Gregorio Gómez

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Author: Vicente de de Dios, C.M. · Year of first publication: 1976 · Source: Anales españoles, 1976.
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El Padre Gregorio Gómez nació en Las Vesgas de Bureba (Burgos- España), el 4 de diciembre de 1911 el séptimo de diez hermanos na­cidos de don Nicolás Gómez Torne y doña María Ruiz Sáez.

Hizo sus estudios sacerdotales en Tardajos (26 a 28), Guadalajara (29-30), Hortaleza (31-32), Villa franca del Bierzo (33 a 35), Cuen­ca (36), Pamplona (37), Murguía (38) y Londres (39).

El día de su vocación fue el 16 de septiembre de 1940 en Hortale­za. Y se ordenó sacerdote en Murguía (Alava), el 3 de julio de 1938, de manos del obispo capuchino Felipe Olaiz y Zabalza, por delega­ción de Monseñor Francisco Javier Lauzurica, administrador apostóli­co de la diócesis de Vitoria.

Creo que sus destinos en Es­paña fueron La Orotava y Teruel, en ambos lugares principalmente como misionero vicentino por mu­chísimos pueblos y aldeas.

Llegó a México el 5 de marzo de 1966 y el mismo día pasó a for­mar parte de la reciente fundación del Olivar del Conde, que con el tiempo llegaría a ser la Parroquia de Nuestra Señora del Sagrado Co­razón y de Santa Cecilia. En esta fundación permaneció los dieciséis años que le restaban de vida, hasta el sábado 3 de abril de 1976, en que, a los 64 años, abandonó su es­píritu en las manos del Señor.

Por encima de todo, el Padre Gregorio fue un misionero del campo, no obstante su asiduo e indecible laboreo pastoral en su parroquia: confesiones, primeras comuniones, bodas, enfermos, visi­tas, predicaciones de todas clases, asesoría de numerosas asociacio­nes.

Copiamos del álbum conmemo­rativo de los diez primeros años, como Parroquia, de la comunidad en que el Padre Gregorio vivió:

«En un día de paseo del Provincial, P. Elías Alduán, por estas barrancas y minas de arena, con la mira de al­gunos terrenos para las obras de las Damas, pareció al P. Alduán un terreno y un am­biente acorde con nuestra tradición vicenciana de servir al pobre.

Años antes, se había decli­nado una informal oferta de esta Colonia por parecer ina­decuada. Ahora, después de los trámites diocesanos y pa­rroquiales y el cambio de mentalidad, la Congregación juzgó oportuno atener a es­ta capellanía.

Todos los domingos, desde la Casa Central de Naryarte, subían los Padres encargados a decir sus misas y a ofrecer sus servicios apostólicos.

El 8 de septiembre de 1958 fue erigida la primera comu­nidad vicenciana: P. Antonio Prol Gómez (superior) y P. Jaime Cabañas Zúñiga.

Para entonces, la Congre­gación había construido una casa parroquial, anexa a una de las dos iglesias. La rivali­dad propia de barriada y, na­turalmente, la falta de coin­cidencia de pareceres en cuanto a la localización de la Iglesia, trajo la construcción de dos, a unos cien metros de distancia la una de la otra. La de arriba se llama ‘Nues­tra Señora del Sagrado Cora­zón’ y la otra ‘Santa Cecilia’. Esta competencia de zonas, si por una parte propició al­gunos dernuestros, por otra originó más rapidez construc­tiva.

El 12 de julio de 1959 co­menzó la primera visita canó­nica a la casa.

El 5 de marzo de 1960, arri­bó el P. Gregorio Gómez Ruiz, procedente de Teruel, Espa­ña.

El día 1 de mayo de 1960, con espíritu de conciliación, y para mejor servir a esta ve­cindad, la Sda. Mitra: Erigió estas dos iglesias en ‘Parro­quia de Ntra. Sra. del Sdo. Corazón y Santa Cecilia’. Y nombró párroco al P. Anto­nio Prol Gómez, que tomó po­sesión ese mismo día.

Ese mismo día, también, se asentaron los once prime­ros bautismos hechos en la parroquia.

Desde entonces, el trabajo habitual de una parroquia —numerosa, pobre y buena— y los cambios naturales de personal…».

Del primer cronista de la casa, quiero copiar también estos tra­zos expresionistas de lo que en­tonces era (y en gran parte sigue siendo) la parte de la parroquia denominada Barrio Norte, cuyas barrancas tuvo que bajar y subir, más veces de las convenientes a su edad, el P. Gregorio:

«Casi no hubo tiempo para planear la Santa Misión que habría de darse en una parte de la Parroquia llamada Ba­rrio Norte. Se solicitó la ayu­da de los PP. Elías Alduán y Raimundo Murillo.

