Francisco Régis Clet, biografía (10)

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Andrés Sylvestre, C.M. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Ceme.
Tiempo de lectura estimado:

10. Los últimos meses

En carta del 14 de enero de 1820 al Padre Marchini, procurador de la Congregación de Propaganda Fide en Macao, el Padre Clet describe las condiciones de su reclusión: «Bien es cierto que disfrutarnos aquí de tal libertad, que apenas me convencería de que estoy en la cárcel, si las puertas no estuvieran cerradas. Rezamos por la tarde y por la maña­na, celebramos las fiestas en común, predicamos en ellas sin ser moles­tados por unos cincuenta presos paganos, que bajo un mismo techo Ocupan otras jaulas que nosotros, en chino LofTg. A1 contrario, somos quizá los únicos en Hu-pé que celebren las fiestas con tanto atrevi­miento y tranquilidad. Admire aquí a la divina Providencia, que contra la primera intención del mandarín ha reunido a dos sacerdotes en una misma prisión con 10 buenos cristianos, a quienes he confesado varias veces y que han recibido con nosotros la comunión de manos de un hermano de congregación nuestro. Hecho tal vez insólito en las prisio­nes de China….»).

Sin embargo, está en marcha la justicia china, que proseguirá su ruta. El Padre Clet señala que algunos cristianos se han dejado ablan­dar y han apostatado, pero no por ello tuvieron mayor suerte, ya que han sido trasladados a prisiones donde les falta de todo. Hubo una sesión general el 1 de enero de 1820. «Por fin el 1 de enero, buenos y malos, se nos condujo ante el gran mandarín, que presentó a los após­tatas, en un lugar separado del nuestro, carne de cerdo, la que todos comieron, aunque fuera un sábado, cosa que es señal de apostasía; des­pués de lo cual los despidieron a todos para sus casas. Pero se habrían visto reducidos a mendigar el pan si, compadecidos de ellos a pesar de su prevaricación, no les hubiésemos dado unas sapecas para el viaje«.

Pero llega su turno a los restantes, que han permanecido firmes en su fe.

«Luego el gran mandarín hizo comparecer a los cristianos, quienes se negaron a comer carne y por ello fueron devueltos a la prisión. Por fin el Padre Lamiot, el Padre Chen y yo pasamos por uno o dos inte­rrogatorios cada uno. Al Padre Lamiot le declararon inocente y le die­ron orden de levantarse. Al Padre Chen, quien corno yo seguía de rodi­llas, le preguntaron si no quería comer carne; ante la negativa fue declarado en general sujeto a la pena. A mí no me hicieron la misma pregunta. Antes bien, el gran mandarín dijo algo en mi descargo, que indicaba el deseo que tenía de conservarme la vida, y en este sentido escribió al Emperador. Aun así, no me preparo menos a morir en el tér­mino de unos 15 ó 20 días. Espero, gracias a Dios, esta sentencia y su ejecución con par, paciencia y tranquilidad, diciendo con san Pablo: Mihi vivere Christus est et mori lucrurn.

Una vez declarado inocente, el Padre Lamiot fue conducido en silla de manos a su hotel, pero quedó desterrado de China, y hubo de refu­giarse en Macao, donde se encargó de la Procura de las Misiones.

El Padre Chen fue desterrado al occidente chino y de allí a Tarta­ria, donde cayó masacrado en 1825, en un motín que provocaron rebeldes musulmanes. En cuanto al Padre Clet, escribía a sus herma­nos de Congregación portugueses de Pekín: «No cuento con la cle­mencia del Emperador: me preparo a morir. Espero, gracias a Dios, este fallo con paciencia y tranquilidad«.

Pese a la benevolencia del gran mandarín, su caso tenía que ser sometido al juicio del emperador, quien debía aplicar la sanción pre­vista por los edictos contra los misioneros llegados clandestinamente a China para predicar el evangelio. El informe favorable dado por el gran mandarín no había sido suficiente: el emperador debía aplicar las leves y pronunciar la condena a muerte. El Padre Clet no se hace ninguna ilusión sobre su suerte. Escribe después de la última compare­cencia: «Esperamos ahora la decisión del Emperador que imaginamos debe llegar en 5 o 6 días. Ahora bien aunque el Gobernador haya escri­to algo en mi descargo, se duda mucho que el Emperador consienta en dejarme vivir. Me preparo pues a la muerte, diciendo a menudo con san Pablo: Para mí la vida es Cristo y morir significa una ganancia.

