Sumario: 1.‑ Fundación en México. 2.‑ Elogio de Sor Inés Cabré. 3.- Apertura del Noviciado. 4.‑ Hospital de San Juan de Dios. 5.‑ Fundación de Silao. 6.‑ Hospitales de sangre. 7.‑ Hospital de San Pablo, en México. 8.‑ Un Dispensario. 9.‑ Falta de Hermanas.10.‑ Fundación de Puebla. 11.‑ Refuerzo de Hermanas españolas. 12.‑ Hospital de San Andrés, en México. 13.‑ Fundación en Guanajuato. 14.- Proyecto de fundación en el Perú. 15.‑ Hospital de San Pedro de Puebla. 16.‑ Nueva petición de Hermanas españolas y su llegada a México. 17.‑ Venida a España del P. Armengol. 18.‑ Hospital de San Juan de Dios y Hospicio de Guadalajara. 19.‑ Viaje a París de varias Hermanas de México. 20.‑ Colegio de Monterrey. 21.‑ Hospital de Belén en Guadalajara. 22.‑ Manicomio de mujeres en México. 23.- Nueva expedición de Hermanas a México. 24.‑ Hospital de Lagos. 25.‑ Intentos de fundación en Guatemala. 26.‑ Hospital de San Juan de Dios en Toluca. 27.‑ Colegio Asilo de Zacatecas. 28.‑ Colegio Asilo y Hospital de Saltillo. 29.‑ Época de expansión de las Hijas de la Caridad. 30.‑ Persecución y fin de las Hijas de la Caridad en México.
- Las Hijas de la Caridad Españolas fundan en México. Alrededor de cincuenta fundaciones tenían ya en España las Hijas de la Caridad, cuando quiso la Divina Providencia que fueran ellas, las llamadas a transportar a nuestro mundo americano el fuego sagrado de la Caridad, siendo México el primero de aquellos países, que las recibió en su seno.
La Señora Condesa Doña María Ana Gómez de la Cortina y las Señoras Faustina y Julia Fagoaga, con los Señores D. Manuel Andrade y D. Cirilo Gómez Anaya, ilustres mexicanos, fueron los instrumentos de que Dios se valió para tan santa empresa. Ellos fueron quienes consiguieron del Gobierno Mexicano el decreto del 3 de octubre de 1843, por el que Valentín Canalizo, Presidente interino de la República, de acuerdo con la Autoridad Eclesiástica, permitió el establecimiento de las Hijas de la Caridad de S. Vicente en toda la Nación.
Nombrado en Madrid agente de este negocio D. Bonifacio Fernández de Córdoba, dirigió, con fecha 16 de agosto de 1843, un oficio al P. Roca, Director de las Hijas de la Caridad, pidiendo diez Hermanas para fundar allí una casa noviciado. Trasmitida por el Director la petición al Gobierno español, fue aceptada por éste, en Real orden de 31 de agosto de 1843[1].
Y como muestra de lo difícil que iba a ser la selección de las Hermanas, el mismo P. Roca, en la solicitud que eleva al Gobierno, para que autorice esta fundación de Méjico, dice estas palabras: «Mas debo con esta ocasión hacer presente a V.E. que, como las Hermanas llamadas a crear la casa de noviciado de la República Mexicana, deben reunir cualidades no ordinarias y un conocimiento circunstanciado de los diversos deberes de su Instituto, me será preciso entresacarlas de los diferentes establecimientos de Beneficencia del Reino, a cuyo servicio se hallan adictas; operación que podrían retardar y aún inutilizar los Jefes de los mismos establecimientos, por no querer privarse del ventajoso servicio que prestan a los mismos. Para cuya pronta y fácil ejecución espero que V E. se servirá autorizarme competentemente, haciendo extensiva y aplicable al caso presente la atribución…etc.».
Así lo hizo el Ministro por Real Orden de 1º de octubre de 1843. Las Hermanas destinadas a aquella expedición ultramarina fueron Sor Agustina Inza, Superiora del Colegio de Sangüesa, muy impuesta en el ramo de enseñanza y que llevó dos de las Hermanas del mismo -Sor Martina Elía y Sor Juana Antía-. En el ramo de Hospitales, fueron escogidas Sor Magdalena Latiegui, Sor Inés Cabré y Sor Josefa Suárez, las dos primeras del Hospital de Valencia y la última del de Toledo. Para el cuidado de las Inclusas iban dos experimentadas de la de Madrid; Sor Josefa Ramos y Sor Concepción Oronoz. Sor Micaela Ayanz y Sor Luisa Merladet y Sor Gregoria Reta, eran apenas novicias, con un año de vocación, pero de muchas esperanzas. La flor de la Congregación, como pudo decir de todas ellas el P. Sanz.
Mucho le costó al Gobierno desprenderse de tan selectas Hermanas, con la falta que hacían en España, pero vio en ello, como así era, una gran empresa nacional, que exigía tales sacrificios.
El 11 de septiembre, se embarcaron en Cádiz en la fragata española Isis, y, tras un viaje feliz, desembarcaron en Veracruz, el 4 de noviembre del mismo año 1844. Tenemos un delicioso diario de aquella travesía de Cádiz a Veracruz.
Comienza por la despedida de la tierra española: «La salida ‑dice‑ de las Hermanas de Cádiz, fue en toda verdad un triunfo de la religión. Nadie presenció su salida para el embarcadero sin admiración y sin atribuir a una fuerza superior la generosidad, con que se preparaban a hacer el costoso sacrificio de la separación de su propia Patria. Las personas seglares, los señores eclesiásticos, las señoras de primera distinción, sus cohermanas, a quienes dejaban para siempre; todas lloraban; ellas solas conservaban aquella santa serenidad, que sólo se ve pintada en el semblante del justo, que mira a este mundo como un destierro y no reconoce mas patria que el cielo».
El entusiasmo con que fueron recibidas las Hermanas, en la Nación Mexicana, fue indescriptible. Véase la carta del P. Armengol al P. Etienne de 26 de noviembre de 1844. «Apenas, dice, el Isis entró en Veracruz, el Sr. Muñoz, encargado de esperarnos, vino con dos hermosas chalupas a recibirnos a bordo de la fragata, para conducirnos a la ciudad, donde nos colmaron de honores. El 7, después de dos días de descanso, cantamos una Misa solemne en acción de gracias en la Iglesia parroquial, donde acudió el pueblo en tropel para unir su voz a la nuestra y dar gracias a Dios por su protección amorosa.
«Al día siguiente partimos para México en literas… el 9 llegamos a Xalapa… el 13, hacia mediodía, a Amozoc, villa situada a cuatro leguas de Puebla. Aquí comenzó para nosotros una apoteosis, que duró hasta México y que nos llenó de sorpresa y confusión. Poco antes de llegar a la ciudad, dos enviados del Ilmo. Sr. Vázquez, Obispo de Puebla, nos vinieron a esperar para saludarnos en su nombre. El Prelado en persona nos esperaba a la puerta de la Iglesia para recibirnos allí, juntamente con el médico del hospicio de Jesús de Méjico, que había caminado treinta y cuatro leguas para venir a esperarnos».
«Salimos de nuestras literas, y todos en procesión fuimos a la Iglesia. Rompía marcha una banda de música y los niños gritaban junto a las Hermanas: «Bienvenidos los que vienen en
nombre del Señor». Todas las calles con colgaduras. El venerable Prelado nos recibe con inexplicable cariño; entramos con él en la Iglesia, donde se entonó un Te Deum solemne, en acción de gracias por nuestra llegada. Terminado lo cual, el Sr. Obispo nos invitó a su mesa, y a las tres partimos para Puebla con el Obispo».