Barrio Norte es un lugar inmundo, lleno por todas par­tes de suciedad, polvo y are­na, que se amasan en las cuerdas de la garganta.

Barrio Norte carece de ca­sas y abunda en pocilgas…, pero la culpa no es de quie­nes viven en ellas, sino de los que rigen el destino de los basureros y de los jardines.

En Barrio Norte sobrevi­ve un conglomerado humano despreciado por la sociedad, donde campean los espíritus y los peores, y a quienes se ha relegado al más denigran­te de los olvidos.

Aquí puedo hablar de fru­tos. Cerca de 400 matrimo­nios legitimados en una con­fusión humana de 9.000 al­mas. Buena asistencia y me­res frutos en la confe­sión…».

Y, a continuación, los sucesivos cronistas de la comunidad —PP. Redondo, Aramendi, Alonso y el propio P. Gerardo (desde septiem­bre de 1964 hasta la misma víspe­ra de la enfermedad que lo lleva­ría a la muerte) van narrando los avatares de la parroquia, entre los que descuellan las numerosas mi­siones dadas por el P. Gregorio:

«Octubre, el de los rojos ocasos, llevó al P. Gómez, por natural vez primera, a los campos ubérrimos de Vera­cruz, a los pueblitos de Ma­dero, Gabino Barrera y Tres Valles… Se achicharró y tuvo que sufrir las consecuencias lógicas de un sarpullido. Ter­minado su trabajo, siguió ca­mino al colindante estado de Tamaulipas, donde en la ju­risdicción de El Mante, co­menzó otra labor de dos se­manas: Guayalejo, Simón y Mante (noviembre). Véanle, lectores, corriendo del Atlán­tico al Pacífico, en la parte bañada a Colima, y metién­dose con todo el calor en Madrid de Tecomán, sin luz eléctrica, ni Retiro ni Caste­llana… (diciembre de 1960).

El P. Gómez salió a dar tres misiones en los pueblos d Acatzingo, Lepeyala y San Simón, Edo. de México. Bue­a gente y los consabidos do­/necillos del pobre: huevos y ‘ algún que otro animalillo co­mestible. Del 29 de enero al 19 de febrero (1961).

El P. Gómez parte a mi­siones por tres semanas. Su celo incansable tiene por me­tas San Pablo del Monte y Tlaltepango, en Tlaxcala. Re­gresa con el regocijo de quien ha contemplado el fruto abundante cosechado.

El P. Gómez no quiere es­tar muchos días con nosotros y parte de nuevo a la misión de Madero. Quince días in­yectando nueva sabia evan­gélica en las almas (septiem­bre 61).

De nuevo el P. Gómez a misiones. Ahora a Tampico, donde tanto trabajo le espe­ra (octubre 61).

El P. Gómez, una vez más, a misiones; esta vez a Tepe- pan, D. F., el 10 de noviem­bre.

El 5 de marzo (62) llega el P. Gómez de la misión de Huisquilco, Jal., que comenzó el 18 del mes anterior. Y po­cos días después parte para dar otras misiones en Yuca­tán: Valladolid, Concal y Mé­rida.

En el mes de septeimbre (62), dentro de la gran misión de la ciudad de México, el P. Gómez misiona en la Iglesia de la Sabatina y San Miguel, de tacubaya.

El P. Gómez dio misiones en Tuxpan, Platanar y Aten­quinque, Jal., con el P. Aman­do Martín. El mismo P. Gó­mez dio Ejercicios a las Hijas de la Caridad. También dio misiones en Mitengo, Pue. (febrero-marzo del 63).

Del 5 al 20 de mayo los PP. Prol y Gómez salen a la gran misión de Zamora, Mich.

El P. Gómez salió a la mi­sión de Chilcota, Mich. Al re­gresar celebró sus Bodas de Plata Sacerdotales (se ordenó el 3 de julio de 1938). Hubo misa solemne, en la que pre­dicó el Visitador, P. Justo Artaso, Velada, etc. (julio de 1963).

Los PP. Gómez y Alonso dan una misión juntos en la ciudad de Guanajuato. Ape­nas regresar, el P. Gómez sa­le para la misión de Chietla, Pue. (septiembre 63).

