Formar hoy en la vida consagrada

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Christian Sens, C.M. · Traductor: Centro de traducción de las Hijas de la Caridad, París. · Año publicación original: 2001.
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Ciertamente hay muchas maneras de abordar y de presentar la formación en la vida consagrada. Yo he elegido tres ejes: formación humana, formación cristiana, formación vicenciana. Evidentemente voy a hablar de la formación en la vida consagrada de las Hijas de la Caridad y, por tanto, de una formación cuyo objetivo es el servicio de los pobres, el servicio a Jesucristo en la persona de los pobres. Será la primera parte de mi exposición. Cada uno de estos ejes merecería tratarse ampliamente. Voy a proponerles, sencillamente, unas reflexiones sobre algunos puntos que me parecen importantes hoy, consciente de que soy tributario de la situación de las Hijas de la Caridad de Francia y del contexto de este país. En otras situaciones, otros contextos, ustedes ponen su atención quizá en otros puntos. No tengo la pretensión de decirles cómo debe pensarse la formación de las Hijas de la Caridad. Tienen ustedes más experiencia que yo en este campo y será interesante que puedan compartirla y confrontar las diversas maneras de llevarla a cabo en las distintas provincias.

 

1. Una formación para el servicio de los pobres

No voy a desarrollar detenidamente esta parte, ya que algunos puntos se tratarán más adelante.

«El servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la Compañía y comunica a esa consagración su pleno significado» (C. 2. 1). Esta frase las Constituciones me permite precisar de entrada de qué vida consagrada voy a hablar aquí, porque esto tiene incidencias en la formación. La consagración de las Hijas de la Caridad no se identifica con la de las religiosas. Su manera original de vivir la consagración bautismal consiste en darse a Dios para el servicio de los pobres o para servir a Jesucristo en la persona de los pobres. Para esto es para lo que Dios ha hecho la Compañía.

«Tenéis que pensar con frecuencia que vuestro principal negocio y lo que Dios os pide particularmente es que tengáis mucho cuidado en servir a los pobres, que son vuestros señores. Sí, hermanas mías, son nuestros amos. Por eso tenéis que tratarlos con mansedumbre y cordialidad, pensando que por eso os ha puesto juntas y os ha asociado Dios, que por eso Dios ha hecho vuestra Compañía» (SV IX, 119 / ES IX, 125).

En la consagración de las Hijas de la Caridad, Dios y los pobres, Cristo y los pobres son indisociables. No se entra en la Compañía para vivir una experiencia de vida religiosa o para hacer simplemente una experiencia de vida comunitaria, sino fundamentalmente para servir a los pobres, en comunidad, a la manera de Cristo Servidor.

Por esta razón su formación, tanto inicial como permanente, debe permitirles hacer real la llamada de Dios y la propia respuesta, profundizar su experiencia espiritual, pero sin olvidar nunca que en la llamada, en la respuesta y en la experiencia espiritual, los pobres están necesariamente presentes.

Su consagración, si bien no hace de ellas religiosas, no tiene una dimensión menor de radicalidad, aunque la renueven cada año. El don a Dios en favor de los pobres, el don a Dios y al servicio de los pobres, comprometen toda su vida y su persona. Vicente de Paúl escribía el 24 de noviembre de 1658 a Ana Hardemont, que estaba en Ussel:

«Les ha costado a ustedes algún trabajo acomodarse a las costumbres del país, pero también han conseguido un gran mérito delante de Dios por haber superado sus repugnancias y haber cumplido la divina voluntad por encima de la suya… Hermana, ¡qué consolada se sentirá usted en la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que Nuestro Señor dio la suya! ¡Por la caridad, por Dios, por los pobres!… ¿Y qué mayor acto de amor se puede hacer que entregarse a sí mismo por completo, de estado y de oficio, por la salvación y el alivio de los afligidos? En eso está toda nuestra perfección » (SV VII, 382 / ES VII, 323).

Su camino de santidad pasa, en seguimiento de Cristo Servidor, por los caminos de los pobres. Están llamadas a comprometerse totalmente «por estado y por oficio»; dicho de otra manera, tanto por su modo de ser como por su hacer, por su servicio.

