Hijas de la Caridad: Fundación en México (1)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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logo-hhcSumario: 1.- Fundación de México, y diferentes puntos de vista en París y en Madrid 2.‑ Carta del P. Armengol al P. General sobre el cambio de hábito de las Hermanas destinadas a Méjico. 3.‑ El Sr. Roca es relevado del cargo de Visitador. Circular de despedida. 4.‑ Nombramiento del P. Codina y disposiciones del P. General para estrechar las relaciones de las Hermanas de España con las de Francia. 5.‑ Nombramiento de Visitadora y Consejo Provincial. 6.‑ Antiguas relaciones de unión y dependencia de las Hermanas españolas con sus Superiores Mayores. 7.‑ Afectuosa Circular de la Madre General a las Hermanas de España. 8.‑ El cambio de tocado. Dificultades insuperables. 9.- Recelos en París por el título de Director General, usado por el P. Codina. 10.‑Visita del P. Codina a las casas de Andalucía. Proyecto de nuevas fundaciones. 11.‑Fundación del Hospital de Manresa. 12.‑ El Hospital de Santander. Elogios de Sor Josefa Badaya y de Sor Josefa Gorostiza. 13.‑ Casa de Caridad. Santander. Elogio de Sor Rosalía Ansoleaga.

1.- No sabemos lo que el P. General pudo contestar a estas efusivas comunicaciones hechas por el P. Roca, pero el pobre anciano debió de sufrir la más desconsoladora sorpresa al recibir una carta del P. Codina, desterrado entonces en Francia, y cuyo contenido sabemos por la franca respuesta del P. Roca al General: «Hemos recibido, dice con fecha 10 de febrero, carta del Sr. Codina, por la que me entero ser él el escogido para ir a Méjico con las diez Hermanas españolas. Estoy conforme con la feliz elección de Director que V. ha hecho; y hay que nombrar otro misionero español que le acompañe».

«Pero me ha sorprendido lo que me dice de que el embarque será en Francia; esto ha de traer malas consecuencias para las dos familias de S. Vicente en España. Los fundadores de esa misión, el Gobierno español y el Gobierno mejicano, no llevarán a bien ni permitirán que las Hermanas se embarquen fuera de España. Si esto sucede, muy Rvdo. Padre, le aseguro que perderá V. toda la jurisdicción que tiene sobre España; porque el Gobierno español no mira bien la dependencia que tenemos de Francia, aunque disimula por ahora y yo hago cuanto puedo por conservarla, como V. puede ver en la Escritura de contrato, en la cual es V. nombrado como nuestro General. Pero si el Sr. Codina no viene a España para juntarse a las diez Hermanas y embarcan en el Baiseau Ameriquen, las Hermanas se verán obligadas a no reconocerle por su padre, serán arrojadas de los establecimientos y acaso del Reino. He aquí, muy Rvdo. Padre el mal resultado de esta misión, si V, hace lo que nos comunica el P. Codina.

Además los fundadores no admiten más Hermanas que las enviadas por su Comisionado y por el Gobierno español que está interesado en esta misión. He hecho cuanto he podido por asegurar nuestra total dependencia de V., como lo verá en todas las escrituras, pero si V. se opone a los decretos de ambos gobiernos y a la voluntad de los fundadores, no respondo de las malas consecuencias. En nombre de todos mis compañeros le digo que el medio más seguro, más conforme a la voluntad del Fundador y de los Gobiernos es, muy  Rvdo. Padre, que mande V. aquí al Padre Codina y que escoja las diez Hermanas más a propósito para esa misión.

El Sr. Córdoba, apoderado de los fundadores, me ruega escriba una Circular a todas las Hermanas de España para ver las que se ofrecen a ir a México y escoger las más a propósito para que vayan, según verá V. en la copia que le remito. En la Escritura se señala la edad y condiciones de las Hermanas. Esas que hay en Francia creo no son del todo a propósito para esa misión.

En fin, le escribo esto con la intención más pura de hacer la Divina voluntad, sin olvidar el bien de la Congregación. Viejo soy y sólo puedo prepararme para bien morir. No estaría tranquilo en conciencia si no le advirtiese de lo que sobrevendrá, si hace V. lo que me dice el P. Codina. Rogaré a la bondad Divina que le ilumine a V. para no exponer a ambas familias de San Vicente en España a quedar fuera de vuestra dependencia y de la unión con nuestra principal cabeza».

Y vuelve a escribir el P. Roca con fecha 7 de marzo: «Remito a V. el último papel que la República mexicana ha enviado a su Embajador en España, por el cual verá que ningún Superior General de la Congregación de la Misión ha sido reconocido tan plenamente y con tanta claridad por jefe de ambas familias de S. Vicente, como reconocen a V. ahora los dos gobiernos eclesiástico y civil, mejicano y español. Gracias a Dios. Gracias a Dios. Functus sum meo officio. La escritura está firmada, el navío está apalabrado para octubre. V. ha nombrado y confirmado al Director, inútil será nombrar otro. Las Hermanas serán las que Dios disponga y espero en la bondad Divina que serán capaces de cumplir sus deberes».

Finalmente desde Sos, a donde le había llevado un negocio importante, escribe, por última vez, el P. Roca al General, sobre esta fundación y dice con fecha 25 de junio: «Ya he recibido poder para firmar la Escritura de México; entre tanto, nuestra casa de Madrid se arruina hasta los cimientos. Si yo hubiera tenido los dichos poderes, a su tiempo, esto no hubiera pasado.

Parece que antes el Ministerio nos era favorable. Adoremos, sin embargo, la Divina providencia. Sor Agustina, irá a Paris; acaso llegue para el día de San Vicente. Sor Teresa Martínez la acompañará para instruirse en los usos de las Hermanas de Francia y formar las novicias en España, según la uniformidad de París. Creo es propia para maestra de novicias y para ocupar el lugar de la Hermana Angela. Por esto, ruego a V. le dé cuantas instruccio­nes y papeles sean necesarios para formar novicias al uso de Francia, aunque aquí se forman según la tradición y creo que casi lo mismo que en París, según testimonio de las venidas de ese noviciado. Deseo sin embargo, total uniformidad.

Bueno será que cuanto antes nombre V. los Directores que las han de acompañar a México. Si envía al Sr. Sanz, ruego a V. haga venir al Sr. Boquet que estaba en Nápoles y ahora en Montoliu y al Hº Juan que está en Valfleury».

Es patente en las cartas transcritas la amargura del P. Roca. Veía de cerca las cosas Y se daba perfecta cuenta del distinto punto de mira que había en Madrid y París. París quería imponer en la nueva fundación del amplio y rico país mejicano la impronta francesa. Se trataba de fundar un nuevo noviciado de Hijas de la Caridad, ¿De dónde había de salir el molde sino de la Casa Madre? Esto era lo más natural.

Pero desde el punto de vista de España, México era una hija recién emancipada de la madre patria; y la lengua, las costumbres y los afectos le habían movido a pedir al Noviciado de Madrid las Hijas de la Caridad y tanto los fundadores como los Gobiernos de Méjico y de España habían convenido en ello.

