Sumario: Notas de las principales Hermanas fundadoras en México. 1.- Doña María Ana Gómez de Cortina. 2.- Sor Agustina Inza, primera Visitadora. 3.- Sor Julia Fagoaga. 4.- Sor Magdalena Latiegui. 5.- Sor Josefa Rosa Ramos. 6.- Sor Melchora Iriarte. 7.- Sor Concepción Oronoz. 8.- Sor Micaela Ayanz. 9.- Sor Josefa Suárez Canel. 10.- Sor Luisa Merladet. 11.- Sor Concepción Arbe. 12.- Sor Brígida Porta. 13.- Sor Josefa Noriega. 14.- Sor Micaela Urabayen.
1.- Doña María Ana Gómez de la Cortina. Esta insigne señora mejicana fue la verdadera fundadora de las Hijas de la Caridad en México. Así nos lo manifiesta D. Bonifacio Fernández de Córdoba, encargado de negocios de aquella República en Madrid, quien escribiendo en 16 de Agosto de 1843 al Director de las Hermanas, le dice: «A V. le consta las repetidas gestiones, que por diversas personas se han hecho tiempo ha, para conseguir el establecimiento de las Hijas de la Caridad en México. Estas gestiones se han renovado ahora por las mismas personas celosas y caritativas de aquella ciudad, siendo una de las principales la excelentísima Señora Doña María Ana Gómez de la Cortina, condesa de este título, la cual, en sus cartas de 25 de mayo y 23 de junio últimos, me dice que ya tiene el permiso de su Gobierno y del Sr. Arzobispo de aquella Metropolitana para fundar el Establecimiento; que desean sean españolas las Hermanas que hayan de ir y me encarga ponga yo en acción todos los medios que estén a mi alcance para conseguirlo, pues con mi aviso se facilitarán al momento los ascensos necesarios para el embarque y demás gastos»[1].
Efectivamente esta noble Señora, Condesa de la Cortina, fue la más entusiasta fundadora de las Hijas de la Caridad en México, a las que hizo donación para ello de ciento cuarenta y un mil pesos. Al llegar allí las Hermanas estaba gravemente enferma y tuvo el consuelo de poder recibirlas en cama. Siguiendo su gravedad, obtuvo la gracia de ser admitida a los Santos Votos el 8 de diciembre de 1845. El 6 del siguiente enero, expiró santamente rodeada de sus queridas Hermanas, ordenando con suma humildad que se hiciese su entierro sin solemnidad alguna, como así fue ejecutado.
La primera residencia de las Hermanas fue una casa alquilada por la Señora Condesa, en la calle de Mourón; allí se abrió el Seminario en 1845; y atendían a la primera escuela de niñas pobres que se abrió en México; mas, habiendo enfermado casi todas las Hermanas, se trasladaron a una casa de campo, propiedad de la misma Señora, a legua y media de la Capital, llamada Clavería. A causa de los disturbios políticos se volvieron a Méjico, estableciéndose frente a la Alameda, en enero de 1846. Allí permanecieron las Hermanas hasta que se terminó su propia casa llamada de las Bonitas, en 14 de agosto del mismo año. En esta Casa Central, además del Noviciado y de un Dispensario para los pobres, se inauguró, en 27 de septiembre de 1848, un colegio de niñas, bajo el título de San Vicente de Paúl.
Los restos de tan insigne bienhechora fueron amortajados con el hábito de Hija de la Caridad, y trasladados en 1860 al panteón de las Hermanas, junto con los de D. José Gómez de Cortina, muerto el 9 de enero de aquel mismo año, y los de D. Ramón Andrade ambos decididos y entusiastas promovedores de la fundación de las Hijas de la Caridad en México.
Una hija de la Señora Condesa, residente en Madrid en 1845, fue quien hizo imprimir el Diario del viaje marino de la primera expedición, redactado por el P. Sanz.
2.- Sor Agustina Inza nació en Pamplona, el día 7 de noviembre de 1808, y el 8 de septiembre de 1824 cuando aún le faltaba un mes para cumplir los dieciséis años, entró en el Noviciado de Madrid. Parece que su primer destino fue el Colegio de Sangüesa de cuya comunidad formaba parta en 1830. En 1840, sustituyó como Superiora del Colegio a Sor Vicenta Molner, que fue nombrada Visitadora.
El P. Roca, residente por aquellos años en Sangüesa y que pudo conocer de cerca sus talentos y virtudes, la confió la delicada comisión de visitar en su nombre algunas casas de las Hermanas. Con esta ocasión hizo el más cumplido elogio de Sor Agustina, cuando escribiendo, en 29 de marzo de 1843, ya desde Madrid, a las Hermanas de la Inclusa de Lérida, les dice: «Siendo de mi obligación el visitaros personalmente, como vosotras mismas habéis deseado, para enterarme de vuestras cosas y remediar en ellas lo que fuese digno de remedio, pero hallándome imposibilitado por los achaques, la persona que en mi nombre os va a visitar, digna de confianza por su virtud, por su talento y por su amor a la vocación,
es Sor Agustina Inza, Superiora del Colegio de Sangüesa. Recibidla, pues, amadas Hermanas, como me recibiríais a mi mismo… Al abrir la visita os leerá una carta mía, en la que veréis la grave comisión, que se le ha confiado para vuestro bien»[2].
Terminada la visita volvía a escribirlas, con fecha 28 de mayo: «… No puedo menos de confesaros que nuestro corazón comenzó a respirar y a entrar en esperanzas fundadas de ver terminados los disgustos y roturas de caridad… que por lo pasado habían dividido a la comunidad. Sí, confiamos que esta casa vuelva a ser lo que fue en los hermosos días de su primitiva fundación y difundirá aquel buen olor de Jesucristo».
Sor Agustina había recibido igual comisión para visitar a las Hermanas de Játiva, en aquel mismo año. De aquel remanso de paz, que era el colegio de Sangüesa, la vino a arrancar la obediencia, en 1844. Los Superiores pusieron en ella sus ojos para constituirla en piedra angular de aquel magnífico edificio, que a petición de la nación mejicana, tuvo el gobierno español interés que se fundara allí, como lazo de unión y de amor entre España y aquella hija suya de América.
