Francisco Régis Clet, biografía (04)

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

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Author: Andrés Sylvestre, C.M. · Year of first publication: 2000 · Source: Ceme.
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4. Los comienzos en China

La estancia en Macao

Los portugueses habían recibido autorización para establecerse en la península rocosa de Macao, después que una de sus escuadras limpió en 1557 la costa china de los piratas que la infestaban. Los misio­neros pasaban a China por Macao. En Macao había un obispo portu­gués- sufragáneo del arzobispo de Goa en la India, y del virrey de Portugal en Goa dependía el reducido territorio de Macao.

Nuestros tres misioneros- Francisco Regis y sus dos jóvenes compañeros, Padres Lamiot y Pesné, quedaron algunos meses en Macao para entregarse al estudio del chino, pero nos faltan detalles sobre este período.

Sabemos apenas que fue en Macao y en secreto donde nuestros dos jóvenes diáconos se ordenaron de sacerdotes. En Macao recibieron también los tres su envío a misión. El Padre Lamiot irá a reforzar el equipo de los Padres Paúles de Pekín. El Padre Pesné se unirá a su her­mano de comunidad, Padre Aubin, que está desde el año anterior en Hu-kuang (provincia de la que es capital U-Chang-Fu, actual Wuhan). En cuanto al Padre Clet, va destinado a Kiang-Si, norte de Kuang­. Los tres misioneros vestirán atuendo chino, cargarán con algún vequipaje y, clandestinamente, se encaminarán cada cual hacia su misión, acompañados de un guía cristiano. Semejante expedición no carece de riesgos. Un año antes, el Padre Aubin, capturado por malhe­chores, no escapó a sus manos más que pagando un fuerte rescate.

El viejo emperador Kienlong, por decreto del 9 de noviembre de 1785, reiteraba la prohibición a los extranjeros de entrar sin autoriza­ción expresa en territorio chino y de predicar una religión extranjera. Algunos misioneros fueron encarcelados, mas luego se los indultó, por ignorancia de las leyes chinas; Francisco Regis, disfrazado de chino, hasta con una coleta postiza, se encaminó hacia el norte con su guía. Describe a su hermano el cartujo cómo va ataviado, y dice: «Nuestras ropas son más cómodas que las de los Europeos: son amplias, y por ello más frescas en verano, y para evitar el frío las aplicamos al cuer­po con un cinturón. Llevamos barba, que no me estorba nada, con la cabeza afeitada, excepto la parte que afeitan los sacerdotes en Europa para formar la tonsura…».

El guía se las arreglaba para que su compañero tuviera que hablar lo menos posible. Hasta llegó hacerle pasar por persona que guardaba luto, cuando debía observarse mutismo ritual. Lo más frecuente era el ir a pie, pero tomaban también la barca, cuando el itinerario les con­ducía a lo largo de un río. Pasaban la noche en posadas cuyos propie­tarios eran conocidos del guía.

Recorridos setecientos u ochocientos kilómetros, llegan a Nang­Chang-Fu, capital de la provincia de Kieng-Si. Se ubica en el curso inferior del Kang-Kiang, que desemboca en el gran lago Poyang, el cual vierte a su vez en el Yang-Tse-Kiang, río inmenso, que no tiene de azul más que el nombre;.

En Kiang-Si

El campo de apostolado y las condiciones de vida

El Padre Clet debía reemplazar en esta provincia al Padre Yang, antiguo Jesuita, que estaba preso en Pekín. Liberado gracias a la inter­vención de los Padres Paúles, hubo de quedarse en Pekín y trabajar con el Padre Raux.

Poco después de llegar a su residencia principal, el Padre Clet escri­be a su hermana María Teresa: «Este trozo de carta es para comuni­carte que llegué al lugar de mi residencia sin percance ninguno; no he sido reconocido en ruta durante 30 días de viaje. Durante ese tiempo he gozado de buena salud salvo un estreñimiento tan persistente… Ahora estoy alojado en una casa bastante grande, pero toda en ruinas; se va a trabajar sin descanso para repararla, y siendo toda de madera no será malsana para el invierno, que por otra parte es llevadero en este país».

Esta residencia estaba en Cheú-Chang-Lu-Kia, no lejos de la sub­prefectura de Ling-Kiang, unos cien kilómetros al sur de Nantchang.

Era una gran casa china, que constaba de un amplio salón, el cual servía de capilla, con tres habitaciones en el flanco derecho y otras tres en el izquierdo. Los propios cristianos la habían construido con mucho esmero por los años 1700. Estaba rodeada de un huertecito vallado, y en medio de él un gigantesco alcanforero, sobre cuya corteza había recortado el Padre Clet una cruz.

