Guebra Miguel (mártir abisinio) (Final)

Francisco Javier Fernández ChentoGhebra MiguelLeave a Comment

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Author: Pedro Coste · Year of first publication: 1927.
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V.- Prisión y Martirio

Los años 1852 y 1853 transcurrieron con relativa tranquilidad. Salamá, humillado, esperaba, para ven­garse, una ocasión que no se presentaba todavía.

En 1854, Mons. de Jacobis se trasladaba a Gondar para conferir órdenes sagradas. Su presencia reavi­vó el odio contra el catolicismo. Se había propuesto ir a visitar el reino de Choa. Obligado a no moverse del mismo lugar para precaver las emboscadas que infaliblemente le hubieran tendido durante el viaje, esperó pacientemente días mejores. Estos días no vinieron. El Abuna, redoblando su actividad, logró desencadenar una violenta persecución.

Los éxitos militares de un aventurero, que de simple soldado debía elevarse hasta el puesto de gobernador del Amhara, para sentarse luego sobre el trono imperial con el nombre de Theodoro II, fa­cilitaron sus proyectos. Kassá, nombre del futuro emperador, soñaba en hacer a Abisinia nación gran­de y una; una por la unidad de mando y de fe. Este plan sonreía al Abulta, porque ya se veía jefe supre­mo y único de la religión.

Una vez en posesión del formulario, Kassá publicó su edicto de unión. «Si alguien, decía él, no cree que Jesucristo es Dios en su humanidad y que en cuanto hombre no tiene la misma ciencia que el Espíritu Santo, irguiéndome le cortaré el cuello y abajándome le cortaré el pie».

El clero, la nobleza, el ejército y el pueblo, reuni­dos en Gondar, el 15 de Julio de 1854, ante el pala­cio imperial, juraron observar fielmente la nueva profesión de fe. Sólo los católicos de la ciudad y de los arrabales rehusaron traicionar su conciencia. Guebra Miguel, los dos hermanos Tecla Haymanot ambos sacerdotes, abba Tesfá y abba Seclá, ambos religiosos, estaban presentes en la asamblea. A Mons. de Jacobis, que les había inducido, algunos días antes, a alejarse y a ocultarse para evitar la persecución, respondieron: «No, Padre, nosotros no te abandonaremos; llegada es la hora de padecer por Jesucristo; hemos de confesar la fe católica, esta fe tan calumniada y ultrajada en nuestra desgraciada patria, si es preciso, a costa de nuestra libertad y de nuestra propia vida. Se podrá ver bien, por la forta­leza que sabrá dar a unos hombres de sí mismos tan débiles, que en ella y sólo en ella reside >a virtud del Todopoderoso. Padre, no te abandonaremos».

En efecto, se vio que les animaba la virtud del Todopoderoso.

«Habiéndoseles intimado la recitación del nuevo Credo, llegado su turno-respectivo, después de todos los demás, escribe Mons. de Jacobis, no han res­pondido a tan sacrílegas instancias más que con u­na triple confesión de su inviolable fidelidad a la fe católica, apostólica y romana».

Estos intrépidos cristianos pudieron retirarse tran­quilamente; pero aun no había terminado el día cuando una cuadrilla de soldados invadía la resi­dencia de Mons. de Jacobis, conduciéndolo a la cár­cel civil y arrastrando a sus cinco compañeros a los calabozos del Abuna.

Guebra Miguel tenía que temerlo todo del odio de católica de aquél. «Apenas entró el la cárcel, escribe Mons. de Jacobis, cuando los satélites del Abuna le gol­pearon a puñetazos y bastonazos rudamente y por largo tiempo. El pecho le quedó casi destrozado sien­do alcanzados hasta los pulmones; y siguiéndose de ello fuerte hemorragia. En fin, fue tan maltratado que desde el día siguiente empezó a correr por toda la ciudad la noticia de su muerte».

