Nadie tiene mayor amor que éste de dar la vida por sus amigos». Este «absoluto» es el que viven las Hijas de la Caridad consumiéndose totalmente por Dios en el servicio a los Pobres, sus hermanos. Ahora bien, lo que da sentido y razón de ser a toda sociedad es su «finalidad», y por lo tanto, lo que aquí está en juego es nuestra respuesta al designio de Dios sobre nosotros, como tantas veces lo repitieron los Fundadores.
A. Recordemos
Es tan evidente —así lo espero, al menos— que bastará con recordar sencillamente lo que tan de sobra sabemos para reavivar en nosotros la «pasión por el pobre» y el sentido profundo, a la vez que muy concreto, del «servicio».
1. La «pasión» por los Pobres
En Fe y Amor, tenemos que ir sin cesar de Jesucristo a los Pobres y de éstos a Jesucristo.
• Nuestros «señores»
Si los Pobres son nuestros «señores» es porque en ellos encontramos al Señor. Al servir a los Pobres, se sirve a Jesucristo, se le encuentra operante en su corazón y en su vida, por el Espíritu, del que, en cierto modo, llegamos a ser como los «reveladores», los cooperadores. Anunciar a los Pobres la Buena Noticia y ver cómo fructifica en ellos poco a poco (o, a veces, de manera asombrosa), es el signo mesiánico por excelencia.
Así, pues, nuestra vocación es de una actualidad impresionante en un mundo y en una Iglesia que quieren dar la prioridad a los pobres; de una «actualidad» impresionante en el mejor sentido de la palabra: es toda nuestra vida la que está consagrada a su servicio, en nombre del Evangelio.
• Nuestros «maestros»
Pero los Pobres son también nuestros «maestros». Según la paradoja de las Bienaventuranzas, el más pequeño se convierte en el más grande. Y de nuevo encontramos aquí a Jesucristo que, a través de ellos, a través de sus sufrimientos y angustias e igualmente a través de sus alegrías y esperanzas, prosigue su «pasión» (vemos ahora la fuerza que tiene esta palabra que hemos empleado: la «pasión» por los Pobres), y continúa «enseñándonos», evangelizándonos. Es una dura escuela, la del Servicio a los Pobres, y en ella tenemos mucho que aprender. Los Pobres, impulsan a los corazones a que se revelen en su verdad, a que se abran a perspectivas hasta entonces insospechadas… Esto nos lleva a profundizar en el «servicio».
2. El «Servicio»
• El designio de Dios sobre nosotros
En el Servicio, precisamente, hallamos el «designio de Dios» sobre nosotros. «Servir a Dios» es, para todo cristiano, hacer de su vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida. Pero hay múltiples maneras de vivir ese compromiso bautismal. Esta noción sublime de «servir a Dios» va a plasmarse para la Hija de la Caridad en el servicio corporal y espiritual a sus hermanos los más desprovistos, los más abandonados. Por lo demás, «servicio corporal» y «servicio espiritual» van a ser para ella una misma cosa, ya que entiende dirigirse siempre a la persona como tal.
• «Evangelizadores»
Esa «persona» es a la que Dios ama infinitamente, a la que llama a participar en su propia vida divina, y eso será lo primero que habrá que enseñarle, que habrá que revelarle. Dicho en otros términos: somos esencialmente «evangelizadores». Las motivaciones que nos animan, la finalidad que perseguimos, no son sólo de orden humano, por importante que sea este aspecto. Acabamos de decirlo: es a la persona toda, en su integridad y unidad, a la que Dios salva en Jesucristo. Lo que nos impulsa no es, pues, sólo de orden humano, sino del orden de la Fe. Este eje evangélico y evangelizador lo atraviesa todo, comunica dinamismo a todo.
