Es la pequeña ciudad de Châtillon- en-Dunois, hoy en el arrabal de Châteaudun, Canton de Cloye (Eure-et Loir), la que ha dado a la Compañía al buen hermano Jean Pierre de quien se sirvió san Vicente por mucho tiempo para socorrer a las provincias de picardía y de Champagne. El año 1611 le vio nacer, diecisiete años después entraba en el seminario interno de París el 16 de abril de 1628. la Vida de san Vicente y las Noticias que preceden o acompañan a ésta dan a conocer el estado desastroso en que las guerras y el hambre redujeron durante largos años todo el país que se extiende, al norte, de París a Normandía y a Lorena. No lo traeremos pues a cuenta. Pero ¿cómo olvidarnos de este humilde Hermano quien, en medio de privaciones y de sacrificios de todo género, sin tener, por decirlo así, un domicilio fijo, corre sin cesar con peligro de su salud y de su vida misma, de Ham a San Quintín, de Laon a Reims y a Rethel, y da la impresión que no hace más que pasar por todas estas ciudades que deja o a las cuales vuelve sin parar, sembrando por todas partes, como un ángel de la Providencia, el valor, la resignación y una cantidad de socorros de todas clases en medio de estas provincias desoladas? Escuchemos sobre todo a san Vicente trazarnos el retrato del buen hermano, del propagador de la Caridad. Primero el Padre de los Pobres le expone su programa; es en Ham, pequeña plaza de guerra de Picardía hoy en el departamento de la Somme, donde el hermano Jean Parre recibió la primera de las cartas que nos quedan:
«Mon cher Frère,
«Paris, 21 juillet 1657.
«Dios sea eternamente bendito y glorificado por vuestro regreso a las pobres fronteras y por vuestra llegada a Ham donde os recibo con un abrazo en espíritu. Yo no asistí ayer a la Asamblea por una pequeña incomodidad que tuve, Unas Damas han deseado que os pida, como lo hago, que os informéis con habilidad en cada cantón por el que paséis, y en cada pueblo, cuántos pobres habrá que tengan necesidad de ser vestidos para el invierno próximo de todo o en parte a fin de que se pueda juzgar a cuánto ascenderá este gasto, y que podáis preparar los hiatos a tiempo. Se piensa que será mejor comprar tiretaine que sarga. Habrá que escribir el nombre de estas pobres gentes, para que en el momento de la distribución de la limosna sea para ellas y no para quienes no las necesiten. Pues bien, para distinguirlas bien, convendría verlas en sus casas, para conocer de vista a los más necesitados y a los que lo son menos. Pero siendo imposible que podáis hacer solo todas estas visitas, podréis emplear en ello a personas de piedad y prudencia, que actúen rápidamente y que os informen del estado de cada uno con sinceridad. Pero es preciso que esta información se haga sin que se sepa el plan, de otro modo los que ya tienen algunas ropas las esconderían para mostrarse desnudos.
Mientras trabajaba por los pobres de la Picardía el buen hermano se encargará de hacer algunos servicios a los de la capital. Por eso san Vicente le ruega que informe en qué ciudad se venden buenas mantas baratas y enviarlas, si se puede, para el gran hospital del París a un obrero hábil en fabricar la tiretaine y de buenas costumbres. Sin embargo mandará fabricar para los pobres de San Quintín, Laon y Rethel una cantidad de ropas hasta alcanzar el precio de ochocientas libras que pagará la Srta. Viole, la tesorera de las damas de la Asamblea. La Sra. Foucquet había provisto ya ampliamente a los gastos necesarios para el gobierno de Ham.
El 11 de agosto de 1657, san Vicente escribía al buen hermano:
» El pueblo de Bussy, que se halla por Nuestra Señora de Liesse, habiéndose quemado y la iglesia también, la Asamblea ha pedido al Sr. Carlier que haga un viaje allí, como así lo ha hecho; yo le escribo que tome doscientas libras para empezar a reconstruir esta pobre iglesia, y que se procurará enviarle algunos ornamentos. Esto es todo lo tengo que decirle por hoy, esperando sus noticias sobre la visita que hace ahora a los lugares donde los ejércitos han acampado. Quiera Dios por su misericordia conservarle para su pueblo afligido y bendecirle en su alma y sus trabajos».
En la fecha de esta carta el hermano Jean Parre estaba en San Quintín y se disponía a ir a Amiens.