La formación para la vida consagrada comporta, pues, a la vez, la profundización en el misterio de Dios y de la fe, la contemplación de Cristo Servidor, el conocimiento de las Constituciones, y también, una mejor percepción del mundo de los pobres, un aprendizaje de su lengua y de su cultura. Esta mejor percepción y este aprendizaje son parte integrante de la experiencia espiritual de las Hijas de la Caridad.

2. Una formación humana

En todos los proyectos de formación, ya sea con miras al ministerio del orden o de la vida consagrada, la formación humana ocupa un lugar importante. Sabemos que la piedad y el deseo de darse a Dios no pueden paliar una falta de madurez y de equilibrio o una afectividad mal asumida. La disminución de las vocaciones en algunos países, y estoy pensando en Francia, no puede convertirse en una coartada que llevara a ser menos exigente con relación a la madurez humana de las candidatas, a su equilibrio afectivo, a sus capacidades de relación, su sentido del servicio, su aptitud también para asumir los cambios en un mundo en el que las mutaciones son rápidas y profundas.

No voy a desarrollar aquí un programa de formación humana, sino simplemente entresacar los puntos que me parecen importantes hoy. La experiencia de ustedes como Directores les permite, sin lugar a dudas, añadir otros y, sobre todo, intercambiar sobre la manera como viven ustedes su responsabilidad de acompañamiento de la Provincia, de las comunidades y de las Hermanas en este campo de la formación humana.

2.1. Una relectura de la vida

Creo que la formación humana exige aprender a leer, a releer la propia vida, las propias experiencias, para mejor objetivarlas y poder así medir los progresos pero también las limitaciones, las pobrezas, los bloqueos, las heridas quizá provocadas por fracasos o por experiencias desagradables. Así es como la persona se hace más responsable de sí misma, dominando mejor la propia vida, las opciones, los actos.

La relectura comporta una dimensión comunitaria porque hace falta también aprender a releer la propia vida junto con otros, especialmente en comunidad, y aceptar su mirada, su cuestionamiento, su interpelación. Se lleva a cabo durante la etapa de la formación inicial y debe también proseguirse a lo largo de la vida. Las Hermanas, ¿tienen siempre fácilmente esta posibilidad? ¿Las Provincias y los Directores tienen esta inquietud y ayudan a las comunidades y a las Hermanas a hacer esta relectura, personal y comunitariamente?

2.2. Un aprendizaje de la diferencia

La formación humana comporta este aprendizaje. Hoy se habla mucho de la diferencia, pero quizá porque es difícil de vivir y de aceptar, tanto en el plano cultural como en el religioso. Puede convertirse en un lugar de conflictos. En las imponentes implantaciones comunitarias de ayer, las diferencias podían quedar veladas o incluso borradas. La uniformidad mal comprendida podía conducir a la «uniformización». Esto no podría comprenderse en estos tiempos en los que el respeto a la persona y a los derechos humanos se han convertido en valores fuertemente afirmados; ya no es posible en comunidades que hoy son, generalmente, más restringidas, con una confrontación, más fuerte y cotidiana, respecto a las demás. No se entra en una comunidad prefabricada, en una especie de molde que elimina las diferencias. La comunidad se construye cada día con la riqueza de las diferencias cuando son reconocidas y aceptadas no como un obstáculo sino como riqueza de unidad y de comunión. Se trata, pues, de aprender -y este aprendizaje no se acaba nunca- a vivir fraternalmente con otras personas a las que no hemos escogido, pero con las que compartimos un mismo proyecto, una misma consagración a Dios para el servicio de los pobres. No se trata de soñar con comunidades sin tensiones ni conflictos, sino más bien de aprender a asumirlos, a administrarlos, a superarlos. Sin duda, es preciso, para reconocer y acoger las diferencias, aprender a respetarse porque, como dice San Vicente, «sin respeto no se tiene mansedumbre, y sin mansedumbre no se tiene caridad (SV IX, 260 / ES IX, 248). Su misión de Director los lleva a comunicarse con las Comunidades y las Hermanas. Ciertamente, son testigos de tensiones y hasta de conflictos que pueden vivir algunas comunidades, de dificultades de relación entre algunas Hermanas. Sin duda, los llaman a veces a ayudar a las Comunidades a afrontar un conflicto, una dificultad de relación. Esto forma parte de su responsabilidad de acompañamiento. Y, sin duda, les toca aprender ustedes mismos a arreglar situaciones conflictivas.

