Francia en tiempo de Vicente de Paúl: las finanzas reales

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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400es-01-copyEl territorio francés de 1600 sugiere fronteras sensiblemente diferentes de las de Francia en la actualidad. La diferencia se sitúa sobre todo en el norte. El simple enunciado de fronteras evo­ca los problemas de política exterior, que se hicieron sentir du­rante el reinado de Luis XIII.

Esta Francia de 1610 no constituye una nación coherente y uni­da como la actual. Las diferencias, particularidades y particularismos dañan mucho su unidad. La masa es inculta, hoy diríamos analfabeta, de donde surge la dificultad de comprender una política. La élite social, la que puede interesarse por los grandes aconteci­mientos y por las razones generales de la política, es sin duda im­portante y diversa. Ella reúne, a pesar de las virulencias y de los prejuicios de una «estratificación social, al clero, a la nobleza, y a la burguesía de funcionarios y de negociantes.

La historia política debe interesarse tanto por los grandes acontecimientos, adornados de anécdotas, como por las realidades, sin las cuales no es posible política alguna: las condiciones económicas del país donde se ejerce, la mentalidad de una opinión que le opo­ne resistencia, o la soporta, o que la aprueba y la ayuda.

Es necesario preguntarse: ¿por qué, a pesar de la riqueza re­lativa del país, las finanzas reales se encuentran siempre en défi­cit? En las respuestas obtenidas, suministradas por los aconteci­mientos y las necesidades, podemos encontrar, quizás, la causa más importante de la miseria sufrida por un pueblo. La situación fi­nanciera del estado durante la regencia de María de Médicis, el reinado de Luis mil, los gobiernos de Richelieu y de Mazarino, ¿pueden explicar la carga fiscal y las sumas crecientes de los im­puestos, los levantamientos y rebeliones de un pueblo, más o me­nos fiel a su rey sagrado, delegado del poder de Dios, para el go­bierno temporal de sus súbditos? Tratando de cristalizar la res­puesta, se puede afirmar que esta penuria financiera del estado pro­viene de la crisis general de las finanzas, provocada por las crisis cíclicas y por el gobierno real, instalado desde 1610 a 1660 en la «guerra y en el despilfarro», sin olvidar la influencia de los hombres de dinero. Las necesidades de la diplomacia de la monarquía y la guerra obligan al gobierno a doblar o triplicar los impuestos. Esta situación crea una contradicción entre la economía y la política, que suscita el descontento en el reino y multiplica las rebeliones populares.

Si hablamos de esta cuestión, lo hacemos especialmente para llegar a comprender un poco mejor la enorme miseria sufrida por un pueblo, en medio del cual, Vicente de Paúl iba a ejercer el servicio continuo de los pobres. La realidad socio-económica tiene una influencia capital en las opiniones y en el espíritu de algunos hombres espirituales.

Como muchos estados europeos, el reino de Francia sufre la casi imposibilidad de prever sus recursos financieros y de regulari­zar sobre ellos sus gastos futuros: la unidad de presupuesto no existe. Pero, el mayor mal de la economía francesa de 1610 a 1660 consiste en su desorden y el remedio no puede depender de una sola voluntad humana.

Las dos fuentes del tesoro son las rentas del patrimonio real y los impuestos. Pero la mayor parte de los bienes del patrimonio están arrendados, es decir, vendidos a los particulares, bajo reser­va de retroventa posible, y la suma total de impuestos no llega jamás al tesoro real. De los impuestos directos, el principal es la «talla», excesivamente gravosa en sí misma y todavía más opresiva dada la manera de recaudarla.

