Sumario: 1.- Fundación de las Hijas de la Caridad en Filipinas. 2.- Real orden encargándoles los hospitales de aquellas Islas. 3.- Expediente de las Autoridades Filipinas urgiendo el envió de Hermanas. 4.- Real orden con el mismo fin. 5.- Dificultades que se ofrecen. 6.- El Sr. Arzobispo de Manila logra vencerlas. 7.-Hermanas fundadoras. 8.- Solemne recibimiento. 9.- Hospital Militar de Manila. 10.- Elogio de Sor Casimira Marquínez. 11.- Sor María Ana Barral. 12.- Escuela Municipal de Manila. Nueva expedición de Hermanas. 13.- Elogio de Sor María Antonia Ibarra. 14.- Colegio de Santa Isabel. 15.- Elogio de Sor Gaspara Melchor.
1.- Las Hijas de la Caridad fundan en Filipinas. Por primera vez el nombre de Filipinas va unido a las Hijas de San Vicente en carta del P. Codina al P. General, fecha 23 de junio de 1845. dice así: «Preséntasenos ahora otro negocio más comprometido, aunque de grandes ventajas para ambas familias.
El Deán de la Catedral de Manila ha venido a la Corte para tratar graves asuntos de Hospitales en aquel lejano país. Hay descontento con los servicios prestados por los religiosos de San Juan de Dios a los pobres enfermos. Probablemente serán despedidos y desean reemplazarles con Hermanas. El Gobierno deseoso de conservar aquellas Islas, aceptará con gusto la demanda y creo nos invitará a encargarnos de tan importante Misión. Si llegara el caso ¿Qué haré?».
En septiembre del mismo año, otra carta del P. Codina dice: «El Sr. Deán de la Catedral de Manila no volverá hasta pasados dos años. El Gobierno, que teme la independencia de las Islas, quiere darles cuento pidan para tenerlos gratos. Lo mismo respecto a Cuba, donde el Capitán General pide seis Hermanas para los hospitales. El Ministro ha recibido bien la demanda y pronto el Gobierno me mandará una Real Orden.
Esta es una buena ocasión que nos da Dios, para pedir la restauración de la Congregación, lo que espero obtener a la sombra del Instituto de nuestras Hermanas, pues haré ver al Ministro que ellas no irán nunca a países lejanos sin Directores de su familia; que las Hermanas mismas de la Península pronto morirán, si les falta nuestro apoyo»[1].
En 1847, nombrado ya Obispo de Canarias el P. Codina, escribe con fecha 10 de noviembre estas palabras: «El Ministro trabaja por nuestra restauración. El Real Consejo me ha citado a una sesión para hablar de una fundación de Misioneros y Hermanas en Filipinas»[2].
Y ocho días después dice: «Las Hijas de la Caridad están prestas para ir a Filipinas a ejercer todas las funciones de su Instituto siempre que se lo indiquen sus Superiores. Estos las invitarán a hacer tan penoso sacrificio cuando se lo exija el Gobierno. Más no irán jamás sino acompañadas de sus Directores natos para dirigir su conciencia y defenderlas de las contradicciones que forzosamente han de experimentar»[3].
2.- De primero de octubre de 1852 es la Real orden por la cual se encarga a las Hijas de la Caridad los Hospitales de Filipinas. «Conviniendo poner remedio, dice el art. 9º., al estado poco satisfactorio en que se encuentran esos hospitales y persuadido de que nada puede contribuir más eficazmente a mejorarlos, que la sustitución de los Hermanos de San Juan de Dios por las Hijas de la Caridad, que tan excelentes resultados están dando en todas partes, he dispuesto que se impetre la correspondiente Bula de Su Santidad para la extinción de las Casas de San Juan de Dios en esas Islas, y que en su lugar se envíen a ellas Hermanas de la Caridad, que, al paso que se encargan de los Hospitales puedan dedicarse a la enseñanza de las niñas de los Colegios de Santa Potenciana, Santa Isabel, Compañía de Jesús y San Sebastián de acuerdo con los patronos de los mismos»[4].
En el artículo siguiente se encargaba también a los Padres Paúles de aquellas Misiones y Seminarios.