2.3. Un equilibrio afectivo

No podríamos hablar de formación humana sin evocar la afectividad y el trabajo de verdad que hay que hacer sobre el deseo de asumir el celibato y de vivir la castidad. Sabemos bien que este trabajo no se termina con el compromiso inicial. El celibato interroga a muchos de nuestros contemporáneos; el amor puede ser desnaturalizado hasta convertirse en un simple objeto de consumo. Ayer, los muros de las instituciones podían servir de protección. Hoy las comunidades están mucho más insertas en un barrio, una calle, un pueblo, y las relaciones de cercanía son diarias. No se asume el celibato, no se vive la castidad rodeándose de protecciones o reprimiendo la afectividad. La castidad, vivida en el celibato, no se limita a renuncias, no prohibe amar y no puede vivirse serenamente con un corazón reseco, endurecido. Las personas consagradas están llamadas a amar, a aprender a amar cada día porque este aprendizaje no se acaba nunca. El que pudiera decir un día que ama bastante, confesaría que no ama ya o que no es ya capaz de amar. En este campo de las relaciones, la relectura de vida que evocaba anteriormente es también una exigencia. Indudablemente, esto puede hacerse en comunidad, pero en este campo todo no puede compartirse en comunidad. Es necesario un acompañamiento personal. Ciertamente, en las Provincias se ofrecen a las Hermanas propuestas y reflexiones sobre los votos. ¿Esta reflexión continúa haciéndose y profundizando en comunidad? Por la responsabilidad de acompañamiento que tienen ustedes, les corresponde, sin duda, prestar atención a ello e interpelar a la Provincia y a las comunidades en este sentido. Digo esto a propósito de la castidad, pero vale también por lo que se refiere a la pobreza y la obediencia. El lenguaje para presentar los votos se ha renovado y esto tiene incidencias en la manera de comprenderlos y de vivirlos. Por no hablar más que de la obediencia, es evidente que ya no se vive hoy el modo de obediencia militar que pudimos conocer ayer, sino el del diálogo, sin que por ello quede excluida la disponibilidad. Los tiempos de formación son necesarios, evidentemente, para comprender mejor los votos. La comunidad misma puede también desempeñar un papel de formación.

2.4. El desafío del feminismo

El reconocimiento del lugar y del papel de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia es un desafío para nuestro tiempo y no solamente en países como en Afganistán. El estado de «sumisión» que pudo atribuirse antaño a las mujeres, incluso por parte de teólogos, es inaceptable. La formación humana de las Hijas de la Caridad debe tener en cuenta el reto del feminismo y conducirlas a ocupar el lugar que les corresponde en el mundo y en la Iglesia y a desempeñar plenamente en ellos su papel de «mujeres» consagradas. Ustedes son hombres cuya misión consiste en un servicio de ayuda y de acompañamiento a mujeres. En este servicio, hay ciertamente una reciprocidad; ustedes reciben también de ellas. En la colaboración, en el trabajo como ‘partenaires’ (compañeros) de las Hermanas, ustedes pueden constatar, sin duda, toda la riqueza de la diferencia, la riqueza de la feminidad. Pero, tanto en la Iglesia como en la sociedad, el lugar y el papel de las mujeres están todavía lejos de ser plenamente reconocidos por todas partes. La misión de ustedes no puede sino hacerlos sensibles a este reto del feminismo, aunque no sea más que reconociendo que se justifica plenamente.

3. Una formación cristiana

«Hijas mías, si sois fieles en la práctica de esta forma de vivir, seréis todas buenas cristianas. No os diría tanto si os dijese que seríais buenas religiosas. ¿Por qué se han hecho religiosos y religiosas sino para ser buenos cristianos y buenas cristianas? Sí, hijas mías, poned mucho empeño en haceros buenas cristianas por la práctica fiel de vuestras reglas. Dios será glorificado con ello, y vuestra Compañía edificará a toda la iglesia» (SV IX, 127 / ES IX, 132).