El consejo fija cada año su importe teniendo en cuenta las in­dicaciones de los años anteriores y los gastos previstos. Los teso­reros de Francia y los recaudadores se encargan de la asignación y de la recaudación. Desgraciadamente, el cálculo de la contabili­dad de las entradas en beneficio del rey y se hace lentamente y sus complicadas operaciones exigen bastante tiempo antes que el im­porte llegue al servicio central, al tesoro público. Con frecuencia el rey se ve obligado a pedir un préstamo a la caja personal del tesorero. Pero, muchas veces, este préstamo no lo hace de su fortuna privada, sino de los fondos del estado. Excelente sistema em­pleado por los servidores juzgados como los más honrados de la mo­narquía, y que es capaz de crear una fortuna privada considerable, empobreciendo los fondos del rey. Evidentemente, estos servido­res se creen virtuosos, piensan tener razón. En ocasiones se hacen las víctimas y con frecuencia son verdugos que se congratulan de serlo.

A esta administración desordenada se añade la dificultad de per­cibir la contribución. En todo el reino se organiza una verdadera deserción ante el impuesto. Los medios de eximirse no faltan y se llega a conseguirlo. En definitiva no la pagan más que los pobres y los inhábiles que no han podido encontrar ningún medio de li­berarse.

No se puede admitir que haya mayor honradez o claridad en el sistema de impuestos indirectos, cuya lista completa sería tan larga que, incluso los mejores especialistas, tienen dificultad en es­tablecerla. Estos impuestos no son recaudados por los funciona­rios del estado, sino por financieros o arrendatarios que han reali­zado un contrato con el rey. El negocio puede ser ventajoso para el tesoro y el arrendatario de impuestos. A veces resulta ser perju­dicial para los dos. Con frecuencia el perjudicado en el contrato es el tesoro.

Los recursos del estado son mediocres y difícilmente asegu­rados. Por el contrario las cargas son grandes y diversas, a veces aplastantes: gastos militares —siempre inmensos, en ocasiones abrumadores para el conjunto del país—, despilfarro de la corte, entrega de pensiones a la nobleza de la corte, a los clientes en el extranjero y a los informadores secretos, sin olvidar que el rey firma, con frecuencia, órdenes al tesorero del estado para que pa­gue una suma, sin justificación del gasto. El tesorero debe estar siempre preparado para realizar estas operaciones. Para él, lo peor no es tanto el precio elevado de estas obligaciones, sino la imposibilidad de prever la cuantía.

Cuando Richelieu reaparece en el consejo del rey el 29 de abril de 1624 (lo había abandonado siete años antes), la situación financiera del estado es desastrosa. El tesoro, demasiado empobrecido después de la «alegre regencia» de María de Médicis, tie­ne que hacer frente a las exigencias, continuamente crecientes, del estado.

Proclamada regente del reino, María de Médicis se convirtió en instrumento dócil entre las manos de Concini. Lo más urgente fue  comprar la tolerancia de los príncipes y de los grandes señores de la corte. Jeannin evalúa el conjunto de dones concedidos en­tonces a este pequeño grupo de príncipes (Condé, Epernon, Bouillon, Bellegarde) en nueve millones de libras.

Sully, mantenido en la dirección de los asuntos económicos, no contaba ya para nada. En las sesiones del consejo se comenzó a conceder rebajas a los arrendatarios de impuestos y a aumentar el importe y el número de pensiones. Al mismo tiempo se crearon nuevos oficios en serie, para venderlos inmediatamente al que más pagara, y exenciones de impuestos, llamadas derechos fiscales, cuyo milico se reveló especialmente fructuoso.

Al cabo de ocho meses, Sully decidió retirarse. Desde entonces, el despilfarro de los fondos del estado no conoció límites. María de Médicis, de 1610 a 1614, agotó las reservas de oro controladas por el tesorero del estado.

En 1614, Luis XIII, cumplidos los trece años, es declarado mayor de edad. El momento fue propicio para apoderarse del gobierno del reino. Príncipes y grandes abandonaron bruscamente la corte. Unos meses más tarde comenzaron las negociaciones con la regente. El precio de un mes de regateos fue el dinero ofrecido a los grandes y el compromiso de la reina de reunir los estados generales en el transcurso del año. De hecho, se reunieron el 27 de octubre del mismo año.