El P. Roca, como buen hijo de S. Vicente, sin dejar de ser buen hijo de España, creyó que los intereses de la Congregación y los de México y España quedaban bien compaginados, reconociendo ante todo los derechos del P. General, aunque las Hermanas españolas fueran las ejecutoras de aquella empresa. Mas esto no satisfacía al P. General, quien tenía empeño, como fino amante que era de su patria, en que embarcaran en uno de sus puertos franceses y con hábito francés.

Las Hijas de la Caridad de Francia habían adoptado un tocado que las diferenciaba de las de España, que seguían con el antiguo y era lógico que el P. General quisiera que la nueva fundación de México se hiciera uniforme con el tocado francés. Esto no parecía difícil de hacer, pues, como sabemos, había en Francia algunas Hermanas españolas emigradas desde nuestra primera guerra civil y que tenían el hábito francés. En ellas pensó el P. General, pero en Madrid se creía, como así era, que aquellas Hermanas, ni por su edad ni por sus cualidades eran las más aptas para dejar dignamente acreditada la Congregación de España en México, a donde se quería enviar la flor y nata de la provincia española. Querían y con razón dar a aquella misión los más sólidos fundamentos.

Las sinceras manifestaciones del P. Roca, si no fueron del agrado del P. General, le obligaron a prescindir del embarque en Francia y del personal español allí existente, pero no de que llevaran de París los hábitos franceses a fin de que con ellos entrasen en México.

El P. Codina logró salvarse de aquel compromiso y en lugar suyo fueron nombrados Directores de la nueva misión los Señores Armengol y Sanz.

2.- El 21 de agosto de 1844 estaba ya en Madrid el P. Armengol, quien, con esa fecha, decía al P. General: «Llegué a Madrid la noche del domingo último por la Malle Poste, cuyo conductor fue tan bueno con este su servidor que paró en un lugar el tiempo necesario para poder celebrar el santo Sacrificio, motivo para mí de no poco consuelo.

Me alojo con los Sres. Roca, Sanz, Mata y Borja, que están buenos y saludan a V. El Sr. Sanz me ruega comunique a V. que ahora no le puede escribir por sus excesivas ocupaciones, que luego lo hará. Hoy mismo han llegado Sor Teresa y Doña Teresa; Sor Agustina fue llevada a Tolosa por su madre y su hermano. Pienso que vendrá aquí por la Malle Poste. La pequeña colonia está en retiro espiritual.

Reverendísimo Padre: me parece un deber de conciencia advertir a V. sencillamente nuestras dificultades concernientes al cambio de hábito de las Hermanas. 1º Le digo que de mi parte y de la del Sr. Sanz, estamos sumisos a la voluntad de V. sicut lima in fabri manu. 2º. Testimoniamos a V. la misma sumisión de las Hermanas que van a México; están dispuestas a todo. Pero esto no resuelve las dificultades. Esta mudanza no puede hacerse sin que llegue a conocimiento del Gobierno español y de las Hermanas de España; y dada la repugnancia que las Hermanas tienen a este cambio y el peligro de que el Gobierno se mezcle, ello va a comprometer la autoridad de nuestro muy querido Rvdo. Padre de las dos familias de San Vicente en España.

«Venido yo aquí he tenido que relacionarme con personas notables de la política, y sus conversaciones me han confirmado en estos temores. Permita V. que añada que, cuando el Superior General Sr. Nozo mandó el color azulado en el hábito de las Hermanas, exceptuó a las de España, según documento que se guarda en nuestros archivos. El color azulado, aquí y en México, es el que usan los hijos e hijas de San Francisco. Espero, Padre mío, de su bondad me conteste a Cádiz, con esta dirección: Buenaventura Armengol.‑ En la Cuna de Cádiz».

3.- No sabemos la contestación del P. General al Sr. Armengol, pero pocos días después el P. Roca recibía orden de cesar en su cargo de Visitador y Director de Hermanas, noticia que el santo anciano acogió con serenidad. «He recibido con gran placer, escribe en 26 de agosto, vuestra querida carta. Con todo mi corazón os doy gracias de haberme quitado un peso que me aplastaba. Dios le pague el favor que me ha hecho. Treinta y cuatro años hace que gimo bajo el peso de tan formidable responsabilidad, ya estoy libre de ella. Doy gracias a Dios y a V. de haber escuchado mis clamores. Ahora que estoy libre, tendré tiempo para prepararme a bien morir que es lo único necesario, unum est necessarium».

La misma serenidad y unción respira su última Circular del 16 de septiembre, con la que se despide de las Hermanas: «Ya ha llegado, amadas Hermanas, el feliz momento de poderos comunicar una agradable noticia; escuchadla con atención, porque es muy interesante a vosotras mismas y muy provechosa para mí.

Sabed pues, que nuestro honorable Padre, el Sr. Superior General, cerciorado de mi avanzada edad, de mis achaques habituales y de los deseos que yo tenía de verme libre de la pesada carga y de la formidable responsabilidad que gravitaban sobre mis débiles hombros, se ha dignado compadecerse de mí y ha tenido a bien nombrar al Sr. Buenaventura Codina, Sacerdote de la Congregación de la Misión, para que fuese mi sucesor en el honorífico empleo de Director y Visitador de las Hijas de la Caridad de los dominios de España.

Yo me doy el parabién por verme exonerado de un gravísimo peso, que excedía mis flacas fuerzas; os le doy también a vosotras mismas por merecer un Director tan digno por las relevantes cualidades que le adornan, como vosotras sabéis por una dichosa experiencia.

Recibidle, pues, con agradecimiento, como enviado del cielo, para vuestra dirección y consuelo. Oíd con docilidad sus saludables consejos y ponedlos en ejecución con devoción.

Obedecedle con alegría y prontitud en todo lo que ordenare para vuestro bien.

Yo espero y tengo por cierto que le oiréis con gusto y le obedeceréis con sumisión, así como por la misericordia de Dios y la bondad de vuestros corazones lo habéis hecho con este miserable pecador, por todo el tiempo que ha tenido el honor de estar al frente de vuestra dirección. En efecto, mis amadas Hermanas en Jesucristo, yo no puedo menos de hacer justicia a vuestra pronta obediencia, con la que siempre me habéis edificado y aliviado en mis penas y trabajos. Ojalá que todos mis sucesores puedan daros un testimonio tan honorífico y tan debido a vuestra filial y amorosa obediencia. Muchas veces habéis oído de mi boca este justo elogio, que ahora confirmo con mi pluma. A Dios sea la gloria y a vosotras el provecho.

No ignoráis vosotras, carísimas Hermanas mías, que yo en varias Circulares os decía que me desviviría y me sacrificaría para vuestro bien espiritual y corporal, empleando todas las fuerzas de mi cuerpo y todas las potencias de mi alma para vuestra felicidad temporal y eterna. Tengo la satisfacción de pensar que he cumplido según mi posibilidad, con lo que os  ofrecí. Vosotras mismas sois testigos los más abonados de mis cuidados, de mis trabajos y sudores para vuestra santificación, para vuestro honor y para la propagación de vuestro Instituto.

Este ha sido siempre, de día y de noche, el blanco de mis desvelos y el único objeto de mis oraciones en el acatamiento del Todopoderoso, a cuyo fin os llevaba todos los días al altar del adorable sacrificio para ofreceros al Dios Altísimo juntamente con la Hostia Santa e Inmaculada, para que todas vosotras fueseis hostias agradables y puras a sus Divinos ojos. En pocas palabras, todos mis votos al cielo, todas mis súplicas a la Reina de los cielos y a nuestro Padre San Vicente se dirigían para obtener del Dios de las Misericordias las gracias necesarias para vuestra salvación y conservación en vuestra vocación; de modo que casi me olvidaba de mi pobre alma para pensar en las vuestras.

