2. «La Obra de las Misiones» en las Parroquias de San Luis, Baracoa y Guantánamo. Labor misionera en la leprosería de San Luis de Jagua.
San Luis
Otro lugar del oriente cubano donde prosperaron las misiones de la Congregación de la Misión, fue en el pueblo de San Luís. Los Paúles se hicieron cargo de la parroquia de San Joaquín en el año 1917. Dos años después, en 1919, ya se hizo evidente que la casa que utilizaba la comunidad era muy pequeña, pues se trataba de una propiedad dividida: la mitad de la casa la utilizaban los Paúles y la otra mitad había sido vendida, tiempo atrás, por el Arzobispo Mons. Ambrosio Guerra.
Los Padres comenzaron a buscar la forma de ampliar la vivienda y siendo Superior el P. Simeón Obanos, se pudo adquirir la parte dividida, de manera que el edificio recuperó sus dimensiones originales resultando más amplio y cómodo. En los bajos estaba la sala de las visitas, el despacho, el comedor, la cocina y otras dependencias auxiliares y en la planta alta las habitaciones para los Padres que nunca fueron más de tres.
Desde que Mons. Enrique Pérez Serantes quedó al frente de la Arquidiócesis Santiaguera en 1948, la Parroquia de San Luís se convirtió en un centro oficial de la Obra de las Misiones Parroquiales y los Padres Eliseo Castaño y Alfredo Enríquez se pusieron al frente del trabajo misionero muchas veces acompañando al nuevo Arzobispo.
Al inicio desempeñaron la labor misionera en condiciones muy precarias. En esa época, siendo superior el P. Roqueta, utilizaban como medio de trasporte por aquellos parajes abruptos y apartados, «dos buenos caballos, muy queridos, y bien alimentados». Poco antes de 1959 los caballos fueron reemplazados con «jeeps», porque estos no sólo resultaban más útiles para los caminos de montaña, sino que además, permitían ampliar el servicio.
Ya la Parroquia de San Luis, con la extensión enorme que tiene, estaba preocupando a los Paúles. Se estaba pensando en haber creado una comunidad más en alguno de los apartados lugares o pueblos. Por otra parte, esta colindaba con Guantánamo y esta con Baracoa, formando una circunscripción enorme, por lo que se estaba pensando organizar un apostolado de conjunto, dedicando dos misioneros para esa extensa región que abarcaba las tres Parroquias. Pero en eso llegó el vendaval de la Revolución y nada se ha podido hacer. Como en tantas otras cosas habrá que esperar y releer los signos de los tiempos. Pero poco, o muy poco, se podrá hacer mientras no haya operarios que siembren la Palabra de Dios. Y por ahora no se ve la luz al final del túnel.
Baracoa
Otro de los lugares donde se realizó una labor espléndida por los distintos párrocos, fue en el territorio de Baracoa. Al comenzar el segundo cuarto del siglo XX, ya era Párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa el P. Vicente Ugarte, a quien sucedió el P. Lucas Salón desde 1929 hasta 1932. A partir de ese año se encargó de la Parroquia el P. Salomón Sáenz, quien trabajó en condiciones muy difíciles para llevar adelante una empresa encomiable con la cooperación de los Padres Maximino Azcárate y Desiderio López. El P. Azcárate, cada año, dedicaba varios meses a trabajar arduamente en las escabrosas montañas y los ásperos sitios rurales de la región, cruzada por numerosos despeñaderos y ríos, labor a la que también se dedicó el P. López.
Cuenta el P. Chaurrondo que cuando él llegó a Baracoa por primera vez, la jurisdicción contaba con 70,000 habitantes dispersos en 3,404 kilómetros cuadrados, y que
solo tenía por comunicación un vapor, que saliendo rumbo a Santo Domingo hacía escala en Baracoa y era el que ordinariamente tomaban los Padres que desde La Habana iban a esta ciudad. También tenía como complemento un barquito semanal de Santiago a Baracoa, no disponiendo ni de un kilómetro de carretera. Ulteriormente al venir los aeroplanos pusieron servicios diarios, pasando por Moa, aunque muchas veces por las dificultades de la atmósfera y lo difícil del aterrizaje por las continuas lluvias de la región, se (imposibilitaban) los viajes regulares diarios.