Bien entendió la magnitud de aquella empresa el P. Roca, en cuya Circular de aquel año resuenan las notas del clarín apostólico de la España imperial y evangelizadora, cuando dice: «La Europa, el Asia, el Africa cuentan ya entre sus más preciosos tesoros el establecimiento de las Hijas de la Caridad. Un sólo vacío os queda por llenar, la América. La ejecución de esta grandioso proyecto es toda vuestra, Hermanas mías carísimas; vosotras sois las llamadas al cultivo del vasto campo, que acaba de abrirse a vuestro celo; vosotras sois las designadas por la Providencia al alivio y socorro de un inmenso pueblo, con el que de muy antiguo tenemos contraídas relaciones de amistad que jamás podremos olvidar»[3].
Y aquí por primera vez se nos presenta una cuestión, que trasciende los linderos de esta historia, para convertirse en un capítulo de la Historia general eclesiástica de España, cuando ésta se escriba. Tal fue la importancia de esta cuestión no igualada ni por la reforma Carmelitana de la insigne Santa Teresa.
Ni el inmenso piélago del mar proceloso, ni el dejar la patria de sus amores, ni los duros trabajos de los hospitales, ni el azote mortífero del cólera, ni los campos de batalla fratricida,
ni la presencia misma de la muerte descomponía la grandeza de espíritu de aquellas intrépidas Hermanas españolas. Sólo una idea las sumía en inmenso dolor, que llenaba sus ojos de lágrimas: era el desdichado empeño de querer obligarlas a dejar el hábito con que habían nacido a su vida de Hijas de la Caridad.
Parecerá increíble, pero así fue; por una cosa al parecer tan baladí, se vió sacudida hasta sus cimientos toda la provincia española de Padres y de Hermanas; se derrumbaron algunos de sus mejores pilares, y a punto estuvo de convertirse totalmente en ruinas.
En algunos documentos de origen extranjero se estampó el desatino de que las Hijas de la Caridad españolas habían adoptado su hábito como señal de separación de Francia. Si ello fuera verdad, aunque lamentable, ningún interés tendríamos en negarlo, pero es una falsedad. Las Hermanas españolas estaban aferradas del todo al tocado traído de Francia, en 1790, y con él querían morir. El asunto se convirtió en asunto nacional sólo cuando asaltaron las imposiciones de fuera. Uno de los Señores Cardenales de España, entre los que hubieron de intervenir, decía: «La cuestión no es de poca monta; parece que no se trata más que del hábito, del color, de su hechura; debajo hay otra cosa peor, grave, muy grave, tanto que es la vida o muerte para vuestro Instituto en España»[4].
Claro está que hoy no son las circunstancias como las de hace un siglo para juzgar tan deplorable cuestión ni hay para qué tomar en ellas más partido que el de la justicia y la verdad históricas; pero, que esas palabras del Eminentísimo Señor no eran entonces aventuradas, bien se manifestó en la ruina total de aquella exuberante floración de Hijas de la Caridad españolas de México, que, al poco tiempo de cambiar de hábito, quedó convertida en provincia francesa y murió de una manera lamentable algunos años después, como luego veremos. En la Isla de Cuba, donde se siguieron los mismos caminos, nuestras Hermanas sólo se salvaron de la catástrofe, gracias a la tajante intervención de aquellas autoridades eclesiástica y militar.
A Sor Agustina Inza y a los Señores Armengol y Sanz, como directores de aquella expedición a México, fue a quienes tocó enfrentarse por primera vez con tan delicado asunto.
Ya firmadas las bases, el Superior General de Paris tenía empeño en que la expedición partiera de un puerto francés, en barco francés y con hábito francés y que fueran en ella algunas de las Hermanas españolas emigradas a Francia, después de nuestra primera guerra civil. Así el P. Roca como el P. Armengol, Director de la colonia, expusieron con prudencia y humildad al P. General lo arriesgado y peligroso de aquella maniobra y los pésimos resultados que podría acarrear ante los gobiernos de España y de México y aun entre las Hermanas.
Al fin, la expedición salió del puerto de Cádiz, pero oigamos a un testigo de los sucesos: «Diez Hermanas españolas iban a México con dos sacerdotes españoles, los Señores Armengol y Sanz. Estaban ya fijadas las bases y en el artículo 9 se consignaba lo que habéis visto: no se las podía obligar a mudar el santo hábito usado en España. Sin embargo trató el Superior General que se lo mudaran antes de embarcarse; no habiéndolo logrado, hizo que los Directores se llevasen un baúl lleno de cornetas o tocados modernos franceses, para que durante la travesía se lo pusieran a las Hermanas. Apremió de tal manera a los Señores Armengol y Sanz, que éstos creyeron en su conciencia deber confiar el asunto a Dios y pedirle con fervor la luz para el acierto en tan grave apuro y conflicto. Así lo hicieron. La venerable Sor Agustina Inza, Superiora de aquella santa comunidad, estaba sumamente afligida. Comunicó su pena a sus admirables y virtuosas compañeras y todas dijeron lo mismo: «acudamos a Dios, por intercesión de nuestra Inmaculada Madre la Santísima Virgen María, de nuestro Padre San Vicente y de nuestra venerable fundadora. Durante nueve días estuvieron pidiendo. El resultado de la inspiración fue la que habéis visto en el número anterior; que no debían admitir ninguna variación; y el Sr. Sanz cerró todas las dudas con estas notables palabras: «Hermanas sois españolas; México podía ir a buscar Hermanas a otra nación; ha preferido España, respetemos, pues, los designios de Dios. Id tranquilas con vuestro santo hábito, con el mismo con que profesasteis. Presentaos en México como dignas españolas, bajo el dulce título de Hijas de la Caridad»[5].
Los Anales de México nos informan que a última hora se avinieron las Hermanas a ponerse los vestidos azules, pero con la toca tradicional de España y así desembarcaron en México, después de 53 días de mar.
