Girard Brin, Edme Barry y Thaddée Lye, C.M.

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: San Vicente de Paúl · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices III.
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Biografias PaúlesEn 1646, Inocencio X invitó a san Vicente a enviar a Misioneros a Irlanda. El papa cedía él mismo tal vez a una invitación de Eniqueta de Francia, quien no había dejado nunca de relacionarse con los católicos irlandeses, y que quería aprovechar un tratado secreto sellado últimamente entre ellos y Carlos I.

Vicente obedeció al instante las órdenes del Soberano Pontífice y escogió en su Compañía a ocho misioneros, entre los cuales había cinco irlandeses. Obedientes como su padre, éstos se echaron en el acto a sus pies para pedirle la bendición de la partida «Estad unidos siempre, les dijo, y Dios os bendecirá; pero que sea por la caridad de Jesucristo, ya que toda otra unión  que no esté cimentada en la Sangre de este divino Salvador, no puede subsistir. Es pues en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo como debéis estar unidos unos con otros. El espíritu de Jesucristo es un espíritu de unión y de paz: ¿Cómo podríais atraer a las almas a Jesucristo si no estuvierais unidos entre vosotros y con él mismo? Eso no podría ser. No tengáis sino un mismo sentimiento y una misma voluntad; de otra forma sería hacer como los caballos, los cuales, estando uncidos a un mismo carro, tiraran unos de un lado, y los otros del otro, y así lo echarían a perder todo y lo romperían todo. Dios os llama para trabajar en la viña; id como si no tuvierais en él más que un solo corazón y una misma intención; y, por este medio, lograréis fruto«.

Les recomendó luego la obediencia al Soberano Pontífice, tan necesaria en un país en que la política inglesa empujaba al clero a la rebelión. Él les recomendó la disciplina del viaje y después de su llegada en el teatro de su Misión, , y ellos reconocieron más tarde la sabiduría de sus consejos.

Partieron de París hacia mediados de octubre de 1646. Retenidos por algún tiempo en Nantes, se emplearon en el servicio de los pobres y de los enfermos en los hospitales, e instruyeron con algunas conferencias a las damas de la Caridad de las parroquias. Lo mismo hicieron en Saint Nazaire, donde debían embarcarse en un navío holandés. Dieron a los numerosos pasajeros una especie de misión y, como primicias de su próximo apostolado, convirtieron al catolicismo a un gentilhombre inglés quien, herido de muerte tres días después, expiró bendiciendo su caridad y la misericordia de Dios.

Se embarcaron al fin, y después de escapar a las tormentas del mar, a la persecución por tierra, a la muerte bajo diversas formas, llegaron al destino. Allí, se repartieron entre la diócesis de Limerick y la de Cashel.

Por ambas partes lograron sus ejercicios ordinarios  con un éxito que admiraron los obispos de irlanda, hasta merecer los elogios del nuncio Rinuccini, quien residía aún en este reino. Entonces, como en todas partes, clero y pueblo se habían transformado por igual. Estalló la persecución, y Carlos I acababa de morir en el cadalso, y los católicos de Irlanda habían proclamado al príncipe de Gales. Nombrado lord lugarteniente de Irlanda, Cromwell había partido a la noticia de la derrota del ejército real, y había firmado la derrota de Drogheda, de Wexford, de Kilkenny con horribles matanzas; luego, de vuelta en Inglaterra, dejó a su yerno, el feroz Ireton, el comando en jefe. La sangrienta tiranía se desmadró y cayó ante todo sobre los católicos. No era ya posible tener misiones en los campos ocupados por los parlamentarios. Verdad es que en todas partes donde se había celebrado la misión con anterioridad, los Misioneros estaban dignamente reemplazados por los párrocos, de los que ninguno abandonó su puesto. Uno de ellos que, durante un retiro hecho un año antes en Limerick con los sacerdotes de la Misión, había declarado que se sentiría dichoso de morir por la fe y la caridad, fue masacrado por los soldados de Ireton, mientras administraba los sacramentos a los enfermos.

Vicente llamó a cinco de sus sacerdotes a Francia y dejó a tres en Limerick. Estos cinco Misioneros le trajeron las cartas más honrosas que les habían entregado a la salida los obispos de Limerick y de Cashel.

Los tres Misioneros que quedaban en Limerick, a invitación del obispo, dieron una Misión en esta ciudad que, incluyendo a los campesinos refugiados, no contaba con menos de veinte mil comulgantes. A pesar de la desproporción entre la enormidad del trabajo y el corto número de los obreros, los Misioneros, después de algunos difíciles comienzos, tuvieron un éxito que no se había visto nunca, escribía el obispo a Vicente, que se recuerde. Es verdad que el prelado, la nobleza, los magistrados, todos contribuyeron a ello Dios mismo pareció echar una mano a su causa castigando con la muerte súbita a algunos incorregibles blasfemos.