«Llegados a las puertas de la ciudad, era imposible echar pie a tierra; la multitud se apretujaba en las calles y nos vimos en la precisión de ir en coche hasta la Iglesia del Espíritu Santo, donde cantamos otro Tedeum por nuestra llegada feliz.
«El Ilmo. Sr. Vázquez nos llevó enseguida a casa de una familia muy rica y distinguida por su piedad, en donde recibimos todas las corporaciones de la ciudad, que se empeñaron en venir a darnos el testimonio de su estima y afecto. El dueño de la casa ha pasado la noche ante el Sagrario, rogando por nosotros.
«Al día siguiente, partimos para México, acompañados de D. Manuel Andrade. Llegamos por la tarde a San Isidro, a donde habían venido dos señoritas, que cooperan a nuestra fundación. En fin, al día siguiente 15, entramos en México a mediodía. Los enviados del Sr. Arzobispo y de las primeras autoridades vinieron a encontrarnos a las puertas de la ciudad. Tenían dispuestos varios coches, y era tal la multitud que acudió a recibirnos, que se necesitaba escolta de caballería para abrirnos paso y con trabajo pudimos llegar al Palacio Arzobispal, donde nos esperaba Su Señoría con todo el Cabildo y nos recibió con muestras de la más afectuosa ternura. Después de reposar unos momentos, fuimos en procesión a la Iglesia del Convento de Santa Teresa, donde, expuesto el Santísimo Sacramento, se cantó el tercer Tedeum por la llegada feliz de las Hermanas. De la Iglesia volvimos con el Sr. Arzobispo, que nos tenía preparado una buena comida, aunque poco comimos, ya por las fatigas del viaje, ya por las emociones de las Hermanas por tan inesperada recepción se nos quitaban a todos las ganas de comer».
«Recibida la bendición de nuestro digno Señor Arzobispo, fuimos a saludar a la fundadora principal, Señora Condesa de Cortina, retenida en la cama por grave enfermedad; nos recibió con una alegría y un amor difícil de expresar. Después de cenar, fui acompañado del Sr. Sanz y de dos de nuestras Hermanas a presentar nuestros homenajes al Sr. Presidente de la República, quien nos recibió muy bien, acompañado de los principales miembros del Gobierno. A las nueve de la noche tomaron, por fin, las Hermanas posesión de la casa que interinamente se les preparó muy bien acomodada. La casa definitiva no se pudo habitar, hasta primeros de 1846.
«Al presente, se dispone el hospital para nuestras Hermanas así como las escuelas gratuítas de niñas pobres. Llevamos apenas unos días y ya hay multitud de jóvenes, que piden la toca de Hijas de la Caridad. Entre ellas, una de las fundadoras, señorita Julia Fagoaga, persona joven y adornada de buenas prendas y de las mejores familias de Méjico…»
En enero de 1845, escribía de nuevo el Sr. Armengol: «La entrada de las Hermanas en el Hospital de San Juan de Dios, y que reunían ya cuarenta postulantas en prueba; y seis, que iban a comenzar su noviciado. Acababa de abrir las escuelas, que se llenaron desde el primer día, pues tenían 318 niñas. Con esto basta para ver la entusiasta aceptación que tuvieron en Méjico aquellas Hijas de la Caridad españolas.
2.- Pronto, sin embargo, comenzaron su vida de sacrificios. Fue el primero la pérdida de Sor Inés Cabré. Había nacido en Puebla de Ciervoles, Cataluña en 30 de mayo de 1809. Entró en la Congregación el 12 de mayo de 1832. Prestaba sus caritativos servicios en el Hospital de Valencia y acababa de pasar a la Cuna de Málaga recién establecida, cuando fue destinada a la fundación de México. Aunque eran sólo diez las Hermanas convenidas para la expedición, Sor Inés iba como supernumeraria y para completar el número, en caso de fallecer alguna de sus compañeras; y precisamente fue ella la escogida por Dios para el sacrificio.
Aunque llevaba pocos meses en Málaga la Junta de Señoras sintió tanto su salida que envió un oficio al Visitador, suplicando no se la quitaran, con palabras de mucho elogio para Sor Inés. «Contentísima esta Sociedad, decían, con la inapreciable adquisición de dos Hermanas tan inteligentes y experimentadas en el ramo de expósitos, su sentimiento ha de ser profundo, cuando la Señora Visitadora Sor Inés Ríus, Superiora de Valencia, determinó dejar a la novicia de compañía y llevarse a Sor Inés Cabré, cuya exquisita inteligencia y actividad esmerada era objeto de la admiración y gratitud de esta Sociedad… Y ésta le suplica encarecidamente que no permita se cause a este establecimiento el gravísimo perjuicio de permutar una Hermana tan inteligente y activa como Sor Inés Cabré».
Padeció muchísimo Sor Inés en la travesía del mar y dijo con sumo candor al P. Armengol «Padre, he ofrecido a Ntro. Señor mi vida para que se sirva conservar la vida y salud de mis compañeras». El 26 de septiembre pidió a Dios, por intercesión de
- Vicente, no morir en el mar, para que no padeciesen por ella sus Hermanas, durante la navegación. Oyó el Señor su oración y al día siguiente se encontró perfectamente sana, después de haber estado postrada en cama, a causa de los vómitos de los diez primeros días de su embarcación. Dios le concedió ver cumplidos sus deseos de llegar a tierra mexicana, pero el día 4 de diciembre de 1844, al mes justo de su llegada a Veracruz, después de una corta enfermedad de ocho días, falleció en la casa central de México, a los 35 años de edad y 12 de vocación. Creo que fue la primera Hijas de la Caridad española muerta lejos del solar nativo.
Pronto, también, les sobrecogió un espantoso terremoto, que llenó a México de espanto, ruinas y muerte.
3.- A primeros de enero de 1845, se abrió el noviciado y se recibieron las primeras novicias, que fueron Sor Julia Fagoaga, una de las fundadoras, juntamente con su hermana Faustina Fagoaga. En pos de ellas, entraron Sor Manuela Piña, Sor Carmen Morón, Sor María de Jesús Lozano, Sor Josefa Parra y Sor Rafaela Segura. Para el mes de julio tenían ya hasta diez y seis novicias.
Por entonces se recibió una especial gracia de Su Santidad, cual fue indulgencia plenaria perpetua a todas las Hermanas de México, a su Director, y a los fieles que, después de haber comulgado, visiten su capilla el día 11 de septiembre, en que embarcaron en Cádiz y el 15 de noviembre, en que fue su llegada a México.
4.- Hospital de San Juan de Dios. Esta fue la primera fundación, que hicieron las Hermanas, fuera del noviciado. El día 8 de marzo de 1845 se celebró en este hospital solemnemente la fiesta de San Juan de Dios, oficiando de Pontifical el Sr. Arzobispo y en el mismo día dio posesión del establecimiento a las Hermanas que fueron: Sor Magdalena Latiegui, superiora interina, Sor Josefa Suárez, Sor Juana Antía y Sor Ma Luisa Merladet; pero poco después se aumentó su número por el excesivo trabajo que pesaba sobre ellas.
Por una ley de 10 de abril de aquel mismo año, el Gobierno de México declaraba a los bienes de las Hijas de la Caridad, exentos por diez años de todos los derechos de Hacienda y Erario públicos. Como era de esperar no estaban aún formadas las nuevas Hermanas, cuando ya comenzaron a pedirlas de varias poblaciones, viéndose precisado el P. Armengol a recurrir a Madrid, pidiendo refuerzo de más Hermanas.