Dos referencias hallamos en el diario de viaje con respecto a Sor Agustina. Todas las Hermanas sufrieron las acometidas del vómito marino. «En la enfermedad de las Hermanas dos cosas, dice, se notaron, que no pudieron menos de edificar a todos y muy particularmente a las Hermanas: la paciencia de las enfermas, conformidad y santa alegría, que no perdieron ni aun en sus mayores padecimientos, y la caridad y esmero con que Sor Agustina las servía,
que se prevalecía de su destino para reservar para sí los oficios más pesados y sólo se acordaba que era superiora para cumplir con el mayor cuidado los tiernos oficios de una cariñosa madre».
«Porque, el 27 de septiembre, el viento era muy flojo, el balanceo del buque incomodaba bastante. Hoy comulgaron todas las Hermanas, a excepción de Sor María Josefa, por hallarse todavía bastante débil. Por la tarde, en la novena de San Vicente se cantaron los gozos y hubo adoración de su reliquia. Sor Agustina para honrar la memoria del santo Fundador, presentó en la comida dos platitos de dulce, que fueron recibidos por los señores pasajeros con señales del más fino agradecimiento»[6].
Ya queda referido el apoteósico recibimiento que el pueblo mejicano dispensó a las Hijas de la Caridad. Semilla selecta caída en tierra inmejorable, el Instituto de las Hermanas comenzó a desarrollarse con tal pujanza que, en pocos años, quedaron ellas establecidas en las principales ciudades de la República. La bendición de Dios acompañaba todas sus empresas y ni los refuerzos venidos de España, ni las numerosas vocaciones de jóvenes mejicanas daban abasto a tantas fundaciones como se pedían.
Sólo tres años llevaban allí las Hermanas, cuando la misma Sor Agustina refiere a la Madre General en 1848 el cuadro consolador, si bien lleno de dolores, de aquellas comunidades: «Hemos atravesado días bien tristes y penosos a la vista del gran número de enfermos confiados a nuestros cuidados; más lo que sobre todo nos ha afligido es el haber tenido moribundas a muchas de nuestras Hermanas queridas. Nuestro buen Dios ha querido hacer prueba a la vez de nuestra sumisión y de nuestra confianza, llevándose para sí a aquellas que nosotras mirábamos como las columnas del edificio. Yo querría, mi muy honorable Madre, poder presentar a V. circunstanciados detalles sobre las virtudes de nuestras amadas difuntas, que aunque jóvenes, nos han edificado tanto por su piedad, por su amor, por su paciencia y por el celo generoso con que se consagraron al servicio de los enfermos. Ni el peligro del contagio, ni el calor del clima, ni las fatigas extraordinarias, ni la proximidad de la muerte, que por todas partes las amenazaba, nada ha podido entibiar su ardor, nada debilitar su espíritu. Todas se han creído demasiado dichosas en sacrificarse por el alivio de los pobres, nuestros amados Señores y en morir con las armas en la mano, víctimas de la Caridad»[7].
Así era en efecto. Las primeras mártires mexicanas de su caridad habían sido cinco novicias: Sor Guadalupe Gárate, de 26 años y uno de vocación; Sor María Pérez, de 17 años y uno de vocación y Sor Rafaela Segura, de 24 años y tres de vocación, muertas en la Casa Central en 1847 y Sor Eduarda Luna, de 23 años y dos de vocación y Sor Micaela Sandoval de 19 años y dos de vocación, muertas en 1848, la primera en la Casa Central y la segunda en el Hospital de San Juan de Dios.
Alma de todo aquel florecimiento de caridad era Sor Agustina, siempre de conformidad con la prudente dirección del entusiasta P. Armengol. Era necesario emprender viajes interminables y fatigosos por regiones inmensas y despobladas, no sin sobresaltos y peligros en aquellos años de guerra civil, pero la fortaleza de ánimo de Sor Agustina no se arredraba. Los Anales de México nos refieren, por ejemplo, que en 1859 caminando ella, una vez, en diligencia de la capital a Puebla, en compañía de Sor Micaela, Sor Nájera y de una joven llamada Gabriela Odriozola, fueron asaltadas por los pronunciados. «Con la velocidad del rayo, cuenta un Misionero, se presentaron y detuvieron la diligencia con lanzas, rifles y fusiles dirigidos a los pechos. Robaron a Gabriela las arracadas y amenazaban llevársela. Mandan volver la la diligencia. Retrocedimos tres leguas y nos llevaron a la Hacienda de Santa Elena.
Allí nos dejaron con orden de no movernos hasta el día siguiente. Poco, poquísimo dormimos en la noche, siempre sobresaltado el corazón. Sólo Sor Agustina estuvo con una serenidad más que admirable; algo se trastornó, como es natural, pero no perdió la presencia de ánimo»[8].
Así, durante cerca de veinte años estuvo trabajando incansable en aquellas fundaciones que se repetían sin cesar. Pero los mayores trabajos de Sor Agustina no fueron estos. Una dolorosa corona de punzadoras espinas iba a oprimir su corazón de Visitadora y, como tal, responsable de aquella floreciente Provincia de Hijas de la Caridad, de la semilla de España.
En 1853 el P. Armengol fue llamado a regir los destinos de ambas Congregaciones de S. Vicente en la Península, dejando en México un vacío difícil de llenar. Poco después, se desencadenó violenta la discordia por la dichosa cuestión del hábito que, no sólo en España, sino también en México y en Cuba había de tener las más dolorosas consecuencias. El P. Sanz, que había quedado de Director en México, se vio asediado desde París con cartas como la siguiente, fechada en 29 de octubre de 1857. «El traje de nuestras Hermanas españolas les fue dado con el sólo fin de separarlas de la Casa Madre. Es, pues, un signo de división, y por consiguiente, debe ser abandonado por todas las Hijas de la Caridad, que aprecien la unión con su Casa Madre y tengan afecto al espíritu de S. Vicente. Precisamente porque el traje español es un signo de división tengo el convencimiento de que aleja las bendiciones del cielo».