Al castigar de este modo a Guebra Miguel, no per­seguía el Abuna otro fin más que arrastrarle a la a­postasía. A los malos tratos sucedieron las prome­sas, las amenazas y la astucia. Hacia el sexto día, vino un emisario a anunciar a los detenidos que Mons de Jacobis había pedido reconciliarse con Salamá. «¿De qué os sirve, pues, continuar obstinados en vuestra fe? añadió. Imitadle, reconciliaos con vuestro obispo».

Los heroicos confesores de la fe no se dejaron seducir por palabras tan falaces. «Tal era, respon­dió sencillamente Guebra Miguel, el lenguaje de los perseguidores para con los mártires».

Como gran número de cismáticos no había podi­do asistir a la Asamblea del 15 de Julio, Kassá quiso se reuniera otra para permitir que se adhirieran so­lemnemente al último Credo de la Iglesia cismática. Allí fueron conducidos los cinco presos, encorvados bajo el peso de sus pesadas cadenas. Lo mismo que la vez primera se confesaron católicos, y repu­diaron todo otro dogma que no fuera dogma de la Iglesia Católica.

Disgustó su firmeza. Para castigarlos fueron so­metidos a la terrible pena del ghend, el día décimo- tercero de su encarcelación.

Esta especie de tortura recordaba la tanga china, con la diferencia que en vez de sujetar el cuello y las espaldas del paciente, sólo inmovilizaba las dos piernas, juntándolas tan estrechamente una con otra que la pobre víctima tenía que permanecer echada sobre la espalda, en contacto con el suelo húmedo y plagado de toda clase de insectos. «Figúrese V., escribía Mons. de Jacobis a su Superior general, figúrese una gran pieza de madera de la más pesada, de olivo por ejemplo, ofreciendo en el medio una a­bertura oval suficientemente grande para dejar pa­sar a la vez las dos piernas apretadas, fijándolas en­seguida por medio de una clavija de madera también, la cual, descendiendo por una abertura prac­ticada en cada lado, es introducida con fuerza entre las dos piernas, acabando ella de aprisionar tan es­trechamente, que para poner en libertad al paciente es necesario serrarlo todo por el medio».

El ghend encerraba las pantorrillas desde el em­peine del pie hasta la rodilla y sus asperezas inte­riores penetraban en la carne como espinas. La ne­cesidad de permanecer echado sobre la espalda cau­saba a los cautivos atroces tormentos. Después de una semana, poco más o menos, uno de ellos dio con el medio de sentarse y levantarse. Hizo partici­pantes de su invento a sus compañeros, que siguieron su ejemplo. Vestidos únicamente con unos cal­zoncillos, el frío les martirizaba, la lluvia, que iba penetrando en la cárcel, hacía su lecho fangoso y repugnante.

Los presos no tenían que esperar ningún consue­lo de parte de sus carceleros. Mons. de Jacobis con­fesaba que los suyos eran verdaderos corderos en comparación de esta «especie de leopardos, de la mis­mísima raza de los que rugían alrededor del glorioso mártir San Ignacio de Antioquía».

La alimentación no era abundante; a veces has­ta era totalmente suprimida. «Padre mío, dijo cierto día un joven sacerdote que compartía la cárcel de Guebra Miguel. — Habla, hijo mío, que te escucho, respondió el anciano. — Padre mío, he aquí que no se nos da ya ni pan ni agua, nada absolutamente; y he oído decir que un ayuno semejante basta para matar al hombre en tres días. Con todo, este tiem­po ha debido transcurrir ya. — Hijo mío, en este obscuro recinto no se distingue, como ves, la noche del día; ¿cómo, pues, los contarás? De todos modos sé que con un ayuno como el nuestro se puede lle­gar a cumplir la octava sin haber exhalado el últi­mo suspiro. — De todos modos, Padre mío, no po­demos estar muy lejos de aquel hermoso día en que nos será dado ver a Jesús cara a cara y saciarnos de su bienaventurada presencia». Y Guebra Miguel como arrobado en éxtasis por estas últimas pala­bras, añadió: «¡Ven ya, oh buen Jesús, oh pan de vi­da y luz eterna, ven ya, oh Jesús!».