El 18 del mismo mes san Vicente le escribía una nueva carta que debía encontrarle en San Quintín: «Dios quiera que su viaje de Amiens haya sido sin novedad y que regreséis con buena salud. Usted ha propuesto varias necesidades en su carta del 13 que han dado motivo a las damas para expedirle quinientas libras, que es todo lo que se puede hacer por el momento. Las dedicará a lo que juzgue más urgente, bien en la asistencia a los señores párrocos, bien a la compra de algo de trigo para los niños pobres como para sembrarlo, con el fin que los pobres labradores se puedan sustentar en invierno. No se ha ordenado nada para las iglesias por falta de fondos; tomará usted pues estas quinientas y sacará una letra de cambio contra la Srta. Viole le pide, que espera poderle enviar en pocos días tela para vestidos, y pregunta por qué medio quiere usted que se la haga llegar…
El mes de agosto no había concluido aún, cuando el buen hermano recibía en Ham la carta siguiente: «He recibido dos cartas suyas, una de Amiens, y la otra de San Quintín. Las damas han aprobado su viaje y su compra y le librarán su letra de cambio. Aprueban también lo que escribió y, no habiendo ordenado nada nuevo, se remiten a usted para la ejecución de las órdenes pasadas.
«Nuestro hermano Alexandre le ruega que le envíe una manta de las que se hacen por ahí, de las que ha hablado con anterioridad en sus cartas, persuadiendo a las damas que manden comprar para los pobres. Sabe que necesitamos en cantidad aquí, y que son muy caras. Veremos si esas nos resultan; ya que si no cuestan más de cuarenta o cincuenta o sesenta libras, como dice, ello supondrá algún ahorro«.
Habiendo regresado el hermano a San Quintín a mediados de septiembre, san Vicente le escribía: «Alabo a Dios por todo lo que ha hecho en Ham y ahora en San Quintín para poner orden en todo, para que, una vez terminado, pueda ir a Laon y a Rethel. Dios bendiga sus intenciones pues todas son en honor y salvación de los pobres. Hará bien, creo yo, en no salir de San Quintín sin que reciba una vez más noticias de nuestra asamblea que será (Dios mediante) dentro de ocho días. Hemos recibido la manta que envió. Estas clases de mantas no nos sirven. Se lo agradezco«.
Algunos días después (22 de septiembre) san Vicente comunicaba al hermano la edificación producida en la asamblea de las damas por su entrega tan activa como ingeniosa, anunciándole que le concedían cuatrocientas libras y cuatro piezas de tela para San Quintín, tres piezas de tela para Laon y otras tantas para Rethel. «Cuando esté en Reims, añadía él, la Srta. Viole le pide que asistáis a una pobre mujer llamada Jeanne Le Gros, mujer del Sr. Rainssaut, que vive en pueblecito de Vesle, con el anuncio de la Tintura del buen tinte
Un Sr.de Fontomme habiendo solicitado su intervención para obtener algún socorro de la duquesa de Aguillon, san Vicente le manda decir que se dirija directamente a ella, aunque le hubiera hablado ya de ella. Una carta dirigida a Laon, el 6 de octubre, al no ser contestada, san Vicente escribía siete días después: «Mi querido hermano me siento muy preocupado por usted desde que me dijo que iba a partir de San Quintín para ir a Laon y que había peligros por el camino, pues no habiendo recibido cartas suyas esta semana y no sabiendo dónde se encuentra, me temo que le haya ocurrido algún accidente, lo que Dios no quiera«.
Mas apenas la había expedido, cuando le llegaron noticias tranquilizadoras, acompañadas de memorias para la asamblea de las damas. La primera carta había salido de Laon el 10 de octubre y la segunda de Reims cinco días después. El 20 del mismo mes el hermano recibía una respuesta que le anunciaba los auxilios destinados a la ciudad de Reims, y san Vicente añadía: «El hermano Ducournau ha recibido las cartas que le ha enviado en un saco de tela negra que habían abierto donde ha encontrado un crucifijo«.
Nueva carta cuatro días después. San Vicente recomendó de nuevo que socorriesen discretamente las necesidades de la familia del Sr. Rainssaut a cargo de la Srta. Viole, luego prosigue: «Hemos encargado dos plazas en el coche de Reims para el Sr. Bajoue y otro sacerdote, que partirán el viernes para ir a dar la misión de Sillery. Le ruego que esté en Reims para recibirlos y llevarlos a los lugares y darles las direcciones y las asistencias que pueda«. La misma carta se envió al hermano Parre en Rethelen caso de que ya estuviera allí. Una carta de san Vicente dirigida a Reims el 27 de octubre anuncia al hermano que los misioneros no han podido encargarse del dinero necesario a la misión, no encontrando moneda fácil de llevar. Se lo pedirán al Sr. Serancourt que se lo adelante.