3.- Con fecha 14 de mayo de 1856, envió el Sr. Ministro de Estado al Director del Real Noviciado un largo expediente venido de Filipinas que contiene los siguientes oficios:
– 1º. El Gobernador de Filipinas envía al Ministro de Estado de España el resultado del expediente y apoya por su parte la venida de las Hermanas a Filipinas.
– 2º. Informe del Ayuntamiento de Manila. Pinta el estado deficiente de aquellos hospitales y colegios y concluye ensalzando los deseados servicios de las Hijas de la Caridad.
– 3º. Informe del Arzobispo de Manila. Entre otras cosas dice: «El Arzobispo de Manila ha leído con la mayor complacencia la adjunta exposición del Ayuntamiento de esta Capital, en lo que propone se plantee en estas Islas el piadoso Instituto de las Hijas de la Caridad, para mejorar en lo posible la asistencia de los pobres en los Hospitales y la educación también de su propio sexo, extremos ambos dignos de la superior consideración de V.E… Objeto fue éste de algunos desvelos del último finado Arzobispo de Manila, y el que suscribe no ha dejado también de consagrarle sus meditaciones para proponerlo a S.M. con conocimiento y acuerdo del Superior Gobierno de las Islas llegada que fue la ocasión de poder ser removidos los obstáculos,. que en su concepto no dejarían, como no dejarán acaso de presentarse para su cabal realización. Es innegable que las Religiosas hospitalarias, Hijas del gran Apóstol de la Caridad de San Vicente de Paúl prestan por doquier…»
Expone a continuación la decadencia de los frailes de San Juan de Dios y añade: «La elección personal de las Hermanas de la Caridad que hayan de venir a Manila debe ser muy detenida y escrupulosa, pues que a esta distancia de las Casas Matrices en España y para presentar la novedad que se importa enfrente de lo que hoy existe, cualquiera equivocación traería amarguras y males de dolorosa trascendencia.
– 4º. Informe de la Intendencia General del Ejército y Hacienda y Superintendencia subdelegada de Filipinas, quienes consideran laudable, altamente filantrópico el pensamiento de establecer en las Islas las Hijas de la Caridad, y que no encuentran inconveniente en autorizar al Excmo. Ayuntamiento para que de sus fondos contribuyan con las cuotas que propone, etc.
– 5º. Otro Informe del Sr. Arzobispo sobre los recursos con que se pudiera contar para la instalación de las Hermanas. El se ofrece a costear el pasaje de dos o tres Padres Paúles para su Seminario.
– 6º. Informe de la Real Audiencia Cancillería de Manila. Abriga también la esperanza de que los ejemplares de admirable caridad de estas Hermanas no serán estériles en este País, y aún, que muchas jóvenes piadosas se consagrarán, bajo las Reglas de este Santo Instituto, al Servicio de Dios y de la humanidad doliente y desvalida. El que suscribe es de opinión que para el envío de las diez o doce Hijas de la Caridad, que deben reclamarse, deberían desde luego ponerse a disposición del Gobierno la suma que se estime necesaria, teniendo en cuenta la comodidad y el decoro conque debe efectuarse en su traslación. Los fondos aprobados por la Junta superior directiva de Hacienda, la suma que ofrece el Excmo. Ayuntamiento y los que designa el Excmo. e Ilmo. Sr. Arzobispo son, a juicio del que expone, suficientes para subvenir a esto y los demás gastos que han de ocasionar el envío y el establecimiento en este País, de las Hermanas de la Caridad…».
Finalmente el Capital General de Filipinas ordena facilitar los recursos citados para la venida de las Hermanas.
Juntamente con el expediente recibió el Director de las Hermanas la siguiente Orden Real:
4.- «El Sr. Ministro de Estado dice de Real orden al de Gobernación lo siguiente: «Instruído expediente a consecuencia de la carta documentada, fecha 3 de Septiembre de 1855 del Gobernador, Capitán General de Filipinas, que en copia acompaño adjunta, consultando, entre otras cosas, el envío a aquellas islas de doce Hijas de la Caridad, la Reina, q.D.g., se ha servido mandar disponga V.E. lo conveniente, con objeto de que vayan las expresadas 12 Hermanas, que como más necesarias se reclaman, debiendo poner en conocimiento de V.E. al mismo tiempo que el mencionado Capitán General de Filipinas ha librado la cantidad de ciento cinco mil seiscientos sesenta y cuatro reales para atender a los gastos de traslación, cuya suma existe depositada en la Dirección General de Ultramar.