La población vivía en lo profundo del monte, era escasa y dispersa, de poca cultura y escasos conocimientos en materia de religión. Para realizar su trabajo, los evangelizadores tenían que salvar ríos, montañas y espesuras.
Hubo un tiempo en que los Padres usaban avioneta que se arrendaba para el interior, lo cual facilitaba mucho el servicio, pero además de que había que pagar ida y vuelta, el P. Azcárate, hecho al caballo, no se comprometía a soportar tales riesgos. Hubieron de prescindir de ella, utilizándola a lo más el P. Modesto Amo.
En 1940 comenzó la construcción de la gran carretera que une Santiago de Cuba con Baracoa, la que no quedó terminada sino hasta 1966. Los Padres Paúles atendían la Iglesia Parroquial y las capillas de la Playa, Cabacú y El Jamal que eran muy modestas y poco concurridas, y al tiempo otros 30 lugares habitados de los alrededores donde la gente acudía a las ceremonias de los cultos protestantes que contaban con la presencia de un pastor en cada pueblecito. Los pastores estaban subsidiados desde sus casas matrices en Estados Unidos y todos tenían pequeños negocios particulares en la zona. Estos hechos tal vez basten para explicar la poca cantidad de bautizos católicos dada la fuerte competencia de los evangélicos. El P. Chaurrondo, al percatarse de esta situación duranteAa participación en una misión que tuvo como objetivo la cárcel, quedó tan impresionado
que propuse en una reunión de la Provincia el proyecto de organizar una pastoral de conjunto, de suerte que en todas las parroquias de la Congregación en Cuba y en los Colegios de las Hijas de la Caridad, (se llevase a cabo) un plan de conjunto para Baracoa, (y se) consiguiesen recursos para ayudar a esa parroquia (y por este medio) en algunos años se fabricasen las capillas necesarias, se organizasen (cada dos o tres años) misiones en el campo, cuidando también de centros catequísticos en los pobladitos, pero no se hizo nada.12
Cada año se daban en la Iglesia Parroquial de Baracoa unas 4,000 comuniones, y por Pascuas, unas 400. Solo alrededor de 20 personas recibían los últimos sacramentos al año y todo esto en una población de 70,000 almas. Difícil situación de esta Iglesia, la más antigua de la Isla y Primada de Cuba, que fue también en su momento la primera Catedral.
Los niños matriculados en el Catecismo en Baracoa en el año 1956 eran alrededor de 800: 90 correspondían a la Parroquia, 170 a los colegios, y 540 procedían de los pueblecitos y los diminutos lugares habitados de la zona. En ese año se dieron 90 primeras comuniones. En 1960, las Hijas de la Caridad abrieron un colegio para niñas y varones en una casa que adquirió el Arzobispo Mons. Enrique Pérez Serantes, y que prestó para este fin a la comunidad. La adquisición de esta local tuvo lugar gracias a una suma prestada en buenas condiciones por la Nunciatura, procedente de fondos de la Administración de Bienes de Regulares.
Guantánamo
Los Paúles también trabajaron con gran ahínco en la Iglesia de Guantánamo. El 23 de octubre de 1907 se fundó la Comunidad de Padres Paúles en la ciudad de Guantánamo, que entonces contaba con unos 50,000 habitantes. En 1921, cuando el P. Anastasio Irisarri fungía como Superior, se rifó por la lotería nacional, la casa curato con lo que se obtuvo la cantidad de 30,000 pesos que facilitó la adquisición de un solar en la calle más céntrica de la población13 para construir la vivienda de la Comunidad de los Paúles. A su debido tiempo se vendió una propiedad por valor de 10,000 pesos, y agregando a esta suma un préstamo que realizó el Arzobispado, se construyó la casa parroquial en la mitad del terreno utilizando el resto para levantar la Iglesia cuya obra se fue demorando a causa de las interminables dilaciones del Ayuntamiento de la ciudad. Finalmente se abandonó la idea de construir el templo en el nuevo solar y se concluyó que lo mejor era reparar y poner en condiciones la antigua Iglesia.
