Formación humana y cristiana de Luisa de Marillac (X)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA ORIENTACIÓN DE FRANCISCO DE SALES

La influencia de Francisco de Sales en la formación cristiana de Luisa de Marillac es muy grande. Luisa habla en varias ocasiones con Francisco de Sales, lee y medita sus obras, y tiene por director espiritual a un discípulo suyo, Juan Pedro Camus. También Vicente de Paúl es amigo, admirador y, puede decirse, discípulo de Francisco de Sales.

Francisco de Sales (1567-1622) marca una orientación en la vida espiritual significativamente distante de la «escuela abstracta» y llamada a dar importantes frutos en la espiritualidad francesa y en la espiritualidad cristiana, en general. Llevado de una preocupación pastoral, quiere llevar la perfección cristiana a todos los estados de la vida: la perfección no es patrimonio exclusivo de los monasterios, los caminos de la perfección cris­tiana están abiertos también a los cristianos que viven en el mundo. El hombre, allí donde está, puede ser un «devoto».

La intuición espiritual fundamental de Francisco de Sales es que Dios es Amor. Él ha creado nuestro corazón a su imagen y semejanza. Si nosotros queremos vivir espiritualmente, tenemos que vivir, necesariamente, en el amor. Es preciso que todo en noso­tros sea de amor, por amor, para el amor. Como consecuencia, la relación entre Dios y el hombre es esencialmente una relación de amor. Todo hombre experimenta en su corazón un movimiento que le empuja hacia Dios.

Siguiendo la propuesta de Francisco de Sales, toda la vida espiritual se va a desenvolver en un diálogo permanente entre Dios y el hombre. La devoción no es sino una especie de agili­dad, disponibilidad total, al servicio de Dios; la caridad rápida y jubilosa al servicio de Dios. La devoción es la llama del fuego de la caridad.

Nosotros somos atraídos a Dios por la inspiración que se infunde en nuestro corazón. «Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae». Nuestra libertad no responde sino a precio de un sacrifi­cio. La devoción es precisamente una disponibilidad sacrificial Lara vivir en plenitud la vida de caridad. De ahí la gran impor­tancia que da Francisco de Sales a los ejercicios espirituales, prácticas, cuyo centro es la Eucaristía.

El santo obispo de Ginebra (expresión querida a san Vicente de Paúl y a santa Luisa de Marillac) desarrolla una concepción de la mística cristiana muy equilibrada y centrada en torno al amor al prójimo, junto con una visión optimista de las posibili­dades naturales del ser humano.

Luisa de Marillac, asidua lectora de las obras de Francisco de Sales, particularmente de La Introducción a la vida devota y de El Tratado del Amor de Dios, ha tenido oportunidad de dialogar en persona con él en ocasión de sus prolongadas estancias en París. Parece que el mismo Obispo de Ginebra visitó a Luisa en su casa en 1619. La experiencia decisiva de la Luz de 1623 es considerada por Luisa como gracia recibida «del Bienaventura­do Monseñor de Ginebra, por haber deseado mucho, antes de su muerte, comunicarle esta aflicción y, por haber sentido después gran devoción y recibido por su medio muchos favores…».

  1. LA ORIENTACIÓN DE VICENTE DE PAÚL

El encuentro de Luisa de Marillac con Vicente de Paúl resultará decisivo, a pesar de las mutuas reticencias iniciales. Sea que Juan Pedro Camus se lo presentara, sea que hubiera oído hablar de él a las Hijas de la Visitación, el encuentro de Vicente de Paúl con Luisa de Marillac tiene, en ferviente exclamación de Jean Calvet, «una repercusión incalculable, ya que determinó una revolución en el ejercicio de la caridad a cargo de las muje­res, y asoció para siempre la vida de perfección del claustro con la vida activa al aire libre y a todo viento; comprometió para siempre a la opinión pública, primero en Francia y después en el mundo entero, a prestar atención a los desgraciados, dando nacimiento a las instituciones sociales modernas. Hay un hecho incuestionable. El mundo de hoy tan cruel en sus comportamien­tos, no se atreve a desdeñar al pobre, y hace profesión abierta de honrar la dignidad humana en los más desgraciados y débiles. Es sencillamente la doctrina de Cristo en acción y, en nuestra época, la consecuencia de las obras vicencianas, que son lo que son porque Luisa de Marillac intervino en ellas».

Vicente de Paúl (1580-1660), respetuoso con el camino espiritual realizado por Luisa hasta el momento en que comien­zan a tratarse (final del año 1624 o inicio de 1625), va a orientar­la insistiendo fundamentalmente en estos acentos:

  1. a) El «místico de la acción», como se ha llamado a Vicente de Paúl70, guiado por Dios a través de los acontecimientos, particularmente en el encuentro con los pobres en las experiencias de Folleville y Chátillon del año 1617, ha lle­gado a concentrar en Jesucristo en los pobres // los pobres en Jesucristo toda la vida espiritual: es en los pobres donde descubre a Jesucristo y su misión evangelizadora: «me ha enviado a evangelizar a los pobres»71; Jesucristo, que ha venido a evangelizar a los pobres, como misione­ro del Padre, nos llama a continuar su misión y «hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra»: evangelizar, es decir, «hacer y enseñar» la Buena Nueva, atender corporal y espiritualmente a los pobres, sin separar ya vida espiri­tual de vida de caridad, amor a Dios y amor al prójimo (efectivo, y no sólo afectivo).

Desde esta orientación de Vicente de Paúl, también para Luisa de Marillac llegarán a ser los pobres, los miembros preferidos de Jesucristo, sus amos y maestros, en los que quiere ser servido. Y la colaboración de Vicente y de Luisa hará posible una nueva forma de entender el seguimien­to de Cristo, la vida cristiana, además del más genial des­pliegue de fuerzas al servicio de la caridad.

  1. b) Conocedor de la espiritualidad de su tiempo, orientado por Pedro de Bérulle, Antonio Duval, pero sobre todo por san Francisco de Sales, Vicente de Paúl anima a Luisa de Marillac a descubrir la Providencia de Dios y su presencia y acción en la historia y, consecuentemente, a vivir en confianza, con alegría:

«Consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quiera. Y pues es su gusto que nos conserve­mos en la santa alegría de su amor, conservémonos siempre en la santa alegría de su amor…». «Le ruego esté siempre alegre, aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza».

Esta serena confianza le permitirá igualmente mode­rar su afecto y proceder en todo con una delicada suavidad.

Juan Corpus Delgado

CEME, 2010

 

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