La benevolencia de los mandarines

El gran mandarín estaba impresionado por la irradiación que ema­naba del Padre Clet. Se le habían llenado los ojos de lágrimas cuando, al llegar a casa, dijo a su familia: «Si yo hiciera daño a este hombre, me sentiría desdichado».

También los demás mandarines de este tribunal habían manifestado varias veces simpatía a los acusados, suavizándoles la prisión o procu­rando evitarles excesivas fatigas durante las sesiones ante el tribunal, mandándoles sentar o que les trajesen de comer. Una vez les dieron mil sapecas.

En una carta a sus hermanos de Congregación portugueses, el Padre Olet estima que es preciso manifestar a estos mandarines un agradeci­miento, cosa que podría ser útil más adelante, «He insistido mucho ante el Padre Lamiot, quien piensa como yo, en la necesidad de expre­sarles nuestro agradecimiento: lo que he hablado también con Melitón Tchang, para que les ofrezca algún regalo y dinero, y no sea mezquino en esta circunstancia. Es, de momento, muy conveniente y hasta indis­pensable mostrar nuestra gratitud. Además, será muy útil en el futuro, porque tal vez se presente alguna ocasión en que los cristianos tengan necesidad de la protección del mandarín superior, quien estará tanto más dispuesto a ayudarles, cuanto más seguro se sienta de que saben agradecer los servicios recibidos».

Sin embargo, el proceso seguía su curso, según las leyes y decretos imperiales en vigor. Efectivamente, el emperador iba a aplicar con todo rigor los decretos, y tal como el Padre Clet lo esperaba, sería con­denado a muerte.

A un catequista que venía a visitarle en su prisión le había dicho el Padre Clet, hablando del emperador. «Yo soy juzgado, pero el Empe­rador que me ha llevado a juicio perecerá pronto, porque se ha colma­do la medida de sus pecados».

Concluido el largo reinado de Kien-Long en 1796, gobernó China su hijo Kia-King. A consecuencia de un informe violento y calumnio­so, este emperador había adoptado en 1811 disposiciones severas con­tra el cristianismo, diciendo al hablar de los misioneros, «que había que cortar el árbol de raíz».

Bajo su reinado hubo un estado de persecución larvada, a veces vio­lenta. La muerte trágica que le predecía el Padre Clet sobrevino en unas condiciones que impresionaron la imaginación. Fue alcanzado por un rayo en Yehol el 2 de septiembre de 1820 al volver de Tartaria. El cadáver quedó tan desfigurado, que se consideró su muerte un cas­tigo del cielo por su mala conducta. El Padre Torrette, que era procu­rador en Macao y superior de los misioneros vicencianos, refiere esta observación que hacían los paganos. «Ved cómo han perecido cuantos persiguieron a esta religión. Desde que se condenó a muerte al viejo Lieú (nombre chino del Padre Clet), no hemos vuelto a tener buenas cosechas, sino siempre una desgracia tras otra».

El Padre Clet en el papel de árbitro

Desde su prisión de U-Tchang-Fu, esperando a que llegara de Pekín la sentencia imperial, el Padre Clet se ocupó en negociar un arreglo entre sus hermanos de Congregación franceses y portugueses de Pekín, que tenían problemas de entendimiento. Ya hemos dicho que el régi­men de la prisión era relativamente liberal, y habida cuenta de la esti­ma que gozaba el Padre Clet entre el personal, carceleros v policías, podía escribir a quien quisiera y recibir a cuantos deseaban verle y hablarle.

Era el más antiguo entre los misioneros vicencianos, y se conside­raba su juicio como absolutamente imparcial, por lo que estimó deber suyo el usar de su autoridad, procurando restablecer la paz entre sus cohermanos.

Los Padres Paúles portugueses tenían una fundación en Macao y otra en Pekín, la iglesia de Nantang. Lo que complicaba aún más la situación era el hecho de que el obispo o vicario apostólico de Pekín, un portugués, Monseñor De Souza, residía en Macao y, que el de Nan­, era otro portugués, Monseñor Pires, residía en Pekín. Los Paúles fran­ceses tenían también una fundación en Macao y otra en Pekín, la iglesia de Petang. El Padre Lamiot era el único Padre Paúl francés, con residencia en Pekín, quien, una vez desterrado, debía pasar a Macao. Había delegado sus funciones de superior en su hermano de comuni­dad  chino Padre Sué. Para evitar que el gobierno chino se apoderara de Petang, fueron a instalarse allí dos Padres Paúles portugueses, el Padre Serra y Monseñor Pires. Y ahí comenzaron la desunión y la suspicacia entre una y otra comunidad.