A principios de diciembre, los diputados del tercer estado qui­sieron conocer la situación de las finanzas públicas. Una comisión formada por representantes de los tres «estamentos» fue infor­mada de los gastos e ingresos. Sumando las cantidades, la comisión comprobó que la suma de los gastos en 1614 superaba en más de cuatro millones, con relación al último año del reinado de Enrique iv. Paralelamente, los ingresos habían disminuido alrededor de cinco millones. El resultado era un déficit anual de nueve millones, es decir, treinta y seis millones durante los cuatro años que acaba­ban de transcurrir.

Desaparecidos los diputados, nadie pensó más en ellos ni en sus pliegos de condiciones. Los desórdenes y los abusos continua­ron como en el pasado. El asesinato de Concini no aportó apenas ningún cambio. El desorden acaecido en las finanzas, se continuó con el duque de Luynes. Los superintendentes de finanzas, que se sucedieron entre Jeannin y Marillac, continuaron la misma política de presupuestos. De ella resultó el mismo vacío en las cajas del te­soro y los mismos desesperados esfuerzos para procurarse dinero. Cuando Luis mil parte para Bretaña, no hay «ni siquiera una mo­neda» que se pueda llevar. Los fondos del año en curso están to­talmente agotados y gastada una cantidad importante de los de 1627. Los arrendamientos no producen nada, puesto que han sido concedidos a los arrendatarios para permitirles reembolsarse los anticipos hechos por ellos al tesoro el año anterior. Se debe la soldada de dos años o dos años y medio a las tropas del interior. Las que se encuentran en el campo de batalla no han recibido nada desde hace ocho meses. La suma que se debe al ejército y a la nobleza de la corte asciende a más de veinte millones de libras.

Richelieu, al subir al poder, aporta una experiencia muy valio­sa: las dificultades de su juventud, sus comienzos en Lueon, le habían dado el sentido de la realidad; su Poitou enlodado fue una buena escuela para él: allí aprendió a conocer a los pobres cam­pesinos. Y en cuanto a la otra extremidad del mundo social, nadie mejor que él conoce la corte. Una de sus frases resume este mun­do: «Cada uno medía su mérito por su audacia». Buen estratega, no se le escapa ningún detalle, ni del reclutamiento de tropas, ni de la dirección de los regimientos. Excelente diplomático, juzga que la opinión extranjera tiene gran valor, y en consecuencia, piensa se debe tener en cuenta la acción de Francia en el exterior.

Los proyectos de reforma de Richelieu: la rectificación de las finanzas, una buena idea (1625-1626)

En 1624 Richelieu proclamó el objetivo de su política: «Realzar el nombre del rey en las naciones extranjeras», pero a la vez realizar una política nacional y real, por consiguiente, de malas consecuencias para los protestantes. Al mismo tiempo debe iluminar y orientar la mentalidad indecisa con respecto a ciertas opiniones entre los católicos.

En 1625 proyecta un reglamento casi revolucionario para todos los asuntos del reino. En el consejo, reunido en Fontainebleau (29 de septiembre de 1625), el cardenal declara que prefiere la paz a la guerra, pero que, dadas las circunstancias del momento, el rey perdería su prestigio interrumpiendo las acciones militares comenzadas. En este reglamento busca la grandeza del reino y el servicio al rey.

A finales de 1626 Richelieu llega a convencer a Luis XIII para que convoque en París una Asamblea de Notables para realizar la reforma del reino. Es necesario realzar la autoridad del rey, hacerla efectiva, terminar con los abusos que la han comprometido. En realidad la gran preocupación de Richelieu consiste en corregir los abusos del reino, a fin de procurar al rey mayores recursos financieros e introducir en las mentalidades ideas conformes al interés del estado y, a la vez, beneficiosas para los intereses particulares. Richelieu, en esta sesión de apertura, dice: «Esta asamblea debe ser corta, en cuanto al tiempo, pero perpetua en cuanto a la de los frutos que producirá». Intenta, por una reforma interior, permitir al país adoptar una política de independencia, cuya fuerza le permita, quizás, elegir el momento de la guerra contra España. El mismo afirma en esta sesión: «cuando se trate de resistir a alguna empresa extranjera… cuando se presente la ocasión de ejecutar algún designio útil y glorioso para el estado, de ninguna manera se perderá la ocasión, por falta de dinero». La reforma interior, en el pensamiento de Richelieu, debe ser una fuer­za para la guerra del mañana.