Las disposiciones de París eran tajantes: «1ª desde el 25 de marzo (de 1858) no debe V. permitir que las que de nuevo tomen el santo hábito, lo hagan sino en uniformidad con la casa Matriz. 2ª Deje V. en sus antiguas tocas a las que se empeñen en conservarlas, pero llamándolas a la casa central y privándolas la renovación de los santos votos».
El P. Sanz cerró los ojos a todas las consecuencias de tales disposiciones y, como si sólo se tratara de un caso de conciencia personal suya, quiso convertirse en un mero ejecutor de ellas y así se lo comunicó por oficio al Sr. Arzobispo de México. Pero éste le contestó por conducto de su Provisor, diciendo: «Hace más de un mes que llegó a conocimiento del Ilmo. Sr. Arzobispo la disposición dictada por V., como Superior de la Congregación de las Hijas de la Caridad, para que desde el 25 de marzo del año entrante cambien todas las Hermanas el traje que actualmente usan, con el que portan las que residen en Francia, conocido con el nombre de corneta. Desde entonces me autorizó para que impidiera este cambio y a este fin he tenido diversas entrevistas con V. y con la Señora Superiora de la casa Matriz, exponiendo los muy graves inconvenientes que resultarían por esta novedad, sin haber obtenido hasta ahora un resultado favorable. Mas habiendo visto el Ilmo. Sr. Arzobispo el comunicado, que sobre la materia, se publicó ayer en el Diario de Avisos y sabiendo la gran inquietud que reina en los ánimos de la mayor parte de las Hermanas, consecuencia de esa inesperada variación de traje, que haría perder su vocación a muchas, especialmente mejicanas, a quienes no se les puede obligar a que se pongan un traje, que no conocían ni aceptaron antes de entrar en la Congregación; y mucho más, cuando en cierto modo les expone al ridículo por ser tan contrario a los usos y costumbres de este país, cambiándolo por el muy honesto y decente que ahora llevan. S.S. Ilustrísima me ha prevenido me dirija a V. oficialmente, como tengo el honor de hacerlo, para decirle que prohíbe absolutamente que se haga tal variación en el traje de las Hermanas, exponiendo al Superior General las razones fundadas que hay para que así se verifique. Y lo comunico a V. con la satisfacción de renovarle mi particular afecto y debida consideración.
= Dios guarde a V. muchos años
= México septiembre 26 de 1857[9].
A nuevas instancias del P. Sanz, el Sr. Arzobispo le repite: «Prohíbo a V. de nuevo la variación de traje de las Hermanas, mientras que, como antes digo, no consulte yo el asunto otra vez y vea lo que ante Dios deba hacer (8 de enero de 1858)[10].
El revuelo entre las Hermanas fue enorme. Algunas, que hicieron algunas diligencias para evitar el cambio, fueron castigadas y retiradas a la casa central. La buena Sor Agustina se vio entre la espada y la pared, sin más remedio que secundar las medidas del P. Sanz. A punto estuvo de costarle esto la muerte. «El 26 de noviembre (1857), dice una breve nota de los Anales de México, recibió el Viático la Hermana Sor Agustina Inza, Visitadora de la Provincia, pero las oraciones de sus afligidas Hermanas consiguieron del Señor su restablecimiento, aunque después de una convalecencia muy larga».
Sor Josefa Suárez, Superiora de la Cuna de Puebla, fue tal la repugnancia que sentía por el cambio, que sólo de pensarlo había perdido la salud y decía que tendría que condenarse, en lo sucesivo, a no salir nunca a la calle en semejante traje.
«Tengo cartas, escribía más tarde el P. Armengol, tengo cartas de algunos sacerdotes de la Misión mexicanos, que hacen llorar. En tanto, cuántas vocaciones se perdieron a causa de las innovaciones. Varias Hermanas españolas se vieron expuestas en la calle, sin recursos para volver al seno de sus familias; otras, que pedían volver a España, se les negaba; sólo las francesas eran las que iban y venían a Europa»[11].
El Sr. Arzobispo de México acudió a Roma en 3 de marzo de 1858 para sostener su prohibición, diciendo del nuevo tocado que «histrionum instar gregis et cuasi larvam bachanalium tempore gestantes, universis esse fabula non inmerito existimantes», que no se atrevió a traducir el P. Sanz.
Es de notar que ya para entonces, en París, se había recibido un Rescripto de Su Santidad que decía así: «Reverendo Señor. Habiéndose representado a la Santidad de Nuestro Señor, que se procura introducir algún cambio en el hábito de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en España y que de tal innovación no podrán menos de seguirse grandes disgustos y lamentables consecuencias, su misma Santidad ha ordenado que se haga a V. sabedor de ello, a fin de que disponga que no se insista sobre ello y no se haga innovación.
= Esto es cuanto he de decirle sobre el asunto. Dios le guarde.
= Roma 14 de setiembre de 1857.
= a sus órdenes
= G. Cardenal della Genga A. Arzobispo de Filipi.
= Francia. Al Superior de la Misión».
Pero la voz del Sumo Pontífice cayó en el vacío y la ofensiva arreció cada vez más en España, en Cuba y en México. Los estragos de la lucha fueron terribles en España, donde la innovación no logró triunfar. En Cuba se impuso la innovación, pero las inquietudes fueron tales que, a los pocos años sólo se pudo recuperar la tranquilidad, volviendo las cosas a su punto de partida.
En México, «ya se había resuelto pasar a Puebla la Casa Central, si no consentía el Sr. Arzobispo, en que se pusiesen la corneta», que se había ya implantado en las otras casas fuera del Arzobispado. A pesar de ello, el Sr. Arzobispo D. Lázaro de la Garza, dijo que él no consentía el cambio hasta recibir de Roma la contestación.
«El Delegado Apostólico, Ilmo. Sr. Luis Clementi, recibió la comisión, en que Pío IX le encargaba arreglase ese negocio y el Sr. Delegado dispuso que se pusiesen la corneta, lo cual se verificó el día 12 de junio de 1859»[12]. Al punto, a que habían llegado ya las cosas era ésta allí la única resolución posible.