En cambio, sí se procedió a levantar la vivienda para los PP. Paúles cuando era Superior el P. Tajadura Arnáiz y Procurador el P. Salomón Sáenz. Fue inaugurada el 13 de febrero de 1931, día de Santa Catalina Ricci, que era titular y patrona de la Parroquia. Una descripción de la nueva casa de los Padres Paúles en Guantánamo nos dice que:
consta de dos pisos. En los bajos, la entrada, sala de recibo, una capillita de servicio doméstico y (para) algunos bautizos y matrimonios sencillos, dos habitaciones, buen despacho, archivo, comedor y cocina, con un patio interior bastante amplio.
En los altos, habitaciones para los Padres, biblioteca y (la) sala de Comunidad, con las habitaciones dando al patio y recibiendo la ventilación muy abundante del mismo patio y del solar de al lado.
Una buena parte del solar quedó disponible al no levantarse la Iglesia. Pasaron los años, no se pudo sacar partido del terreno y en definitiva no se logró utilizarlo para nada concreto.
Al quedar terminada la Casa de la Comunidad quedó pendiente de pagar una pequeña deuda con el Arzobispado que fue liquidada poco tiempo después aunque la propiedad quedó a nombre de la Arquidiócesis. La casa quedó situada a pocos pasos de la Parroquia lo que no impidió que se dedicara una habitación para capilla privada de los Paúles.
Con el paso de los años se hacía cada vez más palpable la falta de Iglesias para una población que aumentaba constantemente. En 1919 el pueblo de Caimanera, por ejemplo, sólo contaba con una pequeña y destartalada capillita. Pero para 1952, ya se había podido erigir una Iglesia pequeña de mampostería, que tenía todas las condiciones y era capaz de albergar a los fieles. De todas maneras,
Había que aumentar las Iglesias y el número de sacerdotes… con ese fin se adquirieron dos terrenos como diez años antes de 1943 con dinero de la Congregación de la Misión., (uno) para la Iglesia de la Milagrosa y otro en la calle de Céspedes… para la escuela parroquial.
Esta obra se comenzó pero no pudo terminarse y poco tiempo después fue necesario vender una parte del terreno. El resto quedó como propiedad de los Padres, y de esta forma la ciudad de Guantánamo se quedó con la Parroquia y los templos de los Hermanos de La Salle, las Teresianas y el Asilo de San José.
Entre los años 1925 y 1962 pasaron por Guantánamo varios Padres de la Congregación de la Misión de gran prestigio, tales como el P. Irisarri, que se hizo muy popular entre la gente y sostuvo en alto el nombre de la Congregación con sus escritos en la prensa local y con sus prédicas. Por su parte, el P. Romero adquirió mucha fama gracias a su gran cultura, sus conocimientos literarios y su elevado espíritu sacerdotal. No es posible dejar de mencionar a los Padres García y Murillo, quienes trabajaron en la Base Naval, Así mismo se destacó la labor del P. Manzanedo.
Alrededor del año 1956 y con el objetivo de ampliar y facilitar el trabajo pastoral, los Padres Paúles habían construido diversas capillas en la zona de Guantánamo. Con todos estos elementos, también prosperaba la gran Obra de las Misiones Parroquiales. Se dio una gran Misión en la que participaron nada menos que 15 Padres Paúles en la cabecera de la Parroquia, tan sonada que permitió apreciar los avances que realizaba la institución católica. Había ya un buen colegio para niños, la bahía contaba con sus capellanes propios y La Base Naval proporcionaba una sólida ayuda económica con colectas y donativos para los capellanes.
Incluso no pocas veces se hacían repartos a los pobres con los sobrantes de comida y ropa de la Base (Naval), sobre todo los que se relacionaron con la Cáritas Católica de Estados Unidos.