Establecidas éstas en la calle del Puente de Mozón, se enfermaron casi todas; y por tal motivo se trasladaron a una casa de campo, llamada Clavería, a legua y media de la ciudad, propiedad de la señora Condesa, hasta que la guerra civil las obligó a volver a México, en enero de 1846, a otra casa frente a la Alameda.
5.- Fundación de Silao. Después de un viaje triunfal de 80 leguas, llegaron a esta importante población ocho Hermanas con el P. Armengol, el día 3 de noviembre de 1846. Recibidas procesionalmente y seguidas del clero y pueblo, que llevaba una estatua de San Vicente, con el Ayuntamiento y un inmenso gentío, por calles engalanadas llegaron a la Iglesia, cantando himnos y salmos y un solemne Te Deum final. Instaladas luego en su grande y magnífica casa, destinada a escuelas y al cuidado de enfermos, abrieron solemnemente las escuelas, el 9 del mismo mes, con más de seiscientas alumnas.
Vinieron a esta fundación Sor María Josefa Ramos, superiora; Sor Martina Elía, Sor Juana Antía, Sor Carmen Morón, Sor Bernardina, Sor Dolores Soto, Sor Angela Palacios y Sor Josefa Peña.
Incalculable fue el bien que hicieron las Hermanas, principalmente en la educación de las niñas; pero andando el tiempo, se vieron en tal pobreza por falta del cobro de rentas, que en 1857, determinaron los superiores retirar las Hermanas; mas entonces vinieron en su ayuda varias de las personas interesadas en la fundación, evitando su salida.
6.- Hospitales de Sangre. En 21 de junio de 1847 se compró, con destino a Noviciado, el edificio llamado de «Las Bonitas», en veinte mil pesos, pero se gastó mucho más en su reconstrucción y a él se trasladaron las Hermanas, en 14 de agosto del mismo año.
No poco tuvieron que ejercer su caridad y sacrificio las Hermanas, con ocasión de la guerra civil, que estalló en ese año, pues se ofrecieron a servir en los hospitales de sangre establecidos en San Agustín y en San Hipólito, donde cuidaron indistintamente a los heridos de ambos bandos contendientes.
Las Hermanas de San Hipólito, enfermas del contagio tuvieron que ser retiradas a la casa Central, donde murieron víctimas de su caridad tres de ella: Sor Guadalupe Zárate, Sor María Pérez y Sor Rafaela Segura. Otras dos: Sor Antonia y Sor Clara Trejo se vieron a las puertas de la muerte. A sus heroicos trabajos tuvieron que añadir las Hermanas muchos desaires y hasta injurias de parte de los encargados y servidores de dichos establecimientos,
7.- Hospital de San Pablo en México. Estableciéronse en él, a primeros de agosto de 1847, cuatro Hermanas, Sor Concepción Oronoz, superiora, Sor Micaela Ayanz, Sor Antonia Calvo y Sor Manuela Peña.
8.- Un dispensario. Por entonces se estableció en la Casa Central una botica en favor de los pobres, con sus hornos, alambiques y demás utensilios para elaboración de drogas. Hizo muchísimo bien a los menesterosos, que acudían a ella, y recibían gratis las medicinas, especialmente en tiempo de epidemia. Se cerró por falta de socorros en 1853.
9.- Falta de Hermanas. A medida que las Hermanas ensanchaban en México el cauce
de sus obras benéficas, se dejaba más y más sentir la escasez de ellas, pues, a pesar de las muchas y buenas vocaciones que les enviaba Dios, hacían falta Hermanas ya antiguas y de experiencia. Después de muchas instancias, sólo pudo conseguir el P. Armengol que vinieran de España, en mayo de 1848, dos Hermanas más: Sor Concepción Bruguetas y Sor María Antonia Petré. Las muchas fundaciones, que estaban pendientes en la Península y la insistencia del Gobierno español porque se ejecutaran, impedían atender las fundaciones de México, cuyo compromiso, en realidad, era sólo el establecimiento Central.
En el mismo año y a 27 de septiembre, se inauguró en el Noviciado un departamento de niñas pobres internas, debido a la generosidad de las Hermanas fundadoras: Sor Julia y Sor Faustina Fagoaga, quienes cedieron, para ello, a la Congregación una finca de su propiedad. Era principalmente en favor de las niñas huérfanas, pudiendo recibirse hasta veinticuatro.
10.- Fundación de Puebla. Se inauguró el 19 de julio de 1849, yendo a la fundación Sor Josefa Ramos, superiora; Sor Manuela Peña, Sor María Ignacia Díaz de la Vega y Sor Ignacia Pozos, quienes se encargaron de la Casa Cuna, que se hallaba en estado lamentable, y luego vino ser un establecimiento modelo.
- Refuerzo de Hermanas Españolas. A fines del mismo año, partió para Europa el P. Armengol para asistir a la Asamblea, y aprovechó el viaje para traer de España un notable refuerzo de Hermanas que, después de no pocas diligencias y contratiempos, permitió el Gobierno pasaran a México.
Como muestra de la grande estima, en que eran tenidas en todas partes las Hijas de la Caridad, véase en qué forma autorizó el Ministro de Gobernación su salida de España. «Vistas ‑dice‑ las comunicaciones que dirigió a este ministerio, en 14 y 19 de septiembre último, el Director del Noviciado de las Hijas de la Caridad en esta Corte, solicitando autorización para embarcar para México diez congregadas, que auxilien a las que en aquel país existen procedentes de España; teniendo en cuenta las razones de conveniencia y justicia que aconsejan el satisfacer las necesidades de los establecimientos del Reino antes de favorecer a los extranjeros, puesto que el noviciado de esta Corte, después de estar subvencionado por el tesoro público, es socorrido además de los presupuestos provinciales y municipales en algunos casos; queriendo Su Majestad la Reina conciliar en lo posible, su embarque para México de las referidas Hermanas sin perjudicar a los establecimientos nacionales, se ha servido conceder la autorización pedida por el referido Director del noviciado con las condiciones siguientes:
«1ª.‑ Que las diez jóvenes, que tengan vocación de embarcarse para aquel país, hayan de ser precisa e indispensablemente de nueva entrada en el noviciado; pero no se disponga de ninguna de las que actualmente hay en él.
«2ª.‑ Que a las que ingresen para este único objeto, no les ha de faltar alguna de las cualidades, que hoy se requieren para ser admitidas; como por ejemplo pasar de la edad prefijada, no poder pagar dote, etc.
«3ª.‑ Que al pedir la aprobación de ingreso en el noviciado de las indicadas, se acompañe nota circunstanciada de su nombre y cualidades; y
«4ª.‑ Que no puedan embarcarse sin dar también conocimiento de la misma manera para que recaiga aprobación definitiva[2].
Ya para entonces, estaba preparada la expedición, pues, con fecha 17 de aquel mismo mes y año, escribe el P. Madan haber conducido a Barcelona diez y seis novicias, que con otras cinco allí vestidas y Sor Zafra y otra española, residente en Francia desde la emigración, van a México…»
Regresó, pues, a México el P. Armengol con las veinte Hijas de la Caridad siguientes: Sor Josefa Lafuente, Sor Teresa Jiménez, Sor Florencia Cortés, Sor Emeteria Pérez, Sor Regina Salinas, Sor Micaela Urabayen, Sor Angela Ubiría, Sor Felipa Ezcurra, Sor Pascuala Barandía, Sor Josefa Armengol, Sor María Balart, Sor Teresa Raurell, Sor Buenaventura Pons, Sor Asunción Enciso, Sor Catalina González, Sor Antonia Maciá, Sor Dolores Pich, Sor Josefa Antonia Xibiret, Sor María Josefa Zafra y Sor Francisca Jiménez. Estas dos últimas estaban en Francia y se quedaron en La Habana. Con tan importante refuerzo se llevaron a cabo, en aquel mismo año, varias importantes fundaciones.