El prolongado ayuno que acababa de sufrir había dejado agotado al santo anciano. «Cierto día, aun­que sentado en el suelo, cayó de cabeza sobre las tablas desunidas que tomaban el piso del calabozo. Su cabeza y parte de su cuerpo pasaron por una de las aberturas siendo detenido por una gran viga tra­vesera. En la imposibilidad de reponerse por sí mis­mo, tuvo que esperar a que volviese el carcelero quien se presentó veinticuatro horas después de la caída.

Mons. de Jacobis no tenía que sufrir tanto. Un cria­do abnegado le traía de fuera la comida. Por medio de él pudo comunicarse con los otros presos. «Esta correspondencia, escribe él mismo, rica en tan­tos y tan bellos rasgos, semejantes a los que ilustra­ron el glorioso período de los mártires de los prime­ros siglos, formaría seguramente, si se publicara, una de las más bellas páginas de la historia ecle­siástica contemporánea»

Tres cartitas solamente nos son conocidas: las tres, como es de suponer de Guebra Miguel. Le­yéndolas no puede uno menos de hacerse suyas palabras de Mons. de Jacobis.

En la primera de ellas los prisioneros comparten la pena de su vicario apostólico. Desconsolado por la apostasía de varios fieles. «Un saludo a nuestro padre Justino de parte de sus hijos arrancados por la misericordia de Dios a las tinieblas del cisma y de la apostasía. Crezca en él y en nosotros el amor de María, Madre de Jesús. ¡Amén! Nos hemos consolado a nosotros mismos en vista del saludo en­viado por nuestro padre espiritual. Mas, ¡ay! ¡cuán­to nos compadecemos de su angustia presente, sa­biendo todo lo que el dolor del alma sobrepuja al del cuerpo! ¿Qué son, en efecto, las groseras cadenas de la materia en comparación de las sutiles atadu­ras del espíritu? Nuestra prueba es nada en compa­ración de la vuestra. Esta crucifixión del corazón es la que ha coronado a la Madre de Jesús como a Rei­na de los mártires. ¡Ah! también nuestro principal tormento es la vergonzosa caída de nuestros hermanos, tanto, que nos impide sentir el del leño em­potrado en nuestros pies».

¡Sentimientos admirables! Pero he aquí otra cosa no menos hermosa. Kassá acaba de llegar a Gondar; los prisioneros se han enterado de ello, y se llenan de alegría porque es el preludio de nuevos tormen­tos y aún, quizá, de la misma muerte. Estos tor­mentos son deseados vivamente, y sólo sienten que no lleguen tan pronto como desean. «Gracias a la divina bondad, escriben, todo va Muy bien por aquí. Hoy, al fin, vamos a beber el cáliz del divino Maes­tro, nos decimos unos a otros llenos de alegría. Sin duda nuestros pecados nos han hecho indignos de ello. Rogad, padre, rogad mientras se acerca el combate para que la fe triunfe gloriosamente. Por de pronto, tranquilizaos, no necesitamos más que vues­tras oraciones. Cuando la desgracia se cierne de improviso, se aflige uno; pero cuando el sufrir es una dicha ¿será posible afligirse? ¡Sea lo que Dios quiera! ¡Amén!

El 2 de Agosto, fiesta de San Alfonso de Ligorio, Mons. de Jacobis, había tenido la delicada atención de enviar a los confesores de la fe un poco de hidro­mel para que se permitieran el lujo de añadir un pe­queño extraordinario a su comida. Recibió de ellos esta respuesta: «De parte de vuestros hijos, firmes en la fidelidad debida a su Dios, no por sus propias fuerzas, sino por la todopoderosa asistencia de Ma­ría, concebida sin pecado, gracias, muchas gracias por la pequeña dulzura con que San Ligorio, nuestro amadísimo patrón, nos ha alegrado hoy por mano de nuestro padre. El cielo os lo pague al ciento por uno. En verdad que las trazas de la sabiduría divina son tales que escapan a todo cálculo. Del o­céano amargo y salado se desprende la fecundidad de las lluvias; y de nuestra cautividad en medio de nuestros enemigos, de las tinieblas del calabozo, surge e irradia la esplendente luz de la fe. Con tal predicador, elocuente por su silencio, podemos tam­bién hablar; sentados noche y día sobre la piedra del calabozo, predicamos sin palabras; nuestra boca permanece muda, pero nuestras piernas magulladas gritan alto: Creed en la Iglesia Católica ¡sermón in­comparable! ¡Ah! Rogad, padre, rogad sin cesar pa­ra que podamos mantenerla a su divina altura hasta el fin».