De Real orden comunicada por el Sr. Ministro de Gobernación lo traslado a V. para su inteligencia y a fin de que, si es posible, que sin desatender las necesidades de los establecimientos de la Península, se trasladen a Filipinas las 12 Hermanas que reclama el Capitán General de aquellas Islas, disponga Vd. lo necesario al efecto., cuidando que en la elección de las mismas se eviten los inconvenientes que en las comunicaciones del Ayuntamiento, Muy Rev. Arzobispo, Regente de la Audiencia, Junta de Hacienda, Asesoría y Superintendencia se expresan y que se acompañan adjuntas en calidad de devolución.
«Dios guarde a V. muchos años.
«Madrid, 14 de mayo de 1856.
«El Subsecretario, Manuel Gómez.
«Sr. Director del Noviciado de las Hijas de la Caridad».
5.- He aquí la contestación del Sr. Director de las Hermanas, que lo era por entonces el P. Igüés: «Excmo. Señor: = He leído con reflexión la Real Orden del 14 del pasado mayo relativa al envío de las doce Hijas de la Caridad a las Islas Filipinas, donde se reclaman como muy necesarias, según las comunicaciones del Ayuntamiento, Regente de la Audiencia y otras Entidades Eclesiásticas y Civiles de aquellas Islas.
El fruto de mis detenidas reflexiones ha sido el que no podía menos de ser, esto es, tropezar con dificultades que casi imposibilitan por ahora, la realización de este plan, aunque tan ventajoso para los establecimientos de Beneficencia de aquel remoto país. V.E. ha indicado anticipadamente en la citada R.O. algunas de esas dificultades, cuando ha dicho, se trasladen a Filipinas las doce Hermanas sin desatender las necesidades de los establecimientos de beneficencia de la Península. Tales necesidades son tan graves y a veces tan urgentes, que no pueden distraerse las Hermanas de la Caridad para otros puntos de fuera sin irrogar perjuicios a los establecimientos del interior. Más de veinte son las Fundaciones que están concedidas por Reales Ordenes y no pueden ejecutarse por falta de Hermanas disponibles, las que por un efecto natural serán menos en número, si se las destina a tenor de la Real Orden que nos ocupa. Porque si bien es verdad ser bastante reducido el número que se pide y facilita esto el extraordinario envío de ellas, es digno, sin embargo, de llamar la superior atención de V.E. sobre lo insuficiente que ha de ser tan corto número para llenar, ni aún por modo de ensayo, los diferentes cargos que allí se las quiere confiar…
Por otra parte no se les puede dar este destino sin ir acompañadas de Directores a propósito, capaces de conservarlas en el espíritu de su vocación, sin el cual no podrán prestar en aquellos establecimientos de beneficencia y escuelas de niñas los importantes servicios que las Autoridades de las Islas justamente se prometen…
El Director de las Hijas de la Caridad, después de haber conferenciado con el Visitador de la Congregación de la Misión cree que, por ahora, no es posible, a causa de no tener sujetos disponibles para encargarse de los Seminarios… Restablecida en 1851, se halla propiamente en cuna y ni tiempo ha tenido de formar los jóvenes que hace más de cuatro años admitió en su seno. Ellos dan esperanzas ciertamente de poder servir más adelante para los cargos a que se les quiera destinar, pero corre mucho peligro de que la Congregación los pierda y queden frustrados sus piadosos proyectos formados sobre ellos por S.M. la Reina en la citada Real Cédula, y si V.E. no interpone su poderoso influjo para alejarle prontamente. Nace este peligro de la Ley de Reemplazamiento, que expone a los jóvenes de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl a haber de abandonarla si no se les exime de entrar en el sorteo, como a las otras comunidades privilegiadas etc…
Madrid, 1º de Septiembre de 1856.
Excmo. Sr. Ministro de Estado.»