Mas si el buen Dios se ha dignado mirar mis deseos y oir mis suspiros a favor vuestro yo lo atribuyo todo a la poderosa intercesión de vuestra piadosa Madre la Virgen Santísima,  bajo cuya protección os ponía todos los días, para que abrigadas con su poderoso manto y defendidas con su impenetrable escudo estuvieseis a cubierto de los tiros del capital enemigo de nuestras almas.

Mas, sin embargo de mis desvelos, de mis oraciones y de mis buenos deseos, temo, amadas Hermanas mías, que habré cometido muchas faltas en mi empleo y que os habré ocasionado muchos disgustos. Pero puedo aseguraros con toda verdad que éstos han provenido de mis cortos talentos y de mi poca virtud, más que de falta de voluntad; por lo que espero de vuestra caridad que me perdonéis y olvidaréis todos mis sinsabores que por ignorancia os haya ocasionado.

Por último, amadas Hermanas mías en Jesucristo, os encargo con todo el afecto de mi corazón lo que Santo Domingo, en su agonía, encargaba a sus religiosos, y San Juan en su vejez, repetía tantas veces a sus hijos en aquellas tiernas palabras nacidas del corazón: Hijos míos, les decía, hijos míos, amaos unos a otros; y si esto hacéis será suficiente». Lo mismo os digo yo en mi despedida: Hermanas mías en Jesucristo, amaos unas a otras con un amor puro y sin división. Si esto hacéis, bastará para que vosotras todas viváis unidas en santa caridad cordial, para que vuestras casas sean un remedo de la gloria y para que todas seáis un agradable espectáculo a Dios, a los ángeles y a los hombres. A cuyo fin rogaré al Padre de las Misericordias para que os conceda la gracia para vivir en una perfecta caridad y unión fraterna, para amaros mutuamente en esta vida y eternamente en la gloria. Amén.

Ahora arrodillado en espíritu en la presencia de Dios, os daré por última vez la santa bendición; recibidla, pues, con humilde corazón. La bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo sea siempre con vosotras. Amen.

Así terminó la actuación del P. Roca como Director de las Hermanas; pero continuó hasta el fin de su larga vida prestándoles sus servicios espirituales en Sangüesa y en Madrid principalmente. Había nacido en Dorras, pueblo entonces de la Diócesis de Urgel y hoy de Perpiñán, en el 18 de marzo de 1769. Antes de ser Visitador había trabajado notablemente en Mallorca y en Badajoz. Dios le concedió una feliz longevidad y aún, en 1847, el P. Codina le proponía al P. General para volver a dirigir las Congregaciones de España, pues «se conduce muy bien; y a pesar de su avanzada edad, puede viajar todavía, como en efecto lo hace con frecuencia y sin molestia; conoce bien a los Misioneros y a las Hermanas y goza de excelente reputación dentro y fuera de ambas Congregaciones». Murió santamente en Madrid en 29 de enero de 1859, a los noventa años de edad y setenta de vocación.

4.- El nuevo Director de las Hijas de la Caridad en España, P. Codina, traía en su favor, además de las mejores cualidades, la experiencia y buena fama que había obtenido en la época anterior de su gobierno. Por eso fue menos sensible a las Hermanas la pérdida del P. Roca. Ya queda dicho en capítulos anteriores, cómo desterrado de España había tenido que emigrar a Francia. El mismo nos dirá cuánto se ampliaron allí sus horizontes en el conocimiento de la Congregación.

Su primera Circular de 25 de septiembre de 1844, señala una nueva época, como vamos a ver. «Después de cinco años, dice, de ausencia de la madre Patria y de haber cesado, por la calamidad de los tiempos, en las funciones de Director de vuestra Congregación en España, ha dispuesto la Divina Providencia que se me facilitase el regreso; y nuestro muy honorable P. el Superior General ha impuesto de nuevo sobre mis hombros la formidable carga de Director y Visitador de todas las casas y personas de las Hijas de la Caridad, sitas en todos los dominios de la Monarquía.

Durante mi ausencia he podido observar de cerca vuestra Congregación, en el lugar mismo en que nació, tener estrechas relaciones con la Superiora principal, sus Oficialas y Consejeras, con el Director de la Comunidad Madre y con el mismo Superior General; y por estos medios he podido ponerme al corriente del sistema de Gobierno que nuestro Santo Fundador delineó y que sus sucesores han perfeccionado y puesto en práctica para gran gloria de Dios y bien de las almas. Por medio de este gobierno tan sabiamente establecido, vuestra Congregación, no solamente se ha separado de los desastres que de medio siglo a esta parte la pusieron al borde de un abismo sin suelo, sino que también ha recobrado su antiguo esplendor y logrado un engrandecimiento, que la perspicacia de S. Vicente puede ser estuvo muy lejos de prever. Vuestra Congregación, en el día, más que nunca es un espectáculo digno de Dios, de los ángeles y de los hombres y que excita la admiración no sólo de los fieles sino también de los mismos infieles.

Todo esto proviene de la sabiduría y unidad de su gobierno, bajo la dirección de su legítima cabeza y de la docilidad con que todos los miembros reciben y siguen sus acertados impulsos. La Provincia Española es una parte considerable de este cuerpo majestuoso; participa por tanto de todas sus glorias y contribuye como otro cualquiera a su engrandeci­miento. Para que esta cooperación sea constante y eficaz es necesario que, en cuanto las circunstancias y tiempos lo permitan, se conforme en todo con los usos y prácticas de las demás Provincias e imite y siga los pasos de la Casa que es Madre universal de todas las que están esparcidas en las cuatro partes del mundo.

Nada me ha encargado más vivamente nuestro muy honorable Padre como el trabajar en establecer esta uniformidad en la Provincia que ha puesto a mi cargo, y obediente a sus instrucciones, yo no omitiré diligencia alguna para llevar sus deseos e intenciones comprendidas en los números siguientes».

En el 1º trata de la observancia de las Santas Reglas. En el 2º, en particular, de la huída del mundo y del trato con los externos. En el 3º, del cuidado de los pobres. Mayor importancia por su novedad tiene el nº 4º al que los otros parecen sólo servir de mero preámbulo. «Lo dicho como veis, mira al bien de cada una de vosotras; pero hay otras cosas que reglar, las que miran al bien general de la Congregación. Hasta ahora, mis carísimas Hermanas, vuestra Congregación en España, por razón de la calamidad de los tiempos y falta de documentos, ha estado como aislada y casi sin comunicación con los Superiores mayores: sólo dos veces al año se escribía a la Superiora General o al Sr. Superior General; la una para pedir licencia para renovar los Votos en el día acostumbrado; la otra para enviar la lista de las Hermanas difuntas; y esto ordinariamente por mano del solo Director. Y muy raras veces escribían las Superioras y menos aún las Hermanas particulares. De esta falta de correspon­den­cia epistolar resultaba la ignorancia de los Jefes de la Congregación por lo que mira a los establecimientos de España y de las personas que componen las diferentes comunidades de ella; la ignorancia del bien inmenso que se obraba y de los abusos, que poco a poco podían producirse. Sin una comunicación periódica y mutua de los miembros de esta gran familia con su cabeza, ni las Hermanas hacían conocer sus apuros, ni la cabeza podía influir saludablemente, dar vida, tono y movimiento a los miembros ni remedio a sus necesidades. Esta falta de comunicación, en fin, hacía que los vínculos de la Caridad no fuesen tan estrechos y finos como lo son con las Hermanas de las otras provincias, hasta de las más lejanas.