Y aquí radica el problema central: ¿Cómo librarnos de dar a los pobres un corazón de ricos (si es que no lo tienen ya en el contexto actual de nuestros países, con su ambiente materialista)?… ¿Cómo ayudarles a que se eleven espiritualmente, a la vez que suben su nivel de vida, sus recursos humanos, bajo todos los aspectos? Esto nos hace ver hasta qué punto hemos de tener nosotros mismos un «corazón de pobre» según el Evangelio. Como ya lo hemos dicho al hablar del espíritu, no hay testimonio más importante: desprendimiento completo, oblatividad total. Y con esto entramos a hablar de las
B. Consecuencias
1. Preocupación por la promoción
Antes de abordar las distinciones, permítanme que recuerde que se trata de una promoción total del Pobre, individual y colectivamente. Ya saben la importancia que esta última dimensión ha adquirido en el mundo de hoy.
Pero, precisamente, la persona es a la vez un ser individual, con sus características propias, y un ser de comunicabilidad, de comunión. Ambos aspectos son absolutamente inseparables, y normalmente se enriquecen uno al otro en su desarrollo.
Por otra parte, la palabra «promoción» quiere acentuar el hecho de dar a la persona la posibilidad de desarrollarse todo lo posible por sí misma. También en este aspecto es necesario cuidar de no contraponer las tareas asistenciales y las tareas propiamente promocionales. En realidad, es como una gama en la que se va ascendiendo de grado en grado hasta una autorrealización lo más completa que sea posible: hay que empezar por levantar al hombre (como ahora suele decirse, «ponerlo en pie»), con miras a que vaya dejando de ser un «asistido» pero el hombre más «autónomo» no deja de necesitar de los demás, y por eso la dimensión social —en todos los sentidos de la palabra— es siempre in-separable de la dimensión puramente individual.
• humana
No hay necesidad de demostrar la importancia capital de la promoción humana, sobre todo en el mundo de hoy. Siempre se ha dicho que lo sobrenatural no suprime la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona. Igualmente en este caso nos encontramos ante dos niveles que se interfieren normalmente.
No cabe duda que es importante distinguirlos para no caer en la confusión de un humanismo pagano ni de un «sobrenaturalismo» irreal; pero no es menor importante saberlos unir en una sana visión del hombre. De suyo, cuanto más se enriquece un ser en el plano humano: en su inteligencia, en su corazón, en su obrar, tantas más posibilidades ofrece a la gracia para florecer en él como en un terreno favorable.
En esa perspectiva debe colocarse la Hija de la Caridad.
En cambio, uno de los peligros que más podrían amenazarla con arruinar su obra de Hija de la Caridad es el del profesionalismo, sobre todo tratándose de algunas actividades que exigen especial competencia, pero que, para ella, deben convertirse —como decía Madre GUILLEMIN en vehículo de la ternura de Cristo.
• evangélica
En cuanto a la promoción propiamente evangélica, bajo cualquiera de las formas en que pueda hacerse, en sí misma o mediante las diversas tareas que puede ejercer la Hija de la Caridad, constituye, como ya lo hemos dicho, el eje esencial de nuestras vidas. Somos «misioneros», mensajeros del Evangelio, pregoneros de Jesucristo. A esto tenemos que volver siempre a través y más allá de todo lo demás. Sería el colmo frustrar a los Pobres de su verdadera Esperanza, que es Cristo: «En esto conocerán que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros». Nos encontramos de nuevo ante la necesidad de instaurar un verdadero humanismo cristiano, en el que los valores humanos y temporales encuentren su lugar y su legítima «autonomía», como decía el Concilio, pero situados en la óptica de la Fe y del designio de Dios sobre la humanidad; porque, en definitiva, es así como encuentran su plenitud de realización y de significado.
Y coincidimos con los temas que se hallan en el centro de la Teología de la Liberación.