Creyó sin duda, entonces, la buena Sor Agustina llegada la hora de la paz que la permitiría, después de tantos dolores, seguir cultivando aquel espléndido jardín de bellas flores, que había sido y era la Provincia de México, y más ahora con las largas bendiciones divinas prometidas para aquella nueva época de uniformidad. Pero ¡ay!, entonces iba a llegar para ella un cáliz de amargura sólo comparable al que el Divino Jesús apuró en Getsemaní. La guerra civil, que ensangrentó el país desde 1855 a 1861, terminó con la entrada de Juárez en la Capital y el 12 de julio se publicaban las Leyes de Reforma, desterrando al Nuncio, los Obispos y al Ministro de España. Las Hijas de la Caridad fueron respetadas, por entonces.
Otras leyes del Gobierno provocaron la guerra internacional. Inglaterra, Francia y España mandaron escuadras y soldados en 1861. Desde el año anterior habían llegado a México dos Hermanas francesas para ponerse al frente de aquel noviciado. En 1861 llegaron otras seis y, poco después, otro grupo, que vino con el ejército francés para encargarse de sus hospitales. Un misionero, también francés, que las conducía, el P. Doumerg, escribía al P. General desde Veracruz, en 14 de septiembre de 1862: «Esperamos al General Forey de un día para otro y, apenas haya desembarcado y formado un cuerpo de mil hombres, partiré para Orizaba, llevando consigo a nuestras Hermanas y dos de nosotros»[13].
España e Inglaterra retiraron sus tropas y sus barcos, no queriendo secundar la política imperialista de Francia, que impuso en México el imperio de Maximiliano. Con esto creció el odio de los mexicanos a aquella nación y a las Hijas de la Caridad, quienes ya no eran miradas como tales, sino como emisarias de aquella política. Ya no eran llamadas Hijas de la Caridad sino las Hermanas francesas[14].
Y sucedió un incidente que vino a empeorar su situación y del que tuvo origen la persecución de las Hermanas, según dicen los Anales de México. En 17 de febrero de 1861, la casa principal se vio turbada por la visita de unos emisarios del Gobierno, que iban a practicar un registro, pues había llegado a él una denuncia de que en ella se guardaba una fuerte suma de dinero y alhajas pertenecientes a las religiosas Concepcionistas. Allí se presentó entonces también el ministro francés Soligni, sin duda por aviso de las Hermanas, y como si aquella casa fuera territorio exento de Francia, trató de oponerse al cateo, pero sin que lograra evitar el descubrimiento, en uno de los nichos del panteón, de cuarenta y un mil pesos y algunos objetos preciosos. Al día siguiente se presentó el juez para hacerse cargo del tesoro, pero de nuevo Soligni, cubriendo con su cuerpo la entrada de la pieza donde se encontraba, se opuso a que el juez cumpliese con su cometido. El juez se retiró para evitar un conflicto y Soligni, no contento con esto, rompió los sellos que amparaban el depósito y se lo llevó a su casa.
Bien se deja entender el revuelo y las habladurías a que ello daría lugar. El autor de los Anales de México se contenta con decir que «Soligni fue considerado como un imprudente»; pero nada nos dice de las angustias de las pobres Hermanas españolas y en especial de la pobre Sor Agustina. En qué habían venido a parar los entusiasmos con que las había recibido y tratado antes el pueblo mexicano.
Ocupada Orizaba por las fuerzas francesas, las Hermanas se encargaron allí de cuatro hospitales militares, en 1862. Dos años después cesó en su cargo de Visitadora Sor Agustina, siendo sustituía por Sor Ville venida de París. Noticia tan importante no mereció al minucioso autor de los Anales de México ni una nota, ni un comentario y sólo lo sabemos por carta de la nueva Visitadora, como luego veremos.
Aún vivió Sor Agustina otros cuatro años en la casa Central de Méjico. Allí, oculta, silenciosa y humilde fue apurando lentamente el cáliz del dolor con el presentimiento de ver cómo se iba desflorando aquel grandioso árbol de caridad por ella cultivado.
El odio a Francia, después de vencidos sus ejércitos, seguía manifestándose en desprecios y persecución a las Hermanas. Estas reciben orden del Gobierno mexicano para que renuncien al protectorado de Francia. El P. Learreta, autor de los Anales y muy identificado con aquel protectorado, escribía a Paris en 26 de julio de 1866, diciendo: «Nada puede moderar el liberalismo de estos pretendidos liberales y se mofan de nuestros derechos de protegidos franceses»[15].
El odio contra las Hermanas arreció de manera que se llegó a pedir a Juárez su expulsión. Sor Agustina no lo habría de ver, porque murió en la casa central el día 15 de junio de 1868, a los 60 años de su edad, 44 de vocación, y 24 de vida en México. No he visto las circunstancias de su muerte ni leído nota suya alguna necrológica, ni cartas suyas, que tal vez nos revelarían el martirio de su vida, tanto más cruel cuanto más hondo y silencioso. Esto nos ha movido a resucitar su memoria en este año centenario de la fundación de las Hijas de la Caridad en México. Descansan sus restos en el panteón francés, al que fueron trasladados poco antes de la expulsión.
En 1 de marzo de 1872 exponía la Visitadora Sor Ville al P. General el estado brillante de la Provincia. «El 15 de noviembre de 1844, Sor Agustina Inza vino de España a México con diez compañeras. Tenemos el consuelo de ver vivas a tres de ellas. Ellas y la Visitadora han trabajado afanosamente y sufrido pacientemente para implantar en este país la obra de Dios. Pues hemos de reconocer que ellas sembraron con lágrimas y regado con sudores los frutos que nosotras ahora recogemos».
«Cuando la santa obediencia me llamó a México, en 1864, había en la Provincia 18 casas y cerca de 200 Hermanas. Aprovecho la ocasión de deciros, muy Rdo. Padre, esto que se refiere a mi antecesora; lo muy útil que me fue su ayuda, el piadoso afecto que yo la tenía y la pena que me causó su muerte, en 1868.