Varias veces la Señora Superiora General me ha dirigido bien amargas quejas sobre este particular. ¿»Qué Hijas de la Caridad, me decía, son las Españolas? Yo casi dudo que ellas sean mis hijas. Yo conozco perfectamente mis Hijas de Francia, de Piamonte, de Nápoles, de Turquía, Grecia, Egipto y África y estoy en comunicación con todas ellas, mas nada sé de las de España, con estar casi a las puertas de mi casa. Para mí la Congregación de España es un limbo oscurísimo, en donde no puedo penetrar.

A pesar de todo esto, vosotras sabéis, Hermanas mías, la tierna caridad con que recibió las Hermanas españolas que se refugiaron en Francia y la solicitud con que las ha tratado todo

el tiempo que han vivido bajo su vista y auspicios; y no se os oculta los abundantes recursos pecuniarios, que envió a este Noviciado de Madrid, luego que supo la pérdida de sus intereses y la necesidad extrema en que se halló a consecuencia de este desastre acaecido a principios del año 35.

N.M.H. Padre desea poner fin a este aislamiento; para esto quiere que la Congregación de la Provincia española se ponga al nivel de todas las demás Provincias, en que se hallan las Hijas de la Caridad y que se forme el gobierno de ella según el espíritu y la letra de sus Constituciones. Nombrándome vuestro Director y Visitador, me ha impuesto la estrecha obligación de establecer, ante todas las cosas, el gobierno de vuestra Provincia de un modo fijo e invariable y luego, de ordenaros que las Superioras se correspondan con cartas con la Superiora Generala, por lo menos dos veces al año, para darle cuenta de sus comunidades respectivas; y ellas y todas sus súbditas cuantas veces lo juzgaren conveniente para el desahogo de sus almas. En consecuencia de esto ha ordenado lo que se contiene en los artículos que siguen:

* Artículo 1º. En España habrá un Director de las Hijas de la Caridad, que sea presbítero de la Congregación de la Misión, como representante del Rdmo. Sr. Superior General de la misma y, bajo su autoridad, tendrá sobre las Hijas de la Caridad en particular y sobre todas las comunidades en general, las mismas facultades que el Director de Paris tiene sobre las Hijas de la Caridad de Francia.

5.- * Artículo 2°. En la Casa principal o Noviciado de Madrid habrá una Superiora, a quien corresponde el título de Visitadora, la que recibirá el nombramiento del Señor Superior General, quien le enviará al efecto la correspondiente patente. Esta Visitadora tendrá la administración general de todos los negocios y casas de la Congregación de la Monarquía, bajo la dependencia del Superior General y del Director que le representa. Según las Constituciones de la Congregación no puede continuar en su oficio, por lo regular, sino tres años; a lo sumo podría ser confirmada por otros tres años, a no ser que antes del 1º o 2º trienio se presentasen motivos para renovar los poderes, que le fueran concedidos.

Artículo 3º. En La Casa Central debe haber un Consejo compuesto de la Visitadora, de la Asistenta que es la Superiora de la casa principal y que debe correr con el gobierno de la Comunidad particular, conforme a lo que está prescrito en las Constituciones, y de la primera Maestra del Seminario. Este Consejo que debe juntarse una vez a la semana, en un día determinado, será presidido por el Sr. Director. En él se tratarán y decidirán todos los negocios de su competencia, pertenecientes a todas las  comunidades del Reino y Miembros que la componen. Pero los negocios mayores, indicados en la deliberación del Consejo de la Casa Matriz celebrado en 20 de mayo de 1842, no podrán concluirse sin la aprobación de los primeros Superiores.

* Artículo 4°. Las órdenes del Consejo dirigidas a los Superioras locales, o Hermanas Sirvientas y a las demás Hijas de la Caridad serán comunicadas, por lo regular, por la Visitadora tan luego como esté formalizado el Secretariado de la casa principal.

* Artículo 5º. Todas las Hermanas, sin excepción alguna, tienen derecho de proponer sus dudas y penas, como también de pedir consejos para su dirección, no solamente al Director de España, sino también a la Superiora Generala y a N.M.H. Padre, el Sr. Superior General, sin que sus cartas y respuestas que se les den puedan ser abiertas o detenidas por alguna Superiora.

Establecido del modo dicho el gobierno de vuestra Congregación, habrá un comercio mutuo de todos los miembros que la componen con su legítima cabeza. Esta conocerá las virtudes, talentos y disposición de cada una de vosotras, cómo y también las necesidades en que se hallen, y este conocimiento la guiará para dictar las providencias más sabias y para proveeros los remedios que os sean más convenientes. De este modo, vosotras todas, aunque tan distantes de la Casa Madre según el cuerpo, estaréis allí con el espíritu y beberéis en el mismo manantial las aguas puras de la enseñanza celestial que depositó en ella Nuestro Fundador.

Yo miro como un sumo honor para mí, carísimas Hermanas mías, la alta misión, que N.M.H. Padre, enviándome junto a vosotras, me ha confiado. Las providencias que llevo indicadas darán un nuevo realce a vuestra Congregación; y ésta, colocada en el puesto que le compete en la gran familia de S. Vicente, recibirá un influjo vivificante de la parte de su digno sucesor y será fortificada con el concurso riguroso de todos los miembros que reciben de él su movimiento.

Esta misión me impone una terrible responsabilidad. Yo sería infiel a Dios y a mi legítimo Superior si no ejecutase las órdenes que me ha comunicado y mi omisión podría hacerme objeto de las divinas venganzas. No quisiera añadir a mis pecados pasados este nuevo que pudiera llenar la medida y sellar mi reprobación. Por tanto yo trataré, con la gracia de Dios de hacer todo lo posible para llenar mi misión y no perdonaré trabajo alguno para lograr un perfecto resultado. Yo cuento, Hermanas mías carísimas, con vuestra cooperación. La docilidad que experimenté en todas vosotras cuando tuve, otra vez, el honor de dirigiros y los testimonios nada equívocos de alegría y afecto filial, que me habéis dado, viéndome restituido a España, son para mí otras tantas garantías de la sincera voluntad, que tenéis de dar cumplimiento a las órdenes, que yo os comunique como órgano del M. Rvdo. Sr. Superior General. Yo pediré al Señor en mis oraciones y sacrificios que os llene del espíritu de vuestra santa vocación y vosotras alcanzadme, con vuestras virginales súplicas del Supremo Pastor y Pontífice de nuestras almas, la prudencia, dulzura y firmeza que necesito para desempeñar bien mi oficio, a fin de que Director y dirigidas seamos una misma cosa en nuestro Señor Jesucristo, en la tierra, por gracia, y en el cielo, sumergidos en el piélago inmenso de su gloria».