2. Diversidad en la unidad
• Polivalencia
De siempre la Compañía ha sido «polivalente» en sus empeños y actividades. Los Fundadores consideraban esta polivalencia como algo normal ya que corresponde a la multiplicidad de llamadas de los Pobres, y dejaron la puerta abierta a otras formas de servicios que pudieran presentarse en el transcurso del tiempo. Esta diversidad en la unidad de una misma vocación y de un mismo espíritu —con tal de que se desarrolle verdaderamente dentro de esa unidad— es, pues, una riqueza que debe mantenerse, con todo lo que implica en cuanto a atención hacia los verdaderamente pobres, en cuanto a disponibilidad y a adaptabilidad, a puesta en común para un enriquecimiento mutuo, máxime en la sociedad nuestra en la que las pobrezas se multiplican, incluso con for-mas nuevas e inesperadas que reclaman como necesarias nuevas formas de servicio.
• Una toma de conciencia
Si insisto en este punto que puede parecer una evidencia, es porque la toma de conciencia del mismo no se hace con toda la unanimidad que pudiera pensarse. Existen miedos a cambiar, a afrontar lo nuevo, hay apegos excesivos a determinadas formas de servicio o a determinadas maneras de comprender ese servicio; hay tendencias a ignorarse o a re-chazarse, tanto en un sentido como en otro.
Ahora bien, no cabe duda de que no sólo las actividades pueden ser diversas en sí, sino que puede haber «tonalidades» o matices distintos al ejercerlas, máxime en un mundo tan variopinto y pluralista como el nuestro. A veces, habrá que acentuar el carácter asistencial, otras el promocional; ya, adoptar un matiz más temporal o ya se podrá ir directamente a lo espiritual; aquí será preciso acentuar el «para» de preferencia al «con», y allá se podrá insistir en el «con» (cuando baste, por ejemplo, un seguimiento), más bien que en el «para»; unas veces recaerá el esfuerzo en lo individual y no en lo colectivo; otras, en cambio, lo «colectivo» pesará más que lo «individual»… etc.
Lo esencial es que, como quiera que sea, no haya ningún exclusivismo, ninguna pretensión de monopolio, sino, al contrario, un deseo de complementariedad, dentro del mismo espíritu.
C. Insistencias
Una vez más me doy cuenta de que hay ya muchas cosas con que quedarse en lo que llevo dicho. Pero esto nos lleva a hablar más explícitamente del alcance «profético» que pueden y deben tener nuestra búsqueda de los verdaderamente pobres y nuestro esfuerzo de comunión de vida con ellos.
1. Los verdaderamente pobres, hoy
Se nos juzga por nuestros actos y nuestro comportamiento. Nuestros contemporáneos —los jóvenes sobre todo— no se llaman a engaño y, aun cuando a veces sean injustos en esos juicios que hacen de nosotros, aun cuando no tengamos que preocuparnos demasiado de ellos, hay una cuestión que se nos plantea: ¿Nos contentamos con palabras y bellas consideraciones o, por el contrario, buscamos verdaderamente los medios de responder a esas llamadas de los Pobres de hoy? ¿Intentamos, de verdad, adoptar esos medios, con audacia y prudencia?
• Revisión de obras
Y henos aquí de nuevo ante el problema de la revisión o reestructuración de las obras. No voy a repetir lo que ya se ha dicho cien veces y de lo que están ustedes persuadidas. La cuestión estriba más bien en persuadir a todas las Hermanas y, sobre todo, en inducirlas a que actúen en consecuencia.
Por eso, la primera condición es la de interesarlas en ello, explicarles el sentido que tiene, poner en juego al máximo la corresponsabilidad, hacerles percibir la necesidad de esa reestructuración… etc.
Preciso será que se tomen opciones según determinados criterios, determinadas orientaciones. Lo importante es que todo se acepte y asuma de la manera más positiva posible, más dinámica posible. No se trata de una «batalla perdida», de un «sálvese el que pueda», sino de dar una respuesta más adecuada —según nuestras posibilidades— a las llamadas de los Pobres. Siempre es doloroso dejar algunas cosas pero, de todas formas, no se ha de hacer de cualquier manera. Lo que se conserve, habrá de ser objeto de seria reflexión y, si es preciso, reestructuración. Y las nuevas inserciones, los nuevos compromisos que se adquieran, por modestos que sean, serán significativos y signos de vitalidad.