3.1. Escoger «la mejor parte»

No tengo intención de desarrollar aquí todas las dimensiones de la vida cristiana. Voy a fijarme solamente en un aspecto. Para ser buenas cristianas, no basta solamente rezar, practicar, entregarse en el servicio. Todo discípulo de Cristo está llamado a escoger sin cesar «la mejor parte», como María sentada a los pies de Jesús para escuchar su palabra y aprender de Él. El deseo de formación, de profundización de la fe, de un conocimiento mayor de la Biblia es hoy muy fuerte y son múltiples las propuestas de formación. Ciertamente la fe es fundamentalmente don de Dios y respuesta del hombre mediante una adhesión personal libre. Pero la fe sin formulación corre el riesgo de perderse en lo imaginario. Y no es suficiente repetir incansablemente fórmulas y discursos del pasado. Los cristianos son siempre humildes buscadores de Dios y, por esta razón, se ven invitados a profundizar en su fe a fin de vivirla, expresarla y dar testimonio de ella ya que están llamados a participar en el ministerio de anuncio de la Iglesia, que no está reservado únicamente a los ministros ordenados o a algunos especialistas.

3.2. Honrar la dimensión espiritual del servicio

 

Para Vicente de Paúl, el servicio es siempre un servicio corporal y espiritual. Esto, sin duda, en el siglo XVII, es una marca típicamente vicenciana, lo mismo que la evangelización «de palabra y obra». Una definición así del servicio manifiesta una visión de la persona en todas las dimensiones de su humanidad. El hombre es un ser de necesidad: de pan, de vestido, de techo, de salud… y, por esta razón, el servicio es corporal. Pero el hombre es también un ser de deseo: de justicia, de paz, de dignidad, de fraternidad, de solidaridad… Lleva también en sí cuestiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, de la historia y de la aventura humana. Creemos incluso que no es indigno de él plantearse la cuestión de la trascendencia, la cuestión de Dios. Por eso el servicio debe tener una dimensión espiritual, que San Vicente evoca al hablar de la «buena palabra» que hay que decir en toda ocasión, de las «verdades de la salvación» que hay que enseñar a los pobres.

Para ser buenas cristianas, las Hijas de la Caridad están invitadas, como todos los discípulos de Cristo, a profundizar sin cesar en su Fe para renovarla y renovarse ellas mismas. La calidad de su servicio en su dimensión espiritual no puede sino salir beneficiada y los pobres también. No tengo la pretensión de darles aquí una clase de dogmática. Permítanme sencillamente evocar la cuestión de Dios. ¿Podemos anunciar a Dios hoy, repitiendo simplemente las palabras, las fórmulas y los discursos de ayer, en un mundo que ya no tiene necesidad de Dios para comprenderse, para comprender al hombre y, para muchos de nuestros contemporáneos, ni para vivir? Ya no suele orientarse uno hacia una instancia superior para encontrar una respuesta a las cuestiones todavía no resueltas. Presentar hoy a un Dios necesario comporta el gran riesgo de relegarlo a la categoría de lo utilitario. Ahora bien, Dios se revela como el Dios de la Alianza, el Dios de la gratuidad. Es el Dios Amor que continúa llamando a la libertad del hombre. El filósofo Levinas habla de la grandeza de Dios que «ha puesto en pie a un ser capaz de ateísmo». Dios está mucho más allá de lo útil y de lo necesario, de lo inútil y de lo no-necesario. No podemos encerrar a Dios en nuestras representaciones y, por eso, debemos profundizar incesantemente en su misterio contemplando el rostro de Jesucristo. Añadamos además que hoy, principalmente en el campo de la ética, de la bioética, se plantean nuevas cuestiones. Evidentemente, no podemos ser especialistas en todos los campos. Pero, aceptar entrar en un proceso de formación continua, bíblica, teológica, espiritual, ética, es una exigencia para estructurar la propia fe y para dar testimonio de ella en la diversidad de lenguas y culturas de los hombres. Para ser buenas cristianas y en fidelidad a la dimensión espiritual de su servicio, esta exigencia concierne evidentemente a las Hijas de la Caridad.

3.3. Aprender a «leer»

Esta inquietud por la formación, la encontramos en San Vicente e incluso está inscrita en el reglamento. «El tiempo que os quede después del servicio a los enfermos tenéis que emplearlo bien; no estéis nunca sin hacer nada; ejercitáos en aprender a leer, no para vuestra utilidad particular, sino para poder ser enviadas a los lugares en donde podáis enseñar. ¿Sabéis lo que la divina Providencia quiere hacer de vosotras? Mantenéos siempre en disposición de ir a donde la santa obediencia os envíe « (SV IX, 7 / ES IX, 26). Ciertamente, las Hijas de la Caridad no tienen ya que aprender a leer como Margarita Naseau. Pero, permítanme interpretar este aprendizaje de la lectura. ¿No hay que aprender sin cesar a leer la Biblia, el misterio cristiano, para profundizar en él? ¿No hay que aprender a leer los «signos de los tiempos»? ¿No hay que aprender a leer los hechos sociales en su complejidad, las situaciones de pobreza y sus causas? ¿No hay que aprender a leer el carisma vicenciano para actualizarlo? ¿No hay que aprender también a leer a Jesucristo para reconocerlo en la persona de los pobres?