Los prisioneros comparecieron ante sus jueces, el 23 de Agosto, por cuarta vez. «Renunciad al papis­mo y conseguiréis la libertad, repetían los perse­guidores. «Si no hay bastante con nuestras piernas, respondían los acusados, tomad también nuestra cabeza. Todo por nuestra fe, todo queremos dárselo«.

Algunos días después Guebra Miguel era saca­do del ghend. El estado de sus piernas, desmesura­damente hinchadas, hacía esta medida necesaria. La canga abisinia fue reemplazada por las cade­nas. Los meses de Septiembre, Octubre, Noviem­bre y gran parte de Diciembre transcurrieron, sin incidentes notables, en la oración, el sufrimiento y las privaciones.

El 20 de Diciembre de 1854, el día antes de ir al campamento de Kassá para celebrar allí con el rey las fiestas de Navidad, el Abuna Salamá escribió al monarca: «Hoy someteré al suplicio del giraf a los malditos pervertidos por los Franceses que ten­go aquí en mi poder; apresúrate a hacer levantar el patíbulo para este detestable viejo corruptor que te envío».

El obispo, en efecto, hizo comparecer ante él, a los cinco confesores de la fe. Las injurias, las ame­nazas y los golpes nada pudieron contra su cons­tancia. Aunque conducido por dos veces ante el te­rrible juez, Guebra Miguel no fue golpeado; su es­tado de desfallecimiento conmovió a los que rodea­ban al obispo pidiendo gracia para él.

Al abandonar a Gondar, Salamá no se separó de su presa. Guebra Miguel, precisado a arrastrarse en pos de él, invirtió dos días en franquear la dis­tancia que le separaba del campamento, cuando media jornada era suficiente a los demás. Sus guar­dias azuzaban con gritos e injurias su marcha vacilante y le empujaban brutamente. Aquí caía, allí se levantaba, o bien se paraba agotado por la fatiga.

El 7 de Enero, al día siguiente de la Epifanía, día en que el rey daba audiencia pública, Salamá le presentó a Guebra Miguel. «He aquí al gran perturbador del Imperio, le dijo; a causa de él hay otros cuatro que también están obstinados; por eso te lo traigo. – Entonces tú no quieres someterte a mis leyes? interrupió Kassá, fijando los ojos en el prisionero. Sin duda tu obstinación proviene del temor de perder el dinero de los Romanos. Abando­na tus creencias y acepta las mías; yo te daré dine­ro, un mulo y una dignidad. — Señor mío, respondió el mártir, yo no quiero ni tu fe ni tus bienes».

Humillado por encontrar una resistencia para él inesperada, el rey dio orden a uno de los suyos de guardarlo y echarle a los pies una gruesa cadena.

El mes siguiente, Kassa, después de una victoria decisiva sobre su rival Ibie, era consagrado empe­rador de Etiopía, con el nombre de Theodoro II. Para robustecer su autoridad, decidió que el 14 de Marzo el pueblo conquistado se presentara ante él para prestar juramento de adhesión a la religión del imperio.

La ceremonia fue grandiosa. Theodoro tenía puesto su trono en medio de los dignatarios de su Corte, en presencia de una abigarrada multitud de soldados y paisanos. Guebra Miguel fue de nuevo convoca­do. Invitado a admitir el edicto de unión, respondió: : «Oh rey, jamás creeré, jamás proclamaré que Cristo tenga la naturaleza divina sin la naturaleza huma­na».