6.- La atenta lectura de esta Circular del P. Codina nos sugiere algunas reflexiones. Dos comisiones declara haber recibido del P. General, a su vuelta a España: el establecer aquí la uniformidad con la del resto de la Congregación y el estrechar más y más las relaciones entre las Hermanas españolas y los Superiores Mayores. Quien no estuviera en antecedentes creería que ellas venían rigiéndose por directores peculiares y sin relaciones con sus Superiores de Francia. En cuanto a lo primero, no hay sino leer los anteriores capítulos de esta historia para ver que ese había sido el empeño continuado de los Visitadores de España y el de las Hermanas, siempre dóciles a sus órdenes, el de pedir e implantar las normas de dirección y de observancia para establecer sólidamente la Congregación española. El establecimiento del Consejo central, que el P. Codina ofrece como una novedad, ya queda referido que, desde los tiempos del General P. Salhorgne había sido organizado y había tomado sus primeros acuerdos en 1830. Los trastornos políticos de nuestra primera guerra civil y la salida del Director P. Roca a Francia interrumpió su regular funcionamiento; pero, a penas volvió a España el P. Roca, enviado por el P. General Nozo, dirigió a las Hermanas la Circular en que dice: «Obrando en conformidad con las instrucciones que tengo recibidas mi primer deber es establecer vuestro gobierno sobre bases sólidas. La primera piedra sobre que debe alzarse el hermoso edificio de vuestro Instituto es la formación de un Consejo que residirá en la Casa Noviciado de Madrid»; y en capítulos anteriores consta su establecimiento y algunas de las resoluciones acordadas. Repetimos, pues, que la implantación del Consejo aquí anunciado solemnemente por la Circular del P. Codina había sido ya establecido por los anteriores Superiores Generales PP. Salhorgne y Nozo, y que los Visitadores Señores Feu y Roca no habían tenido otro empeño sino el uniformar en todo a las Hijas de la Caridad españolas con las de Francia. Repetimos aquí las palabras que en 1827 dirigía por escrito el Superior General a nuestras Hermanas: «No olvido que escribo a verdaderas Hijas de la Caridad, que tienen el espíritu de su estado; se esmeran en alcanzarlo más y más hasta su última perfección; para facilitar, en cuanto podamos, vuestros generosos esfuerzos en esta gloriosa carrera, hemos entregado al Rvdo. Sr. Feu, vuestro Director General todas las instrucciones y poderes necesarios a fin de que, bajo nuestra autoridad, os enseñe y gobierne con los reglamentos y santos usos que San Vicente, nuestro fundador y sus sucesores dieron a vuestra Congregación. Esperamos os conformaréis en todo y así lo prometen vuestras disposiciones. Vuestra Superiora entra en la parte de todos estos dones que os enviamos, como también de nuestros buenos sentimientos».

Fruto de tan largos empeños había sido una completa uniformidad espiritual entre nuestras Hermanas y las de Francia; y así pudo escribir el P. Roca al P. General en junio de 1844:

«Sor Agustina Inza irá a Paris; acaso llegue para el día de San Vicente La acompañará Sor Teresa Martínez para instruirse en los usos de las Hermanas de Francia y formar las Novicias de España, según la uniformidad de Paris; os ruego por esto la deis cuantas instrucciones y papeles sean necesarios para formar novicias al uso de Francia, aunque aquí se forman según la tradición y creo que casi lo mismo que en Paris, según testimonio de las venidas de ese noviciado. Deseo, sin embargo, total uniformidad”.

Digamos ahora algo sobre el punto de las relaciones entre las Hijas de la Caridad españolas y sus Superiores mayores. Es necesario no olvidar que nuestras Hermanas nacieron justamente cuando el huracán revolucionario destruyó en Francia el Instituto, aventó sus establecimientos, y encarceló a sus Superiores. Después vino el Gobierno de los Vicarios Generales, uno en Roma y otro en París, entre cuya jurisdicción se repartió el gobierno de las Provincias. Las Hermanas de España casi todo aquel tiempo dependieron de Roma, y aun, entre 1810 y 1817, tuvimos aquí dos Vicarios: los Señores Sobíes y Segura.

Cuando ya las Hijas de la Caridad españolas habían entrado en vías de prosperidad comenzaron a depender del Vicario de Roma, quien con fecha 27 de junio de 1821, les escribe diciendo: «Por lo que mira a la obediencia que me debéis a mí, declaro que por la sobrada distancia, debéis considerar en mi lugar a vuestro Visitador, como comisionado nuestro para vuestro gobierno y dirección. Así en los casos repentinos o que no admiten dilación, como también en las cosas ordinarias, os podéis dirigir a él como a mí mismo, quedando, empero a todas vosotras, mayormente a las Superioras, la facultad y libertad, en los casos extraordinarios y siempre que lo juzguen necesario, de recurrir a mí por carta. Deseo y ruego mayormente a las Superioras y a los Visitadores, que a lo menos una o dos veces al año brevemente me escriban del estado de sus casas y si ocurre alguna cosa que comunicar al Superior General (Vicario General).

Se estableció, por fin, la unidad de la Congregación en 1827, con el nombramiento de un sólo Superior General, residente en Paris y con jurisdicción total en ambas familias de S. Vicente. Desde entonces es continúa la comunicación del P. Feu con París referente a las Hermanas de España. Así en el mismo año 27 el P. General Sr. Wailly le contesta sobre el título honorífico de Superiora General, léase Protectora, que ostentaba la Reina de España. En 1828 el P. Feu traduce e imprime varias Circulares de Paris que cayeron en sus manos y dirigidas a las Hermanas.

En 3 de enero de 1829, el nuevo Superior General Sr. Salhorgne, por la pluma de su secretario, el P. Lamboley, contesta a varias consultas y señala las normas de dirección que se han de seguir en España. Dice cómo el Superior General y la Superiora han de tener la lista de todas las Casas, de las Superioras y de las Hermanas. Oigamos lo que sobre la renovación de Votos prescribe para España.

«La Superiora General, dice, pide al Superior General, en su nombre y en el nombre de todas las Hijas de la Caridad de Francia permiso de renovar sus votos el 25 de marzo. En seguida se le comunica a las Superioras de las casas particulares ese permiso para todas las Hermanas que lo merecen, según el informe de las Superioras. Esta es la costumbre. Siguiéndola, apenas reciba esta mi carta, la Superiora del Seminario de Madrid, que me parece es la principal de todas las casas de España, escriba al Superior General para pedirle, así en su nomhre como en el de las demás Hermanas españolas ya profesas el permiso de renovación, y recibida la respuesta que se os mande, podrá V. admitir a la renovación a las Hermanas, que por su buena conducta merezcan esa gracia y suspenderlo a las otras más o menos tiempo, según los casos.

Es muy conveniente que la misma Superiora del Seminario, escriba en su nombre y en el de sus compañeras de España una carta de amistad a la Superiora General, en señal de unión y afecto a las Hermanas de Francia y en testimonio de obediencia y dependencia. Todas las Hermanas Sirvientes le escriben por esta época, en su nombre y en el de sus compañeras, mas para España basta eso que le he dicho».