Los PP. Prol y Gómez sa­len, por quince días, a la mi­sión de la ciudad de Irapua­to, Gto. (octubre 63).

El P. Gómez sale a la mi­sión de Capulín, Mich. (no­viembre del 63).

El 26 de enero sale el P. Gómez a la gran misión de Sahuayo, Mich. Duró quince días. Fueron en total seis mi­sioneros de distintas casas (año 1964).

El P. Gómez, después de la misión de Sahuayo, descansó tres días y comenzó la misión de Cotija de la Paz, Mich., con once Padres más.

Los PP. Gómez y Prol in­tervinieron en la misión de la Parroquia de Briseñas, Mich. Duró veinte días (ju­lio del 64).

(En septiembre de 1964 comien­za el P. Gregorio a actuar como cronista de los hechos de su co­munidad. Y coincide con la dismi­nución de la obra de las misiones populares en la Provincia. Segu­ramente, porque crecen las parro­quias —en número y, sobre todo, en multitudes— y porque el nú­mero de misioneros se estaciona. Por otra parte, el P. Gregorio ya no participa en las misiones que se dan, tan habitualmente como an­tes. Los relatos que siguen se de­ben a la pluma del mismo Padre Gómez.)

«El 24 de febrero (1965), el P. Gómez G. sale para la misión de Apatzingan, Mich., que habría de durar hasta el 7 de marzo. Tomamos parte, en esta misión, seis Paúles. Formé bina con el P. Bengoa. Fue una misión muy dura. Abandono religioso. Ignorancia. Falta de clero. Calor sofocante. Mosquitos y alacranes. Se trabajó mucho y se consiguieron abundantes frutos. En mi centro se arregla ron 75 matrimonios. Hicieron la primera comunión 250 niños y adultos. Se llevó la comunión a doce enfermos. La asistencia fue consoladora, dado el ambiente y nulo cuidado espiritual que tienen del arrabal en que actuamos.»

«El 18 de marzo (1966), el P Gómez sale, con compañía de P. Murillo, a la misión de La Fama, N. L. Allí se unen con los PP. Abia I. y Langarica C. La misión en nuestra parroquia de San Vicente de Paúl duró hasta el Domingo de Ramos, 3 de abril. Gran éxito. 115 matrimo­nios arreglados. 10 bautizos de adultos. 7.500 comuniones. 75 comuniones de adultos que nunca se habían acercado a la mesa eucarística…».

«Del 1 al 15 de mayo (1966) tu­vo lugar la gran Misión de Chi­huahua. Fue encomendada a los PP. Vicentinos. También in­tervinieron Redentoristas, Cla­retianos y Dominicos. Fuimos 25 paúles. En total, 70 misione­ros con 36 centros. De esta casa tomó parte el P. Gregorio Gómez. Nota de esta misión fue la detallada preparación por espacio de un año. Cooperaron eficazmente 1.500 seglares, di­vididos en 36 equipos. Destacó el monumental Vía-crucis gene­ral, en la plaza de San Felipe Apóstol. Se calculó en 70.000 personas las que asistieron. Los Rosarios de aurora muy creci­dos, al igual que todos los ac­tos de la Misión. El fruto espi­ritual fue muy abundante. En el cierre hubo una asistencia similar a la del Vía-crucis. El señor Arzobispo, doctor don Luis Mena Arroyo, quedó muy contento con el obsequio que hizo a la Arquidiócesis en el 75 aniversario de su erección».

«El 15 de octubre (1966) co­mienza el P. Gómez la gran Mi­sión de Jalostotitlán, Jal. En los quince días que duró se repartieron 60.000 comuniones. Fue una misión de intenso tra­bajo y copiosos frutos. Cum­plió el 97 por 100. Laus Deo».

«Del 18 al 29 de enero (1967) fue la Misión de la ciudad de Puebla. Hubo 96 centros y 155 misioneros, entre ellos 20 paú­les. De esta casa fue el P. Gó­mez. Intervinieron 140 religio­sas extradiocesanas y 260 dio­cesanas con sus correspondien­tes alumnas. También tomaron parte 3.000 apóstoles seglares: cursillistas del M. F. C….».

— «El 2 de noviembre (1968) sale el P. Gómez a la Misión de Mo­relia, que dura quince días. En la iglesia de La Milagrosa. To­maron parte los PP. Núñez, Gó­mez G. y Goicoechea. El traba­jo fue grande y los frutos muy copiosos.»

