6. La correspondencia del padre Clet
Las cartas de Francisco Régis a su hermana
Sólo nos quedan cinco cartas del Padre Clet a su hermana mayor y madrina, María Teresa. Atañen a su candidatura de misionero para China y al viaje. Trata él de comunicarle su entusiasmo. Prevé que ella querrá disuadirle, pero la resolución tomada es irrevocable: le pide, al contrario, que comprenda. Las tres primeras están escritas antes de embarcarse. Las otras dos cuentan el viaje por mar y la llegada a la primera sede de su misión. La tranquiliza sobre su salud, le describe los lugares en que mora y el trabajo que habrá de realizar. Le encarga que transmita estas noticias a toda la familia y a familias amigas: Gagnon, Gigard, Durand.
En ella tiene plena confianza, y arregla con ella todo lo concerniente a la herencia. Ella disfrutará los bienes de su hermano, con la obligación de abonarle 300 libras anuales. Le pide que, para estos asuntos de dinero, se ponga en contacto, con el Padre Daudet, procurador en París de la Congregación de la Misión. Ella es quien saldrá fiadora por él ante toda la familia.
Dice a su hermana, en la última carta que le escribe, el día de su santo, la festividad de santa Teresa, 15 de octubre de 1792: «Henos aquí separados, en este mundo de abajo, pero qué gozo no sentiremos al volvernos a ver en el cielo, lo cual es sin duda tu ambición, como es también la mía».
Hubo ciertamente, en los 28 años que separan ésta carta de 1792 y la muerte del misionero en 1820, otras que él dirigió a su hermana. En 1820, el año del martirio, María Teresa, que sobrevive a su hermano, tendrá los 87. Son cartas que, por desgracia, se cuentan como perdidas.
Las cartas a su hermano, el Cartujo
Tenemos tres cartas dirigidas por Francisco Regis a su hermano el cartujo. La primera es del 29 de agosto de 1798. En esta fecha, el cartujo se encuentra en Roma. Los monasterios han sido declarados bienes nacionales, y los religiosos dispersados. También nuestro cartujo se ha expatriado para encontrar en Roma una comunidad de su Orden, y continuar llevando en ella la vida monástica según el espíritu y la costumbre de su Instituto.
Francisco Regis le escribió en 1796, pero la carta debió de extraviarse; y se extraviaron también las que a su hermano escribió el cartujo. El misionero escribe además una larga, en la cual deplora la conmoción que ha agitado a Francia, y se pregunta qué habrá sido de sus hermanos y hermanas, en particular de la carmelita. Le da noticias sobre sus actividades misioneras. Hace referencia a las dificultades que le ocasiona la lengua, y piensa que apenas sirve para nada. Le habla de los peligros y de los trastornos que causa la revuelta del Nenúfár Blanco. Su natural optimismo le hace confesar: «Acontecerá que estemos bien o menos bien, pero siempre estamos demasiado bien. A menudo me avergüenza el tener un alimento mucho más delicado que mis cristianos, de los que muy pocos tienen comodidad alguna. Pese a la distancia, mi espíritu y mi corazón están muy cerca de ti».
En la segunda carta, del 6 de noviembre de 1799, o sea 14 meses después de la primera, Francisco Regis deplora la invasión de Roma por los franceses, y se pregunta dónde ha podido encontrar ahora asilo su hermano el cartujo. Vuelve a hablar de los rebeldes y sus saqueos. Señala el comienzo de lo que habría podido desencadenar una persecución, pero hace elogios de la amplitud de miras del nuevo emperador, Kia-King, y de su benevolencia hacia los misioneros.
Describe la miseria de sus cristianos: «Mis cristianos son casi todos pobres. Las casas son en su mayoría chamizos abiertos a la luz del día por todas partes. Por lo menos dos tercios carecen de ropas que les resguarden del frío, bastante agudo en nuestras montañas; les faltan mantas y, para poder dormir algo, su único recurso es, por así decirlo, enterrarse en paja. Se ven además forzados a buscar por el campo plantas salvajes que sean comestibles, y esto tres o cuatro meses al año…».
En la tercera carta, de 1802, se siente feliz al saber que sus hermanos y hermanas están bien, pero deplora que su hermana la carmelita haya sido obligada a secularizarse. Se felicita por la tolerancia de que son objeto los misioneros, pero deplora una vez más los estragos que Causan los rebeldes. Pide a su hermano que le compre en Roma cruces v medallas. Le encarga que comunique la carta a sus hermanos y hermanas, y concluye: «Pienso todos los días en todos, y suplico a Dios que, si nos vemos separados en la tierra, nos veamos todos reunidos en el cielo. Para todos mis recuerdos más tiernos y afectuosos. Ruego al Señor que les de a todos la paz del alma y del cuerpo… y soy, con todo Afecto tu más sincero hermano y servidor».