Y bastó una ligera insinuación de los Superiores para que las Hermanas españolas escribieran al Superior General, quien con fecha 12 de marzo les dirige la carta anteriormente citada que comienza: «Si vosotras no tenéis la dicha de poseer el cuerpo de S. Vicente, nuestro Fundador, se conoce bien por vuestras cartas que tenéis su espíritu… Con mucho gusto os ratifico para vosotras y para todas vuestras compañeras profesas de España la licencia de renovar vuestros votos… Vuestra Superiora y Madre Sor Antonia Beaucourt me acompaña en los sentimientos de esta mi carta, mientras espera expresarlos por sí misma».

De 22 de junio de aquel año 29 es la carta del P. General y de su secretario Sr. Lamboley al P. Codina, en la que dice lo mucho que gozaron en convivir unos días con ocasión de la Asamblea General, con los Diputados de España, con quienes hemos examinado, determinado y dado cumplimiento a todo lo que toca a las Hijas de la Caridad; no se quejarán que falte algo para su instrucción y buen gobierno», y añade en su mal castellano: «Estoy llamado a ver la Superiora de las Hijas de la Caridad por lo que toca las Hermanas de España, quienes quiere mucho en nuestro Señor»!

Basta con estos testimonios para convencerse de las buenas relaciones establecidas entre los Superiores Generales y nuestras Hijas de la Caridad. Estas nunca habían resistido a ninguna orden o indicación que de orden superior les transmitiesen sus Directores. El mismo P. Codina era el más abonado testigo, pues desde el año 27 empezó a intervenir directa y provechosamente en la dirección de las Hermanas. Al decir pues ahora en su Circular que «el P. General deseaba poner fin a este aislamiento», esto sólo podía significar que él quería ejercer sobre ellas una intervención más directa y minuciosa en España, pero no era justo inculparles a ellas de lo pasado.

Se dolía la Madre General de su desconocimiento de las cosas de España, comparándole con el conocimiento que tenía de aquellos grupitos de Hermanas francesas que, recién salidas de su patria, habían ido a fundar a Esmirna o en Argel. Pero cómo podían compararse éstas con la numerosa familia de España, que constituía una floreciente Provincia. Aquellas Hermanas francesas, conocedoras de la lengua, de las personas y de las casas de Francia, siempre estarían más cerca, aunque en países remotos que las vecinas Hermanas españolas, ignorantes de todo ello. El intercambio más íntimo vino después, cuando se estableció una secretaría española en la Casa Madre.

En 23 de noviembre el nuevo Director dirigió a las Superioras una Circular diciendo: «Juzgo muy necesario que cada Hermana Sirviente escriba a la Madre General para felicitarle las fiestas de Pascua de Navidad y Año Nuevo. Esto con sencillez, pero con ternura filial. Y la mejor prueba de la buena voluntad de las Hermanas de España fue que bastó la indicación del P. Codina para que llegasen a la Madre General multitud de cartas tan afectuosas, que la obligaron a dirigir una Circular especial a nuestras Hermanas, con fecha 20 de febrero de 1845.

7.- «No basta, dice, en este año, la circular común para desahogar mi corazón y corresponder al amor que encierran los vuestros. Los testimonios de sumisión y rendimiento que me habéis dado han afectado tanto mi sensibilidad, que no puedo dejar de manifestaros mi satisfacción la más sincera.

Nuestro muy honorable Padre y nuestras Madres oficialas me acompañan en este santo placer. Nosotras todas nos felicitamos previendo los felices resultados que producirán nuestras relaciones. Bendecimos al Señor por las bellas disposiciones que os inspira y que nos habéis comunicado con tanta sinceridad y ternura. Yo quisiera poder contemplar a cada una de vosotras en particular para corresponder al fervor que os ha llevado a llenar tan felizmente mis deseos. Pero la dificultad de podernos entender bien hablando un distinto idioma y la calamidad de los tiempos, que nos ha permitido establecer una correspondencia seguida, me privan y probablemente me privarán aun en adelante del placer de comunicarme con cada una de vosotras en particular durante el año corriente.

Nosotras deseábamos, mis carísimas Hermanas, conocer vuestros sentimientos. La prontitud con que vosotras, a la primera insinuación de vuestro digno Visitador, el Sr. Codina os habéis prestado a manifestármelos, ha colmado nuestros deseos y nos ha hecho ver que las Hermanas de nuestros establecimiento de España están animadas del mejor espíritu. Si en la actualidad nos hemos visto privadas de recibir de vosotras frecuentes testimonios de vuestro afecto, sin embargo, podemos aseguraros que cuantas veces queráis exponernos vuestras súplicas, otras tantas las recibiremos con el interés más sincero y afectuoso. El vínculo de la más estrecha caridad hará que miremos como propios todos vuestros asuntos.

Yo soy incapaz, mis carísimas Hermanas, de expresar la edificación con que hemos visto en las notas que nos habéis dirigido, las bellas disposiciones de cada una de las Hermanas, que viven en nuestros distintos establecimientos de España. Dios Nuestro Señor no dejará de echarles su bendición. Lo único que me resta desearos es que perseveréis fielmente en la práctica de la Caridad y de las demás virtudes propias de vuestro estado.

Quiera Dios que el amor de Jesucristo estreche más y más vuestros corazones y voluntades por medio de la unión y de la paz, que son los frutos inestimables de la caridad. Se obra el bien de los pobres, se da gloria a Dios y se logra en las Comunidades una dicha y consuelo indecible, a pesar de la renuncia total de los placeres del siglo y de nuestra propia voluntad y juicio.

«Muchas de vosotras, que me habéis pedido algunas licencias particulares, podéis dirigiros para obtenerlas al Sr. Codina o a la Hermana Visitadora, para que no os hagamos esperar demasiado la decisión, cuyo retardo podría incomodaros.

Os aseguro, otra vez, que vuestras cartas me han llenado de satisfacción y dejándoos bajo la protección especial del Corazón Inmaculado de María, persuadíos que mi afecto para con

todas vosotras es el más sincero y que deseo con todo el corazón complaceros y que soy en el amor de Nuestro Señor, mis carísimas Hermanas, vuestra humilde y afectuosa servidora,       = Sor María Carrere, ind. H.d.l.C.S.d.l.P. enfermos».

Con esta carta sinceramente afectuosa se puede decir que quedaba sellada la más cordial amistad y efusiva unión entre las Hermanas francesas y españolas.

8.- Pero hay en la Circular del P. Codina unas palabras veladas que cuyo alcance y significación sólo se pueden entender por acontecimientos anteriores y posteriores. «Esta misión, dice, me impone una terrible responsabilidad. Yo sería infiel a Dios y a mi legítimo Superior si no ejecutase las órdenes que me ha comunicado y mi omisión pudiera hacerme objeto de las divinas venganzas». ¿Qué misión era esa de tan terrible responsabilidad? El P. Codina no se atrevió a declararla, pero ella no era más que la de hacer que las Hermanas de España, uniformadas, como hemos visto, en todo lo espiritual, adoptasen también el hábito y tocado de las Hermanas francesas. Ojalá que ello se hubiera podido conseguir tan fácilmente como lo demás; pero ya quedan dichas las dificultades que por esta cuestión se suscitaron cuando la fundación de Méjico y la invencible repugnancia, que entonces sentían las Hermanas por ese cambio. En vista de lo cual ni el P. Roca, ni el P. Codina, ni el P. Armengol, ni el P. Santasusana se atrevieron a afrontar sus consecuencias y cuando más tarde, urgidos por el P. General, los Señores Sanz y Maller se empeñaron en conseguirlo, se entabló la más enconada lucha, en que intervinieron Gobiernos y embajadores, impresos y periódicos, Obispos y Cardenales, hasta que en 1877 una Congregación especial nombrada por el Papa, puso fin al conflicto, después de más de treinta años de tan estériles como dolorosos disgustos, dejando las cosas como estaban.