12.- Hospital de San Andrés, de México. Era el principal de la ciudad y tomaron posesión de él las Hermanas, el día 28 de mayo de 1850, siendo las destinadas: Sor Concepción Oronoz, superiora; Sor Teresa Jiménez, Sor Felisa Reyes, Sor Ramona Ceballos, Sor Florencia Cortés, Sor Faustina Salas, Sor Teresa Ruarell, Sor Loreto Cienfuegos, Sor Angela Ubiría, Sor Josefa Armengol, Sor Josefa Fernández, Sor Buenaventura Pons y Sor Josefa Prieto. La grandeza del edificio y la multitud de enfermos daba ancho campo al sacrificio de las Hermanas, y más, cuando al poco tiempo, se desarrolló la terrible epidemia del cólera.
13.- Fundación de Guanajuato. Hospital de Belén 1850 y Hospicio 1857. Hízose escritura de fundación del hospital, a 23 de marzo de 1850, y fueron a tomar posesión de él las seis Hermanas siguientes: Sor Luisa Merladet, superiora; Sor María Luiso Rubio, Sor Vicenta González, Sor Benigna Salinas, Sor Manuela Urabayen y Sor Pascuala Barandía. Fueron allí recibidas como ángeles del cielo, y pronto se vio la transformación y mejoramiento del hospital y el espíritu de sacrificio de que estaban animadas las Hermanas, especialmente durante la epidemia colérica.
En 1857 el hospicio de la ciudad se vio en tan lamentable estado, que estuvo a punto de cerrarse; pero la Junta, como es natural, recurrió antes a las Hermanas para que recogiesen los niños en el hospital y, con su arreglo y economía, hiciesen a la Junta soportable el gasto de su sostenimiento. Pocas eran las Hermanas; los enfermos muchos, y apenas podían llevar el peso que ya tenían. Mas antes que ver perecer a aquellos infelices, estaban ya las Hermanas en tratos para encargarse de todo, cuando el gobierno mandó cerrar el hospicio y que los pobres se recluyesen en el hospital, donde se habilitaron urgentemente piezas, separadas de los enfermos. Hacía más difícil el cuidado de los pobres su condición heterogénea, pues había entre ellos niños de escuela y de oficio, ancianos y ancianas, inválidos, muchachas de malos antecedentes, y hasta infelices dementes. Llamaba la atención, entre los asilados, una joven que, durante tres años había servido a la milicia, como soldado, sin ser conocida ni recibir ofensa en su honra.
A pesar del admirable comportamiento de las Hermanas en el servicio de los pobres y enfermos del hospital, no faltaron algunos enemigos de la religión, que quisieron establecer allí un régimen laico, llegando a pedir para ello un Decreto del Congreso. Toda la ciudad se opuso, elevando a él una exposición, que no es sino un himno de alabanza a las Hijas de la Caridad. «Ya se debe suponer ‑dice uno de sus párrafos-, el trabajo incesante, en que desde las cuatro de la mañana se ocupan diariamente las Hermanas en cumplir las obligaciones de su Instituto y las que les corresponden por los convenios celebrados con las Juntas. Todas las llenan de un modo que dejaría satisfecho al genio más delicado y exigente; todas las desempeñan con la prontitud, con el tino y júbilo que revelan las maravillas de Dios, en las sublimes acciones de la Caridad cristiana; y es muy digno de que lo sepa todo el mundo, que el gasto que hacen las Hermanas al Hospital, conforme al artículo 24 de su contrata, es de sesenta pesos anuales cada una. ¿Qué servidor el más infeliz quedaría remunerado con cinco pesos cada mes, que con gusto reciben tan apreciables señoras, por solo la necesidad que tienen de satisfacer humildes y resignadas sus necesidades más imperiosas?». En la escuela externa las niñas ascendieron a cuatrocientas cincuenta, y a ciento veinte, las internas del hospicio.
14.- Proyecto de fundación en Lima. Perú. Hallándose el P. Armengol en Europa, en un viaje de 1849, se encontró en Paris con D. Felipe Barreda, encargado por la sociedad de Beneficencia de Lima de conseguir Hijas de la Caridad; y convinieron en que el mismo Sr. Armengol pasaría a aquella capital del Perú para tratar aquel negocio. Nuevos informes aseguraron que nuestros Padres y Hermanas serían bien recibidos en aquel país; que las relaciones entre Perú y España eran buenas y los españoles respetados. Pero dificultades de otro género y la suma escasez de Hermanas españolas disponibles entorpecieron esta fundación.
15.- Fundación del Hospital de San Pedro, en Puebla. Hízose en diciembre de 1852, siendo enviadas a ella Sor Josefa Ramos de superiora, Sor Teresa Jiménez, Sor Teresa Raurell, Sor Emeteria Pérez, Sor Antonia Macías, Sor Guadalupe Iturriaga, Sor María Balart, Sor Vicenta Guerrero, Sor Josefa Fernández, Sor Ildefonsa Alba, Sor Loreto Cienfuegos, Sor Antonia Calvo y Sor Rosalía Jiménez. Allí, como en donde quiera que se establecían las Hermanas, se mejoraban las casas hasta el punto de no ser conocidas.
16.- Nueva petición de Hermanas Españolas. Entre tanto, no cesaba el venerable P. Armengol de gestionar la ida a México de Hermanas españolas. Con este fin, dirigió al Excmo. Sr. D. Juan Antoine y Zayas, enviado extraordinario y ministro de España en México, el siguiente oficio de 29 de noviembre de 1851. «Excmo. Sr.: Aprovechando el interés que V.E. se toma por el desarrollo y consolidación de las Hijas de la Caridad en esta República, cuya primera fundación se debe exclusivamente a la generosidad de la Reina de España (q.D.g.), me atrevo a poner en conocimiento de V.E. algunos motivos que, a la vez que llenarán los deseos de Su Majestad católica y los que animan a V.E. facilitarán a las Hermanas el encargarse de varios establecimientos de beneficencia, a los que son llamadas por las autoridades de la República. Entre estos, Excmo. Sr., el primero es impetrar del Supremo Gobierno de España un Decreto, que autorice al Sr. Director de las Hijas de la Caridad residente en Madrid, para enviar a este Noviciado de Méjico algunas Hermanas formadas en el de Madrid o en otros establecimientos de la Península. Segundo, indicar a dicho superior Gobierno, que sin este nuevo auxilio, serán muy limitados y tardíos los resultados que dará el establecimiento de las Hermanas venidas de Madrid a fundar en ésta, y tercero, que para llevar a cabo el nuevo envío de Hermanas, que se solicita, se suministrarán aquí todos los recursos necesarios y se indemnizará al Noviciado de Madrid de los sacrificios que haga al efecto indicado. Espero etc…»
En apoyo de esta solicitud estaba también en España el P. Magín Armengol, sobrino del Visitador de Méjico y renovaba la petición a principios de 1852.
Esta petición fue informada por el Director de las Hermanas de Madrid en estos términos: «Parece sería una medida muy plausible y que contribuiría grandemente al desarrollo de este beneficio Instituto, no menos que al honor del pueblo español en aquellos remotos países, el conceder, desde luego, lo que se pide.