El Padre Clet quería aclarar la situación. Constata que el Padre Lamiot tiene la impresión de que los Padres Paúles portugueses maniobran para instalarse definitivamente en Petang. Escribe, pues, al Padre superior de los portugueses: «Con gran angustia me entero de que el Padre Lamiot no está bien avenido con usted ni con nuestros hermanos de Congregación. Por eso, yo que soy muy viejo y voy hacia la muerte, le escribo para obligarle a hacer desaparecer toda semilla de discordia y conservar con todos ustedes esa paz que sobrepasa todo sentimiento, y les pido que usen de su prudencia, la que me es bien conocida, para hacer revivir entre las dos iglesias hermanas, la de Nantang y la de Pe-tang, esa concordia que está fundada en la caridad y que las unía bajo los Padres Raux y Ghislain«.

Escribe también al Padre Lamiot, que en enero de 1820 se encuen­tra todavía en U-Tchang-Fu a disposición de la justicia, quien debería, al menos provisionalmente, dirigirse a Pekín. El Padre Lamiot cree que el Padre Clet puede arreglar las cosas, pero éste tiene sus dudas: «No presumo creyéndome capaz de operar la reconciliación de las dos igle­sias. No pensé que las cosas hubieran ido tan lejos: así pues, supo­niendo que ellos actuaban de buena fe, les escribí cartas, en parte de agradecimiento, en parte de amistad y exhortación a la paz entre las dos hermanas, de las que la iglesia portuguesa es la mayor… Yo no creo poder por mí mismo concluir este asunto, que usted pone en manos de Roma y de París. Es verdad, con todo, que sería mucho mejor poder cerrarlo sin autoridad mayor, sino nosotros solos: ya que la vía de la autoridad divide a menudo los corazones al dividir los bienes».

El Padre Clet escribe, pues, una extensa carta a los hermanos por­tugueses. «Cuando les escribí por primera vez sabía sólo de manera confusa que existía algún mal entendimiento entre las dos iglesias de Nan-tang y de Pet-ang… por eso, en las cartas, he invocado mi edad, yo que soy mucho mayor que ustedes, para exhortarles a quitar, por ambas partes, aquellos obstáculos que impedirían el mantenimiento de la caridad entre ustedes… El angustioso estado del Padre Lamiot me impresionó y, aunque sólo sea en la víspera de mi muerte, he pensado que sería bueno emplear, por así decirlo, el último soplo de vida en res­tablecer, si puedo, sólidamente la paz entre ustedes. Como sólo la cari­dad, es decir el amor de Dios y del prójimo, me mueve a escribirles, les ruego que me lean con la misma caridad… A punto de comparecer ante el temible Juez, ¿cómo podría yo obedecer a otro espíritu que no fuera el de caridad?«.

El viejo misionero, que necesitaría paz para recogerse y prepararse a la muerte, la que no habría de tardar, va a mezclarse en complicados litigios, para intentar desembrollarlos y restablecer la concordia entre sus hermanos de Congregación. Pero la paz no puede fundamentarse sobre quid-pro-quos, hay que establecer primero la verdad sobre los hechos y los derechos. El Padre Clet sabe cuáles son los puntos con­tenciosos, y no teme exponerlos con claridad.

Los temas de la disensión no son simples detalles, y el Padre Clet los recuerda netamente. Aquí sólo los enumeramos:

«1.° No tienen ustedes ningún derecho sobre la iglesia y casa de Petang, que nosotros heredamos de los Jesuitas por voluntad del Santo Padre, y donde el Padre Lamiot sigue siendo superior. Nosotros no tene­mos pretensión alguna sobre la casa de Nantang, que es de ustedes.

2.° Por testamento, el Padre Villa (hermano de Congregación de origen italiano) dispuso de sus bienes personales a favor de Petang, ¿como es que ustedes los siguen reteniendo?

3.° El Padre Ly, desavenido con su superior de Petang, se pasó a ustedes en Nantang, llevándose de casa bienes considerables, ¿cómo es posible que ustedes no le hayan hecho volver a nosotros con los bienes sustraídos?

4.° El Padre Richenet, nuestro procurador en Macao, envió con destino a Petang una serie de objetos y muebles. ¿Cómo han podido guardárselo todo, sin hablarnos de ello?