Como muestra del espíritu de sumisión a las disposiciones del P. General, le escribía el P. Codina en 27 de octubre de aquel año 44. «Lejos de experimentar pena alguna por las advertencias que V. ha tenido la bondad de hacerme en su carta de 27 de septiembre, las he recibido y recibiré siempre con profundo respeto y con agradecimiento. Puede V., pues, corregirme, instruirme, reprenderme con fortaleza, en una palabra, hacer conmigo lo que le parezca conveniente, y sepa que será obedecido en sus providencias.

Tengo el gusto de remitirle una copia de la última escritura de fundación que el Sr. Roca ha hecho con el municipio de Jaén pues yo no he hecho ni la haré, a no ser por alguna irresistible necesidad. Lo primero que deseo es asentar bien el Seminario y llenar los vacíos que han dejado, en muchas comunidades, tantas fundaciones nuevas, lo cual espero conseguir en poco tiempo, dadas las inmensas vocaciones que llegan de todas partes.

  1. Prometo a V. no tomar nunca, como no lo he tomado hasta hoy, el título de Director General, pero no puedo impedir que me lo den, sobre todo las Administraciones, Centros de Beneficencia y hasta el Ministro en sus despachos oficiales, que con frecuencia me envía. Hay costumbre de prodigar ese título y es difícil dejen de llamar así al Director, que, aunque sea Delegado, tiene jurisdicción sobre tantos establecimientos en la Península e Islas adyacentes. No creo V. que por eso la Autoridad de V. sea puesta en duda, ni que anide el orgullo en mi corazón. Aseguro también a V. que la palabra «exclusivamente», que se puso en la escrituras precedentes de fundaciones, se suprimirá en adelante siempre, y será sustituída por la cláusula que V. ordena: «Las Hermanas dependen, por sus Reglas y para el régimen interno de su Comunidad, del Director de las Hijas de la Caridad de España». Esta cláusula así redactada será aquí lo mismo que la anterior. Pero entienda V. bien que mis dignos predecesores, por la palabra «exclusivamente» no intentaban separar a las Hermanas de la subordinación del General, sino excluir de ella a las Administraciones, a los Obispos y a la Autoridad Civil.

Sí, Señor y Reverendísimo Padre, las Juntas de Beneficencia y el Gobierno mismo pasarán por todo lo que yo quiera, conforme a las Reglas del Instituto; y las Hermanas preferirán antes emigrar de España o irse a sus familias que separarse del Jefe Supremo de su Instituto. Pero España no se atreverá a inquietarlas sobre esto. Tiene ella necesidad de Hermanas y de sus Directores. Su reputación crece a medida que se extienden. Puede V. estar tranquilo que todo va bien.

Observo con gusto el acatamiento de nuestras Hermanas hacia la Congregación y todas me han mostrado una docilidad perfecta para acomodarse a las disposiciones que he de tomar, siguiendo las sabias instrucciones que V. tiene la bondad de comunicarme. Le puedo certificar que este pequeño rebaño que tiene V. en España tendrá mucha complacencia en recibir su visita, si las circunstancias se lo permitieran.

Todo lo esencial del Instituto se observa con perfección, en cuanto lo permite la humana fragilidad. Las santas prácticas y los usos de la Casa Madre, se adoptarán sin repugnancia, excepto aquello que no permitan las circunstancias del País. La comunidad principal está perfectamente organizada. Hay Visitadora para la inspección general, Asistenta o Superiora local, la excelente Sor Valentina Culla; primera Directora del Seminario Sor María Peñasco; la segunda Sor Teresa Martínez; la tercera Sor Asunción Azcona, que largo tiempo vivió en Burdeos.

Los católicos de Gibraltar desean Hermanas nuestras para la enseñanza de niñas, pues si no habrán de enviarlas a escuelas protestantes. Si V. quiere que yo le sugiera se dirijan a V. para proporcionarles Hermanas nuestras francesas lo haré con mucho gusto, pues nosotros no podemos satisfacer las demandas de tantas ciudades del Reino que las piden.

La Isla de Cuba no tardará en solicitar del Gobierno el envío de Hermanas».

En su buen deseo de complacer al P. General, el P. Codina le pide, poco después, 2 de noviembre, reglamentos acerca de los deberes del Director, de la Visitadora, de la Asistenta y de las Madres del Consejo. «Así la marcha de España será uniforme a la de Francia. Además de ellos, todas las otras instrucciones que juzgue V. oportuno comunicarme serán ejecutadas».

Entre las instrucciones del P. General era una la de no ejecutar ninguna nueva fundación sin su previo permiso. Fiel a ello el P. Codina se había negado a aceptar las dos primeras que se le presentaron, en el Hospicio de Madrid y en el de Zaragoza. Mas he ahí que las Juntas habían acudido a la Reina y el Ministro de la Gobernación le envía sendas Reales Ordenes para que esas fundaciones se cumplan. En trance tan apurado el P. Codina pide consejo al P. General, pues aunque sea con detrimento de otros establecimientos, no puede desatender las órdenes del Gobierno, ni excusarse con que necesita el permiso del General, por que todo se echaría a perder y sufriría menoscabo la Compañía. Le añade que dentro de tres o cuatro meses tendrá novicias que habrán tomado el hábito para reemplazar a las Hermanas que tendrá que desplazar (25 de noviembre).

10.- La primera visita del P. Codina fue a las Casas de Andalucía y con fecha 30 de diciembre trasmite al P. General sus impresiones. «Vengo satisfecho, le dice, de una breve visita hecha a Andalucía. ¡Qué buenas son las Hermanas!. Muchas me han pedido la gracia de que las envíe a Filipinas y más lejos aún; se las puede destinar con confianza. En Sevilla nuestras Hermanas son, por decirlo así, adoradas y San Vicente venerado por todos con entusiasmo religioso. Se puede decir que Andalucía es el país más querido de nuestro fundador. Particularmente en la ciudad de Lucena derrama él su poderosa protección. Se le ha levantado una capilla y un altar en la Iglesia Mayor. Se le hacen novenas y los muros de su capilla tienen muchos exvotos de los fieles, por los milagros, favores, curaciones y gracias obtenidas por su intercesión. Un santo sacerdote sostiene en el vecindario este amor al Santo.

Ahora estoy con la fundación del Hospicio de Madrid, que comenzará en 1º de enero. Terminada ésta, comenzaré la de Zaragoza, todo con calma. Las Hermanas están ya destinadas por el Consejo. La Superiora y sus compañeras están bien escogidas. Ya se lo indicaré a V. y le pediré la patente.

Sólo me resta arreglar la casa de Barbastro, pero tengo que ir allí, lo cual pienso hacer, si Dios quiere, en la primavera próxima.