Estas palabras le valieron la condenación a la pe­na capital. No obstante, la sentencia no fue ejecu­tada; tal vez se esperaba vencer su obstinación con nuevos tormentos. Dos soldados, provistos de e­sos látigos terribles de largos crines, que se llaman en el país giraf, o colas de jirafa, le hirieron en la cara. Ciento cincuenta golpes se sucedieron sin interrupción. Los verdugos cesaron cuando le vie­ron caer desmayado en tierra. Theodoro los excitó: «Vengan los grandes látigos de los boyeros de Abi­sinia, exclamó, y den todos sobre su único ojo hasta que reviente! Que los más robustos peguen en las partes más delicadas, mientras que los primeros descansan».

Entonces fue imposible contar el número de ver­dugos y más aún el de los golpes. Mientras tanto el mártir repetía en voz alta: «Yo creo que en Jesucristo hay dos naturalezas en una sola persona; esta es la doctrina de San León papa y del Concilio de Calce­donia».

Cuando, después de dos horas de flagelación es­pantosa, los brazos cansados cesaron de golpear, Guebra Miguel se levantó sin el menor esfuerzo, con gran admiración de los asistentes, y empezó a caminar sostenido por fuerza sobrehumana. Su cuer­po no conservaba ninguna huella de los golpes y su ojo resplandecía, afirman los testigos, «con una luz maravillosa.»

El pueblo, convencido de que escapaba a la muerte por milagro, recordó la leyenda nacional de san Jorge, quien, según se decía, había perdido siete veces la vida por La religión y otras tantas la había recuperado. El nombre de este gran san­to le quedó. Llegó a ser objeto de supersticiosa ve­neración. Le fueron presentadas ofrendas como eran presentadas sobre los altares a los santos; recibió cereales, panes, flores. El Abisinio  espe­cialmente encargado de custodiarlo, le atestiguaba los mayores miramientos y se encomendaba a sus oraciones.

El ejército de Theodoro reanudó su marcha, el 16 de Marzo, para dirigirse hacia el sur. Gue­bra Miguel seguía lentamente, con las cadenas a los pies, a través de caminos intransitables. Cuan­do el ejército hizo alto en las llanuras de Babá, dos meses y medio después, su cansancio era ex­tremo.

Theodoro recibió, en este lugar la visita de Plawden, enviado extraordinario de la reina de Inglaterra. Para demostrar a este representante de una gran nación su magnificencia y su poder, reunió, según costumbre de los monarcas de Etiopia, a los dignatarios del imperio y delante de ellos en presencia también de los soldados y de gran número de paisanos de los alrededores, celebró solemnes audiencias judiciales. ¿Quién va a ser juzgado?» se preguntaban unos a otros con cu­riosidad. Y a una orden de Theodoro se hizo comparecer a un anciano descarnado andando paso vacilante. Era Guebra Miguel.

«Todos vosotros, gritó el emperador, príncipes, obispo, y cheghié, todos vosotros dignatarios del Estado, doctores de la ley, sois testigos: yo he reducido todo a mi autoridad; mi pueblo se ha sometido a mi ley y a mis creencias. Sólo este monje me ha resistido; sólo él rehusa todavía o­bedecer al poder supremo que Dios me ha dado».

Al instante la voz del anciano se dejó oir: «Yo no reconozco más juez de mi fe que Jesucristo y su representante visible el Soberano Pontífice de Ro­ma. — ¡Cómo! replicó el tirano, ¿tú no me reco­noces por juez? — Tú lo puedes todo sobre el cuerpo, lo reconozco, respondió el mártir; pero ningún poder tienes sobre las almas. No tienes derecho para imponerme tus creencias. Tú eres u­na plaga, calamidad pública y el Abuna un de­monio».

Theodoro rugió de cólera. «Todos vosotros, príncipes y doctores, exclamó, acabáis de oír el insulto grosero lanzado contra mi persona».

