Guillaume Viellescases (1683-1740)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
Estimated Reading Time:

La muerte del Sr. Guillaume Viellescases, que sucedió el 6 de julio de 1740, fue una pérdida considerable, no sólo para la casa de los Bons-Enfants, de la que era el padre por su bondad y el superior por sus méritos, pero también para toda la Congregación, a la que ha edificado constantemente, y a la que ha servido con tanto afecto como celo en los importantes empleos que ésta le ha confiado, y cuya santidad de vida, los talentos de su espíritu, las cualidades de su corazón le habían hecho tan digno.

Nacido en la parroquia de Saint-Pierre de Gramat, en la diócesis de Cahors, el 3 de agosto de 1683, había sido recibido en el seminario de Cahors el 30 de octubre de 1698. Desde su tierna edad pareció pertenecer al número de los que Dios prepara especialmente para las dulzuras de su gracia. Su seminario transcurrió con la dulce edificación que su prudencia y su unión con Dios difundían en todas partes, y que le habían hecho querido y amable de todo el mundo. No teniendo aún la edad de contraer los compromisos ordinarios en la Congregación, le dedicaron a regentar la retórica; como había hecho bien las humanidades, estaba en situación de enseñarlas con honor, y en efecto, a pesar de su juventud, lo hizo tan bien que sus discípulos encontraron siempre en él a un maestro estimable por su capacidad, y a un amable modelo por los ejemplos de humildad, de dulzura, de paciencia, de apoyo que les dio  en tantas ocasiones.  Cuando cumplió los dieciocho años comenzó sus estudios  cuya carrera completó con una gran aplicación y un éxito igual.

Apenas acabada su teología, fue encargado de enseñar la filosofía a los jóvenes misioneros de Cahors. En 1705, le trasladaron a Montauban para dar lecciones de teología moral; pero al año siguiente el Sr. Henin, que tenía una idea justa  de su virtud y de sus talentos, le llamó a Cahors para regentar allí la teología escolástica. Se la enseñó primero durante varios años  a sus jóvenes cohermanos, luego a los eclesiásticos del seminario externo, pero con tanta reputación, capacidad, sabiduría y virtud, que no sólo sus discípulos fueron siempre tan sólidamente instruidos como constantemente edificados, sino que además toda la diócesis le llamaba comúnmente el santo y sabio misionero. Todos recurrían a sus luces, unos para ser guiados por los caminos de Dios, los otros para aprender de él la manera de dirigir a las almas. Mons. el obispo le honraba tan especialmente con su estima y su confianza que se lo llevaba a las visitas pastorales, y  que viéndose en apuros un día, no quiso ver a nadie más que a él para arreglar los asuntos  de su conciencia y los de su diócesis.

Ejerció sucesivamente casi todos los empleos de la casa de Cahors; pues siendo apto para todo por su aplicación a hacer valer los talentos que había recibido de Dios, y entregado a todo por principio de virtud y por amor a su estado, los superiores podían dedicarle a todo según sus necesidades. Así fue regente de filosofía y de teología, director de los seminaristas externos, director por dos veces del seminario interno, encargado de las funciones de la parroquia de Saint-Barthélemy, director de las Señoritas de las Escuelas cristianas y de sus pensionistas ; con frecuencia incluso ha ejercido varios de estos empleos a la vez, ocultándole su valor las incompatibilidades que se la habrían presentado a otro cualquiera, y su facilidad le hacía encontrar tiempo para cumplir con todo, sin disminuir en nada su exactitud en los ejercicios comunes.

En 1714, asistió a la muerte del Sr. Henin, superior y visitador de Aquitania, antiguo y venerable misionero quien, reconociéndole por un digno hijo de san Vicente de Paúl a quien había visto, se había complacido en conversar con él a menudo sobre las acciones y las virtudes de este gran siervo de Dios, y le había escogido como depositario de su conciencia. Fue en el último momento cuando este santo anciano, como prueba de su afecto y de su estima, le hizo el precioso presente del Nuevo Testamento del que nuestro santo fundador se había servido para componer nuestras Reglas comunes, y en cuyo margen se veía los lugares rubricados y subrayados de la propia mano del santo.