«El Sr. Bajoue, añade, se ha olvidado de recoger la indulgencia que le envío. Deberá presentársela al vicario general para que se digne permitir su publicación. Le envío una copia del permiso que se ha otorgado en París para que sirva de modelo junto con la memoria para el Sr. Bajoue respecto de esta indulgencia y el uso de los casos reservados al Papa de los que tenemos el poder de absolver. Se lo entregará en mano, por favor«.
El 3 de noviembre san Vicente escribe: «No sé todavía si el Sr. Bajoue ha llegado a Reims (con los demás que le han acompañado sin accidente y si ha regresado usted para llevarlos a Sillery, como se lo he pedido. Espero sus cartas y las de usted sobre este asunto. Entretanto le diré que desde hace cuatro y cinco días, el Sr. Penitenciario me ha enviado trescientas libras de las que me había hablado ya, con una memoria para la aplicación, y para informarle si, en la iglesia de Novy, se dice una misa rezada todos los días y se da un catecismo todos los domingos. Lo que le ruego que cumpla y recoja esta suma allí; yo voy a enviarla a la Srta. Viole para que ella libre la letra de cambio que usted sacará contra ella«.
En el momento en que san Vicente cerraba la carta y la echaba al correo, llegaba un paquete de Reims que traía por fin las noticias deseadas. «Tan sólo me queda agradecerle como lo hago, mi querido hermano, respondía él algunos días después, por los buenos servicios que ha prestado al Sr. Bajoue y a su compañía».
El 16 de noviembre, la asamblea de las damas decide que se enviarán doscientas libras para los pobres más necesitados de Rethel, donde la miseria está en el colmo, y veinte escudos para evitar la ruina de la iglesia de Sillery. Esta última limosna deberá ser remitida en buenas manos para ser útilmente empleada. Mientras tanto, el hermano Jean Parre deberá ir a Novy para asegurar el legítimo empleo de las trescientas libras que le ha transmitido el penitenciario.
No obstante san Vicente, al enterarse que el magistrado de Sillery tenía dinero para mandar reparar su iglesia, mandó al hermano Parre que empleara lo que él mismo le había enviado para este fin en mandar hacer en Reims cinco custodias para las iglesias en que se daba o iba a dar la misión. Le prometió al mismo tiempo ocuparse del hospital de Rethel, que se hallaba necesitado de ropa.
Aquí la correspondencia entre san Vicente y el buen hermano Parre, que por otra parte no era ya tan regular, sufre una laguna quizá irreparable para siempre. No será ya hasta el 16 de noviembre del año siguiente cuando encontramos al querido hermano en Rethel, donde san Vicente le escribe:
«Mi querido hermano, como habíamos perdido la costumbre de escribirle todas las semanas, se nos escapó hacerlo el sábado pasado».
Le promete luego ornamentos, después trigo. «Como no se ha podido examinar en serio las muestras de tejido que el hermano enviaba a la asamblea, porque era de noche, se ha tenido que dejar toda decisión sobre este asunto hasta dentro de ocho días.
Para terminar la carta da un aliento. «Doy gracias a Dios, mi querido hermano, porque ha llegado con suerte al lugar donde le esperaba su servicio. Si no da más que poco a los pobres por no poder, usted da mucho a Dios por afecto, ya que le da sus propias comodidades, sus grandes trabajos y su vida; y no sólo eso, sino que querría que todos los hombres le hiciesen un sacrificio de sus bienes y de sus personas, de manera que todos los pobres que hay en la tierra se vieran aliviados, y todas las almas salvadas por Jesucristo Nuestro Señor que ha dado su preciosa sangre por ellas. ¿Qué más puede hacer, querido hermano? ¿Es que no es suficiente para consolarse y a la vez humillarse ante Dios quien le ha dado la gracia de animarle con su caridad, que consiste en querer lo que su Hijo nuestro divino maestro ha querido, y en hacer lo que él hace? Me dirá que no lo quiere y no lo hace más que imperfectamente. En buena hora! Viva en esta opinión y trate de unirse cada vez más en acción e intención a este Mismo Señor«.
La asamblea del 22 de noviembre constata que los fondos disminuyen y otra solamente treinta escudos para compras de ropas, de trigo o de alimentos, a favor de la ciudad de Reims a donde había ido el hermano.