Le ruego, muy reverendo Padre, suplique V. de mi parte a la Madre General disimule el descuido que algunas Hermanas Sirvientes hayan tenido, en darle cuenta de las Hermanas que piden la gracia de renovar los Santos Votos, facultándome para autorizar, por este año, el concedérselos en nombre de V. si alguna no ha acertado o no ha podido escribir a tiempo.

Es muy de desear, muy Rdo. Padre, que se haga una regla particular para el Director de Hermanas, en el que todas sus atribuciones y todos sus deberes estén bien definidos. Lo mismo digo para la Visitadora.

He recibido cartas de los Señores Directores y Superiora (de la expedición de Méjico) con fecha 15 y 17 de octubre, a la vista de Puerto Rico. Hasta entonces la expedición gozaba de buena salud y de mucho contento».

  1. Además de esta importantísima fundación de Méjico de que trataremos en capítulo aparte, dos nuevas comunidades de Hijas de la Caridad se abrieron, en la Península, en aquel año. En 24 de febrero tomaban posesión del Hospital de Manresa cinco Hermanas llegadas de Madrid. Eran éstas Sor Martina Mateo, Superiora, que estaba en el Hospital de Valencia; Sor María Quinquilla, Sor Antonia Francisca Pons, Sor Eustasia Altuna y Sor Justa Ganuza. Pronto se les añadió una más, Sor María Candelas San Germán.

Cuando diez años más tarde el cólera se cebó cruelmente en la población, estas Hermanas dieron el más heroico ejemplo de caridad asistiendo a los apestados y dos de ellas Sor María Quinquilla y Sor Justa Ganuza cayeron víctimas de su celo. Luego diremos las íntimas relaciones de estas Hermanas de Manresa con el P. Padre Claret.

12.- «El Católico» diario de entonces, nos ha conservado los nombres de las primeras Hermanas destinadas a la fundación de la Inclusa de Santander. «En este día, dice el 11 de abril, salen para la nueva fundación, en su hospital, ocho Hermanas de la Caridad y son: Sor Dolores Larrainzar, Superiora, Sor Melchora Iriarte, Sor Lorenza Iribarren, Sor Agustina Cortés, Sor Rosalía Ansoleaga, Sor Encarnación Leal, Sor Josefa Gorostiza y Sor Vitoria Solueta».

Entre las muchas y edificantes Hermanas que han pasado por esta Comunidad, durante los cien años de su existencia, no podemos dejar de mencionar a Sor Josefa Badaya, que pasó toda su vida en este santo Hospital de San Rafael. Nació en Abadiano, Vizcaya en 1831. Entró en el Noviciado en 29 de abril de 1847, y en septiembre del mismo fue destinada a Santander. En 1864 era Superiora de la casa.

Por aquel tiempo la santa Madre Sacramento andaba en viaje de fundadora y, durante una corta estancia en aquella Ciudad, fue a hospedarse con las Hermanas del Hospital. Más de una vez, dice un historiador[1], vio ella y vieron las Hermanas de la Caridad del Hospital, que en aquella capilla, cuando estaba postrada y como extática la enamorada de la Eucaristía, las puertas del Sagrario se abrían de par en par.

Mientras la sierva de Dios habitó en el citado Hospital, declara Corazón de María, no cesaba de orar en la capilla del mismo, siempre que se lo permitían los negocios de la fundación. Durante la oración vio diversas veces que se abría la puerta del Tabernáculo. Algunas Hijas de la Caridad, que admiradas observaban este hecho, creían que se verificaba, no en favor de mi santa Madre, sino en el de la Hermana María Josefa Badoya, Hermana de la Caridad, la cual gozaba entre sus Hermanas de excelente fama por sus virtudes y que también se hallaba orando al mismo tiempo que la sierva de Dios. Pero nuestro Señor parece que quiso hacer patente que este regalo era sólo en favor de su enamorada sierva la Madre Sacramento, haciendo que desapareciese toda equivocación, que había tomado incremento entre aquellas Hermanas. Y fue que una de las veces que se retiró la Madre Sacramento, terminado que hubo su oración, no obstante que Sor María Josefa, ya difunta, continuaba en dicha capilla, su fervorosa oración. En vista de tan claro y manifiesto suceso quedaron convencidas las Hermanas que el prodigio se obraba en obsequio de la Madre Sacramento.

«En 8 de noviembre del mismo año volvió a Santander y se hospedó en el Hospital de San Rafael, donde le dieron cariñoso hospedaje las bondadosas Hermanas de la Caridad.

Sabido es la inquina liberal contra la Madre Sacramento. «Las cosas llegaron a tal extremo, dice D. Modesto Lafuente, que el día de las elecciones tuvieron que marchar de Santander en un coche y a un sanatorio inmediato la Madre Sacramento, su Secretaria y la Superiora de las Hermanas de la Caridad, perseguida también por los agentes electorales, los cuales, al saberlo, aún querían ir a buscarlas y traerlas poco menos que a la fuerza. En tan grandes angustias consolábase con las Hermanas de la Caridad que le daban hospedaje fraternal e iba en ocasiones a desahogar su pena».

En 1847, además del cuidado del Hospital y de la Cuna, se encargaron las Hermanas de la enseñanza de las niñas de la Casa de Caridad, para lo cual se enviaron dos Hermanas de aumento. En 1849 cesó por razones de salud Sor Dolores y fue nombrada Superiora Sor Lorenza Iribarren.

Un oficio de 16 de noviembre de 1857, dirigido por el Sr. Alcalde al Director de Hermanas nos manifiesta el estado brillante del establecimiento, cuando dice: «Sabedor de la orden dirigida a la Superiora de las Hermanas de la Caridad destinadas al Hospital de S. Rafael de esta Ciudad para la traslación de Sor Josefa Gorostiza, secretaria de dicho establecimiento, no puedo prescindir, como autoridad local del pueblo y mirando por los intereses del mismo, de hacer presente a V. que el brillante estado, en que se encuentra actualmente el Hospital, el acendrado régimen que en él se sigue y la excelente asistencia de que disfrutan los enfermos, que sorprenden agradablemente a cuantos le visitan, es debido esencialmente a la constante solicitud de las Hermanas de esta santa Institución y con toda especialidad, a los desvelos de la Señora Superiora y de la Secretaria Sor Josefa. Estas tienen prestados eminentes servicios a la población en épocas calamitosas; está a su cargo la administración del establecimiento, etc.»

  1. En enero de 1853 se estableció una nueva Comunidad de Hermanas en la Casa de Caridad, a cuyo frente quedó Sor Rosalía Ansoleaga, una de las Hermanas fundadoras del Hospital de quien otro oficio de la Junta de Beneficencia, en junio de 1865, hacía el siguiente elogio: «Debido a esta Hermana, puede decirse, la organización de aquella Casa con afectos generales en la población, donde residen familias enteras de acogidos, que han debido a Sor Rosalía su educación y cuidado esmerado, en circunstancias, además, en que es factible se dé al Establecimiento Caritativo que nos ocupa, una extensión y proporciones muy fuera, de las que hoy por su local está reducido, no hay que dudar de la perturbación  que el cambio de jefa o de cabeza ha de necesariamente producir en nuestra manera de ser respecto a esta casa…». Concluye, pues, pidiendo se suspenda la traslación de Sor Rosalía.

 

    [1] P. ZUGASTI, Esclava del Santísimo Sacramento.

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