Mas por otra parte se hallan en pie todavía las mismas razones de conveniencia y justicia, que en 12 de octubre, impidieron al Gobierno de Su Majestad, el año 1849, el permitir salieran para dicho punto las Hermanas ya admitidas para España, pues, ahora como entonces, no son suficientes las que existen para satisfacer las necesidades de los establecimientos del Reino, que deben seguramente ser preferidos a los del extranjero; y por más que el Director desea sinceramente dejarlas satisfechas, hay sin embargo, una porción de fundaciones ya concedidas hace tiempo, que no pueden realizarse por falta de Hermanas. En cuyo supuesto y previa esta declaración del estado actual del Instituto, si Su Majestad dignándose acoger benignamente dicha solicitud, tiene a bien autorizar al Director General, residente en el Real Noviciado de esta Corte, para enviar algunas de las que voluntariamente quieran emprender viaje, aunque por tal motivo se hayan de retardar ésta o la otra fundación aquí en España, S.M. resolverá, como siempre, lo que estime más conveniente y el Director que suscribe acatará y obedecerá con exactitud su soberana resolución.
= Madrid, 25 de marzo de 1852».
Y muestra del interés, que aquel asunto tenía para España, son las frases con que informa también, a petición del Gobierno, el Eminentísimo Sr. Cardenal de Toledo, como Vicepresidente de la Junta General de Beneficencia, con fecha 17 de mayo de aquel año. «Habiéndose examinado las peticiones por la Junta General, debo manifestar a V.E. que es en extremo consolador para todos los españoles el que después de tantos años como las Américas llevan separadas de la Metrópoli, y de la sangrienta guerra que sostuvo México para conquistar la independencia, todavía el nombre español se invoque allí con afán, y se prefiera a las personas nacidas en la Península para objetos tan íntimos y cariñosos, como son la asistencia de los enfermos y el cuidado de los establecimientos de Beneficencia. Si el número de Hijas de la Caridad que existen en España, bastase a cubrir siquiera con regularidad el servicio de los diferentes establecimientos que las piden y que las necesitan, nada más justo que permitir la salida a México, de las que voluntariamente quisieran ir, etc…» pero, manifestando el mismo superior Jefe que no son suficientes, y teniendo presente que, por consecuencia del Reglamento General del 14 de mayo de 1852, ha de darse mayor extensión a la Beneficencia estableciéndose nuevas casas generales y amplificarse las que existen, cree la Junta General que no puede accederse, por ahora, a lo que pide el Pbro. Armengol, y que únicamente, si hay alguna a quien acomode salir, pudieran permitirse hasta seis u ocho, ínterin que con el mayor número de novicias se atienda a los establecimientos de la Península, dejando a cargo de V.E. el que al hacer esta concesión o la que estime, encarezca el valor de este rasgo de abnegación y fraternidad, para que los mejicanos contribuyan con sus donativos a la casa del noviciado de Madrid, o para que se mejoren las relaciones entre aquel país y la que fue su antigua Metrópoli, etc…»
Por fin, una Real Orden autorizaba la salida de las Hermanas, con estas palabras: «El Ministro de Gracia y Justicia, dice, con esta fecha desde Aranjuez, al de Estado lo siguiente: «He dado cuenta a la Reina (q.D.g.) de la exposición del Director de las Hijas de la Caridad establecidas en México, hecha el 29 de noviembre último, y que V.E. dirigió a este Ministerio, en R.O. de 20 de febrero, solicitando se envíen al noviciado de aquella ciudad Hermanas de las formadas en el Noviciado de Madrid. Enterada S. Majestad, así como de lo manifestado en el expediente por la Dirección General del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad, con fecha 30 de abril próximo pasado y vistas las particulares circunstancias de interés y de política, se ha servido autorizar al Director General del expresado Real Noviciado de Madrid, para que pueda enviar, por ahora, a México algunas Hermanas de las que voluntariamente quieran emprender el viaje, poniéndose antes de acuerdo dicho Director General con el de las Hermanas de México, acerca de los gastos de ida y de los de regreso, cuando alguna quiera restituirse a España; todos los cuales gastos han de ser de cuenta del referido Director de las Hermanas de la Caridad de México.
= De R.O. comunicada por el Sr. Ministro, lo traslado a V.S. para su inteligencia y efectos correspondientes, debiendo V.S. poner con oportunidad en conocimiento de este ministerio el uso y resultado de la autorización que se le concede.
= Dios guarde a V.S. muchos años.
= Madrid, 24 de mayo de 1852.
= El subsecretario, Antonio Escudero.
= Sr. Director General del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad.
La nueva expedición de Hermanas llegó a México, conducida por el P. Magín Armengol, en marzo de 1853. La componían las Hermanas siguientes: Sor Jesús Ortiz, Sor Concepción Arbe, Sor Josefa Jaspón, Sor Francisca Riera, Sor Petra Eguiluz, Sor Narcisa Cuatro‑Casas, Sor Carmen Rodríguez y Sor Brígida Porta.
17.- Venida a España del P. Armengol. Poco después, el Visitador de Méjico P. Armengol recibió orden de pasar a España, donde los Misioneros de la Congregación, recién restablecida por el Concordato, le esperaba con ansiedad como el más a propósito para Visitador y Director de las Hermanas.
Pérdida grande fue para las Hijas de la Caridad de México la salida del P. Armengol, no sólo por el entrañable amor que las profesaba y el interés que puso en su afianzamiento, sino por que, genio emprendedor y activo, habíase metido en un sin número de obras a la vez y de gastos cuantiosos, llevado del deseo de engrandecer a ambas Congregaciones. Pero su inesperado traslado alarmó a los numerosos acreedores, quienes reclamaron todos a la vez sus préstamos, poniendo en grave aprieto a Padres y Hermanas.
Hubo que enajenar los bienes raíces para acallar los clamores y aun así se tardó en saldar aquellas cuentas, que eran pruebas del inmenso crédito que gozaba allí el P. Armengol y que sin su inesperada salida sin duda él hubiera saldado sin estrépito. Fue nombrado sucesor suyo en la dirección de Padres y Hermanas el P. Ramón Sanz.
18.- Hospital de San Juan de Dios y Hospicio de Guadalajara. En aquel mismo año de 1853, fueron las Hermanas a fundar en esa ciudad, una de las más importantes de la República. Fueron destinadas Sor Luisa Merladet, superiora, Sor María Ignacia de la Vega, Sor Clara Trejo, Sor Pascuala Barandía, Sor Brígida Porta, Sor Asunción Martínez y Sor Andrea Arévalo.
Pronto se ganaron la admiración y las simpatías de toda la población. No cesaban las señoras y familias principales de admirar el orden de vida que observaban las Hermanas, su asiduidad en el trabajo, y la esmerada limpieza de todos los departamentos del establecimiento. Una de estas señoritas, visitando la cocina decía: aquí no falta más que un piano y un sofá para que me persuada que en lugar de cocina es esta una sala de respeto»[3]. En 1859 se encargaron también del Hospicio.
19.- Viaje a París de varias Hermanas de México. En diciembre de aquel mismo año se embarcaron para Europa en compañía del Pbro. D. Sr. Jaime Serra las Hermanas Sor Julia Fagoaga, Sor Teresa Jiménez, Sor Josefa Zafra y Sor Josefa Armengol. El objeto principal del viaje de las primeras debía ser presenciar los usos y costumbres practicados en la casa matriz de París, así como el gobierno de los establecimientos, que están en inmediato contacto con ellas, para seguir con toda exactitud los mismos en esta Provincia, en cuanto lo permitiesen las diferencias esenciales del país. Este sin duda fue el principio del cambio radical, más tarde verificado, y que era el fin que el P. Etienne se proponía.