«He sabido, escribe san Vicente algunos días después (30 de noviembre), que nuestro buen hermano Dehauteville está enfermo en Reims. Dios mío, cómo lo siento. Le ruego que vaya a verle, le ofrezca su servicio y todo lo que necesite, para que esté bien atendido y bien cuidado, sin que le falte nada. Cuente con nuestras oraciones y dele un abrazo de mi parte. Escríbame noticias sobre él«.
Habiéndose recuperado un tanto los fondos, la asamblea a mediados de diciembre pudo otorgar tres piezas de tejido y cien escudos para los pobres de de los pueblos de Picardía y de Champaña.
«Puede usted ir a San Quintín, dice san Vicente al hermano, cuando lo crea oportuno. Quiera Dios librarle de la gente de la guerra y conservarle en salud y en su gracia!
Después de un viaje infructuoso a Laon, el hermano debió volverse a Rethel. Mientras tanto se daba una misión en el Hotel-Dieu de París y retardaba la asamblea de las damas. Las calamidades públicas no cesaban por eso: «Los trigos se han helado en varios sitios, así como las viñas que lo están por todas partes. Quiera Dios apiadarse del pobre pueblo! Si la Providencia nos aflige por esa parte, su bondad nos consuela por otra: y es que se habla de la paz como de algo hecho; será un gran bien para las pobres fronteras«.
«Han asistido pocas damas a nuestra última asamblea, escribía también san Vicente el 10 de mayo de 1659, que no nos han concedido nada por falta de fondos. Le ruegan tan sólo, y yo con ellas, que descanse y se tome los remedios que el médico crea convenientes para que se cure, así como que se sirva de un caballo para ir de una ciudad a otra cuando lo necesite.
«Hemos recibido aquí a su sobrino, y le hemos hecho descansar dos o tres días. He mandado que le dieran dos escudos al marcharse. No he querido mencionar el disfrute que pide de vuestros bienes, ya que es su padre quien los tiene. He visto al Sr. Carlier; ha cenado aquí un día«.
El 17 de mayo, san Vicente felicita al hermano por su celo en establecer la asamblea de las damas y la visita de los enfermos en Rethel, y declara no recordar que se han prometido cien libras al párroco de Sorbona para reparar la iglesia.
El 24 de mayo: «Alabado sea Dios, mi querido hermano, porque se encuentra mejor. Las damas aquí se han alegrado, y yo más que nadie. Pido a Dios que le conserve.
«Entre viaje y viaje, fíjese en las iglesias más arruinadas, y trace una memoria y también de los pobres más necesitados; pero se ha de hacer sin ruido para que nadie se entere«.
Al salir esta última carta, el hermano Jean Parre se disponía a regresar a Laon. En esta última ciudad debió hallarle al menos la carta del 31 de mayo en la que san Vicente lamenta los frecuentes retrasos del correo que le privan de noticias vivamente deseadas.
Sin embargo la paz seguía retrasándose. Los deshechos de la Fronda habiendo traído su asistencia a España, la guerra, la guerra extranjera y la guerra civil se habían confundido, el mal aumentaba y los recursos se hacían cada vez más raros para contrarrestar las necesidades de tantos desgraciados. Una suspensión de armas se había concluido, es verdad, el ocho de mayo de ese año, pero cuando san Vicente escribía el ocho de julio: «La Sra. Fouquet nos dijo que la paz era seguramente un hecho y que el rey de España había firmado los artículos, y la noticia era aún prematura«. Era un destello de esperanza que se había querido que llegara hasta Picardía y a Champaña «para consolar a la pobre frontera». Otro destello de esperanza más grande con seguridad y más capaz de inspirar confianza había venido a brillar a los ojos de los habitantes del Laon. La madre de la Santa Esperanza había querido traer ella misma este consuelo a su pueblo abatido. El nombre mismo de Nuestra Señora de Paz dado a la estatua de María que entonces se descubrió.