La idea de Richelieu acerca de la rectificación de las finanzas contiene a la vez: la corrección de los antiguos abusos, la prepa­ración de una nueva economía, que asegure la independencia del país frente al extranjero y una mejor utilización de la riqueza na­tural. También habla de elevar el nivel de las finanzas revisando las deudas y volviendo a comprar la parte del patrimonio real ena­jenada. La primera necesidad fiscal, según su opinión, es reducir los gastos, allí donde fuese posible. El rey da ejemplo suprimien­do los altos servicios de la casa real.

Richelieu hubiese querido que la empresa de reforma fuese re­volucionaria por sus resultados, pero prudente en su aplicación: «Para establecer el estado en su primitivo esplendor, no se necesi­tan muchas ordenanzas, sino ejecuciones concretas». Anterior­mente había dicho: «Es necesario, a todo precio, o dejar este reino expuesto a los atentados y malos designios de quienes meditan to­dos los días su abatimiento y su ruina, o encontrar los medios segu­ros de garantizarlo». Y añade esta frase que expresa perfecta­mente la gran intención renovadora: «La intención del rey es organizarlo de tal manera que su reino iguale y supere a los mejores del tiempo pasado y sirva de ejemplo a los del futuro». Hablando de la retroventa del patrimonio real, el cardenal asegura una doc­trina de honradez por parte del estado, fundamento de la confianza que los particulares pueden tener en él: «No se trata de retirar, con el poder de la autoridad, lo que los particulares poseen de buena fe. La mayor ganancia que pueden obtener los reyes y los estados es conservar la confianza pública, que contiene en sí un fondo ina­gotable, puesto que siempre es necesario recurrir a ella».

De la idea de 1625 a la realidad de 1627, sobre la rectificación de las finanzas

El 11 de enero de 1627, Richelieu presenta una memoria de 14 artículos, en la que propone las reformas a realizar. En estas proposiciones no se dice nada acerca de la compraventa de Lis funciones públicas ni del impuesto anual exigido por el estado, para que el funcionario conserve su cargo público. Sin embargo, si alguna reforma parece esencial para el futuro del reino, es pre­cisamente ésta. Richelieu lo había reconocido en 1625. ¿Por qué no habla de ella en 1627? Quizás a causa de la guerra, que se piensa próxima, pero, sobre todo, porque las mentalidades parecen poco preparadas para aceptarla y porque él mismo se da cuenta de que las finanzas no tienen la posibilidad de efectuar la compraventa ne­cesaria. Para elevar el nivel de las finanzas es necesario llegar al eq1.1ilibrio del presupuesto de gastos e ingresos. Pero, según el re­glamento de 1624, los gastos superaban en diez millones a las en, tracias ordinarias y, por añadidura, el rey había contraído una deuda de cincuenta y dos millones de libras.

En el conjunto del programa presentado por Richelieu, una idea aparece clara y es, sin duda, definitiva: la marina y el comercio y, por consiguiente, la guerra. Al desear una transfor­mación de las ideas y de las costumbres, intenta un cambio en la orientación de la enseñanza y, para la juventud, una formación técnica y comercial. Dos principios fundamentales deben orientar la enseñanza: la fidelidad a la iglesia y la obediencia al rey. En 1625 había afirmado: la guerra y el comercio «engrandecen los estados», sin olvidar añadir: «La experiencia nos hace conocer entinto interesa tener en todas partes personas capaces de instruir al pueblo en las verdades de fe y en resistir a la herejía». En su Testamento político afirma: «La juventud debe destinar su vida al ejército o emplearla en el comercio».

Los recursos del estado durante el ministerio de Richelieu

Ridhelieu se había atrevido a decir en presencia del rey (2 de diciembre de 1626): «Se pueden encontrar recursos mediante los cuales, en seis años, se verá el resultado y la perfección del pro­grama de las grandes reformas». ¿Obtuvo el resultado de esta gran política? ¿Encontró malas intenciones y funestos designios a su plan de reforma? La organización del país, el sistema admi­nistrativo ¿respondieron de cerca a su programa? ¿consintió en ver caer en la extrema miseria a un pueblo, por realzar la gloria de un estado?