Otra Real Orden del mismo año dice lo siguiente: «Con esta fecha y de Real orden comunicada por el Ministro de Estado y de Ultramar, traslado especialmente recomendada a los Sres. Ministros de Guerra y Gobernación lo que en 1º de Septiembre último se sirvió Vuestra Paternidad dirigir al Sr. Ministro de Estado y Ultramar acerca del proyectado y necesario envío de Hermanas de la Caridad a las Islas Filipinas, y de la propia R.O, manifiesto a V.P. que esta Dirección General de mi cargo, lejos de encontrar inconveniente alguno en que, en lugar de doce vayan catorce, como Vuestra Paternidad propone a las mencionadas Islas y que allí presten sus meritorios servicios en uno o dos establecimientos piadosos solamente, en vez de fraccionarse en casi todos los existentes, como indicaba el Capitán General de aquel Archipiélago. Halla acertadas y atendibles las observaciones de Vuestra Paternidad, a las que desde luego se presta encareciendo a V.P. que sin perjuicio de lo que resuelvan los Ministros de Guerra y Gobernación, procure remover los obstáculos que se oponen a la expedición proyectada y tenga ésta lugar en el más breve plazo posible en bien del Estado en general y de aquellas Provincias particularmente.
Dios guarde a V.P. muchos años.
Madrid, Diciembre 3 de 1856.
El Director General = Isidro Díaz Argüelles.
Sr. Director del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad».
A pesar de los buenos e insistentes deseos del Gobierno Español y de haberse convenido ya en las condiciones con el Director del real Noviciado, no se pudo llevar a cabo por entonces esta fundación, siendo el motivo principal las disensiones en que a la sazón se hallaba el Instituto con ocasión de las novedades de vestido que trataba de introducir el Padre General entre las Hijas de la Caridad españolas, y que tanto dio que sentir en todas partes. Claro que esto no se lo habían de manifestar al Gobierno, y de ahí las varias excusas para dar largas al asunto.
No cejaba el Gobierno en su empeño de llevar a Filipinas las Hijas de la Caridad, y de nuevo en 1859, hallamos una Real orden, que dice así: «Se ha recibido en esta dirección la comunicación de V. P. fecha de 20 de Diciembre último, manifestando que, a pesar de todos los esfuerzos del Gobierno y de los de esa Dirección, era imposible el envío a Filipinas de algunos miembros de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, a causa de no estar suficientemente preparados.
«Enterada S.M. la Reina ha tenido a bien disponer diga a V.P. como de su Real Orden comunicada por el Sr. Ministro de Guerra y de Ultramar lo ejecuto, que siendo de la mayor necesidad los servicios de las Hijas de la Caridad en Filipinas, conviene que se remuevan todos los obstáculos que existen para la realización de este pensamiento, y por consecuencia que se haga todo lo posible para poner en estado de aptitud los presbíteros jóvenes de san Vicente de Paúl que muestren mejores condiciones.
«Dios guarde a V.P. muchos años.
«Madrid, 31 de marzo de 1859.
«Sr. Director General = Augusto Ulloa.
Sr. Director General del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad».
Ya parecía imposible dilatar más el tiempo aquella fundación de Filipinas, cuando la Guerra de Africa, que a poco sobrevino, reconcentró allí todas sus atenciones y servicios de las Hijas de la Caridad quedando de nuevo sin ejecución.
Pero apenas pasada la Guerra de Africa insistió el Gobierno español en el envío de las Hermanas. Esta vez las gestiones eran movidas por un varón de grandes energías, el nuevo Arzobispo de Manila, Melitón Martínez, quien arrancó el sí al P. Masnou, Director entonces de las Hermanas, conviniendo a su vez con el P. Sanz, Visitador de los Misioneros, en que irían algunos Padres como Directores de ellas y para ponerse al frente del Seminario de Manila.
La fundación quedó, pues, ultimada a pesar de los deseos que tenían en París de nuevas dilaciones. El P. Masnou nombró como Superior de la expedición, Director de Hermanas y Superior de la Casa de los Misioneros de Manila al P. Inocencio Gómez, juzgado como el más capaz para aquella empresa. Irían cuatro Misioneros y quince Hermanas, según carta del P. Masnou, fecha 6 de noviembre de 1861.
6.- En otra carta de 10 de diciembre del mismo año el referido P. Masnou escribe al P. Maller, secretario entonces del General en París, que «respecto a la fundación de Filipinas la aceptó con licencia presunta del General, porque así lo exigían las circunstancias; que tenía que dar inmediata contestación y que no podía declarar su dependencia del P. General, porque me consta que algunas autoridades de nuestro Gobierno no llevan a bien esta dependencia, y si no se va con cuidado temo no se renueven los acontecimientos del P. Armengol. Por otra parte ha sucedido alguna vez enviar alguna carta muy importante al Superior General y pasarse mucho tiempo sin tener contestación».
