Prescindiendo de las responsabilidades personales nos atenemos a los hechos. La realidad es que materialmente se derrumbó la Provincia por el paso del vendaval de la revolución. De los 53 misioneros que habían trabajado en Cuba quedaron apenas unos pocos, y años después fueron reducidos a 10. La Congregación de la Misión había desarrollado su labor misionera bastante bien. Es posible que no hubiera una buena organización desde arriba para un apostolado de conjunto debido a que los Visitadores venidos de España eran, en su mayor parte, oriundos de centros escolares, mientras que los misioneros en Cuba se dedicaban principalmente a las misiones y a las parroquias.
Demasiado tarde se comenzó la labor de las vocaciones nativas que, poco a poco, hubieran podido desplazar a los misioneros venidos de la Península. De haber habido más vocaciones nativas, es posible que no hubiera ocurrido ese debacle. Pero la historia no la podemos cambiar.
Para darnos una idea de los Misioneros que salieron de Cuba, hay un documento, sin Fecha, y escrito desde España, en el que el P. Gregorio Subiñas, Visitador y responsable de los Misioneros de Cuba, enumera los nombres de los Padres que en esos momentos estaban fuera de Cuba. Y dice así:
Relación de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión salidos de Cuba y que actualmente están en América y España:
En Miami, provisionalmente.
P. Lorenzo Jaureguizar, ya le he escrito para que salga a Nueva York. P. Pascual, Eladio. Ya tiene orden de salir para Puerto Rico.
P. Nava, Isidro. Enfermo. Tiene orden de venirse para recuperar su salud.
En Puerto Rico:
Pampliega, Julio Martín, Gonzalo Castaño, Eliseo
García, Matesanz Mariano
González, José Herrero Francisco Hno. Rivas, Eligio
P. Sainz, Luís, está en Santo Domingo
En Perú:
Santos, Tobar Leonardo Rodrigo, Emiliano
Becerril, Anselmo
Millán José Luis
Cardeñoso, Alberto. Hno.
En Venezuela:
Gracia, Gregorio Ortega, Pedro
Santos, Manzanedo
Hno. Torrubia, Nemesio
P. Alejandro Aramendi, está en Méjico.
En España:
Salomón Sáenz
Feliz Bravo
Ignacio Maestrojuan
Gregorio Arnáiz
Cipriano Varona
Alfonso Alonso
Cruz Gil
Federico García
Simeón Obanos. Necesita una temporada de descanso.
Etayo, Ricardo. Está en su casa con permiso del P. General.
Sergio García, en vacaciones.
Lisardo, Pascual. En vacaciones.
Hnos. Agustín Díaz y Tobar Bartolomé. El último ya muy desgastado y enfermo.
Casi todos, o todos, desean volver una vez que Cuba se arregle y mientras tanto, si es posible, desearían ir a Venezuela, Méjico, Perú, Puerto Rico o a cualquier parte de América. ¿No se podrían enviar tres o cuatro a la Casa de León, en Nicaragua, que ya antes se ofreció el P. Alduan? Perdone le haya hecho esta relación para su gobierno, y con el deseo de servirle en lo que pueda.
Firmado, P. Gregorio Subiñas, c.m.
En estas últimas páginas hemos citado largamente el testimonio del P. Chaurrondo porque ese es un tema que nos interesa conocer para poder entender y aclarar el pasado. Es un capítulo un tanto oscuro sobre todo para los que hemos llegado a Cuba en tiempos mejores. Por esa misma razón y para arrojar más luz sobre este tema citamos a continuación el testimonio de otro de los Padres que vivió en su propia carne las mismas experiencias que vivió el P. Chaurrondo, y con quien convivió durante aquellos tiempos difíciles. Hablamos del P. Raúl Nuñez, quien vivió en la iglesia de La Merced desde los primeros años de la Revolución hasta su muerte, acaecida el 3 de Noviembre de 2008. El P. Raúl era el último misionero Paúl testigo de aquella historia.
El P. Raúl Núñez Lloret declaró en sus testimonios, que durante los primeros años de la revolución, las relaciones con el exterior, o sea, con los Superiores de la Congregación de la Misión fuera de Cuba, eran escasas y sumamente difíciles. En el interior de la Isla, las comunidades de los Hijos de San Vicente, a veces reducidas a un solo sacerdote, quedaron casi incomunicadas del exterior y desconectadas unas de otras dentro del país.