Esta preocupación de formación aparece también a través del diálogo entre Luisa y Vicente de Paúl en un consejo (cf. SV XIII, 664-665 / ES X, 792). Una Hermana pide un catecismo. No está satisfecha con el que le han mandado y pide otro. «Mandamos a pedirle al padre Lamberto que nos enviara uno y él nos envió el de Belarmino, diciéndole a la hermana a la que se lo entregó que se trataba de un catecismo muy elevado y que solamente era para los párrocos. Pues bien, como es menester que no nos las demos de muy eruditas, tuve la idea de no mandárselo; volvió ella a urgirme, y se lo mandé; pero le dije solamente que no hiciera más que leerlo, pues como lo que se dice en ese libro no siempre acaba de entenderse, no parece que sea conveniente aprendérselo de memoria y recitarlo sin saber lo que se dice». No parecer sabias es cuestión sin duda de humildad. Pero supondría una falsa comprensión de la humildad rehusar serlo. ¿No se ha caído a veces en este error entre las Hijas de la Caridad y también en la Congregación de la Misión? Ciertamente, la humildad conduce a querer ocupar el último lugar, el del servidor, el de la sierva, pero esto exige, creo, una competencia para ocuparla lo mejor posible.

La respuesta de Vicente de Paúl es inequívoca: «Nuestro venerado padre respondió: Señorita, no hay ningún catecismo mejor que el de Belar­mino; si todas nuestras hermanas lo supieran y lo enseñaran, no enseñarían más que lo que deben enseñar, ya que les toca a ellas instruir a los demás, y deberían saber todo lo que tienen que saber los párrocos. ¿Sabe usted qué es lo que mantiene a esas dos o tres religiosas de la señora de Villeneuve? El saber el sentido de ese catecismo; se lo enseñan a los demás y hacen así un bien increíble. Sería conveniente que se les leyera a nuestras hermanas y que usted misma se lo explicara, a fin de que todas lo aprendiesen y profundizasen en él para enseñarlo; porque, ya que es preciso que ellas lo enseñen, es menester que lo sepan; y no podrán aprender nada más sólido que lo que hay en ese libro. Me alegra mucho que hayamos hablado de esto, pues creo que esta lectura será de gran utilidad» (SV XIII, 664-665 / ES X, 793). Aprender, profundizar, saber para mostrar y enseñar, esto es propio de un recorrido de formación inicial, sin duda, pero también de la formación permanente.

En las Provincias, ciertamente, se proponen medios para la formación. Las Hermanas pueden participar en la formación propuesta en las diócesis y en las comunidades cristianas. Como Directores, tienen ustedes, en colaboración con la Visitadora, una responsabilidad en ese campo y no les estoy enseñando nada al decirles esto. Pero esta inquietud por la formación ¿se toma realmente en cuenta en la dinámica de las Provincias? Las Hermanas ¿manifiestan el mismo deseo de competencia respecto a la dimensión espiritual del servicio que a su dimensión corporal? Ante la increencia de tantos de nuestros contemporáneos o ante su indiferencia religiosa, ante la diversidad de lenguas y culturas, y también ante la búsqueda espiritual, aunque difusa, que se puede percibir hoy, ¿no hay en ello un reto con miras a la calidad misma del servicio vicenciano, un desafío en favor los pobres?

4. Una formación vicenciana

Como en los capítulos anteriores, les propongo sencillamente unas reflexiones sobre esta formación. No abordo por tanto el contenido de la formación y los diversos aspectos del carisma vicenciano que debe tener en cuenta.