En otra carta dice el mismo P. Masnou: «El P. General se ha quejado de haberme precipitado en aceptar la fundación de Filipinas, sin haberle antes pedido licencia.,. Le he dado satisfacción». ¡Precipitación después de veinte años! Tiempo precioso que perdió España en la evangelización y en la cultura de aquellas Islas.
El fondo de todas aquellas dificultades que entorpecían esta fundación era, según queda indicado, la cuestión del hábito, que se había enconado ya mucho en España por el tenaz empeño del P. General.
Y sucedió que el P. Inocencio Gómez, «que era muy observante y el más capaz de los que pudieron ir», según testimonio del P. Masnou, cuando el P. Sanz le entregó la Patente indicándole los deseos del P. General, de que «tendrían con el tiempo que ponerse la corneta», le devolvió inmediatamente la Patente con mucha entereza, asegurándole que no quería ir. En su lugar fueron enviados los Sres. Velasco y Moral.
Dichos Señores con dos Hermanos Coadjutores partieron por fin para Filipinas con 15 Hermanas de la Caridad, embarcándose el día 5 de marzo de 1862, en el Puerto de Cádiz, en la fragata «Concepción«.
Según carta de la Vicevisitadora Sor Valle al P. Maller «se levantó en aquel puerto una polvareda contra el P. Sanz porque decían que las iban a vender y que tenían en Cádiz las cornetas y hábitos para ponérselos en el barco, cuando no pudieran volver atrás». Era sabido de todos lo que había sucedido con las Hermanas que fueron a México.
7.- Iba de Superiora de la nueva expedición Sor Tiburcia Ayanz. Para encargarse de las escuelas iba nombrada Sor Eustaquia Lasa. Las demás eran:
Sor Teresa Bilbatúa
Sor Casimira Marquínez
Sor Francisca Gambau
Sor Mariana Barral
Sor Francisca Villanueva
Sor Juliana Azcárate
Sor Catalina Carreras
Sor Celestina Arróniz
Sor Candelaria Albiñana
Sor Antonia Barniol
Sor Julita Rovira
Sor Mª Ana Vall-Llovera
Sor Victoria Mateu
Fueron escogidas entre las muchas que se habían generosamente ofrecido al sacrificio, porque sacrificio era, y muy grande el penosísimo viaje de larga duración, en incómoda nave, para ir a aquel país evangelizado por España, pero donde las esperaban muchas privaciones.
Patética fue la despedida en Cádiz, hasta donde quiso acompañarlas el P. Sanz y eco de aquellos momentos escribía él en su Circular de Junio de aquel año: «Id, almas generosas, ángeles de paz y apóstoles de caridad. Surcad esos mares inmensos. Id donde os envía Dios, rico en misericordia… Daos prisa en llegar a un pueblo que os espera con las mejores disposiciones… Id… Vuestras Hermanas, entre tanto, os acompañan en espíritu, y no cesan de rogar al Padre de nuestro Señor Jesucristo, y Dios de todo consuelo, para que lo derrame abundantemente en vuestros corazones».
Y así era. Pocos acontecimientos habían despertado tanta expectación en el Instituto como esta expedición de Hermanas a Filipinas. Con avidez se esperaba el fin de su viaje y las cartas interesantísimas y edificantes que iban llegando, se imprimieron para gozo de todas.
Después de tres meses y medio de navegación, fondearon en la bahía de Manila al atardecer del 21 de Julio, siendo saludadas, aquel mismo día a bordo, pero las autoridades civiles y eclesiásticas y por las juntas de beneficencia.
7.- A las ocho del día siguiente las esperaba en el muelle un público de más de diez mil personas, que las aclamó y saludó, a los acordes de la marcha real. Por debajo de arcos triunfales que adornaban la carrera, y entre las aclamaciones de la multitud, fueron a la Catedral, donde entonaron un solemne Te Deum.
Las Hermanas fueron alojadas en el Colegio de Santa Isabel, de donde a los pocos días, se trasladaron a la Concordia preparada regiamente por su propietaria la Excma. Sra. Margarita Rojas de Ayala, Presidenta de las Conferencias de San Vicente de Paúl, a cuyo cargo corrieron todos los gastos, hasta que las Hermanas se instalaron en el Hospital Militar, el 22 de Agosto.