Pasaban meses y meses sin que nos llegara noticia alguna del Padre de Baracoa, o del que estaba en San Luís, o del que atendía la Iglesia de San Francisco en Santiago de Cuba. Apenas si nos visitábamos. En 1961, en la Iglesia de la Merced, solamente permanecíamos los Padres Hilario Chaurrondo y Julián Pérez, y yo. En 1963 también estaba el P. Prudencio García, ya anciano y enfermo.
En la entrevista del caso, nos contó el P. Raúl que las condiciones de vida de los Padres se deterioraron mucho en todos los órdenes. Se notó una gran escasez tanto de alimentos como de los demás suministros. Los Padres Paúles se acogieron a la «libreta» que normaba los abastecimientos de alimentos y de otros productos, desde que fue implantada en el año 1962. Entonces comenzó un período de grandes limitaciones que se prolongó durante muchos años:
En aquella época no teníamos ayuda económica de la Congregación de la Misión y los pocos fieles que acudían a la Merced a veces necesitaban más ayuda que nosotros… innumerables fieles abandonaron el país y muchos dejaron de acudir a la Iglesia para evitarse complicaciones en los centros de trabajo, de forma que la ayuda de los fieles casi dejó de existir.
En la medida de sus posibilidades, que no eran muchas, las Hermanas de la Caridad intentaban mejorar un poco la vida de los Padres. Sus instituciones relacionadas con la beneficencia y la asistencia social siguieron funcionando y el estado cubano, convertido desde el año 1962 en el único administrador, abastecía estas casas. Las mismas, por otra parte, aliviaban en buena medida al gobierno y al presupuesto del país, ya que ejercían una función social de hondo contenido humano que de otra forma el estado hubiera tenido que asumir, sin contar con el personal necesario y adecuadamente adiestrado.
Aprovechando la relativa y escasa holgura que les proporcionaban los suministros estatales, y gracias a la buena administración característica de las instituciones regidas por las Hermanas de la Caridad, ellas pudieron contribuir y resolver muchos problemas a los Padres Paúles. Casas tan grandes y complejas como la Iglesia de la Merced, al igual que la mayoría de las Iglesias que atendían los Hijos de San Vicente necesitaban una atención y un mantenimiento constantes, y las Hermanas hicieron todo lo que humanamente estuvo a su alcance para aliviar estas situaciones. En sus testimonios, el P. Raúl refirió que
Las Hijas de la Caridad, como tenían Asilos y Hospitales, se defendían un poco, porque el gobierno las abastecía por lo menos con lo más indispensable para la subsistencia. Sor Esperanza Fadeh, Superiora del Hogar Santa Susana, de Bejucal, colaboró mucho con los Paúles.
Recuerda el P. Raúl el éxodo de centenares y centenares de personas que se marchaban sobre todo para Estados Unidos y en menor medida para España, sobre todo en los primeros años de la revolución. En aquellos tiempos las diversas comunidades de fieles comenzaron a vaciarse con rapidez y las Iglesias se fueron quedando sumidas en una gran soledad, porque solamente asistían al culto algunas abuelitas. A los jóvenes les resultaba muy difícil acudir a los templos, porque podían ser objeto de críticas o tener dificultades en el trabajo. De la misma forma, los muchachos en las escuelas podían tener problemas o sentirse presionados si asistían a la catequesis. Cuando repasó en su memoria los sucesos que tuvieron lugar sobre todo durante el año 1961, el P. Raúl no dejó de mencionar sus vicisitudes personales y el hecho de que 131 sacerdotes fueron desterrados y enviados a España a bordo del buque Marqués de Comillas:
Era el 12 de septiembre de 1961. El Procurador, que era el Padre Ortiz, decía misa en la Inmaculada y llegaron a la Merced dos soldados preguntando por él (y al saber que no estaba) decidieron esperarlo. Yo no pude explicarle el asunto por teléfono y cuando regresó a la Merced se lo llevaron a una guagua donde ya estaban montados varios sacerdotes, y se lo llevaron al Covadonga sin que el Visitador, P. Julián Pérez, pudiera hablar con él. Entonces llamamos al embajador de España, pero (él) sólo pudo conseguir permiso para que le lleváramos ropa al barco. Yo puse en una maleta alguna ropa y la dejaron pasar, pero no pude ver al Padre aunque luego supe que le entregaron la maleta.
Cuando me iba, una mujer a quien le decían «la rusa» se puso a gritar que yo era cura y me llevaron preso. Estuve un día encerrado en el Castillo de la Fuerza y cuando el P. Chaurrondo me fue a buscar le dijeron que yo no estaba, que me habían llevado a la prisión del Príncipe… allí estaba yo cuando de pronto llega Chaurrondo, que no sé de qué forma se las arreglaba para conocer a todo el mundo, pagó una fianza de 100 pesos y me sacó de allí. Mi madre, que ya estaba enterada de todo, estaba como loca… tiempo después, recibí una carta del P. Ortiz agradeciéndome la maleta y los cigarros.