Por la muerte de este virtuoso misionero a quien se lloró por mucho tiempo, el Sr. Viellescases vio crecer su tarea; creyéndose deudor a todos, se prestaba a todos. No es posible comprender todo el bien que ha hecho mientras ha estado en Cahors; para hecerse una idea habría que poder contar el número de exhortaciones , de instrucciones, de predicaciones que ha hecho, de retiros que ha dado, a los ordenandos, a los laicos, a los estudiantes de la Congregación, a la comunidad, a las Hijas de la Caridad, a las damas de la ciudad, a las Señoritas de las Escuelas cristianas, etc., y siempre con tanta gracia y fruto que se decía que en ellas se hacían milagros de conversión. Era suficiente proponerle una obra buena para que él la emprendiera. No basta con decir, su celo ardiente por la gloria de Dios se ingeniaba para encontrar los medios de procurarla. En 1716, dio con el Sr. Débats los ejercicios espirituales a los pobres del hospital de Cahors, y sabemos que Dios quiso derramar sobre estos santos ejercicios las más preciosas y más dulces bendiciones. En 1720, acompañó por quincuagésima vez  a Mons. el obispo en las visitas de la diócesis. Tuvo gran parte en las gracias y trabajos del Jubileo de 1722. Mons. obispo de Cahors le encargó de traducir la bula al francés, de componer un catecismo y oraciones que se imprimieron para la instrucción de los pueblos. Oyó confesiones sin número, y mientras preparaba a los demás para las gracias y las indulgencias de este Jubileo, no omitió nada para ganarlas él mismo.

Por último fue en el 25 de mayo de 1723 cuando salió de Cahors para venir a París a hacer su seminario de renovación. Su mérito, su virtud, su celo, le hicieron  conocer cada vez más. Ardiendo en deseos por la salvación de las almas, se ofreció al Sr. Bonnet para los países extranjeros: tuvo que escoger Roma o Argel. Su inclinación le llamaba al servicio de los pobres esclavos de Berbería, y su amor por san Vicente le pedía ir a Roma, proseguir la causa de su beatificación que tanto le interesaba. Era en Roma donde Dios quería que procurara su gloria. Hizo el viaje en una estación bastante rigurosa. Su religión se manifestó sensiblemente por todas partes por las que pasó, por su asiduidad en visitar las iglesias.

No omitió nada para atraerse las bendiciones del cielo sobre él, y sobre el gran asunto de la beatificación  y de la canonización de su santo fundador, para cuya prosecución había sido enviado, y que no cesaba de recomendar insistentemente a Dios por la intercesión de todos los santos.

Tras el feliz éxito de las dos congregaciones  que habíamos obtenido sobre la historicidad de las virtudes, en 1715 y en 1717 esta gloriosa causa parecía acabarse enseguida; pero Clemente XI habiendo querido que se dieran  congregaciones a las demás causas de beatificación y de canonización, la nuestra se suspendió durante el resto de su pontificado. Bajo el de Inocencio XIII, no se hizo nada por estas clases de asuntos y Benedicto XIII habiendo declarado que no quería oír hablar de beatificación hasta que se hubieran expedido las canonizaciones en espera, no fue hasta 1727 cuando el Sr. Viellescases apoyado por el crédito de NN. SS. los cardenales de Polignac y de Gesvres pudiera salir a luz para avanzar su asunto. Para lograrlo se entregó con una actividad maravillosa, trabajando con todas sus fuerzas en algunas escrituras  nuevas que hubo que hacer, pidiendo a unos, informando a los otros, instruyendo a éstos, consultando a aquellos , en una palabra proveyendo a todo con tal suerte y éxito, que esta causa ha hecho  mediante sus cuidados  progresos tan felices  como sorprendentes, vista la lentitud  que acompaña de ordinario a estas clase de asuntos ; lo que ha hecho decir que su consumación encerraba milagro. El detalle de los trabajos que el Sr. Viellescases ha sostenido valerosamente para el honor y la gloria  de su santo fundador, llevaría demasiado lejos. Basta con decir que no ha omitido nada y que, mientras ha estado encargado de ello, ha trabajado más, él solo, que todos los abogados y los procuradores juntos,  por los escritos inmensos que ha hecho en esta materia, sin jamás desanimarse por las dificultades  y a veces las durezas que ha tenido que superar por parte de aquellos con quienes trataba.