El Sr. Arzobispo las recibió cordialmente y les prometió su ayuda incondicional. El Capitán General D. Rafael Echagüe las recibió con mucho agrado, y más, al ver entre las Hermanas algunas que habían estado en Africa, donde el bravo General se cubrió de gloria. Después de darles la mas cordial bienvenida, se declaró desde aquel momento su especial protector.
8.- Hospital Militar de Manila. Terribles calamidades. El 22 de agosto de 1862, recibía la dirección de este establecimiento las quince Hermanas recién llegadas a Filipinas de manos del Excmo. Sr. D. Rafael Echagüe. Diez meses después un espantoso terremoto, que causó en Manila unos seiscientos muertos y mas de dos mil heridos, sepultó bajo los escombros del edificio, a algunas de las Hermanas y a gran parte de los enfermos. Entre estos resultaron varios muertos y no pocos heridos. Aquellas salieron providencialmente ilesas de entre las ruinas.
Al año siguiente el cólera morbo ocasionó más de cincuenta mil muertos en las Islas. Convertido el Hospital Militar en un hacinamiento de coléricos, las Hermanas fueron como los ángeles de consuelo en medio de aquella plaga asoladora, que se llevó a dos de las Hermanas fundadoras: Sor Teresa y Sor Candelaria, primicias allí de un largo martirologio de caridad.
En 1869 un ciclón arrasador derrumbó el Hospital recién construído, viéndose precisadas las Hermanas a trasladarse al fuerte de Santiago con sus enfermos sacados de las ruinas y en medio de un diluvio.
En 1880 sucedió el más espantoso terremoto de que hay memoria en Manila, y era de ver aquellas pobres Hermanas sobreponerse al propio espanto, y correr en auxilio de tantos millares de cuerpos destrozados y de almas empavorecidas.
Construído de nuevo el amplio Hospital en 1882, pasaron a él las Hermanas con sus soldados enfermos y allí permanecieron hasta 1899, en que pasó a ser del dominio de los norteamericanos. No bajaban de 300 enfermos los que las Hijas de la Caridad cuidaban por término medio en este Hospital Militar. El número de Hermanas llegó a 20
Superioras:
Sor Tiburcia Ayanz, 1862 Sor Josefa Sagarra
Sor Catalina Carreras, 1863 Sor Josefa Casadevall, 1866
Sor Casimira Marquínez, 1864 Sor Casimira Marquínez, 1882.
9.- Sor Casimira Marquínez vino al mundo en Agueta, Vizcaya, el día 5 de marzo de 1830 y entró en la Congregación el 14 de noviembre de 1852. Pasó nueve años en el Hospicio de Zaragoza hasta que, en 1859, el Gobierno solicitó y obtuvo que las Hijas de la Caridad fueran a la gloriosa campaña de Africa, para asistir a nuestros soldados. Una de las primeras que se ofrecieron fue Sor Casimira. Cuando años más tarde, la vio en Manila el Capitán General Jovellar, que la había conocido y admirado en la campaña de Africa dijo que gustoso le daría un estrecho abrazo, si no se lo vedara el respeto a su santo estado. Lo cual demuestra la consideración que había merecido ante los jefes y soldados por sus caritativos servicios.
Se ofreció para ir a la fundación de Filipinas. Su primer destino fue el Hospital Militar, en el cual puede decirse que pasó casi todo el tiempo que estuvo a cargo de las Hermanas, y desde 1864 quedó de Superiora Sor Casimira permaneciendo en este cargo hasta 1874, en que fue destinada también de Superiora al Colegio de Santa Isabel. Después de siete años de continuo bregar con algunos miembros de la Junta de dicho Colegio pidió la relevaran de tan espinoso cargo, volviendo otra vez en 1881 a encargarse del Hospital Militar. Aquí estuvo hasta 1899 en que lo dejaron las Hermanas, pasando al Colegio de la Concordia, en donde vivió retirada el resto de su vida. «Dios la ha concedido el consuelo, de que llegara a esta memorable fecha del quincuagésimo aniversario de nuestra venida para que se halle presente en estas solemnes fiestas, la única representante de aquella primera misión que arribó a estas playas».