4.1. Una profundización permanente del carisma

No es tanto la actualidad del carisma lo que se cuestiona como la actualización que se hace de él a través de las instituciones, de las comunidades, de los compromisos, de la práctica. Sería ilusorio pretender volver a encontrar el carisma en estado puro para transponerlo en el tiempo presente. Lo recibimos en la lengua y cultura del siglo XVII. Nunca está, como tampoco el Evangelio mismo, fuera del tiempo y de la cultura. El trabajo de inculturación pasa, por tanto, por el camino de la confrontación del carisma, tal como lo recibimos, con nuestro tiempo y con la historia de los pobres de este tiempo. Al referirnos a las fuentes, a los textos de los fundadores, una simple fidelidad a la letra, a las prácticas y a las obras sería ciertamente estéril. Reconozcamos, sin embargo, que ésta puede ser la tentación de toda institución, incluida la Iglesia: querer reproducir idénticamente, añadiendo también otras prácticas a lo largo de los siglos, por miedo a perder la propia identidad. Es entonces cuando verdaderamente se corre el riesgo de perderla. Una auténtica recepción de las fuentes conduce más bien a buscar el espíritu, las intuiciones y las convicciones que invadían y animaban a los Fundadores. Así la fidelidad puede hacerse inventiva y ofrecer una traducción del carisma expresiva y significativa en este tiempo de la historia de los hombres, de la historia de los pobres. La fidelidad repetitiva puede inmovilizar a la institución y a las personas como testigos del pasado y hacer estériles los compromisos, porque se corre el riesgo de olvidar a los pobres con sus expectativas y las urgencias que caracterizan hoy al mundo de los pobres. Se trata, por tanto, de profundizar en el carisma, de trabajar los textos fundadores, pero para actualizarlos y vivirlos hoy. La formación vicenciana sigue siendo un paso obligado para las Hijas de la Caridad. Forma parte también de una formación continua que, indudablemente, se propone en todas las Provincias, que se lleva a cabo igualmente en los intercambios comunitarios. Es una exigencia para la inculturación del carisma, que era el tema de la última Asamblea General de las Hijas de la Caridad.

4.2. Un conocimiento mas profundo de la sociedad y del mundo de la pobreza

Quisiera detenerme unos instantes en otra exigencia. La profundización permanente del carisma, aunque es esencial, sin embargo no es suficiente. Hay que aprender a conocer mejor la sociedad, a percibir mejor los hechos sociales con su complejidad. Las mutaciones rápidas y profundas que conoce el mundo no se pueden percibir de manera simplista con afirmaciones perentorias o eslóganes ideológicos. La realidad es hoy demasiado compleja como para contentarnos con una mirada superficial. Para «verla», para «conocerla de cerca», es necesaria una diversidad de enfoques y de lecturas: política, económica, social, cultural, sociológica, socio-política, etc. Ya no estamos en el tiempo en el que las categorías burguesía/proletariado o explotadores/explotados permitía clasificar a una mayoría de personas y dar cuenta de la sociedad. Hoy se da el poder «anónimo» del dinero, el peso de las multinacionales, el egoísmo de las naciones ricas centradas en sus intereses, indecisas ante la cuestión del perdón de la deuda de los Países del Tercer Mundo, poco preocupadas por las cuestiones del medio ambiente, porque prima la economía. Existen todas esas personas de las que no se puede decir que son víctimas de la explotación porque están, simplemente, olvidadas al borde del camino de la rentabilidad a toda costa y de una competitividad feroz. Existe la violencia, los conflictos étnicos e incluso religiosos, el racismo y los contravalores que evoca el documento de la Asamblea General 1997, «Un fuego nuevo». Todo esto afecta evidentemente a los pobres e incluso provoca nuevas formas de pobreza. ¿Cómo estar realmente a su servicio sin interesarnos en el contexto de la sociedad, sin dedicar tiempo a percibirla mejor, sin ver las causas de las pobrezas, de la marginación o de la exclusión, sin aprender la lengua y la cultura de los pobres? Esta mirada sobre la realidad de la sociedad y de las pobrezas se aprende, indudablemente, por la experiencia, pero también por la reflexión personal y comunitaria y por medio de la formación. ¿De qué manera se toma esto en cuenta en las Provincias y en las comunidades?