Hay que afirmar que los seis años previstos no consiguen rea­lizar el programa proyectado por Richelieu. Estos años no produ­cen, tampoco, los resultados ansiados. Es cierto que el deseo de realizar una obra completa no desaparece jamás de su espíritu, pero no es menos exacto que Richelieu no logrará ver el fin y la perfec­ción de esta obra. Las circunstancias le apartan de ello, por tener que afrontar problemas más urgentes, relativos a todos los asuntos del reino. Quizás él mismo tuvo que confesarse la realidad de la queja dirigida al rey el 16 de septiembre de 1635, incluida en el Testamento político: «La experiencia es demasiado grande para no considerar que jamás, en los grandes negocios, los efectos respon­den con exactitud a todas las órdenes que se han dado».

Después de «La Journée des Dupes» (10 de noviembre de 1630), el cardenal decide la elección de su política. Luis mil con­sentirá, sostendrá la decisión de esta elección. Semejante política de gastos diplomáticos, de guerra y de grandeza costará cara y será dura de llevar. No se negocia con las naciones extranjeras sin dinero, no se hace la guerra sin mucho dinero y sin poseer el cora­zón de los súbditos. Richelieu está, seguramente, convencido de ello, pero pasa por encima de esta convicción, porque el dinero para ganar la guerra, no depende únicamente del superintendente de finanzas y la población no siempre consiente en pagar los im­puestos, o no siempre puede hacerlo. Por añadidura, la falta de fidelidad de los príncipes, de los gobernadores, de los oficiales, pue­de impedir que las cosas se desarrollen con orden. El pueblo, si no siempre tiene la capacidad de juzgar y menos todavía de discutir los sacrificios que se le exigen puede sublevarse. Los negocios comerciales, más soñados que realizados, no siempre manifiestan una mayor circulación de riquezas.

Como todo hombre político, Richelieu estuvo condicionado por las circunstancias que le rodeaban. Se vio obligado a componer su plan con muchas más fuerzas de las que poseía. Decepcionante o admirable, la política de Richelieu, «asombrosamente audaz», ten­drá un precio: la extrema miseria de un pueblo.

A partir de 1630, los bienes del estado y del país deben con­tribuir a pagar los gastos diplomáticos y, a partir de 1635, tienen que afrontar el presupuesto de la guerra. Esto quiere decir que el programa de reforma, examinado en 1625-1626, debe permane­cer subordinado a las necesidades fiscales, que enriquecerán excesi­vamente a algunas personas, empobreciendo al mismo tiempo al estado y al pueblo.

Richelieu confía la tarea dura y molesta de buscar dinero al superintendente de finanzas, Bullion. Este tendrá toda la confianza del ministro. El precio de esta firma en blanco será la de propor­cionar, en todo momento, el dinero requerido para cubrir los gas­tos. Si éstos llegan a ser superiores a las entradas ordinarias del tesoro (cosa que sucede siempre), Bullion tendrá que aumentar su imaginación para crear nuevos impuestos y nuevas funciones, mantener la sucesión de los cargos públicos, asimilar los llamados países de estado a los países de elección, pedir préstamos a los arrenda­tarios del patrimonio real. Lo que tiene que hacer es encontrar dinero contante, incluso si esta búsqueda ha de multiplicar los abusos existentes, que padece Francia. Esta determinación de Richelieu de someterse al superintendente en los asuntos económi­cos, no le impide estimular enérgicamente a los comisionados para perseguir a los contribuyentes y alentar todos los esfuerzos desple­gados en orden a aumentar el efectivo de los impuestos.