Luego, dirigiéndose hacia el acusado, al mismo tiempo que señalaba con el dedo a Plawden: «Y a este extranjero venido de ultramar ¿tampo­co lo reconocerás por árbitro? — Oh! respondió Guebra Miguel, ¿cómo un anglicano podría juz­gar a un católico romano, él que insulta a la Vir­gen María y no observa las leyes del ayuno? Tú mismo vales más que él. — ¡Cállate!, interrumpió el emperador, tus palabras son blasfemias. Docto­res, jueces, pronunciad la sentencia, ¿qué pena me­rece este hombre?».

Todos unánimemente declararon que merecía la muerte. Plawden pidió gracia y varios grandes juntaron su voz a la de aquél. Theodoro se dejó doblegar. «Por Plawden, dijo, consiento en que vi­vas aún; pero tendrás cadena perpetua».

El mártir no escapaba a la muerte aquel día, últi­mo del mes de Mayo, sino para sucumbir bajo el peso de los sufrimientos y de las fatigas que se le iban a imponer. Continuó siguiendo a los sol­dados en sus marchas. Después de algunas se­manas se paró, incapaz de continuar más lejos. Su pobre cuerpo enflaquecido tenía el aspecto de un esqueleto. A pesar de la orden de obligarle a caminar a pie o de dejarle morir en el camino, sus guardias, por compasión, le procuraron una cabalgadura; y como no tenía fuerza ni para mantenerse a caballo, lo hubieron de atar para que no cayera.

La comarca que atravesaban, incendiada por los habitantes dados a la fuga, dificultaba el avi­tuallamiento de las tropas. Los víveres faltaron, y al hambre siguió el cólera. Guebra Miguel fue atacado de esta enfermedad. «La bondad divina, escribe Mons. de Jacobis, parece haber queri­do confirmar el sobrenombre de Keddons Ghior­ghis, que le habian impuesto los soldados; porque fue el día en que el calendario abisinio conmemora la fiesta de este antiguo Mártir, cuando llamó a sí a su servidor, mientras se encontraba en ple­na marcha llevando sus cadenas por la gloria de Jesucristo. Las tropas imperiales habían trasladado su campamento a Thieretchia-Ghebabá, en la frontera del país de Ualló, donde Theodoro per­seguía a Sadik Danka, jefe de las tribus gallas de esta provincia. Era la última etapa del mártir. Arrimado a la sombra de un peñasco, durante el descanso de una parada, el fiel servidor sintió que su hora estaba próxima. La notificó a sus compañeros y a los soldados que habían acudido a la primera noticia de su agonía. Como inspirado por espíritu profético, predijo las calamidades que iban a caer sobre Theodoro y sobre el imperio».

El día 29 de Agosto de 1855 fue cuando el bienaventurado mártir dejó esta tierra miserable para recibir la hermosa recompensa debida a la firmeza de su fe.

Los soldados conmovidos por las virtudes del heroico sacerdote, le lloraron amargamente. Des­pués de haber roto sus cadenas, sepultaron su cuerpo con respeto cerca de la casa de un Galia, bajo un enebro.

Dios le glorificó con diversos milagros. «De su tumba, cuenta un cismático, ha brotado una fuente, en la que, varios enfermos se han la­vado y han recobrado su salud. En aquel país dicha tumba es preciosa y las gentes la guardan para que nadie la toque».

El perseguidor recibió, poco después, el castigo de su crimen. El ejército de Theodoro diezmado por el hambre y las enfermedades, retrocedió an­te las tropas del rey de los Gallas, después, ata­cado por Negussié, nieto del rey Ubié, sufrió san­grientas derrotas. El Tigré reconquistó su inde­pendencia y los misioneros, libres por algún tiem­po de las trabas que les impedían predicar el E­vangelio, levantaron las ruinas, edificaron iglesiaas establecieron cristiandades y tuvieron el consuelo de comprobar una vez más cuán verdadera esa máxima conocida: «La sangre de los mártires es semilla de cristianos».

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