«México ahora cuenta con 20 seminaristas y cerca de 400 Hermanas repartidas en 37 establecimientos. Hermanas españolas: 24, de ellas diez superioras; 26 francesas, de ellas 13 superioras; 1 irlandesa; todas las demás, mexicanas; de ellas 14 superioras. Humanamente hablando estas Hermanas pertenecen a cuatro diferentes naciones y si, en tiempos pasados, el espíritu de nacionalidad quiso un momento turbar el espíritu de familia, había motivos de excusa en aquellas circunstancias. Al presente, gracias sobre todo a la prudencia y espíritu de conciliación del Sr. Masnou, estas sombras han desaparecido»[16].
La simple lectura de este documento tan ingenuo producirá en muchos lectores una justificada emoción de lágrimas de dolor. Dos años después el hacha revolucionaria derrumbó árbol tan florido. El artículo 20 de la sección lª de las leyes de 14 de diciembre de 1874 expulsaba a las Hijas de la Caridad de la República. El noble pueblo mexicano las lloró y el pueblo español las llora todavía.
3.- Sor Julia Fagoaga. Es considerada como una de las primeras fundadoras, tanto de los PP. Paúles como de las Hijas de la Caridad en México. Dio sus cuantiosos bienes para el establecimiento de ambas comunidades y para un Colegio de niñas huérfanas. Fue la primera Hermana mejicana, de muy buen espíritu. Cedió a la Comunidad su hacienda de la Ascensión, una legua al poniente de la Capital, para recibir gratuitamente veinticuatro niñas huérfanas, en 3 de noviembre de 1848. Era joven de muy buenas cualidades y perteneciente a una de las principales familias de México. En 1853 formaba parte del Consejo provincial de las Hermanas con la Visitadora Sor Agustina Inza y Sor Martina Elía.
4.- Sor Magdalena Latiegui. Nació en Isasondo, Guipúzcoa, en 5 de junio de 1801 y entró en la Congregación en 22 de junio de 1823. Otras dos hermanas suyas carnales, Sor Josefa y Sor Juana siguieron su ejemplo y vistieron, años después, el santo hábito. Sor Josefa fue superiora del Colegio de Barbastro y Sor Juana estuvo destinada en el Hospicio de Jaén y en el Hospital de Cabra.
Sor Magdalena era la mayor y más antigua de vocación entre las fundadoras de México, pues tenía 43 años de edad y 21 de vocación. Hallábase prestando sus servicios en el Hospital General de Valencia.
Llegadas las Hermanas a México, ella como más antigua fue acompañando a la Superiora Sor Agustina a las visitas de agradecimiento y presentación que hubieron de hacer juntamente con los Señores Armengol y Sanz. Una de tales visitas y la más importante fue la que les fue fijada para las nueve de la noche al Sr. Presidente de la República.
El Presidente, rodeado de los principales miembros del Gobierno, les acogió, no con el frío formulismo de las atenciones diplomáticas, sino con verdadero cariño y hasta con emoción; y, según cuenta el P. Sanz, habló con ellos de la necesidad de que viniesen a México, pero insistiendo en la conveniencia de que fuesen todas españolas. Discurrió luego con ellas sobre las ventajas de su Instituto, sobre la gran probabilidad de extenderse en los principales puntos de la República y acabó por ofrecerlas toda su protección[17].
Al poco tiempo de su llegada a México, en marzo de 1845 se instalaron las Hermanas en el Hospital de San Juan de Dios en la misma Capital. El acto fue muy solemne y con Misa pontifical del Sr. Arzobispo. Fue nombrada Superiora Sor Magdalena.
Mas tarde pasó con el mismo cargo al Hospital de San Pablo en la misma capital, y allí murió en 9 de diciembre de 1868.
5.- Sor Josefa Rosa Ramos. Fue natural de Vera de Navarra, donde nació en 19 de agosto de 1804 y entró en la Congregación el 8 de septiembre de 1824. Cuando fue llamada a la fundación de México tenía 40 años de edad y 13 de vocación. En el Diario del viaje leemos un percance que le sucedió a ella y a otra de las Hermanas. «El calor, dice, era excesivo y en los camarotes se hacía insoportable; se juzgó necesario que dos de ellas Sor Rosa Ramos y Sor Micaela Ayanz trasladasen sus colchones al salón o cámara común; el silencio de la noche y el cansancio del día hacia que las Hermanas durmiesen profundamente; no se traslucía el menor indicio de que se alterase la perfecta calma que reinaba en el mar y en el buque; en un momento el mar se enfurece, introduce furioso una ola por una de las cuatro ventanas de popa que había abiertas; la cámara se inunda de agua salada; las Hermanas se mojan completamente; «¡ay! que se hunde el barco, el orden se turba, los marineros acuden con los cubos, la ventana se cierra, la cámara se desagua, la tranquilidad se restablece y las Hermanas se retiran a su primera habitación».
En 2 de noviembre de 1846 fue destinada como Superiora a la fundación del Hospital y Escuelas de Silao, donde, fuera de los enfermos, llegaron a tener cerca de cuatrocientas alumnas externas. En 1860 era Superiora del Hospital de S. Pedro, en Puebla. Pasó en México trabajando como buena durante los treinta años que duró aquella fundación, y tenía ya 70 cuando se vio precisada a dejar el país en virtud de la ley de expulsión.
Al pasar por la Habana, dicen los Anales Franceses, «no descendemos, pero nuestras Hermanas españolas, que tienen en esta ciudad muchos establecimientos vienen a visitarnos con mucha cordialidad. No son en número suficientes para el trabajo de sus casas y esperaban reclutar algunas de las viajeras. Comprenderá V. Padre General, por qué éstas no podían satisfacer sus deseos.
«Dejamos, sin embargo a la respetable M. Boquet y a nuestra buena Sor María Josefa Ramos, fundadora, a quien su edad y sus enfermedades hacían insoportables las fatigas de un largo viaje y los fríos de Europa. En cambio, dos de nuestras Hermanas habaneras, autorizadas previamente por la Madre General, se unieron a nuestra colonia»[18].
Era esto en los primeros días de 1875 y en 26 de septiembre del mismo año murió Sor Josefa en el Hospital militar de la Habana.