Esto es lo que nos queda del intercambio epistolar entre uno y otro hermano. Varias alusiones suponen más cartas recíprocas, de las que nada subsiste.
Francisco Regis habla con el corazón, comunica a su hermano inquietudes, aprensiones, estados de ánimo. Le da cuenta de las dificultades en su vida diaria como misionero. Se remite a él para que vele por sus intereses en Europa, con miras a las necesidades de la misión.
Desde Pekín, el Padre Raux pidió al Superior General el envío de más refuerzos, pues no habían llegado de Francia otros misioneros, muertos los Padres Aubin y Pesné, ambos en 1795.
El 1 de marzo de 1800 salían de Inglaterra rumbo a China dos «Padres franceses: Dumazel y Richenet. Llegaron a Macao en febrero de 1801. Allí les esperaba una carta del Padre Raux pidiéndoles que prosiguieran viaje hasta Cantón, donde se presentarían al virrey y obtendrían de él pasaportes para ir a Pekín. Los esperaron cinco años. En –junio de 1806, pudieron ponerse en camino, pero estando en Shantong, a unos días de Pekín, recibieron de la Corte la contraorden de volver a Cantón, adonde llegaron el 22 de diciembre.
El Padre Raux había muerto en 1801. Por el Hermano Pablo Wang, el Padre Ghislain, que le sucedió como superior de los misioneros, envió instrucciones a Cantón. Pedía al Padre Richenet que volviera a Macao y se estableciera como procurador de las misiones, cargo por él desempeñado hasta que, en 1815, regresó a Francia. En cuanto al Padre Dumazel, le enviaba a ayudar al Padre Clet en Hu-Kuang. No estando libre el camino directo, por los trastornos de la rebelión, el Padre Dumazel fue a Macao y se embarcó para Cochinchina. Allí fue recibido por los Padres de las Misiones Extranjeras de París. Siendo huésped suyo contrajo una grave enfermedad, que lo inmovilizó casi un año. Sanó por milagro el día de san Vicente. El Padre Clet escribe al efecto: «El Padre Dumazel, ya a las puertas de la muerte, fue curado, diríamos que milagrosamente, el 27 de septiembre de 1807, aniversario de la muerte de nuestro santo fundador. Así hay por fin esperanza de que esté con nosotros en el decurso del presente año».
Dumazel reanudó entonces el viaje, atravesó Tonkín y penetró en China por Yunnán. Pasando luego por Sechuán, en febrero de 1810 se reunía con el Padre Clet en Hu-Kuang: había tardado diez años, desde su partida de Francia. Bien poco les faltó a los dos misioneros para no verse, ya que el Padre Clet mismo cayó gravemente enfermo poco antes de llegar el Padre Dumazel. He aquí lo que escribe al Padre Ghislain, sucesor del Padre Raux como superior en Pekín: «Al día siguiente de la Epifanía, me sentí atacado de una chong-hang-ping, es decir, una pleuresía, la que en pocos días me redujo a tal estado, que los médicos desesperaron de mi vida. Pero un sudor abundante vino con tanta suerte en su socorro, que el Padre Ho, a quien yo había enviado a buscar para que me administrara los últimos sacramentos, me encontró a su llegada fuera de peligro. En lo más agudo de mi enfermedad, pensaba en el Padre Dumazel y me decía: pues ya no veré a este nuevo y querido hermano, a quien espero hace tanto tiempo, y cuando llegue, él también encontrará con dolor una casa vacía. ¡Qué golpe para él!…Pero todavía estoy aquí y, desde hace dos meses, en condiciones de trabajar. De esta enfermedad sólo me queda una debilidad y una inflamación de las piernas, que no me permiten hacer largas caminatas. Tengo que contentarme por ahora con andar de 20 a 30 lis. En fin, llegó el Padre Dumazel a nuestro castillo de paja el 3 de la tercera luna (6 de abril, de 1810)».
Es tal el ardor con el que se pone a trabajar el Padre Dumazel, que el Padre Clet se ve obligado a moderarle. No regatea esfuerzos, aunque le fatigan mucho las giras de misión. Su conciencia le atormentaba además con frecuentes escrúpulos. Era en efecto muy escrupuloso, para sí y para los demás. En la carta n° 58 vemos al Padre Clet emplearse en el esclarecimiento de casos que el Padre Dumazel hubiera podido resolver por sí mismo, basado en la buena fe de sus penitentes. Veamos cómo le saca de apuros, bromeando un poco: «Para ayudarle a salir del pozo que se ha cavado, tengo por muy seguro que, en cuanto al pasado de las confesiones hechas…, no hay que volver sobre ellas. No habiéndoles inquietado el confesor, nada malo podemos sospechar, s la ignorancia en este punto puede muy bien no ser culpable. ¿En el futuro? No sé qué decir, me inclinaría por dejarles en su buena fe, pues no se trata de casos tan claramente supersticiosos…».