«Del 4 al 15 de marzo (1970), el P. Gregorio Gómez dio una misión en la parroquia de San Vicente de Paúl, Col. La Perla, Cd. Netzahualcóyotl. Hubo cin­co centros e intervinieron seis Padres paúles. Diez Hijas de la Caridad trabajaron durante un mes en la preparación y duran­te la misión multiplicaron sus desvelos. Yo actué con el P. Jesús Santamaría en el centro de la parroquia. Mucha asis­tencia a los actos misionales. Rosario de aurora y vía-crucis por las calles. 1.500 niños en la catequesis mañana y tarde. 86 matrimonios arreglados. 290 primeras comuniones, muchas de adultos. 4.000 comuniones.

El último sábado estuvimos diez horas confesando. La gen­te muy atenta y con deseos de aprender…».

—     «El 12 de octubre (1974), salió el P. Gómez a la Misión de León, Gto. Duró un mes, divi­dido en dos etapas. Hubo 87 misioneros y 99 misioneras en cada etapa, 8 vicentinos. Misión de mucho trabajo y fruto. La clausuró, el 1 de diciembre, el señor Delegado del Papa, Ma­rio Pío Gáspari. 55.000 perso­nas reunidas en el Instituto Lux de los PP. Jesuitas. Espec­táculo impresionante. Más de 20.000 comuniones. 98 concele­brantes. Las Madres misione­ras, con facultad para dar la sagrada comunión.» (De esta Misión, el P. Gregorio, junto con el P. Lozano, hizo una cró­nica extensa que apareció en el Boletín Provincial, núm. 4.)

—     «El 18 de febrero (1976) salie­ron el P. Gregorio Gómez y el P. Manuel Alcaraz a la misión de Amatitlán, rancho de Aca­tlán, Pue. Resultó bastante fructuosa. Asistieron al vía-cru­cis 876 personas. En el tiempo de la misión se repartieron va­rios miles de comuniones. Asis­tencia máxima por la noche, 525 personas. Catequesis, 265 niños, comulgaron 188. Asisten­cia satisfactoria a las charlas particulares. El día 25 vuelta a casa, haciendo un descanso en Cuautla, donde comimos con el P. Aznar y comunidad.» (Es­ta fue la última misión del P. Gregorio; una crónica más extensa la envió a este Boletín y aparece más adelante.)

(Permítanme un paréntesis, aca­so extemporáneo. Una relación tan completa de las misiones del P. Gregorio no hubiera sido posible sin el cuidado de los sucesivos cro­nistas de la comunidad del Olivar del Conde, S. C. Es una demostra­ción bien práctica de la utilidad del Libro-Diario de la Casa…).

El P. Gregorio fue, pues, el mi­sionero más dedicado a las misio­nes que ha tenido la Provincia de México en los últimos tiempos. Cuentan quienes lo saben que es­cribía todo lo que predicaba y que ninguna predicación imprevista podía tomarlo por sorpresa. Últi­mamente se había cuidado de re­componer sus predicaciones misio­neras apoyándose en los libros pu­blicados por la Editorial del Per­petuo Socorro. Además, fue un cronista meticuloso de todas las misiones que iba dando, como lo muestran las incontables crónicas que envió a los Anales de Madrid, con un gran acervo de curiosida­des tomadas de la observación di­recta, del Espasa-Calpe o de donde fuera. Con él se va, quizá, un modo misionero, pero con su ida nos lle­ga una inyección para renovarnos en la obra por la que dio su vida

El 20 de marzo pasado, después de quince días de permanencia en cama en su propia casa, afectado de una fuerte bronconeumonía, fue internado en el Hospital Escandón. Allí mejoró sensiblemente 3 fue dado de alta el martes 30 de marzo. Después de dos días en esta comunidad, le dijimos que se vi viera a la casa central, para que pudiera despreocuparse de su mundo habitual y restablecerse mejor. Se le veía desmejorado y ausente. Junto con la enfermedad que lo llevó al Hospital, comenza­ron a aparecer ciertos síntomas leves de debilidad mental, aluci­naciones sobre todo. Habíamos previsto llevarle inmediatamente a un chequeo general que, por otra parte, ya se le había hecho en el Hospital Escandón. Pero el sába­do 3 de abril, al subir a su cuarto el P. Ojea para invitarle a desa­yuno, lo encontró ya muerto, con el cuerpo aún caliente. Antes, a las 6,15 de la mañana, el P. Ojea, su vecino de cuarto, había estado con él, pues notó el ruido en su habi­tación. El P. Gregorio estaba le­vantado e inquieto, aunque nada hacía suponer la proximidad de su muerte. El P. Ojea le tranquili­zó y el P. Gregorio decidió afeitar­se entonces. Suponemos que, al volverse a acostar o un poco des­pués, quizás alrededor de las 8 de la mañana, le sobrevino la muerte. El P. Visitador le dio la absolución y el P. Teodoro le administró la santa Unción. Los médicos diag­nosticaron paro cardíaco o derra­me cerebral.