La primera preocupación de Richelieu es salir de una situación precaria y llegar a una paz general y segura, pero no piensa poder conseguirlo sin pasar por la guerra. Estableciendo una je­rarquía de valores en sus acciones, el cardenal entra en una política de guerra. Pero, esta guerra, declarada para asegurar una paz de larga duración, durante la cual el estado se enriquecería por la potencia del comercio, reduce cada día a los campesinos al ma­lestar, incluso a la miseria, endeuda sin cesar al tesoro, enrique­ciendo demasiado a los funcionarios, comerciantes y arrendatarios que poseen cantidades disponibles.

A la muerte de Richelieu, la guerra continúa. Se está aún lejos de conseguir la paz. El drama social de esta política va a conti­nuarse todavía mediante diecisiete años de guerra (1642-1659): recaerían sobre el pueblo nuevas miserias y nuevas exigencias de la fiscalía real. ¿Las circunstancias desengañaron de una manera cruel a Richelieu de su programa de acción examinado en 1625­1626? Cualquiera que sea la respuesta, debemos hacer constar que su política no llegó a solucionar el drama social de la grandeza de un estado y de la miseria de un pueblo.

¿Olvidó Richelieu durante su ministerio lo que conocía per­fectamente en 1626? Nadie lo sabe, pero muy bien se puede dudar de que así fuera. Sin embargo, «las nuevas imposiciones que el pueblo no podría soportar más», él las aumentó. «Las bolsas de los arrendatarios del patrimonio real» «con frecuencia llenas del dinero del rey», fue él mismo quien contribuyó a llenarlas de­masiado con el dinero del rey, y también fue él quien «cortejó» y obligó a «cortejar a los financieros».

Situación de las finanzas durante el ministerio de Mazarino

A la muerte de Luis mi’ (14 de mayo de 1643), las rentas del patrimonio real de 1643 a 1646 ya están contratadas, es decir, empeñadas. El lunes, 29 de febrero de 1644, d’Emery parece descontento y comienza a quejarse de los grandes gastos. Necesita «ochenta millones» de libras y no ha encontrado más que «cincuen­ta y seis millones». «No ve cómo poder subsistir durante el año 1645». «Todo está perdido, añade, si Dios no pone la mano». D’Emery va a ejercer su cargo en una época en la que nadie puede escapar a este dilema: hacer bancarrota o crear nuevos impuestos. ,a bancarrota supone, en poco tiempo, la deserción de los merce­narios y la derrota militar. Se requiere, pues, determinarse a pro­clamar nuevos impuestos. Para lograrlo el superintendente de fi­nanzas ¡tuvo que dar pruebas de su gran imaginación!

Mazarino, agotado por las guerras y perseguido por las rebe­liones, se encuentra ante un tesoro en déficit. Las cajas están va­cías. Se requiere a todo precio, e inmediatamente, encontrar al­gunos cientos de miles de libras para continuar la guerra, alimentar y conservar las guarniciones, pagar a los aliados, doblar las pensio­nes, pagar las rentas, comprar hombres y víveres, distraer a la corte. ¿Cómo conseguir el dinero? ¿Dónde poder encontrarlo? Porque el ministro tiene necesidad de cantidades enormes para salvar al estado.

Para salir de esta eterna tormenta financiera, Mazarino se diri­ge especialmente a los superintendentes de finanzas, cuya situación es excepcional y preponderante, sin dejar de hablar o de escribir a los tesoreros o a los inspectores generales. En su correspondencia, que no es poca, se encuentran, con frecuencia, fórmulas de petición semejantes a éstas: «Necesito tanto para tal fecha». «Me es ne­cesario tanto para tal otra fecha». En el momento de la bancarrota de 1648 —que provoca la guerra civil y arrebata el crédito al rey— las personas que tienen crédito y dinero reciben títulos Ir nobleza para hacerles adelantar el dinero y las ayudas necesa­rias. El 11 de julio de 1648, Chéruel relata: «Se dice en el consejo que el rey está con una deuda de 154 millones y que no hay ni in céntimo en la caja». En noviembre de 1655, Mazarino pide a Fouquet 300.000 libras para comprar al mariscal d’Hocquincourt, que amenaza con entregar las ciudades de Péronne y Ham a Es­paña, en lugar de entregárselas al rey. En julio de 1656, después de la derrota de Valenciennes, existe la misma penuria fi­nanciera: «No hay ni un céntimo en la caja». Parece que todo está perdido. Mazarino se dirige a todos, pero, con gran dificultad, con­sigue 100.000 libras, 200.000 libras prestadas. Fouquet empeña su firma y la de sus allegados y en cuatro días encuentra 900.000 libras en monedas de plata. En 1658, Mazarino necesita diez millones de libras en el acto. El tesoro está vacío y se trata de continuar la guerra contra España. Fouquet llega a encontrar la suma pedida. El ministro puede pagar a las tropas y hacerlas acan­tonar durante el invierno.