• Proyectos de vida
Todo esto ha de ir inscrito dentro de un proyecto y una programación a nivel provincial. Las Asambleas Provinciales pueden ser una ocasión para despertar el interés de las Hermanas y para provocar una nueva reflexión sobre este punto.
Como consecuencia lógica, habrán de profundizarse y revisarse los Proyectos comunitarios locales. Y en este aspecto es necesario igualmente que todas y cada una se sientan corresponsables y que se lleve a cabo en una perspectiva dinámica. Ya en su tiempo los Fundadores establecieron unas «reglas particulares», que por cierto son verdaderas joyas por la atención que dedican a la realidad, su preocupación por responder con detalle a las necesidades de cada categoría de Pobres, su inquietud porque la vida de las Hermanas se adapte a las exigencias del servicio para mejorar éste… y todo ello encuadrado en la «regla general», como ellos decían, que había que respetar y alimentarse con su espíritu.
Pues bien, nuestros proyectos comunitarios actuales, en cierto modo de manera distinta, tienen ese mismo enfoque apostólico, habida cuenta, ante todo, del contexto humano y eclesial en el que nos encontramos y lo que los pobres esperan de nosotros, con el deseo de establecer cada vez más con ellos una «comunión de vida».
2. «Comunión de vida»
• Inserción, cooperación, solidaridad
Con frecuencia tropezamos con palabras como «inserción», «cooperación», «solidaridad», etc. Son palabras que traducen ciertamente algo que buscan nuestra sociedad, la Iglesia y la Compañía, en el día de hoy.
No podemos ocultarnos que son, también, palabras que pueden encerrar una trampa (o ser «palabras-trampa»), en la medida en que den lugar a ambigüedades, como las que se denunciaron a propósito de ciertos conceptos de la Teología de la Liberación; en que den lugar a «exclusivismos» o a «absolutizaciones» en las maneras de pensar u obrar. Tenemos, pues, que tener las cosas claras en este aspecto.
En cambio, si yo suelo emplear con gusto la expresión «comunión de vida» es porque, cualesquiera sean las formas de servicio a que estemos llamadas, siempre deben implicar y traducir un deseo real de no quedarnos «al margen», «lejos» de lo que constituye la vida de los Pobres.
En su Encíclica sobre la cuestión social, Juan Pablo II insiste mucho en la solidaridad y la justicia. A nosotros nos corresponde ver cómo podemos y debemos hacerlas vida en nuestro trato con los Pobres, de tal forma que puedan sentirnos verdaderamente en comunión con ellos, en sus alegrías y sus penas, así como en sus aspiraciones legítimas por referirse a derechos indudables.
Lo mismo puede decirse de «nuestra inserción» en medio de la «masa» humana, y por supuesto como Iglesia.
• El laicado
Al hablar de cooperación, hemos de pensar en el puesto especial que debemos dar al Laicado. También Juan Pablo II, en su reciente exhortación apostólica sobre este tema, nos traza la línea de conducta. Tenemos que aprender a trabajar, cada vez más y cada vez mejor, con los seglares. La Compañía tiene una larga experiencia en este sentido, ya que nació de las Cofradías de Caridad y de su colaboración con ellas. Desgraciadamente y por diversas razones, la historia no siempre ha evolucionado de manera satisfactoria. Pero hoy, el laicado tiene un puesto bien definido y tenemos que ayudarle a ocuparlo, quedándonos nosotros en el nuestro, siendo lo que debemos ser y entablando una franca colaboración con él.
Es de notar, de manera especial, la renovación que se está operando en el laicado vicenciano, en sus diferentes formas. Espera mucho de nosotras y, por su parte, puede aportarnos mucho también.
¡Qué fuerza representará en la Iglesia y qué testimonio daremos de servicio a los Pobres si todos los que nos consideramos hijos o discípulos de San Vicente y de Santa Luisa sabemos unirnos en un mismo espíritu, dentro del respeto debido al carácter específico de cada uno!