La capilla ardiente se instaló, de momento, en el recibidor de la casa central. Comenzaron a llegar feligreses de su Parroquia. Y al anochecer, reclamaron imperiosa­mente su cadáver al salón parro­quial del Olivar del Conde. El pue­blo quería entrañablemente al P. Gregorio y se volcó en vela toda la noche del sábado al domingo. A las 10 de la mañana del domingo se celebró una misa de cuerpo preiniciar el traslado de su cadáver al Panteón Español, las calles cir­cundantes estaban atascadas de gente. Cuatro autobuses y muchos coches le acompañaron, quedándo­se muchísimas personas sin poder hacerlo. La despedida junto al se­pulcro la presidió el P. Visitador, que dio las gracias al pueblo cris­tiano, que tanto cariño había mos­trado al P. Gregorio. De él se pue­de decir, con toda verdad, que mu­rió en olor de multitud. Y no era para menos. El P. Gregorio fue uno de esos misioneros que no sa­be negar un favor al pueblo senci­llo. Acaso protestaba un poco, pe­ro acababa por hacerlo. Habían sido dieciséis años de bautizar, predicar, confesar, dirigir asocia­ciones. Su figura era familiar en todo el barrio, paseándose casi to­dos los días, con todo y sotana, por esta o la otra calle empinada de la parroquia, charlando al paso con los transeúntes y los niños, o recorriendo una y otra vez el atrio de la iglesia, mientras sus dedos iban pasando las cuentas del ro­sario.

Era un hombre de oración, de silencio, de sacrificio, de mortifi­cación, de pobreza, de disponibili­dad. No necesitaba muchas cosas para vivir. Entre sus reliquias se encontró un cilicio, sin apariencias de resto arqueológico, sino de re­cientemente usado. No le era aje­no el Breviario. En su vida, un tan­to anclada en el pasado, pueden descubrirse sólidas invitaciones para quienes viven sumidos en el presente o avizorando el futuro. Su disponibilidad era clara para el llamado de las misiones popu­lar por su eterno descanso. Y cuando, a las 11, llegó la hora de cualquier clase. Parece que uno de sus mayores disgustos fue no poder predicar, por hallarse ya seriamente enfermo, la tanda de Ejercicios cuaresmales para matri­monios que había preparado con todo cuidado. Lo que más le cos­taba, sin duda, era la posibilidad de ser trasladado a otra casa, des­pués de sus dieciséis años en el Olivar. Y, sin embargo, a pesar de pequeñas renuencias, que no ocul­taba, lo aceptó perfectamente cuando hace unos meses le llegó la hora de la verdad en forma de una carta de destino. Sólo que el tras­lado no se llevó a cabo, porque su pueblo, una vez más, y esta vez sin incitaciones de nadie y con una sinceridad que no daba lugar a dudas, pidió masivamente que se lo dejaran. Así pudo el P. Gregorio morir sin haber abandonado, des­de que llegó a México, la casa y las personas que tanto amó y que tanto le quisieron.

Su muerte fue en sábado y su entierro en domingo. Por eso fue prácticamente imposible, sobre to­do que estábamos en Cuaresma, que sus compañeros, los Padres del D. F. y alrededores, le acompa­ñaran demasiado esos días. El miércoles 7 de abril, sin embargo tuvimos una concelebración en la capilla de la casa central. Se llené de sacerdotes y hermanos de la Provincia, presidió la concelebra­ción el P. Ramón Novoa, superior de la comunidad del P. Gregorio, y la homilía fue participada. Alguien dijo, con acierto, que su vida fue una vida en tono menor, porque en una sinfonía, por brillante que lares y para las predicaciones de sea, el tiempo en tono menor suele ser el más bello. No el más brillan­te, el que requiere una majestad de trompetas. El P. Gregorio ni las requirió ni le hicieron ninguna fal­ta. El P. Gregorio perteneció a esa raza de misioneros vicentinos que se distinguen por el trabajo, la sencillez, la humildad, la paz, la acogida, la renuncia de sí mismos la amistad sin pretensiones con los más débiles. No fue un alma de este mundo, fue un alma de Dios.

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