Le sugiere que asuma sus propias responsabilidades: «Respecto de las que piden certificado para casarse, puede ver lo mismo que yo si es posible o no, casar a esos futuros sin peligro, y según el caso admitirlos a la confesión para el matrimonio, o remitirlos al catequista del lugar…».
El Padre Clet no escatima los consejos a su joven compañero, pero incluye con filosofía que «la dirección del solo Padre Dumazel le da más trabajo que toda la provincia de Hupé... «.
El Padre Dumazel, desbordante de actividad, se mata trabajando, pesea los sabios consejos de su superior. En 1818, cuando está de gira misional, es atacado por fiebres tifoideas. Se entera de que varios cristianos enfermos quieren recibir los últimos sacramentos, manda traerlos junto a su lecho, y se los administra. Expira el 15 de diciembre de 1818 asistido en los últimos momentos por Pablo Song. Había trabajado 8 años con el Padre Clet. Nació en el Rosellón, diócesis de Apt, el 13 de noviembre de 1769. Se apagaba a los 49 años, con reputación de santo.
Las relaciones del Padre Clet con los procuradores de Macao
Los Padres Paúles portugueses dirigían un seminario en Goa y el obispo de Macao, Mons. De Gouvea, les pidió que abrieran otro en su ciudad, en los locales del antiguo colegio de San José, que había sido dirigido por los Jesuitas. Un italiano, Juan Villa,que había entrado en la Congregación en Roma en 1771, se afilió a la provincia de Portugal y fue enviado a Goa y luego a Macao donde ejerció hasta la muerte, en 1803, la función de procurador de los Padres Paúles de China. Le sucedió el Padre Richenet en esta función hasta 1815, fecha de su regreso a Francia. Otro sacerdote de la Misión francés, el Padre Minsuet, que había entrado durante la Revolución en la provincia de Portugal, fue enviado a China y desde Macao representó a su vez los intereses de los misioneros franceses.
El Padre Clet recurrió a estos hermanos de Congregación, pero también al procurador de las Misiones Extranjeras, Padre Letondal, con quien las relaciones parecen muy cordiales. En la carta n. 13 de 1798 le da noticias de la rebelión y de las dificultades que causa. Le agradece el envío de chocolate y de vino. Le habla de cantidades de dinero que han servido para compras en Macao para H1-Kuan- y para Pekín, y confía totalmente en su corresponsal. En la carta n. 14 escrita en noviembre de 1799- o sea un año después, le agradece una vez más el envío de chocolate, pero es inútil porque se pierde y del envío de vino: «Necesito vino, no para beber, cosa que ni me he atrevido a hacer con las doce botellas enviadas a este efecto, por temor de una época en la que llegue a prohibirse todo paso de vino, lo que puede suceder el momento menos pensado. Pero a mí me gusta más el vino de España que el de Portugal«».
Le pide también que le dé noticias de Europa: «Espero que en la próxima ocasión me envíe un breve análisis de las noticias de Europa… Veo con claridad que la justicia de Dios no está satisfecha aún. Como casi toda Europa ha pecado, es preciso también que casi toda Europa beba el vino de la cólera del Señor… Por más que hagan los filósofos, nada podrán contra la cátedra de Pedro… El gran mal no es que el Papa no sea ya soberano, sino que la ciudad santa haya llegado a ser una Babilonia… Le ruego también que ayude, como usted pueda, a nuestros correos para hacer unas compras cuya nota les he entregado…».
El Padre Clet ha oído decir que el Padre Letondal iba a marcharse de Macao, él lo siente: «No podré olvidar los servicios de todo orden due no ha cesado de prestarme desde mi llegada a Macao… Trabajaba usted tan bien. ¿Dónde se encontrará a alguien que le sustituya«.
Este Padre Letondal ha sido pues para nuestro misionero durante varios años un verdadero amigo, ocupándose de los intereses de la misión de Hu-Kuang y constituyéndose en intermediario para arreglar toda suerte de asuntos prácticos en Macao, que era por esto mismo la base de la misión.
El Padre Clet mantiene las mismas relaciones de confianza con su compañero de Congregación, Padre Richenet.
El Padre Richenet
El Padre Richenet que había llegado a Macao en 1801 espero durante cinco años la autorización imperial para ir a Pekín. Al no conseguirla desempeñó en Macao, según las instrucciones del Padre Raux, superior en Pekín de los Padres Paúles de China, el oficio de Procurador de las Misiones. Lo desempeñó hasta 1815.