En 1731, vino de Roma a París para asistir  a la construcción  de los procesos sobre los nuevos milagros. Fueron, a petición suya y por sus cuidados, concluidos tan prontamente como se podía desear. Llevando en su poder estos documentos auténticos volvió a Roma en 1733, pero le hicieron pasar por Barcelona, Aviñón y Pavía, donde fue encargado de hacer las visitas. Fue a últimos de junio cuando llegó a Roma. Inmediatamente volvió a emprender sus trabajos para la canonización. Dios que no niega nada a los que le buscan y que le aman con la sencillez de sus corazones, bendijo sus cuidados de una forma tan visible y tan consoladora para nosotros, que a comienzos de 1736, habiéndolo llevado todo a buen término, se vio libre de volver a Francia, donde asistió a la asamblea general en calidad de uno de los sustitutos de la provincia romana. Algún tiempo después fue hecho superior del seminario de los Bons-Enfants, donde ha continuado hasta su muerte su vida regular y edificante, siempre fiel a Dios y enteramente entregado al servicio del prójimo. Dirigía con tanta piedad, prudencia y dulzura, que se había adquirido una estima y una confianza universal; también ha sido llorado de todos aquellos que le habían conocido y que sabían los grandes bienes que estaba aún en condiciones de continuar en la Iglesia. Los Srs. eclesiásticos del seminario se apresuraron  en dar señales de su agradecimiento para con él. Habrían mandado tener una oración fúnebre, si la sencillez  de la que hacemos profesión no se hubiera opuesto  a sus vivas insistencias  varias veces reiteradas, pero ellos han querido absolutamente celebrar ellos mismos  y a sus expensas un servicio de los más solemnes. Ha asistido un gran concurso de personas de distinción y de mérito, la mayor parte amigos del virtuoso difunto, y los demás atraídos por la reputación que su virtud le había adquirido.

En cuanto a sus virtudes, señalaremos su fe y su caridad. ¿Cuál fue su fe sobre todos las verdades  católicas, su unión a la Santa Sede, su sumisión a los decretos de los soberanos pontífices? Lo que sigue nos lo va a decir. Desde finales de 1719, declaró a Dios y a los hombres cómo estaba sometido sinceramente  de corazón  y de espíritu a las decisiones de la Iglesia. Con ocasión de la bula Unigenitus,   sobre la aceptación de la cual las mentes menos dóciles disputaban con calor. «En cuanto a mí, declaró el Sr. Viellescases, yo creería siempre  que es más glorioso y más útil obedecer sencillamente a la Iglesia, como todo fiel está obligado a hacerlo, tanto sobre el hecho como sobre el derecho «. ¿Qué no ha hecho para para inspirar a los que han estado bajo su dirección, esta obediencia tan legítima, y para hacer volver a los que el orgullo o alguna otra pasión  los tenía separados?

Su amor por Dios no era  ni menos ardiente ni menos sincero. Lo ha demostrado bien  por la constante fidelidad a todos  sus ejercicios espirituales, por la unión íntima que conservaba con él, no buscando fuera más que lo que podía conducir a él, y únicamente celoso de procurar su gloria, sobre todo por el ejercicio de una ardiente caridad que le animaba a la santificación de las almas. Fue con esta intención cuando, durante el curso de su vida, se ofreció a menudo a ir a los países extranjeros, a China o a América para la conversión de los infieles, a Berbería para el servicio de los pobres esclavos de Argel y de Túnez. Tenía un gran deseo de ver renovarse esta última misión, cedida hacía algún tiempo a las manos de otros obreros evangélicos; la consideración de la esclavitud de nuestro santo fundador se la hacía tan querida que ha pedido varias veces ser enviado. Se empleaba de buen grado para obtener protección en favor de estas gloriosas y duras misiones, y les procuraba con el mismo afecto limosnas que pedía a las personas caritativas. Lo hizo en especial en 1736, a favor de los católicos del Levante a ruegos del patriarca de los Caldeos, Joseph III, prelado recomendable por le eminencia de su `piedad y de su virtud, y que ha edificado mucho a nuestra casa de Monte-Citorio durante el tiempo que permaneció en Roma.

Su vida ferviente y activa es un bonito modelo de vida de misionero. – Anciennes Relations, p. 305.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *