Formación Permanente como fidelidad creativa

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Alfredo Becerra Vázquez, C.M. · Year of first publication: 2005 · Source: Vincentiana, Marzo-Abril 2005.
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1. Introducción

La Formación Permanente1 (FP) y la fidelidad al carisma vicen­tino constituyen «los pilares» de la renovación espiritual y apostólica de la Congregación.

Nuestras Constituciones hablan al respecto: «… Presten, además, los misioneros ayuda espiritual a los sacerdotes, favoreciendo su for­mación continua y fomentando el estudio pastoral. Susciten en ellos el deseo de cumplir la opción de la Iglesia en favor de los pobres…» (C 15); «La formación de los nuestros ha se prolongarse y renovarse todo el tiempo de la vida» (C 81).

La FP ayudar a saber responder a las exigencias de nuestra misión y los desafíos del mundo actual. Dios se sirve de nosotros como instrumentos aptos y eficaces para responder a los cambios rápidos y profundos del mundo que nos obliga a reflexionar tanto sobre él como sobre nosotros para poder conocer en qué cosas debe­mos modificarnos y modificar nuestros conocimientos, actitudes y métodos de nuestra acción pastoral y misionera para estar a la altura de nuestra vocación, regalo de Dios. No se trata únicamente de un perfeccionamiento teórico, académico o práctico a modo de reciclaje intelectual o profesional, sino de algo mucho más profundo y extenso, pues la formación permanente radica en lo más hondo del espíritu que desea adaptarse lo más posible y en todo lo posible a las circunstancias presentes y a prever, en cuanto cabe, el mismo porvenir. La FP implica una dedicación y esfuerzo constantes de renovación espiritual, inte­lectual, práctica y operacional que nos permite captar y responder a las nuevas realidades de un mundo en continua mutación, y transmi­tir la palabra de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo; se trata de una dimensión integrante del proceso de «continua conver­sión» muy coherente con nuestra identidad vicentina.

2. La formación permanente como exigencia de nuestra fidelidad creativa

Desde que el Concilio Vaticano II señaló nuevos caminos para la formación sacerdotal y religiosa, el concepto de la formación en general y de la formación permanente han evolucionado a partir de las diversas experiencias formativas que el mismo Concilio impulsó.2 Esta evolución y diferente comprensión de la formación se han visto reflejadas en la Congregación, pensemos en los documentos de for­mación inicial.

La carta de la Asamblea General de 1992 a los cohermanos afirma lo siguiente: «La renovación de las Comunidades exige también una formación integral, inicial y permanente, de sus miembros, guiada por el principio de ‘seguir a Cristo, evangelizador de los pobres’. De esta forma: trataremos de elaborar un programa dinámico de formación integral, en el que cada misionero sea responsable de su propia forma­ción para la misión; se preparan cuidadosamente verdaderos animado­res de comunidades vicentinas».3

La formación nunca termina e implica todas las dimensiones y etapas de la persona, y da prioridad a la vida en el Espíritu como el aspecto que estructura y da sentido a los demás.4 En la «pequeña Compañía» se distinguen dos etapas: la formación inicial y la perma­nente o continua. Esta no es un remedio de posibles fallas de la for­mación inicial, ni tampoco su complemento, perfeccionamiento o adaptación. Al contrario, la formación primera debe ordenarse a la for­mación continua,5 como preparación a una vida de formación per­manente, aunque aquélla tiene una autonomía relativa y sus propios requisitos por ser una etapa de probación y el período de iniciación a la vida religiosa. La formación inicial es la primera etapa de una vida de formación continua, y ha de propiciar el gusto y la curiosidad intelectual y la adquisición de actitudes y habilidades que favorezcan el discernimiento apostólico y la capacitación y adaptación constante a los continuos cambios, y crecer junto con ellos.

La vida humana es por su propia naturaleza continuidad y cam­bio, y cuando estos se conjugan armoniosamente garantizan la ma­duración y desarrollo de la persona. La formación permanente capa­cita a las personas a vivir el cambio en la continuidad y la continui­dad en el cambio. Esta dinámica vital queda expresada en la palabra «fidelidad» que implica la adhesión constante a valores perennes y su apropiación y encarnación en las diversas circunstancias y etapas de la vida. De esta forma se crece y madura, se va construyendo la vida humana, como un proceso progresivo de crecimiento cualitativo, como un perfeccionamiento que supone inventiva y creatividad.6 La formación permanente entendida de esta manera ayuda a integrar la creatividad en la fidelidad, ya que nuestra vocación conlleva un cre­cimiento dinámico y una fidelidad a las llamadas del Señor discerni­das en los signos de los tiempos. De esto depende la calidad de nuestro servicio apostólico. Se trata de una fidelidad y un dinamismo que ha de llevar a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de los fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy, a realizar lo que San Vicente haría hoy, en fidelidad al Espíritu para responder a las exigencias apostólicas de nuestro tiempo.

3. Fundamento y aspectos integrantes de la Formación Permanente

a) Fundamento de la Formación Permanente

La necesidad de la formación permanente es una exigencia de la misma vocación religiosa y apostólica, ya que necesitamos reavivar continuamente el don recibido, mantenerlo siempre encendido y tener fresca la novedad permanente del don de Dios.7 El seguimiento de Cristo conlleva un dinamismo que requiere ser alimentado y reno­vado incesantemente y su llamado a seguirlo se repite en cada momento, y nos pide un esfuerzo constante para revestirnos progre­sivamente de sus sentimientos hacia el Padre, ya que por nuestro ser de pecadores jamás podremos suponer que hemos realizado total­mente la gestación de aquel hombre nuevo que experimentamos den­tro de nosotros ni que poseemos en todas las circunstancias de nuestra vida los mismos sentimientos de Cristo.8 Desde esta perspec­tiva la formación permanente implica vivir en un proceso continuo de conversión y renovación espiritual.

Por otra parte nuestra misión es una gracia viva que recibimos y vivimos en situaciones inéditas, hemos de custodiarla, profundizarla y apropiárnosla constantemente en sintonía con la Iglesia. Esto exige de nosotros una continua renovación espiritual y apostólica. No ten­dremos nada que ofrecer a los pobres, a la sociedad y al diálogo con los demás si no estamos embebidos de la fidelidad al carisma vicen­tino, no para repetirlo mecánicamente, sino para recrearlo aquí y ahora, al servicio de los pobres, de la Iglesia y del mundo.

b) Aspectos de la Formación Permanente

¿Qué campos o aspectos debe cubrir y abarcar la formación per­manente? La FP es global: La formación «debe abarcar la persona entero, de tal modo que toda actitud y todo comportamiento mani­fiesten la plena y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes, como en las circunstancias ordinarias de la vida ordina­rio… Para que sea total, debe abarcar todos los ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de prever, por tanto, una preparación humana, espiritual y pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la integración de los diferentes aspectos».9 Reducir la FP sólo a la dimensión intelectual a través de reciclajes, años sabáticos, cursos y participación en reuniones diversas es volver a una concep­ción de formación ya superada, como se ha mencionado más arriba.

La renovación intelectual es formativa en la medida en que también maduramos y vamos creciendo en integración personal como perso­nas y como misioneros vicentinos, y nos vamos integrando al cuerpo de la Congregación, en un proceso progresivo.

Puesto que el sujeto de la FP es la persona con todas sus dimen­siones en cada etapa de la vida, el objetivo o término de la formación es la totalidad del ser humano, e incluye 5 aspectos fundamentales:10

a) La primacía la tiene la vida en el Espíritu, en la que el discerni­miento apostólico ocupa un lugar esencial. Vicente diría ser «hombres con talante interior». La formación continua se consi­gue principalmente por la constante evaluación y reflexión sobre el propio apostolado bajo la luz de la fe y con la ayudad de la comunidad apostólica. Así, la FP se sitúa en el contexto de la misión y la presenta como un aspecto integral esencial de nues­tra vida apostólica y misionera que debe ser evaluada y discer­nida por medio de la Palabra de Dios y la contemplación del mundo, en un diálogo orante con el Señor. Esto es parte de un proceso de discernimiento continuo. Y si el discernimiento es en común es mucho mejor.

b) La dimensión humana y fraterna supone un esfuerzo constante para crecer en nuestra maduración e integración personal y comunitaria. Es indispensable seguir creciendo en el autocono­cimiento personal y en la capacidad de manifestarnos y dejarnos conocer, en la autoestima, en la empatía y simpatía con quienes vivimos y compartimos la misión. Se debe dar una atención especial al conocimiento de los deseos más profundos y al creci­miento en la capacidad de manifestarlos y disponerse así a la gracia de identificarse cada vez más con los sentimientos de Cristo. Así crecerá la solidaridad comunitaria y apostólica, y la experiencia de sentido de pertenencia a la Congregación.

c) El tercer aspecto es la dimensión apostólica y misionera que en la práctica requiere la puesta al día de los objetivos y métodos apostólicos y misioneros, en fidelidad a nuestro carisma, nuestra misión y el estilo propio del misionero vicentino.

d) La dimensión intelectual, fundada en una sólida formación teo­lógica necesaria para el discernimiento personal y apostólico, nos pide una actualización constante en los diversos ministerios y obras en que se concretiza la misión actual de la Congregación y la misión concreta que cada uno ha recibido.

e) Es la dimensión de nuestro carisma vicentino. Esto requiere estudio, reflexión, interiorización de toda la riqueza del patrimo­nio vicentino que poseemos. El saber hacer la síntesis en nuestra vida, la aplicación de la espiritualidad y doctrina vicentina en nuestra vida diaria como hijos de San Vicente. Renovando cons­tantemente nuestra «consagración» bautismal expresados en la vivencia de nuestros votos, particularmente el de la «estabilidad». Ello exige la profundización y la vivencia del carisma vicentino inculturado, como un elemento integral y esencial de nuestra FP. Somos vicentinos con los pies bien plantados en un contexto en el cual «concretizamos» el carisma vicentino.

4. Instancias y responsables de la Formación Permanente

a) La comunidad como un lugar privilegiado de la FormaciónPermanente

Un lugar privilegiado para la formación continua es la comuni­dad apostólica, como lo expresan algunos documentos de la Iglesia.11 En ella el vicentino encuentra el impulso y apoyo necesarios. Tam­bién las obras apostólicas, las Provincias, las Conferencias de Visita­dores han de impulsar y ofrecer elementos para la FP, ya que esta es una exigencia para todos los misioneros vicentinos como para toda la Congregación. Preguntémonos si de verdad nuestras comunidades pueden y quieren impulsar y mantener la formación continua. ¿No será que el activismo que identifica todo tipo de ocupación y trabajo con la misión apostólico, la falta de sentido de pertenencia, el aisla­miento, el individualismo y el subjetivismo reinante en varias de nue­stras comunidades con los obstáculos mayores para la formación per­manente, que no es una actividad meramente individual y eventual?

Somos una comunidad para la misión. Muchas veces hemos experimentado que somos fecundos, apostólicamente hablando, en la medida en que nos sentimos parte de una comunidad viva, de una Provincia con ilusiones, de una Congregación que asume los desafíos que las nuevas pobrezas le presentan. En ellas (comunidad, Provincia y Congregación), sus miembros, encuentran espacios para la comuni­cación fraterna, para la reflexión y oración. Una comunidad, una Pro­vincia y una Congregación en la que por la comunicación personal y espiritual, crezca la corresponsabilidad de unos por otros y la ayuda mutua para descubrir la voluntad de nuestro modo de proceder.12

Una comunidad así se convierte en un lugar de formación por exce­lencia para la profundización y apropiación de nuestro carisma y misión,13 donde «las grandes orientaciones apostólicas se hacen opera­tivas, gracias a la paciente y tenaz meditación cotidiana… y donde día a día somos ayudados a responder como personas consagradas que par­ticipamos de un mismo carisma, a las necesidades de los últimos y a los desafíos de la nueva sociedad».14

Crear una «comunidad apostólica» es exigencia de nuestra mi­sión y forma parte integral de ella, ya que la comunidad es en sí misma misionera, anuncio y proclamación de Dios por medio del amor fraterno y testimonio de comunión, y porque a través se con­cretiza la misión universal de la Congregación y se hace posible su realización. Hemos de convencernos que nuestra misión y sus prio­ridades apostólicas tal como han sido indicadas en la última Asam­blea General y, poco a poco, se van concretizando a nivel Provincial, resultarán vanas si la comunidad local no lo traduce en un proyecto comunitario. Proyecto que no se reduce a señalar algunas actividades comunitarias mínimas en el horario y calendario de la comunidad, sino que favorece un proceso de apropiación de los valores de nues­tro ser vicentino, de discernimiento misionero comunitario y asegura espacios para la formación permanente.

b) Responsables de la Formación Permanente

La Congregación de la Misión desde hace varias Asambleas Generales ha venido manifestando su preocupación por ofrecer y garantizar la FP a los misioneros. Ha venido impulsado dos instan­cias a nivel congregacional: el Centro Internacional de Formación en París15 y el Secretariado Internacional de Estudios Vicentinos.16

A nivel Provincial el responsable de la FP es el Visitador, así lo afirma nuestros Estatutos: «Con la ayuda de la Comisión de Forma­ción cada una de las Provincias procure organizar y fomentar la for­mación permanente tanto comunitaria como individual» (E 42).

El superior local es el responsable de promover la formación per­manente en la comunidad y en cada uno de sus miembros, especial­mente con el testimonio de su dedicación a la propia formación.17 Ha de impulsar la elaboración, realización y evaluación del proyecto comunitario que ha de incluir la formación permanente como un ele­mento esencial.

Hay que tener en cuenta también que antes de cada superior, cada misionero vicentino es el responsable de su propia formación continua y que de nada sirve un proyecto comunitario o un pro­grama de la Comisión Provincial si la persona misma no está con­vencida de la necesidad que tiene de ella.18 El futuro de muchos ministerios dependerá, posiblemente, no tanto del número de misio­neros, sino del grado de preparación, de audacia apostólica para enfrentar los desafíos de una cultura que cambia, de la participación de los laicos vicentinos en nuestras obras, servicios y apostolados. Será pues necesario que cada misionero vicentino en su proyecto personal de vida defina sus prioridades entre las cuales debe ocupar un lugar importante la formación permanente.

El Superior General y su Consejo tiene también un papel deci­sivo, pues ellos son los responsables de aplicar las conclusiones, com­promisos y decisiones que las Asambleas Generales dicen en torno de la formación permanente.19 De esta manera, cuando realicen las visitas canónicas deben preguntar a cada misionero cómo realiza su formación permanente, y verificar si la comunidad y la Provincia la propicia, la propicia, la favorece.

Podría ser conveniente que a nivel de Conferencias de Visitado­res se delegue en una persona o en una comisión la formación per­manente. Existen organismos en la Congregación que pueden impul­sar, más decididamente, la formación permanente en los distintos continentes,20 regiones o países.21 Sin duda que en las diversas Pro­vincias existe un fuerte compromiso por favorecer la formación misionera de sus miembros pero posiblemente es necesario promover más la colaboración interprovincial en este campo.

5. Recursos y etapas de la Formación Permannente

a) Recursos de la Formación Permanente

La formación permanente implica un esfuerzo de mayor cohe­rencia con las exigencias de nuestra misión actual, que nos permite hacer mejor lo que ya hacemos y ser más creativos y audaces apos­tólicamente. Por eso los medios propios de nuestro modo de proce­der son los más adecuados para vivir en fidelidad creativa, ir en fidelidad creativa.22

La formación continua implica una dedicación asidua a la lec­tura y profundización de nuestro carisma vicentinos y en la reflexión teológico-pastoral y bíblica. Esto requiere de tiempos especiales de capacitación y «aggiornamento» profesional e intelectual. El estudio personal y la reflexión compartida en comunidad deben ser parte integrante de nuestra vida como misioneros vicentinos. En ocasión de cambios de ministerio es conveniente una actualización en torno del nuevo ministerio al cual se ha sido asignado. Esto es tiempo de renovación y capacitación. Es invertir para dar un mejor servicio a los pobres. La Guía práctica del Visitador dice al respecto: «Sin per­juicio de la creatividad en la búsqueda de medios eficaces para la for­mación permanente, se ofrecen, a modo de ejemplo, algunos medios, sin pretender que la enumeración sea exhaustiva: cursos profesionales, días de formación para la Provincia, Semanas o Cursillos de Estudios a distintos niveles, una biblioteca provincial que facilite los estudios de pastoral y estudios vicencianos, adquisición de revistas y fomento de su lectura y, en general, poner a disposición de los miembros de la Provin­cia todos los medios que les ayuden a actualizar su formación».23

Hay, sin duda, diversas actividades, eventos y programas de for­mación permanente en el ámbito Provincial, regional o Congregacio­nal que constituyen medios muy adecuados de formación perma­nente. Si de verdad queremos ofrecer un servicio «cualificado» a los pobres, necesitamos invertir en la formación permanente.

b) Etapas de la Formación Permanente

La formación se refiere a toda la vida y abarca diversas etapas o «ciclos vitales» a través de los cuales la persona va creciendo y reali­zando su actividad. «Hay una juventud de espíritu que permanece en el tiempo y que tiene que ver con el hecho de que el individuo busca y encuentra en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser y servir y de amar».24 La formación permanente debe tener en cuenta estas etapas con las oportunidades y desafíos que presentan y adaptarse a ellas.25

El período que se refiere a los primeros años después de la orde­nación sacerdotal o de la formación inicial, más o menos está aten­dido en las diversas Provincias.

En la «fase de la edad madura» que se suele situar entre los 45 y 65 años, es posible que junto con el crecimiento personal, se presente una tendencia fuerte al individualismo, acompañado en ocasiones del temor de no estar adaptado a los tiempos y la sensación de cierta rutina, cansancio y frustración por no haber alcanzado las metas pre­vistas durante los años de juventud. Por esto la formación perma­nente se debe centrar en una más profunda experiencia espiritual que permita recuperar la historia personal a la luz de Dios y ver el presente como un momento de gracia y esperanza en que en los años posteriores todo será posible con la fuerza que viene de Dios. Es muy probable también que las dificultades comunitarias y apostólicas vivi­das hagan sentir la necesidad de una mayor profundización y apro­piación de los valores de nuestro modo de proceder, para una «segun­da conversión» y un nuevo impulso apostólico, junto con la purifica­ción de algunos aspectos de la personalidad, y así poderse ofrecer a Dios con mayor pureza y generosidad.26 Es un período muy ade­cuado para interrumpir el trabajo y tomar un tiempo sabático que incluya un reciclaje académico y pastoral, como preparación a la misión concreta en los siguientes años. Cuando se acerca la edad del retiro es muy conveniente una preparación humana y espiritual para asumir con alegría y sentido esta etapa de la vida y aceptar la dismi­nución de la actividad. Algunas experiencias de trabajo en un campo apostólico diferente puede también ayudar a encontrar un aposto­lado adecuado a esta edad.

La atención a los ancianos y enfermos tiene una parte relevante en la vida de la Congregación. Además del cariño y agradecimiento que sentimos y expresamos a nuestros hermanos que se han desgas­tado en el servicio del Señor, en la persona de los pobres, y de la Congregación en la Iglesia, les decimos que también el atardecer y el anochecer de la vida tienen una misión y por lo mismo es necesario vivir esta etapa en actitud de formación continua. Ellos son una ben­dición para nuestras casas y Provincias.27 Es muy de desear que los misioneros vicentinos ancianos permanezcan en una comunidad apostólica mientras no necesiten una ayuda extraordinaria, y que tengan una ocupación adecuada a su situación personal, para expe­rimentar en esta etapa de su vida, lo que dice el salmista hablando del justo y compararlo con el cedro del Líbano:… en la vejez segui­rá dando fruto y estará lozano y frondoso, proclamando que el Señor es recto.28

6. Conclusión

Se concluye esta reflexión con una síntesis que recoge los aspec­tos más prácticos para realizar la formación permanente. Todos deben asumir su responsabilidad con sinceridad y generosidad, pues la calidad de nuestro apostolado, la existencia de muchas de nuestras obras apostólicas y el futuro de nuestro servicio a la Iglesia dependen en gran parte de nuestra formación permanente. Cada misionero vicentino se debe preguntar de qué forma está usando los talentos que Dios le dio y cómo se prepara para ser instrumento apto en sus manos. La respuesta debe quedar claramente expresada en su pro­yecto personal de vida que ha de discernir con su superior local. Así mismo cada comunidad ha de elaborar un proyecto que incluya la formación permanente como un aspecto esencial, aprobado por el Provincial. Se han de aprovechar mejor de los medios ofrecidos por nuestra Congregación como la dirección espiritual, la vida sacramen­tal y la oración; el discernimiento apostólico comunitario apoyado en una constante renovación y capacitación apostólica y pastoral a tra­vés del estudio y reflexión personal asiduos, tiempos sabáticos debi­damente planeados y organizados, y la participación en diversas reuniones en el nivel de las Provincias, Regiones y Congregacional. Estas reuniones han de incluir siempre un aspecto de estudio y reflexión sobre algún tema que capacite más y mejor para la misión apostólica.

La formación inicial de los nuestros ha de capacitar a los misio­neros vicentinos para vivir siempre en formación. Es necesario garantizar una formación permanente integral en fidelidad creativa a la misión que Dios le ha confiado a la «pequeña» Compañía.29

  1. En los documentos de la Congregación y de la Iglesia se usan las expre­siones «formación continua» y «formación permanente» casi con el mismo sig­nificado. Otros hacen una distinción que puede ser útil: prefieren usar la expresión «formación continúa» para referirse a la formación como un pro­ceso incesante y progresivo de integración persona y apostólica, y «formación permanente» cuando se habla de períodos intensivos de formación que se rea­lizan algunas veces en la vida y fuera de la propia comunidad, como serían los tiempos sabáticos, reciclajes, cursos, talleres, y la participación en diversas reuniones.
  2. Cf. Perfectae Caritatis (PC), 18 y Optatam Totius (OT), 22. El concepto de educación y formación en el campo civil ha evolucionado de un modelo escolástico y profesional que reducía la educación o formación preponderan­temente al ámbito profesional y técnico y que se realizaba una vez en la vida, a otro modelo que considera todos los aspectos de la persona y su desarrollo global. En el campo eclesial se ha pasado de un concepto de formación que insistía también fundamentalmente en lo académico y que se daba en los pri­meros años de seminario o vida religiosa, a un modelo de formación centrado en toda la persona y que se desarrolla a lo largo de toda la vida, cf. PC, 18. Después del Vaticano II, los diversos documentos sobre la formación sacerdo­tal y de la vida religiosa y consagrada insisten y desarrollan este concepto integral, global y continuo de formación.
  3. XXXVIIIa. Asamblea General de la Congregación de la Misión (Roma, julio 1992). Carta a los cohermanos. Comunidades renovadas, No. 4, en Vin­centiana (1992), 387-388.
  4. Este concepto de formación aparece expresado con claridad en los diversos documentos de la Iglesia sobre la formación en la Vida Consa­grada, cf. Elementos esenciales de la Vida Religiosa. Aplicados a los Institutos Consagrados al Apostolado, 46: OT, 22; Normas fundamentales para la forma­ción sacerdotal, 100; La Vida Consagrada (VC), 65.
  5. En la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis (PDV), el Papa Juan Pablo II afirma que la formación permanente es la continuación natural y necesaria del proceso de estructuración de la persona iniciada en la forma­ción inicial… desde la formación inicial hay que preparar la formación per­manente motivando y asegurando las condiciones de su realización. Cf. 71.
  6. El Papa habla de la fidelidad creativa y dinámica en la Vita Consecrata (VC), 37.
  7. Cf. 2 Tim 1,6; Potissimus Institutioni (PI), 67; PDV, 7.
  8. Cf. VC, 65 y 69. Con relación a los sacerdotes, el Papa afirma que la formación permanente encuentra su propio fundamento y razón de ser en el dinamismo del sacramento del Orden (PDV, 70).
  9. VC, 65.
  10. Cf. VC, 71. El Papa Juan Pablo II en su carta Postsinodal La vida con­sagrada, al proponer estas cinco dimensiones de la PF, continúa y concretiza las orientaciones ya contenidas en algunos documentos de la Iglesia, sobre la formación de los religiosos, en especial Directivas sobre la formación en los Institutos Religiosos (PI) y La vida afectiva en comunidad (VFC).
  11. La comunidad religiosa es la sede y el ambiente natural del proceso de crecimiento de todos, donde cada uno se hace corresponsable del crecimiento del otro. VFC, 43; cf. también VC, 67 y PI, 27.
  12. Cf. CVC, 43.
  13. La Unión de Superiores Generales en su documento para el Sínodo de los Obispos sobre la Vida Consagrada, afirma que va surgiendo un nuevo modelo de comunidad apostólica donde se valoran más las relaciones inter­personales y que «el tipo de comunidad tradicional, basado prevalentemente en la observancia regular y la estructura, está dando paso a una vida de fra­ternidad más profunda… Se ha redescubierto la dimensión misionera de la comunidad… con un nuevo estilo de animación espiritual y de autoridad y con mayor responsabilidad, que favorecen una nueva espiritualidad y un nuevo sentido apostólico». Carismas en la Iglesia para el mundo, Documento Final, no. 2.2.
  14. VFC, 43.
  15. Para conocer la génesis del Programa, cf. JOHN RYBOLT, Centro Interna­cional de Formación: San Vicente de Paúl, en Vincentiana (1996), 390-396; sus estatutos y programa, cf. JOHN RYBOLT, Centro Internacional de Formación: San Vicente de Paúl, en Vincentiana (2000), 148-151; un informe de activida­des, cf. JOHN RYBOLT, Informe sobre el Centro de Formación: San Vicente de Paúl-CIF, en Vincentiana (2002), 235-240.
  16. Cf. ROBERT P. MALONEY, Secretariado Internacional de Estudios Vincen­cianos (SIEV), en Vincentiana (2000), 142-144.