Después de todos estos sucesos, continuó el P. Raúl, vinieron años, muchos años, de una gran escasez y soledad. La Iglesia de la Merced comenzaba a deteriorarse, aparecía humedad en las paredes, había que retocar las pinturas del techo, los grandes murales del templo mostraban la erosión acumulada por muchos años, los metales se oxidaban, los bancos se rompían. Cuán lejos estaba «La Gran y Aristocrática Iglesia de la Merced», en estos momentos, comparada con la Merced de antes de la revolución. El P. Raúl nos comenta al respecto:
Los candelabros, los candeleros y las imágenes tenían fundas protectoras. Los bancos no se arrastraban por el piso, se cargaban y se colocaban. El corazón de todo este orden y de la organización rigurosa que regía las actividades de la Iglesia de la Merced era el Hermano Bartolomé Tobar, y que se fue al éxodo de sacerdotes y religiosos de 1961 con más de 70 años.
El Hermano Bartolomé, según palabras del Padre Raúl, era un hombre fino y bien educado. Hablaba varias lenguas y por eso atendía a los turistas cuando visitaban La Merced. Se fe era tal que irradiaba de su persona y era capaz de trasmitirla a sus interlocutores. Él nunca pedía nada a nadie, pero eran muchos los ricos que venían a verlo sin que él los llamara.
Estaba siempre al tanto de las festividades y celebraciones y preparaba la Iglesia cuidando todos los detalles para que nada pudiera quitar lucimiento a las ceremonias.. Estaba al tanto hasta de los detalles más nimios. Cualquier cosa que se rompiera se reparaba inmediatamente. La Iglesia se mantenía muy limpia y pulcra.
Cuando finalmente se tuvo que marchar tras una decisión que fue debió de ser muy amarga, la falta de medios, la escasez de personal y las dificultades que se presentaron, fueron deteriorando la organización que él llevo adelante con tanta dedicación y todo esto tuvo repercusión también en el mantenimiento de la Iglesia.
Añorando ese pasado glorioso nos comenta el P. Raúl: pasé 20 años realizando un trabajo brutal (en la Iglesia de la Merced) como nunca en mi vida. Trabajaba sin descanso, y mi familia me peleaba y me regañaba por eso, porque me entregué por completo a la Merced y a las otras Iglesias que me designaron, pero lo que más me hizo sufrir fue la soledad, la incomunicación. Fueron 20 años de soledad.
En los párrafos anteriores aún aparecen las parroquias de Caibarién y Yaguajay. No tardaron mucho en desaparecer del mapa misionero encomendado a los Padres Paúles. Nos llama mucho la atención el modo y manera en que perdimos las parroquias de Caibarién y Yaguajay. Como no fuimos testigos de esos acontecimientos remitimos a nuestros lectores a dos cartas, ambas escritas por el P. Alfredo Enríquez, el Visitador de aquel entonces. Una de ellas va dirigida al Obispo Diocesano de Santa Clara, Monseñor Fernando Prego. La otra carta al Nuncio Apostólico de La Habana, Monseñor César Zacchi. Ambas cartas son bien claras e indican claramente el porqué de la pérdida de esas dos casas. El lector interesado en este asunto puede leer estas cartas en el Capítulo XIV. No. 4, bajo el título Nuevos Superiores, nuevos desafíos.
Parecía como si la Iglesia Católica de Cuba tuviera que pasar por un largo período de purificación, de meditación y de recuento para después volver a comenzar. Y cuando comience ese renacimiento, bajo el signo de la esperanza y la conversión a Cristo,
1 Entonces el justo se presentará sin miedo, de pie frente a los que lo han hecho sufrir y que se burlaron de sus penas.
2 Al verlo, comenzarán a temblar de tanto miedo, asombrados por su salvación inesperada,
3 y dirán arrepentidos, lamentándose con espíritu afligido:
4 Este es aquel del que nos burlábamos, al que insultábamos con nuestras ironías. Su vida nos parecía una tontería y su muerte una humillación…
Sabiduría 5
Y en medio de situaciones tan complicadas y a veces tan penosas, los PP. Paúles, los pocos que quedaron, continuaron su peregrinar en tierras de Cuba, junto con el Pueblo de Dios.