Murió a los 89 años de edad, 66 de vocación y 57 de estancia en Filipinas, el día 15 de marzo de 1919.
10.- Sor María Ana Barral fue natural de Igualada, Barcelona, donde nació en 11 de noviembre de 1833. Entró en la Congregación en 27 de octubre de 1853. Muy joven aún se ofreció para la campaña de Africa, en la que pasó casi un año sirviendo a nuestros soldados heridos. Fue de las 15 Hermanas que llegaron a Filipinas en la primera misión y su primer y casi único destino fue el Hospital Militar de Manila desde su fundación hasta la supresión en 1899.
Enviada entonces a Cebú murió a los 75 años de edad, 55 de vocación y 46 de permanencia en Filipinas. «Nosotros, que la conocimos y tratamos en Cebú, podemos atestiguar que era el prototipo de una verdadera Hija de San Vicente, por su sencillez y su candor, así como por su humildad y espíritu de sacrificio».
Escuela Municipal de Manila. Sobre el terreno vieron, en Manila, las Hijas de la Caridad, después de las calamidades sobrevenidas, que toda la primera expedición apenas si bastaba para los servicios del Hospital Militar. Deseoso, pues, el Ayuntamiento de abrir una Escuela Municipal para niñas, pidió y obtuvo una nueva expedición de diez y seis Hermanas, que llegó en noviembre de 1863.
La escuela se abrió en 1864, al final de la calle del Arzobispo y después en otros sitios, hasta que en 1892, se inauguró un nuevo y amplio edificio capaz para más de cuatrocientas alumnas, que es el de la actual Escuela Superior.
El programa de estudios implantado en aquel primer centro docente fue como el modelo, y tenido por oficial en los demás colegios de Filipinas.
Desde el principio la Escuela Municipal se vio muy concurrida, llegando el número de niñas a cuatrocientas, pertenecientes a clases elevadas y humildes. Se han calculado en ocho mil el número de niñas educadas allí por las Hijas de la Caridad. Entre ellas salieron cerca de seiscientas maestras, título que recibían después de riguroso examen de la Junta Superior de Enseñanza.
Las Hermanas estaban bien consideradas. Al principio eran seis. Más tarde llegaron a diez: dos exclusivamente para preparación de maestras.
Cuando los norteamericanos se apoderaron de Filipinas, desearon que las Hermanas continuaran al frente del establecimiento, con la condición de suprimir la asignatura de religión. No pudiendo aceptar esto las Hermanas se retiraron en 1899, después de treinta y seis años de continuos esfuerzos en favor de la juventud femenina de Manila y provincias limítrofes.
Alma principal de aquella enseñanza fue la antes Vizcondesa de santo Domingo y dama de la corte de la Reina, Sor María Antonia Ibarra, natural de Deva, Guipúzcoa, donde nació el 26 de enero de 1823. Entró en la Congregación el 25 de Agosto de 1855, siendo ya de 35 años. Se ofreció para la Misión de Filipinas y vino al frente de la segunda expedición, que llegó en 1863. Había recibido esmeradísima educación en uno de los Colegios de París, en donde había pasado su juventud y conocido bien a fondo los métodos modernos de enseñanza. Muy instruída y hábil en el enseñar, fue nombrada Directora de la escuela, en la que manifestó su ciencia y su virtud y un amor entrañable a las niñas.
No sólo organizó la escuela Municipal sino otros varios Centro dentro y fuera de Manila. Fue tan humilde a pesar de su alta alcurnia, que no hubo modo de que aceptara el cargo de Superiora y así, trabajando como la primera, falleció en Manila, en 26 de Febrero de 1875 a los 52 años de edad y veinte de vocación. Fueron Superioras:
Sor Eustaquia Lasa 1864
Sor Josefa Riva 1865
Sor Catalina Carreras
Sor Tiburcia Ayanz
Sor Catalina Carreras
Sor Josefa Dolegaray
Sor Victoria Mateu
Sor Antonia Blanco 1885
Sor Celestina Escalona 1891
13.- Colegio de Santa Isabel. Manila. Se hizo esta fundación en 18 de Septiembre de 1864, encargándose de ella cinco Hermanas: tres para la educación de las niñas y dos para la administración. Su estado era lamentable. Por clases tenían los pasillos, por utensilios lo más antiguo y viejo que pudiera darse. A los dos años todo estaba transformado en lo material y se fueron aumentando las enseñanzas a medida que fue aumentando el número de las Hermanas, hasta poner el Colegio a la altura conveniente a niñas de clases más distinguida. A este Colegio fueron agregadas en 1866 las Huérfanas de Santa Potenciana.