Un conocimiento más profundo de la sociedad y del mundo de los pobres permite también -y cito «Un fuego Nuevo»- descubrir, personal y comunitariamente, las «semillas del Verbo» y los valores existentes en todas las culturas y en los Pobres . El documento evoca la solidaridad, la lucha por la justicia y la libertad; la conciencia de la dignidad de todo ser humano; las relaciones personales más cercanas; el sentido de la fiesta; la confianza y la esperanza en la Providencia. La lista no es exhaustiva y nosotros podemos añadir el compromiso por la paz y la búsqueda de caminos de diálogo, las acciones humanitarias, el responsabilizarse de la ecología y del entorno y tantos otros gestos de amistad, de compartir, de solidaridad en la vida diaria. El reconocimiento de las «semillas del Verbo» implica una mirada de fe pero sin omitir un análisis profundo de la realidad. Así es como podemos ir, como invita San Vicente de Paúl, más allá de «las apariencias, a menudo engañosas».

4.3. Por un amor inventivo hasta el infinito

Al mismo tiempo que tenemos ideas claras sobre los contravalores, estamos llamados a amar a nuestro mundo, a este mundo al que «tanto amó Dios que dio a su Hijo único» (Jn. 3, 16). ¿Cómo decir a este mundo que es amado por Dios sin dejar transparentar en nuestros rostros y en el de nuestras comunidades un poco de la ternura de Cristo hacia los hombres, hacia los pobres? Vicente de Paúl recuerda que «el amor es inventivo hasta el infinito». Es, ante todo y fundamentalmente, el Amor de Dios el que es inventivo hasta el infinito, y nuestro amor se hace inventivo bebiendo en la fuente del Amor que se ha entregado. De hecho, jamás podemos pretender agotar la infinita riqueza del Amor en el hoy de nuestras respuestas y de nuestras prácticas, tanto personales como comunitarias. La humildad nos lleva a reconocerlo. El carisma vicenciano no da a las Hijas de la Caridad respuestas prefabricadas ante los desafíos de las pobrezas y de las miserias de nuestro tiempo. Abre a su libertad un espacio para renovar e inventar las respuestas más adecuadas a las llamadas de los necesitados, de los que se sienten heridos por la vida, de los que sufren, de los excluidos, y para encontrarlas junto con ellos. Puede ocurrir que el miedo o la necesidad de seguridad lleven a añorar el pasado, las «cebollas de Egipto», hasta aferrarse al pasado y a las prácticas del ayer sin poder vivir real y plenamente el tiempo presente. Una actitud aferrada al pasado no es solamente un riesgo para personas de más edad. La podemos constatar también en los más jóvenes. Creo que la formación vicenciana debe aprender a asumir los cambios necesarios, a vivirlos con esperanza, tanto personal como comunitariamente a fin de manifestar que el amor es inventivo hasta el infinito. Esto ciertamente entra dentro de su responsabilidad de acompañamiento.

Voy a terminar haciendo alusión a otro lugar de formación. Sabemos que en la experiencia de Chatillon, Vicente de Paúl tomó conciencia de que sólo una respuesta comunitaria, estructurada y organizada, permitía hacer frente al desafío de la pobreza de manera duradera y eficaz. La disminución de las vocaciones, el envejecimiento de algunas Provincias -y estoy pensando especialmente en Francia- han llevado a las Hermanas a dejar en manos de laicos la responsabilidad de los centros escolares o de casas de ancianos, cuidando de que quede salvaguardado el espíritu vicenciano. Las obras propias han disminuido y los servicios de las Hermanas en organismos sociales, en asociaciones, se han hecho más numerosos. No sé si mi reflexión es pertinente pero se la ofrezco. Cualquiera que sea la situación de las Provincias, riqueza en número y juventud o pobreza, la humildad nos lleva a reconocer que ninguna Compañía, ninguna Congregación, ninguna comunidad, pueden ellas solas hacer frente a todos los desafíos de las pobrezas y de las miserias y poseer todas las competencias necesarias para afrontarlas. Sin poner en tela de juicio las respuestas dadas por «nuestras» obras, creo que el servicio a los pobres exige hoy que entremos en una dinámica de colaboración, junto con los demás componentes de la Familia Vicenciana, siempre que sea posible, dentro del marco de organismos o de asociaciones, eclesiales o no, y con todos aquellos y aquellas que quieren ser artífices de justicia, de paz, de solidaridad con los necesitados, los enfermos, los heridos, los excluidos. Éste es un desafío para todos los vicencianos. Es también una oportunidad para que el espíritu vicentino se comparta ampliamente con todos aquellos y aquellas que se hacen solidarios de los pobres y de su combate en favor de la justicia y el reconocimiento de su dignidad.

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