La leprosería de Jagua.
Otro trabajo que los Paúles acometieron con entusiasmo fue la asistencia espiritual a los enfermos de los Leprosarios, que en Cuba casi siempre han sido atendidos por las Hijas de la Caridad y por los sacerdotes de la Congregación de la Misión. Esta labor comenzó en el siglo XIX con gran éxito en el Leprosorio del Rincón, situado en las afueras de La Habana, y luego fue continuado en tierras de la antigua provincia de Oriente por los Paúles de San Luís y las Hermanas de Santiago de Cuba, por lo que se puede decir que en Cuba, los Paúles y Las Hijas de la Caridad han sido los misioneros de los leprosos.
Desde que se inauguró el Leprosario de San Luís de Jagua en la Parroquia de San Luis (entre el Songo y el Cristo) las Hijas de la Caridad prestaron asistencia espiritual a los enfermos. Al inicio iba un Padre Claretiano, pero al incorporarse el P. Eliseo Castaño a, la Comunidad de San Luis se hizo cargo de esta labor.
Un testimonio de gran valor acerca del trabajo de los Padres Paúles en el Leprosario de San Luis de Jagua, es el del P. Raúl Núñez Lloret, que brindó sus servicios en este lugar desde 1952 hasta 1959 con dos Hijas de la Caridad, Sor Elena y Sor Margarita, a quienes acompañaba una laica muy abnegada y dedicada, la Srta. Mustelier.
El siguiente relato explica, según los recuerdos del P. Raúl, cómo se realizaban las visitas al Leprosorio de San Luis de Jagua:
cada quince días el P. Castaño y yo viajábamos a la Iglesia de San Francisco, de Santiago de Cuba, y allí dormíamos hasta las 4:00 a.m., hora en que nos levantábamos para ir a la Colonia Español., El P. Castaño decía la misa a las Hermanas. Luego montábamos en el auto y mientras nos encaminábamos al Leprosario, comíamos cualquier cosa para desayunar. Llegábamos al Leprosario a las 7:00 a.m., nos cambiábamos y como medida profiláctica nos poníamos la ropa que nos daban en el Hospital. Enseguida íbamos a ver a los leprosos… yo me encargaba de atender a los niños, los había de todas las edades, desde muy pequeñitos, algunos eran hijos de los leprosos que se casaban allí mismo. El P. Castaño atendía a los hombres, y las Hijas de la Caridad, a las mujeres.
Cada vez que se llevaba a cabo una visita, se realizaban las actividades siguientes: el catecismo, las visitas a los impedidos, las confesiones, los matrimonios si alguna pareja decidía casarse, los bautizos si los había, y la administración de los demás sacramentos. Comentó el P. Raúl al respecto:
Llevábamos el almuerzo y nos sentábamos a la mesa al mediodía. A las 3 o a las 4 de la tarde se decía la Misa y luego nos despedíamos de los enfermos. Hay que decir que muchos de aquellos leprosos eran buenos y piadosos. Otros eran indiferentes y no faltaban los interesados, eso se notaba enseguida, que querían obtener algo de los curas. Era un auditorio difícil y que no asimilaba. Yo tenía 30 años y me faltaba experiencia para un trabajo tan delicado, que siempre daba algún fruto aunque las condiciones no nos ayudaban. Las autoridades sanitarias no dejaban que nos acercáramos, pero se consiguió que confesáramos a los leprosos sentados, el sacerdote y el enfermo, a uno y otro lado de la mesa…
Luego regresábamos a la Colonia Española, pasábamos por Puerto Boniato y llegábamos a nuestra casa en la Comunidad de San Luis muy cansados, a esa hora solamente podíamos comer algo y acostarnos a dormir.
El servicio espiritual a los leprosos en San Luis perduró hasta los inicios de la revolución. La Revolución suprimió el Lazaretto, dejando en Cuba tan solo el Rincón, que sigue hasta ahora al cuidado de las Hijas de la Caridad.







