XXIV. Otras memorias para desempeñar las funciones
Aquí hay otras sobre las funciones diferentes del Instituto, comenzando por las misiones. Se indica en primer lugar el temor a relajarse en la bebida y la comida. Y para las pruebas los directores serán firmes en mantener los reglamentos y las resoluciones de la asamblea precedente, que proveía por lo demás razonablemente según costumbre en la CM de lo necesario. Si no se puede cómodamente servir pequeños platos para las porciones, ponerlas según el reglamento todas para cada uno en una o dos bandejas, de manera que el director sólo tenga que presentarlas, y evitar así más fácilmente el exceso, dar al predicador que sale de predicar un caldo o un dedo de vino con pan y fruta, pero evitar toda exquisitez tanto en misión como en las parroquias. Llevar a misión cuartillos, si resulta fácil para dar a cada uno su porción reglada de vino, no invitar a los párrocos a comer sino lo determina el reglamento. Menos aún a otros externos si no es con permiso del superior de la misión; si se necesitan unos días de reposo, pasarlos más bien en el lugar a donde se va que en el que se deja.
Los confesores, a fin de cumplir sus obligaciones con la capacidad que pide este oficio, se encontrarán los medios en los consejos siguientes: Pasar exactamente las conferencias de los casos de conciencia en las casas en el tiempo señalado en las reglas de los superiores; hacerse leer y aprenderse los consejos de San Carlos a los confesores; y ejercer alguna vez públicamente la confesión. De igual modo a los estudiantes que tienen las Órdenes sagradas como se hace con los seminaristas externos, examinarlos con cuidado antes y después de presentarlos al ordinario para la aprobación, a menos que no se esté seguro de sus conocimientos, y no dedicarlos al tribunal sino con precaución para no hablar primero más que de gente que no tienen costumbre de tener casos difíciles, y con quienes no hay peligro.
Luego en cuanto al modo de asistir a las visitas de Nuestros señores los Obispos que tienen bastante costumbre de llevar algunos misioneros para precederlos en los lugares a donde van, y disponer a los pueblos para que se aprovechen de esta gracia y recibir el sacramento de la Confirmación. Se dijo primeramente que no está bien ser perfectamente uniformes, visto que los obispos, a quienes se debe obedecer, hacen sus visitas diferentemente; sin embargo y mientras se pueda, convendrá observar lo que sigue: Antes de que el Prelado envíe su mandamiento a las parroquias se irá a él para recibir sus órdenes. Y si hubiese algo que predicar y confesar en las ciudades, exceptuadas por la Bula de erección de la Co, o demasiado difíciles, como si exigiese dos misioneros que deban preparar a los pueblos a recibir la visita, hacerla en dos parroquias por día, nos excusaríamos con todos los respetos. Si el prelado desea ser precedido en cada parroquia, según la costumbre ordinaria, se actuará de manera que, en el mandato enviado a los párrocos una quincena de días antes de la visita, se indique que la víspera de dicha visita llegarán Misioneros para disponer a los pueblos mediante instrucciones y confesiones. El día antes de partir se recibirá la bendición del Prelado. Y llevando todo cuanto es necesario como sermones sobre la visita, y sobre la confirmación, las partes de la penitencia, la caridad cristiana que debe estar en vigor en las parroquias, etc. Además un Pontifical, o una hoja sobre las ceremonias de la visita. Irán al menos dos juntos a cada lugar designado, saludando en primer lugar al párroco, y exponiéndole el asunto por el que se viene. Se actuará de manera que se guarden siempre las reglas y las prácticas ordinarias, ajustándose en lo posible al orden y funciones de la misión y llegando, si se puede, la víspera, al lugar donde se ha de trabajar, para poder con mayor comodidad al día siguiente hacer la meditación, decir la misa y recitar el oficio divino.
Todo lo que se ha de hacer en la visita es predicar, catequizar, confesar, arreglar las diferencias e informar al sr. párroco, si hace falta, de lo que debe hacer en la recepción del Prelado. Las homilías y catecismos serán para los individuos señalados antes. Y mientras uno predique el otro hará alguna otra función según el momento. Las adaptaciones piden mucho tiempo; no se cambiará pues del todo, sino sólo se dispondrá, en público y en particular, a los que tienen dificultades en terminarlas en presencia del Prelado, cuando haya llegado. Si se debe permanecer todo el día en la parroquia, se podrán tener tres actos como en las misiones, a saber: dos sermones, uno por la mañana el otro por la noche, y el catecismo a mediodía; de lo cual se ha de avisar al pueblo a mediodía. Pero si sólo se quedan una mañana o una tarde, lo que se aprovecharía poca cosa, se mezclarán diferentes materias en la misma predicación para hablar de cada una en la visita, la penitencia, la confirmación, etc., lo que es más necesario, sin omitir el catecismo, mientras se pueda.
Por poca autoridad del obispo que se tenga, se ha de tratar con mucho respeto a los párrocos y a los sacerdotes, y ganarse su afecto para poder, llegada la ocasión, dar con fruto misiones entre ellos.