Al advenimiento del Gobierno americano hubieron de acomodarse a sus planes de enseñanza y lejos de disminuir el número de alumnas, ha ido aumentando de día en día, llegando a más de 160 pensionistas internas. Tiene establecida una residencia para alumnas que estudian en Centros del Gobierno, las cuales viven en el colegio y salen a sus clases. Actualmente son diez y seis.
Desde 1901 se abrió el externado, como continuación de la escuela municipal que abandonaron las Hermanas. A él concurren cerca de doscientas niñas. En 1906 se abrió escuela de párvulos, con cerca de cien niños.
Actualmente forman la Comunidad 22 Hermanas y tienen a su cargo quinientas cuarenta y seis niñas y diez y seis jóvenes que estudian para maestras.
Superioras:
Sor Sales Montoya 1864
Sor Eustaquia Laza
Sor Tiburcia Ayanz
Sor Casimira Marquínez
Sor Tiburcia Ayanz
Sor Gaspara Melchor
Sor María Ocáriz -1906
Sor Concepción Almenara y
Sor Josefina Valcárcel
Sor Gaspara Melchor fue natural de Ezquerra, Burgos, donde nació el día 6 de enero de 1834. Entró en la Congregación el 23 de enero de 1857. Su primer destino fue el Hospital de Jerez de la Frontera. Siempre tuvo mucho miedo a los muertos, del que no se vio libre ni aún en los últimos años, y para vencer esta natural repugnancia, pidió a la Superiora que le concediera ayudar a bien morir a las enfermas y amortajar a los cadáveres. a lo que ella accedió y fue constante en su resolución durante los cuarenta años que allí estuvo. Ofrecióse para la Misión de Filipinas, llegando con la segunda expedición, en noviembre de 1863, en circunstancias por cierto bien tristes, pues encontraron la capital en ruinas y a las Hermanas llenas de trabajos, sin tener dónde alojar. Y como si esto fuera poco, acababan de sucumbir dos de las que habían llegado el año anterior víctimas de su abnegación y heroísmo.
Cinco de las Hermanas, que con ella vinieron, estaban destinadas ya desde España a la Escuela Municipal y Sor Gaspara fue una de estas. Allí estuvo poco tiempo, pues en 1865, fue destinada con otras Hermanas para dirigir el Colegio de Santa Isabel. A los dos años pasó al Hospicio en donde cuidando a los enfermos se contagió de tal manera que su cuerpo parecía una llaga, sin permitirla dormir un solo momento, a pesar de lo cual pasaba su vida en continua actividad y siempre alegre como si gozara de completa salud. De esta enfermedad le quedó reliquia para toda su vida.
Algunos años después fue nombrada Directora de las Niñas de Santa Isabel hasta que, en 1885, pasó de superiora a la fundación del Hospital de San Juan de Dios de Cavite. Cuando ya aquello se puso en marcha volvió en 1888 de Superiora a Santa Isabel, donde estuvo hasta 1906. Todos veían en Sor Gaspara una cariñosa madre. Brillaba en su rostro y en sus palabras, a más de una bondad innata, un candor y una sencillez que cautivaban a cualquiera que la tratara.
Distinguióse por su obediencia a toda prueba, acompañada de una indiferencia admirable para toda ocupación; así que lo mismo y con el mismo candor de niña vémosla consagrada al servicio de los enfermos del Hospital y pobres desgraciados del Hospicio que en las clases, o al frente del colegio, en todas partes con la misma igualdad de ánimo y el mismo espíritu de sacrificio. En 1907, celebró sus Bodas de Oro en religión, siendo muy agasajada por las Señoras de la Ciudad, que habían sido sus discípulas. Pasó a mejor vida el 2 de octubre de 1910, a los 76 años de edad, 53 de vocación y 43 de su estancia en Filipinas.
[1] Archivo C.M. Carpeta Filipinas
[2] Archivo C.M. carpeta citada.