Nuestro misionero debía hacerse de nuevo con las cristiandades tan dispersas de esta provincia. En la misma carta a su hermana añade el Padre Clet: «Una nueva carrera se presenta: renovar el espíritu de reli­gión en antiguos cristianos que están dejados de la mano de Dios desde hace años, y convertir infieles. Esa, espero, va a ser mi ocupación hasta la muerte«.

El Padre Clet va pues a visitar esos pequeños núcleos aislados de fie­les, recorriendo a pie los malos caminos de esta extensa provincia. Va calzado a la manera china: «El calzado está hecho de manera que, sin hebillas ni lazos, se ajusta al pie sin cansarlo; son de tela, hasta la suela, aunque sin embargo es tan firme y dura que un par dura tres meses recorriendo y trepando por nuestras montañas que son muy pedregosas…«.

Pasa la noche en una casa cristiana, pero su acomodo es espartano: «nuestro modo de dormir parecería austero en Europa: no conocemos el colchón blando; una tabla en la que se extiende una ligera capa de paja cubierta de una estera y un tapete, luego una manta más o menos caliente en la que nos envolvemos, eso es nuestra cama, en la que dor­mimos tan bien y con más salud que en los lechos más blandos… en las barcas dormimos en tablas cubiertas de un sencillo tapete…«.

No se queja de la alimentación: «Los alimentos son casi los mismos que en Europa, menos el vino que se encuentra raramente, y lo poco que tenemos se reserva para el santo Sacrificio. Comemos pan de trigo, cuando no preferimos arroz, que es la comida habitual del chino; tene­mos aves, carne de cerdo y hortalizas para acompañar el pan«.

La provincia de Kiang-Si, donde ejerce su ministerio Francisco Regis, está muy poblada, pero la población es muy pobre. Sus habi­tantes tienen hábitos ahorrativos, lo que entre los demás chinos les ha dado una reputación de tacañería. La principal industria de esta pro­vincia, por la que es famosa en toda la China, está en la fabricación de porcelana, desde la más común a la más fina. Existen inmensos depó­sitos en Nan-Chang-Fu, y el burgo donde está más extendida esta manufactura, Kinshechín, cuenta más de quinientos hornos. Francisco Regis escribe sobre el particular: «King-Te-Tchin es un lugar célebre por sus manufacturas de porcelana; de este lugar procede casi toda esta clase de alfarería que se distribuye por toda China y por todo el mundo».

Cincuenta años después atravesará el Padre Huc la provincia de Nanchang y llegará a Cantón: él describe esta industria y sus produc­tos. El Padre Clet aprovecha una visita a Kinshechín para comprar diez cuencos de porcelana, que envía, como regalo de agradecimiento al Padre Letondal, procurador de las Misiones Extranjeras en Macao.

Por la época en que el Padre Huc recorría la provincia, a mediados del siglo XIX, calculaba él que los cristianos sumarían unos 10.000.

Las dificultades de la lengua

Pero es la propia lengua china, a lo que Francisco Regis encuentra más difícil habituarse. Tiene ya 43 años cuando llega a China, algo tarde para ponerse a estudiar una lengua nueva. Nuestro misionero culpa a su ingrata memoria, y escribe a su hermano el cartujo, cuando lleva ya seis años en China: «La lengua china es indescifrable. Los caracteres que la forman no están destinados a expresar los sonidos, sino los pensamientos, de donde sale ese número prodigioso de carac­teres. Yo llegué demasiado viejo a China para adquirir un conocimien­to aceptable…».

Escribe también a su hermano en 1892, o sea 4 años más tarde: «Los caracteres están multiplicados hasta sesenta mil por lo menos. Yo sé lo justo para los menesteres de cada día, y breves instrucciones a los cristianos; así es mucho mejor para ellos tenerme a mí, ignorante como soy que no tener sacerdote alguno para ayudarles en salud y enfermedad… En mi patria podía creer que servía para algo, mientras que aquí resulta casi evidente que apenas sirvo para nada: con todo, según el proverbio, es mejor que la tierra sea trabajada por los asnos que se deje del todo sin cultivar…».

El trabajo en esta provincia, donde no pasó más que un año, se lo resume así a su hermano: «Primero trabajé un año en Kian-Si, donde, entre otras cosas, bauticé a más de cien adultos bastante bien instrui­dos. Habría podido bautizar a un mayor número que me insistían que concediera esta gracia, pero no me parecieron bastante bien ins­truidos y hemos advertido que los catecúmenos fácilmente bautizados apostatan también con facilidad».

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