El Padre Richenet está en Macao v el Padre Clet le informa con palabras encubiertas sobre el estado de la misión. Le habla como de un comercio y de rebaños que sostener: «Tenemos al menos 7.000 ovejas, que forman 63 rebaños… Todos estos rebaños están dirigidos por 5 maestros pastores… Tenemos en Kiang-sy otro rebaño de unas 1.500 ovejas, a las que sin pausa hay que enviar un pastor… También tenemos ovejas en Tche-kiang de las que no tengo información; también en Kiang-nan y en Ho-nan unas 500 ovejas a las que visité hace un año… Pero se pierde tanto tiempo en el viaje, que no queda suficiente para visitar cada distrito todos los años, y para mejorar las cosas habría que hacer la visita dos veces al año«.
El Padre Clet se halla de correría apostólica, en casa de un hombre a quien asiste en sus últimos momentos, por eso su carta, nos dice, huele a aceite porque escribe de noche a la luz de una lámpara. Confiesa al Padre Richenet que necesitaría dinero, porque los cristianos de quienes se ocupa son muy pobres. Acaba de construir una casa y todavía le falta la cocina. Le agradece el envío de vino y de queso, pero le pide cacao para la salud del Padre Dumazel: «El vino nos es indispensable- porque los intentos realizados hasta ahora por cultivar la viña no han resultado; atribuyo la causa a las lluvias demasiado abundantes que despojan la planta de todas las hojas y pudren los racimos. Lo intentaré de nuevo con más cuidado… Ese vino que le pedimos no es para deleite de nuestro paladar: si le pido una cantidad tan grande, es por miedo de no poder recibirla en dos o tres años, debido a obstáculos imprevistos…».
Le agradece el envío de un reloj. «Después del vino de misa es lo más necesario y lo que más me agrada«.
El Padre Richenet, de vuelta en Francia en 1815, fue nombrado Director de las Hijas de la Caridad y llegó a ser Asistente del Superior General. Pero hasta su muerte, acaecida en 1836, siguió ocupándose de las misiones de China y ayudándolas.
Dirigió en 1817 una amplia Memoria al Gobierno francés sobre la Misión de los Padres Paúles en China. Algunos extractos van a resumir el estado de la misión: «Los misioneros sólo son admitidos por el Gobierno chino para el servicio del Emperador, por consiguiente sólo en Pekín en calidad de artistas, de pintores, relojeros, maquinistas y sobre todo matemáticos, astrónomos para hacer el calendario lunar, calcular los eclipses, etc. Hay en la diócesis de Pekín unos 40.000 cristianos de los que cinco o seis mil están en la ciudad.
Corno los misioneros europeos no son suficientes en número para Administrar los socorros espirituales, uno de sus principales cuidados es formar sacerdotes indígenas para ayudarles. Para ello tienen dos «colegios o seminarios en Pekín, uno en la casa francesa, otro en la casa portuguesa… Además del establecimiento de Pekín, los sacerdotes de la Misión franceses están encargados de los cristianos de varias provincias. En la provincia de Hupé tienen dos sacerdotes europeos con varios sacerdotes chinos. Su administración abarca más de cien leguas de diámetro. Tienen otro distrito en la provincia de Honán, uno en la de Kian-Nan, otro en la de Tche-Kiang y un tercero en la del Kiang-si. A falta de europeos estos distritos sólo son administrados por sacerdotes chinos, formados por los Sacerdotes de la Misión franceses y dependientes de ellos… Hay apenas 200.000 cristianos en todo el imperio.
Esta misión, privada de todo socorro de Europa desde la Revolución, se encuentra actualmente en el estado mas lamentable y en un peligro inminente de venirse abajo si no se viene en su ayuda. La necesidad más urgente es la de personas… hay que prepararlas para enviarlas tanto a Pekín como a las provincias de China…».
Describe las cualidades de cuerpo y de espíritu que estima necesarias. Recuerda que los Padres Paúles, sucesores de los Jesuitas, recibían anualmente del gobierno francés una pensión de 12.000 francos, pero no reciben ya nada desde la Revolución. El Gobierno de Luis XVIII acogió favorablemente la Memoria del Padre Richenet y atribuyó a la Congregación el hotel de Lorges, en el 95 de la calle de Sévres, con el fin explícito de preparar allí a futuros misioneros. Pero sólo a partir de 1830 nuevos misioneros salidos de la Casa-Madre de París pudieron partir para China. El Padre Richenet pudo recibir también la satisfacción, antes de morir, de asistir a su partida y de ver que sus esfuerzos no habían sido en vano.