El cometido del ministro es no hacer perder la partida al rey. La función de los superintendentes de finanzas, de los tesoreros y de los inspectores generales, es defenderse como pueden… Super­intendentes, tesoreros, inspectores ¡no pueden dar su consentimien­to a un fin tan lamentable!

«Felizmente», en el reino hay muchos jugadores y no faltan procedimientos, ilegales naturalmente, para poder ganar. Trabajo de hormiga y astucia de lobo se necesitan para conseguirlo: cada uno trata de aprovecharse de la necesidad y de la falta de habilidad de los otros. El estado consiente en ello. Es un juego, pero un juego despiadado para quienes pierden.

Para encontrar el dinero pedido por Mazarino, los superinten­dentes de finanzas alteran el valor de la moneda, crean nuevos cargos públicos, incluso si poco tiempo después llegan a ser per­judiciales al rey y al pueblo; los tesoreros aumentan las sumas de los impuestos directos y alargan la lista de los impuestos indirectos… Sin duda ninguna, para los superintendentes el medio mejor y más seguro de encontrar dinero consiste en dirigirse a los financieros, a los arrendatarios del dominio real. El empréstito lo hacen en nombre del rey o en su nombre personal, según el crédito de que gozan.

Financieros y arrendatarios prestan a gusto, no tienen dificultad en avanzar dinero al rey o a sus representantes, porque el interés es escandalosamente alto, especialmente cuando la necesidad del estado es urgente. El rey se aprovecha también del crédito de los comerciantes de oro y de los arrendatarios, y éstos se convierten en poderosos personajes políticos, teniendo una influencia poco aparente, raramente confesada, pero inmensa y continua, incluso vital, en el organismo del reino.

En esta rueda de la fortuna, hay otro jugador: los campesinos, las masas populares. Cualesquiera que sean las normas del juego o los procedimientos empleados, ellos pierden siempre, no ganan nunca. Pero tampoco pueden perecer lastimosamente. Siempre son útiles, ni siquiera pueden irse. Despreciados de todos, en realidad ion víctimas de las circunstancias. «Los campesinos gemían en todas las provincias bajo la mano de los cobradores de impuestos, es­cribe el presidente Guillaume de Lamoignon, y parece que todo su ser y su propia sangre no podían apagar la sed ardiente de los arrendatarios del patrimonio real». La reina Ana de Austria, presidiendo un día una sesión solemne del parlamento, tiene que oír del abogado general Talon: «Estos desgraciados (los campesinos) no poseen otras propiedades que sus almas, porque no han podido ser vendidas en la almoneda».

Durante todo el tiempo de su ministerio, Mazarino encontró el tesoro en déficit; sin embargo, siempre llegó a encontrar dinero.    El cardenal-ministro tiene un inteligente, audaz y poderoso superintendente de finanzas, Fouquet. Este llega siempre a encontrar dinero líquido. Tiene el mérito del financiero y la con­fianza de los financieros. Sabe negociar, y a ¡qué precio! De acuerdo con el estado y para el estado, conoce todas las fórmulas de combinaciones. Lo logra, porque el estado solo, y no el bien, regula los gastos y entradas ordinarios del tesoro. Mazarino no conoció jamás otras finanzas. Pero fueron suficientes para no hacer perder partida al rey, para evitar los desastres, enriquecer la casa del ministro, así como a los financieros y arrendatarios del patrimonio, y aplastar al pueblo.

 

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