20.- Colegio de Monterrey. 1854. Al ir a consagrarse a México el Ilmo. Sr. D. Francisco Verea, deseoso como estaba de establecer en aquella capital un colegio de niñas, pidió Hermanas al Noviciado de México, pero la escasez de éstas y la enorme distancia de aquella ciudad parecían obstáculos insuperables. Todo lo venció la constancia del Sr. Verea, quien buscó en su ayuda al Sr. Arzobispo de México y al Sr. Delegado de Su Santidad. «Llegó, pues, a México, dicen los Anales, la comisión de viaje que mandaba el Ilmo. Sr. Verea para conducir las Hermanas a Monterrey. Venían a la cabeza de esta comisión los Sres. Curas de Matamoros y de Saltillo. Fue ya necesario tomar la resolución de sacar de algunas casas Hermanas útiles, de conocido buen espíritu y probada virtud, porque iban a una fundación comprometida por las circunstancias que la rodeaban. Fueron, pues elegidas las siguientes: Sor Concepción Oronoz, para Hermana sirviente (superiora), Sor María Luisa Rubio, Sor Dolores Inclán, Sor Antonia Maciá, Sor Concepción Jiménez, Sor Dolores Mora y Sor Lagarda González, Sor Concepción Oronoz pertenecía al Consejo de la Visitadora y sólo fue nombrada interinamente, mientras podían proporcionarse otra Hermana, que reuniera las cualidades delicadas que necesitaban para desempeñar este difícil cargo. Todas se pusieron en camino con aquella santa alegría que manifiesta estar más satisfecha el alma con las empresas, que, por más desagradables a la naturaleza, más merecen delante de Dios. «En su tránsito descubrieron a los indios bárbaros de las tribus apaches o comanches, que avanzaban sobre la comitiva con espantosos aullidos y que encendían grandes hogueras para dar señal a otros que se hallaban distantes, de que se les presentaba presa que hacer. Los hombres de la comitiva tomaron entonces precauciones y se prepararon a la defensa, que por una providencia de Dios, no fue necesaria, pues los indios no acometieron decididamente».
«… Llegaron las Hermanas, por fin a Monterrey con felicidad. Allí como era de esperar, fueron el objeto de mil atenciones… Familias varias acudieron a radicarse en Monterrey, viniendo de ciudades lejanas, con sólo el objeto de poner a sus niñas en el establecimiento de las Hermanas. Las ciudades y puntos comarcanos se ofendieron santamente de que, entre aquellas vastas extensiones, sólo en Monterrey hubiera Hermanas de la Caridad e hicieron entusiastas solicitudes de fundación, que como era de suponer, no pudieron ser admitidas».
Este Colegio llegó a tener 140 externas, 35 internas pensionistas, 30 internas gratuitas y cien niños en el asilo.
21.- Hospital de Belén, Guadalajara. Era este un vastísimo edificio, de grandes y suntuosas salas, en las afueras de la ciudad y en sitio elevado. A pesar de la falta de Hermanas, viéronse los superiores comprometidos a admitir esta nueva fundación. Instaláronse en ella, en mayo de 1854 Sor Luisa Merladet, superiora; Sor Josefa Noriega, Sor María de los Ángeles, Sor Carmen Covian, Sor Florentina Cortés, Sor Jacoba Vega, Sor Mónica, Sor Catalina Vargas, Sor Guadalupe Iturria y Sor Dolores Ita. Pronto necesitaron más refuerzos, pues casi todas las Hermanas se enfermaron de los pies, a causa del incesante trajín por aquellas interminables salas y corredores.
He aquí como nos describe una Hija de la Caridad el estado de aquellos hospitales de Guadalajara, durante la guerra civil. «Han recibido en sus hospitales a los heridos de ambos bandos. En el seminario se ha dispuesto una ambulancia, en que las Hermanas del Hospicio y del Hospital cuidan de los heridos del Gobierno. En Belén han sido hospitalizados ochocientos heridos y enfermos contagiosos de los federales. De las trece Hermanas que los servían, diez y dos postulantas han caído enfermas de fiebre; sólo tres han quedado en pie para el servicio de todo el hospital; pero Dios las ha protegido y doblado las fuerzas. Era imposible enviar la ayuda de México, por hallarse interrumpidas las comunicaciones»[4].
22.- Manicomio de Mujeres en México. Corría este manicomio a cargo de los señores de las Conferencias de San Vicente, en el hospital del divino Salvador, y al cuidado de algunas enfermeras; pero dejaban los servicios mucho que desear; y, como era natural, se pensó en las Hermanas. Haciendo gran sacrificio por la escasez de ellas, se hicieron cargo de él, en diciembre de 1855 siendo las destinadas: Sor Melchora Iriarte, superiora; Sor Teresa Gorostide, Sor Antonia Calvo y Sor Concepción Posadas.
Mucho tuvieron que ofrecer al Señor. Una loca golpeó a Sor Teresa Gorostide; a su vez las loqueras golpearon a la loca. Esta haciéndose la víctima escribió al gobernador, siendo ello causa de enojosas comunicaciones.
23.- Una nueva expedición de Hermanas a México. Otras fundaciones se pidieron en aquel año, pero no pudieron efectuarse, por falta de personal. En 24 de diciembre salió por tal motivo, con rumbo a España el Padre Román Pascual, quien, bien pronto se convenció de lo difícil que sería conseguir una nueva expedición, de Hermanas para las fundaciones de Lagos y de Guadalajara, motivo de su viaje. De la Habana, había allí otro comisionado con las mismas pretensiones de llevar a Cuba nada menos que cincuenta Hermanas. Se hubo de contentar con reclutar hasta siete jóvenes con vocación, que fue colocando en el Noviciado de Madrid para probarlas.
Oyó que en Canarias podrían presentársele también algunas, y pasó a cerciorarse por sí mismo, logrando reunir otras cinco, y las dejó para recogerlas cuando pasara el buque con dirección a América. «Intentó mucho ‑ dicen los Anales‑ conseguir siquiera dos Hermanas ya formadas para que pudieran gobernar a las jóvenes, durante el tiempo del viaje, que presentía se les pudieran presentar algunos tropiezos, por razón de los muchos pasajeros que suelen aglomerarse en esos grandes vapores de transporte.
«Considerando estos peligros una Hermana de antigua vocación, que se hallaba destinada en el Hospital General de Madrid, se ofreció a acompañarlas y quedarse en México; y lo hizo con más decisión que otras muchas que también manifestaron deseos de venir a esta República. Se embarcaron, pues, el 12 de septiembre; a los pocos días recogieron en Tenerife las cinco jóvenes prevenidas, y el 3 de noviembre, llegaron con felicidad a la Habana. Allí se vio que era preciso volver a España a una de las jóvenes, y fue recomendada a una señora que iba a hacer ese viaje. Las demás, después de haber permanecido diez o doce días repartidas en las casas de las Hermanas de la Habana, se embarcaron para Veracruz, a donde llegaron sin novedad. Durante la travesía supieron conciliarse entre todos los pasajeros el respeto debido… Las Hermanas se colocaban sobre cubierta, a la frescura de las agradables noches que ofrecía un tiempo hermosísimo. Después de un rato de recreación, rezaban sus plegarias y el rosario de la Santísima Virgen; concluidos los misterios, cantaban a voz en cuello la letanía y después canciones piadosas. En las primeras noches, algunos pasajeros, que no jugaban y también andaban por la cubierta paseándose, comenzaron a responder el canto de la letanía; poco después, se dejó oir una que otra voz, que también respondía a la letanía desde el fondo de la cueva de los jugadores. Insensiblemente fue robusteciéndose este canto, y a pocos días sucedió que a cada verso de la letanía u otras oraciones que entonaban las Hermanas, respondían en robusto coro todos los jugadores, desde el salón; los demás pasajeros, desde cubierta y los marineros, desde sus lugares; de modo que parecía que aquel punto misterioso del ancho mar daba paso a alguna colonia de bienaventurados.