Por eso, nunca se hable de sus costumbres, del modo como realizan sus funciones, o de otras cosas odiosas; sino rogar a los obispos que los cambie por algún otro, pensando que esto perjudicaría el éxito de las misiones. Si el Prelado desea que se vaya con él, fuera de lo dicho, se estudiarán las ceremonias de la visita y de la confirmación, que se deben conocer bien. Se portará de tal suerte que se conserve siempre hacia su persona sagrada un profundo respeto, sin adelantarse con facilidad a darle consejos, mientras no los pida ni expresar el parecer sobre las materias de doctrina y de disciplina en presencia de sus oficiales, evitando en la mesa todas las faltas contrarias a la templanza, como beber el vino sin mezcla, escoger o pedir las carnes delicadas, etc. Yendo a caballo, se llegará si se puede antes que el obispo para disponer al párroco a recibirlo, esforzándose durante todo el camino en edificar de tal manera que se pueda decir de ellos como del Hijo de Dios: que pasó haciendo el bien a todo el mundo. Esto es cuanto se prescribió sobre el caso de las visitas episcopales.
También se prepararon artículos para las parroquias unidas a la CM, para mantener la uniformidad y una exacta subordinación. Sólo el superior conservará la calidad de párroco en las firmas de las actas que se refieren a la parroquia. Los demás firman tan sólo: Nos, haciendo las funciones curiales en tal parroquia; a menos que algún otro haya sido destinado a ella y entonces no tendría el superior la calidad de párroco. Todos los sacerdotes de la casa hablarán del párroco con honor y estima, dándole la mayor autoridad, sobre todo ante los externos. El superior hará cuando bien le parezca las homilías y otras funciones en calidad de párroco; sin embargo, hará bien si no toma sobre sí siempre todos los empleos honoríficos, sino compartirlos con los sacerdotes de la casa en los días solemnes, sin por ello dejar su puesto. Debe tener cuidado él mismo de la asistencia espiritual a los enfermos, que es uno de los deberes más urgentes de un párroco, visitándolos al menos una vez por semana, y especialmente a los pobres. Los demás sacerdotes le ayudarán voluntariamente en ello, lo mismo que en las demás funciones cuando las quiera hacer, sin visitar a los enfermos. En total que el superior irá a verlos (?). En estas visitas se procurará llevarles los auxilios espirituales que necesiten sin esperar a última hora. Se acudirá acompañado siempre de un hermano o de algún otro. La puerta de la habitación permanecerá siempre abierta durante la confesión, sobre todo si se trata de mujeres. Si no se pudiera encontrar acompañantes, convendría encontrar a un criado expresamente; pero no dispensarse de esto bajo ningún pretexto a fin de evitar las consecuencias peligrosas que podrían suceder por falta de esta precaución.
El superior visitará las pequeñas escuelas cada dos meses al menos y, si estuviera impedido, encomendarle a otro para que los maestros y maestras sean de buenas costumbres, unos para los niños solamente, las otras para las niñas; vigilará para que no se les deje más que buenos libros. Conviene sostener la cofradía de la Caridad en activo, reuniendo para ello a las damas una vez al mes aproximadamente para su bien espiritual y alivio de los enfermos. Se podrá rogar alguna vez que el predicador vaya a comer, y dar algo en la colecta que se hace para él con conocimiento del visitador sin introducir nada que suponga ningún derecho en lo futuro. Conviene otorgar a los sacerdotes externos habituados en la parroquia, si los hay, un rango conveniente a su edad y calidad honrándolos siempre más por exceso que por defecto. No se exigirá con urgencia e importunamente los derechos curiales sobre todo por los entierros, etc, pero sin dejar que se pierda lo esencial, sin por demasiada condescendencia, como los diezmos, fundaciones, etc. Y si los deudores no pagaran después de habérselo pedido varias veces con lealtad, obligarles con justicia con conocimiento del visitador, y los particulares no cederán ninguno de estos derechos, ni darán ninguna limosna sin el permiso del superior, entregando también lo que se les entregue por distribución de misas, etc, en manos del sacristán, o de otros designados para ello. Guárdense de introducir prácticas nuevas y devociones públicas, onerosas, difíciles de continuar; tampoco cofradías nuevas, contentándose con las que pueden fundarse. En cuanto a las misas votivas, solemnes y rezadas, seguir las rúbricas, pero sin ir en contra de la voluntad de los obispos, si ha dado otras normas para ellas. Para evitar las quejas que los hombres suelen tener de no poder acceder a los confesonarios cuando las mujeres los rodean, se pueden tener otros aparte para ellos si no resulta difícil, sobre todo en las grandes solemnidades, o bien repartirlo no recibiendo más que a hombres por el lado del altar y a mujeres por el otro. Así resulta más cómodo y más decente. Se pueden recibir en confesión en la quincena de Pascua a otros parroquianos que se presenten siempre que tengan un permiso de su párroco, y que su prelado no lo haya prohibido. Conviene sin embargo que pasen primero los parroquianos, es el superior quien señalará a cada uno según su oficio, talento y su capacidad, cuidando de que los confesores estén a tiempo por la mañana en el tribunal los días festivos, y en tiempos de frecuencia. Y que los sacerdotes jóvenes se formen en las funciones, a quienes se debe recomendar mucho la discreción en las preguntas, evitar toda clase de afecto a devotas, y no permitírselo a ellas; cortar todo cuanto pudiera producirlo, mantener visitas, conversaciones demasiado frecuentes, términos demasiado tiernos, cartas, regalos, etc, cosa que suele traer molestas consecuencias, no permitirles comulgar varias veces a la semana sin grandes motivos, no darles consejos por escrito o mandarles la confesión general con frecuencia, y todavía menos votos de obediencia a sí mismos ni de castidad perpetua, sino después de largas pruebas, y votos por algún tiempo, no imponerles en confesión ninguna obra de caridad extremada que pueda causar escándalo o división en las familias.