6.- Sor Melchora Iriarte. Nació en Lumbier en 22 de Diciembre de 1807. Entró en la Congregación en 1 de junio de 1827. Estaba destinada en el Hospital General de Madrid y fue una de las mandadas retirar con la Superiora por la Junta de Beneficencia en 1836. En abril de 1838 llegó al Hospicio de Oviedo y volvió a Madrid en 1843. En agosto de 1848 estaba en la Misericordia de Tolosa. No consta cuándo pasó a Méjico, pero en diciembre de 1855 era Superiora del Manicomio del Divino Salvador, donde estuvo hasta 1860, en que fue a la fundación del Hospicio de Puebla.
De esta última época de la vida de Sor Melchora hallamos en los Anales Franceses la siguiente anécdota. En enero de 1863 estableció el Gobierno otra ambulancia a cargo de las Hijas de la Caridad en Cholula, a tres leguas de Puebla. Para organizar esta ambulancia fue destinada Sor Melchora, la superiora del Hospital establecido en el Seminario de Puebla y el Administrador, con quien había tenido no pocos altercados, por no proporcionar él los fondos necesarios para la debida asistencia de los enfermos, la dijo: «Sor Melchora, los franceses están para llegar; no deje V. de volver pronto para estar con nosotros durante el asedio. ¿Cómo desea V. mi vuelta, después de tantas discusiones? Pues por eso mismo, porque V. nos reprende a todos y nos hace andar derechos».
7.- Sor Concepción Oronoz. Era natural de Sangüesa, donde nació en 16 de abril de 1816. Entró en la Congregación el 24 de diciembre de 1833. Estaba en la Inclusa de Madrid, cuando fue llamada a la primera expedición a México; tenía 10 años de vocación. Fue destinada a la fundación de San Juan de Dios en marzo de 1845. A mediados de agosto de 1847, fue nombrada Superiora del Hospital de S. Pablo, en la Capital, y en 1856 pasó a la fundación del Colegio de Monterrey; habiéndose enfermado gravemente, en 1860, volvió a la ciudad de México, donde murió el 10 de febrero de 1861.
8.- Sor Micaela Ayanz. Nació en Cemboráin, Navarra, el 19 de abril de 1818. Entró en la Congregación el 16 de octubre de 1842. Cuando fue llamada a la fundación de México estaba aún en el Noviciado. Era hermana carnal y mayor de Sor Agustina, la nombrada Visitadora más tarde y fundadora de Filipinas. Estuvo en la Casa Central mexicana hasta mediados de agosto de 1847, en que fue destinada a la fundación del Hospital de S. Pablo, en la Capital, del que fue nombrada Superiora en 1856. Los Anales de México nos refieren
un hecho que revela bien el temple de alma de Sor Micaela. «El 20 de octubre de 1857, tres malhechores, vestidos de guardias de seguridad pública, entraron en el Hospital de S. Pablo, en la capital de México. Pusieron en alarma a los soldados de la guardia que custodiaba aquellos presos enfermos, diciendo que el centro de la ciudad estaba en revolución y que traían orden de que abandonasen San Pablo. Los oficiales huyeron o se escondieron y los presos quedaron sin guardia. Los tres malhechores hicieron que se vistieran algunos de sus compañeros que estaban allí y huyeron con ellos. Corre a ellos Sor Micaela la Superiora con Sor Ernestina, que murió en San Diego, Valdemoro, según me dicen por el año 1907; los detienen en el patio, aunque pasaban de cien los malhechores y les obligaron a volver a las salas y a sus camas con palabras de persuasión y avisaron al Ayuntamiento. Según dichos Anales sobrevivió a la expulsión.
9.- Sor Josefa Suárez Canel. Fue natural de Avilés, Asturias, donde nació en 22 de abril de 1816. Entró en la Congregación el 31 de diciembre de 1835. En agosto de 1836 fue destinada al Hospital de la Misericordia de Toledo y allí estaba, cuando fue escogida para la fundación de Méjico. Aquí su primer destino fue el Hospital de S. Juan de Dios. Más tarde pasó de Superiora a la Cuna de Puebla. Allí estaba en 1857, cuando se impuso a las Hermanas el cambio de hábito y fue Sor Josefa una de las Hermanas que más repugnancia sintieron a dicho cambio. «Pero al fin, dicen los Anales de México, hizo el sacrificio, según la resolución que siempre tuvo formada y al verse con la corneta, se acabó la tentación y todas sus dificultades».
Fue una de las supervivientes a la expulsión de México. Pasó a Cuba y murió en el Colegio de S. Vicente, del que aparece nombrada Superiora en 1885, aunque no figura como efectiva. Murió en dicho Colegio, en marzo de 1898.
10.- Sor Luisa Merladet. Era natural de Durango, Guipúzcoa y nació el 19 de agosto de 1817. Entró en la Congregación el 3 de octubre de 1843. Murió en 11 de agosto de 1893.
Sólo un año tenía de vocación cuando fue destinada a la fundación de México. En 1850 fue a la fundación del Hospital de Cuernavaca. En 1853 fue destinada como Superiora a la fundación del Hospital de Guadalajara, el S. Juan de Dios, pero siendo éste muy insalubre, se trasladaron las Hermanas al de Belén en 1855. También estuvo al frente del Hospicio de la misma ciudad, cuando se establecieron en él las Hermanas en 1859, hasta que fue nombrada Superiora Sor Ignacia Osés. En 1860 fue a los ejercicios de Superioras que dio en la Capital el P. Sanz, y se quedó allí por enferma.
Ya en otro viaje a la casa central en 1856 se dio un golpe en un pie que la dejó inutilizada varios meses y le sobrevino un ataque de apoplejía de que sanó milagrosamente.
En 1866 volvió a España y en 1867 fue nombrada Superiora del Hospital de Irache, donde estuvo poco tiempo. Murió el 11 de agosto de 1893.