Al escribir estos detalles a Vicente, el obispo de Limerick le invitaba a dirigir algunas palabras de consuelo a sus misioneros. Por otra parte, uno de éstos le había escrito, al despedir a sus cohermanos a Francia, para decirle que se afirmaban todos más y más, sucediera lo que fuera,  en su propósito de quedarse en Limerick. Vicente le contestó, el mes de abril de 1650:

«Nos ha edificado grandemente vuestra carta, al ver en ella dos excelentes efectos de la gracia de Dios. Por uno, os habéis dado a Dios, para manteneros firme en el país en que  estáis en medio de los peligros, prefiriendo exponeros a la muerte que dejar de asistir al prójimo; y por el otro os entregáis a la conservación de vuestros cohermanos, enviándolos a Francia para alejarlos del peligro. El espíritu del martirio os ha llevado a lo primero, y la prudencia os ha mandado hacer lo segundo, y los dos están tomados del ejemplo de Nuestro Señor quien, en el momento en que iba a sufrir  los tormentos de su muerte para la salvación de los hombres, quiso garantizárselo a sus discípulos y conservarlos, diciendo: «Dejar ir a éstos, y no los toquéis». Así es como lo habéis usado, como un verdadero hijo de este muy adorable Padre,, a quien doy gracias infinitas por haber producido en vos actos de una caridad soberana que es el cúmulo de todas las virtudes.

Le pido que os llene de ella, para que, ejercitándola en todo y siempre, la derraméis en el seno que los que no la tienen. Ya que estos otros señores que están con vos tienen la misma disposición de quedarse, por más que haya peligro de guerra y de contagio, estimamos que hay que dejarlos. ¿Sabemos acaso lo que Dios quiere hacer de ellos? Ciertamente que no les da en vano una resolución tan santa. Dios mío, qué inescrutables son vuestros juicios! Vemos al cabo de una misión   las más fructuosas y tal vez las más necesarias que hayamos visto; Detenéis, según parece, el curso de vuestras misericordias sobre esta ciudad penitente, para descargar más el peso de vuestra mano sobre ella, añadiendo a la desgracia de la guerra la plaga de la enfermedad. Adoramos vuestras conductas, Señor, etc.«

En efecto, a la guerra acababa de juntarse un contagio tan violento que se llevó a ocho mil personas en Limerick. De este número fue el hermano del obispo, que se había entregado con los Misioneros al servicio de los apestados. Por lo demás, todos morían contentos ya que, decían ellos, «Dios nos ha enviado a unos ángeles para reconciliarnos con él«. Y el obispo, en su agradecimiento, no cesaba de repetir: «Ay, aunque el Sr Vicente no hubiera hecho nunca por las gloria de Dios más que el bien que ha hecho a esta pobre gente, él se debe tener por bienaventurado«.

Pero la guerra misma acabó a esta ciudad desdichada. Ireton se hizo dueño de ella después de tres o cuatro meses de sitio. Veintidós individuos debieron ser abandonados  a la merced del vencedor, entre los cuales el obispo de Emly, refugiado en sus murallas, y su alcalde, sir.  Thomas Stretch. Sir Thomas había sido elegido alcalde al salir de un retiro con los sacerdotes de la Misión, y había aceptado por generosidad.

Sin embargo los tres Misioneos habían escapado a los furores de Ireton. Uno de ellos se quedó en Limerick y allí acabó su santa carrera. Los otros dos, Brinn y Barry, salieron con cien o ciento veinte sacerdotes y religiosos, gracias a un disfraz y mezclados con los soldados de la plaza que, por capitulación, habían conseguido el salvavidas y el derecho de retiro. Como no había cuarteles para los sacerdotes católicos, habían pasado la noche precedente en prepararse a la muerte,  no fueron reconocidos afortunadamente. Al salir de Limerick se separaron, no sin gran dolor, pero con el fin de asegurar mejor la vida de al menos uno de ellos. Brinn tomó la ruta de su país con el gran Vicario de Cashel. Barry se dirigió a las montañas, donde le recibió una señora caritativa y le ocultó durante dos meses. Habiéndose presentado en la costa una barca fletada para Francia, se aprovechó y llegó felizmente a Nantes. Fue una gran alegría para Vicente, que había creído a sus dos sacerdotes envueltos en la masacre de Limerick.

Por lo demás, su Compañía pagó tributo a la persecución sangrienta, un Hermano, llamado Thadée Lye, descubierto por los herejes, fue horriblemente masacrado a los ojos de su madre después de cortarle los pies y las manos, le aplastaron la cabeza. (Carta de san Vicente a Lambert, en Polonia, del 22 de marzo de 1652. –MAYNARD, Saint Vincent de Paul, lib. VI, c. III.)

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