, que terminó totalmente esta discusión. Su Santidad mandó venir a su presencia a los Srs. Terrarossas, Giordanini, Wáter. Bernard, y después de darles señales de su protección paterna, con su bendición, otorgó a todos los misioneros indulgencia plenaria en la hora de la muerte. No debo a , añade el sr. Pierron, omitir destacar que tenemos una muy especial obligación para con el Rey por habernos protegido en Roma mediante Mons. el cardenal de Bouillon, al que estamos también muy agradecidos por haberse dedicado con toda bondad y empeño por apaciguar a nuestros misioneros romanos que nos han dirigido cartas de sumisión, entre otros, los srs. Giordanini y Terrarossas. Poco después se hizo al sr. Buglia superior de la casa de Roma y visitador de Italia, habiendo conocido en él un espíritu muy inclinado hacia la paz. Los Italianos parecían no tener en esto toda la estima que debían tener, llamándole Buffalor, como a si se tratara de un hombre que se dejara llevar de los modos del general francés. Murió algunos años más tarde, y el Papa Clemente XI le tributó esta alabanza, la de haber sido siempre fiel a su jefe.
En cuanto al sr. Terrarossas, se dispone, continúa el sr. Pierron, a partir para venir a Francia y hacer su oficio de asistente. Los Polacos no habían mostrado aflojar más que para contentar a los Italianos, y éstos una vez reconocido el general, los otros no tuvieron ningún problema en hacerlo, hacia lo cual ya se sentían inclinados. Por fin el sr. Pierron concluyó su carta así: De la misma manera nos sentimos obligados a Mons. el cardenal Albani, era ya amigo de la CM y lo ha sido cuando fue Papa; a Mons. el arzobispo de Chieti y al sr. abate Pighini, a quien Mons. el cardenal de Janson a envió con éxito a Roma para negociar nuestro asunto cuya justicia comprendió desde un principio y se la expuso luego a Mons. el arzobispo de Chieti. Su Eminencia escribió también de nuestro asunto a varios cardenales entre sus amigos para recomendárselo, y en ello ponía todo su empeño.
El sr. Pierron había buscado con toda prudencia todos los apoyos que había podido para lograr salir a flote en esta negociación, que fue una de las de más importancia que había tenido la CM desde su fundación. Y para mantener en lo sucesivo más unión, se tomó la resolución, siguiendo el consejo de los amigos de la CM y en particular del cardenal de Janson, de tener siempre a algunos franceses en la casa de Monte Citorio, en Roma, adonde pronto después se envió al sr. Divers, hombre sabio y prudente, a en calidad de procurador de las casas de la CM en esta célebre ciudad.