Tanto se entusiasmaron los pasajeros, que muchos abandonaban el juego por salir a cantar; y aun, a deshora de la noche, había grupos cantando alegremente lo que habían aprendido de las Hermanas. Estas por su parte tenían distribuidas todas las horas del día, según las costumbres de las Hijas de la Caridad y las circunstancias en que se encontraban. Oían Misa todos los días, pues se celebraban varias diariamente por seis sacerdotes que había en el buque; y comulgaban según su regla».
«Para hacer ver la influencia que ejercían allí las Hermanas, sólo expondremos un hecho. Según el rigor de las ordenanzas de marina, uno de los de la tripulación, por leve culpa, fue a hacer por largo tiempo de centinela con tres fusiles al hombro, colocado en un mástil del buque. Luego que los pasajeros le vieron abrumado con este peso, se llenaron de compasión, pero ninguno se atrevió a pedir perdón para él, por tener por cierto que no se lo concedería el Comandante del buque. Sin embargo, creyeron todos que este señor no se resistiría a las súplicas de una Hermana de la Caridad, a pesar de lo inalterable de sus disposiciones. Dieron, pues, cuenta de lo que pasaba a Sor Serapia Ascorbe, que era la hermana ya formada, que había salido de Madrid para cabeza de las demás, y le suplicaron interpusiera su valimiento para el Sr. Comandante en favor de aquel pobrecito. Lo hizo ésta sí, con mucho empeño y aunque se resistió bastante y manifestó las razones que tenía para no perdonarle, sin embargo, cedió a las vivas instancias de la Hermana con la condición de que ella misma hiciera ver al culpable la justicia con que había sido castigado y la obligación que tenía de portarse mejor en lo sucesivo. Así lo cumplió la Hermana y todos los pasajeros quedaron muy reconocidos a ella».
«Llegó pues a México esta nueva colonia en los últimos días de noviembre de 1856. Estaba compuesta de las Hermanas siguientes: Sor Serapia Ascorbe, Sor Ignacia Sánchez, Sor Paula Valls, Sor Josefa Balletvó, Sor Marcelina Domingo, Sor Teresa Cortés, Sor Isidora Casado, Sor Antonia Pérez, Sor Dolores Martín, Sor Carmen Martín, Sor Jesús Mederos y Sor Sabina Sagredo». «Como éstas no estaban suficientemente formadas, no podían ser destinadas inmediatamente. En lugar de ellas fueron enviadas otras a Guadalajara con Sor Serapia».
24.- Hospital de Lagos. Esta fundación fue debida a un excelente sacerdote, que, desde 1855, se había comprometido a pagar todos los gastos de siete Hijas de la Caridad traídas desde España. No fue posible satisfacer sus deseos hasta el 19 de junio de 1857, en que tomaron posesión del hospital las Hermanas siguientes: Sor Micaela Urabayen, superiora; Sor María Soledad Estrada, Sor Dolores Martín, Sor Jesús Mederos, Sor Marcelina Domingo y Sor María Ignacia Díaz. Fue también a dar impulso a esta fundación Sor Magdalena Latiegui, perteneciente al Consejo de la Visitadora, que andaba visitando las casas de Guanajuato y Silao.
Una vez establecidas, quisieron poner enseñanza pagada, a petición del vecindario, y para aumentar las escasas rentas; esto no fue aprobado por los superiores, por falta de personal; pero abrieron más tarde escuelas con 300 niñas externas y doce internas.
Hubo también por aquel tiempo proyectos de fundación en Toluca y Morelia, que no pudieron verificarse por entonces.
25.- Intentos de fundación en Guatemala. Un nuevo campo se abría por entonces a la benéfica influencia de las Hijas de San Vicente y fue Guatemala. Algunos señores establecidos en México se interesaron vivamente, en que fueran allá a fundar en Guatemala. Con tal fin, el Ministro Plenipotenciario de aquella República en México conferenció ampliamente con el Sr. Sanz, y este lo consultó con el P. General, quien creyó conveniente pasara a París un delegado para estudiar las condiciones de aquella fundación. Convinieron en ello los encargados en México y, puestos de acuerdo con los de Guatemala, pusieron a disposición del delegado, que fue el P. Román Pascual, seis mil pesos para cubrir los gastos de su comisión y de las Hermanas que debía conducir de España o de Francia a Guatemala. Mas no pudo realizarse esta fundación hasta 1862 con personal español pero bajo la Dirección francesa.
26.- Hospital de San Juan de Dios y Colegio de Toluca. El Sr. ex‑gobernador del Estado de Méjico, D. Mariano Riva Palacios, fue el principal motor de esta fundación, que se efectuó el 2 de junio de 1858. Fueron a encargarse del hospital Sor Josefa Noriega, Sor Antonia Calvo, Sor Brígida Porta, Sor María Soledad Labastida y Sor Florentina Suero. La recepción fue espléndida.
Al año siguiente, se abrió en los bajos del mismo hospital el colegio de niñas. Su número ascendió a trescientas externas y veinticinco internas.
27.- Colegio y Asilo de Zacatecas. Se hicieron cargo de este establecimiento las Hijas de la Caridad en 1859, viniendo Sor Micaela Ayanz, de primera superiora. En el colegio hubo ciento cincuenta externas y catorce internas; en el Asilo cerca de cien niños.
28.- Colegio-Asilo y Hospital. Saltillo. Las Hermanas enviadas a esta fundación en 21 de octubre de 1860, fueron Sor María Fuentes, Sor Adelaida N., Sor Jesús González y Sor Salomé Garza. Llegaron a tener, ciento cincuenta externas y treinta internas, y en el Asilo ochenta niños. Estaba el establecimiento anejo al templo de San Juan Nepomuceno.
29.- Época de expansión: 1863-1873. Aquí podemos dar por terminada la época de abnegaciones y heroísmos llevados a cabo por las Hijas de la Caridad españolas, en la fundación y afianzamiento de su Instituto en la República Mexicana. Durante los años siguientes, tuvieron una rápida expansión debido principalmente a la ley de febrero de 1863, por la que quedaban suprimidos en México todos los conventos y comunidades de monjas; quedando exceptuadas solamente las Hijas de la Caridad.
Esto dio lugar a que se les permitiera la fundación de Colegios, que el P. General les había antes prohibido, y con ello a una expansión rápida en casas y fundaciones. En 1864 fue nombrada una Visitadora francesa.
Durante aquel decenio último se realizaron las siguientes fundaciones:
* México.- Colegio de San José, Calle de la Danza; Sor Tremandant fue la superiora de este establecimiento, que llegó a contar trescientas alumnas.
* México.- Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, calle de Zapateros. Se encargaron de él Sor Alfonsina Guerín, Sor María de la Luz Morales, Sor Concepción Villalobos, Sor María Berruecos, Sor Clara N. y Sor Amalia Cazarín. Las alumnas llegaron a ser 150 externas, repartidas en tres clases y 50 huérfanas internas.