5.° El Padre Lamiot había confiado al Padre Sué (hermano de comunidad chino) la dirección de Petang. Pues bien, sin consultarles, han actuado ustedes en la casa de Petang, como si ipso facto se les hubiese confiado a ustedes el superiorato. Se adueñaron de las llaves, revisaron todo, cogieron el dinero y cuanto les convenía. Cuando el Padre Lamiot regrese, denle, como es justo, cuenta exacta de todo lo que han hecho en Petang durante su ausencia. Si el Padre Lamiot les ha causado algún perjuicio, está dispuesto a darles satisfacción. Cual­quier cosa que ocurra al Padre Lamiot…, recuerden que los bienes de la Iglesia de Petang no están abandonados, y no les es permitido disponer de ellos a voluntad, sino que son, pese a todo, pertenencia de la misión francesa.

El Señor me es testigo de que cuanto acabo de escribirles, con el corazón lleno de tristeza, no disminuye en nada el profundo respeto y entero afecto en los que soy, Padres, su muy humilde y obediente servidor.

La carta es caritativa, muy humilde y educada, pero ello no impidió al Padre Clet decir con toda franqueza lo que no andaba bien en las relaciones entre las dos casas.

Con su experiencia, el Padre Clet concluye: «Lo mismo que hay un Dios, una fe, un bautismo, las dos iglesias no serán más que una en el intercambio cíe benevolencia, atenciones y caridad recíproca. Si no escuchan mis ruegos, sus casas no tendrán fundamento en nuestro Señor Jesucristo, caerán una sobre otra y las dos serán destruidas, con gran daño de nuestra santa religión».

Se realizó, desgraciadamente, la predicción del Padre Clet. A la salida del Padre Lamiot, el Padre Sué traslado las obras de Petan, a Sywantse, en Mongolia, y dejó a los Padres Paúles portugueses la casa, que fue confiscada por el Estado chino y demolida, lo mismo que la iglesia, en 1827. A su vez, Nantang fue confiscado y destruido al morir Monseñor Pires en 1838.

Al Padre Clet le duele en el alma esta historia de desavenencias. De ellas habla al Padre Lamiot en una carta escrita hacia el 10 de febrero, pocos días antes de su muerte. «No obstante manténgase firme en la defensa de nuestros derechos legítimos sobre Petang: caso de que se obstinen, use del conducto de nuestro buen amigo el Padre Marchini para exponer a la Sagrada Congregación la loca pretensión de los portugueses sobre Petang y todo lo que le pertenece. Creo que sería inclu­so posible, por conducto del Padre Richenet, recurrir al rey de Francia para rogarle que tenga a bien sostener la obra de su bisabuelo Luis XIV en Pekín contra la ambición ridícula de los portugueses: pues me cues­ta trabajo creer que Luis XVIII tolere que los  portugueses se apoderen de una iglesia en la que Luis XIV hizo tantos gastos».

A continuación da su juicio sobre el emperador: «Kia-king, está ya viejo; continúa enfermo, según dicen; la pena le corroe; a simple vista, nopuede vivir mucho tiempo. Cuando muera, no habrá, creo yo, nadie que le llore. Yo estoy muy lejos de desearle la muerte: que viva y se convierta, ¡ese es mi único deseo!…».

En una última carta, hacia el 16 de febrero, escribe otra vez al Padre Lamiot:

«Padre y muy querido Superior: bien o mal, creo haber cumplido toda la tarea que me encomendó: no me resta ya más que prepararme a morir, lo que deseo más que vivir… Pero tenga confianza… Por lo demás, sepa que, vivo o muerto, no le olvidaré nunca. Págueme, se lo suplico, con la misma moneda».

El hecho de creerse equivocadamente el Padre Clet responsable de graves contrariedades ocasionadas al Padre Lamiot, su detención, viaje forzoso a U-Tchang-Fu y comparecencia, todo había creado entre ellos una amistad profunda, impregnada a la vez de confianza y de familia­ridad. El Padre Lamiot escribía a su hermano: «El Padre Clet, único hermano de comunidad francés que me quedó, septuagenario venera­ble, había determinado mi vocación a la China«.

El Padre Clet sabe que no dispone ya más que de unos días, ve tam­bién el futuro de la misión, desde ahora enteramente en manos del Padre Lamiot, y asegura a éste su ayuda una vez muerto, igual que lo ha hecho mientras vivía. Se ha creado entre las dos almas una profunda intimidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.