Refieren los Anales de México algunos hechos, que manifiestan bien lo mucho que tenían que sufrir las Hermanas y el gran ascendiente que aquella buena Superiora de Guadalajara, Sor Luisa, que fue como la providencia de todas aquellas fundaciones, ejercía sobre toda clase de personas. Los estudiantes de aquella clínica de Belén, insolentados se burlaban de catedráticos y Superiores y aún de las Hermanas. Sólo a la Superiora respetaban. Y hasta los soldados más indómitos.
«Había llegado a Guadalajara, refieren, una división de tropa, que llevaban consigo el nombre de feroces e insufribles, como los calificaba su mismo general. Había entre estas tropas unos trescientos enfermos y no sabiendo el general cómo atenderlos a todos ni a quién encargar el cuidado de esta gente indómita, envió una comisión encargada de suplicar atentamente a la Hermana Superiora de Belén, que admitiese algunos de aquellos enfermos en su hospital, prometiendo que enviaría con ellos algunos oficiales que los cuidasen; y para que, por el temor de éstos, no cometiesen tropelía alguna; añadiendo que conocía que eran muy malos y capaces de dar muchos disgustos. Contestó la Superiora Sor Luisa que le enviara todos sus enfermos; que quería cuidar bien de todos. Mucho sorprendió al general la disposición de esta Hermana y, no sin bastante recelo accedió a ello y tuvo cuidado de enviar puntualmente a sus oficiales para informarse de los desmanes que cometieran en el Hospital y reprimirlos. Aquellos infelices soldados, que en el ejército iban a perecer, se salvaron por la atención y desvelos de las Hermanas. No es fácil acomodar a trescientos enfermos, a más de los muchos que había, en sólo la mitad del hospital; pero ellas se ingeniaron para todo y los acomodaron bien. Su afabilidad y esmero en compadecerlos en sus dolencias y servirlos en cuanto necesitaban, hizo en todos ellos tal impresión, que, habiendo
sido tigres para el general, se convirtieron en ovejas para las Hermanas; y cuando antes no se les conoció sentimiento alguno de humanidad, después no cesaban de dar constantes pruebas de su agradecimiento a los cuidados de verdaderas madres que, en aquellas Hermanas, habían encontrado.
11.- Sor Concepción Arbe. Nació en Cádiz el 16 de setiembre de 1817 y entró en la Congregación, ya de 27 años, en 21 de marzo de 1844. Fue destinada en 4 de noviembre al Hospicio de su ciudad natal y salió para Méjico en la tercera y última expedición de Hermanas que condujo, en marzo de 1853, el P. Armengol.
Sirvió con mucha satisfacción de los superiores cargos importantes, particularmente el de la dirección del Hospital de Guanajuato y después de haber edificado con su ejemplo de muchas virtudes, durante su larga enfermedad, en la que manifestaba la más envidiable conformidad y gozo, entregó su alma a Dios en la casa central de Méjico, el 10 de septiembre de 1857, a los 40 años de su edad y 13 de vocación.
En marzo de 1861, los emisarios del gobierno mexicano hallaron en su sepultura el tesoro allí escondido y que dio muy serios disgustos a las Hermanas y no poco que hablar, principalmente por la conducta inconsiderada del Ministro francés, que fue la causa de la enconada persecución contra las Hijas de la Caridad.
12.- Sor Brígida Porta. Nació en Almoster, Tarragona, en 18 de octubre de 1826 y entró en la Congregación en 24 de marzo de 1851. Llegó a México en la tercera expedición de 1853 y fue destinada aquel mismo año a la fundación del Hospital de S. Juan de Dios y Hospicio de Guadalajara.
Enferma de gravedad volvió a México, donde murió el 30 de noviembre de 1858, en la flor de sus 32 años. Pero en el corto tiempo de su vida dio continuos e inolvidables ejemplos de todas las virtudes de una verdadera Hija de la Caridad. Casi todo el último año de su vida estuvo postrada en cama, en tal estado de gravedad que fue una verdadera agonía.
13.- Sor Josefa Noriega. Esta Hermana mexicana fue una de las que más se distinguieron por su buen espíritu, competencia y regularidad. Nació en 1830 y entró en la Congregación en 1852. Fue destinada al Hospital y Colegio de S. Juan de Dios de Toluca, en 1858, de donde fue nombrada Superiora. Murió allí en 5 de marzo de 1861 de fiebre tifoidea. Deliraba casi continuamente en su última enfermedad y en sus delirios todo era ocuparse de las cosas de su obligación, dirigiendo las obras de la casa o dando órdenes a las Hermanas, vigilando la hora de levantarse. La víspera de su muerte se la oía pronunciar: «¿Son las cuatro, son ya las cuatro?» Se le hizo un entierro solemnísimo, al que asistió lo más selecto de la ciudad, con el clero y comunidades religiosas; y previa la correspondiente licencia, fue inhumado su cadáver en la iglesia de S. Juan de Dios. Muerta Sor Josefa, fue nombrada Superiora de aquella casa Sor Luisa Merladet, en atención a que le sería benéfico aquel clima. Poco después estaba al frente de la Comunidad Sor Magdalena Latiegui.
14.- Sor Micaela Urabayen, (Tomasa). Nació en Belascoaín el 8 de mayo de 1821. Fue a Méjico en la expedición de 20 Hermanas autorizada por el Gobierno español en octubre de 1849, pero con la precisa condición de que fueran recién recibidas en el noviciado. Fue destinada en 1850 a la fundación del Hospital y Escuelas de Cuernavaca y en 1857 nombrada Superiora del Hospital de Lagos, donde aún permanecía en 1860.
[1] SANZ, Compendio…, pag. 182.
[2] P. ROCA. Oficios…, 29 de marzo de 1843. (222)
[4] P. ARMENGOL, Circular impresa de 1866.
[6] Diario del Viaje, impreso sin pie de imprenta
[7] P. NIETO., Historia de las Hijas de la Caridad, T. II, pág. pag. 28.
[13] Anales Franceses. Tomo 28 pág. 324.
[14] P. NIETO, Historia…, o.c. Tomo II, pag. 30.
[15] Anales Franceses. Tomo 33, pga. 255.
[16] ANALES FRANCESES, T. 37, pag. 410.