* México.- Hospital de San Luis de los franceses. Se inauguró el 14 de enero de 1873, con Sor María Vantré, Sor Guadalupe Argüelles, Sor Angela N., Sor Clementina Pamprain y Sor Petra N.
* México.‑ Hospital de la Villa de Guadalupe. De él fue superiora Sor Trinidad Tello.
* Morelia.- Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Fueron a él las Hijas de la Caridad, el 14 de enero de 1872, yendo a instalarlas Sor Lozano, Ecónoma de la Provincia. El Ilmo. Sr. Arciga, Arzobispo de Michoacán, les dio posesión del hospital, después de haber entonado un solemne Tedeum en la Catedral. Las niñas del establecimiento eran unas 300 externas y 25 internas. Este es el colegio que ha dado más vocaciones para las Hijas de la
Caridad, aún después de su expulsión de la República.
* Guadalajara.- Mexicalingo.‑ Se fundó este colegio, el 19 de noviembre de 1874, con doscientas alumnas externas.
* Guadalajara.- San Felipe, Misericordia.‑ Así se llamó un obrador de niñas internas en número de ciento sesenta, al que estuvo anejo otro colegio para alumnas externas, que contó hasta con ciento cuarenta niñas.
* Zapotlan.‑ El Gran Colegio.‑ Llegó a tener ciento cincuenta externas y treinta internas.
* Colima.- Orfanatorio de niñas.‑ Contó con 120 externas y 30 internas.
* Colima.- Hospital.‑ Sólo llegó a tener treinta enfermos.
* Jiquilpan.- Orfanatorio y colegio.‑ En éste, se contaron 200 alumnas externas y 20 internas; en aquél 100 asiladas.
* San Miguel Allende.- Colegio. Entre internas y externas hubo 100 alumnas; y 50 niños en asilo.
* San Luis Potosí.- Hospital y Colegio. Estuvo a su cargo el hospital civil, contiguo al actual templo de San José y abrieron el colegio, en casa que forma esquina de la calle de Maltos y la plaza de la Compañía. Las externas llegaron a 80, y el Asilo contó con 50 niños. Las principales Hermanas del lugar fueron Sor Rosa Cerdá, Sor María Hinojosa y Sor Luisa Segovia.
* Cuernavaca.- Hospital y Escuelas. Se contaron en ésta 100 externas y 30 internas.
* Guanajuato.- Orfanatorio. En el mismo hospital, cuando se estrenó la plaza de toros, se abrió el orfanatorio, que tenía 60 niños internos y 50, de la escuela anexa gratuíta.
* Irapuato.- Hospital y Colegio. Se debió la fundación al Sr. Cura de la ciudad, en 1870 siendo destinadas a ella Sor María Linarte, Sor Jesús Vera, Sor Josefina Hernández, Sor Vicenta, Sor Carlota y Sor Plácida Pozo. Las externas llegaron a 250, y a 20 las internas.
* León.- Hospital‑Colegio y Escuelas. Esta era gratuita para externas y contó con 300 niñas. En el Colegio hubo 100 niños y 50 párvulos.
* Puebla.- Colegio de San José. Tuvo 120 externas y 40 internas.
* Puebla.- Colegio de San Vicente. Fueron 200 externas y 30 internas.
* Amozoc.- Colegio. Contó con 80 externas y 15 internas.
* Matamoros. Izucar.- Hospital y Escuelas. Hubo 200 externas y 20 internas.
* San Andrés.- Chalchicomula. Hospital y Escuelas. Entre internas y externas ascendieron a 150 las alumnas de esta escuela.
* Veracruz. Ver.- Hospital de San Sebastián. Llegó a tener 400 enfermos.
* Veracruz. Ver.– Hospital de Loreto. Destinado para mujeres. Llegó a tener 100 enfermas.
* Veracruz. Ver.- Hospicio. Con 60 internas, 30 internos y 60 ancianos.
* Veracruz. Ver.- Colegio de San Agustín. Ascendieron a 200 las externas.
30.- Persecuciones y expulsión de las Hijas de la Caridad de México. Cuando el árbol parecía más frondoso y cargado de frutos, zumbaba ya en aquella República el huracán revolucionario, que le había de arrancar de raíz. Suprimidas las Congregaciones religiosas desde 1863, sólo quedaron legalmente vigentes las Hijas de la Caridad. Pero contra ellas acumularon, desde entonces, todas sus iras los enemigos de la Religión; contra ellas lanzaron las acusaciones más atroces, y hasta de pretextos políticos se sirvieron contra ellas. La estéril intromisión francesa en Méjico con el imperio de Maximiliano, recrudeció allí, el odio por todo lo extranjero y principalmente francés y las Hijas de la Caridad eran consideradas ya como francesas, y ellas mismas se habían acogido al pabellón francés, creyéndose con ello más seguras; pero fue contraproducente, como escribía el P. Learreta al Secretario General París, P. Perboyre: «Nada puede moderar el libertinaje de estos pretendidos liberales, y se mofan de nuestros derechos y títulos de protegidos franceses».
Pero ¿no eran españolas aquellas Hijas de la Caridad que como un tesoro había recibido el Gobierno de México del de España? Sí, pero también el embajador español fue desterrado.
Además, había sucedido una transformación notable en las Hermanas de aquella Provincia. Desde 1858, gracias a los empeños del P. Sanz en secundar los del Etienne, contra la voluntad del Sr. Arzobispo y de la generalidad de aquellas Hermanas, y a pesar de la orden dada antes por Su Santidad a dicho P. General, para que no insistiese sobre tal asunto, las Hijas de la Caridad de México fueron obligadas a dejar su tocado tradicional y a aceptar el usado entonces en Francia. Eran pues llamadas «francesas». Desde 1860 fueron, en efecto dos Hermanas de Francia: Sor Cleta Saillard y Sor Aurelia Laprade, a ponerse al frente del Noviciado fundado con tantos sudores por las Hermanas Españolas. En 1861, llegaron de París otras seis y al año siguiente, el Padre Doumerg con Sor Renault y otras Hermanas francesas, acompañando al ejército expedicionario francés, que puso en el trono de México al emperador Maximiliano.
En 1864 vino Sor Ville, Hermana francesa, que se puso al frente de México con el título de Visitadora. En 1867 fue bárbaramente fusilado en Querétaro el Emperador Maximiliano. Triunfante con esto el partido liberal, arreció la campaña contra las Hijas de la Caridad, que en lenta y prolongada agonía, vivieron en zozobras y temores, hasta que en Art. 20 de la sec. 1ª de las leyes del 14 de diciembre de 1874, fue la sentencia de muerte para en Instituto de las Hermanas en México. Así en un instante, se perdió la ingente labor de muchos años, pero las Hijas de la Caridad españolas leerán siempre con santo orgullo esa brillante página de su historia. A 410 ascendía el número total de las Hermanas en México al tiempo de la expulsión, de las cuales 355 eran mexicanas. De ellas 203 optaron por el destierro y vinieron a Europa. A España llegaron 24. De las Hermanas españolas de la primera expedición, aún sobrevivían 5: Sor Luisa Merladet, Sos María Josefa Ramos, Sor Josefa Suárez, Sor Micaela Ayanz y Sor Juana Antía. Volvían de un gran combate con palmas de martirio y laureles de victoria. Más dichosas otras Hermanas habían cerrado antes sus ojos para no ver las ingratitudes e injusticias de los hombres.
[1] SANZ, Compendio, pág. 183.