Al cabo de doscientos años ya, no se sabe en qué ocasión, una estatua de María se había ocultado en el suelo. Un modesto tilo se había plantado encima para poder reconocer el lugar del depósito sagrado, Pero después el tilo había adquirido inmensas proporciones, y cubría con sus ramas tupidas una extensión de terreno bastante dilatada. Cuál fue la ocasión que decidió a los habitantes de Fieulaine a poner el hacha al pie de este gigante dos veces secular, lo ignoramos; lo cierto es que ocultaba un designio providencial. Mientras que los obreros empleados en este modesto trabajo atacaban la raíz del tilo, un objeto extraño atrajo sus miradas. Bajo una bóveda graciosa formada por la raíz misma del árbol la estatua de María reposaba tranquilamente esperando el feliz día en que sería devuelta a la veneración de los pueblos. Solo el tilo había guardado el secreto de su presencia y consagraba con su misma majestad la fecha del depósito.
Decir con qué entusiasmo fue acogido este descubrimiento sería algo imposible. Se podrá tener alguna idea no obstante si se piensa que el distrito de San Quintín es uno de los que en Toda Francia poseen más santuarios dedicados a María. La estatuilla tan providencialmente recobrada fue en un principio colocada en un nicho adosado a un olmo enorme vecino del tilo derribado. Objeto de la adoración pública en ese lugar bendito, María se complació en derramar a manos llenas las gracias espirituales y las curaciones. La confianza creció en proporción y se llegó a contar pronto hasta cinco o seis mil peregrinos de Francia y de los Países Bajos.
El año siguiente de 1660, el obispo, después de una investigación severa, autoriza el culto de las estatuillas y la construcción de una capilla para honrarla. Se cree que buen hermano no fue el último en propagar la devoción de Nuestra Señora de Paz. Pero también qué honor para san Vicente al recibir la imagen bendita de esta divina Madre de una región donde él mismo había contribuido con todo su poder a difundir su devoción! «La parroquia de Marchais (cantón de Château-Thierry, escribe el Sr. párroco de San Sulpicio nos ofrece cantidad de pruebas de su devoción hacia la santísima Virgen. En el bautismo se lleva su nombre en la mayor parte de las niñas; y después de la ceremonia, se las deposita sobre su altar para consagrárselas. Con frecuencia los fieles piden al sacerdote misas de Beata; y antes de morir le piden que cante sobre su tumba, a continuación de los funerales, las letanías de la Virgen o el Stabat Mater. Se diría que se siente aún, añade el piadoso autor, en esta parroquia el perfume de las predicaciones de san Vicente de Paúl que la ha evangelizado y predicado desde su púlpito».
Al recibir las imágenes de Nuestra Señora de la Paz que le envía el hermano Parre, san Vicente le respondió: «Pido al Hijo y a la Madre a quienes servís en ese lugar que os honréis con su protección e inspiréis a las almas la verdadera piedad que supone el buen camino.
«He hecho saber a Mons. de Noyon que os dedicaréis diez o doce días a lo que ha mandado…Se quiere hacer un esfuerzo para ayudar a las iglesias más desoladas para dejarlas en estado de poder celebrar en ellas con alguna decencia. Se le pide pues que vea las que más lo necesitan, y dónde se necesitará menos, ya que no se pretende dar mucho. Se le pide también que ayude a los pobres a ganarse la vida, en este tiempo, dándoles algunos utensilios para trabajar en la cosecha. Dicen que entre las iglesias arruinadas, la de Avençon cercana a Rethel lo está totalmente, y se la recomiendan de un modo particular.
La Sra. de Lavidier ha pagado las tres cuartas partes de las quinientas libras que había prometido para celebrar misas por sacerdotes pobres de la frontera… Tendrá cuidado de abonar esas misas.
Aunque he rogado al Sr. Bourdin, gran vicario de Noyon, a quien ayudará diez o doce días a construir la capilla y a hacer todo lo necesario, podrá sin embargo quedarse allí por más tiempo, si se necesita; y las damas dejan a su discreción que emplee allí el tiempo que crea conveniente, y se marche cuando se le requiera, para ir a otra parte a asistir a los pobres y visitar las asambleas de las damas, y luego regresar a esta capilla, si se precisa su presencia».
La devoción del buen hermano a Nuestra Señora de Paz: «He recibido su carta del —y la han visto las damas que se han sentido edificadas por las cosas que me cuenta y por el buen orden que guarda, y por la devoción que siente por Nuestra Señora de Fieulaine. Hay motivos para alabar a Dios por haberle elegido para esta buena obra después de tantos Que su divina bondad tenga a bien darle parte, cada vez más, en su espíritu para que sea siempre glorificada por sus trabajos y su conducta.
«P.-S. –Infórmeme si conoce al muchacho que me ha remitido la incluida, y si le cree apto para nosotros y de buenas intenciones».