  17. La Constitución manda que «Cada comunidad se esforzará por elaborar su proyecto común según las Constituciones, Estatutos y Normas Provinciales» (C 27). Este proyecto se tendrá presente en la ordenación de la vida y del trabajo, en la celebración de los consejos, y en la evaluación periódica de nuestra vida y actividad. Esta disposición constitucional esta completada con el Estatuto que dice: «El proyecto comunitario que cada comunidad confeccio­nará en cuanto es factible, al comienzo del año de trabajo, ha de abarcar: la actividad apostólica, la oración, el uso de los bienes, el testimonio cristiano en el lugar de trabajo, la formación permanente, los tiempos de reflexión comunitaria, el tiempo necesario de esparcimiento, de estudio y el orden del día. Todo esto se revisará periódicamente» (E 16).
  18. «En cierto modo, es precisamente cada sacerdote el primer responsable en la Iglesia de la formación permanente; pues, sobre cada uno recae el deber — derivado del Sacramento del Orden, de ser fiel al don de Dios y al dinamismo de conversión diaria que nace del mismo don. Los reglamentos o normas de la autoridad eclesial al respecto, como también el mismo ejemplo de los demás sacerdotes, no bastan para hacer apetecible la formación permanente si el indi­viduo no está personalmente convencido de su necesidad y decidido a valorar sus ocasiones, tiempos y formas» (PDV, 79).
  19. Cf. ROBERT P. MALONEY, Carta a los Visitadores de la Congregación de la Misión (12 de junio de 1999), en Vincentiana (1999), 391-393.
  20. Conferencia de Visitadores de Asía-Pacífico (APVC); Conferencia Eu­ropa de Visitadores de la Misión (CEVIM); Conferencia Latinoamericana de Provincias Vicentinas (CLAPVI); Conferencia de los Visitadores de África y de Madagascar (COVIAM) y la Conferencia Nacional de Visitadores de los Esta­dos Unidos (NCV).
  21. Comisión de Estudios Vicentinos de Colombia (CEVCO); Centro de Animación Vicentina (CAVI) en Perú; Centro de Animación Vicentina y Misio­nera (CAVIM) en Chile; Instituto de Estudios Vicentinos (VSI) en Estados Unidos; Grupo de Europa Central para los Estudios Vicentinos (MEGVIS); Grupo de Animación Vicentina (GAV) en Italia; Semanas de Estudios Vicen­cianos en Salamanca (España); Grupo de Investigación y de Animación Vicen­ciana (GRAV) en Francia; Secretariado Internacional de Estudios Vicentinos (SIEV), Centro Internacional de Formación (CIF) en París. Recomendamos el artículo de EMERIC A. D’INVILLE, Organismos de Estudios y de Animación Vicen­tina, en Vincentiana (2000), 130-141.
  22. Podríamos decir que entre los medios sencillos y accesibles para nues­tra fidelidad creativa tenemos: la Eucaristía diaria, la oración personal y comunitaria, el sacramento de la reconciliación, la dirección espiritual, los retiros mensuales, las reuniones de estudio, el apostolado, la misión, etc. Todos ellos nos impulsan a una creciente creatividad en la fidelidad, y han de tener un lugar privilegiado en el proyecto personal y comentario. Pregunté­monos si en verdad aprovechamos como debemos estos medios sencillos y ordinarios de formación continua propios de nuestra vida comunitaria y qué debemos hacer para servirnos mejor de ellos.
  23. CURIA GENERAL, Guía práctica del Visitador, Roma 1998, no. 106.
  24. VC 70.
  25. El Papa distingue las siguientes fases o ciclos vitales. 1) los primeros años de plena inserción en la actividad apostólica; 2) la fase sucesiva, que puede presentar el riesgo del cansancio, la rutina y la frustración por los pocos resultados alcanzados; 3) la edad adulta, con el peligro del individua­lismo, la rigidez, la cerrazón y el temor a no estar adecuado a los tiempos; 4) la edad avanzada, caracterizada por la declinación de las fuerzas físicas y psíquicas y el retiro paulatino de la actividad, y 5) el momento de unirse a la hora suprema de la pasión del Señor. El Papa también habla de los momentos de crisis, cuando la fidelidad se hace más difícil, y afirma la necesidad del Superior y la ayuda cualificada de un hermano. Estos momentos de prueba «se revelarán como un instrumento providencial de formación en las manos del Padre, como lucha no sólo psicológica entablada por el yo en la relación consigo mismo y sus debilidades, sino también religiosa, marcada cada día por la presencia de Dios y por la fuerza poderosa de la cruz» cf. VC 70.
  26. Cf. VC 70.
  27. «Los misioneros enfermos, los delicados de salud y los ancianos nos serán entrañablemente queridos y estimaremos su presencia como una bendición para nuestras casas. Por eso, además de procurarles los cuidados médicos y aliviarles en su vida, les reservaremos una participación adecuada en la vida familia y en nuestros apostolado» (C 26, 1).
  28. Cf. Salmo 92,15. En la «tercera edad» es todavía posible organizar algu­nos encuentros de apoyo espiritual adoptados al ritmo de vida humano y apostólico, que puedan ayudar a los ancianos y enfermos a seguir activos en la medida de sus fuerzas y para apoyarles en sus dificultades y acompañarles a no caer en la tentación del desinterés, de la apatía y del aislamiento.
  29. Estamos invitados a renovar la FP en la Congregación. Hemos iniciado una breve encuesta para conocer como nuestra realidad al respecto, daremos a conocer los resultados en su momento y ello nos estimulará para renovarla.

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