No podía por menos que convenir al fiel discípulo de san Vicente ayudar al pobre pueblo a hacer un buen uso de la gracia que la santísima Virgen acababa de concederle.
«He recibido su carta del 21 que no me fue entregada hasta el jueves, y que por consiguiente demasiado tarde para leerla en la asamblea, la cual no le ha ordenado nada nuevo por hallarse ocupado en esa santa obra que Dios pide, en la que usted impide las supersticiones y dirige la devoción del buen pueblo. Las damas se sienten felices, y yo también, que pido a Nuestro Señor que él dé su espíritu para ello. Le ruego que me diga si hay sacerdotes para el servicio de la capilla de Nuestra Señora de Fieulaine, cuántos hay y quiénes son, y si el Sr. de Noyon ha enviado a uno, que sea como el tesorero y el cabeza de los demás, porque me ha hecho el honor de encargarme, hace algún tiempo, buscarle a un buen eclesiástico propio para eso, y si no lo necesitaba, a mí no me importaría mucho«.
El 9 de agosto, en mitad de una carta bastante larga que es como un resumen bastante completo de todas las que hemos citado hasta el momento, san Vicente decía una vez más: «Yo no dudo de que tengáis que sufrir mucho y de que se os contradiga y aflija. Ruego a Nuestro Señor que él sea vuestra fuerza para hacerlo todo en su honor…» En cuanto a su retiro, ¿cuándo podrá venir a hacerlo? ¿Lo dejará usted todo ahí para venir a recogerse, o lo dejará para cuando todo eso se acabe? Le ruego que me comunique su decisión».
El buen hermano indicó a san Vicente a qué época creía más oportuno remitir su retiro, y su parecer fue aprobado.
El 6 de septiembre, el hermano fue consultado con motivo de alguien que pedía socorro: «Las damas no le han ordenado nada nuevo; están a la espera que usted vea algunos lugares más propios y más necesitados para distribuirles algunas simientes. El Sr. Delahaye, decano de Noyon ha recomendado a un pobre gentilhombre, llamado Sr. Sablonnières, diciendo que se ha arruinado por el campamento volante plantado en Miremont, que se ha llevado sus animales y sus muebles, y disipado sus trigales. Las Damas querrían saber de usted si eso es verdad. Si no le queda nada a este gentilhombre para reponerse ni para subsistir, si tiene niños y cuántos. Díganos, por favor, todo lo que pueda saber. Le envío un papel que me han escrito respecto de una capilla arruinada que desean sea reconstruida por usted; si puede hacer algo, en buena hora«.
El día de Todos los Santos, san Vicente agradece al hermano haber renovado la Caridad de la Fère. Le envía doscientas libras y recomienda que los obreros fabricantes de tamices los hagan muy marrones para que tengan salida, pues tal era entonces el gusto de los parisinos. En cuanto a la devoción y al concurso de la gente hacia la imagen encontrada, añade él, convendría que fuera advertido Mons. el obispo, o los Srs. vicarios generales, para conocimiento de los milagros pretendidos, y parar el abuso, si le hay,» sabia precaución a la que es debido sin duda el éxito de la encuesta episcopal que permitió al año siguiente la aprobación del culto de Nuestra Señora de Paz.
Una nueva laguna no nos permite aquí tampoco hallar la secuencia de las relaciones entre san Vicente y el hermano Parre hasta el mes de julio de 1660. Dos documentos tan sólo nos dicen que, lejos de disminuir, la miseria no había hecho más que agravarse en Picardía y en Champaña y que el hermano no dejaba de seguir el curso de sus caritativos y laboriosos trabajos.
En el mes de julio, el hermano estaba en Reims. San Vicente le informó que tenía a su disposición una bala de tela, de ropa, de ornamentos de iglesia, y ochocientas cuarenta y ocho libras para restaurar algunas iglesias arruinadas. Dos semanas después, le anunciaba mil quinientas setenta libras, y una bala de ornamentos de iglesia.
En el mes de agosto, nuevo envío de seis casullas, dos roquetes, seis ciborios de plata, teres o cuatro manteles de altar, velos, corporales, purificadores y alguna sotana vieja para los sacerdotes pobres. Así acaba todo lo que sabemos del buen hermano Parre.
No había ambicionado el honor de ocupar un lugar entre los excelentes apóstoles que fueron los primeros compañeros de nuestro bienaventurado Padre. Dios ha querido sin embargo que una parte de sus buenas obras nos fuera conocida y que su nombre quedara entre nosotros en bendición.







